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Religión, cultura e historia
Blog I: Registradores de la propiedad (pontevedreses) y Frente Popular: http://gaceta.es/pio-moa/registradores-propiedad-frente-popular-16052016-1446
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Ha sido muy fuerte en la historiografía la tendencia a omitir la religión como un elemento no ya crucial sino simplemente importante en el devenir humano. La mayoría de los estudios deja clara o sobrentendida la idea marxista, y no solo marxista, de que es la economía la que da contenido y sentido a la historia, constituyendo la religión una superestructura fantástica, innecesaria y de algún modo parasitaria, que solo merece examinarse, a su vez, desde una perspectiva económica o política. A esa concepción cabe oponer la presencia universal de la religión en las culturas y la importancia que estas le han dado siempre, un hecho que no puede ser trivial o despreciable.
El hombre se caracteriza por la consciencia del mundo y de sí mismo. A su consciencia se le plantean dos grandes tipos de problemas que aborda la filosofía: los llamados metafísicos, referidos a la razón de ser y sentido del mundo y de su propia vida, y los digamos pragmáticos, es decir, políticos, técnicos, científicos… que le presenta la necesidad de desenvolverse en el mundo y adoptar una actitud fructífera o satisfactoria ante él. La gran mayoría percibe estos problemas de modo difuso y confuso, porque sus energías están absorbidas por los mil problemas y afanes cotidianos; pero aún así los percibe, sobre todo en ocasiones típicas, como algún grave fracaso o enfermedad que pone su vida en peligro, o la contemplación del cielo estrellado… Y los perciben con más claridad y agudeza algunas minorías, generalmente más liberadas de esos afanes, y que han dado forma a las religiones, filosofías e ideologías. Por otra parte, en la historia observamos una alternancia entre períodos más metafísicos y más pragmáticos, por emplear esos términos. Alternancia visible entre la Grecia clásica y el helenismo, o entre la escolástica y el llamado Renacimiento, por ejemplo.
Dicho de otro modo: el hombre percibe que todos sus afanes acaban derrotados por la muerte; que su vida está condicionada por azares ajenos a su consciencia y voluntad; que no logra orientarse del todo en el laberinto de sus propios deseos –a menudo contradictorios– y del conflicto con los deseos de otros; que ni siquiera está en el mundo por su designio o intención; que tan perecedero y ajeno a su voluntad como su existencia particular es la existencia de la especie y del mundo que le cobija y le hostiga a un tiempo. De ahí una profunda angustia capaz de bloquear la psique. No es ilógica la intuición de unas fuerzas o voluntades misteriosas (espíritus, divinidades) por encima de su vida y del propio mundo. Esa intuición profunda y oscura, provoca en la psique un doble e intenso sentimiento de adoración y de terror, origen de mitos, ritos para hacer propicios a los dioses, arte, razonamiento…, en fin, la cultura propiamente dicha.
En ese sentimiento profundo debe radicar el fondo común a la religiosidad en todas las culturas, por muy variadas que sean sus manifestaciones. Las divinidades dan orden y sentido a la vida por encima de la insuficiencia de nuestra mente para comprenderlo, y la religión cumple así un doble papel: calma –nunca por completo– la angustia esencial y paralizante propia de la condición humana, ofreciéndole consuelo por sus carencias, sufrimientos, errores y muerte forzosa, liberando así las energías psíquicas necesarias para afrontar las exigencias de la vida con vistas a la conservación individual y como especie.
No obstante, en las concepciones hoy más corrientes de la historia, la religión es relegada a subproducto ilusorio o poco relevante de la actividad humana, a menudo reducida a la económica o (en Freud) a la sexual. La religión sería una proyección fantástica e innecesaria de las exigencias de la vida práctica, lo que vuelve difícil explicar su carácter universal. Sostengo que no se trata de una ilusión, sino de la intuición, más o menos clara, de la fuerza o voluntad (así conceptuada por analogía con las capacidades humanas) misteriosa, pero necesaria, subyacente a las caóticas, variadísimas y perecederas apariencias de la vida y del mundo. Y que de esa intuición derivan a su vez las manifestaciones históricas y culturales de la vida humana.
