Desde luego, a un escritor de ficción le conviene consultar literatura psiquiátrica o criminológica, ante la cual es difícil no sentirse algo deprimido. Los autores de novela negra supongo que lo hacen de modo especial, aunque, a decir verdad creo que es un subgénero con dos salidas: un juego de adivinanzas con algún cadáver por medio para darle dramatismo, o una descripción “negra” de la sociedad, generalmente facilona.
Pero hay una cuestión de fondo, más allá de la evidencia del lado oscuro del ser humano, de pulsiones profundas que a veces rompen como una erupción volcánica en un paisaje tranquilo. Me refiero a lo que he definido como la sustitución de la religión de Dios por la religión de Prometeo, es decir, la deificación del hombre o del Hombre y sus atributos, empezando por la razón o la Razón. Podríamos decir también la sustitución de la religión por la ideología, si no fuera porque esta se convierte en religión sustitutoria. No sé si de ese prometeísmo deriva la extraordinaria acumulación y aceleración de conocimientos y tecnología, o esta es un producto que toma impulso creciente por sí mismo, al margen de cualquier ideología. Un tema debatible.
Lo que sí es cierto es que la divinización del Hombre ha llevado a su continua denigración en el arte y la literatura. Gran parte de la literatura del siglo XIX y sobre todo del XX, el gran siglo de Prometeo, nos trae personajes lamentables, siniestros, estúpidos o malvados, triunfo de los injustos… Cuando Cela publicó su Pascual Duarte, algunos lamentaron que los temas literarios tendieran a ser hechos criminales y personajes tarados o medio psicópatas. Esto era sorprendente después de una guerra en la que habían brillado también otros valores, pero era también un reflejo de lo que pasaba en Europa y en Usa. Naturalmente, se pueden hacer grandes novelas con tales elementos y, por el contrario, peñazos con pretensiones heroicas o moralistas. El Pascual Duarte no sé si es una gran obra, pero al menos es interesante e importante, y Viaje al fin de la noche entra indiscutiblemente entre las grandes del siglo XX. Al Hombre, representado en los personajes literarios, le salen mal sus deseos y aspiraciones, que a menudo parecen nobles, pero vistos de más cerca resultan absurdos o deleznables, y al final viene el fracaso. En gran medida la literatura del siglo XIX y XX, y precisamente su gran literatura, puede definirse como literatura del fracaso del Hombre. No creo que nadie se lo haya propuesto así, pero el mismo hecho de ese contraste inconsciente e indeliberado entre una triunfalista cultura prometeica, es decir, tecnológica y económica, y un arte que expone lo contrario resulta del mayor interés, y daría para buenos debates y ensayos
El arte es en muy gran medida inconsciente, y si de vez en cuando saco a colación Sonaron gritos… es porque me interesa aprender a través de otros sobre lo que he escrito. Por ejemplo, de los dos personajes principales, Paco es el joven lleno de vitalidad, seguro de sí, sin problemas psicológicos, amante del riesgo, mimado por su madre, mujeriego. Es aficionado a la filosofía, pero como algo puramente especulativo y que no interfiere con su naturaleza esencial de hombre de acción. El único problema, que desemboca en tragedia es cuando se enamora de la amante de Berto, Iliena, lo que le hace traicionar a su propia amante y al mismo Berto y causar la muerte de Iliena. Y de paso la del propio Paco, que pierde el interés por la vida y convierte la acción en un medio indirecto de suicidio. Al menos es así como lo veo… ahora. Cuando contaba sus peripecias no pensaba en absoluto en algo así.
Berto, en cambio, es casi lo contrario de su amigo, aunque comparte rasgos con él. ¿Por qué son amigos? Porque Berto encuentra en la especulación filosófica una especie de juego que le permite huir de sus muchos problemas familiares y de adolescencia, y tiene también una inclinación natural a la acción. O tal vez sea por otras razones.
Carmen es la chica capaz de acciones peligrosas, siempre que no impliquen violencia directa, pues odia la violencia, a la que no hacen ascos los otros dos. Su deseo es sobre todo la estabilidad, un deseo muy femenino, derivado de que la mujer es el eje siempre de las familias y corre a su cargo la crianza directa de los hijos, una tarea que exige como mínimo dieciocho años. De Iliena, en cambio, solo sabemos que es culta y sensible, pero que adopta ante la vida una actitud pasiva e impotente, dejándose llevar por las circunstancias imprevisibles de la época: “pareil a la feuille norte”, unos versos que le gustan especialmente, porque en gran parte la describen.
