Tan inesperado como la caída de la Unión Soviética ha sido el renacer del integrismo musulmán. Entre los siglos VIII y XVII, el islam planeó como una amenaza permanente sobre Europa desde el sureste y el Mediterráneo, pero a partir de entonces el peligro había desaparecido y habían sido los europeos quienes habían reducido a una dependencia mayor o menor a la mayor parte del mundo mahometano. Esta relación de fuerzas y posiciones parecía ya definitiva, pues, entre otras razones, se asentaba en una superioridad científica y técnica que no cesaba de acentuarse. El ámbito musulmán o Musulmania no se integraba con el europeo, y los esfuerzos de algunas potencias coloniales como Francia por favorecer las conversiones o el abandono del islam habían fracasado casi por completo. Pero el islam parecía sumido en un atraso invencible, rechazo a la ciencia y la técnica occidentales, y pasividad fatalista. Pocos europeos creían que ese panorama fuera a cambiar, probablemente en siglos. Alguno más perspicaz, como Churchill, advirtió tan pronto como 1899 que bajo esa fachada “El mahometismo, lejos de estar moribundo, es una fe combativa y proselitista”, y que si no fuera por el escudo de la ciencia, “la civilización de la Europa moderna podría caer, como cayó el Imperio romano”. No obstante hay indicios de que Churchill, como otros occidentales, sintió atracción por el islam, acaso porque este proponía una fe incondicional, sin fisuras y militante, en contraste con la vacilación, la duday el relativismo extendidos por Europa.
Y bajo los signos externos de indolencia y parálisis cultural dentro del islam obraban corrientes propugnaban renovar su vieja fuerza adaptando la técnica occidental. Algunas de ellas fueron tan lejos como impulsar cierto grado de laicismo y separación entre la religión y el estado. Después de la I Guerra mundial, Kemal Atatürk implantó en Turquía una especie de democracia tutelada por las fuerzas armadas, y pudo entenderse el experimento como una señal de la dirección en que se desenvolvería el islam, al ritmo que fuera. Con parecida intención nació tras la Ia Guerra Mundial el partido panárabe Baaz, de carácter laico, socialista y modernizador, que logró gobernar en Siria e Irak, e influir en otros países del entorno. También Egipto, con el coronel Nasser, seguía más o menos la pauta, y otro país fundamental en la región, Irán, se occidentalizaba con rapidez bajo el Sha (rey) Reza Pahlavi. Lo mismo grupos palestinos contra Israel, alguno de los cuales se presentó como marxista-leninista.
A partir de 1967, tras la victoria israelí en la Guerra de los Seis Días, la organización palestina Al Fatah y otras, también ajenas al integrismo, desataron campañas de atentados terroristas, y aunque no consiguieron su objetivo directo de destruir Israel, alcanzaron el indirecto de transformar gran parte de la opinión pública occidental, antes simpatizante con los israelíes, en lo contrario. Aquel terrorismo se combinó, por lo que respecta a Europa, con otro puramente europeo, de carácter comunista o comunistoide en Alemania, Italia, España y en menor medida en Francia.
Con el paso de los años, el panarabismo o nacionalismo árabe con sus propuestas laicas y socialistas, fue entendido como un fracaso, y en lugar de proseguir el camino de la occidentalización, ganaron terreno los partidos e intelectuales que propugnaban lo contrario, una vuelta a la pureza del islam, a la ley islámica o sharia, al velo o el burka en la vestimenta femenina (que casi habían desaparecido en la población urbana de gran parte de Musulmania); y, en especial, la diferenciación entre Dar al Islam y Dar al Jarb, es decir Casa del islam y Casa de la guerra. En la primera, la tierra de la sumisión a la voluntad de Dios, debía reinar la paz entre los creyentes, cosa rara vez alcanzada, mientras que la tierra de los infieles es por definición objeto de guerra o yijad. El proyecto de conseguir la unidad político-religiosa del islam derribando a los regímenes más o menos occidentalistas, y el de atacar a los infieles europeos (tildados, harto inadecuadamente, de cristianos o “cruzados”) van juntos en la mente y las manos del integrismo islámico.
