¿Existe amenaza islámica?

   Tan inesperado como la caída de la Unión Soviética ha sido el renacer del integrismo musulmán. Entre los siglos VIII y XVII, el islam planeó como una amenaza permanente sobre Europa desde el sureste y el Mediterráneo, pero a partir de entonces  el peligro había desaparecido y habían sido los europeos quienes  habían reducido a una dependencia mayor o menor a la mayor parte del mundo mahometano. Esta relación de fuerzas y posiciones parecía ya definitiva, pues, entre otras razones, se  asentaba en una superioridad científica y técnica que no cesaba de acentuarse. El ámbito musulmán o Musulmania no se integraba con el europeo,  y los  esfuerzos de algunas potencias coloniales como Francia por favorecer las conversiones o el abandono del islam habían fracasado casi por completo. Pero el islam parecía sumido en un atraso invencible,  rechazo a la ciencia y la técnica occidentales, y pasividad fatalista. Pocos europeos creían que ese panorama fuera a cambiar, probablemente en siglos. Alguno más perspicaz, como Churchill, advirtió  tan pronto como 1899 que bajo esa fachada “El mahometismo, lejos de estar moribundo, es una fe combativa y proselitista”, y que si no fuera por el escudo de la ciencia, “la civilización de la Europa moderna podría caer, como cayó el Imperio romano”. No obstante hay indicios de que Churchill, como otros occidentales, sintió atracción por el islam, acaso porque este proponía una fe incondicional, sin fisuras y militante, en contraste con la vacilación, la duday el relativismo extendidos por Europa.

   Y bajo los signos externos de indolencia y parálisis cultural dentro del islam obraban corrientes propugnaban renovar su vieja fuerza adaptando la técnica occidental. Algunas de ellas fueron tan lejos como impulsar cierto grado de laicismo y separación entre la religión y el estado. Después de la I Guerra mundial, Kemal Atatürk  implantó en Turquía una especie de democracia tutelada por las fuerzas armadas, y pudo entenderse el experimento como una señal de la dirección en que se desenvolvería el islam, al ritmo que fuera.  Con parecida intención  nació tras la Ia Guerra Mundial el partido panárabe Baaz, de carácter laico,  socialista y modernizador, que logró gobernar en Siria e Irak, e influir en otros países del entorno. También Egipto, con el coronel Nasser, seguía más o menos la pauta, y otro país fundamental en la región, Irán, se occidentalizaba con rapidez bajo el Sha (rey) Reza Pahlavi. Lo mismo grupos palestinos contra Israel, alguno de los cuales se presentó como marxista-leninista.

    A partir de 1967, tras la victoria israelí en la Guerra de los Seis Días, la organización palestina Al Fatah y otras, también ajenas al integrismo, desataron campañas de atentados terroristas, y aunque no consiguieron su objetivo directo de destruir Israel, alcanzaron el indirecto de transformar gran parte de la opinión pública occidental, antes simpatizante con los israelíes, en lo contrario. Aquel terrorismo se combinó, por lo que respecta a Europa, con otro puramente europeo, de carácter comunista o comunistoide en Alemania, Italia, España y en menor medida en Francia. 

    Con el paso de los años, el panarabismo o nacionalismo árabe con sus propuestas laicas y socialistas,  fue entendido como un fracaso,  y en lugar de proseguir  el camino de la occidentalización,  ganaron terreno los partidos e intelectuales que propugnaban lo contrario, una vuelta a la pureza del islam, a la ley islámica o sharia, al velo o el burka  en la vestimenta femenina (que casi habían desaparecido en la población urbana de gran parte de Musulmania); y, en especial, la diferenciación entre Dar al Islam y Dar al Jarb, es decir Casa del islam y Casa de la guerra. En la primera, la tierra de la sumisión a la voluntad de Dios, debía reinar la paz entre los creyentes, cosa rara vez alcanzada, mientras que la tierra de los infieles es por definición objeto de guerra o yijad.  El proyecto de conseguir la unidad político-religiosa del islam derribando a los regímenes más o menos occidentalistas, y el de atacar a los infieles europeos (tildados, harto inadecuadamente, de cristianos o “cruzados”) van juntos en la mente y las manos del integrismo islámico.

    Una magna victoria del islamismo radical en su versión chiíta fue, en 1979 el derrocamiento del régimen prouseño de Irán, hasta entonces una piedra angular de la estabilidad y occidentalización del Oriente Medio y Próximo. Interesa destacar  que su caída fue auspiciada por la propia Usa  y, en un plano más propagandístico, por diversos países europeos, Francia en primera fila, que querían ver la caída del Sha como un triunfo democrático sobre el gobierno autoritario del Sha. El resultado fue la victoria de un férreo estado islamista, en la  tendencia chiíta (la mayoría de los musulmanes son sunnitas), que no cesaría de hostigar al Gran Satán, según definían a Usa, y que barrió todas las medidas occidentalizantes anteriores. Como concluyó melancólicamente el Sha, “Es peligroso ser enemigo de Usa, pero aún más peligroso ser su amigo”.

    Lo mismo ocurriría en Afganistán cuando los soviéticos tuvieron que retirarse, prólogo a la implosión de la URSS. El terrorismo y la movilización de masas –a menudo apoyada por la UE y Usa— se convirtieron en los métodos predilectos del integrismo, que predicaba abiertamente la guerra santa contra Occidente en general y Europa en particular, entendida esta por los islámicos como un territorio enemigo, por infiel y por haber humillado largamente a Musulmania. En ese contexto, los integristas no han dejado de reivindicar Al Ándalus contra España, e incluso un país que por ahora ha optado por Occidente, como es Marruecos, mantiene viva, aun si por ahora en sordina, la reclamación andalusí. La glorificación de Al Ándalus es una política persistente de numerosos grupos e intelectuales no musulmanes en la propia España. Los líderes islamistas creen que Europa va madurando para convertirse en Dar al-islam, y parte de la estrategia es la inmigración masiva.

    La descolonización  propició una fuerte inmigración musulmana en Francia, también por otras causas turca en Alemania, y desde entonces las minorías musulmanas no han cesado de crecer en numerosos países de la UE. Incluso líderes occidentalizados y socialistas como los argelinos Ben Bella y Boumedienne expresaron ideas como esta: “Un día millones de hombres del hemisferio sur  irán al hemisferio norte. Y no irán como amigos, porque irán a conquistarlo. Y lo conquistarán con sus hijos. Los vientres de nuestras mujeres nos darán la victoria”.  Las citas sobre tales propósitos podrían multiplicarse, pues no son ocultadas, salvo por diversos dirigentes y  medios de masas de la UE. Después de varios siglos, el islam vuelve a ser un peligro real para Europa.La respuesta de la UE ha sido desde hace años el fomento de esa inmigración, con la idea de que los inmigrantes encontrarán atractiva y admirarán la cultura que siguen llamando europea, en la que terminarán integrándose aun si se producen conflictos ocasionales.

   Otra manifestación de la política de Usa y la UE  ha sido la promoción de las llamadas “primaveras árabes” (por referencia a la “primavera de los pueblos” de 1848), supuestamente democratizantes en el norte de África y Oriente Próximo, ayudando a derrocar, para ello, a regímenes árabes laicos e incluso prooccidentales. El fruto de esas primaveras ha sido una serie de guerras civiles abiertas o latentes y caos en Libia y en Siria, con un golpe militar que de momento ha contenido en Egipto la deriva islamista –mayoritaria en las urnas—y dado alas a un agresivo yijadismo e inmigración de multitudes de refugiados reales o supuestos.

