Siglos de oro

**Blog I: Vox, PP-Podemos y antifranquismo: http://gaceta.es/pio-moa/vox-pp-antifranquismo-07062016-2213

**Parece que empieza a haber reacciones, aquí y allá, contra la colonización cultural por el inglés, que vengo denunciando desde hace años prácticamente en solitario.http://esradio.libertaddigital.com/…/involucion-permanente-…  

**De interés para cuantos quieran ir más allá de las minucias diarias. Sobre el marxismo: http://www.ivoox.com/platon-regresa-a-caverna-31-05-2016-el…

**”En el reino de la locura: la ideología “de género”: http://aesdistribucion.blogspot.com/2016/06/conferencia-sobre-ideologia-de-genero.html …

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    El siglo XVI fue una gran época del arte y la literatura en la mayor parte de Europa; y al menos Polonia, Inglaterra y España suelen considerarlo su Siglo de Oro cultural. Todos ellos muy influidos por el Renacimiento italiano, aunque con fuertes rasgos nacionales, y hacia el final un predominio del barroco.

     Para los polacos, fue una época dorada política y cultural bajo Segismundo I y Segismundo II, de la dinastía Jagellon (hasta 1572), que gobernaba en varios países de la Europa central. La confederación polaco-lituana se imponía a sus enemigos y llegó a ocupar Moscú durante dos años,  desde 1610; aunque la población propiamente polaca era católica, el luteranismo y el calvinismo ganaron importantes posiciones en las regiones de influencia prusiana o alemana;  hubo incluso algún intento –fallido– de unificar a todas las iglesias, incluida la ortodoxa, sobre alguna base común. Polonia tenía un régimen  estrechamente oligárquico,  con un fuerte Parlamento o Sejm, que debilitaba el poder monárquico a favor de los nobles, muy opresivos hacia el campesinado.

      Dentro del Renacimiento polaco, muy influido por el italiano y por el humanismo erasmiano, sus universidades alcanzaron renombre internacional en astronomía y matemáticas. Los protestantes fundaron academias prestigiosas, con las que rivalizaron pronto los jesuitas.   La gran figura científica fue el astrónomo y poeta Nicolás Copérnico, y en pensamiento político Andrzeg Frycz Modrzewski, teólogo y “padre de la democracia polaca”, que en su obra Republica emendanda  propuso reformas razonables encaminadas a suprimir los privilegios haciendo a todos iguales ante la ley, atenuando las desigualdades sociales y denunciando el despotismo de los oligarcas (“el campesino no es tu esclavo, sino tu prójimo”), etc.  La obra incluía dos partes  sobre la Iglesia y la enseñanza, que Roma tachó de heréticas y prohibió.  Republica enmendanda sería una obra muy  traducida e influyente en el siglo XVII,  en la dirección del pensamiento democrático. Polonia produjo también por entonces una considerable poesía e historiografía, música y arquitectura.

    Para Inglaterra y España fue también una era de elevación artística, sobre todo literaria, en la que se crearon sendos teatros nacionales y despuntaron dos de los máximos creadores literarios de todos los tiempos, Shakespeare y Cervantes.  El Siglo de Oro español (más de un siglo y medio en realidad) comienza por los tiempos del descubrimiento de América con una obra maestra de la literatura europea, La Celestina, y se extiende hasta  el teatro de Calderón de la Barca y la pintura de Velázquez,  en el último tercio del XVII.  En Inglaterra es la época llamada isabelina, prolongada con Jacobo I, aunque la literatura inglesa ya no decaería como ocurriría con la española.   Tiempo también de esplendor poético, con Spenser,  Sidney,  el mismo Shakespeare o Marlowe, también dramaturgo.     

     No todo el mundo ha apreciado a Shakespeare. Voltaire, escribirá, mucho después: En ese caos oscuro compuesto de crímenes y bufonerías, de heroísmo y de torpeza, de charlatanería de mercado y de grandes intereses, había algunos rasgos naturales y chocantes. Así venía a tratarse la tragedia en España  en tiempos de Felipe II, viviendo Shakespeare. Ustedes saben que entonces el espíritu de España dominaba  en Europa, incluso en Italia. Lope de Vega es el gran ejemplo. Fue precisamente lo mismo que Shakespeare en Inglaterra: una combinación de grandeza y extravagancia (…) Hicieron de la escena un monstruo que gustase al populacho (Era imposible que el contagio no afectase a Inglaterra. La crítica de Voltaire expresa muy bien las aspiraciones, un tanto engañosas, de orden y claridad propias del teatro francés y más en general de la Ilustración, cuyo espíritu no era precisamente shakespeariano ni español.

   Como tanto España como Inglaterra creaban por entonces  un teatro nacional, y debió de llegar a la isla algún eco de la península, menos probable a la inversa, pero en todo caso muy débil. Como fuere, el teatro de Shakespeare difiere grandemente del de Lope de Vega, como tantas veces se ha observado. El del primero, impregnado de valores aristocráticos, el del español popular, incluso hostil a los nobles  (la diferencia puede extenderse: la cultura inglesa, en general, es más aristocratizante y la española más popularizante, por así expresarlo). Ello se muestra incluso en los locales del teatro: los espectadores estaban más mezclados en los hispanos, y las mujeres podían actuar, al revés que en los ingleses. En Shakespeare destacan los caracteres personales con fuerza única, mientras que en Lope los caracteres, poco definidos –algo más los femeninos—se diluyen en la gracia de las tramas. El español rehúye la tragedia y es más ligero, incluso en la comedia. De hecho, Lope dio forma teórica a las concepciones que tanto repugnaban a Voltaire: atención al gusto del público por encima de la razón aristotélica y sus unidades de  tiempo, acción y lugar; dosis de tragedia y comedia, con final feliz. Este enfoque complacía al “populacho” de Voltaire, que iba al teatro a divertirse y no a meditar, y aunque muy criticado entonces y en el siglo XVIII, tendría gran provenir observable hoy en la mayor parte del cine.  Lope renovó el teatro hispano en obras llenas de encanto, ajenas a pretensiones de clase y bien situadas en ambientes populares. Luego, la mayor parte de sus seguidores imitó su ligereza, pero menos su gracia, dando lugar a una prolongada literatura de moral y caracteres un tanto romos.

    Tampoco la obra cumbre de Cervantes, el Quijote, ha gozado de admiración unánime. Según Lord Byron, Cervantes, con una sonrisa, desterró de España la caballería; una sola carcajada cortó el brazo derecho de su propia patria; pocos héroes ha tenido España desde aquel día (…) La gloria de haberlo compuesto la ha comprado muy cara al precio de la perdición de su patria. Otro crítico inglés, John Ruskin, lo calificó de “burla de los más sagrados principios de la humanidad”, debido a su mofa del heroísmo y del amor, haciendo difícil ya creer en ellos. En algo tiene razón Byron: empezaron a escasear los héroes en España; más discutible es que ello obedeciera a esa novela y no a una creciente corrupción  y anquilosamiento de virtudes anteriores, como en parte supo ver Quevedo. Y la opinión de Ruskin, aunque  aguda, resulta unilateral. Más recientemente, Nabokov, autor de la dudosa maravilla Lolita, ha denigrado al Quijote como “enciclopedia de la crueldad”, construida de forma basta. 

