Entre Raymond Carr y Tuñón de Lara (I)

Por cierto, decir que Stalin traicionó a “España”, es decir, al Frente Popular, no pasa de ser un tópico bastante idiota. De no ser por Stalin, en Frente Popular no habría durado seis meses. Y tuvo posibilidad de ganar. En cuanto a Carr, ya señalé, citando a Fusi, su gran influencia en la patética historiografía española.

(en julio de 2012).

Cuando, hace tiempo, reseñé en Libertad Digital el libro Spain betrayed, colección de documentos secretos soviéticos sobre nuestra guerra, me preguntaba qué harían los historiadores hoy oficiales para contrarrestar sus pruebas. La respuesta está a la vista: deformar los hechos en el molde de sus prejuicios. Éstos, arraigados durante décadas se resisten a morir, y acabamos de tener un ejemplo de ello en una reseña de R. Carr sobre el citado libro, publicada recientemente en ABC cultural, y antes en la prestigiosa New York Review of Books. Carr, prestigioso hispanista, no logra, lamentablemente, escapar a tópicos que hoy pueden considerarse demolidos.

El mito troncal sobre la guerra, elaborado por la propaganda de izquierdas, especialmente la comunista, y del que derivan casi todos los demás, es la imagen de una lucha entre la democracia republicana y el fascismo o la reacción. Pese a que su falsedad sale a la luz tan pronto entramos en los datos reales —y los documentos de Spain betrayed hablan por los codos al respecto— el mito persiste contra viento y marea, ayudado por la impresión injustificada de que defenderlo significa, aún hoy, defender la democracia.

Mitos de la Guerra civil, los (Bolsillo (la Esfera))

Carr expone la tesis tratando de desmentir la opuesta: “La propaganda franquista presentó el alzamiento nacionalista militar contra el gobierno legal de España como una necesidad patriótica para impedir la toma del poder por los comunistas. El hecho es que los comunistas carecían de la posibilidad de organizar un golpe de Estado en potencia, sino que el gobierno de Giral no incluía ni a comunistas ni a ningún representante de otros partidos de clase obrera”. Pero la posición de los nacionales fue algo más compleja, y la realidad general también.

El problema debe plantearse de otro modo. En octubre de 1934 ocurrió una sangrienta insurrección marxista-separatista. Entonces, la mayor parte de quienes se sublevarían en 1936, empezando por Franco, defendió la legalidad republicana, en lugar de aprovechar la ocasión para dar un contragolpe desde el poder y destruir así fácilmente a la izquierda y a la república. ¿Por qué, habiendo tenido esa oportunidad, esperó la derecha a 1936 para sublevarse, cuando ya no tenía el poder ni el control del dividido ejército, y corría muy serio riesgo de derrota? Tan serio que el golpe de Mola fracasó, y de no ser por el puente aéreo de Franco, la derrota de los sublevados habría sido segura.

Esta cuestión no la plantea Carr ni casi ningún estudioso, y sin embargo encierra toda la clave de aquella historia. Pues las mismas fuerzas que en octubre de 1934 habían intentado explícitamente imponer un régimen de tipo soviético, más otros partidos que habían apoyado moral y políticamente la intentona, ganaron las (fraudulentas)  elecciones en febrero de 1936, coligados en el Frente Popular. Ello produjo horror a las derechas.

¿Estaba justificado ese horror? Carr y tantos más suponen que no. Según ellos, la izquierda en 1936 era básicamente democrática y moderada, y lo que temían las derechas, en realidad, era perder sus supuestos privilegios. Sin embargo es imposible hablar de democracia ni de moderación en la fracción mayoritaria del Frente Popular, constituida principalmente por el sector principal del PSOE (el de Largo Caballero, Lenin español y líder nada arrepentido de la insurrección del 34) y por los comunistas. Cuando se alude a la debilidad numérica del PCE por entonces se olvida su notable y creciente influencia política, y su estrecha alianza con el PSOE de Largo. Recordemos además a la poderosa CNT, anarquista, que, tras apoyar electoralmente al Frente Popular preparaba activamente su revolución. A ninguna de estas fuerzas puede llamársele democrática ni moderada.

Pero, se dice, el gobierno frentepopulista no estaba en manos de esos revolucionarios, sino de los moderados, capitaneados por Azaña y apoyados desde fuera por el sector socialista de Prieto. Sin embargo, ¿eran éstos realmente moderados y demócratas? Para Prieto y Azaña, la derecha no tenía “títulos” para gobernar, aunque ganara las elecciones, como en noviembre del 33. Azaña había intentado golpes de estado al perder las elecciones de 1933, y los dos habían apoyado, activa o moralmente, la insurrección de octubre del 34, y aunque la consideraban un error, seguían justificándola. Su programa electoral incluía la amnistía y reposición en sus cargos de cuantos se habían sublevado contra la legalidad y contra un gobierno legítimo de derechas, y la persecución judicial para quienes hubieran cometido excesos defendiendo la Constitución. Sobre todo anunciaba reformas destinadas a “republicanizar el estado” (politizando la justicia, entre otras cosas), de modo que la derecha no pudiese volver al poder, quedando como una presencia testimonial y justificadora de una pretendida democracia. Al volver al gobierno, Azaña se apresuró a prometer que el poder no saldría ya de manos de las izquierdas.