    Hasta ahora, la acción terrorista islámica más tremenda ha sido  la destrucción de las torres gemelas neoyorkinas. Su consecuencia fue la intervención militar de Usa y diversos países europeos en Afganistán e Irak. En los dos casos, la apabullantre tecnología bélica occidental obtuvo rápidas y fáciles victorias… para enfangarse a continuación en una costosísima lucha  frente a un terrorismo que ha conseguido derrotar allí, de hecho, a Usa y sus aliados, obligándoles a retirarse. Y en Europa el terror islámico ha venido haciéndose cada vez más incontrolable.  Tradicionalmente, el terrorismo europeo no solía cometer matanzas indiscriminadas (a veces sí lo había  hecho en España la ETA), pero el islámico carece en absoluto de esa inhibición. Se ha insistido mucho en que tales actos son realizados por una ínfima minoría de musulmanes,  lo cual no deja de ser un tanto perogrullesco. Pero ¿qué porcentaje de los inmigantes islámicos los condena? Se han intentado manifestaciones de inmigrantes contra los terroristas y han fracasado de forma casi grotesca. Y la tendencia viene siendo a crear verdaderos guetos en diversas ciudades, donde la ley del país no se aplica.Se da también el caso, particularmente en Inglaterra, de cierto número de conversos al islam especialmente entre mujeres, algo inesperado.

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Dos grandes hechos históricos inesperables

 

Jruschof había prometido que en pocos años la economía soviética superaría a la useña, demostrando con este decisivo criterio su superioridad. Pero no solo no la superó, sino que, a pesar de sus éxitos científicos en algunos campos como la salida al espacio extraterrestre,  el nivel de consumo del ciudadano soviético perdía puntos con relación al useño. En realidad, la propia concepción soviética de unas necesidades materiales de los individuos satisfechas por el estado, tendía a crear una economía estática,  siendo la competencia con Occidente el factor que la obligaba a innovar para no quedar demasiado atrás. Desde sus inicios, la economía soviética había avanzado entre pasos liberalizantes y colectivizantes, pero hacia finales de los años 70 su rigidez se demostraba insuperable. Además,  la guerra de Vietnam no había sido del todo improductiva para Usa, pues en ella había inventado o aplicado nuevas tecnologías electrónicas y esbozos de lo que sería internet: unos campos en los que los soviéticos quedaban rezagados año tras año, menguando cualitativamente su potencia militar.  

   Y en 1979, la URSS invadió Afganistán, metiéndose en una larga y costosa guerra con algunos rasgos parecidos a los que habían motivado el fracaso useño en Vietnam. Por lo que respecta a China, sus experimentos sociales, el último de ellos la “Revolución Cultural Proletaria”, se saldaban con atraso económico y millones de muertos. Desde el fallecimiento de Mao, en 1976, ganaron terreno posturas menos utópicas, hasta abocar a una economía básicamente capitalista, aunque bajo férreo control del Partido Comunista que seguía monopolizando el poder político.

    Por fin, en 1989, la caída del emblemático muro de Berlín, construido a modo de cárcel para impedir la huida de alemanes hacia el sector burgués,  preludiaba un derrumbe general del sistema soviético en Europa. En 1991 caía la URSS, 74 años después de la Revolución bolchevique y 46 de su gran victoria sobre Alemania y conversión en superpotencia mundial. La Guerra Fría terminaba  no por derrota directa, sino por la imprevista e imprevisible implosión de uno de los bandos. El imperio soviético se disgregó, los países satélites del este europeo optaron por un modelo político y económico demoliberal, y lo mismo hizo Rusia, que entró en un período de desbarajuste interno, reconducido bastantes años después por Vladímir Putin.

    El sistema demoliberal construido en 1945 no había dejado de atravesar serias crisis. A raíz de la guerra árabe-israelí del Yom Kipur, en 1973, los países árabes productores de petróleo cuadruplicaron los precios del crudo y Occidente, sobre todo Europa, sufrió una dura recesión económica. Se fueron abriendo paso las críticas a la economía keynesiana aplicada desde 1945, y la exigencia de vuelta a unas políticas más liberales, hayekianas o no, con bajada de impuestos y gasto público y desregulación de la economía. Ello abrió una nueva etapa de prosperidad conforme avanzaban los años 80, unida a espectaculares avances en el dominio de la electrónica y la informática. Y ello, junto con la caída de la URSS supuso la entrada en un nuevo período histórico, con una sola superpotencia, Usa, dotada de un ejército tan poderoso que absorbía él solo más presupuesto que el de todos los demás países del mundo juntos. En adelante la triunfadora democracia liberal debía ir imponiéndose poco a poco o rápidamente por todo el mundo, por imitación, presión indirecta o por intervención directa. La Europa occidental, satélite privilegiado de Usa en más de un sentido — aunque con ansias de mayor independencia–, compartía su gloria. En 1949, Usa y la mayoría de Europa occidental habían creado la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), alianza militar contra el expansionismo soviético. Tras el derrumbe de la URSS, parecía natural que la OTAN se disolviese, por haber perdido o haber cumplido su objetivo fundacional. Pero no fue así, lo cual equivalía a una declaración de intenciones.

     El pensador  useño Francis Fukuyama  expresó lo que muchos pensaban: la nueva situación mundial  suponía “el fin de la historia”, al fin de las guerras, salvo intervenciones puntuales,  porque a la democracia liberal se la suponía esencialmente pacífica, al descansar sobre la economía y el intercambio comercial, que debía interesar a todo el mundo (y a pesar de una larga experiencia histórica de guerras comerciales o de comercios poco saludables). Fukuyama no pintaba el mundo resultante con colores sugestivos,  y sí próximos a los del “despotismo democrático” previsto por Tocqueville. La misión de los gobiernos consistiría en el cálculo para resolver interminables problemas técnicos y económicos generados por las cada vez más complejas exigencias de los consumidores, tratando de proteger simultáneamente el medio ambiente.  En ese mundo sobrarían los viejos valores por los que tantos habían arriesgado la vida: el honor, la pasión por ideales, el valor, la audacia, etc. El arte y la filosofía perderían su razón de ser, salvo como mero entretenimiento o repaso de la atribulada historia humana, por fin concluida. En buena medida eso parecía ocurrir realmente en los albores del siglo actual, y muchos sostendrían que ocurre en Usa o en  Europa.

   Otro pensador useño, Samuel Huntington opinaba, por el contrario, que los conflictos entre naciones ampliarían su escala y se redefinirían como “choque de civilizaciones”. La propia Usa estaba siendo invadida pacíficamente por oleadas de latinoamericanos representantes de una civilización con valores y visión de la vida muy distintos de los anglosajones que habían forjado el país y  su “sueño americano”. No obstante, ese sueño se había forjado con valores de tolerancia, libertad de movimiento, etc., que favorecían la inmigración masiva. Los temores se complican con el supuesto de que las personas poco inteligentes se reproducen más que las inteligentes, lo que entrañaría serios peligros futuros.