    Como todas las obras realmente  geniales, las de Shakespeare o las de Cervantes, muy destacadamente el Quijote,  son inagotables en sus posibilidades interpretativas. Y sobrepasan las intenciones del autor, como indica la invocación de La Ilíada: “Canta, diosa, la cólera de Aquiles…”. No es el autor, sino la musa quien cantaba a través de él. La musa burlona, que engaña a tantos autores haciéndoles creer en la excelencia de su inspiración. Pero el arte, con sus ficciones, puede reflejar la realidad mejor  que la historia o el análisis concreto de la vida. Cuando Shakespeare afirma que “estamos hechos de la materia de los sueños” (o, con Calderón, “la vida es sueño”), ¿qué quiere decir? El sueño nos parece irreal e inconsistente, y nuestros anhelos y pasiones se les parecen.  No tenemos una base clara y sólida en nuestra actuación vital,  pues “no existe nada bueno o malo; es el pensamiento humano el que lo hace parecer así”; pero ¿qué es el pensamiento humano? En definitiva,  Macbeth, al borde del desastre, lo explica así: El mañana, el mañana y el mañana se arrastra con paso ruin, día a día, hasta la última sílaba del tiempo marcado, y todos nuestros ayeres han alumbrado a los necios el camino a la muerte polvorienta. ¡Fuera, fuera, fugaz antorcha! La vida es una sombra que pasa, un pobre actor que se pavonea y agita en su hora de escena y nunca más se le oye. Un cuento de ruido y de furia sin sentido, contado por un idiota.

   ¿No percibimos en esta descripción más verdad, aun si una verdad desesperada entrevista al borde del desastre personal, que en muchos tratados de filosofía o psicología?  El fondo del problema está en la fe: la vida se convierte en un infierno sin una fe que la transcienda y dé sentido. Macbeth sí ha tenido fe: en sí mismo, en su destino, en su poder personal y su gloria. En el transcurso ha cometido innumerables crímenes, pero qué importan…l infierno está en la propia vida, una vida sin ninguna clase de fe que la transcienda.  Mejor dicho Macbeth  ha tenido fe en sí mismo, en su poder y gloria  predicho por las brujas. Por ello ha cometido un crimen tras otro, pero ¿qué importancia tiene ello, si cree conocer su destino y salir triunfante?

   Cervantes aborda a sus personajes desde un ángulo muy diferente, en apariencia más ligero. Don Quijote viene a ser lo contrario de Macbeth. No aspira al poder, no comete crímenes, sino que se vuelca en impedirlos, en imponer la justicia, proteger a los débiles y cultivar un amor ideal, y lo hace con empeño y tenacidad. Su ardor le lleva a perder la cordura, pero no la inspiración en pensamientos  altos y sensatos sobre la libertad  y otros muchos asuntos, en sus consejos a Sancho Panza, etc.  Sin embargo,  fracasa de continuo.  Superficialmente no hay ahí tragedia, sino una especie de burla melancólica, pero la tragedia es profunda, radica en el contraste entre el ideal con que intenta dar sentido a su vida, y la realidad chabacana y sin justicia –sin sentido–  que golpea una y otra vez sus empeños. Sancho,  hombre trivial, sin grandes preocupaciones ni aspiraciones, comprende la desmesura de su amo, pero es capaz de seguirle y ayudarle. En la Ilíada, Helena dice estas enigmáticas palabras: “Zeus nos dio un mal destino para que a los venideros sirvamos de tema para sus cantos”. Las desdichas de Don Quijote, nacidas de su “posesión por un dios” (entusiasmo) son un tema inagotable, porque, al igual que los personajes de Shakespeare, siempre enseñarán  a “los venideros” algo sobre sí mismos, por más que esas enseñanzas nunca sean concretas o utilitarias.

    Ofrece interés, asimismo, la comparación entre las vidas de Shakespeare y Cervantes. Este, soldado y aventurero además de escritor, huyó a Italia siendo joven por causa de un duelo, combatió en Lepanto  y otras ocasiones por Grecia y norte de África,  y estuvo cautivo en Argel cinco años, entre 1575 y 1580. Los piratas berberiscos capturaban barcos y practicaban asiduamente incursiones sobre el litoral español, con ayuda de los moriscos estblecidos en España, para saquear los pueblos y llevarse  población, Los niños eran educados en el islam, las mujeres entregadas a los harenes, y los hombres sometidos a trabajo esclavo en pésimas condiciones. Podían ser rescatados mediante pago de cantidades considerables, en otro caso no solían durar mucho. El número de cautivos era elevado, de modo que se fundó una orden religiosa, los trinitarios, dedicada precisamente a reunir dinero para pagar rescates. Tanto de soldado como de cautivo, situación de la que intentó varias veces huir, jugándose la vida, Cervantes demostró verdadero temple de héroe. Rescatado y vuelto a España, con 33 años, entró en el áspero mundillo literario, tuvo una hija ilegítima y  un matrimonio difícil, por la pobreza. . Varios trabajos de ocasión, y  dos breves estancias en la cárcel, en una de las cuales parece que concibió el Quijote cuya primera parte  publicó ya con 58 años  y le dio popularidad en media Europa pero apenas le hizo más rico.  

   Cabe relacionar la intensa y azarosa vida de Cervantes  con su conocimiento de los hombres, reflejado en su obra. Curiosamente no puede decirse lo mismo de Shakespeare, cuya vida conocida da cierta impresión de vulgaridad, y sin embargo la variedad y profundidad de caracteres que pueblan sus obras es más amplia, y profunda y original que en Cervantes, si excluimos el Quijote. Por esa razón se ha dudado a menudo de que Shakespeare fuera el verdadero autor de su literatura, que algunos han querido atribuir a otros, de modo inconcluyente.  Pero ya decía el filósofo chino LaoTse: “El hombre sabio, sin salir de casa, conoce el mundo”.

 

    Cada ser humano reacciona de tres modos ante el  mundo y la vida que le ha tocado sin su voluntad o intención: con el sentimiento, la razón y la acción. Ninguno de estos tres medios  obra de manera pura, sino que las tres van juntas siempre, ei bien en proporciones muy diversas.  El sentimiento  del mundo es el medio más primario y por ello el principal, y da lugar al arte y la religión; la razón origina la filosofía y la ciencia; y la acción se manifiesta en mil prácticas, como la economía, la política la guerra o la técnica.   El sentimiento opera para la mayoría como sensaciones difíciles de expresar o expresadas de forma basta, y por eso reciben tanto aprecio los artistas o los profetas, aquellos capaces de traducir de algún modo sugestivo los sentimientos que de forma primitiva o confusa afectan a todos, provocando emociones más o menos profundas. El poeta inglés Sidney afirmaba que el poeta supera al historiador, al pensador o al científico, por cuanto sus verdades son más profundas y transcendentes. En la cultura europea puede apreciarse cierto vaivén entre el predominio de la razón  y el del sentimiento, en movimientos sucesivos.

