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España en la Europa decadente
–En su libro sobre Europa ud considera que la II Guerra Mundial señala la caída de Europa en una decadencia de la que no da señales de recuperarse. La enfoca como la Guerra de las Tres Ideologías salidas de la Ilustración en distintos momentos. ¿Podría decirse que como el fracaso de la Ilustración?
–Sí, es obvio. Pero hay que tener cuidado con el término fracaso. Todo ocurre en el tiempo y todo se acaba alguna vez. En ese sentido, todos los movimientos humanos terminan fracasando, pero entre tanto han ocurrido muchas cosas. Con la Ilustración y la Revolución industrial, que puede considerarse derivada de ella, Europa, o las grandes potencias europeas, alcanzan un poder mundial imbatible, pero además las condiciones de vida, por lo menos las materiales, han mejorado enormemente. Europa se convierte en un horno de ciencia, técnica y pensamiento como ninguna otra civilización anterior. Al mismo tiempo se produce un vacío religioso creciente que abona diversas formas de pensamiento nihilista. En fin, de todas formas es llamativo que ese auge extraordinario coincida con una decadencia de España. Un problema muy digno de estudio.
–Ortega lo resumió en su frase “España es el problema y Europa la solución”. Pero usted lo ha criticado a fondo.
–La frase apenas alcanza el rango de majadería, pero esas ocurrencias de Ortega han tenido una influencia extraordinaria, a derecha e izquierda, hasta hoy mismo. De momento constatamos un hecho, y es la peculiar situación de España en Europa. En la etapa histórica anterior, España se convirtió en la primera potencia durante un siglo y medio. En la Ilustración siguió siendo una de las principales potencias, pero ya en declive: culturalmente pierde su originalidad, y políticamente se sateliza a Francia en buena medida. Es más, las principales potencias europeas, Francia e Inglaterra y en general las protestantes, han visto a España antes y siguen viéndola en el siglo XVIII y yo diría que hasta hoy mismo, como el enemigo a batir. En cierto modo se ve lo que podríamos llamar el espíritu de España y su legado como una rémora para el espíritu ilustrado: la ciencia, la técnica, el progreso en general, más vagamente, “la libertad”. España fracasa en la guerra citada y su derrota se consuma pocos decenios después con la invasión napoleónica, que deja al país internamente dividido por primera vez, sin imperio, saboteado por sus “aliados” ingleses, y convertido en potencia de segundo o tercer orden inmersa en contiendas civiles y pronunciamientos.
–Entonces, Ortega no dejaba de tener cierta razón. España debía europeizarse, es decir, incorporarse a las grandes corrientes entonces de éxito.
–Ortega analizaba la situación exactamente al revés y era totalmente incapaz de ver que lo que él llamaba Europa se precipitaba a unos conflictos desastrosos, en los que España afortunadísimamente no participó, contra los deseos de él y de tantos como él. Para Ortega el mal estaba en lo que llamó la “tibetanización de España”, en el voluntario aislamiento de las corrientes europeas desde los comuneros o algo así. Precisamente ha sido todo lo contrario. España intervino con mucha fuerza en los asuntos europeos hasta el final de la Guerra de los Treinta Años. Ese largo período de hegemonía española fue muy fructífero para España, para Europa y si se quiere para todo el mundo, como lo fue la Ilustración, descontando siempre los elementos negativos. España cortó los avances turcos, defendió al catolicismo y lo extendió por el mundo, creó el derecho internacional, puso en contacto a todas las grandes culturas mundiales. Después de la derrota de los Treinta Años siguió interviniendo, no tibetanizándose sino al contrario, intentando seguir a toda costa las corrientes europeas, que entonces quería decir francesas. Es curioso que ese intento resultara tan esterilizante. Como puede ver, aquí se presentan grandes problemas. Por ejemplo, ¿debería España sacudirse esas influencias , esencialmente franco-anglosajonas? ¿Sería posible? ¿Fue el siglo de oro una experiencia ya muerta e irrecuperable, o quizá puedan salir de ella brotes nuevos? Plantearse esta cuestión exige, lógicamente, algo más que revindicar su memoria contra la Leyenda Negra, exige analizar aquella época con presupuestos distintos de los que se vienen empleando y que no han llevado a nada. ¿Se debió el estancamiento al catolicismo en general, o a un catolicismo a su vez estancado? En otras palabras: ¿podría tener España en el mundo actual una voz propia o debe resignarse a lo que realmente viene ocurriendo, a ser una vocecilla de acompañamiento de los que realmente poseen fuerza y originalidad?