Mi intención al escribir la novela era recuperar algo de lo que se perdió con Cela y tantos otros, poner en juego situaciones extremas, pero con personajes no tarados ni especialmente malvados, evitando el peligro (creo que lo evité) de caer en moralizaciones peñazas. Y romper con el costumbrismo, que me parece la maldición de la literatura española. Creo que solo hay un personaje costumbrista, el seudotío de Berto, un separatista catalán bastante ruin –no conozco un solo caso de esa gente que no sea ruin, ya empezando por Prat de la Riba–, que oportunamente se recicla en franquista o falangista (son hechos no raros entonces) y vuelve a envalentonarse cuando, al terminar la guerra mundial cree que el régimen se va a caer de un momento a otro. Pero es un personaje secundario.
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Un magnífico libro de viajes (II) La aventura y la vida.
Dice Cristina Losada en Un sombrero cargado de nieve: “Los que releímos los viejos libros de aventuras para adolescentes; los que redescubrimos a Conrad, a Stevenson, a Melville, a London y tantos otros; los que regresamos a la novela negra de Chandler, Hammet y muchos más; los que revisitamos las antiguas películas en blanco y negro, los que vivimos de esa manera las aventuras de otra época, lo hicimos porque ya no había aventuras para nosotros” “La propia palabra aventura estaba descatalogada”.
¿Es verdad eso? Desde la II Guerra Mundial se ha creado una sociedad en la que un ente extraño, llamado “el estado” se cuida de que vivamos protegidos y seguros “desde la cuna a la tumba”, un proyecto que tiene algo de siniestro, algo así como la sujeción de la vida a unas directivas burocráticas y la perpetuación de la infancia hasta el final. Algo que no se debe decir tan crudamente. No es que haya desaparecido la afición a la aventura, y hoy se fabrican en masa relatos y series televisivas de aventuras, y hasta programas turísticos “de aventura” para consumo y diversión imaginarios. Pero son parte del programa “de la cuna a la tumba”. Seguridad y consumo son los grandes lemas de la época.
Sin embargo hay que reconocer que la autora sí vivió unas cuantas aventuras, incluso peligrosas, como su travesía del Sahara: “Sentí pánico de seguir por aquel valle y acabar a cientos de kilómetros de la carretera, en medio de la nada, sin combustible para volver, si es que lográbamos encontrar el camino de vuelta”. Las aventuras suelen exigir sacrificios y bastante humor para sobrellevarlos. “Paul Bowles dijo que aquel que haya estado en el Sahara alguna vez recibe un bautismo de soledad y quiere volver a esa tierra inmensa de luz y silencio Pero mi bautismo de soledad en el desierto fue menos lírico; fue un bautismo en la existencia de límites. Allí donde la tierra no parecía tener límite alguno, experimenté los que teníamos los humanos dispuestos a ignorarlos, y me propuse solemnemente no regresar nunca más al desierto. ¡En ningún caso en verano!, añadí como cláusula de descargo. ¡No en un coche sin tracción a las cuatro ruedas y aire acondicionado!”
Llegados al final de la travesía, nuevos problemas, porque lo guardias fronterizos de Níger no dejaban pasar así como así a los viajeros. Había que darle un cadeau al jefe “No se trataba de un soborno, sino de un regalo de amigo a amigo”, impulsado por un profundo y repentino sentimiento de amistad. Cristina y su acompañante alemán entendieron la cosa, “pero no quisimos colaborar. Teníamos nuestro orgullo europeo y, por si flaqueara, nos habíamos quedado sin posibles obsequios. Todo cuanto era prescindible lo habíamos vendido en Argelia”.
Pero realmente la vida, incluso bajo las consignas de los beveridges, tiene algo de aventura. El hombre es un ser “futurizo” en expresión de Julián Marías, y el futuro es por su naturaleza desconocido, por lo que da las mayores sorpresas, generalmente poco agradables, incluso a los más apegados a un mundo seguro y lleno de cosas.
Obsérvese que la autora está empapada de cultura anglosajona. Y es curioso que, habiendo producido España quizá los aventureros más asombrosos, su literatura de ese tipo sea tan pobre.
Blog I. La democracia, tan mal entendida, y por qué funciona mal… http://gaceta.es/pio-moa/democracia-mal-interpretada-28072016-2113
Entrevista: “Escupir sobre las tumbas de padres y abuelos”: http://www.actuall.com/entrevista/democracia/pio-moa-llevamos-40-anos-embrutecimiento-la-falsificacion-la-historia/
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”Ya que me ha pedido ud opinión sobre su novela “Gritos y golpes”, y no me ha pedido que sea sincera (los autores piden sinceridad, pero se cabrean si resulta incómoda para ellos), se la daré.