Los presuntos moderados resultaban no serlo, por tanto, ni tampoco demócratas, excepto por comparación con los comunistas, socialistas bolcheviques y anarquistas. Pero fue tal el miedo de las derechas a estos últimos, que inmediatamente apoyaron a Azaña como un último valladar frente al proceso revolucionario. El mismo Azaña observó con sorna cómo se había convertido en “ídolo” de la derecha.

Había razones para ese miedo. Pues aunque, como dice Carr, los comunistas no estaban en condiciones de hacer una revolución inmediata, ni lo pretendían, sí estaban empeñados en dar pasos decisivos hacia ella, como no puede dudar quien haya consultado sus documentos. Uno de los pasos principales consistía en la disolución de los partidos derechistas y el encarcelamiento de sus líderes, empezando por Gil Robles. A ese fin presionaban constantemente a los republicanos en el (precario) poder. En cuanto al PSOE de Largo, desestabilizaba al gobierno de Azaña y luego de Casares con el fin de provocar una crisis y heredarlo legalmente. De esta manera podía emprender la revolución directamente desde el poder, con aparente legitimidad y sin correr el riesgo de una insurrección que podría ser vencida como la del 34. En cuanto a los anarquistas, su nuevo proceso revolucionario estaba en preparación acelerada. Estas evidencias suelen omitirlas o minimizarlas quienes mantienen el mito señalado.

La guerra civil y los problemas de la democracia en España (Nuevo Ensayo)

El resultado fue una situación caótica que en cinco meses causó casi 300 muertos y más de mil heridos, asaltos a decenas o cientos de centros políticos, periódicos y domicilios particulares derechistas, quema de cientos de iglesias, algunas de gran valor artístico, agresiones y exacciones de todo tipo, innumerables huelgas generales y parciales, atracos políticos, formación y desfiles de milicias, etc. ¿Obrarían los republicanos del gobierno como muro frente al proceso revolucionario, o bien le allanarían el camino? ¿Sería Azaña un Ebert o un Kerenski? Las derechas, pintadas en la propaganda como provocadoras de los desmanes, a fin de justificar la rebelión que preparaban, fueron las que pidieron reiteradamente en las Cortes la aplicación de la ley por el gobierno y el cese de la imposición de la fuerza en la calle. Pero sus peticiones fueron acogidas con insultos, gritos y amenazas de muerte, que terminarían cumpliéndose en el líder monárquico Calvo Sotelo, escapando Gil-Robles por los pelos. El gobierno no se comprometió a cumplir con su más elemental misión de garantizar el orden, e incluso se proclamó “beligerante contra los fascistas”, causantes de una proporción mínima de las agresiones. En estas circunstancias, los republicanos deslegitimaban su poder, si es que no lo habían hecho desde el principio con su programa de impedir la vuelta de las derechas al gobierno. Éstas fueron comprendiendo que ante el acoso revolucionario no podían contar con un poder capaz de imponer la ley, y eso las empujó a una rebelión casi a la desesperada.

Es dudoso que Carr aceptase con tanta benevolencia una situación semejante en su país. Él puede, si quiere, llamar legal o democrático a semejante gobierno pero no debe esperar que una persona informada comparta su criterio. Su frase explicativa podría invertirse de la siguiente manera: “la propaganda izquierdista presentó el movimiento de julio del 36 como un ataque injustificado contra un gobierno legal y democrático. El hecho es que el país soportaba la presión de un gobierno decidido a impedir que la derecha volviera al poder, así como la violenta actividad de partidos que preparaban activamente la revolución, sin que dicho gobierno hiciera nada práctico por cumplir y hacer cumplir la ley, favoreciendo así el proceso revolucionario”. Esta versión concuerda mucho más con los hechos que la de Carr, a la que siguen apegados tantos historiadores y políticos.

La fuerza de los prejuicios se hace patente en opiniones como ésta: “En lo que se ha llamado su fase bolchevique, (…) Caballero usó la retórica de una revolución proletaria sin ninguna intención de organizar una edición española de la Revolución Bolchevique de octubre de 1917”. Lo aseguran también Preston y otros. Pero el PSOE, dirigido por Largo Caballero, no sólo rompió en 1933 con los republicanos de izquierda y optó por la dictadura del proletariado, sino que marginó al sector moderado de Besteiro, creó un comité especial para organizar la guerra civil (textualmente), urdió maniobras desestabilizadoras contra el gobierno legítimo de centro derecha en el verano de 1934, lanzó en octubre del mismo año la más mortífera insurrección del período republicano, con un total de casi 1.400 muertos en 26 provincias. Vencida la insurrección, persistió en sus ideas y prácticas, y en 1936 volvió a eliminar políticamente a Besteiro, se enfrentó con el sector menos violento de Prieto, a quien los seguidores de Largo estuvieron a punto de linchar en el célebre mitin de Écija, organizó milicias y fomentó un clima social en extremo violento después de las elecciones de febrero de ese año. Si a esto le llama Carr “retórica” y “falta de intención revolucionaria”, ya extraña menos que considere democrático y legal al gobierno del Frente Popular.

