Adán y Prometeo
Ya que las preguntas de Omar Jayam carecen de respuesta racional, la psique humana trata de superar la angustia implícita explicándolas con ayuda de la imaginación. Vale la pena examinar las dos respuestas más próximas culturalmente a nosotros, la griega y la judía, adoptada por el cristianismo. La condición humana es descrita por su origen, obviamente un origen fuera de las capacidades del propio hombre, el cual no puede crearse a sí mismo, sino que es creado por una fuerza externa, “divina”. En el mito del Génesis, Dios lo crea con arcilla y lo sitúa en un paraíso sin mal, y por tanto sin bien, es decir, sin moral una situación de inocencia primaria. Se trata de una situación puramente imaginaria que sirve de contraste ilustrativo sobre la situación real del hombre, sometido al bien y al mal y a la libertad. Esta situación es imaginada como una caída, pues anteriormente Adán y Eva vivían en inocencia perfecta, igual que los animales. La advertencia de Dios es: si coméis de esa fruta, moriréis. También por contraste es imaginada una situación previa en la que no morirían, con lo que, nuevamente, la moral sería innecesaria. ¿Qué quiere decir realmente? Lo que consigue el hombre es, no la muerte, sino la consciencia de la muerte, que nuevamente lo diferencia del animal. Las consecuencias de su posición real quedan claras: el varón se encargará de conseguir trabajosamente el alimento, “con el sudor de su frente”, lo que implica la técnica, y la mujer “parirá con dolor”, mostrando el carácter de la diferenciación más profunda de los sexos, uno centrado en la nutrición y el otro en la procreación.
Lo importante reside en la tentación. ¿Por qué Adán y Eva, hechos de arcilla, comen de aquella fruta “desobedeciendo” a Dios? Porque piensan convertirse en dioses, emanciparse de su creador, deberse solo a sí mismos (esta viene a ser la intención de las ideologías, dicho sea de paso). En el mito judío, Dios es el espíritu y la arcilla la tierra, y la caída se presenta como la ilusoria rebelión vanidosa de la tierra (la serpiente que se arrastra por ella sin lograr elevarse) contra el espíritu, de los impulsos corporales y terrenales contra las exigencias divinas plasmadas en la moral. La condición humana se presenta como una continua tensión entre ambas inclinaciones presentes en su ser. El hombre es un ser caído: caído en la condición moral, de la que no puede escapar pero que no consigue controlar.
En el caso de Prometeo, la lógica interna es bastante paralela. El hombre es creado también de tierra, pero no directamente por algún dios, sino por un titán, él mismo hijo de la tierra en rebeldía contra los dioses. Prometeo enseña a los hombres a burlarse de los dioses, es decir, del espíritu, negándoles los honores debidos, por lo que Zeus les negó a su vez la técnica (el fuego), que Prometeo consigue devolverles mediante un robo. El castigo de Prometeo (del hombre) es acorde con su elección: la imposibilidad de elevarse espiritualmente, simbolizada por su encadenamiento a la roca, “a la trivialidad” en terminología de Paul Diel. La técnica le ayuda a satisfacer las necesidades y deseos corporales pero el rechazo del espíritu le condena a una vida roma y sin sentido, con una moral invertida.
La cuestión de la moral aparece de otra forma. Prometeo, “el previsor”, “la razón”, tiene un hermano, Epimeteo, “el que piensa después”. Con él se expresa una doble característica del ser humano: la necesidad de prever y la imposibilidad de hacerlo más allá de un corto plazo, incluso para los más sagaces. Prometeo no puede impedir que su hermano (su otra cara u otro yo), se deje seducir por Pandora, mujer sin alma e irónicamente llamada “dadora de todo”, símbolo de los deseos terrestres, cuya consecuencia son todos los males, dejando en su lugar solo la esperanza. Prometeo promete un bien sin mal, quizá la inocencia a través de la técnica, lo que se revela ilusorio. Advierte a su hermano contra los dones de Zeus, pero Pandora, como la roca, es la consecuencia lógica de su elección. Zeus simboliza aquí la legalidad de la vida.
Los dos mitos definen al hombre como desgarrado entre los deseos “materiales”, “terrenales”, y los “espirituales”, concretados estos en la moral, y que en difícil equilibrio actúan sobre la psique humana y la definen. La cuestión del espíritu y la materia ha dominado gran parte del pensamiento occidental. Los movimientos gnósticos se han obsesionado con el espíritu, como el bien, contra la materia como el mal, pero hay otro gnosticismo contrario, y también iniciático: el de la materia (la técnica) como el bien, contra el espíritu como el mal; presente en la masonería y más en general en las ideologías.
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El espíritu de España
Tal como usted lo describe en Nueva historia de España, los logros del Siglo de oro son verdaderamente asombrosos. ¿Cómo explica entonces que haya prevalecido una visión negativa?