*************
(Hace ocho años)
Cuando el corruptor Zapatero sacaba a la ETA del borde del abismo para darle toda clase de facilidades y prebendas a costa del estado de derecho y la unidad de España, acusé a Rajoy de colaborar en el proceso. Muchos se escandalizaron. Pero era una colaboración disimulada, consistente en convertir en paripé inofensivo su deber democrático de oponerse con toda claridad y energía a semejante delito o sarta de delitos, y en dar por hechos consumados y sin vuelta atrás las fechorías socialistas. Su oposición era de “perfil bajo”, siguiendo los consejos de un cantamañanas con asombrosa influencia… entre otros cantamañanas como él.
Ahora, Rajoy ha proporcionado a la ETA una nueva victoria claudicando abyectamente en relación con el carcelero de Ortega Lara. Dice el desvergonzado ministro del ramo que el PP “solo ha cumplido la ley”. Lo que es falso, ninguna ley le obligaba. Pero si fuera así, ¿por qué no lo hizo antes de las huelgas de hambre y de las manifestaciones etarras? Estas últimas permitidas, es decir, patrocinadas de hecho, por quienes tienen la obligación de defender a las víctimas y no a los asesinos y sus cómplices. Está claro que la “ley” aquí la ha dictado, una vez más, la ETA y la ha acatado el gobierno. Los etarras siempre han creído, no pocas veces con razón, que los gobiernos de Madrid, (excepto el de Aznar-Mayor Oreja) eran algo así como pandas de cacos a quienes había que tratar con mano dura. Han vuelto a confirmarlo. Rajoy decía antaño, infantilmente, que lo que quería era ser presidente de España. Ya lo es. Para nada, porque en materia económica no gobierna él, sino que le gobiernan en Bruselas o en Berlín, o donde sea, y en lo demás es don Nadie, excepto para sangrar a los ciudadanos. Y ya sabemos lo que vale: lo mismo que en la oposición. Hombre de perfil muy bajo para una crisis de perfil tan alto.
Creado en presente y pasado
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El extraño caso del liberalismo español /La izquierda y la cultura
La ETA y Carrero Blanco. Deshaciendo algunas mitificaciones y mixtificaciones: https://www.youtube.com/watch?v=2i2MkxBvw5I
Comprender el papel del liberalismo en la guerra civil exige una referencia general a su evolución histórica en España.
A la propiedad e iniciativa privadas fomentadas por el liberalismo suele asociarse el impulso económico que convirtió a países como Usa, Inglaterra, Alemania o Francia en grandes potencias económicas en los siglos XIX y XX. Pero los efectos del liberalismo resultaron muy inferiores en España, que había sido una de las grandes potencias mundiales durante los tres siglos anteriores, y en el XIX descendería a una posición de segundo o tercer orden. Aquí el liberalismo llegó de la mano de la invasión napoleónica y la lucha contra ella. Como todas las ideologías, en el liberalismo hay varias corrientes que suelen disputarse, incluso violentamente, la autenticidad de la doctrina, y en España se dividió a grandes líneas en dos tendencias: la llamada exaltada se inspiraba en la Revolución francesa, y la moderada más bien en la experiencia inglesa.
La invasión, seguida de la pérdida de la mayor parte el imperio americano, dejó el país dividido en dos sectores radicalmente enfrentados –liberales y carlistas o tradicionalistas– hasta originar entre 1833 y 1840 una nueva y sangrienta contienda, esta civil. Los tradicionalistas aspiraban a mantener el antiguo régimen con su sociedad estamental, aduanas interiores, fragmentación legal e incluso Inquisición (prácticamente inefectiva desde hacía mucho) y preeminencia de la Iglesia. Los liberales representaban la unidad de mercado y las libertades políticas. Estos fueron los vencedores, pero entre sus dos facciones siguió una larga pugna por medio de pronunciamientos militares, al ser en el seno del ejército donde ambas habían logrado apoyos más efectivos.
