España es un país de lengua y derecho latinos, religión mayoritaria cristiana y que ha compartido, con particularidades propias, los grandes movimientos generadores de lo que llamamos cultura o civilización europea: monasterial, románico, gótico, humanista, barroco, ilustrado e ideológico. Ello establece un nexo de unión fundamental con la expansión cultural romana a partir de la derrota de Cartago. Sin embargo, ese nexo fue roto, y de un modo que pudo ser definitivo, por la invasión musulmana de 711, que supuso una transformación radical religiosa, política, lingüística y cultural en conjunto. Desde la invasión se irían imponiendo el islam, la lengua árabe, el derecho musulmán o sharía, la poligamia, costumbres distintas de las anteriores, extendidas desde la vestimenta hasta la gastronomía. En una palabra, la nación hispanogoda de Spania quedó sustituida por Al Ándalus o Alandalús, una cultura asiático-africana.
Por consiguiente, España desapareció, pero no del todo. Gran parte de la población, aunque en descenso, conservó su lengua y religión bajo la dura ley de los dominadores, y, sobre todo, surgieron en regiones norteñas de difícil acceso, pobres y de población dispersa, núcleos de resistencia que se identificaban con el reino anterior, es decir, con España. Siguió de allí una larga lucha con infinidad de alternativas, divisiones, formación de reinos diversos por una y otra parte, y, en España, una tensión constante entre impulsos unificadores y disgregadores, hasta que, cinco siglos después, Al Ándalus quedó reducido a Granada, una pequeña parte de la península. Y la Granada islámica terminó de ser derrotada por los españoles en 1492, año simbólico, pues fue también el del descubrimiento de América, que abrió una nueva era en la historia humana. Casi ocho siglos había durado una pugna comenzada de modo casi inverosímil, y en la que la parte española y cristiana corrió a menudo el peligro de resultar aplastada por fuerzas superiores. Ha sido un hecho muy raro que un país conquistado por el islam retornase al cristianismo. También que no hubiera quedado una península dividida al modo de la balcánica, sino básicamente unificada, con la excepción menor de Portugal.
Esta es la historia que denominamos Reconquista, y su evidencia no exige mayor discurso: sin ella, la península se integraría hoy culturalmente en el Magreb, como parte de los más extensos territorios del islam. El concepto de reconquista ha sido y es utilizado corrientemente por historiadores como M. González Jiménez, Stanley Payne, Serafín Fanjul, Luis Suárez, D. W. Lomax, Javier Esparza, Luis Molina, J. A. Maravall, P. Linehan, Menéndez Pidal, M. A. Ladero Quesada, P. Guichard, A. Vanolli y tantos más.
Sin embargo ese concepto no es del agrado de una serie de intelectuales, periodistas y políticos, que lo denigran suponiendo que Al Ándalus representaba a “los tolerantes, los cultos, los ricos y los buenos”, en oposición a los hispanos cristianos, tildados a menudo de fanáticos y tiránicos. Algunos hasta han negado la invasión musulmana, o inventado una resistencia asturiana sin la menor motivación u objetivo político, y completamente ajena al recién caído reino hispanogodo. No vamos a entrar aquí en debates tan obviamente absurdos, que he tratado con alguna extensión en el libro La Reconquista y España.
Señalaré, no obstante, que desde principios del siglo XX se ha abierto una corriente que simplemente niega la existencia histórica de la Reconquista, con argumentos tan arbitrarios como que una empresa de ocho siglos no puede llamarse así (Ortega y Gasset); o bien que quizá sirva la palabra, pero solo a partir del siglo X u XI, porque antes no existiría un concepto de España (García de Cortázar, Joseph Pérez); o que, a lo largo de aquellos siglos se formaron varios reinos cristianos en España, a menudo en lucha entre ellos, a veces tributarios de los musulmanes, o que hubo relaciones comerciales y culturales con Al Ándalus, tanto en su época unitaria como cuando se disgregó en taifas. Esta versión la sostiene Kamen, por ejemplo, y hoy una multitud de profesores universitarios, y lo curioso es que lo hacen con verdadero odio y despotismo, prohibiendo a sus alumnos utilizar el término Reconquista. Dicen que no es “científico”. Para sus ensueños, al Ándalus subsiste de algún modo, o debería subsistir, aunque ellos tengan que expresarse en español y no en árabe, y practicar la monogamia, al menos exteriormente.
Otros (un tal J.Peña, entre muchos) aducen que la palabra es reciente, del siglo XIX, producto de un “nacionalismo español” sobrevenido y para ellos odioso. Claro, el término tradicional solía ser Restauración, que venía a ser lo mismo, solo que Reconquista otorga al concepto el contenido bélico que efectivamente tuvo: España y Al Ándalus se sentían incompatibles política, religiosa y culturalmente. La cuestión, en sí misma ridícula, ha empeorado con un antifranquismo grotesco: el concepto, con uno un otro nombre, data de los primeros documentos de la resistencia asturiana, pero para esta corriente basta que el franquismo haya reconocido esa larguísima tradición, para rechazarla.
El indudable hecho es, como señalé al principio, que la realidad política y cultural de España que tenemos ante nuestros ojos, se formó en tiempos de Roma y del reino hispanogodo, y que su transformación radical por el islam terminó siendo derrotada en toda la península, sin que quedasen de ella más que restos arqueológicos y algún léxico y costumbres, de modo similar a lo que en el Magreb queda de las pujantes culturas cristianas anteriores a la invasión árabe. El odio al concepto de reconquista –pues se trata de auténtico odio que no repara en hechos o razones– encubre un odio más general a la idea misma de España, que sin la Reconquista estaría balcanizada en una serie de pequeños estados hostiles entre sí y objeto de las maniobras de otras potencias. Y no es así lo que ocurre, pero es el objetivo, generalmente inconfesado, pero bien claro, de los enemigos de la Reconquista.



