El PP quiere hacerse ahora el patriota “sin complejos”, después de llevar toda la vida compinchado con separatistas y PSOE para repartirse el poder y los dineros, engañando a una masa de la población y privándola de voz, y causando graves daños a España y a la democracia. Si realmente hubiera cambiado de posición, tendría que empezar por hacer una valoración autocrítica de su política anterior, pero no la hace ni la hará: confía en que la mayoría tenga poca memoria y podrá seguir engañándola. Lo único que persigue es recuperar votos y poder, para seguir con la misma política, la única que entiende. Hace poco promovía a Podemos con el mismo objetivo, mientras silenciaba a VOX. Ahora su objetivo es recuperar los votos que se van a VOX a chorros y volver a situar a este partido en la inanidad. El PP es esencialmente una peña de señoritos golfos y cutres hasta en lo personal. Observen su actitud en el caso Zaplana, o tratando de explotar la imagen de Rita Barberá, a la que probablemente le ocasionaran la muerte dejándola a los pies de los caballos de la calumnia y la provocación. Ese partido debe desaparecer y sus políticos ser conocidos y despreciados por la opinión pública. Es asombroso cuánta gente, incluso analistas cuidadosos, que están dispuestos (más bien deseosos) a dejarse engañar por unos pequeños ejercicios palabreros de timadores de esquina.


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“La mayor parte de las creaciones del intelecto o de la fantasía —dijo Schumpeter— desaparecen para siempre en un plazo que varía entre una hora de sobremesa y una generación. Con otras, sin embargo, no ocurre así. Sufren eclipses pero reaparecen”. Esto ocurre con el freudismo, tan influyente en los años 20 y 30, difuminado tras la guerra mundial y resurgido con ímpetu en los años 60, a menudo en alianza con el marxismo. Hoy casi nadie —salvo en Argentina— se proclama freudiano, y el psicoanálisis suele darse por superado. Pero creo que simplemente ha pasado de moda, y que podría volver. Es más, en buena medida ha sido víctima de su propio éxito: la huella de Freud marca muy profundamente, sin que apenas se piense en ello, las actitudes sociales y políticas.
Su influencia deriva de su aparente aptitud para explicar el malestar psíquico común y la misma historia humana, desde principios muy sencillos. La neurosis, más o menos presente en toda la gente, provendría de la represión de los deseos sexuales —o de los deseos en general— impuesta por la vida civilizada (la “cultura”). Represión necesaria, según Freud, pues de otro modo la convivencia se hundiría en una lucha de todos contra todos. Se entiende que, pese a ello, muchos vieran en la “liberación sexual” la panacea, tanto más si, combinando el psicoanálisis con la lucha de clases, las supuestas exigencias de la civilización quedaban reducidas a imposiciones burguesas: la liberación sexual iría de la mano con el derrocamiento de los explotadores.
Efecto de estas ideas, tan fuertemente impresas, insisto, en nuestras sociedades, viene a ser lo que Paul Diel, pensador poco conocido, pero no por ello menos valioso, define como “trivialización”. Ésta constituye “un proceso deformador de la psique, que tiende a la satisfacción sin escrúpulos de los deseos sexuales y materiales”. Dada su frecuencia, “no es diagnosticado como estado patológico y se la suele confundir con la norma. Pero la norma no es eso, sino la simple trivialidad, un estado de equilibrio y buen sentido, aunque sin ímpetu de superación, que se contenta con la adaptación a las convenciones sociales”. En cambio la trivialización, o trivialismo, sería “un desequilibrio de la facultad de valorar, una enfermedad de la función elemental del espíritu. Al revés que la neurosis, que exaltando el espíritu aplasta los deseos sexuales y materiales, la trivialización desecha la función armonizadora del espíritu y rompe la contención impuesta por la razón”.
El freudismo, incluso moderado, socava la función educativa, concebida como la formación de la capacidad moral. Siempre los mayores se han quejado de los jóvenes, pero no hay duda de que hoy un sector de la juventud desusadamente amplio es víctima de una ineptitud para valorar, al extremo, en algunos casos, de sustituir la percepción del bien y el mal por la de “lo que me divierte y lo que me molesta”. Esto ocurre porque los adultos, bombardeados desde la política, la televisión y la cátedra por las concepciones trivializantes, pretendidamente liberadoras, han perdido a su vez la capacidad y la confianza para educar, para transmitir valores. Creo que éste es un problema fundamentalísimo de nuestra época. (LD, 1-11-2001)
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–¿De verdad crees que los genes son los verdaderos dioses o, de otra manera, la idea de los dioses, de Dios mismo, sería una especie de sublimación imaginativa de los genes?
–Ni lo creo ni lo dejo de creer. ¿Quién sabe? Me parece interesante considerarlo. Otro ejemplo: los chamanes trataban de curar a los enfermos expulsando de ellos a “los malos espíritus”. No nos riamos, tenían razón. Los espíritus son seres invisibles que actúan sobre nosotros, y los microbios son eso. Los chamanes tenían ahí una intuición profunda de las cosas. Precisamente por no conocer los microbios se han hecho muchas burradas. ¿Cuántas mujeres morían del parto hasta hace poco, por falta simplemente de higiene? A nadie se le ocurría que fuera importante lavarse las manos, porque no se conocían esos “espíritus”. Pero lo que quiero decir es otra cosa: cuando buscamos el sentido de la vida encontramos por todas partes el absurdo. Comprendo que tú encuentras una especie de paz y tranquilidad al creer en Dios, quiero decir en el Dios católico, porque los otros para ti son falsos, pero yo pienso, como Leopardi, que esa incertidumbre angustiosa es también la señal de lo humano. La gloria humana, si quieres. Y que sustituirla por placebos no es digno.
–Qué quieres que te diga… Todo parece absurdo cuando falta la fe… Esa es una experiencia universal, aunque dirás que la fe no impide los peores males y la comisión de los peores crímenes…
–Pepe tenía razón. Somos jóvenes y debemos divertirnos mientras podamos. Y esas historias a las que no paráis de dar vueltas no tienen nada de divertidas. ¿Adónde llevan?
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