   Uno de esos movimientos con predominio del sentimiento, opuesto al clasicismo renacentista, fue el barroco, expandido  desde finales del siglo XVI y durante un siglo y medio por  la mayor parte de Europa. El Barroco suele identificarse con el espíritu de Trento y cundió  con menos fuerza en los países protestantes. Como todos los sucesivos grandes movimientos culturales en Europa centro-occidental (carolingio, románico, gótico, humanista), se hace difícil definirlo con precisión pues sus elementos de continuidad con el pasado no pesan menos que sus novedades. Suele señalarse en el barroco una  pérdida del optimismo humanista, debida acaso a las desilusiones causadas por las  sangrientas querellas y la división de la cristiandad. En el siglo XVII, las discordias  entre países e ideales europeos no disminuyeron, sino que se hicieron más brutales, sobre todo en la Guerra de los treinta Años. La búsqueda clasicista de la armonía retrocede ante la expresión de sentimientos complicados, retorcidos y aun rebuscados,  con cierto horror vacui, tanto en las artes plásticas, como en el pensamiento, la literatura, o la misma política. El dolor o el éxtasis predominan sobre la serenidad  o la felicidad tranquila.  El movimiento partió de Roma y cuajó muy bien en España, que lo reexportó a América: iglesias, pintura y una naciente literatura hispanoamericana.

    El XVII sería el siglo dominante del barroco, que afectó a todas las artes y al pensamiento y a la cultura general. En él continúa el siglo de oro español e inglés y toma forma el holandés. En España, una de sus manifestaciones más típicas es  la literatura picaresca,  una literatura de decadencia, aunque cuente con un brillante precedente en El lazarillo de Tormes, escrita en pleno apogeo español. En esa literatura, la jovialidad  de la vida más o menos delictiva del pícaro, con sus trapisondas e ingeniosidades, flota sobre un fondo de pesimismo  y un moralismo algo tosco.

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La guerra de los Treinta Años y el apogeo de Francia.

En “Cita con la Historia” trataremos algunas cuestiones clave, generalmente poco resaltadas, sobre la guerra civil, un hecho histórico nada asimilado hasta hoy, por la izquierda ni por la derecha. www.citaconlahistoria.es

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  En 1618 los calvinistas checos defenestraron en Praga a tres políticos católicos  y reclutaron un ejército contra el emperador. Dos  años después los rebeldes fueron derrotados por los hispanoimperiales en la batalla de la Montaña Blanca. Pareció el final del conflicto, pero en realidad acababa de comenzar una de las guerras más destructivas de la historia europea, la llamada “de los Treinta Años”.

  En 1625 reemprendía la guerra Dinamarca, generosamente subvencionada por Richelieu, pero cuatro años después era derrotada por los católicos. De momento, Francia no estaba preparada para contender con España, por lo que procedió a pagar y utilizar a otras potencias, como Dinamarca u Holanda, más tarde Suecia. Entre tanto, Richelieu afianzó el absolutismo de Luis XIII metiendo en cintura a los nobles y acabando con el poder hugonote, que había construido un estado dentro del estado.

   Entre tanto, Holanda mostraba una gran agresividad, combinando la piratería con el ataque a Portugal en Brasil, mientras la lucha en Flandes, donde trataban de coger al ejército español en tenaza con los franceses,  proseguía con ventaja alternativa. Y el Parlamento inglés, muy deseoso de guerra, se combinó con los holandeses para saquear Cádiz, en 1625. Sufrieron un costoso fracaso que enfrió las ansias bélicas del Parlamento, por lo que Inglaterra aceptó la paz en 1630.

   En la década de los 30 Suecia entró en liza, con dinero francés.  Suecia, que había adoptado pronto el luteranismo,  se había convertido en el poder  hegemónico en el Báltico y aspiraba a dominar las costas alemana y polaca. Tras ganar importantes batallas con apoyo de los  protestantes germanos, los suecos fueron vencidos en Nördlingen, en 1634,  gracias sobre todo a los tercios españoles, por lo que debieron abandonar sus pretensiones, y los príncipes protestantes aceptaron la paz al año siguiente. De nuevo pudo haber terminado la contienda, que estaba arrasando Alemania.

    Richelieu había gastado grandes sumas para nada, por lo que resolvió intervenir directamente, calculando bien los puntos flacos del poder español: escasez de hombres, dispersión de sus dominios, comunicaciones largas  vulnerables. Francia, con reservas humanas abundantes,  podía operar por seguras y cortas líneas interiores, tomar a los hispanos entre dos fuegos en Flandes, y colaborar con los demás enemigos de España, en especial Suecia y los potentados luteranos. No obstante, sufrió nuevas derrotas y los españoles estuvieron a punto, una vez más, de marchar sobre París. Agotados los recursos, Richelieu  decretó nuevos impuestos que, eludidos por las clases altas, gravaron tanto más a los agobiados campesinos, que se alzaron en 1636 y 1639, y fueron masacrados. Richelieu se sintió hundido, pero Luis XIII contraatacó por la frontera española, y en los cinco años siguientes nadie obtuvo la decisión.

    La lucha contra Richelieu la protagonizó en España el conde duque de Olivares, valido de Felipe IV. Hombre diestro e inteligente, llevaría las múltiples guerras con notable habilidad.  Bien consciente de las debilidades de la Monarquía Hispánica ante los nuevos desafíos, había diseñado en 1626 la  Unión de Armas, para hacer que todos los dominios del rey, desde las Indias a Nápoles, colaborarsen equitativamente con hombres y dinero, aligerando la carga sobre Castilla. Se trataba de una reforma administrativa, política y moral, que debiera proporcionar una reserva de 140.000 soldados. La propuesta fue mal acogida por las oligarquías de Aragón y Portugal, porque vulneraba antiguos fueros y privilegios feudales, y no les ofrecía cargos  adecuados, y no hubo forma de ponerla en práctica. 

    Mientras, los calvinistas holandeses,  aguijoneando al imperio portugués,  ocupaban Pernambuco, en Brasil, en 1630, provocando descontento entre parte de la oligarquía portuguesa por su unión con España, lograda por Felipe II. En 1637 recuperaron Breda, que les habían tomado los españoles en un asedio famoso, inmortalizado por Velázquez, y se lanzaron sobre Amberes; pero ante esa ciudad sufrieron una gran derrota. Sin embargo, el decenio concluía con la batalla naval de las Dunas, al sureste de la costa inglesa: una flota holandesa muy fuerte vencía a la española inferior en número. Suele considerarse el fin de España como primera potencia naval.

   Los años 40 resultaron fatales para España al repercutir dentro del país las tensiones externas.  En 1639 Richelieu atacó el Rosellón, y fue repelido. Los oligarcas catalanes crearon descontento por los problemas que ocasionaban los soldados y provocaron una rebelión popular en 1640, al grito de “Viva el rey de España y muera el mal gobierno”. La revuelta tomó rasgos antiseñoriales contra los “derechos de abuso y maltrato”, que persistían pese a la sentencia de Guadalupe en tiempos de Fernando el Católico, por lo que la Generalitat declaró una república catalana bajo soberanía de Luis XIII. A finales del mismo año, Portugal se separaba con la complicidad de los duques de Medina Sidonia, que intentaron a su vez  la secesión de Andalucía en connivencia con una armada  franco-holandesa. Advertido a tiempo el gobierno,  la conjura andaluza se deshizo, pero en Cataluña, invadida por tropas francesas que crearon gran malestar, la secesión duró doce años, hasta ser expulsados los franceses. La aventura oligárquica costaría a  España, la pérdida del Rosellón, mientras los malos usos continuarían.

