Aventuras, fracasos y héroes prometeicos

   

   El contraste entre la religión prometeica y el arte — la literatura en particular,–correspondiente a la misma época, desde la Ilustración, es muy chocante. El “Hombre”, que parecía un buen y racional sustituto de Dios, no solo ha resultado un tanto deleznable, sino, lo que es más sorprendente, tan misterioso como la divinidad a la que ha venido a sustituir. Al decir “el Hombre”, la “Humanidad”, la “Razón”, etc., creemos pasar de un concepto tan evanescente como el del Dios tradicional a otro mucho más evidente, comprensible y manejable. De hecho, se ha realizado un gran esfuerzo por estudiarlo y entenderlo (y con ello hacerlo más manipulable) a través de la psicología, de la sociología o de la economía, y la cosa sigue siendo harto compleja, como diría un político. El hombre no acaba de controlar al Hombre, o viceversa.

   Pero, en fin, sería falso decir que la religión prometeica no ha creado sus propios héroes,  aunque literariamente –como pictóricamente, etc.- hayan predominado los humanos descoyuntados,  desmoralizados y desmoralizantes.  Por señalar solo dos ejemplos, ha habido los héroes del realismo socialista –los del nazismo han tenido menos tiempo, pero su escultura o pintura tienen algo de plagio del arte griego— o hlos de Ayn Rand enfrentados al estado y a todos aquellos hombres irrazonables y sin apenas chispa de  razón, que mataban al inventor del fuego y sus sucesores. También están los de los cuentos de Voltaire y en particular el Candide. Naturalmente, para que esos héroes de la Razón den juego literario es preciso que, por una parte, sean muy didácticos, con lo que caen en la pedantería; y por otra, que se enfrenten a los hombres poco racionales, adeptos a las supersticiones y prejuicios, lo que revela que el Hombre no se corresponde con los hombres de carne y hueso o la mayoría de ellos. Y los héroes prometeicos dejan finalmente una sensación de seres de cartón piedra, con aventuras y épica  convencionales, sin densidad. En cuanto a la novela negra, no me parece catalogable como de aventuras, sino que se trata más bien de un juego de inteligencia más o menos artificioso.

   No es lo mismo la aventura que la épica, podríamos decir que las novelas de aventuras exponen una épica trivial, algo parecido al fútbol, cuyos partidos son batallas sublimadas en las que los espectadores se identifican y “luchan” anímicamente por imponerse al contrario. En la aventura, la justicia de unos u otros tiene por lo general poco peso, es el dinamismo de la lucha y el riesgo lo que la define: cuestiones de más calado, el destino humano y su inasibilidad, quedan al margen.  En la Odisea es la presencia de los dioses lo que da un contenido más profundo a las aventuras. La literatura de aventuras, por lo general, termina bien: la búsqueda del tesoro, en Stevenson, quizá la novela de aventuras más redonda, culmina en la obtención del mismo por los buenos y la desgracia de los malos. Más allá ya no importa qué pase con los protagonistas.

    Lo haya conseguido o no, en Sonaron gritos  hay un atisbo en esa dirección. Después de tantos esfuerzos y luchas, el fracaso aparece de dos formas, en primer lugar por la renuncia del protagonista  a continuar  en la misma línea, impresionado por algo misterioso en la muerte de su padre, que no logra expresar más  que de forma por así decir fisiológica (de acuerdo en que podría haberse desarrollado más el tema) y sobre todo por la descripción que hace de sus  tres hijos, que ya no sienten, en parte a causa de su mutismo sobre el pasado,  las mismas emociones,  inquietudes y sensibilidad política y más que política,  que él en su juventud. Dos de ellos han heredado, muy acentuado, el practicismo de Carmen, se han convertido en lo que se llamaba en broma “ejecutivos agresivos”. El tercero al que más querían el padre y la madre,  había entrado en los años 60 en grupos comunistas, había huido exiliándose en Francia,  había vuelto  con la transición para sufrir el progresivo desmoronamiento de sus ideales y terminar algo amargado y con vida familiar endeble como mediocre profesor de matemáticas en un instituto suburbial. Podríamos decir que cosas así han pasado muy a menudo, y todos conocemos casos. La cuestión es el contraste entre la acción anterior y sus resultados, que ni el protagonista ni su principal compañero de aventuras habría podido nunca prever y menos aún desear. Él mismo, como profesor de filosofía afirma ser una mediocridad, lo que achaca a la falta de  estímulo de un compañero tan vivaz y especulativo como Paco.  En cuanto a Carmen, si no fuera porque el mismo Alberto decidió su cambio de ruta a partir de su propia experiencia,  podríamos interpretarla como la mujer castrante.  