Me preguntaba yo a qué me recordaba su novela. Pues por fin me di cuenta: me recuerda a “Guerra y paz” de Tolstoi en lo más esencial: en que es una novela épica. No es simplemente de aventuras, es épica. En España no existe tradición de ese género: Galdós, al margen de sus méritos costumbristas resulta poco épico: trabaja bien con personajes corrientes, penetras en su psicología, pero no va mucho más allá ni los lleva a situaciones límite, como en “Gritos y golpes”. Y tampoco se plantea problemas psicológicos o morales más allá del costumbrismo, al menos así lo veo yo.
Claro que decir que se parece al libro de Tolstoi es mucho decir. “Guerra y paz” es mucho más amplio en personajes y situaciones que su novela, y los personajes están trazados de forma más completa, por algo se la considera una de las máximas obras de la literatura mundial. Tiene varios defectos, sin embargo, sobre todo sus disquisiciones más o menos filosóficas y problemas teóricos, que mucha gente se los salta. Así, esas disquisiciones quedan un poco como pegotes, aunque lo más grave para mí es que no son muy profundas. La profundiad de la obra está en el relato mismo y en el dibujo de los personajes. En eso, “Gritos y golpes” es mejor, mucho mejor para mi gusto, porque también está llena de problemática filosófica, pero esta está imbricada en el desarrollo de la acción, y estoy seguro de que muchos de sus lectores ni se darán cuenta de muchas de esas reflexiones, de tan bien asociadas como están a la acción. Son pinceladas aquí y allá, sugerentes, pero nada pretenciosas.
La parte final, el descubrimiento de la paternidad del protagonista me parece un acierto mayor, un acierto de gran literatura. Solo le diría que ud no le saca todo el jugo posible, sino que lo deja un poco seco, con poco desarrollo, esquemático, no sé cómo decirlo. Si yo hubiera dado con una cosa así, creo que me habría explayado abundantemente. Ud solo apunta con el índice al problema filosófico implicado, pero ahí queda todo. Es una lástima. Aún así, es un acierto de envergadura: hasta podría entenderse el relato como la caza del padre para matarlo, una caza abandonada por las circunstancias y cumplida también por las circunstancias. No me interesa si el lector llega al desenlace con sorpresa, porque acaso está indicado ya al comienzo de la narración, pero personalmente no me interesan demasiado los rodeos, los despistes y las alusiones equívocas con los que muchos escritores, sobre todo anglosajones, tratan sus relatos para llevar al lector a una gran sorpresa final, que suele ser bastante vulgar.
Volviendo a “Guerra y paz”, no es que yo diga que pueda equipararse a ella, pero tampoco lo contrario. La suya no es una novela vulgar, aunque desde luego no encaja con el ambiente social ni el ambiente literario de ahora. En eso hay muchas modas, y ud sabrá que la Divina Comedia, pongamos por caso, fue despreciada en tiempos de la Ilustración. Digo que su novela, por muy alejada que sea de la del ruso tanto en personajes como en situaciones, pertenece al mismo estilo, y desde luego no desdice del modelo, si se puede considerar a “Guerra y Paz” el gran modelo. Hay un personaje secundario en la de Tolstoi, Dólojov, que podría parecerse a Paco en algunos aspectos . En cambio Alberto podría tener algo de Pierre, si no fuera porque este es un clásico intelectual bienintencionado y poco apto para la acción, mientras que Alberto tiene algo de buena persona, pero… En fin…
Los personajes femeninos están tan ligados a la violenta acción de los masculinos que se pierden un poco. Carmen me parece una gran figura, pese a todo, y con la rusa me pasa lo que con lo del padre: un gran hallazgo desarrollado aalgo pobremente. La poetisa y su mentora en Madrid, también están muy bien retratadas, aunque de forma sumaria.
El trasfondo histórico, espléndido. La guerra civil, la guerra de Rusia, el maquis… Ha habido personas que estuvieron en las tres guerras, por afición o porque los acontecimientos les arrastraban. Este es otro gran acierto, creo que nadie los ha tratado, y menos en ese plano lejano de la ideología. Una novela parecida fue la de Emilio romero “La paz empieza nunca”, pero en definitiva era solo una novela falangista, o sea, ideológica. Seguramente se pueden hacer buenas novelas ideológicas, no sé si la de Romero lo era, quiero decir, si era buena, porque hablo solo de referencias, pero una novela con verdadera categoría literaria no puede ser ideológica.
No me extiendo más ni le digo si me ha parecido bien o mal, creo que eso cae cajón por lo escrito. Y lamentar que tanto material como suministra la vida española sea tan pobremente explotado por los literatos. Y perdone lo desaliñado de este escrito, por mis muchas ocupaciones. Pienso releerla este agosto y tal vez le dé otra opinión
Gregorio S. P.