   Una tercera corriente llamada “corrección política”,  pone el acento en la igualdad  de culturas y personas, no solo ante la ley, sino en cualquier aspecto, negando las desigualdades naturales entre hombres y mujeres, entre formas de sexualidad, entre valoraciones y formas de pensar, entre culturas, últimamente entre personas y animales, a los cuales otorga “derechos”; y  tiende a considerar al ser humano, en especial al blanco de origen europeo,  no simplemente como un animal, sino como un animal dañino para Gea, la “madre tierra”. Últimamente salen a la luz hasta propuestas de prohibir la leche, por discriminatoria contra las hembras. Algunos ideólogos ya predican el aborto sistemático de varones, por belicosos y depredadores ecológicos, para alcanzar una sociedad esencialmente femenina; o, más consecuentemente, proponen la eliminación  no traumática del ser humano por un pacto libre para cesar la reproducción y vivir los últimos días de la humanidad entre todos los placeres posibles… Asimismo se percibe un decaimiento de los  lazos familiares, de la relación entre los sexos, a menudo crispada  y con episodios violentos, etc. Se trata de movimientos ecologistas, feministas, homosexualistas, abortistas, etc.,  que ocupan constantemente los medios de difusión.  Es difícil decidir si los hechos citados y una multitud de otros parecidos que ocupan constantemente los medios de difusión, las redes sociales e internet, son simples pintoresquismos pasajeros o síntomas de una realidad más profunda, similar a la que precedió la decadencia de Roma.

    Casi coincidiendo con la caída de la URSS,  la CEE se transformó en Unión Europea, con ambición de homogeneizar progresivamente a a Europa  absorbiendo la soberanía de las naciones, imponiendo el inglés como lengua común y superior, sobre un eje francoalemán como núcleo político, en el que Alemania va tomando cada vez más el papel dominante. Su inicial contenido democristiano fue transformándose en socialdemócrata, con clara influencia de la masonería. La actitud anticristiana se acentuó, borrándose de sus documentos oficiales la referencia a la cristiandad como raíz de la civilización europea; y la economía se ha transformado en el criterio de toda la actividad social o cultural. La propia cultura europea está siendo desvaída por el “multiculturalismo”, y el abortismo y homosexualismo se han convertido en auténticas señas de identidad de la UE. No es puramente imaginario el aserto de que la UE entraña casi todo lo contrario de lo que ha significado históricamente Europa, y es discutible si se trata de un signo de revitalización o de profundización en la decadencia.

     La Iglesia, por su parte, fue superando los peores efectos del Vaticano II en los pontificados del papa polaco Juan Pablo II y el alemán Benedicto XVI, abandonando el diálogo con los marxistas y reiterando la condena al comunismo, que, a través de Polonia, ayudó a la disgregación del Imperio soviético. El actual Francisco I parece recuperar el espíritu o interpretación del Vaticano II  parcialmente corregido por sus dos antecesores, y ha atacado la herencia de España en América,  dato no baladí.

    

   Un fenómeno tan inesperado como la caída de la Unión Soviética ha sido el renacer del integrismo musulmán.  Entre los siglos VIII y XVII, el islam planteó una amenaza permanente sobre Europa desde el sureste y el Mediterráneo, pero a partir de entonces  el peligro había desaparecido y habían sido los europeos quienes  habían reducido al mundo islámico a una dependencia mayor o menor. Esta relación de fuerzas y posiciones parecía ya definitiva, pues aparte de otras razones se  asentaba en una superioridad material, científica y técnica que no había cesado de aumentar. Desde luego, el ámbito musulmán permanecía inmune a influencias occidentales de fondo, y los  esfuerzos de algunas potencias coloniales, como Francia, por favorecer el abandono del islam o la conversión al cristianismo habían fracasado casi por completo.El mundo  musulmán no se integraba con el europeo, pero parecía sumido en el atraso, la reluctancia a la ciencia y la técnica occidentales, y una pasividad fatalista. Pocos europeos creían que ese panorama fuera a cambiar, probablemente en siglos. Alguno más perspicaz, como Churchill, advirtió  tan pronto como 1891, que bajo esa apariencia “El mahometismo, lejos de estar moribundo, es una fe militante y proselitista” y que si no fuera por el escudo de la ciencia, “la civilización de la Europa moderna podría caer, como cayó el Imperio romano”.  

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Ideologías de posguerra y la excepción española

 

**El PP escupe sobre las tumbas de sus padres y abuelos: https://www.youtube.com/watch?v=kosZWAMHgu0

**La entrada de Europa en una edad de decadencia: https://www.youtube.com/watch?v=yHtEpD4zxOw

**La significación histórica del franquismo: https://www.youtube.com/watch?v=xHalMhbNYng

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      En la guerra de las tres ideologías, la nazi-fascista había sido aplastada por la marxista y la liberal conjuntadas. Y por primera vez desde la Edad de Supervivencia se hallaba Europa invadida y repartida en dos grandes protectorados; así terminaban cinco siglos de supremacía europea en el mundo (ejercida a través de algunas de sus naciones, no siempre las mismas): catástrofe simplemente inimaginable seis años antes. Las tres grandes potencias que de tiempo atrás  se consideraban el mayor centro productivo y avanzado de civilización estaban en ruinas. La poderosa y expansiva Alemania se había derrumbado, con sus históricas ciudades en escombros; Francia, que se autovaloraba como núcleo generador del espíritu europeo, sufría devastación y hambre; Inglaterra salía vencedora, pero pasaba a potencia de segundo orden, quebrada económicamente, racionada y endeudada hasta las cejas: Usa le condonaría sus deudas, pero su economía permanecía semiparalizada. Los demás países, con pocas excepciones, estaban igual o peor. Atrás quedaban las políticas de equilibrio de poderes y similares, que nunca habían impedido, aunque sí, quizá, frenado el belicoso espíritu europeo. Un panorama históricamente nuevo, que hacía pensar en el fin de Europa como civilización.

  Cierto que la Rusia formaba parte de Europa y su ideología marxista era europea; y que Usa descendía directamente de otra ideología europea, el liberalismo. Pero miradas desde el continente, no dejaban de ser ambas potencias ajenas, con algunos rasgos culturales distintos de los considerados más propiamentre europeos. A su vez, las dos superpotencias resultantes, compartiendo el prestigio que da el triunfo, estaban en condiciones muy diferentes: la URSS debía reorganizar una economía destrozada, mientras que Usa había salido no solo indemne, sino muy robustecida,  superando por fin la Gran Depresión. La fuerza de la URSS descansaba en su poderío militar y el influjo de su ideología, aumentado por su victoria; Usa disponía de la bomba atómica, que de momento la hacía imbatible, y también su ideología demoliberal ejercía una atracción muy fuerte.  Por tanto, los territorios sometidos a la URSS iban a sufrir penalidades mucho más duras y prolongadas que los del protectorado useño. Aún importaba más la diferencia política entre una zona donde las libertades y partidos burgueses estaban proscritos –salvo algún remedo—y otra en la que iba a ocurrir lo contrario. Usa, en fin, había salvado la democracia liberal en el tercio occidental europeo, si bien con determinante  ayuda soviética y a costa de una intervención bélica brutal. Además, el protectorado useño sería más benévolo y breve que el soviético.