   En 1642 murió Richelieu, pero su política continuó con  otro cardenal, Mazarino. En mayo de 1643 los tercios  fueron vencidos en Rocroi, victoria costosa para Francia pero de máxima repercusión moral. Los tercios retuvieron bastante eficacia, pero Rocroi marcó en tierra lo que la batalla de las Dunas en el mar.  En 1648 la Paz de Westfalia puso fin a la Guerra de los Treinta Años. Salió triunfante Suecia, dominante en el Báltico a costa de Dinamarca y Alemania; y Holanda afianzó su independencia. Alemania, la gran sacrificada, había sufrido una devastación  incalculable: solo los suecos arrasaron 1.500 poblaciones, y el hambre, las epidemias y la propia guerra acabaron con un tercio de la población en general, y la mitad de la masculina.

   Pero la gran vencedora fue la Francia absolutista de Luis XIV, que ocupaba Alsacia y Lorena, cortaba el famoso Camino Español de Milán a Flandes y se adueñaba también del Rosellón y parte de la Cerdaña, y reducía a España a la impotencia, al paso que,  tras desangrar al Sacro Imperio le imponía una inefectividad mayor que nunca, con sus 300 miniestados  que anulaban cualquier potestad real del emperador.  

   Pero más allá de los ganadores y perdedores, la Paz de Westfalia inauguró una nueva concepción de las relaciones internacionales que habrá que examinar aparte.

   

    En la Europa oriental, el Imperio otomano, que venía ampliándose en el Mediterráneo a costa de Venecia, y hacia el centro de Europa y por el norte del mar Negro, intentó por segunda vez tomar  Viena en 1683. La amenaza movió una colaboración muy extensa, en hombres o en dinero, de la mayoría de los países europeos, exceptuando a Francia, siempre leal a su alianza con los  otomanos. El intento turco se saldó con una enorme derrota, debida de modo especial a la intervención del rey polaco Juan Sobieski. La derrota marcó el límite de la expansión turca en Europa y el comienzo de sus retrocesos, siendo expulsados a continuación al sur del Danubio.

   Más al este,  la Confederación polaco-lituana llegó a ocupar Moscú a principios del siglo XVII, para desde entonces entrar en decadencia. A mediados de siglo, Rusia le arrebataba gran parte de Ucrania, y peor todavía fue la invasión sueca de 1655 a 1660, conocida en Polonia con el significativo nombre de “El Diluvio”, por la mortandad y daños materiales ocasionados. No obstante, el país fue capaz todavía de desempeñar un papel esencial en la lucha contra los turcos y derrotarlos en Viena y en otras ocasiones.

    Por su parte,  Rusia superó lentamente la “Época de los Tumultos” a finales de XVI y principios del XVII, con hambrunas, guerras civiles y derrotas frente a suecos y polaco-lituanos.  Una nueva dinastía, la de los Románof  sucedió a los Ruríkovich, y Rusia volvió a tomar la ofensiva en todas direcciones. A lo largo del siglo XVII su expansión por Siberia llegaba ya al Pacífico. Por otra parte, la extrema opresión de los siervos, reducidos práticamente a esclavitud, provocaba revueltas campesinas, siempre vencidas.  En 1682  fue coronado Pedro I, llamado el Grande, cuyo reinado iba a suponer una inflexión radical en la historia rusa. Hasta entonces, y a pesar de algunas influencias occidentales, Rusia  era vista en el resto de Europa como un país semibárbaro, con escaso desarrollo urbano, intelectual, literario, técnico o científico. Su influencia en los asuntos europeos era mínima influencia en los asuntos del oeste europeo.  Pedro se empeñó en occidentalizar al país con medidas autocráticas, inaugurando una nueva época en la historia de Rusia, que influiría cada vez más en el resto de Europa.

  

Las desdichas de España no acabaron en Westfalia. El mismo año de dicha paz, Oliver Cromwell, un talentoso y fanático puritano, acababa de ganar en Inglaterra una doble guerra civil de seis años  encabezando al Parlamento contra el rey Carlos I, a quien hizo decapitar al año siguiente. Posteriormente disolvió el Parlamento.  Al ser minoritaria su religión en Inglaterra, defendió la libertad de cultos, excepto para los católicos, a quienes persiguió sin tregua. En 1649 invadió Irlanda, repartió entre los suyos las tierras de los católicos y demolió su naciente industria textil, las iglesias y las escuelas, organizó matanzas y vendió como esclavos a miles de prisioneros. El rito católico fue prohibido y sus clérigos ejecutados apenas descubiertos. Se han calculado las pérdidas irlandesas entre un 15 y un 20% de la población. En 1650, Cromwell derrotó a los escoceses que exigían la monarquía. Y unos años más tarde a los holandeses. Enemigo acérrimo de España, atacó por sorpresa a Cádiz y destruyó por dos veces parte de la flota de Indias. Aliado con los franceses, logró derrotar a los españoles en Dunquerque, en 1658. Ese mismo año falleció, y dos años después, los monárquicos, vueltos al poder, desenterraron su cadáver, le cortaron la cabeza y la expusieron  en un poste.

       La derrota en Dunquerque redondeó la decadencia militar hispana y abocó al Tratado de los Pirineos en 1659, que reafirmó y aumentó las pérdidas españolas de Westfalia. No obstante, Luis XIV evitó  ensañarse porque aspiraba a dominar a la monarquía española y su imperio, para lo cual casó con María Teresa, hija de Felipe IV. Esa ambición motivaría otra gran guerra europea cuarenta años después. Otro resultado de aquella paz fue que las Antillas padecieron un enjambre de filibusteros franceses, ingleses y holandeses, que llegaron a saquear Cartagena de Indias en 1697.

   En medio siglo, España había bajado desde la Pax Hispanica, que parecía consolidar su supremacía continental, a un rango secundario en el concierto europeo. La sensación de frustración quedó retratada  por el escritor Francisco de Quevedo en su célebre soneto elegíaco: “Miré los muros de la patria mía/ si un tiempo fuertes, ya desmoronados (…) Vencida de la edad sentí mi espada/ y no hallé cosa en que poner los ojos / que no fuera recuerdo de la muerte”. Hacia 1661, Luis XIV podía jactarse, con bastante razón, de haberse convertido en el centro de todas las políticas europeas.

     Los acuerdos de Westfalia debían garantizar, según los declarantes, “una paz cristiana y universal y una amistad sincera, auténtica y perpetua” entre los países europeos, cada uno de los cuales procuraría en lo sucesivo “el beneficio, el honor y la ventaja” de los demás. Tal retórica obviamente hueca iba a demostrarse vacía. Aparte de otras contiendas menores, en 1688 comenzaba una guerra de nueve años entre Francia  por un lado, y una alianza entre Holanda, Inglaterra, el Imperio, Suecia  y España, con campañas asimismo en las colonias. La guerra terminó de forma inconcluyente, preludio de otra más vasta a principios del siglo siguiente, con motivo de la sucesión a la corona española.

   Hacia el principio del conflicto, en 1688, tuvo lugar en Inglaterra la llamada “Revolución Gloriosa”,  que derrocó al rey católico Jacobo II y  determinó la exclusión definitiva del catolicismo, así como a una mayor tolerancia entre  las diversas  doctrinas protestantes,  que se habían perseguido entre sí.  Tal revolución se impuso sin dificultad en Inglaterra, aunque tuvo que aplastar sangrientamente algunas disidencias en Escocia e Irlanda. Con ella triunfaba definitivamente, asimismo, el Parlamento,  que redujo drásticamente las atribuciones regias, poniendo al rey prácticamente a las órdenes del Parlamento. Así, la orientación política inglesa marchaba en dirección contraria a la de Francia, donde el poder del rey se hacía cada vez  más absoluto.