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Religión prometeica y denigración literaria del Hombre/ La aventura y la vida

Desde luego, a un escritor de ficción le conviene consultar literatura psiquiátrica o criminológica, ante la cual es difícil no sentirse algo deprimido. Los autores de novela negra supongo que lo hacen de modo especial, aunque, a decir verdad creo que es un subgénero con dos salidas: un juego de adivinanzas con algún cadáver por medio para darle dramatismo, o una descripción “negra” de la sociedad, generalmente facilona.

   Pero hay una cuestión de fondo, más allá de la evidencia del lado oscuro del ser humano, de pulsiones profundas que a veces rompen como una erupción volcánica en un paisaje tranquilo. Me refiero a lo que he definido como la sustitución de la religión de Dios por la religión de Prometeo, es decir, la deificación del hombre o del Hombre y sus atributos, empezando por la razón o la Razón. Podríamos decir también la sustitución de la religión por la ideología, si no fuera porque esta se convierte en religión sustitutoria.  No sé si de ese prometeísmo deriva la extraordinaria acumulación y aceleración de conocimientos y tecnología, o esta es un producto que toma impulso creciente por sí mismo, al margen de cualquier ideología. Un tema debatible.

   Lo que sí es cierto es que la divinización del Hombre ha llevado a su continua denigración en el arte y la literatura. Gran parte de la literatura del siglo XIX y sobre todo del XX, el gran siglo de Prometeo, nos trae personajes lamentables, siniestros, estúpidos o malvados, triunfo de los injustos… Cuando Cela publicó su Pascual Duarte, algunos lamentaron que  los temas literarios tendieran a ser hechos criminales  y personajes tarados o medio psicópatas. Esto era sorprendente después de una guerra en la que habían brillado también otros valores, pero era también un reflejo de lo que pasaba en Europa y en Usa. Naturalmente, se pueden hacer grandes novelas con tales elementos y, por el contrario, peñazos con pretensiones heroicas o moralistas. El Pascual Duarte no sé si es una gran obra, pero al menos es interesante e importante, y Viaje al fin de la noche   entra indiscutiblemente entre las grandes del siglo XX. Al Hombre, representado en los personajes literarios, le salen mal sus deseos y aspiraciones, que a menudo parecen nobles, pero vistos de más cerca resultan absurdos o deleznables, y al final viene el fracaso. En gran medida la literatura del siglo XIX y XX, y precisamente su gran literatura, puede definirse como literatura del fracaso del Hombre. No creo que nadie se lo haya propuesto así, pero el mismo hecho de ese contraste  inconsciente e indeliberado entre una triunfalista cultura prometeica, es decir, tecnológica y económica,  y un arte que expone lo contrario resulta del mayor interés, y daría para buenos debates y ensayos

   El arte es en muy gran medida inconsciente, y si de vez en cuando saco a colación Sonaron gritos… es porque  me interesa aprender a través de otros sobre lo que he escrito. Por ejemplo, de los dos personajes principales, Paco es el joven lleno de vitalidad, seguro de sí, sin problemas psicológicos, amante del riesgo, mimado por su madre, mujeriego. Es  aficionado a la filosofía, pero como algo puramente especulativo y que no interfiere con su naturaleza esencial de hombre de acción. El único problema, que desemboca en tragedia es cuando se enamora de la amante de Berto, Iliena, lo que le hace traicionar a su propia amante y al mismo Berto y causar la muerte de Iliena. Y de paso la del propio Paco, que pierde el interés por la vida y convierte la acción en un medio indirecto de suicidio. Al menos es así como lo veo… ahora. Cuando contaba sus peripecias no pensaba en absoluto en algo así.

    Berto, en cambio, es casi lo contrario de su amigo, aunque comparte rasgos con él. ¿Por qué son amigos? Porque Berto encuentra en la especulación filosófica una especie de juego que le permite huir de sus muchos problemas familiares y de adolescencia, y tiene también una inclinación natural a la acción. O tal vez sea por otras razones.

   Carmen es la chica capaz de acciones peligrosas, siempre que no impliquen violencia directa, pues odia la violencia, a la que no hacen ascos los otros dos. Su deseo es sobre todo la estabilidad, un deseo muy femenino, derivado de que la mujer es el eje siempre de las familias y corre a su cargo la crianza directa de los hijos, una tarea que exige como mínimo dieciocho años. De Iliena, en cambio, solo sabemos que es culta y sensible, pero que adopta ante la vida una actitud pasiva e impotente, dejándose llevar por las circunstancias imprevisibles de la época:  “pareil a la feuille norte”, unos versos que le gustan especialmente, porque en gran parte la describen.