En parte es fácil de explicar. España representó entonces a Europa y al cristianismo occidental, que era católico, contra el islam otomano, los protestantes, Francia e Inglaterra. Entonces se inventó también la propaganda moderna, en la que la verdad y la falsedad no se distinguen, y la inventaron los enemigos de España.
Me refiero a que aquí mismo se haya extendido de tal manera esa visión negativa.
La cosa viene de antiguo, de la pérdida de la hegemonía y comienzo de la decadencia, que produjo una reacción de autocrítica obsesiva que ya denunciaba Quevedo. ¿Cómo era que España estaba siendo vencida ¡incluso por los portugueses ya separados, y de modo especialmente sangriento!? Si los éxitos anteriores se explicaban por una especie de predilección divina, cabría pensar que Dios había pasado su predilección a los enemigos de España. Si dejamos aparte la cuestión divina, el fracaso conduce muchas veces a suponer que el contrario es superior también en un sentido moral, y que los anteriores logros valían en realidad poco. Lo mismo ocurrió con el “desastre” del 98.
Pero en su libro, usted admite que en el siglo XVIII se superó aquella decadencia.
Se superó en un sentido material, el país siguió siendo una de las grandes potencias y se modernizó en muchos sentidos, pero en gran medida se hizo contra la época anterior. Incluso Julián Marías ha sido un gran admirador del XVIII español, sobre todo de Carlos III, que cometió graves errores. Pese a muchos avances, política y culturalmente España se vio sometida a cierta satelización por Francia. Esto significa mucho, porque el nuevo espíritu era más bien francés, y Francia había sido el mayor y más peligroso enemigo de España, si acaso después del Imperio otomano, y había soportado una infinidad de derrotas por parte de España, cosa que no olvidaba. El XVIII fue ya un siglo de denigración implícita o explícita de la anterior época española. No fue todo negativo, ni mucho menos, pero el menosprecio de lo anterior era y es hoy bien visible, incluso entre los que podíamos llama españolistas.
¿Hay, pues, un espíritu español y un espíritu francés?
Sí, claro, se aprecia muy bien a simple vista. Voltaire y los enciclopeditas lo señalaban, sintiéndose vencedores de él. La cuestión es que España decayó profundamente a partir de la Guerra de los Treinta Años, que estuvo muy cerca de desintegrar a la propia España. Cataluña estuvo cerca de pasar a Francia y Portugal se separó e infligió a las tropas españolas algún desastre peor que el de Rocroi. Fue una crisis de grandes dimensiones, que había de crear un sentimiento de frustración e inferioridad.
Y, según usted, ese espíritu podría recuperarse.
De hecho hubo un intento de recuperarlo en el franquismo, creo que con una interpretación parcial, insuficiente, de lo que había sido el “siglo de oro”, demasiado militar y eclesiástica, a menudo retórica y grandilocuente pero sin verdadero análisis. Igual que la Reconquista, interpretada también en un plano excesivamente religioso. Desde ese punto de vista, la Reconquista habría concluido con la toma de Granada. Pero desde el punto de vista político no había concluido en absoluto. Quedaba Navarra, todavía en la órbita francesa, y consolidar la unión de Aragón y buscar la de Portugal, que finalmente no se logró, y creo que ya no es un objetivo razonable, como recuerdo en La Reconquista y España. Pues no debe olvidarse que, políticamente, el ideal de la Reconquista era el reino hispanogodo de Toledo. Desde el punto de vista de Roma, bastaba con la expulsión del islam, aunque España quedase dividida en unos cuantos reinos poco amigos entre sí, pero cristianos. No obstante, el intento del franquismo me parece que fue magnífico en líneas generales, necesita ser más estudiado, pues solo lo ha sido por sus enemigos. Y ese espíritu se abandonó progresivamente en la transición, que supuso una nueva oleada de leyenda negra. En Nueva historia de España dejo planteados estos problemas.
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El crimen erótico
Me llegaron por amazon sus dos novelas hace días. Empecé con “El erótico crimen del Ateneo” y quiero comentarle. Cuando lea “Sonaron gritos y golpes a la puerta “se lo comentaré también. Cuando va a Amazon, uno trata de orientarse por las valoraciones de la gente, y estuve a punto de dejarlo, porque solo hay tres valoraciones y dos son muy negativas. Por probar… y me di cuenta de que esos dos comentarios venían de gente sin el menor sentido del humor. No sé si me he reído más en la parte de la novela o en la de las peleíllas entre los nacionalistas gallegos y demás. Tiene usted un humor muy gallego, una ironía que entre castellanos y catalanes no se encuentra, y seguro que las valoraciones desfavorables vienen de por ahí. También es un humor muy distinto del andaluz, que se basa en la exageración. Con su ironía va usted al meollo de las cuestiones… (Pelícano)
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