*Un político español, y menos el rey, no debería aceptar títulos u honores de la potencia que invade y coloniza España. Lo contrario exhibe la ignominia más profunda a que los políticos conducen al país.
*Desde el momento en que Inglaterra invade el territorio español, la amistad y alianza con ella es en realidad sumisión servil y perruna.
*España no tiene conflictos con Rusia, y menos puede todavía darle lecciones de democracia teniendo aquí leyes totalitarias. Pero nuestros gobiernos provocan a ese país por cuenta ajena, bajo mando ajeno y en lengua ajena.
*Lo más acorde con los intereses y posición de España es la vuelta a la neutralidad. Una neutralidad no hostil a la OTAN, pero sí independiente de ella y sus aventuras.
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(En este blog, 30 de junio de 2012. Desde entonces la crisis se ha superado parcialmente, pero los problemas de más fondo se han agravado)
Contra lo que suponen los utopistas, no hay, en economía o en cualquier otra actividad humana, ninguna receta que no tenga contrapartidas negativas y que deje de conducir en un momento u otro a una crisis. Incluso las fórmulas más felices se agotan, entre otras razones porque su éxito modifica las condiciones iniciales en que se aplicó y crea condiciones nuevas que obligan reformar o sustituir la fórmula envejecida. Así, la sociedad española del siglo XVI fue extraordinariamente exitosa, en algunos aspectos la más exitosa del mundo entonces, pero las circunstancias fueron cambiando y obligando a adoptar nuevas ideas. La decadencia de España en el siglo XVII podría resumirse en el hechizo por fórmulas anticuadas y el horror por las novedades.
A su vez, las crisis, dentro de su penosa negatividad, suelen ofrecer elementos para superarlas. Por lo que respecta a las crisis económicas, ninguna de ellas ha llegado a derrumbar, hasta ahora, el llamado capitalismo, pese a los agoreros marxistas y otros, que veían en cada una de ellas el prólogo a la caída del sistema.
En España, la crisis económica viene mezclada con otras dos: una política –ante todo las tendencias disgregadoras hijas de una transición mal desarrollada— y otra moral, manifiesta en el empeño de casi todos los partidos por romper o disolver a España: más “Europa”, pregonan con desvergüenza, al paso que imponen el inglés como lengua privilegiada de cultura y de presencia casi cooficial en los espacios públicos y la enseñanza—, y en el ataque sistemático a la familia y a la cultura cristiana. Viene a ser el agotamiento del modelo elaborado en la transición, roto por Zapatero.
No existen frente a la compleja crisis fórmulas simples ni de efectos mágicos, pero en su tratamiento debe encontrarse un eje fundamental de actuación que repercuta en el conjunto o sirva de hilo de Ariadna para resolverlo, ya que es imposible abordar al mismo tiempo todos sus aspectos. Ese eje podría consistir en el adelgazamiento del estado. Hoy parece evidente que un problema clave del país es la inflación del aparato estatal, cinco veces mayor que el existente al morir Franco, así como del número de políticos, en su mayoría ignorantes y demagogos. Esta inflación ha traído, además, una alta dosis de corrupción y parasitismo, siendo quizá el factor que más ha fomentado la triple o cuádruple crisis actual. Se objeta que en otros países europeos el peso del estado y el número de funcionarios es parejo o superior. Cierto, pero ellos tampoco están nada bien económicamente, aparte de que las condiciones generales e históricas no son iguales. Y no tienen el gravísimo problema de la deslealtad de partidos regionales que usan su poder y los medios del propio estado para socavar la nación.
Creo que en el adelgazamiento y agilización del estado podría estar la vía para ir solucionando la crisis múltiple del país, si un partido fuera capaz de estudiarlo, defenderlo y convencer a la opinión pública. Se trataría, por una parte, de eliminar gran número de empleos públicos y cargos innecesarios o parasitarios, quizá hasta un millón, lo que exigiría un estudio cuidadoso. No estoy seguro de que por cada empleo público eliminado se creen 2,8 en el sector privado, al menos a corto plazo, como dice Roberto Centeno, pero en todo caso ese saneamiento disminuiría la necesidad de impuestos y con ello estimularía la inversión privada. Las políticas actuales, en cambio, crean un círculo vicioso: aumentan la deuda estatal (hasta el punto de que podríamos endeudarnos solo para seguir pagando los intereses, en una espiral suicida) y al elevar los impuestos atacan la economía y la inversión privadas, con lo que el aumento de los impuestos podría llevar al estado a recaudar menos y necesitar mayor endeudamiento… Sin contar que la credibilidad del gobierno ante los mercados es muy baja, por sus estimaciones poco claras de la verdadera situación económica, lo que repercute en el aumento de los intereses.
Y por otra parte se trataría de una racionalización de los organismos del estado (desde las Cortes a los ayuntamientos), disminuyendo fuertemente el número de sus políticos, así como controlando los sueldos de estos (la actual casta política está radicalmente en contra: http://www.youtube.com/watch?v=nyOtjisVFT0). Otro punto coordinado sería la responsabilización de los políticos por su gestión. Asistimos al espectáculo de que los políticos causantes de la semirruina del país actúan como si no tuvieran la menor responsabilidad al respecto: se van tranquilamente con sueldos, pensiones y prebendas, o siguen haciendo demagogia en los partidos. Este solo hecho provoca la desmoralización ciudadana y tiende a pudrir el sistema. Los gobiernos anteriores deberían ser juzgados por su promoción y tratamiento de la crisis económica, además de por su colaboración con banda armada y similares. Y otros debían ser inhabilitados durante un largo período para ejercer cargos políticos.
Lo cual tendría que completarse con medidas como la clara delimitación de las competencias centrales y regionales, con la recuperación por el estado central de la enseñanza, quizá también de la sanidad; lo primero, sobre todo, en Cataluña y Vascongadas, donde la enseñanza pública se ha convertido en un instrumento de propaganda antiespañola Por consiguiente, un programa de urgencia podría tener como eje y primer punto el adelgazamiento de un estado obeso y enfermo. Un programa de saneamiento político-económico que seguramente repercutiría en todos los demás terrenos: un estado más eficiente en una España más sana y fuerte.
¿Algún partido podría plantear así las cosas? Ver otro blog sobre la “reconversión”.
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Sr. Moa: creo que al Día del Orgullo Gay le falta una cosa: un himno. Sugiero que podría ser la célebre canción de Violeta Parra “Quiero un hijo guerrillero”, transformada en “Quiero un hijo mariquita, el más preciado laurel”, o algo así. Creo que entre los aficionados a su blog hay uno con buena capacidad versificadora, Katakrok, y él podría componer la letra adecuada. Es una sugerencia. Incluso podría ser “Quiero un padre mariquita y una madre lesbiana”, en fin, ya sabe usted, la inversión de valores (y en valores), el orgullo y tal y tal. Además, la adaptación mostraría el cambio de ideología en la izquierda, porque antes la izquierda era más homófoba, como le dicen ahora, que la derecha. ¿Por qué se ha vuelto homosexualista, como dice usted? Solo por una cosa: la izquierda odia la cultura occidental que siempre ha llamado capitalismo, y la religión, así que todo lo que vaya contra eso le parece de perlas. Manuel Rodríguez.




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