**Todo gobierno que imponga o admita leyes totalitarias como las de memoria histórica o de género, es ya ilegal e ilegítimo, aunque le apoye una mayoría parlamentaria o electoral en algún momento.
**Cuando el PSOE quiere secuestrar a los niños para infectarlos con su miserable ideología, causante de tantas desgracias, está cometiendo un crimen de gravedad extrema.
**Cuando la política se convierte en delincuencia es preciso judicializarla. El problema es el grado de corrupción en los jueces y de agonía de Montesquieu.
**Cuando uno presencia la complicidad del Tribunal Supremo en la criminal profanación de los restos de Franco y del Valle de los Caídos, recuerda inevitablemente las chanzas de la Delgado y el Villarejo sobre relaciones de jueces con menores. ¿Tendrá el Doctor informes de ellos? ¿Y de los obispos?
**Cuando el Doctor y su pandilla hablan de “desjudicializar la política” quieren decir que debe haber vía libre para sus embustes, demagogia y delitos.
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Usted insiste en que conocer el Frente Popular de los años 30 es conveniente, incluso imprescindible, para entender la situación actual y diseñar políticas adecuadas. ¿En qué sentido puede ser ello posible en una época tan distinta y con problemas tan distintos de los de entonces?

– Es imprescindible para conocer la situación española, porque las amenazas son las mismas: totalitarismo y disgregación nacional. El Frente Popular fue resultado de un proceso de hispanofobia ya antiguo, basado en la leyenda negra, pero que cobró especial relevancia a partir del “desastre del 98”. Fue eso, más algo nuevo: la influencia de la revolución soviética. De ahí su doble aspecto totalitario y disgregador. Ello no impide hoy la presencia de algunos aspectos nuevos, porque en Europa y en el mundo surgen nuevos problemas y los viejos materialismos, en especial el marxismo, toman formas nuevas, como Proteo.
No es solo ese marxismo que llaman cultural. Pensemos, por ejemplo, en qué pueden significar las naciones en un mundo globalizado donde la importancia, no solo de España sino de Europa, va mermando a cada paso, donde el Pacífico desplaza al Atlántico como eje económico mundial, donde las rivalidades entre grandes potencias armadas de misiles nucleares alzan sobre la humanidad la posibilidad de la extinción, por no hablar de otras posibilidades de suicidio de la especie, como usted ha dicho, o de las corrientes transhumanistas, que plantean una especie de superhumanidad mediante la técnica… Todos esos problemas dejan los particulares de España en un plano provinciano, casi insignificante.
–El mundo en su conjunto ha llegado a esa situación y a esos problemas, que sin duda exigen nuevos enfoques teóricos. En mi libro sobre Europa abordo la situación como producto de las ideologías, por una parte, y de la impotencia del cristianismo frente a ellas, por otra. Ahora bien, la situación nueva en el plano político-económico no es la misma que en el plano espiritual. El ideal comunista, como el nacionalsocialista, eran, teórica y prácticamente muy semejantes al transhumanismo que ahora plantean otros. Lo cual nos orienta bastante sobre lo que podemos esperar, aunque el asunto exige sin duda una aproximación intelectual más profunda. Un reexamen de la II Guerra Mundial, por ejemplo, ayudaría a entender esos problemas, que en los años treinta repercutieron con tal fuerza sobre España. El franquismo trató de dar a la crisis una respuesta práctica, en lo que tuvo bastante éxito, spero también intelectual e institucional o ideológica, mediante la doctrina católica con algunos rasgos de fascismo. Pero en ese plano ideológico fracasó, y no solo por efecto del Vaticano II: la inanidad de la representación española en dicho concilio ya demuestra que el fracaso venía de antes. ¿Podemos extraer lecciones del franquismo para el presente, no solo español sino europeo o hispanoamericano o de manera más amplia, o hay que darlo por una experiencia quizá gloriosa, pero ya agotada? Esto es muy importante. En todo caso, condenar el franquismo es condenar a España, cosa de la que no quieren enterarse muchos.
Eso puede ser, pero ¿qué importancia tiene en un mundo que, como decía, parece estar transformándose por unas fuerzas gigantescas que rebasan totalmente lo que puede hacer o significar España?
–Bien, partamos de un dato: la historia. España ha desempeñado un papel crucial en la historia del mundo durante los siglos XVI y XVII, y en cierto modo la llamada globalización parte de aquellas extraordinarias aventuras marítimas españolas. Ha creado un extenso ámbito cultural, y después, pese a la decadencia y las desventuras posteriores, ha conseguido mantener la unidad nacional legada por los Reyes Católicos, de modo que es uno de los pocos países europeos que mantienen sus fronteras apenas modificadas desde entonces. Y en el siglo XX derrotó los intentos totalitarios “transhumanistas” y disgregadores, librándose de desastres como la II Guerra Mundial, cosas a las que no suele darse importancia, pero la tienen enorme. ¿Es que debemos considerar todo eso como algo insignificante debido a que China se configure como una superpotencia, a que el eje comercial mayor pase al Pacífico (descubierto y cruzado por los españoles, por cierto), a que el mundo musulmán vuelva a ejercer una presión amenazante (de la que España libró en primer frente a Europa en el siglo XVI) o que en la UE cobren impulso ideologías sexualistas que conducen al suicidio de la especie? Creo que no debemos considerarlo insignificante. Si España ha de desempeñar algún papel en el mundo actual, debe partir de una valoración de lo que es y ha representado en la historia. De otro modo seríamos como una hoja seca arrastrada por el viento. Cierto que no faltan indicios de algo así, pero no lo son todo, todavía no.
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