 

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Del gran siglo de España al gran siglo de Francia.

Blog I. En el país de la Gran Patraña: http://gaceta.es/pio-moa/pais-gran-patrana-03062016-1739

**Este sábado, de 6 a 9 de la tarde, firmaré en la caseta 345 de la Feria del Libro de Madrid

** El domingo, a las 16.00 hablaremos en Cita con la Historia del debate sobre la guerra civil y los problemas de la democracia en España. www.citaconlahistoria.es

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   El XVI fue un gran siglo para España en los órdenes político, militar y cultural, alcanzando su apogeo con Felipe II. Convertida en el pensamiento y la espada del catolicismo, hubo de combatir de modo prácticamente simultáneo con Francia, el Imperio otomano, Inglaterra y los protestantes: venció la mayor parte las veces y marcó unos límites a su expansión, que  luego permanecieron. No dejaron de ser hechos notables, porque ni era el país más poblado ni el más rico. Francia, su rival más inmediato, triplicaba probablemente su población, y lo mismo, al menos, el Imperio otomano; entre Inglaterra, Holanda y los germanos protestantes podían muy bien duplicarla o más. Asimismo, en una época en que la agricultura era la principal fuente de riqueza, España no estaba favorecida en suelos y clima por comparación con el norte de los Pirineos. Desde luego, no combatía sola: Italia contribuía, aunque no demasiado ni con mucha constancia, y de hecho dependía de España frente a los turcos. El Sacro Imperio, en sus partes católicas, aportaba más, aunque con el lastre de su ineficiente estructura, de modo que la desproporción seguía siendo muy grande. Además, España debía pechar con los aplastantes problemas derivados de la enormidad y dispersión de su imperio y de una lucha agotadora en muchos frentes, problemas que ningún otro reino soportaba; y en general los afrontó con notable éxito.

    Tales cargas eran inevitables por su posición geopolítica y su compromiso católico. En el Mediterráneo debía contender por fuerza con los islámicos y con Francia. El protestantismo fue un  factor principal de guerras civiles e internacionales en Europa, como había pronosticado Lutero con orgullo, y combatirlo a distancia libró a España de tenerlo en el interior y correr la suerte de Alemania, Flandes o Francia.  Así, la guerra lejana, aunque costosa,  evitó al país un largo período de contiendas internas y posible desintegración;  y mantuvo Las Indias a salvo de las potencias rivales. La idea de que España debió haberse concentrado en el norte de África olvidándose de los problemas europeos es una ilusión roma. En el interior, el contagio calvinista fue erradicado por la Inquisición al precio de unos cientos de víctimas: muchas menos que las causadas en Inglaterra e Irlanda contra los católicos, por no hablar de las guerras civiles francesas.

   Todo ello tenía consecuencias económicas: Carlos I dejó una deuda de 20 millones de ducados. Felipe II cuadruplicó los ingresos mediante la administración más racional y avanzada de Europa, pero  hubo de declarar tres suspensiones de pagos (bancarrotas) y al final la deuda ascendía a 80 millones. Las distintas posesiones de la corona debían atender a los gastos solidariamente, pero no era así. Los impuestos de la mayor parte de ellas se aplicaban a las necesidades propias, y era Castilla quien cargaba con más de la mitad de los impuestos. La plata americana subvenía a entre el 12 y el 20% de los gastos; Aragón no pasaba del 7% (su población y riqueza eran también  muy inferiores a las de Castilla) y entre Flandes e Italia el 20%. En América, la mayor parte de la fiscalidad quedaba allí, lo que explica que Lima o Méjico llegaran a ser ciudades más monumentales, con universidad, catedral y edificios de los que carecía Madrid.

    Estos problemas no impidieron que, en conjunto,  el país prosperase, y una prueba de ello es la elevada presión fiscal que pudo soportar, aun si generase mil protestas. Pero hacia finales del siglo la carga se hacía demasiado pesada. La población sufrió pestes, corrientes también en el resto de Europa (Inglaterra, nueve episodios graves y algo similar Francia); y hasta las regiones europeas más ricas padecían hambrunas recurrentes. Las costas mediterráneas sufrían también pérdidas de población, por las incursiones berberiscas y la caza de cautivos. En cambio, el país se libró de las guerras más mortíferas, libradas fuera de sus fronteras, y de guerras civiles como las de Alemania, Flandes o Gran Bretaña (si incluimos a Irlanda). La emigración a América no afectó mucho: unas 300.000 personas en total. Y cierto número de transpirenaicos se establecieron en España. Con todos estos avatares, la población española aumentó de 5-6  millones a principios del siglo a 7-8 al final.

    Simultáneamente con dichos desafíos, prosiguió la  exploración, colonización y evangelización de los inmensos territorios de América, desde Patagonia a Oregón y el tercio sur de la actual Usa. Fueron expulsados los hugonotes que trataban de apoderarse de Florida, repelidos numerosos ataques de corsarios, descubiertos cientos de islas del Pacífico y asentada la colonia de Filipinas. La evangelización abarcó a millones de indígenas y llegó a India y Japón. Y no dejaron de fundarse ciudades, construirse vías de comunicación y obras públicas, así como siete universidades, contando la algo posterior de Filipinas. Las monedas españolas circulaban por todo el mundo

   Si se pregunta a un español común (o no español) qué país del mundo tiene un historial marino más destacado, probablemente lo adjudicará a Inglaterra; pero naves españolas cruzaron por primera vez  el Atlántico y el Pacífico, dieron la primera vuelta al mundo, descubrieron numerosas tierras, tuvieron más  victorias que fracasos frente a turcos, ingleses, holandeses y franceses, establecieron rutas comerciales entre Asia, América y Europa… Las hazañas de otros países fueron posteriores y explotando en gran parte los descubrimientos hispanos. El buque base de las flotas era el galeón inventado en España en su forma acabada y adoptado por Inglaterra, Holanda y Francia. Combinaba la capacidad de carga con la aptitud bélica por su maniobrabilidad  y extraordinaria resistencia, de modo que contra la Gran Armada el poder artillero inglés solo consiguió hundir uno, y casi todos los demás se salvaron, mejor o peor, de las posteriores tormentas, al revés que los barcos de acompañamiento.

   La ventaja española sobre sus adversarios fue ante todo cualitativa y descansaba en cuatro puntos esenciales: una amplia red de universidades, la calidad de sus marinos, los tercios y una excelente diplomacia. Sobre las universidades ya existentes se fundaron las de Valencia, Sevilla, Santiago, Granada, Zaragoza y Oviedo, más algunas luego desaparecidas, como la de Oñate (la de Barcelona databa de mediados del siglo XV); algunas de gran calidad, como la de Alcalá de Henares y sobre todo la de Salamanca. La proporción de universitarios era una de las más altas o quizá la más alta  de Europa, lo cual facilitaba personal cualificado para la administración, la política y  la milicia, aparte de sus derivaciones intelectuales y artísticas. La habilidad y audacia de sus marinos fue también excepcional en un tiempo en que otras potencias apenas pasaban de la piratería y el tráfico negrero.