   Por lo demás, la confraternización entre las dos superpotencias estaba destinada a desaparecer pronto, a pesar de la Conferencia de San Francisco y de los repartos de zonas de influencia. Franco había advertido a Londres de que aquella concordia no podía durar y que la presencia de España iba a ser necesaria, recibiendo respuestas desdeñosas y ofensivas. Pero la realidad pronto se impondría.

  

Diversos políticos eurooccidentales diseñaron un plan a largo plazo para devolver a Europa un papel clave en el mundo, cosa que suponían posible solo  mediante la unificación y desintegración de las naciones. Aquellos políticos fueron titulados “padres de Europa”, de forma absurda, como si Europa no hubiera existido hasta entonces. Entre ellos predominaban los democristianos: el alemán Konrad Adenauer, el italiano Alcide de Gasperi, el francés Robert Schuman,  más el socialdemócrata belga Paul-Henri  Spaak  y el tecnócrata Jean Monnet  La idea era emprender un proceso de unidad económica que condujese a la unidad política en unos Estados Unidos de Europa o algo semejante.  De la experiencia pasada extraían la leción de que por esa vía terminarían los tradicionales conflictos entre Francia y Alemania. Y la  ancestral aspiración, desde Carlomagno, a unificar un continente cristiano, parecía tener una opción histórica tras los efectos del choque entre las tres ideologías anticristianas o acristianas. Pero la idea de  organizar la política a partir de la economía, típicamente materialista, era más socialdemócrata que cristiana. En 1950, el hombre de negocios Jean Monnet propuso como primera medida, aceptada, fundar una Comunidad Europea del Carbón y del Acero (CECA) entre Francia, Alemania, Italia y el BENELUX (Bélgica, Holanda y Luxemburgo). En 1957 la unión se transformó en la CEE (Comunidad Económica Europea) que establecía la unión aduanera y la libre circulación de bienes, aunque no de personas y capitales, que no se haría hasta 1986.

    Los objetivos de estas medidas eran básicamente dos: evitar en lo sucesivo las guerras intraeuropeas y crear poco a poco una nueva superpotencia que compitiese con Usa y URSS. La realidad era más bien que la paz en el continente se debía a la tutela militar useña, soportada con cierto disgusto. Y no faltaron guerras  de países europeos en otros continentes terminadas en derrotas, como hemos indicado. A cambio de aquella tutela y de las ayudas del Plan Marshall, los países eurooccidentales crecieron más rápidamente que nunca, convirtiéndose en sociedades de gran consumo en los llamados Treinta Años Gloriosos, hasta 1975. Ello contradecía el dogma, antaño creído por casi todos y sostenido con empeño por los marxistas, de que la riqueza capitalista provenía de la explotación de las colonias. Por otra parte, el crecimiento se consiguió mediante una expansión nunca vista del estado, en contradicción con principios liberales básicos.

    ¿Estaba superando Europa (occidental) su decadencia gracias al éxito económico?  Más bien no. Donde mejor se aprecia esa decadencia es en aquellos puntos en que descollaba desde muchos siglos atrás: el pensamiento, la filosofía, el arte, la ciencia y la técnica. En todos esos terrenos,  también en las modas populares y juveniles, la vanguardia y la iniciativa pasaron a Usa después de 1945, siguiendo Europa con más o menos matices y escasa originalidad. También el marxismo soviético continuó influyendo poderosamente por medio de partidos comunistas de masas como en Italia y Francia, y también el la universidad  y medios intelectuales. La Escuela de Frankfurt, asentada en Usa después del triunfo nazi, intentó un nuevo materialismo combinando a Marx con Freud. Otro rasgo de la época fue la popularidad del existencialismo de Sartre, puro nihilismo  voluntarista: el hombre está “condenado a ser libre”, y puede construir su moral y su vida al margen de cualquier constricción externa. Sartre terminó defendiendo el comunismo extremo, algo no tan paradójico como pudiera sonar. En general, el pensamiento europeo de posguerra tiene aire de epigonismo un tanto gris.

   Aquella prosperidad europea tendría efectos no esperados. El persistente influjo marxista en medios universitarios era muy fuerte en Francia, Italia y Alemania, y significativa en Inglaterra y otros países. La ideología del consumismo creaba cierta insatisfacción vital sobre todo en los jóvenes que no habían conocido las miserias de la posguerra. La sensación de vivir bajo permanente amenaza de guerra nuclear ayudaba a crear un ambiente nihilista en unos medios universitarios que se habían masificado y en los que cundían las drogas y conductas no disímiles de las de los años 20. El pacifismo, exigido solo para la parte occidental de Europa pero no para la oriental, se masificó, mezclado con la oposición a la guerra de Vietnam, en la que se había embarcado Usa  desde principios de los 60 y sobre todo desde 1964, para impedir la ocupación de Vietnam del Sur por los comunistas. Aquella guerra fascinó a medio mundo, por la incapacidad del coloso useño para dominar a un enemigo tan inferior económica y técnicamente. De tales factores surgieron protestas universitarias casi permanentes en Francia, Alemania, Italia, en Usa, en menor medida en Inglaterra. Diversos teóricos marxistas o similares entendieron que el “sujeto revolucionario” pasaba a de la clase obrera, absorbida por el “sistema”, al estudiantado, y el capitalismo prosperaba con nuevas formas de explotación, saqueando a las ex colonias del “Tercer Mundo”.

   Otra variante del descontento juvenil, también dirigido básicamente contra los padres y la familia, se expresaba en la consigna “sexo, drogas y rock and roll”, o en movimientos como los beatniks y los hippies, originados en Usa y entre los que el consumo de drogas constituía una seña de identidad definitoria.

     Las protestas culminaron la “revolución del mayo francés”, en 1968, un movimiento confuso, entre comunista, anarquista y freudomarxista, deseoso de derribar el orden burgués mezclando la “revolución proletaria”, la “revolución estudiantil”, y la “revolución sexual”. Hablaba de “liberación” y admitía el maoísmo, sin importar sus contradicciones. La Cuba castrista fue también uno de sus iconos.  La conmoción fue vencida con pocas víctimas, pero sus efectos ideológicos antifamilia, ultrafeministas, abortistas, homosexualistas, ecologistas, juvenilistas, el desprecio por el pasado (por lo demás ignorado o interpretado en términos de lucha de clases), una fuerte querencia totalitaria,  etc.,  proseguirían con plena fuerza hasta hoy. Se trataba en gran medida de lo que hemos llamado “pensamiento histérico”.

    Por lo que se refiere al marxismo, entró también en crisis a principios de los años 60. Cuatro años antes, el jefe soviético Nikita Jruschof denunció como crímenes algunos de los hechos  de su antecesor Stalin: asesinatos, deportaciones, etc., centrándose sobre todo en los que habían afectado a los propios comunistas. La denuncia ponía en cuestión todo el programa de construcción del socialismo y las mismas bases teóricas marxistas: la sociedad más justa, más libre y más productiva de la Tierra, se habría construido bajo una tiranía  alucinada y  salvajemente sanguinaria. Esta fue claramente percibida por los comunistas chinos y albaneses, que atacaron a Jruschof acusándole de calumniador y revisionista del contenido revolucionario del marxismo, como la socialdemocracia alemana de principios de siglo. Stalin solo habría aplicado la doctrina de la lucha de clases, aplastando a los enemigos del proletariado: nada de crímenes, sino todo lo contrario, o en todo caso errores difíciles de evitar y no decisivos, que también se cometían en Chin  al coste de millones de vidas humanas. Por consiguiente la China de Mao y la Albania de Hoxha rompieron con la URSS y fomentaron nuevos partidos, llamados marxistas-leninistas-maoístas o simplemente maoístas.  