La aversión de los liberales a la Iglesia se plasmó en hechos como la matanza de frailes en 1834, acusándolos falsamente de envenenar las fuentes. Su acto más decisivo, dos años después, fue la Desamortización del político Mendizábal, ligado a intereses ingleses y acompañada de la disolución de las órdenes religiosas, que dejó sin instrucción a numerosos alumnos. La desamortización no fue un contrato o trueque liberal, sino una expropiación desde el estado, que mataba dos pájaros de un tiro: allegaba fondos para la guerra carlista y socavaba económicamente a la Iglesia. El coste fue muy alto: muchos miles de campesinos que vivían en tierras comunales o del clero fueron condenados a la mendicidad, se extendió el bandolerismo y el país sufrió una de las oleadas más destructivas de su patrimonio histórico y cultural: ruina de monasterios, obras de arte, bibliotecas, archivos, registros, etc. Ya había ocurrido con la invasión francesa, pero la Desamortización la empeoró. La tercera oleada ocurriría durante la guerra civil tratada en este libro. Ello da idea del ingente patrimonio artístico y cultural adquirido por el país en épocas más brillantes.
Los pronunciamientos liberales trajeron consigo inestabilidad y estancamiento, aunque también hubo algunos procesos de modernización. El liberalismo exaltado luego llamado progresista y republicano, culminó en 1868 en el llamado Sexenio revolucionario o democrático, experiencia caótica que expulsó a los Borbones, suscitó una guerra en Cuba, una nueva guerra carlista y provocó indirectamente la francoprusiana de 1870. El Sexenio desembocó en 1873 en la I República, que convirtió el desorden en vorágine con dos guerras civiles (la carlista y una revolución cantonal que amenazaba disgregar el país en pequeñas taifas), más la de Cuba, con unas Cortes frenéticas en sus retóricas. A finales de 1874 un golpe militar acabó con la república y al año siguiente volvieron los Borbones (Alfonso XII), por lo que se llamó “Restauración” al nuevo régimen, de estilo inglés, con alternancia entre las dos corrientes liberales. La Restauración acabó con los pronunciamientos, trajo más estabilidad, aceleró la industrialización, aumentó la renta per cápita y la instrucción pública: mejoras importantes aunque lentas.
Sin embargo la derrota del 98 marcó un antes y un después: la inestabilidad y el desánimo se acentuaron. La corriente “regeneracionista”, básicamente liberal, atacó a fondo a la también liberal Restauración, tachándola de “necrocracia”. Con ello la privaba de respaldo intelectual, minaba su legitimidad y favorecía a los movimientos anarquistas, marxistas y separatistas. La creciente subversión provocó una dictadura, igual que en otros países europeos. Como ya señalamos, el dictador, Primo de Rivera, realizó en seis años proezas antes impensables: acabó con el terror anarquista, con la sangría de la guerra del Rif, con la agitación separatista y con la exaltada demagogia del PSOE, prosperando el país a un ritmo nunca visto desde la invasión francesa. Y ello sin grandes medidas represivas. Pese a ello perdió la batalla de la legitimidad y sus intentos de institucionalizar un bipartidismo con el PSOE fracasaron, por la oposición de algunos militares y del rey, y sobre todo, nuevamente, por la inquina de intelectuales autoconsiderados liberales — Unamuno y Ortega los más destacados–, que se ensañaron con Primo de Rivera usando una retórica tan furiosa como vacía.
Así, el republicano Pacto de San Sebastián, en agosto de 1930, lo organizaron políticos fundamentalmente liberales o que se tenían por tales: Azaña, Alcalá-Zamora, representantes de otros republicanos de izquierda y de derecha, notablemente Lerroux, y separatistas catalanes más o menos radicales. El muñidor de la reunión, Miguel Maura, había sido monárquico hasta casi la víspera, como Alcalá–Zamora. No les preocupó buscar alianza, que no encontraron, con el PNV, la CNT y el PSOE. Con este último lo consiguieron extraoficialmente de manos de Prieto. Típicamente, su acuerdo fue organizar un golpe militar.
Ortega publicó en noviembre un artículo estruendoso, “El error Berenguer”, sosteniendo que el gobierno de Primo había sido indigno de los mismos pueblos salvajes y hasta “una insólita anormalidad en la historia humana”. Esta palabrería rimbombante concluía con un llamamiento: Delenda est monarchia. Había que pasar a la república. ¿Por qué? ¿Qué iba a significar la república? No había el menor análisis real bajo la frívola consigna, como tampoco bajo su “europeísmo”, otra palabra mágica para resolver mágicamente los problemas del país.