     Mi intención al escribir la novela era recuperar algo de lo que se perdió con Cela y tantos otros,  poner en juego  situaciones extremas, pero con personajes no tarados ni  especialmente malvados, evitando el peligro (creo que lo evité) de caer en moralizaciones  peñazas. Y romper con el costumbrismo, que me parece la maldición de la literatura española. Creo que solo hay un personaje costumbrista, el seudotío de Berto, un separatista catalán bastante ruin –no conozco un solo caso de esa gente que no sea ruin, ya empezando por Prat de la Riba–, que oportunamente se recicla en franquista o falangista (son hechos no raros entonces) y vuelve a envalentonarse cuando, al terminar la guerra mundial cree que el régimen se va a caer de un momento a otro. Pero es un personaje secundario.

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Un magnífico libro de viajes (II) La aventura y la vida.

   Dice Cristina Losada en Un sombrero cargado de nieve: “Los que releímos los viejos libros de aventuras para adolescentes; los que redescubrimos a Conrad, a Stevenson, a Melville, a London y tantos otros; los que regresamos a la novela negra de Chandler, Hammet y muchos más; los que revisitamos las antiguas películas en blanco y negro, los que vivimos de esa manera las aventuras de otra época, lo hicimos porque ya no había aventuras para nosotros” “La propia palabra aventura estaba descatalogada”.

  ¿Es verdad eso? Desde la II Guerra Mundial se ha creado una sociedad en la que un ente extraño, llamado “el estado” se cuida de que vivamos protegidos y seguros “desde la cuna a la tumba”, un proyecto que tiene algo de siniestro, algo así como la sujeción de la vida a unas directivas burocráticas y la perpetuación de la infancia hasta el final. Algo que no se debe decir tan crudamente. No es que haya desaparecido la afición a la aventura, y hoy se fabrican en masa relatos y series televisivas de aventuras, y hasta programas turísticos “de aventura”  para consumo y diversión imaginarios.  Pero son parte del programa “de la cuna a la tumba”.  Seguridad y consumo son los grandes lemas de la época.

    Sin embargo hay que reconocer que la autora sí vivió unas cuantas aventuras, incluso peligrosas, como su travesía del Sahara: “Sentí pánico de seguir por aquel valle y acabar a cientos de kilómetros de la carretera, en medio de la nada, sin combustible para volver, si es que lográbamos encontrar el camino de vuelta”.  Las aventuras suelen exigir sacrificios y bastante humor para sobrellevarlos. “Paul Bowles  dijo que aquel que haya estado en el Sahara alguna vez recibe un bautismo de soledad  y quiere volver a esa tierra inmensa de luz y silencio Pero mi bautismo de soledad en el desierto fue menos lírico; fue un bautismo en la existencia de límites. Allí donde la tierra no parecía tener límite alguno, experimenté los que teníamos los humanos dispuestos a ignorarlos, y me propuse solemnemente no regresar nunca más al desierto. ¡En ningún caso en verano!, añadí como cláusula de descargo. ¡No en un coche sin tracción a las cuatro ruedas y aire acondicionado!”

   Llegados al final de la travesía, nuevos problemas, porque lo guardias fronterizos de Níger no dejaban pasar así como así a los viajeros. Había que darle un cadeau al jefe “No se trataba de un soborno, sino de un regalo de amigo a amigo”, impulsado por un profundo y repentino sentimiento de amistad. Cristina y su acompañante alemán entendieron la cosa, “pero no quisimos colaborar. Teníamos nuestro orgullo europeo y, por si flaqueara, nos habíamos quedado sin posibles obsequios. Todo cuanto era prescindible  lo habíamos vendido en Argelia”.

   Pero realmente la vida, incluso bajo las consignas de los beveridges, tiene algo de aventura. El hombre es un ser “futurizo” en expresión de Julián Marías, y el futuro es por su naturaleza desconocido, por lo que da las mayores sorpresas, generalmente poco agradables,  incluso a los más apegados a un mundo seguro y lleno de cosas.

   Obsérvese que la autora está empapada de cultura anglosajona. Y es curioso que, habiendo producido España quizá los aventureros más asombrosos, su literatura de ese tipo sea tan pobre.