Los Mitos Del Franquismo (Historia)

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Los años dorados del franquismo y el “milagro español”: https://www.youtube.com/watch?v=pzfMPUSWdII

 

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La batalla literaria y otros comentarios viejos

(3 de julio de 2012

Hace mucho tiempo que el franquismo y, lo que es más grave, la verdad histórica, perdieron la fundamental batalla literaria. Una batalla más fundamental todavía que la historiográfica, pues deja una impronta más profunda en la mentalidad de la gente que los libros de historia, por lo común mucho menos leídos. Creo, como ya he dicho, que esa derrota empezó con La Colmena de Cela, buena como novela, aunque políticamente desvergonzada e históricamente falsa. Gironella, Agustí o Emilio Romero cambiaron esa derrota solo a medias y por un tiempo. Conforme pasaban los años y el régimen se liberalizaba y registraba sus mayores triunfos políticos y económicos, Gironella y Agustí evolucionaron o zascandilearon hacia una derecha antifranquista (juanista) y la novela de Romero tuvo siempre un toque  banal que la condenaba a testimonio menor de una época. Y no digamos tantos otros, de modo que ya desde antes de la Transición predominaba netamente en la literatura, el cine y otras medios de masas una visión radicalmente denigratoria de la generación que venció la revolución, salvó a España de la guerra mundial y venció al maquis y al aislamiento. Los peores han juzgado y calificado a los mejores. Me ha preguntado un lector, con cierta irrisión,  si Sonaron gritos y golpes a la puerta pretendía invertir esa masiva corriente. Pues sí, lo pretende y creo que, literariamente, lo consigue. Otra cosa es que su influencia político-intelectual llegue a ser grande, eso no depende de mí.

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–Oigo ¡en Intereconomía! una “información” sobre la candidata de Bildu, que es presentada “asépticamente” como una intelectual, citando sus palabras de crítica a la democracia española por insuficiente y por tener “presos políticos” (que los tiene: así lo han declarado implícitamente los sucesivos gobiernos de la “salida política”), y hablando de su perfil  “académico”.  Eso es simplemente propaganda para la ETA, y falsea radicalmente la realidad: esa señora es cómplice política y moral –por lo menos– de 800 asesinatos cobardes y mil daños más, y la palabra democracia es en su boca sinónimo de crimen y de las rentas  políticas que espera obtener de él. No señalar este aspecto fundamental y decisivo es manipular la información en favor de los más criminales enemigos  de España y la democracia.  Y luego hay quien llama descerebrados a los etarras. Los descerebrados están en otra parte.  

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Europeísmo carpetovetónico

Creo que fue Cela quien inventó el –injusto— calificativo “carpetovetónico” para designar algo paleto,  cutre y ramplón. El adjetivo  viene al pelo al europeísmo español. Resulta que España es el país más “europeísta” del mundo. Lo que significa que es el que está más dispuesto a perder su soberanía. Y más aún, su cultura, y a reducir a nivel inferior su propio idioma. ¿A cambio de qué? De unas ventajas materiales que espera le proporcionen otras potencias. Es difícil concebir algo más estúpido,  pero no podría esperarse menos de un país sometido durante más de treinta años al imperio de la mentira y la farsa política disfrazada de democracia.

Aparte, ese europeísmo se apoya en una ignorancia profunda de lo que ha sido Europa y la propia historia de España; empezando por la ignorancia de nuestros políticos. Precisamente por ello escribí Nueva historia de España con un enfoque muy diferente de la mayoría o de la totalidad de los que normalmente se han escrito, como si España no estuviera, o apenas estuviera en Europa. Un buen ejemplo del caso es la ridícula crítica a los Austrias por habernos metido en asuntos europeos que supuestamente no nos concernirían. Otra,  la cantidad de sandeces que circulan, por obra de historiadores y políticos baratos, sobre la posguerra civil.

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No compren Adidas

Habrán visto cómo Adidas utilizaba el triunfo de la selección española para meternos más inglés. ¿Por qué lo hace? Pues por lo mismo que el “patriótico” barrio de Salamanca, de Madrid, está plagado de publicidad en inglés, y varias tiendas anuncian que abrirán pronto “opening soon”, etc. O por lo mismo que miles de memos llevan camisolas con frases, generalmente idiotas, en inglés, incluso, patriotas ellos, con la palabra Spain . Porque todos ellos creen que el español no es apropiado para estas cosas (el propio CEU tiene una “Business School”,  porque “Escuela” y “negocios”  les suena mal, por lo visto. Y porque dan por hecho que la masa española está lo bastante aborregada, esnobizada  y desarraigada para aceptar, incluso con gusto, el desplazamiento de su idioma y cultura. Por cierto, los planes de estudio del PP tienden a aumentar ese desarraigo cultural e histórico y a un mayor desplazamiento del español.