Y el golpe militar fue asestado un mes más tarde, fracasando después de causar varias muertes. Dos de sus autores fueron a su vez fusilados, y los miembros del Pacto que no quisieron huir fueron detenidos y convirtieron la cárcel en un impune foco de agitación. En febrero del 31 Ortega, Gregorio Marañón y Ramón Pérez de Ayala publicaron un Manifiesto al servicio de la República pidiendo movilizar a los intelectuales para influir en la opinión pública y acabar con la monarquía liberal. El manifiesto, que valió a los tres firmantes el título de “Padres espirituales de la República”, tuvo enorme repercusión y ayudó sin duda a que unas elecciones municipales, dos meses después, se convirtieran en el ansiado paso a la república. La ilusión les iba a durar poco, y durante la guerra, en la que huyeron del Frente Popular, tuvieron ocasión de expresar sus conocidos sentimientos hacia una república a cuyos peores efectos habían contribuido con tanta ligereza. Mientras Azaña y los políticos republicanos de izquierda aceptaban el papel de comparsas que los revolucionarios utilizaban para camuflarse.
Al igual que el marxismo o el anarquismo, el liberalismo no contó en España con pensadores o teóricos de fuste, ni se planteó problemas a resolver, sino que se aplicó un tanto dogmáticamente, aunque con intensa actividad. Lo notable ha sido el sabotaje mutuo entre un liberalismo y otro. La Restauración consiguió eliminar los pronunciamientos militares con que se obsequiaban mutuamente las dos ramas liberales, en especial la “exaltada”, pero fue para encontrarse con las nuevas ideologías que la minaban y sobre todo con corrientes intelectuales también autoproclamadas liberales, que socavaron sistemáticamente su legitimidad, en alianza de hecho con las ideologías totalitarias y separatistas. No es fácil explicar este aparente absurdo, pero sin duda ha ocurrido en la historia, y con efectos de la mayor transcendencia.
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La izquierda y la cultura:
- Nadie ha destruido más libros en Europa que las izquierdas españolas.
- Creo que soy el único historiador que ha protestado por la destrucción del archivo de la Brigada Político-social por los socialistas. A la mayoría la ley de memoria histórica les sienta muy bien.
- PSOE de Felipe González redujo a pasta de papel los fondos de la Editora Nacional
- La izquierda procedió, apenas llegada la república, a quemar valiosas bibliotecas, obras de arte y escuelas.
- En 1934, las izquierdas sublevadas contra la república, destrozaron la biblioteca de la universidad de Oviedo y una gran biblioteca y centro de arte en Portugalete. También hicieron volar joyas del románico en Asturias.
- Durante la guerra civil, las izquierdas destruyeron gran número de bibliotecas de particulares, de monasterios, valiosísimos libros antiguos, expoliaron o destruyeron innumerables obras de arte, arqueológicas, etc., algunas con el pretexto de “salvarlas”.
- Las quemas de las izquierdas no eran discriminatorias como las de los nazis o alguna ocasional en la posguerra española: quemaban bibliotecas enteras con libros de todas clases
- También fueron quemados valiosos archivos y fondos editoriales «para calentarse» en Madrid. Así los archivos del Ministerio de Hacienda para caldear el edificio en diciembre del 36. En el ministerio de Instrucción Pública fueron destruidas 300 toneladas de documentos y libros.
- Una de las cosas más sorprendentes es que las izquierdas se digan campeonas de la cultura y muchos lo hayan creído: donde llegan, la arrasan. Hoy vivimos en un verdadero páramo cultural, cada vez más satelizado por la cultura y la lengua anglosajona, aunque esto último se debe tanto a la derecha como a la izquierda.
(Hace cuatro años)
Creado en presente y pasado
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El yo y el cuerpo
La ETA y Carrero Blanco. Deshaciendo algunas mitificaciones y mixtificaciones: https://www.youtube.com/watch?v=2i2MkxBvw5I
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La cuestión de la inmortalidad tiene que ver con el yo. Uno puede negar la existencia del alma y considerar al hombre como una máquina, según sostenía La Mettrie extendiendo al hombre el criterio de Descartes sobre los animales; y de hecho la psicología, etimológicamente “tratado del alma”, prefiere prescindir de esta. Pero no se puede dudar del yo, que termina pareciéndose demasiado al alma.