Una magna victoria del islamismo radical en su versión chiíta fue, en 1979 el derrocamiento del régimen prouseño de Irán, hasta entonces una piedra angular de la estabilidad y occidentalización del Oriente Medio y Próximo. Interesa destacar que su caída fue auspiciada por la propia Usa y, en un plano más propagandístico, por diversos países europeos, Francia en primera fila, que querían ver la caída del Sha como un triunfo democrático sobre el gobierno autoritario del Sha. El resultado fue la victoria de un férreo estado islamista, en la tendencia chiíta (la mayoría de los musulmanes son sunnitas), que no cesaría de hostigar al Gran Satán, según definían a Usa, y que barrió todas las medidas occidentalizantes anteriores. Como concluyó melancólicamente el Sha, “Es peligroso ser enemigo de Usa, pero aún más peligroso ser su amigo”.
Lo mismo ocurriría en Afganistán cuando los soviéticos tuvieron que retirarse, prólogo a la implosión de la URSS. El terrorismo y la movilización de masas –a menudo apoyada por la UE y Usa— se convirtieron en los métodos predilectos del integrismo, que predicaba abiertamente la guerra santa contra Occidente en general y Europa en particular, entendida esta por los islámicos como un territorio enemigo, por infiel y por haber humillado largamente a Musulmania. En ese contexto, los integristas no han dejado de reivindicar Al Ándalus contra España, e incluso un país que por ahora ha optado por Occidente, como es Marruecos, mantiene viva, aun si por ahora en sordina, la reclamación andalusí. La glorificación de Al Ándalus es una política persistente de numerosos grupos e intelectuales no musulmanes en la propia España. Los líderes islamistas creen que Europa va madurando para convertirse en Dar al-islam, y parte de la estrategia es la inmigración masiva.
La descolonización propició una fuerte inmigración musulmana en Francia, también por otras causas turca en Alemania, y desde entonces las minorías musulmanas no han cesado de crecer en numerosos países de la UE. Incluso líderes occidentalizados y socialistas como los argelinos Ben Bella y Boumedienne expresaron ideas como esta: “Un día millones de hombres del hemisferio sur irán al hemisferio norte. Y no irán como amigos, porque irán a conquistarlo. Y lo conquistarán con sus hijos. Los vientres de nuestras mujeres nos darán la victoria”. Las citas sobre tales propósitos podrían multiplicarse, pues no son ocultadas, salvo por diversos dirigentes y medios de masas de la UE. Después de varios siglos, el islam vuelve a ser un peligro real para Europa.La respuesta de la UE ha sido desde hace años el fomento de esa inmigración, con la idea de que los inmigrantes encontrarán atractiva y admirarán la cultura que siguen llamando europea, en la que terminarán integrándose aun si se producen conflictos ocasionales.
Otra manifestación de la política de Usa y la UE ha sido la promoción de las llamadas “primaveras árabes” (por referencia a la “primavera de los pueblos” de 1848), supuestamente democratizantes en el norte de África y Oriente Próximo, ayudando a derrocar, para ello, a regímenes árabes laicos e incluso prooccidentales. El fruto de esas primaveras ha sido una serie de guerras civiles abiertas o latentes y caos en Libia y en Siria, con un golpe militar que de momento ha contenido en Egipto la deriva islamista –mayoritaria en las urnas—y dado alas a un agresivo yijadismo e inmigración de multitudes de refugiados reales o supuestos.
Hasta ahora, la acción terrorista islámica más tremenda ha sido la destrucción de las torres gemelas neoyorkinas. Su consecuencia fue la intervención militar de Usa y diversos países europeos en Afganistán e Irak. En los dos casos, la apabullantre tecnología bélica occidental obtuvo rápidas y fáciles victorias… para enfangarse a continuación en una costosísima lucha frente a un terrorismo que ha conseguido derrotar allí, de hecho, a Usa y sus aliados, obligándoles a retirarse. Y en Europa el terror islámico ha venido haciéndose cada vez más incontrolable. Tradicionalmente, el terrorismo europeo no solía cometer matanzas indiscriminadas (a veces sí lo había hecho en España la ETA), pero el islámico carece en absoluto de esa inhibición. Se ha insistido mucho en que tales actos son realizados por una ínfima minoría de musulmanes, lo cual no deja de ser un tanto perogrullesco. Pero ¿qué porcentaje de los inmigantes islámicos los condena? Se han intentado manifestaciones de inmigrantes contra los terroristas y han fracasado de forma casi grotesca. Y la tendencia viene siendo a crear verdaderos guetos en diversas ciudades, donde la ley del país no se aplica.Se da también el caso, particularmente en Inglaterra, de cierto número de conversos al islam especialmente entre mujeres, algo inesperado.