   Aun con sus diferencias, el comunismo continuó extendiéndose y tomando la iniciativa. Y sobre todo en Vietnam, donde estaba agotando a la superpotencia useña, parecía demostrar que la Guerra Fría sería ganada por los comunistas y el futuro del mundo les pertenecía. Es llamativa cierta inversión de valores: los marxistas se consideraban materialistas acérrimos, mientras que en el modo de ver la vida de Usa la religión tenía una parte importante. Sin embargo todos los elementos materiales y técnicos estaban de parte useña, mientras que los comunistas avanzaban a base de espíritu, por así decir. La guerra terminó en 1973, desastrosamente para Usa, en la que provocó fuertes divisiones sociales y una larga y pesada crisis moral y de autoconfianza.  No solo Vietnam, también también caerán en poder comunista Laos y Camboya, donde el nuevo poder perpetró uno de los genocidios más exterminadores del siglo.

    En 1974 un golpe militar semicomunista  derrocaba en Portugal al régimen corporativista fundado por Oliveira Salazar, y daba la independencia a las vastas colonias africanas de Angola y Mozambique, y la menor de Guinea. Eran las últimas colonias europeas signifcativas en África, y en las tres estallaron guerras civiles entre comunistas y contrarios.

  

   Ninguna de estas corrientes afectó gran cosa a España. El franquismo tuvo hasta el final, en 1976, un éxito realmente notable desafiando una hostilidad casi generalizada, que llevaba a gobiernos europeos a apoyar el terrorismo contra él. España era “diferente”, como proclamaba un slogan turístico. Aparte sus logros económicos, había alcanzado una envidiable salud social medida por índices de población penal, drogas, delincuencia juvenil, aborto, prostitución, alcoholismo, suicidio, fracaso familiar, violencia doméstica, enfermedades venéreas, embarazo de adolescentes, homicidios, etc. En todos estos índices estaba en los puestos más bajos del continente.  La sociedad parecía inmune, salvo sectores marginales, a modas como las hippies, la difusión de la droga o la boga del marxismo, y el régimen no sufrió oposición democrática o liberal de algún relieve, solo comunista y/o terrorista. Sin embargo esta última creció desde finales de los años 60, tanto por la publicación legal de numerosa literatura marxista como por la actividad del Partido Comunista, muy activo en la universidad. Todo ello manteniendo el régimen siempre abiertas las fronteras, por donde entraban masas crecientes de turistas y se realizaba  comercio cada año más intenso.

   El franquismo era un equilibrio entre partidos conservadores más otro con afinidades fascistas italianas: la Falange o Movimiento Nacional. Siendo el catolicismo el único punto común entre ellos, el régimen de declaró confesionalmente católico y trató de aplicar la doctrina social de la Iglesia de León XIII, y así le fue reconocido por el Vaticano, casi su único aliado efectiovo en los tiempos más difíciles. Pensaba superar tanto al liberalismo como al marxismo, a quienes rechazaba por su materialismo economicista e irreligioso o antirreligioso. Radicalmente  contrario al comunismo, una de sus manifestaciones de orgullo radicaba en haberlo vencido en España y haber mandado la División Azul  contra la URSS. Con el liberalismo era mucho más complaciente, y de hecho podían calificarse de liberales muchos de sus rasgos, como el apoyo a la propiedad y la iniciativa privadas, la práctica ausencia de dirigismo cultural o el mantenimiento de un aparato de estado reducido. Esto último chocaba también con la tendencia casi unánime de Usa y las democracias europeas, en las que la expansión estatal fue casi abrumadora después de la guerra mundial. La ideología del régimen trataba de revitalizar las raíces católicas a partir de las interpretaciones de Donoso Cortés, Menéndez Pelayo o Balmes, o bien ya de los más recientes Maeztu o Morente. Se encontraban las esencias productivas de España en la defensa del catolicismo en el Siglo de Oro, en estrecha relación con el legado del imperio.

   Designio no exclusivista, pues la cultura se desarrolló en mayoritariamente al margen de cualquier  directiva  oficial (no hubo nada parecido a las consignas nazis o soviéticas orientadoras del arte, etc.,  aunque sí una censura centrada más bien en cuestiones sexuales) y se achacaba la decadencia a la renuncia a la propia tradición para “afrancesarse” o “anglisizarse”. Como pasaba en el resto de Europa, fueron en ese sentido más relevantes los logros económicos y de otro tipo, que los intelectuales.  En su Defensa de la Hispanidad, Maeztu había  intentado  exponer un espíritu hispano  de “igualdad esencial de todos los pueblos de la tierra”, ideal cristiano defendido  hasta cierto punto por la España clásica, pero cuyo universalismo no lo hacía por ello particularmente español. Desde el siglo XVIII, los españoles habrían renegado de sus valores y originalidad propios para seguir servilmente otros ajenos, y de ahí la decadencia.  Morente cree encontrar la esencia de lo español, común a todos los tiempos y válido para todos los pueblos hispánicos en el modelo del “caballero cristiano”. Discusiones de este tipo se daban en otros países, desgarrados entre su “espíritu” y la imitación de las naciones más boyantes económica y culturalmente. En los años 40 y 50 se produjeron debates de cierto fuste intelectual, entre clérigos y falangistas especialmente, sobre la vía a seguir para dotar a España de un nuevo dinamismo cultural. Durante aquellas dos décadas y a pesar de las dificultades económicas, el país tuvo una vida literaria y artística del mayor interés, menor en el plano científico, pero tampoco desdeñable. Y se erigió el monumento artístico probablemente más original y poderoso creado en el siglo XX en cualquier país, el Valle de los Caídos.

   ¿Podía brotar de todo ello un pensamiento o ideología capaz de rivalizar con los que cundían por Europa y América?  Desde luego exigiría una elaboración intelectual muy profunda, que no se dio, y en todo caso resultaría imposible a largo plazo, por la enemistad que profesaba al franquismo el resto de Europa, y por actitudes similares en toda América. Por lo demás, el gran proyecto revitalizador mediante el catolicismo quebró en los años 60, y precisamente por el lado vaticano.

    En 1962 abrió el Concilio Vaticano II, que prolongaría sus trabajos hasta 1965, y una de sus novedades fue el “diálogo con el marxismo”. Parece que dentro de la Iglesia se abrió la idea de acomodarse al empuje comunista, posible triunfador en la Guerra Fría. El Concilio no renovó –o lo hizo solo vergonzantemente—la tradicional condena al comunismo, y de hecho su actitud hacia él cambió notablemente, lo cual para España tuvo efectos más que perturbadores. Amplios sectores del clero pasaron no ya a distanciarse del régimen, sino a secundar al Partido Comunista y sus sindicatos, al terrorismo de la ETA y a los separatistas, por entonces muy débiles todos ellos. Además, el Concilio negó la confesionalidad del estado, defendida hasta entonces, con lo que dejaba al franquismo ideológicamente sin ningún asidero. Tales derivas desconcertaban profundamente al régimen, que se había batido en la guerra, entre otras cosas esenciales, por mantener a la Iglesia en España, salvándola del exterminio físico intentado a fondo por aquellos izquierdistas y separatistas  ahora tratados con simpatía por tantos clérigos. Era como si en plena lucha contra turcos y protestante, Roma hubiera desacreditado a España y buscado el acuerdo con sus enemigos más radicales.