Según el materialismo consecuente, el yo no sería más que una parte o emanación sutil del cuerpo al modo del perfume de una planta, pero la diferencia es demasiado clara: el cuerpo es visible, tangible, mientras que el yo no lo es en modo alguno. Al yo lo designamos con un nombre propio, pero los cuerpos podrían resultarnos indiferenciados. Dos cuerpos pueden ser muy semejantes, y sus yoes muy diferentes. El cuerpo tiene una historia simple: su evolución desde el feto a la edad anciana, una evolución fundamentalmente física y previsible, pero la historia del yo es muchísimo más complicada, se compone de mil avatares diversos y en gran medida impredecibles tanto para el sujeto como para el observador externo. Y todos esos avatares tienen algo, pero poco que ver con el cuerpo, sino con ese elemento invisible e impalpable que llamamos el yo, y que tampoco queda del todo definido por su historia: “¿Quién no es mejor que su propia biografía?” decía algún burlón.
Aunque el cuerpo funciona por su cuenta, al margen del yo, al que condiciona en muchos aspectos decisivamente, pero puede, en principio, ser bastante conocido por el yo, pero con el yo ajeno ocurre de modo distinto: a este no lo podemos diseccionar, solo se revela a cada cual de modo muy parcial, a través de sus acciones y reacciones. En cambio cada cual no se entiende ni juzga a sí mismo por sus acciones sino por una autoconsciencia acompañada de un sentimiento profundo, que va más al fondo que los actos que otros perciben. Pero si el conocimiento del yo ajeno es parcial, y a menudo decimos que nunca acabamos de conocer incluso a personas muy íntimas, también es parcial la autoconsciencia, el conocimiento del yo propio, lo que complica la cuestión. Diríamos que el yo no acaba de revelarse al propio yo, que, semejante en esto al cuerpo, parece responder a una especie de voluntad ajena, y desde luego no existe por la propia.
Otra característica del yo es que si bien se siente a sí mismo y a su cuerpo de manera más inmediata e íntima de lo que pueden hacer los demás, no se percibe en cambio, ni a su cuerpo ni a sus acciones, con la claridad con que los demás le perciben. Cada cual puede ver a los demás y sus movimientos, pero no a sí mismo, salvo por medios artificiales como los espejos.
El yo no tiene más remedio que aceptar la muerte del cuerpo, pues la percibe en otros de modo indudable, y por razonamiento está seguro de que lo mismo ocurrirá con el suyo. Pero se resiste a creer en la muerte de sí mismo, del yo. La muerte es demasiado misteriosa y por ello temible, y comúnmente lo que llamamos su aceptación consiste simplemente en una especie de anestesia sentimental y moral: no pensamos en ella o nos distraemos de ella o hasta bromeamos sobre ella. Incluso la retamos poniéndonos en peligro. Pero ella sigue ahí, retándonos a su vez, burlándose de nuestro esfuerzo por entenderla. Ese esfuerzo ha dado lugar a mil creencias entre folclóricas y supersticiosas.
La consciencia de la muerte puede producirse de manera neutra, eliminando de ella deliberadamente el sentimiento. Eso es lo que ocurre en la cultura actual, donde la muerte tiende a convertirse en un acto burocrático y comercial más. Pero cuando acompaña a esa consciencia un sentimiento claro del final, produce terror, y ese terror ha de ser sublimado para ser soportable. Una manifestación de ese esfuerzo y esa resistencia a admitir la muerte se manifiesta en el arte. Aparte de las representaciones religiosas de otro mundo, el sentido del arte creo que consiste en perpetuar el yo, los yoes, sus acciones y manifestaciones, mediante la representación, sea en forma plástica, narrada, o musical. Al menos el arte permanece en el tiempo y hace que su memoria perdure, aunque sea limitadamente, a la existencia del yo, o de algunos yoes.
También están la representaciones religiosas de otro mundo, el consuelo del servicio a “la humanidad”, como si el conjunto de esta no tuviera el mismo destino que el individuo, etc.