El remedio no es demasiado difícil. Yo, por cierto, nunca entro en locales con nombre en inglés (no me importa hacerlo en otros con nombre italiano, alemán, francés o chino, porque estos no representan ningún peligro y al mismo tiempo hacen más variada la oferta)  ni compro ningún producto ni a ninguna empresa que se anuncie en inglés, e invito a mis lectores a hacer lo mismo. Pero esto es insuficiente. En la mayoría de los casos –excepto en las empresas anglosajonas–  estos anuncios en inglés no tienen ninguna intención digamos colonialista o gibraltarizante, sino que responden  al hecho de que, hoy por hoy no tienen respuesta ni críticas y creen que así venden más. Si ustedes se preocupan de enviar a esas empresas cartas protestando por este colonialismo, y reciben suficiente número de ellas, probablemente reconsiderarán su postura. Lo ideal serían campañas más amplias en la calle, pero eso, hoy por hoy y dada la escasísima combatividad de los patriotas, sería pedir peras al olmo.

Ello aparte, las empresas anglosajonas, sean del tipo que sean y al revés que las españolas, sí practican una intensa y agresiva promoción de su lengua.

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De una huelga en la Escuela Oficial de Periodismo

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Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

(Recuerdos sueltos)

Como  es sabido, tras el fracaso del maquis en su intento de encender de nuevo la guerra civil, el PCE se orientó con la mayor desenvoltura a una táctica de  “reconciliación nacional” –el pueblo estaba casi todo él reconciliado, como prueba el propio fracaso del maquis— y de infiltración en los sindicatos, en la universidad y en el mundillo intelectual. Esa táctica ya estaba diseñada grosso modo en el informe de Dimítrof al VII Congreso de la Comintern sobre los Frentes Populares. Se trataba de disimular el verdadero carácter propio invocando consignas antifascistas y democráticas, y ganar puestos de representantes, desde los cuales sabotear más eficazmente el sistema capitalista.

De modo que me presenté a delegado. Mi curso era el tercero y por entonces el más alto, porque a nuestra promoción le correspondería estrenar el cuarto;  y según el reglamento, el delegado del último curso lo era también de toda la escuela, una norma intencionada porque se suponía que, estando ya a punto de terminar la carrera y buscar trabajo –que entonces era muy fácil–, la gente se volvía menos amiga de jaranas reivindicativas. En las elecciones solían competir unos cuantos alumnos por razones diversas: esperanza de obtener mejor trato de los profesores en los exámenes o alguna otra ventaja, vanidad, o por hacer algunas tareas poco claras con buenas intenciones de “representar a todos”, de “mejorar la escuela” y similares. Por mi parte elaboré una serie de puntos concretos a reivindicar, entre ellos que la EOP dejara el Ministerio de Información y Turismo y pasara a depender del  de Educación,  y otros que no recuerdo. También protesté del sistema de elección, pidiendo que el delegado general lo fuera tras unas votaciones de toda la escuela, algo que no ocurrió, pero no dejaba de ser un motivo para fomentar el descontento.

Diría que entonces estaba como director Bartolomé Mostaza, periodista que, por lo que leo en Internet, había pasado de la Falange  y del Arriba al Ya, y era muy europeísta, más o menos democristiano  y moderado, evolución frecuente en el régimen. Pero tal vez me equivoque y Mostaza solo estuviera como director en mis primeros años. En cualquier caso, todo el conflicto que luego resumiré tuvo lugar con Emilio Romero de director y Luis María Ansón de subdirector. El primero procedía de la Falange y dirigía el diario de los sindicatos Pueblo, y el segundo era y es un monárquico juanista muy temido por el régimen, según él mismo ha reconocido: tan temido que el régimen le encargó la formación de los futuros periodistas. Bastantes años después, Ansón me permitiría escribir en ABC, algo muy de agradecer por mi parte, aunque su orientación política nunca me infundió mucho respeto.