Por otra parte, las leyes y costumbres que buscan regular los conflictos sociales que condicionan y frustran a los individuos, no podrían mantenerse sin inspirarse en unos valores generales cuyo fondo último es religioso, por encima de convenciones, intereses o deseos particulares. En Europa ha solido oponerse la razón a la religión; pero no solo el poder de la razón es limitado, sino que, como los demás rasgos humanos, aparece como un “don”, como algo “otorgado”, que no procede de la voluntad o decisión de ningún ser humano o conjunto de ellos y remitepor tanto a algún designio no humano.
Así, debería entenderse la religión, no como un factor secundario en la historia humana, sino central y generador de cultura. No puedo abordar a fondo aquí la cuestión, pero baste señalar ese enfoque, por otra parte nada nuevo y que intuyo productivo.
La vida social se compone de tensiones, entendiendo por tales relaciones a un tiempo hostiles y complementarias. La propia vida individual puede interpretarse como una continua tensión entre deseos contradictorios y entre los deseos y la realidad exterior. Las tensiones pueden llegar a la lucha abierta, pero en condiciones normales generan equilibrios, nunca plenamente estables ni satisfactorios, pero a menudo productivos. En el catolicismo es fácil detectar la tensión entre razón y fe, derivada de su doble componente, el religioso heredado del judaísmo y el filosófico grecolatino. Tensión emparentada con la que ha venido oponiendo/complementando al poder religioso y al político, a Dios y al César. El poder religioso estuvo y está centralizado en Roma, frente a las soberanías políticas dispersas en estados nacionales o imperiales. En otras culturas, esa separación, causante de conflictos a veces bélicos, está ausente o es más débil, y ha generado en la europea un concepto de la libertad más agudo. Donde triunfó el protestantismo, el poder espiritual se disgregó en muchas tendencias particulares, sin sede común, mientras que el cristianismo oriental siempre estuvo mucho más próximo y mediatizado por el poder político que el catolicismo. Percibimos en la historia otras tensiones creativas o destructivas, como la que se da entre civilización y barbarie, entre concentración y disgregación del poder, entre grupos sociales…
Junto con el cristianismo, y a través de él, la cultura europea ha adoptado gran parte del legado grecolatino y, menos generalizadamente, el derecho romano. Y muy especialmente el pensamiento: Europa puede definirse también como la cultura de la filosofía, no porque otras civilizaciones carezca de ella, sino porque en ninguna, salvo la griega, ha alcanzado influjo, desarrollo y diversificación comparables. Cabe encontrar la causa de este hecho en la fuerte tensión entre razón y fe, al parecer exclusiva del cristianismo, por su triple origen en Jerusalén, Atenas y Roma.
(Espero que la Introducción a la historia de Europa no sea un refrito, aunque, desde luego, me apoyaré ampliamente en el trabajo de Nueva historia de España, a menos que le encuentre fallos (siempre los hay)
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¿Humanismo? ¿Renacimiento?
**Breve intervención con Luis del Pino sobre “La guerra civil y los problemas de la democracia en España”: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-05-14/involucion-permanente-el-nuevo-libro-de-pio-moa-100825.html
**Este domingo en “Cita con la Historia”: las operaciones militares en la guerra del 98. www.citaconlahistoria.es
**Blog I: El gran problema histórico de España : http://gaceta.es/pio-moa/gran-problema-historico-espana-14052016-1358
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Las crisis, desastres naturales y cambios intelectuales y religiosos del siglo XIVno se tradujeron en un hundimiento cultural y tampoco en una ruptura con el pasado sino que, por el contrario, darían lugar a una acumulación productora de cambios trascendentales de todo tipo: la crisis del Papado se resolvería en 1417 con el Concilio de Constanza; también terminaría la Guerra de los Cien años en 1453; ese mismo año Constantinopla caía definitivamente en poder islámico, mientras, en sentido contrario, al otro extremo del Mediterráneo se completaba la reconquista española con la toma de Granada; y emergió el principado de Moscú como indiscutible centro y fuerza dirigente de la nueva Rusia. El siglo trajo numerosos avances técnicos, el más importante la invención de la imprenta, en 1440, de invalorable repercusión cultural. La corriente llamada humanista, nacida en Italia, iba a difundirse por toda Europa occidental, en un movimiento similar al carolingio, al románico o al gótico.