Como decía, la historia del cuerpo es muy simple, no muy distinta de la de los animales. Pero la del yo difiere mucho: el conocimiento de la muerte le obliga a pensar su vida, el conjunto de sus acciones y motivaciones como un todo que debiera tener algún, sentido, alguna significación. Y ese sentido no pueden encontrarlo en sí mismo, sino referirlo a aquella voluntad externa y de designios impenetrables. De ahí la dificultad de la moral, cuya habitual reducción a las convenciones admitidas o impuestas socialmente resulta tan insatisfactoria, pese a permitir una referencia más “tangible” que aquellos designios extrahumanos.
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“Respondiole el ingenioso Odiseo: “¡No te enojes conmigo, veneranda diosa! Sé muy bien que la prudente Penélope no puede igualarte en hermosura ni en gentil persona, siendo ella mortal y tú inmortal y exenta de vejez. Con todo ansío irme a casa y ver el día de mi vuelta. Y si alguno de los dioses quisiera aniquilarme en el vinoso ponto, lo sufriré con el ánimo que me llena el pecho, tan paciente para los dolores. Pues he sufrido mucho, así en el mar como en la guerra, y venga ese mal tras los otros”. Ocultóse el sol y vino la oscuridad. Al fondo de la profunda gruta retiráronse los dos, y compartieron el lecho, gozándose en el amor”.
Odiseo ha percibido la inmortalidad, y esta le ha asustado. El hombre siente terror de la muerte, pero también de la inmortalidad. ¿Por qué quiere tanto a Penélope? Quizá es el amor a la vida mortal y a pesar de serlo.
Creado en presente y pasado
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La renuncia a la inmortalidad y el placer.
*Lo más positivo del momento actual es que por fin se está derruyendo el sucio y perverso lenguaje mantenido por los políticos durante 40 años para profundizar en la destrucción de España y de la democracia.
* Sobre el feminismo, una de las grandes plagas de nuestro tiempo: https://www.youtube.com/watch?v=kCLVsOVtTUE
* Las asociaciones informales o grupos de afines pueden hacer un gran trabajo. Una de ellas es la relacionada con la denuncia de Gibraltar. Es preciso que el manifiesto se divulgue de manera constante, que llegue a más y más gente y de forma repetida, pues si no hay insistencia, se diluye: https://www.piomoa.es/?p=10249
*Es necesario repetir esta evidencia: España es el único país del mundo cuyos gobiernos han colaborado y colaboran con el separatismo y con un grupo terrorista. Y de los pocos cuyos gobiernos entregan ilegalmente la soberanía a instancias diversas.
*Madrid, colonia inglesa: la cámara podía luego hacer un recorrido por los establecimientos y anuncios comerciales en inglés. No por todos, naturalmente, pues los hay a miles y ocuparía varias horas. Pero sí por los más significativos y concentrados. Hay calles en que predominan sobre los comercios con nombres españoles
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Sr. Moa, creo que usted ha cogido el rábano por las hojas en mi comentario sobre su novela. No hace falta que me explique que La Odisea no se parece a su novela. O que hubo “algo de épica” durante el franquismo. O que Guerra y Paz tampoco tiene que ver con lo suyo. Yo partía de la pregunta: “¿A qué se parece esto?” Y me contestaba que a nada que yo haya leído. Por poner la épica literaria franquista (o la antifranquista, que la hay, más que nada en cine), la suya me parece muy por encima del resto, en calidad literaria y sobre todo en interés de los personajes y de la trama. No trato de adularle, es solo mi impresión. Otra buena novela, incluso excelente, La soledad de Alcuneza, me parece más lírica que épica, de un costumbrismo lírico y vagamente apesadumbrado (la guerra, ya se sabe…). En su novela no hay pesadumbre ni justificación de ningún tipo.