     No es exagerado decir que el Vaticano II sentenció a muerte al franquismo. Aun así, la caída no fue inmediata y no se produjeron movimientos revolucionarios, porque los antiguos odios de la república habían desaparecido, existía una sólida clase media y una prosperidad en aumento, y porque sus enemigos seguían siendo muy débiles, por más que la ayuda eclesiástica los iba fortaleciendo. Por ello el régimen, aunque vaciado ideológicamente, se mantuvo hasta 1976, incluso, formalmente, hasta 1978. Cierto que tampoco la Iglesia salió muy boyante: no dejó de ser tratada con aversión y desprecio por aquellos a quienes beneficiaba, mientras que los seminarios se despoblaron, miles de religiosos colgaron los hábitos, surgieron “teologías” impregnadas de marxismo y violencia, y en Latinoamérica progresaron como nunca confesiones protestantes. Daba la impresión de que la Iglesia había renunciado a su papel espiritualmente orientador para adaptarse a las corrientes ideológicas imperantes en Europa.

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La razón y el pensamiento histérico

Un buen criterio para distinguir quién es demócrata:¿Está ud de acuerdo en premiar los crímenes de ETA con legalidad, dinero público, excarcelaciones, etc.?

El alzamiento del 18 de julio del 36 no fue contra la república,que ya no existía. Fue contra sangriento proceso revolucionario-separatista

Revisar el franquismo es una tarea urgente. La falsificación envenena la sociedad y la esteriliza. http://gaceta.es/pio-moa/significacion-historica-18-julio-14072016-1231  

La guerra civil resolvió varios problemas históricos profundos creados por la invasión napoleónica y luego por el “desastre” del 98. Que ochenta años después resurjan los mismos problemas de entonces revela la corrupta inanidad política e intelectual de la derecha, tanto como la vesania persistente de izquierda y separatistas.

El mal del país se resume en esto: izquierda y separatistas reivindican, mintiendo a sus abuelos. La derecha (PP) escupe sobre las tumbas de sus abuelos: http://eldiariodelamarina.com/la-izquierda-lleva-40-anos-manipulando-la-historia-pero-la-derecha-es-peor/

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Que la razón haya engendrado ideologías tan diversas nos explica mucho sobre sus limitaciones. Uno de los grabados más famosos y significativos de Goya se titula: El sueño de la razón produce monstruos. Según explicó, el significado sería: “la fantasía abandonada de la razón produce monstruos, pero unida a ella es madre de las artes”. Claro que, más allá del propósito del artista,  el título  permite  una interpretación muy distinta: “la razón produce sueños monstruosos”, o “la razón, abandonada de la fe, produce monstruos”. Pero esto último tampoco sería del todo adecuado, pues la razón exige también fe en sus poderes mesiánicos y liberadores, igual que la exigen sus creaciones  (o sueños, que podrían ser monstruosos): “la Humanidad”, “el Proletariado”, “El Pueblo”, el “Progreso”, etc.  Es bien significativo que la razón, emancipada de la fe cristiana, se convierta ella misma en una fe, basada en la esperanza de que ella ofrezca soluciones unívocas a los grandes problemas humanos. Una fe mantenida contra muchas evidencias contrarias. En sus formas extremas, el culto a la Razón socavaba no solo la fe tradicional, sino también el sentimiento  en que ella se basa.

    La elaboración más profunda del sentimiento del mundo y de la vida es la religión, racionalizada simbólicamente en los mitos: alguien” ha creado al mundo y al hombre y su destino, “alguien”  que por haberlos creado es muy diferente y superior a ambos, tal como una silla es muy diferente e inferior al carpintero. Esto es muy racional y lógico, y no exige una fe muy ferviente. Lo que sí exige fe es más bien la idea de que ese “alguien” es bueno y ama a sus criaturas, habida cuenta de la cantidad de mal existente en su creación. La Razón encuentra irracional la creencia en Dios, por ser racionalmente indemostrable, aunque pueda admitirlo como posibilidad sin consecuencias prácticas; y socava los mitos al interpretarlos literalmente. Según el psicoanalista Paul Diel, Freud estaba equivocado en sus elaboraciones sexualistas, pero tuvo el mérito de descubrir el lenguaje simbólico de las instancias psíquicas extraconscientes, traducibles en principio al lenguaje consciente. Sea de ello lo que fuere, la fe, y por tanto una u otra forma de religiosidad, parece presentarse como una exigencia radical de la psique.

    Una explicación del fenómeno podría ser esta: el hombre es impulsado por sus deseos, a menudo contradictorios o irrealizables, que el yo puede gobernar por la razón, pero solo parcialmente. Por su naturaleza, los deseos están tensionados hacia el futuro (el hombre como ser “futurizo” en expersión de Julián Marías), pero el futuro es por naturaleza inseguro. No solo unos deseos se cumplen y otros no, sino que a menudo lo que le ocurre al individuo es algo totalmente imprevisto y ajeno a sus proyectos; y su habilidad para prever o calcular las consecuencias de sus actos es también muy limitada.  Esa incertidumbre impone al hombre una forma de fe, por así decir permanente. Pese a todo sí existe una certeza, pero no muy consoladora: al final del futuro personal está la muerte amenazando convertir la vida anterior en un absurdo, o por lo menos en un enigma. Y ese hecho inevitable impone la desesperación o una fe más profunda.

      Como venimos viendo en la historia europea, tan apegada desde el principio al ejercicio de la razón, uno de los problemas de esta es que si originase una sola solución incontrovertible a los problemas humanos, la libertad quedaría abolida; y que en la realidad nunca origina una sola solución, sino varias y contradictorias.  Pocas veces, si alguna, se habrá usado la razón con más apasionada intensidad que en la Grecia clásica, por parte de Platón, de Aristóteles, de los sofistas… y sin embargo aquel esfuerzo heroico y magnífico había llevado a conclusiones diversas e inconciliables.  Y lo mismo en Europa. Esa es una de las causas por las que la Razón exige fe, como cualquier creencia religiosa. Y cada razonante deposita la fe en sus propias conclusiones, que cree asistidas por la diosa Razón. No se niega la religión, sino que se pasa de una a otra.  La fe en el Dios cristiano parecía sustituible y mejorable por la fe en el Hombre, pero al final esta se mostraba incapaz de reemplazar a aquella para proporcionar “equilibrio y sentido a la vida”: con una fe caía la otra.