  

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El arte y las intenciones del artista

 

La obra del  artista, sobre todo si es obra de calidad, va siempre más allá de las intenciones  del autor. Algunas son interpretables e interpretadas una y otra vez, así el Quijote. Posiblemente Cervantes solo tuviera en mente una parodia de novelas de caballerías y ganar algún dinero, pero el resultado no tiene mucho que ver con ello. Por eso cabe interpretar al artista como una especie de médium.

   Es más, las críticas pueden descubrir al autor aspectos de su trabajo en los que no había pensado en absoluto. Según veo, Gregorio parece interpretar Sonaron gritos… en clave algo freudiana –como se han interpretado tantísimas obras literarias, planedas asi por sus autores–. Aunque no queda claro. Lo que está claro, en todo caso, es que ni en la intención ni en la realización tiene la novela nada que ver con el complejo de Edipo y esas cosas.  Mi intención partía del hecho que él alude, la pobre explotación literaria del material que suministra la vida española.  En efecto, los años  de la guerra y los 40 ofrecen un material fantástico, pero no han dado lugar a obras literarias importantes, aunque sí algunas estimables, como las de Foxá, Gironella, Agustí, incluso Romero. Quise reenfocar la época literariamente, y eso es, muy en bruto, la novela, aunque algunos me nieguen la calidad de novelista, como otros la de historiador.

   Algunas cosas creo que las he conseguido: Sonaron gritos… es una novela muy diferente de todas las que se han escrito en España en relación con aquel período, incluso con cualquiera. Los personajes son también muy distintos de los habituales en nuestra literatura. Creo que un problema de la literatura española es su escasez de épica y de problemas morales, y su tendencia a un costumbrismo de mesa camilla, con un humorismo de sal gorda. Un importante historiador sobre la División Azul me  dijo que los dos personajes centrales no coincidían con el divisionario-tipo, y es verdad, pero yo no quería nada de eso, aparte de que por allí pasaron cerca de 50.000 hombres, y entre ellos habría forzosamente de todo. Pero una idea corriente en España es que, para ser “real”, un personaje tiene que responder a tales o cuales estereotipos costumbristas

   Por lo demás, la novela no fue planeada, sino que fue surgiendo sola partiendo de un hecho real en Barcelona, que me contó un amigo. El relato se puede sintetizar así: durante la guerra civil, los protagonistas, que constantemente se equivocan en sus previsiones sobre la marcha de la contienda, pueden elegir entre huir por los Pirineos para incorporarse a los nacionales (mucho lo hicieron), o permanecer  en Cataluña actuando “por libre”, próximos a la quinta columna pero sin integrarse del todo en ella, y guiando –y haciendo algún negocio—a otros a pasar los Pirineos. Unos primeros intentos de identificar al asesino de la familia del protagonista quedan en nada al saber que ha marchado a Madrid, en la columna de Durruti, tan publicitada.  Finalmente, corriendo  mil riesgos, llegan al final de la guerra y sufren –no así la chica, Carmen–una especie de decaimiento, al perder la excitación del peligro al que se habían acostumbrado. El protagonista se entera también de que su familiar asesinado no era su padre, al menos en sentido biológico, lo que le causa un fuerte choque picológico.  Ello le permite entender muchas cosas, también el escaso afecto familiar  de que había disfrutado, y de cuyas peores consecuencias le había salvado la amistad con su amigo Paco. Allí podría terminar la novela, sin más (unas 260 páginas, suficientes para una novela corriente). A mí mismo se me había olvidado la cuestión del padre. biológico.

   Preferí continuar con el relato, con una segunda parte dividida en dos:  la depresión y las indecisiones del protagonista en Madrid, adonde huye para escapar a los recuerdos de Barcelona; la tertulia de alegres charlatanes de la pensión, que le va reanimando; la indecisión ante la vida vulgar y corriente, aunque con poca comida; y finalmente el enrolamiento en la División Azul, junto con su gran amigo, etc. etc.  Esta es la parte que más ha gustado a la mayoría, pero yo prefiero la tercera, la vuelta a la vida un tanto pesada en Madrid, donde los amigos de la pensión  se han desperdigado,   hasta que aparece la posibilidad de luchar contra el maquis, lo cual está a punto de arruinar su matrimonio. La muerte del padre se me ocurrió sobre la marcha, y es lo que finalmente ata a la novela como un relato de conjunto, pues de otro modo podrían ser tres novelas diferentes. Seguramente  tiene razón Gregorio al decir que no exploto a fondo un suceso semejante, que  el hallazgo merecería más  desarrollo, pero como excusa algo pobre diré que el protagonista es hombre sobrio, algo seco, poco amigo de patetismos y nada barroco. De nuevo poco frecuente, creo, en la literatura española.   