El funcionamiento de la escuela estaba muy reglado y no había ningún ambiente de rebeldía, como mucho cierto cinismo sobre el oficio de periodista que, “ya se sabe, es la voz del amo que le paga”; uno de los muchos tópicos tontos, pues unas veces ocurre y otras no. Me di cuenta de que, dijera la dirección  lo que dijera o quisiera lo que quisiera, yo tenía el arma del trato más inmediato con la gente, y que bastaba muchas veces comunicar a los alumnos una información de arriba, dándole  un ligero tonillo sarcástico, para desacreditarla. Por lo demás, yo preparaba  lo que debía decir en las asambleas, con moderación aparente –también es verdad que yo creía en lo que decía–, de modo que generalmente triunfaba sobre los contrincantes. Al mismo tiempo procuré movilizar a los elementos más “progres” y atraer al partido al que viera mejor dispuesto;  aunque fallé en el caso de  uno que ya estaba con los “pro chinos” y consideraba contraproducentes aquellas tácticas, porque ponían en manos de la represión a quienes las empleaban. En el PCE(r) yo también llegué a pensar así, y de hecho las CCOO y el Sindicato Democrático de Estudiantes habían sido descabezados en buena medida un año o dos antes. Pero el PCE tenía más razón: si se lograba mantener un equilibrio entre el activismo y la amenaza policial, se podía avanzar bastante en la “concienciación” de la gente y en el fomento de huelgas y otros movimientos subversivos. Además,  el régimen había aprendido que detener a representantes, sindicales o estudiantiles,  solía traer como consecuencia más agitación, noticias de prensa y mala imagen exterior. No se rendía a esas presiones, pero es obvio que le molestaban y procuraba evitarlas.

Resumiré, como digo, en parte porque apenas recuerdo los detalles. Junto con alguno que entró por entonces en el PCE y otros del sector progre, organizamos una huelga que creo fue la primera en la historia de la escuela. Resultó muy instructiva la demagogia de Emilio Romero y más todavía la de Ansón, que procuraba dividirnos elogiando mucho, contra mí, a algunos de mis seguidores, procurando aislarme. No lo logró, la huelga salió a la calle y llegó a la prensa, hubo cierto barullo y finalmente la dirección cedió. La policía anduvo en torno pero no hizo nada. En una asamblea, entre las risas de todo el mundo, incluida la mía, Romero me ofreció hacer las prácticas de verano  en el diario Pueblo, cosa que acepté. Conseguimos total libertad para exponer carteles, lo que utilizamos a fondo,  criticando desde la guerra de Vietnam hasta las numerosas casas desocupadas existentes;  un fondo para conseguir y vender libros a bajo coste, que eran siempre de tinte marxista, incluyendo algunos prohibidos como La función del orgasmo, de Reich; traer a conferenciantes de nuestra cuerda y  unas prácticas de radio en la propia escuela que se convirtieron en un continuo ataque “antifascista”;  etc. La mayoría de los alumnos aceptaba aquello con bastante pasividad, aunque el ambiente iba cambiando considerablemente en sentido izquierdista. Algunos rezongaban, pero eran totalmente incapaces de dar la batalla con carteles o actividades contrarias.

Los Mitos Del Franquismo (Historia)

Otra aparente ganancia de la huelga fue que Romero nos permitió formar una comisión para trazar unos planes de estudio con vistas al paso al Ministerio de Educación. Incluso la escuela nos  pagó algunas “comidas de trabajo”. Enseguida entendí la trampa: una comisión de profesores hacía lo mismo en paralelo, y, desde luego, no iban a hacer el menor caso de nuestras propuestas. Además, hubo un desacuerdo fundamental: yo quería que Periodismo funcionase como una escuela especial con tres cursos muy prácticos, y mis compañeros de comisión estaban embelesados con la perspectiva de una facultad de cinco años (que diseñaban los profesores) y la convalidación del título. Para entonces yo estaba algo cansado, también de la falta de seriedad, manía de titulitis y caradura de otros compañeros que, después de haberse mostrado reticentes a la huelga –sin entender, claro, quiénes estábamos detrás—ahora eran los primeros en querer aprovecharse de los resultados conseguidos.  Además, para entonces yo dudaba mucho de la línea carrillista después de leer  La revolución proletaria y el renegado Kautski, de Lenin, así que fui desentendiéndome,  burlándome un poco de todo el asunto, mientras me aproximaba a la OMLE, como relato en De un tiempo y de un país.

Es sorprendente la cantidad de progres e izquierdistas salida de los estudios de periodismo. En parte al menos, el proceso tuvo su inicio entonces.  Yo diría que donde recogió más fruto la táctica de infiltración y agitación del PCE no fue en las fábricas, desde luego, sino en la universidad. El clima creado en la Transición por la agitación de izquierdas, la actitud de la mayor parte de la prensa, el respeto casi general al marxismo y la parálisis de ideas de la derecha fueron sus mayores logros. Pero, ironías del destino, sería el PSOE, un grupo entonces insignificante que no hacía casi nada práctico contra Franco, quien recogiera los frutos de la empeñada labor comunista. Y aún más irónico que el PSOE fuera promocionado por todos los medios, por la derecha misma, a fin de oponerlo al temido PCE.

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Cretinismo intelectual

Su historia de la Reconquista ha sido tildada de “tradicional y nacionalista española”.