El humanismo brotó en medio de una larga crisis moral de la Iglesia, por el contraste entre su conducta político-material y su predicación de la modestia, la humildad y el desprendimiento, el conflicto entre el ascetismo y el hedonismo, este bien visible en varios papas acusados de inmorales, aunque algunos dejaran una invalorable acumulación de arte. Desde la Edad de Supervivencia quedó claro que la predicación exigía una red de iglesias, monasterios, obispados, etc., y las consguientes demandas materiales y políticas, a menudo en conflicto con ética invocada. La relajación mporal de muchos clérigos y del Papado, su ostentación ysu pompa, aun si contrarrestadas por reformas y órdenes religiosas, escandalizaban y sembraban la duda –en general poca—sobre el propio mensaje cristiano. Expresión típica de la contradicción fue el rigorismo de Savonarola en Florencia, donde hizo quemar por inmoralidad a numerosas personas, para sufrir la misma suerte en 1498, condenado al final por el papa Alejandro VI.
Al despliegue del humanismo se le ha dado el nombre de Renacimiento. Ambas denominaciones se han impuesto desde el siglo XIX, y difícilmente podían ser más inadecuadas. No hubo “renacimiento” del interés por la cultura clásica, porque, si bien los renacentistas disponían de muchas más obras clásicas y mejores traducciones que nunca, ese interés nunca había desaparecido en Europa, ni siquiera en las épocas en que más precario había sido el acceso a ellas. A partir del siglo XIII la recuperación o traducción de obras griegas y latinas se había acelerado mucho, y aun lo haría más la caída de Constantinopla, de donde huyeron numerosos intelectuales y clérigos con libros griegos, aunque en Bizancio no se había dado nada parecido al humanismo. Ni mucho menos se trató de un renacimiento en sentido más amplio, como si las épocas anteriores hubieran sido algo parecido a la muerte de la cultura. Y tampoco el cambio de intereses intelectuales y políticos en el siglo XV, con ser profundos, supuso una ruptura radical con lo anterior, pues recogía tendencias ya existentes en el pasado y no podría haberse dado sin la intensa labor intelectual y religiosa de aquellos siglos.
En cuanto al término “humanismo”, empleado generalmente como antropocentrismo, en el sentido de ruptura u oposición a las concepciones religiosas teocéntricas, tampoco tiene sentido para la época, ya que, por una parte, el interés teológico es perfectamente humano, como no puede ser de otro modo, y el románico y el gótico no eran menos humanistas en su preocupación por la naturaleza y destino humanos; y por otra parte, los protagonistas del llamado más tarde humanismo podían manifestar grados diversos de devoción, pero desde luego se consideraban a sí mismos católicos, y gran parte del arte y el pensamiento que produjeron tiene tema religioso. Podría llamarse al movimiento clasicismo, dada su intensa afición al sustrato grecorromano, por lo demás nunca desaparecida en Europa.
Por motivos propagandísticos y de autoafirmación, fue frecuente entre los humanistas desprestigiar los siglos anteriores, calificados despectivamente de “góticos” en el sentido de bárbaros, en contraste con la luminosidad atribuida, un tanto idealistamente, a la herencia grecolatina. Después de todo, los godos habían sido los godos los primeros en asaltar la Roma clásica, preludiando su hundimiento final. Pero considerar bárbaro el arte gótico, por ejemplo, es en sí mismo una muestra de barbarie, afortunadamente no acompañada de actos destructivos. Los siglos del románico yel gótico nada tenían de bárbaros intelectual o artísticamente, y los humanistas o clasicistas, enraizados en la misma cultura cristiana, les debían mucho más que a la cultura pagana. Desde luego, no renació el paganismo por más quealgunos autores coquetearan con él. Pero desdeñar las catedrales góticas y revelaba una soberbia a su vez algo bárbara, pues no son inferiores a las nuevas construcciones renacentistas.
Lo que caracteriza al nuevo movimiento es más bien un cambio de enfoque sobre los problemas que habían preocupado el pensamiento en los siglos anteriores y una reinterpretación de la herencia grecorromana, idealizada a menudo con un fervor extremo. Así, pasaron a segundo plano o se plantearon de otro modo los problemas que habían desvelado a la filosofía escolástica en sus vertientes tomista y nominalista, como la existencia de los “universales”, ligada a Platón y Aristóteles, la relación entre la fe y la razón, entre el poder religioso y el político, el destino humano en general o la naturaleza divina, etc. Aquellos problemas no permitían soluciones precisas, terminaban por cansar y se dieron por agotados o perdieron interés. La propia razón escolástica, con su denuedo lógico basado en silogismos aristotélicos, perdía peso en favor de la observación y la experimentación. La aplicación de la razón formal, por mucho que facilitara la ordenación de los conocimientos e incentivara la investigación, no permitía por sí misma nuevos descubrimientos ni evitaba errores, y a menudo llevaba a conclusiones irrelevantes o a tautologías. El supuesto de que el mundo tenía que ser racional y conforme a la ética fue dejado –siempre parcialmente— de lado: en la necesidad humana de acceder a la verdad debían valorarse nuevos métodos empíricos, al margen de que sus conclusiones coincidieran o no con la moral o con exigencias aparentes de la razón.