La Odisea. ¿Se parece algo a su novela? Aceptando lo que usted dice, le veo dos semejanzas: Ulises sufre mil avatares, como los dos amigos y luego Alberto solo. Los sufren todos, Ulises quejándose del maltrato de los dioses y Alberto y Paco sin quejarse de nada, pero los tres en el fondo encuentran lo que buscan. Y la querencia por las armas y la violencia está en los tres “porque un dios la puso en ellos”. Claro que si se quiere hay una diferencia abismal: Ulises lucha por su propia causa, los dos compañeros de su novela luchan por un ideal. Su ideal se presenta como negativo: el castigo de quienes consideran criminales, pero también es positivo, difuminadamente, eso sí. Lo que usted dice de la unidad del bien y el mal, supongo que se refiere al encuentro y asesinato del padre biológico. Un gran acierto, a mi entender: el padre le ha transmitido gran parte de lo que él es, luego, ¿dónde está el bien y el mal? ¿Qué cuenta más, la biología o la sociedad con su moral? La brutal venganza de Ulises, ¿es buena o mala? Pero no quiero extenderme.
Aunque usted diga que tampoco tiene nada que ver con Guerra y Paz, yo creo que usted también traza un friso de aquella época y de personajes muy variados. No hay por qué compararlas pero es así. Usted no ahorra descripciones de violencia, y al final, la obra no me parece violenta. A veces es tremenda, pero nunca tremendista. Opino que detrás de ella hay toda una concepción literaria. ¿Me explico? Por cierto, el tema de La Odisea, la renuncia a una inmortalidad de placer sin fin, tiene mucho intríngulis. Me gustaría comentarlo más. Manuel Antonio
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La ETA y Carrero Blanco. Deshaciendo algunas mitificaciones y mixtificaciones: https://www.youtube.com/watch?v=2i2MkxBvw5I
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Hace un año:
El título Adiós a un tiempo tiene una sugerencia un poco lúgubre, como si ud diera su vida por concluida.
No, no es así, nadie sabe cuándo le va a tocar. Es porque, aparte de la edad, tengo la impresión de que se han acabado muchas cosas no solo para mí. Tengo 70 años, de los cuales veintiocho en el franquismo, es decir, la infancia y juventud, y el resto en el actual régimen, que ha evolucionado muy mal, de modo que actualmente vacilo en llamarlo democracia, aunque mantenga algunos rasgos democráticos. Esos años dan una perspectiva que no tienen las personas criadas en el régimen actual. Es decir, la dan si uno se molesta en analizar la experiencia, de otro modo, no.
Pero su libro no es de análisis
Por supuesto, es otra cosa. Acaso un acercamiento a la época a través de sucesos personales. Cada persona tiene una biografía particular y única, y al mismo tiempo parecida a la de tantos otros, muy condicionada por las circunstancias históricas y sociales del entorno. Por eso puede ser interesante lo que cuente de sí mismo y de la época y ambiente que le correspondió. Mucha gente que no vivió el franquismo lo entiende como un período lóbrego y tenebroso, imagen perfectamente ajena a la realidad. Es una visión fabricada por la propaganda contraria, que fue esencialmente comunista. De modo que mucha gente mira esa época con las lentes de la propaganda comunista, que para mayor falsedad se disfraza de demócrata. Pero lo curioso es cómo gente que sí vivió aquello ha terminado “recordando” cosas inexistentes. Por ejemplo, la cantidad de tipos que decían haber corrido delante de los grises en la universidad, cuando realmente éramos muy pocos… Pero eso resulta una anécdota cómica al lado de otros “recuerdos”, que ahora subvenciona el gobierno, para más inri.
Tampoco es un libro político, o la política asoma muy poco en el libro
Sí, los recuerdos de infancia y juventud no tienen nada que ver con la política. Y los extractos de mis memorias comunistas tampoco son propiamente políticas, más bien exponen los costumbrismos y reacciones personales en la lucha antifranquista, la vida clandestina y demás. Son recuerdos de ambiente, digamos.
Se dice que la vida viene muy condicionada por las lecturas, sobre todo en la adolescencia y juventud.