–Bueno, la situación de la universidad es tan pobre que en lugar de argumentos hay etiquetas.  Pero en un sentido sí es tradicional. Hoy existen dos puntos de vista básicos: el tradicional, es decir, una reconquista que reconstruyó la nación española; y el antitradicional: no existió España antes de los árabes, y durante los siglos siguientes solo reinos cristianos muy diversos y a la greña, sin raíz  en la situación preislámica, que se inventaron una ficticia relación con el reino godo y terminaron expulsando a los musulmanes, que tenían una cultura muy superior; y a base de mentiras  terminaron uniéndose excepto Portugal, en una unidad puramente personal y más bien ficticia. Este punto de vista es el que predomina hoy en la universidad, hasta el punto de que algunos cretinos prohíben a sus alumnos usar siquiera el término “Reconquista”.

Pero esa descripción de la Edad Media española dividida en distintos reinos cristianos que se peleaban entre sí es cierta.

– Claro que es cierta. Pero no es el único hecho ni el fundamental. Eran reinos que reivindicaban el anterior hispanogodo y por encima de las reyertas y particularismos se consideraban españoles. Es decir, al mismo tiempo que esas tendencias disgregadoras había otras integradoras o unificadoras.  Y estas fueron las que prevalecieron, y hay que estudiar el proceso desde ese punto de vista. Si hubiera prevalecido la balcanización de España, no podríamos hablar de reconquista, sino de otra cosa. Pero vamos a verlo con más claridad: desde hace tiempo, y sobre todo desde el “desastre del 98″, se ha formado una tendencia intelectual,  basada en la Leyenda Negra, que niega la realidad histórica de España o la retrotrae a tiempos muy recientes para quitarle arraigo. No solo están los separatistas o los movimientos utópicos, casi peor son los regeneracionistas, con Ortega a la cabeza. Esos niegan la realidad histórica de España, o la reducen a un hecho geográfico, o a una enfermedad, lo que es una insigne estupidez. Y de ahí su empeño en negar, o en su caso denigrar, la Reconquista. Por eso tildan de “nacionalismo español” una versión que realmente no precisa demostración, porque es una evidencia. España existe y tiene una larga historia, mal que les pese.  Ellos desean disgregar o disolver o “regenerar”  a España, pero para ello  necesitan tergiversar la historia real, lo que es muy significativo. Salvando las distancias, se parece mucho a los intentos de derrotar post mortem a Franco en nombre de la democracia: para ello tienen que atacar los elementos más fundamentales de la democracia. ¿No es demostrativo? 

–Siendo así, ¿en qué difiere su historia de otras tradicionales? ¿Hacía falta repetir lo de siempre?

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–En primer lugar sostengo que se trató de una empresa política. Muy ligada a la religión, pero política. Y conviene distinguir. El aserto, creo que de Menéndez Pelayo, de que el catolicismo creó la unidad de España y que sin él volveríamos a las tribus prerromanas es un disparate. La unidad cultural de España la creó la Roma pagana, el catolicismo de la última época no pensaba en España sino en el Imperio romano; y fue el arriano Leovigildo quien planteó a España como nación, dotándola de un estado propio: su hijo Recaredo completó el proceso al hacerse católico, pero su otro hijo, el católico Hermenegildo pudo haber destruido el designio de su padre. Durante la Reconquista, la influencia de la Iglesia fue, en líneas generales, favorable a la unidad de España, pero no siempre, como sabemos: los intereses podían coincidir o no. Decir que España era (y en gran parte sigue siendo) católica, es cierto. Pero identificar catolicismo y España como hacen algunos tradicionalistas, no lo es. Y hay otras muchas cosas en las que discrepo de las versiones más tradicionalistas. Por ejemplo, de la “herencia temperamental”, tan cara a Sánchez Albornoz. Este es el mejor medievalista español del siglo XX y nadie le ha superado hasta ahora, pero su “temperamento” le hace ver, por ejemplo, una “España musulmana”, que, por cierto, han recogido todos los hispanófobos que ahora presionan por una inmigración musulmana sin tasa.  

En cuanto a su nacionalismo español…

–Sí, claro, soy nacionalista español, porque creo que sería un gran desastre la balcanización de España, su división en unos cuantos estaditos impotentes y mal avenidos, juguete de intereses de otras potencias… Vea el caso de Portugal, una semicolonia inglesa; y Cataluña caería de lleno en la esfera francesa. Por cierto, no creo que una hipotética  unión con Portugal nos fuera a traer más que problemas. Es un hecho histórico muy asentado y no hay que darle más vueltas.  Creo también que una nación con la enorme densidad cultural y política de España no debe disolverse en una “Europa” LGTBI  que intenta abolir el pasado y crear una situación de “despotismo democrático” como la que denunciaba Tocqueville… España tiene un serio problema con sus intelectuales. Aunque casi no viene al caso, el otro día comentaba con una amiga la actitud ante la dictadura de Primo de Rivera. Fue una dictadura muy liberal, que no solo impulsó el progreso económico como nunca antes desde la invasión napoleónica, sino que además curó cuatro auténticos cánceres del país: el terrorismo o pistolerismo anarquista, la guerra del Rif, unos separatismos que ya se disponían a la acción armada, y el golpismo y demagogia del PSOE, que pasó a moderarse y colaborar con Primo de Rivera. ¡Unos logros fantásticos en menos de siete años! Pues bien, la mayoría de los intelectuales sobre todo los más influyentes, como Unamuno u Ortega, se pusieron a disparatar como auténticos orates contra un régimen que quería institucionalizarse en un bipartidismo con un gran partido de derechas y otro de izquierdas, un PSOE civilizado. Pues nada, aquellos botarates lo que querían es lo que tuvieron y tuvo el país: una república caótica en rápida degeneración hacia el crimen. Y a día de hoy no se ha aprendido la lección.