Los humanistas, buscaron asuntos alternativos, que en el pasado habían despertado menos atención. La preocupación por la naturaleza del mundo, del hombre o de la divinidad, derivó, más pragmáticamente, a los modos de aprovechar los bienes del mundo y al cultivo y despliegue de las cualidades humanas, asumiendo, por fe, y dando por hecho que el hombre había sido creado a imagen de Dios. Una transición similar había ocurrido en Grecia desde las escuelas clásicas de Platón y Aristóteles a las helenísticas de tipo estoico, cínico, epicúreo, escéptico (también neoplatónicas), o el eclecticismo, cuyo interés se centraba en la definición y búsqueda del placer, en la conducta moral que debía proporcionar al hombre la felicidad, y en las posibilidades del conocimiento. Esta transición denotaba cierto decaimiento de la tensión filosófica, y lo mismo ocurría en el Renacimiento, que no produjo ningún gran filósofo. Las corrientes neoplatónicas, estoicas y otras se injertaron en el estilo humanista, pero el tema principal de este no fue el placer, la felicidad o la aceptación del destino, sino más bien el esfuerzo por desplegar las propias cualidades. En ello se admiró más la fortaleza que la prudencia, la justicia o la templanza; y la esperanza más que la fe o la caridad.
Según las nuevas ideas, el ser humano puede labrar su destino, “fabricar su propia fortuna” — utilizando también la astrología para tratar de dominar la suerte, como en la antigua Roma–, y alcanzar una trascendencia parcial en este mundo mediante la fama. Conseguir fama por los hechos realizados se convirtió en una obsesión, en la que trendían a disolverse los contenidos morales: “buena o mala, es fama”. Leonardo da Vinci, dominador de todos los saberes, destacado en todas las actividades humanas superiores, las artes, las ciencias y la técnica, personificó al máximo nivel el ideal renacentista o humanista; pero también lo hacían artistas descollantes en una sola disciplina, o políticos o pequeños caudillos militares (condottieri) aunque sacrificasen cualquier principio moral a la obtención del éxito y de la celebridad ligada a él. La fama permitía superar la estrechez y limitación de la vida individual, proporcionándole una especie de inmortalidad. Estas concepciones tenían algo de paganas, aunque raramente llegaron al extremo de chocar abiertamente con el cristianismo. En realidad, el tema religioso cristiano siguió siendo una de las principales líneas de la cultura renacentista, muy amparada por la propia Iglesia y el Papado.
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Parajodas del franquismo
Blog I. Por qué el PP es lo peor: http://gaceta.es/pio-moa/pp-peor-11052016-1653
**Esta semana creo que estará en las librerías –al menos muchas de ellas– el libro La guerra civil y los problemas de la democracia en España, con el que doy por cumplida mi labor historiográfica al respecto.
“Cita con la historia”. Este domingo versará sobre las operaciones militares en la guerra anglouseña de 1898. En Cadena Ibérica, a las 16.00 FM 99.3. Se repite los miércoles a las 22.00. También en YouTube y podcast www.citaconlahistoria.es
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¿No es llamativo que en una terrible dictadura como la franquista hubiera menos polícía, muchos menos funcionarios y muchos menos presos?
¿Sorprende que en una dictadura machista como el franquismo,en los años 40 hubiera muchas más chicas en enseñanza media que en la república?
¿Cree ud que quienes acusan de dictador a Franco son demócratas? ¿No son más bien parásitos de una democracia que no les debe nada?
Fíjese en los corruptos y mediocrísimos políticos actuales: ¿Podrían ellos haber traído la democracia? En cambio pueden hundirla.
¿Significa algo el dato de que el franquismo no tuviera oposición democrática ni hubiera ningún demócrata en la cárcel por serlo?
La oposición real al franquismo fue comunista y/o terrorista. ¿No saca ud alguna conclusión de tal hecho?
¿No es revelador que en Cataluña y Vascongadas recibieran a Franco con el mismo entusiasmo que en Castilla o Galicia?