Y en la infancia. Desde luego es así, por lo menos para los que han leído mucho por su cuenta. Yo leía bastante literatura italiana, Salgari cuando era niño, después a Papini, Guareschi y otros. Alguna rusa, especialmente Dostoievski. Useña, muy poca, Mark Twain… venezolana de Rómulo Gallegos, argentina de autores que no recuerdo ahora, junto con el Martín Fierro… El Zorba de Kazantzakis… En cambio poca francesa y española, ahora solo me vienen a la memoria Los cipreses creen en Dios, Jardiel Poncela… Uno se pone a hacer memoria y no para. Pero sobre todo inglesa: los “guillermos” de Richmal Crompton, Wodehouse, Maugham, Greene, Stevenson, policíacas de Agatha Christie y de Edgard Wallace, ya no me acuerdo de tantas… A través de ellas llegué a sentir gran admiración por Inglaterra. Se decía lo mucho que leían los ingleses, las tiradas de la prensa, por ejemplo… Cuando fui allí comprobé que la prensa de gran tirada era pura porquería sensacionalista… Pero bueno… Como puede verse, tiraba sobre todo a obras de aventuras o de humor. Sin embargo tres me impresionaron especialmente: Crimen y castigo, de Dostoievski, sobre todo la primera parte, me dio una extraña sensación de haber vivido yo mismo el crimen de Raskólnikof; Inglaterra me hizo así, de Greene, una imagen tan deprimente de frustración e inutilidad; El cero y el infinito, de Koestler me acercó al ideal comunista, como más tarde La noche quedó atrás, de Jan Valtin, pese a ser obras netamente anticomunistas. Hasta los quince años leí mucha novela, después cada vez menos y me he pasado bastantes sin leer ninguna.
¿Eran lecturas frecuentes entre los adolescentes de entonces?
No, no lo eran, la mayoría leía poco, en España siempre ha habido poca afición a leer a cualquier edad. Los estudiantes de colegios institutos preferían el cine, al que yo iba poco (mis padres decían que ya tendría tiempo cuando fuera mayor), y las charlas nunca giraban sobre temas literarios o de pensamiento: fútbol, chicas, canciones… la música anglosajona fue poniéndose de moda y desplazando a la francesa e italiana… A mí me interesaban poco esas discusiones, porque además se repetían mucho. Yo leía en la biblioteca municipal, y mi padre traía libros prestados del Mercantil, una sociedad recreativa de Vigo, una verdadera institución de la ciudad, que creo que quebró hace pocos años. ¿Ve usted? Un cambio significativo: adiós a un tiempo.
Resulta chocante que unas obras anticomunistas le inclinaran al comunismo. ¿Por qué?
¿Por qué? Cualquiera sabe. Una paradoja. Lo he pensado a veces. Creo que porque mostraban un ideal sospechosamente falso, pero que empujaba a una vida de acción y de riesgo en contraste con la anodina vida burguesa de adquirir una profesión, fuera buena o mediocre, estabilizarse, casarse, tener familia y morir de infarto o de cáncer. El propio sacrificio y riesgo de aquella vida me hacían pensar que el ideal no podía ser tan malo como lo presentaban. Ya dije que empecé a acercarme al comunismo después de una experiencia de fábrica en Inglaterra y otras similares.
¿Pretende usted ponerse como ejemplo a otras personas?
Nunca se me ocurriría, pero uno debe preguntarse a qué viene todo esto. A todo el mundo le encanta contar su vida, o lo que cree que ha sido su vida, aunque solo sea al círculo de amigos o familiares. Hay ahí algo de vanidad pueril, sobre todo porque casi siempre se olvidan los aspectos desagradables y se pinta la vida propia con bellos colores, para impresionar al prójimo, que casi nunca se impresiona porque cree su propia vida más interesante. Claro, hay quienes se recrean en sus experiencias más humillantes o sórdidas, pero siempre cabe la sospecha de que lo hacen precisamente para llamar la atención como seres excepcionales. En fin, es un impulso casi universal. Yo he procurado limitar esa vanidad en lo que he podido y no mentir a sabiendas, pero también percibo que el “conócete a ti mismo” es imposible. Nunca sabemos bien lo que somos. Basta comparar la imagen que nos hacemos de nosotros con las que se hacen los demás, y nunca estaremos bien seguros de cuál se acerca más a la realidad. Parece como si lo que hemos vivido tuviera otras claves e incluso otro relato que el que percibimos de nosotros mismos, que sería solo parcial. Siempre me llamó la atención cómo un poco de vino, sin llegar a embriagarse, puede hacer ver los propios actos con una luz distinta, más viva y brillante que la habitual, que suele ser un tanto pesada. Creo que lo digo en el libro, en relación con el recuerdo de Mick, un excelente amigo inglés que murió alcoholizado. Yo me he emborrachado muy pocas veces, y en todas me dejó tan mal sabor físico y mental que la mera idea me repugna.
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Creado en presente y pasado
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