   En cuanto a los tercios, eran el mejor ejército de la época y uno de los mejores que hayan existido, por su organización y espíritu, con una amplia nómina de capitanes de gran clase, algunos extranjeros españolizados, y una muy larga lista de victorias, muy a menudo en inferioridad de fuerzas. En Flandes eran muy minoritarios (entre un diez y un treinta por ciento. Los demás,  alemanes, italianos o irlandeses e ingleses pasados a los españoles), pero se les reconocía como la punta de lanza y la élite militar. La diplomacia, el pensamiento y los colegios de los jesuitas, que formaban por toda Europa élites favorables a España, eran otras tantas bazas que ayudan a entender la fuerza  y el prestigio de España: dentro de la misma Francia se diría de los habitantes del Artois que eran “más españoles que los castellanos”, y el Franco Condado, que perdió más de la mitad de sus habitantes en luchas con los calvinistas, exhibía un genuino patriotismo hispanoborgoñón.

    

   Sin embargo, hacia finales de siglo las cosas iban cambiando. Las fuerzas contrarias en Europa crecían en cantidad y en calidad, las marinas holandesa e inglesa marchaban hacia su apogeo y los tercios no lograban ya resolver rápidamente los conflictos, sino que se desgastaban en campañas y asedios interminables.  No podía hablarse de decadencia, menos aún cultural, pero habían pasado los tiempos de Pavía, San Quintín, Lepanto, Contraarmada, Azores y similares. España daba indicios de fatiga y buscaba la paz. La situación era propicia, porque sus enemigos estaban también al límite de sus fuerzas. Los turcos, preocupados por su frontera con Persia, habían dejado de ser un peligro inminente después fracasar su intento de dominar Marruecos, aunque la piratería y las incursiones sobre la costa española no cesaban. En 1598 llegó la paz con Francia,  seis años después con Inglaterra y en 1609 la tregua de doce años con Holanda. Este mismo año fueron expulsados los moriscos, una auténtica quinta columna de turcos  y piratas berberiscos. Otro hecho favorable a la paz fue, en 1610, el asesinato del belicoso rey Enrique IV de Francia, de procedencia hugonote, que se había hecho católico porque, según la frase que se le atribuye, “París bien vale una misa”.

   Así se llegó, a principios del siglo XVII a la llamada Pax Hispanica, un éxito aparente de Felipe III, que debía dar estabilidad al occidente continental. Pero nada de ello ocurriría. La tregua con Holanda  permitió a esta rehacer su maltrecha economía, y en las discordias entre el partido republicano y el monárquico, y entre los partidarios de la paz y de la guerra, triunfaron los últimos. Tras una etapa pacífica, en Francia alcanzó puestos influyentes el obispo, luego cardenal, Richelieu,  personaje inteligente, corrupto y maquiavélico, que en 1524 se convirtió en el valido de Luis XIII. Estaba decidido a hundir el poder hispano-imperial, para lo que, siendo católico, se alió con los protestantes, como Francisco I había hecho con los turcos.

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Trento, calvinismo, Flandes, “Invencible”

**”¿Por qué ha escrito ud “Los mitos del franquismo?” “Porque la izquierda y los separatistas mienten sistemáticamente sobre él, y la derecha ignora perfectamente su significación histórica. Por eso he escrito también “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”. Porque es una guerra malinterpretada tanto por unos como por otros. Por eso sigue levantando pasiones: porque dista mucho de haber sido asimilada”.

Blog I: El triste destino de los autores de la Transición: http://gaceta.es/pio-moa/triste-destino-los-autores-transicion-30052016-1744

**Cuando termine este libro, hacia julio, creo que intentaré otro tipo de comentarios en el blog, al estilo de los que sugería Kufisto hace tiempo

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(En las invectivas de Lutero contra Roma ¿no cabe apreciar un eco de las invasiones germánicas, o de las frases de Tácito ensalzando la supuesta pureza moral de los germanos frente a los vicios romanos?)   

La segunda mitad del siglo XVI vio en Europa occidental el asentamiento de la doctrina católica, la contención de la amenaza turca en el Mediterráneo y centro del continente, el auge de la subversión protestante, sobre todo en los Países Bajos, el agravamiento de la rivalidad entre España e Inglaterra, y la entrada de Francia en un período de 36 años de guerras civiles (guerras de religión).

   El esfuerzo por contrarrestar al protestantismo culminó  en el Concilio de Trento, convocado en 1545 con intención de recobrar la unidad cristiana, y concluido dieciocho años después. Los protestantes rehusaron asistir, pues no reconocían autoridad a papas ni concilios. Trento reformó la Iglesia: para combatir la ignorancia del clero, los sacerdotes debían seguir largos estudios en los seminarios; y para evitar la corrupción, se prohibió la venta de indulgencias, los obispos se nombrarían atendiendo a una moralidad comprobada, debían a residir en sus diócesis y no acumular cargos, y el celibato eclesiástico se reafirmó. Los párrocos debían predicar domingos y festivos, catequizar a los niños y llevar un registro de nacimientos, bodas y defunciones; se elaboró un catecismo para formar mejor a los fieles y fue oficializada la versión latina de la Biblia o Vulgata, traducida por San Jerónimo en el siglo V; quedó establecido un rito unificado de la misa, en latín, y se dio impulso a la música y arte sacro.

   Frente al protestantismo, se defendió la tradición eclesial posterior a la Biblia como fuente de revelación, dando autoridad a los papas y al magisterio de la Iglesia, en su calidad de Cuerpo de Cristo.  La tradición de siglos de culto a la Virgen María quedó reconocida,  rechazando la acusación protestante de haberla convertido en cuarta persona de la Trinidad. También  se ratificó la veneración a los santos y las reliquias, los siete sacramentos,  el purgatorio y la jerarquía eclesiástica.

   En un plano más profundo, los protestantes sostenían que el pecado original corrompía de tal modo la naturaleza humana, que las buenas acciones nada valdrían frente a la maldad esencial de las personas, por lo que su salvación dependería solo de la gracia divina. Trento dictó, en contrario, que el pecado original dañaba la naturaleza humana, pero no la sumía en total depravación, de modo que el hombre, por estar dotado de libre albedrío,  podía acoger o rechazar la gracia, sus obras tenían valor, y él tenía cierto poder sobre su propia vida y salvación.  El Concilio, dirigido en gran parte por teólogos españoles, constituyó un magno esfuerzo reorientador y reorganizador tras la ofensiva  luterana, y modeló la Iglesia  prácticamente hasta hoy, por lo que puede catalogársele como el más decisivo de la Iglesia después del primero de Nicea, en 325.

 

    En 1541 Juan Calvino, seguidor francés de Lutero con algunas ideas propias, asentó en Ginebra un férreo poder político-religioso. Calvino extremó la doctrina de Lutero sobre la predestinación.  Cristo no habría expiado los pecados de la humanidad, sino solo los de los elegidos por él gratuitamente para la salvación. Un indicio de pertener al número de los salvados sería el éxito en los negocios y una vida frugal, tanto que prohibió bajo penas severas cualquier expansión más o menos frívola, desde el baile o  el teatro hasta el juego, la bebida o los cantos no religiosos. Todos los aspectos de la vida tomaban carácter  directamente religioso. Calvino creó un centro de formación de auténticos misioneros muy militantes, fomentando movimientos subversores del orden tradicional, conocidos como hugonotes en Francia, puritanos en Inglaterra y Países Bajos, o presbiterianos en Escocia:  miles de personas entregadas al proselitismo,  con destreza agitadora y empleo a fondo de la imprenta. La propaganda moderna  surgió de ellos, y en alta medida como propaganda antiespañola.