    Por todo ello la fe y la razón se exigen mutuamente, pese a ser parcialmente incompatibles. La persistencia en el culto al Hombre y la Razón a pesar de las advertencias de la  razón común y de la experiencia histórica, genera  lo que podríamos llamar “pensamiento histérico”, hoy tan común.  Esa forma de pensamiento deriva de las ideologías utópicas. Los utópicos, enamorados de deseos vanidosos e irreales, creen que quien  impide lo que ellos suponen su derecho y su felicidad son algunas personas o grupos discrepantes,  contra quienes dirigen un odio irracional. Y no se conforman con expresarse, intentan acallar la discrepancia, como si así pudieran ocultar lo evidente.  La experiencia del siglo XX y el actual viene siendo pródiga en tales actitudes.

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La destrucción de la fe en el Hombre

 **Mañana en “Cita con la Historia”: El significado histórico de la guerra civil y el franquismo. www.citaconlahistoria.es

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Hay alguna similitud entre Balzac y el Tolstoi y Guerra paz. En ambos la vida viene a constituir una agitación sin objetivo claro, no deja de acercarse a una pasión inútil, si bien en Tolstoi la poesía y el amor tienen un papel más relevante. También hay similitud entre Dickens y Dostoievski, los dos con un fondo religioso más intenso, pero que en el primero nos parece convencional, y en el segundo alcanza un calado muy superior. La actitud de Dostoievski se resume en su famosa frase : «Si Dios no existe, todo está permitido». Y ese “todo” es principalmente el crimen, el más salvaje de los crímenes…  que en realidad dejaría de serlo, pues no habría criterio para definirlo como tal. Y por lo demás, la creencia en Dios no ha evitado la comisión de enormes atrocidades en la historia. El autor gira en gran medida sobre ese tema: el crimen existe, es algo real, no una simple  convención  supersticiosa de los débiles; y por tanto debe ser expiado: la fe y el amor cristiano ofrecen el camino de redención. Una fe empapada en angustia, por la deficiente capacidad humana para comprender los designios divinos en medio del dolor y el mal tan presentes en el mundo.

   En estos cuatro autores encontramos una cruda disparidad entre una sociedad que parecía avanzar rápidamente hacia la solución de todos los problemas técnicos y vitales,  como sugería el coro de Antígona, final de la historia y sus desdichas a cargo de un hombre divinizado, vislumbrado por Comte y otros muchos; y la escasa consistencia del hombre de carne y hueso, sujeto a mil inquietudes y avatares. Pero, cabría decir, la literatura, como el arte en general, no pasa de ser ficción, sin otra competencia real o utilitaria que la de divertir  imaginativamente a la gente. Por tanto, sin la transcendencia significativa que algunos pretenden otorgarle.

  Habría que ir, pues,  a la ciencia, y al respecto Sigmund Freud publicaba sus primeras obras a finales del siglo XIX. Hoy, Freud está bastante desacreditado, pero se ha dicho durante mucho tiempo que el siglo XX ha sido la obra de tres judíos, o judeogermanos: Marx, Freud y Einstein… Obviamente no es así, pero sí es cierta su poderosa influencia en muchas de las corrientes intelectuales  de la época. Y aunque Marx detestaba directamente a los judíos, Freud era ateo y Einstein poco creyente. 

   Freud, de modo semejante a Marx, intentó un estudio científico del animal hombre, y simplificando al extremo, diríamos que el primero trata de explicarlo a partir de la función nutritiva, del “ávido y funesto estómago” que diría Homero, y cuya insatisfaccón daría lugar a la lucha de clases; y el segundo a partir del sexo, la función reproductiva tan complicada en el ser humano. Las doctrinas de ambos gozarían de enorme aceptación en medios intelectuales y artísticos, también populares, sobre todos en los años 20 y 60, sin que su fascinación haya desaparecido del todo.

    Freud explicó al hombre, es decir, su psique, mediante un conflicto entre su instinto sexual y las imposiciones morales, que tendía a resolverse en neurosis.En la psique operarían tres instancias, el “ello”, los deseos inconscientes, el “superyo” o las normas morales impuestas desde la infancia por la educación, y el “yo” parcialmente consciente, que orienta la vida entre las presiones del ello y el superyó, fracasando a menudo y dando lugar a neurosis. Para explicar la conducta, incluso la historia humana, Freud recurrió al mito de Edipo, interpretado arbitrariamente (como un supuesto instinto sexual del niño hacia la madre, o el inverso de la niña hacia el padre), y al mito del asesinato primordial del padre, una variación del “estado de naturaleza” de Hobbes o Locke. Este segundo es esencial, porque con él se fundaría la cultura. El padre primitivo gozaría de todas las mujeres, impidiénsoselo a sus hijo, los cuales terminarían por asesinarle. De la culpa por el asesinato, debida a la ambivalencia amor/odio al padre, y de la necesidad de repartirse las hembras para evitar el conflicto, nacería la cultura con sus  normas represivas. Freud opinaba que la cultura creaba malestar y neurosis en los individuos a causa de las restricciones, externas e interiorizadas, que imponía sobre sus pulsiones sexuales; pero no era partidario de suprimirlas en principio, ya que ello engendraría la lucha de todos contra todos.

   Sin embargo, la idea podía modificarse, sobre todo si se combinaba con la de Marx sobre el carácter explotador y opresor de la sociedad burguesa. La represión sexual no pasaría de ser un instrumento de los explotadores para mantener su dominio, en especial la opresión sobre la mujer; por tanto la “liberación sexual” o “revolución sexual”, sería un arma tan poderosa como la lucha de clases para acabar el cominio capitalista. La idea se abrió paso en momentos de crisis no solo política o económica, sino cultural, en el período de entreguerras y desde los años 60.

   Por tanto, Freud no hacía del hombre un dios propiamente hablando, quedaba a medio camino. En El porvenir de una ilusión descarta la religión como un montaje ilusorio y consolador, construido por la psique humana para calmar sus angustias más esenciales. Una vez la ciencia ha puesto de relieve su naturaleza irreal, la religión irá desapareciendo y siendo sustituida por la ciencia. El problema es: ¿Podrá la ciencia cumplir ese papel que la religión ha tenido en las sociedades tradicionales? Freud admite que “Nuestro dios Logos no es, quizá, muy omnipotente, y no puede cumplir sino una pequeña parte de lo que sus predecesores le prometieron. Si efectivamente llega un momento en que hayamos de reconocerlo así, nos resignaremos serenamente (…). Creemos que la labor científica puede llegar a penetrar un tanto en la realidad del mundo, permitiéndonos ampliar nuestro poder y dar sentido y equilibrio a nuestra vida”. Así pues, el dios Logos, la razón y la ciencia, podría llegar a la omnipotencia (a dar al hombre la omnipotencia) o quizá no, pero en todo caso   satisfaría la necesidad humana de sentido mejor que la religión, por ser más real. Empero, la fe en la ciencia como aportadora de sentido y consuelo psíquico es una contradicción. Al enfocar al hombre como un animal más, producto de miles o millones de mutaciones al azar  y sin finalidad alguna, cualquier noción de sentido cae por tierra, y con ella los valores e ideas que darían a su vida alguna importancia. Se impone entonces una impresión de caos, y en vez de equilibrio una angustia multiplicada.