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“Grandes aciertos mal aprovechados”

Blog I. La democracia, tan mal entendida, y por qué funciona mal… http://gaceta.es/pio-moa/democracia-mal-interpretada-28072016-2113

Entrevista: “Escupir sobre las tumbas de padres y abuelos”: http://www.actuall.com/entrevista/democracia/pio-moa-llevamos-40-anos-embrutecimiento-la-falsificacion-la-historia/

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 ”Ya que me ha pedido ud opinión sobre su novela “Gritos y golpes”, y no me ha pedido que sea sincera (los autores piden sinceridad, pero se cabrean si resulta incómoda para ellos), se la daré.

 Me preguntaba yo a qué me recordaba su novela. Pues por fin me di cuenta: me recuerda a “Guerra y paz” de Tolstoi en lo más esencial: en que es una novela épica. No es simplemente de aventuras, es épica. En España no existe tradición de ese género: Galdós, al margen de sus méritos costumbristas  resulta poco épico: trabaja bien con personajes corrientes, penetras en su psicología, pero no va mucho más allá ni los lleva a situaciones límite, como en “Gritos y golpes”. Y tampoco se plantea problemas psicológicos o morales más allá del costumbrismo, al menos así lo veo yo.

   Claro que decir que se parece al libro de Tolstoi es mucho decir. “Guerra y paz” es mucho más amplio en personajes y situaciones que su novela, y los personajes están trazados de forma más completa, por algo se la considera una de las máximas obras de la literatura mundial. Tiene varios defectos, sin embargo, sobre todo sus disquisiciones más o menos filosóficas y problemas teóricos, que mucha gente se los salta. Así, esas disquisiciones quedan un poco como pegotes, aunque lo más grave para mí es que no son muy profundas. La profundiad de la obra está en el relato mismo y en el dibujo de los personajes. En eso, “Gritos y golpes” es mejor, mucho mejor para mi gusto, porque también está llena de problemática filosófica, pero esta está imbricada en el desarrollo de la acción, y estoy seguro de que muchos de sus lectores  ni se darán cuenta de muchas de esas reflexiones, de tan bien asociadas como están a la acción. Son pinceladas aquí y allá, sugerentes, pero nada pretenciosas.

   La parte final, el descubrimiento de la paternidad del protagonista me parece un acierto mayor, un acierto de gran literatura. Solo le diría que ud no le saca todo el jugo posible,  sino que lo deja un poco seco, con poco desarrollo, esquemático, no sé cómo decirlo. Si yo hubiera dado con una cosa así, creo que me habría explayado abundantemente. Ud solo apunta con el índice al problema filosófico implicado, pero ahí queda todo. Es una lástima. Aún así, es un acierto de envergadura: hasta podría entenderse el relato como la caza del padre para matarlo,  una caza abandonada por las circunstancias y cumplida también por las circunstancias. No me interesa si el lector llega al desenlace con  sorpresa, porque acaso está indicado ya al comienzo de la narración, pero  personalmente no me interesan demasiado los rodeos,  los despistes y las alusiones equívocas con los que  muchos escritores, sobre todo anglosajones, tratan sus relatos para llevar al lector a una gran sorpresa final, que suele ser bastante  vulgar.

   Volviendo a “Guerra y paz”, no es que yo diga que pueda equipararse  a ella, pero tampoco lo contrario. La  suya no es una novela vulgar, aunque desde luego no encaja con el ambiente social ni el ambiente literario de ahora. En eso hay muchas modas,  y ud sabrá que  la Divina Comedia, pongamos por caso, fue despreciada en tiempos de la Ilustración. Digo que su novela, por muy alejada que sea de la del ruso tanto en personajes como  en situaciones, pertenece al mismo estilo, y desde luego no desdice del modelo, si se puede considerar a “Guerra y Paz” el gran modelo. Hay un personaje secundario en la de Tolstoi, Dólojov, que podría parecerse a Paco en algunos aspectos . En cambio Alberto podría tener algo de Pierre, si no fuera porque este es un clásico intelectual  bienintencionado y poco apto para la acción, mientras que Alberto tiene algo de buena persona, pero… En fin…

   Los personajes femeninos están tan ligados a la violenta acción de los masculinos que se pierden un poco. Carmen me parece una gran figura, pese a todo, y con la rusa me pasa lo que con lo del padre: un gran hallazgo desarrollado aalgo pobremente. La poetisa y su mentora en Madrid, también están  muy bien retratadas, aunque de forma sumaria.