   Los efectos del calvinismo iban a sentirse bien pronto en Flandes, como se llamaba en España al conjunto de Holanda y Bélgica. Se trataba de la región quizá más próspera de Europa, y su ciudad principal, Amberes era el mayor centro financiero y comercial del continente, una vez la hegemonía turca había estrechado el comercio mediterráneo. La colonia de comerciantes hispanos era la más nutrida y allí iba el 60% de la lana  española y muchos productos de América, y de allí recibía España maderas, tejidos, armas, cereales, etc.  El poder español interesaba en Flandes por el comercio y como protección ante  Francia, pero el mutuo interés económico y político no bastó para mantener la paz. Las exigencias fiscales del Imperio y España irritaban a los nobles y potentados flamencos, muy reacios a soltar dinero; y Francia, después de sus derrotas en San Quintín y Gravelinas, estaba en la ruina y  y sumida en los comienzos de sus guerras de religión, dejaba de ser un enemigo potente, y la protección española perdía interés. Además, una larga guerra entre Suecia y Dinamarca cerraba vías de tráfico, y la inflación achacada al aflujo de plata americana menguaba las rentas de los magnates.

    En 1568, año de la fundación de Manila y reinando ya en España Felipe II, comenzaba allí una rebelión contra España.  Aprovechando una crisis, los calvinistas habían agitado a la población hambienta, saqueado monasterios e iglesias, destruido imágenes y matado a clérigos. Una indignada reacción proespañola  hizo llevar al Duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo, que impuso orden con severidad. Sin embargo fue solo el comienzo de una contienda que  con altibajos iba a durar ochenta años. Flandes se hallaba lejos de España, al lado de una Inglaterra que colaboraba con los rebeldes, y de los protestantes alemán y francés en plena expansión; aunque el Imperio  estaba también al lado y colaboraría contra los rebeldes. Para empeorar las cosas a  finales de aquel año comenzaba en Granada una rebelión de los moriscos, doblemente peligrosa por la cercanía del poder naval turco yque tardó en ser vencida.         

    Por lo que respecta al Mediterráneo, después de muchas alternativas la contienda se decidió en Lepanto en 1571, tres años después del comienzo de la rebelión de Flandes. Una flota hispano-italiana mandada por Juan de Austria y en la que el golpe decisivo correspondió a Álvaro de Bazán, ayudado por  Juan Andrea Doria, destrozó a la armada turca, que perdió, casi todas sus galeras, y sobre todo sus marinos más avezados, de  20.000 a 30.000 hombres contra unos 8.000 cristianos. Podría encontrársele cierto paralelismo con otra batalla crucial, la de Salamina, librada veinte siglos antes no muy lejos de allí.Venecia esterilizó en parte la victoria al volver a a tratar con los turcos, pero el peligro de estos en el mar dejó de ser lo que había sido. De haber vencido los turcos, la inseguridad de Italia y España habría alcanzado niveles realmente críticos.

   Tanto Francia como Inglaterra y los protestantes apoyaban a los otomanos, y España, si hubiera perdido en Lepanto, habría debido afrontar, en pésimas condiciones, ofensivas de ese triple origen, además de las turcas y berberiscas. De hecho, la victoria de Lepanto consternó a Londres, París y los rebeldes flamencos, que trataban de hacer frente común con la Sublime Puerta. Todos dieron ánimos a los derrotados, les  prometieron ayuda material y les incitaron a nuevas campañas contra “los idólatras españoles”, como decía el embajador inglés.

   Por lo que respecta a Francia, su anterior belicosidad quedó en gran parte frenada por las guerras de religión, comenzadas en 1562 y que con intervalos breves durarían hasta finales del siglo. Los hugonotes, siguiendo el  principio cuius regio eius religio, trataron dos veces de secuestrar al rey y a su familia, para imponer su doctrina desde el poder. Las luchas se hicieron feroces. Los calvinistas, como Lutero, exhibían una violencia brutal en sus llamamientos a obrar “por las armas, el fuego, el pillaje y el asesinato” y no vacilaron en traer a protestantes alemanes, que asolaron regiones francesas con matanzas y saqueos; o en ofrecer a Inglaterra trozos del país a cambio de ayuda. La reacción católica no fue menos dura en la Noche de San Bartolomé, en París,  en agosto de 1572, cuando fueron asesinados varios miles de hugonotes. 

   Para Madrid, la perspectiva de una Francia calvinista constituía una pesadilla.  Por ello, Felipe II apoyó vigorosamente a los católicos franceses, y a él se debería en parte muy importante la permanencia del catolicismo en Francia, que no por ello dejaría de recobrar su anterior agresividad contra España. También en Flandes la larguísima guerra terminaría en tablas, con Holanda calvinista y Bélgica católica.

    Otro serio  problema para Felipe II fue la política de Isabel de Inglaterra, que  se lucraba con la piratería contra barcos españoles y  protegía a los protestantes en Flandes y Francia. Por ello, España organizó la Gran Armada, que debía transportar a los tercios de Flandes a suelo inglés. La armada fracasó en 1588: después de encontronazos de poca envergadura con barcos ingleses, los vientos la empujaron lejos de su objetivo, obligándola a rodear las Islas Británicas, donde las tormentas la destrozaron en gran parte. Isabel, eufórica, ordenó al año siguiente una magna contraarmada angloholandesa con propósito de tomar Lisboa e imponerse en Portugal (que por unos 60 años estuvo unida a España), tomar las Azores y capturar allí a la flota de Indias. Esta contraarmada resultó en el mayor desastre de la historia naval inglesa, solo comparable al sufrido en Cartagena de Indias casi dos siglos después, y dejó en la ruina las arcas inglesas.

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Apogeo del Renacimiento

En la Feria del Libro de Madrid puede encontrarse el libro  La guerra civil y los problemas de la democracia en España, en la caseta 345, de Ediciones Encuentro, y supongo que en otras.

**Uno de los capítulos de “La guerra civil y la democracia…” aborda el contexto internacional como “Una guerra ideológica en una Europa ideologizada”.

**Generalmente la estrategia de Stalin en la guerra de España no ha sido bien comprendida

**Para entender la guerra civil conviene abordar un tema clave, la crisis del catolicismo en los años 30.

**Se ha reflexionado muy poco sobre el hecho de que el Frente Popular fue, de hecho, una alianza de izquierdas y separatistas, todos además anticristianos. Sin tenerlo en cuenta, nada se entenderá

**También se ha reflexionado muy poco sobre los efectos de la guerra civil hasta la actualidad. “

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   Aunque el Renacimiento abarcó todas las actividades superiores humanas (artes, ciencia, pensamiento…), quizá destacó principalmente en el arte, desde la arquitectura a la música o la poesía, alcanzando su apogeo en la primera mitad del XVI, con figuras como Leonardo da Vinci, Miguel Ángel, Botticelli o Rafael y muchos otros en Italia. Desde Escandinavia a España se extendió el mismo espíritu, con numerosos artistas y escritores nuevos, que harían muy larga la enumeración. En los Países Bajos se desarrolló una pintura particular, más directamente enlazada con el gótico, aunque progresivamente influida por Italia. Quizá no sea exagerado considerar la época del Renacimiento como la más alta del arte europeo, aunque tampoco quepa hablar de decadencia a partir de él.