  

   En el tránsito del siglo XIX al XX se produjo también una verdadera revolución científica y filosófica. Antes parecía que la física, la ciencia por excelencia, solo tenía que desplegar las ideas de Newton sobre la gravedad  como clave de la estabilidad universal, de Carnot y Clausius sobre la energía o termodinámica y de  Maxwell sobre el electromagnetismo, para completar  un sistema majestuoso de leyes deteministas que explicarían el mundo a partir de conceptos  que, salvo las algo misteriosas gravedad y electricidad, resultaban fácilmente intuibles y familiares a los sentidos y a la razón.  Había problemas como la incongruencia entre algunos conceptos newtonianos y otros electromagnéticos, o la debilidad de la luz nocturna pese a las infinitas estrellas (paradoja de Olbers), pero nadie dudaba de que se irían resolviendo, y hacia finales del siglo XIX se creía próxima una completa explicación científica del mundo.

    Newton había “creado” un universo homogéneo, continuo y estático, que funcionaría como un reloj, por lo que la intervención divina debía limitarse a su inicio. La imagen fundamentó  gran parte de la filosofía de la Ilustración, complaciendo tanto al deísmo como al panteísmo — pues ese universo disponía de rasgos divinos como la infinitud y la eternidad–: un universo determinista, gobernado por la necesidad, aunque  alojase en algún punto de él la libertad moral humana, de un modo no claramente explicable. En el fondo el modelo tenía contradicciones, pero no se percibían bien. Fue cuando la investigación y la especulación científica, a principios del siglo XX, empezó a explorar lo inmensamente pequeño (física cuántica, comenzada por Planck)  y las paradojas de la velocidad de la luz (teorías de la relatividad de Einstein) cuando la imagen del universo se transformó en algo inasequible a los sentidos y a los conceptos normales de la razón. La ueva física desafiaba los conceptos normales de orden temporal y causalidad, y los mismos conceptos de tiempo y espacio, que para Kant eran una especie de constructos mentales, marcos necesarios para los fenómenos, se volvían físicos y analizables, pero perdían su firmeza intuitiva y se volvían ininteligibles para la razón y la experiencia comunes. Desde que, siglos y milenios atrás,  los sacerdotes de diversas culturas observaran el  firmamento  de modo más o menos sistemático, pensando en su relación con los dioses y en cómo influiría sobre el destino humano, el conocimiento había conducido a un mundo ajeno a la visión  intuitiva y sensorial, solo aprehensible a través de las matemáticas y manejable intelectualmente a partir de ellas.

  Para lo que aquí importa, el hecho  paradójico es que aquellos grandes triunfos de la todopoderosa razón humana no parecían divinizar al hombre, sino reducirlo a la insignificancia, culminando la visión demoledora del darwinismo. Siempre se había creído que el cosmos se limitaba  a los pocos miles de estrellas discernibles a simple vista o con telescopios menores, pero en las primeras tres décadas del siglo se descubriría que ese firmamento solo abarcaba a una fracción de una galaxia, la cual contenía no miles  sino cientos de miles de millones de estrellas, algo del todo irrepresentable para la mente; y como esa galaxia existían miles y miles de millones de otras parecidas. Esto debilitaba la posición del hombre inmensamente más que el heliocentrismo de Copérnico. ¿Qué importancia podía tener la Tierra, menor que un minúsculo grano de arena perdido en el desierto del Sahara? ¿Y qué significado dar a la incesante y caótica agitación de los ínfimos seres humanos sobre la superficie de aquel grano de arena? Ni aun la aparición del hombre, tan tardía,  se parecía a  la necesidad de una ley natural que volvía tan satisfactorio el mundo newtoniano, sino a una improbabilísima combinación de azares sin finalidad alguna.

   Estos descubrimientos se completaron con otro: las galaxias parecían ir separándose unas de otras, de donde terminó deduciéndose que en algún momento toda la masa del universo debió estar concentranda en un punto sin dimensiones, cuyo “estallido” (big bang o gran explosión), por una fuerza no explicada, daría lugar al cosmos en expansión, cualquier cosa que ello significase, con un fin previsible por el segundo principio de la termodinámica o por una Gran Contracción. El cristianismo hablaba del carácter sagrado de la vida humana, algo difícil de entender a la luz de la ciencia, como asimismo la noción de un Dios que amaba y cuidaba de modo especial a sus criaturas humanas, hechas a su imagen y semejanza. También sonaba grotesca la moral panteísta que quería basarse en las leyes de la naturaleza –de pronto tan extrañas e indiferentes  al hombre—como habían querido los estoicos o Spinoza.

   El por entonces joven pensador Bertrand  Russell expuso una consecuencia de actitud en una especie de oración peculiar al Hombre, dios devaluado: “Breve e impotente es la vida del hombre: el destino lento y seguro cae despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal, implacablemente destructora, la materia todo poderosa rueda por su camino inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder los seres que más ama, mañana a cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes de que el golpe caiga, los pensamientod elevados que ennoblecen su efímero día; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber  y su condenación, sostener  por sí solo, Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus propios ideales han moldeado, a despecho de la marcha aplanadora del poder inconsciente”.

   Ramiro de Maeztu, creyente, descalificó estas frases,  puro nihilismo, como “retórica altisonante y contradictoria”, al proponer una resistencia obstinada y sin sentido a fuerzas que sobrepasan absolutamente al ser humano. Para Maeztu, el hecho de que el hombre pueda conocer y transformar en alguna medida el mundo es indicio de una chispa divina que le asemeja al Creador del universo. Opinión consoladora, si bien no del todo lógica. En todo caso, para muchos, el conocimiento resultante de esa “chispa” reducía a cenizas tanto la idea de Dios como la valoración del ser humano.

  

   Si el arte expresa el sentimiento del mundo al margen de la razón, cabe entender una fracción característica del arte del siglo XX como producto subconsciente de las ideologías y el desconcierto causado por la ciencia: el arte llamado moderno, en literatura, pintura o música trata de expresar precisamente el sinsentido de la vida; un  arte “deshumanizado” en expresión de Ortega, inclinado a lo grotesco, lo desarticulado y lo demoníaco-trivial. La misma arquitectura y el urbanismo lo expresan en  construcciones deliberadamente carentes de belleza, ya que la idea de lo bello implica una búsqueda de sentido y armonía que la razópn ha demostrado ilusorios. Por supuesto, no solo ha existido ese arte. Ha persistido el clasicismo y formas románticas, las ideologías marxistas y fascistas se han esforzado por crear un arte propio de carácter épico, repleto de fe en el Hombre, considerado de formas opuestas, ha proseguido, si bien debilitado, el arte cristiano, a menudo contagiado del “moderno”. Lo “moderno” tiene más bien relación con la concepción liberal-economicista del dinero como criterio valorador y al mismo tiempo tirivializador.

    Podría decirse que el arte moderno empieza con el cuadro del mingitorio de Duchamp, titulado burlescamente The fountain, la fuente” (¿de la vida?) y considerado casi unánimemente como uno de los productos artísticos más influyentes del siglo XX. El cuadro expresa la animalidad esencial humana en su banalidad.  El  manifiesto Aktion 1915  expresaba una”nueva objetividad: “Hacemos como si fuésemos pintores, poetas o cualquier otra cosa, pero solos solo unos voluptuosos de la desfahatez. Por pura desfachatez le hacemos al mundo una gigantesca estafa, y criamos snobs que nos lamen las botas”. Cierto que el arte escapa a las intenciones del artista, incluso a su desfachatez, pero lo que expresa el manifiesto  es una actitud destructiva en un mundo trastornado.

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