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Sin conocer el pasado no es posible entender el presente

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Los años dorados del franquismo y el “milagro español”: https://www.youtube.com/watch?v=pzfMPUSWdII

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Negrín, el hombre de Stalin

Negrín, venía a ser la antítesis personal de Largo Caballero y rara avis en el propio PSOE y su UGT, donde predominaba un ambiente un tanto puritano en materia sexual, y admirador, al menos teórico, de  la sobriedad, incluso “la pobreza honrada”. Ajeno a preocupaciones sindicales en un partido que hacía de la “causa obrera” su razón de ser,  rico, médico bastante reconocido, políglota, cosmopolita, sibarita y mundano, tampoco era propiamente un intelectual, pues apenas escribió de cualquier tema ni explicó sus puntos de vista o sus creencias o las razones concretas de sus actos. Si Largo creía firmemente en algunas fórmulas o enfoques marxistas (al menos hasta sus choques con correligionarios y comunistas), Negrín nunca demostró fanatismo alguno al respecto,  y no sabemos si conocía o le interesaba mucho o poco la teoría de Marx o de Lenin. Su adscripción al PSOE resulta por ello algo chocante, pues sus actos y actitudes retratan  más bien a un tipo de profesional acomodado, pragmático ante todo, ateo o agnóstico pero  política e ideológicamente escéptico. Y sin embargo resultó el político más consecuente y hasta despiadado en su defensa del Frente Popular, a toda costa y a todo coste humano.

    Al prepararse la insurrección de 1934, Besteiro había denunciado que Largo, Prieto y los suyos pretextaban un peligro fascista que sabían inexistente a fin de justificar una insurrección de la que  saldrían “empapados y tintos en sangre” para emprender inevitablemente una segunda guerra civil con otras fuerzas de izquierda. La denuncia de  Besteiro sonaba más acorde con el temperamento de Negrín, que sin embargo optó por la insurrección, si bien  en segundo plano. Y al no ser perseguido después, pasó a ejercer como presidente de hecho del grupo parlamentario  del PSOE, al cual no ilegalizó el supuesto gobierno fascista, a pesar de la insurrección. La actitud parece coherente, no con criterios ideológicos sino con el resentimiento provocado en el PSOE por su gran derrota en las elecciones de noviembre de 1933: entonces lo había comisionado su partido para presionar al presidente de la república, Alcalá-Zamora, en pro de la anulación de unas votaciones tan dañinas a su partido. Sin duda se identificaba con los intereses del PSOE, pero parece que más en un plano de conveniencia práctica que doctrinaria. Lo cual no hacía de él, ciertamente, un demócrata ”burgués” o liberal.  Aceptó sin reparo las elecciones de febrero del 36,  pese a su evidente anormalidad y se situó más cerca de Prieto que de Largo, lo que tampoco implica actitud democrática ni moderada.

   Al reanudarse la contienda en julio de 1936, Negrín contempló, como los demás líderes, la tremenda violencia revolucionaria, ante la cual no demostró incomodidad moral o política, aunque tampoco es probable que le gustase especialmente: como tantos otros, la daba por necesaria, como un coste inevitable de la revolución.  Luego se sumó, obviamente, a las maniobras de Prieto, Azaña y los comunistas para derribar a Largo, pero tampoco aparece entonces en primer plano, por lo que su elección como sucesor del defenestrado siempre ha llamado la atención. Realmente no sabemos a qué se debió. Azaña dice que le gustó por su energía y claridad mental, pero la caída de Largo se debió  a las maniobras comunistas en Cataluña y luego en el gobierno, en connivencia con Prieto. Y al margen del agrado de Azaña, Negrín había sido el máximo autor del envío del oro español a la URSS, hecho determinante en la evolución del Frente Popular, por lo que también para el Kremlin tuvo que ser un motivo de satisfacción, no menor que el de Azaña.

    Como jefe de gobierno, Negrín  no trató de dirigir la guerra al modo de Largo, sino que la dejó en manos de Prieto al principio, y solo en su segundo gobierno se ocupó directamente del ministerio correspondiente. Lo cual se tradujo en un mayor poder comunista en el ejército, la policía y la política, si bien no en éxitos militares. También creó, un tanto ilegalmente, un nutrido cuerpo de carabineros con hombres de buena estatura  e instrucción, pero que no protagonizaron ninguna acción bélica brillante. “Guardia de corps” le llamaron algunos y, según Santiago Carrillo, demostración de  que era persona independiente y no títere de Moscú.