   El trasfondo histórico, espléndido. La guerra civil, la guerra de Rusia, el maquis…  Ha habido personas que estuvieron en las tres guerras, por afición o porque los acontecimientos les arrastraban. Este es otro gran acierto, creo que nadie los ha tratado, y menos en ese plano lejano de la ideología. Una novela parecida fue la de Emilio romero  “La paz empieza nunca”, pero en definitiva era solo una novela falangista, o sea, ideológica. Seguramente se pueden hacer buenas novelas ideológicas, no sé si la de Romero lo era, quiero decir, si era buena, porque hablo solo de referencias, pero una novela con verdadera categoría literaria no puede ser ideológica.

   No me extiendo más ni le digo si me ha parecido bien o mal, creo que eso cae cajón por lo escrito. Y lamentar que tanto material como suministra la vida española sea tan pobremente explotado por los literatos. Y perdone lo desaliñado de este escrito, por mis muchas ocupaciones. Pienso releerla este agosto y tal vez le dé otra opinión

Gregorio S. P.

 

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Defender el franquismo desde la democracia liberal

Blog I. Un magnífico libro de viajes: http://gaceta.es/pio-moa/magnifico-libro-viajes-i-27072016-1952

Cita con la Historia” La decadencia europea: https://www.youtube.com/watch?v=yHtEpD4zxOw

El resurgir del islam y Europa: https://www.youtube.com/watch?v=BGnXEh2sTLE

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Al contrario de lo que suele creerse por influencia de la izquierda antidemocrática, el franquismo puede ser defendido desde los valores de la democracia liberal. No solo puede: debe. Expondré brevemente algunas razones.

  1. Nuestra democracia viene directamente del franquismo, de la ley a la ley. La alternativa era pasar sobre 40 años de historia para buscar la legitimidad en el nefasto Frente Popular, de tendencia totalitaria y destructor de la legalidad republicana, como proponían la izquierda y los separatistas.
  2.  El paso “de la ley a la ley” supuso, además, prolongar la paz más prolongada de nuestra historia contemporánea, comenzado por el franquismo. Fueron la izquierda y los nacionalistas catalanes los organizadores de la guerra y de un proceso revolucionario al cual, justamente, derrotó Franco. La paz no es el máximo valor social, pero es un valor muy importante.
  3. El franquismo nunca tuvo oposición democrática viable. Es una brutal falsedad la equiparación de antifranquismo y democracia, sostenida desde la transición, que ha permitido a una izquierda nunca democrática repartir títulos de demócrata. En las cárceles franquistas –con seis veces menos presos que hoy– no había demócratas: sus pocos presos políticos eran totalitarios diversos y terroristas.
  4. El franquismo fue autoritario, no totalitario. La diferencia clave reside en que el estado totalitario tiende a ocupar todo el espacio social. Pero el estado franquista fue muy reducido, seis veces menor que el actual. El espacio dejado a la actividad social espontánea era mayor que ahora.
  5. No es cierto que en el franquismo no hubiese libertades. Vale la pena recordar el episodio Solzhenitsin para entender la realidad. Existía incluso una prensa muy considerable de carácter pro comunista y pro etarra. Las libertades de reunión, expresión o asociación, etc., estaban limitadas, pero existían con mucha más amplitud de lo que ahora creen o dicen creer muchos.
  6. El franquismo no solo derrotó a la revolución, también nos salvó de la guerra mundial, desbarató el maquis y el aislamiento impuesto injustamente a España, reconcilió a la población (bien puedo decirlo, habiendo sido de los pocos que luchó contra aquel régimen) y dejó el país más próspero de lo que había sido en siglos. Ello permitió la democracia.
  7. Todas las amenazas a la democracia (corrupción, leyes totalitarias, ataque a la justicia independiente, separatismo, terrorismo, etc.) provienen, y no es casual, del magma antifranquista creado después de Franco por la izquierda y el separatismo, gracias a la renuncia de la derecha a la lucha de ideas y a la creación de opinión pública
  8. No puede defenderse el franquismo como un sistema actual. Pero fue, sin duda, una dictadura históricamente necesaria, muy llevadera y con un balance positivo no ya bueno sino espectacular, teniendo en cuenta lo que ha sido la historia de España en estos últimos siglos.
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