  El pensamiento humanista o renacentista puede encontrarse resumido por Pico de la Mirándola en su Discurso sobre la dignidad del hombre: “El Supremo Arquitecto” situó al hombre en el centro del mundo y le dijo: “La naturaleza de todas las demás cosas está limitada y contenida dentro de las leyes que les hemos prescrito. Tú, a quien ningún límite coacciona, decidirás los propios límites de tu naturaleza conforme a la libre voluntad que te hemos otorgado  (…) Por tu libre albedrío, como si fueras creador de tu propio molde, podrás elegir modelarte como prefieras. Mediante tu poder podrás degenerar  hasta las formas más bajas de la vida, que son animales. Y podrás, gracias al discernimiento de tu alma, renacer en las formas más altas, que son divinas”. Un pensamiento fundamentalmente optimista sobre las capacidades humanas, admitiendo su origen extrahumano.

    Tales capacidades debían plasmarse en tipos humanos como el popularizado por Baltasar Castiglione en Il libro del cortegiano. En él  discurre en forma dialogada sobre el amor, la nobleza, el arte, la distinción femenina, la oratoria, el humor, etc., dibujando un “cortesano” ideal, físicamente fuerte, experto en las armas, las humanidades, gentil y educado con las damas, tranquilo, de finura expresiva y buen razonador.

    El fondo del pensamiento renacentista seguía siendo claramente católico, aun con inclinación a separar la razón de la fe, como en El príncipe de Maquiavelo, obra de fuerte influjo en el pensamiento político posterior. La tradición, desde Isidorio de Sevilla y antes, consideraba que el poder venía de Dios, y por ello subordinado a unos principios de justicia y servicio a la sociedad basados en la ley moral natural, impresa asimismo por Dios en el corazón del hombre. Maquiavelo prescinde de tales supuestos y examina el poder desde un punto de vista técnico, ajeno a la religión o la moral. Aunque la experiencia histórica mostraba que el ejercicio del poder y las luchas por él se ejercían demasiado a menudo sin miramientos a conceptos de justicia o de servicio, se suponía que la moral religiosa o el temor a la condenación eterna frenaban la práctica nuda y cruda de la fuerza y la astucia. Pero también cabía pensar que las invocaciones morales y religiosas solo operaban como disfraz de intereses políticos descarnados. El príncipe maquiavélico debía ser más maniobrero, calculador y despiadado que sus  rivales. Los frenos morales solo estorbarían sus planes, aunque podía invocarlos contra los otros como una añagaza más. Su pensamiento ha sido muy alabado como científico o racional por analizar la política prescindiendo de la religión, pero si bien la práctica  política suele incluir una gran dosis de brutalidad y engaño, en sella pesan también imponderables que suelen desbaratar los planes más cuidadosos. Y por otra parte, el poder tipo Príncipe generaría una lucha interminable de todos contra todos. El autor también supone que el poder monárquico absoluto es más estable y pacífico que  el compartido con otros nobles.

   Maquiavelo presentó a Fernando el Católico como modelo de su idea de la política. Y sin duda Fernando, acaso el estadista europeo más capaz de su tiempo, junto con su esposa Isabel, demostró una sobresaliente destreza de maniobra; pero atribuir sus convicciones religiosas a pura hipocresía u oportunismo suena seguramente excesivo. La reconquista, una larga lucha tanto religiosa como política, había dejado en España un sentimiento católico quizá más  compacto que en el resto de Europa, y la reforma de la Iglesia, muy respaldada por Fernando e Isabel, es una prueba más de ello.

   Con todo, Maquiavelo no dejaba de expresar una realidad,  bien visible, por ejemplo, en la alianza de Francisco I de Francia con los turcos contra España y el Sacro Imperio, o la ruptura del inglés Enrique VIII con Roma para crear una Iglesia propia, por el rechazo del papa a su divorcio de Catalina de Aragón.

     

   A principios del siglo XVI, el sacerdote  holandés Erasmo de Róterdam, el humanista más prestigioso de Europa, se aplicó a depurar a la Iglesia de gangas. La Iglesia había evolucionado entre reformas parciales, debates sobre la interpretación de la Biblia y otros más políticos. Problemas nacidos del contraste entre el ideal evangélico y un mundo marcado por el pecado original, del poder espiritual y su ejercicio con o sin un poder material del Papado, de la relación entre Roma y los estados cristianos, entre Roma y el conjunto de la Iglesia, entre la predicación y la compulsión violenta, entre los papas y los concilios, de la validez del magisterio eclesiástico,  de la conducta exigible al clero, la defensa frente al islam, etc.

    Erasmo preconizó un examen más libre de la Biblia y una actitud más crítica hacia la autoridad. Se opuso al formalismo rígido y a vicios como la ostentación del alto clero, la compra de cargos eclesiásticos o la venta de indulgencias. Estas consistían en actos piadosos con los que la gente esperaba atenuar las penas de sus deudos en el purgatorio: rezos, peregrinaciones, limosnas o donativos para construir edificios religiosos. La idea del purgatorio se había  desarrollado tardíamente en la Iglesia para evitar la opción drástica entre cielo e infierno, y para sufragar la construcción de la magna basílica de San Pedro, la oferta de indulgencias se había multiplicado. Erasmo esperaba que la corrección de aquellos vicios afirmaría la paz entre cristianos y un renacer religioso.

    A Erasmo se le apreciaba especialmente en España, donde estaba en marcha la reforma eclesiástica de Cisneros. Sin embargo rechazó ir a enseñar a la universidad de Alcalá de Henares: “non placet Hispania”… porque había allí demasiados judíos, a pesar de la expulsión. Debía de referirse a los conversos, no obstante lo cual trabó amistad con el español Juan Luis Vives, de familia de conversos, varios de cuyos miembros habían sido perseguidos por la Inquisición y quemados. Vives escribió obras pedagógicas apoyadas en la experiencia, métodos de análisis más científicos, y propugnó una asistencia social sistemática para los pobres. Por sus estudios sobre las emociones y  movimientos del alma, relacionándolos con la medicina, suele estimársele precursor del psicoanálisis o más ampliamente de la psicología moderna.

    Vives residió un tiempo en Inglaterra, en la corte de Enrique VIII mientras estuvo casado con Catalina, hija de los Reyes Católicos. Catalina fue una mujer muy notable y popular entre los ingleses. Siguiendo probablemente a su madre Isabel puso de moda la educación femenina en Inglaterra (para la que Vives escribió De institutione feminae christianae), protegió centros de enseñanza superior y propugnó la alianza de Inglaterra con España. Cuando el rey la repudió por Ana Bolena, Vives, contrario al divorcio, fue encarcelado, aunque salvó la cabeza y pudo volver a Flandes. Peor fortuna tendría el canciller Tomás Moro, con quien  Vives y Erasmo formaban un círculo de amigos, respetados como los humanistas europeos más influyentes. Moro también se opuso al divorcio de Enrique VIII y a la ruptura con Roma, por lo que fue decapitado, en 1535 lo mismo que cientos de monjes y otros disidentes. Los protestantes acusarían a Moro de haber propiciado ejecuciones de varios de ellos, pero no parece cierto.  Al año siguiente fallecería Erasmo, y Vives cuatro más tarde. Los tres habían creído en una próxima era de paz entre cristianos para afrontar con éxito la obsesionante presión turca, pero la realidad iba a ser la de nuevas guerras y persecuciones religiosas en la cristiandad.

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