     Desde su acceso al poder, Negrín iba a manifestarse como el más fiel  aliado y servidor de la política del Kremlin, con algunos desajustes menores. Stalin deseaba la aniquilación del POUM y la marginación de los anarquistas, y ciertamente las tuvo. Cuando Prieto trató de frenar  los avances comunistas, como había hecho Largo Caballero, Negrín terminó destituyéndolo y reforzando aún más la presencia comunista en los órganos armados y de poder. También siguió tolerando el montaje policíaco de los servicios secretos soviéticos, independiente del gobierno y con cárceles igualmente secretas en España. No vaciló en utilizar al ejército, a su vez, para intimidar a un cada vez más temeroso y maniobrero Azaña. Una vez desechada la esperanza de victoria, a Moscú le interesaba mantener todo el tiempo posible una guerra tan lejana de sus fronteras y tan próxima a Francia e Inglaterra, y no cabe duda de que Negrín cumplió muy bien el designio, siempre a la espera de que la contienda europea estallase entre ambos países y Alemania.

     La conducta de Negrín, largo tiempo condenada por los propios socialistas, ha sido reivindicada en los últimos años y originado uno de esos típicos debates bizantinos: “¿Era Negrín un agente de Stalin o bien un demócrata que no había tenido más remedio que entenderse con la URSS para salvar “la república”? La verdad es que Negrín no tenía necesidad de ser un marxista-leninista ni de ilusionarse con los supuestos logros soviéticos para servir la política de Moscú en España. Le bastaba con su pragmatismo y sentido de la lógica, y es evidente que en todas sus disputas con Largo, Prieto o Azaña, él fue el más racional. Largo y Prieto habían sido coautores del envío del oro, y Azaña, engañado o no,  lo había consentido finalmente; pero no querían darse por enterados de sus consecuencias. Sus lamentaciones debían sonarle a Negrín puerilidades patéticas, y sus intrigas  una traición  en beneficio de Franco. En todo lo cual acertaba, sin duda. Algunos autores afirman que “no tenía intención de entregar el Frente Popular a Stalin”, aserto realmente cómico: ya lo había entregado al comienzo, junto con el oro. Y contra ese cepo se debatían inútil y desesperadamente los adversarios a destiempo de Negrín y de Moscú. Es obvio que aquella política suponía alargar los sufrimientos de la población y aumentar sin fin previsible el número de víctimas. Negrín no manifestó el menor escrúpulo por tales costes, ni tampoco  preocupación por el hambre y desabastecimiento creciente en su zona.

   Otro rasgo clave de su mentalidad fue la organización, desde que era ministro de Hacienda, de la requisa masiva de bienes públicos y privados, descerrajando las cajas de seguridad de los bancos, expoliando museos, montes de piedad,  iglesias, bienes del patrimonio histórico y artístico, etc. Con tales métodos acumuló un tesoro ingente con vistas, en apariencia, a garantizar un exilio sin problemas económicos a sí mismo y a sus seguidores. El plan incluía seguramente el traslado de las obras del Museo del Prado, así como la enajenación de los bienes del estado en el extranjero, a la que se había negado Azaña.  Es decir, Negrín, como miembro de un “gobierno de la Victoria” y luego como jefe del segundo, pensó desde el primer momento en la posibilidad de la derrota final, un dato que revela un carácter extremadamente cauto y previsor. Si bien su previsión no llegó, como se quejará amargamente en el exilio, a impedir que Prieto le hurtase limpiamente  en Méjico una gran parte de aquellos tesoros, transportados allí en el famoso yate Vita,  asunto que trataremos más adelante.    

   Por haber perdido la guerra a pesar de todos los sacrificios impuestos, y por haber favorecido a los comunistas (pero no por la cuestión del Vita)  Negrín recibiría las peores descalificaciones de sus correligionarios, que le expulsaron del PSOE. Tales condenas obedecieron también al clima de la guerra fría, en la que los jefes exiliados del PSOE optaron fervientemente por los anglosajones, de quienes esperaban volver a gobernar, abandonando sus querencias por la URSS. No ha sido hasta el gobierno de Zapatero cuando Negrín fue rehabilitado y readmitido post mortem en el partido. Y  desde hace años, cierto número de escritores, como G. Jackson, E. Moradiellos, P. Preston,  R. Miralles, A. Viñas y otros, escandalizados por las viejas “condenas, vilipendios  y difamaciones” caídas sobre Negrín, han escrito abundantemente en reivindicación de la memoria del, en su opinión,  gran estadista  y héroe que defendió hasta el final la “república democrática”.  Opinión que seguramente compartiría Stalin y que  al menos nos permite hacernos una idea de lo que entienden por democracia esos notables autores.

 

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