Algo indica el que Franco veranease en San Sebastián, sin ningún problema. Ningún presidente posterior se ha atrevido.
La economía española creció con el franquismo a unos ritmos nunca alcanzados en España, antes o después. ¡Intolerable!
El franquismo procesó y fusiló a varios miles de chekistas, torturadores y asesinos abandonados por sus jefes. ¡Franco asesino!
Con Franco había menos fracaso escolar, menos fracaso familiar, menos violencia doméstica, mucha menos droga y alcoholismo… ¡Intolerable!
En el franquismo había menos paro, menos deuda, menos estado, menos gente en la cárcel, menos delincuencia, menos suicidios. Odioso.
En la guerra civil, unos querían balcanizar España, imponer revolución totalitaria y destruir la herencia cristiana. Ganaron los otros. Qué pena
El Valle de los Caídos simboliza el gran sacrificio por librar a España del totalitarismo, la balcanización y nuevas guerras civiles.
Cuando los talibanes hablan de destruir el Valle de los Caídos debe recordarse que destruyeron infinidad de obras de arte y bibliotecas
El Valle de los Caídos recuerda a los amantes de la cheka, de la ETA y de la balcanización de España, una derrota que no perdonan.
Prácticamente todo lo que han dicho izquierda y separatistas sobre el Valle de los Caídos es puro y simple embuste.
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Ni España ha “entrado” en Europa, ni es Europa la UE
Esta semana empezará a estar en la calle La guerra civil y los problemas de la democracia en España
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La cuestión de Europa tiene para nosotros dos partes: una es la relación entre Europa y la UE. Otra, la relación entre España y la UE.
En cuanto a lo primero, ya partimos de un equívoco o usurpación, que iguala Europa con la UE. Son conceptos no solo distintos, sino que van camino de hacerse antagónicos. La principal sustancia cultural europea es el cristianismo, y precisamente la UE trabaja sistemáticamente por arruinarla desde la política. Casi todas las medidas en marcha en la UE (homosexualismo, abortismo, multiculturalismo, etc.) se dirigen de lleno a destruir la herencia cristiana, centrando en el dinero y el sexo los valores que dan contenido a la vida humana. Al cristianismo se le oponen argumentos de libertad y democracia, pero seguramente no es casual que la UE se vaya convirtiendo en una oligarquía burocrática que intenta moldear a la gente regulando no ya su conducta, sino hasta sus sentimientos y vida íntima. Intelectuales lúcidos como Vladímir Bukowski, antigua víctima del sistema soviético, vienen denunciando la deriva totalitaria de Bruselas, que ya pronosticó en el siglo XIX el gran teórico liberal Tocqueville, definiéndola como “despotismo democrático”. Asimismo se intenta disolver las naciones otra esencial característica histórica y cultural europea, corroyendo poco a poco su soberanía e imponiendo el inglés como idioma superior y de cultura.
Tal deriva es curiosa, porque la unión europea surgió después de la guerra mundial como un designio cristiano-demócrata, que heredaba la idea del Sacro Imperio: un continente políticamente unificado y cristiano. Pero esa idea va, una vez más, contra toda la historia real europea. No es casual que se haya declarado a Carlomagno padre de Europa y que le hayan dado al papa Bergoglio el premio de ese nombre. Pero, sin subestimar la importancia histórica de Carlomagno, este representa también una tendencia contraria a lo europeo: la identificación del poder político y el religioso. Claro que desde los primeros proyectos cristianodemócratas la religión ha cambiado, y ahora predomina una “religión” socialdemócrata. Los que la UE llama “valores europeos” son más bien antieuropeos.
Como un mérito históricamente excepcional, la UE se atribuye haber superado las guerras internas europeas desde 1945, pero no es cierto. Quien ha mantenido la paz en Europa ha sido la tutela militar useña. Y cuando estallaron las guerras internas en la europea Yugoslavia, fue nuevamente Usa quien les puso fin. Fuera de Europa, países como Holanda, Francia, Bélgica, Inglaterra y Portugal han sostenido contiendas por Asia y África, a menudo de gran crueldad y que casi siempre perdieron. Y el actual caos y sangrientas guerras civiles en los países árabes deben mucho a la desestabilización propiciada por la UE, que luego quiere lavarse las manos.
En mi opinión, nunca debió haberse superado el nivel de la CEE (Comunidad Económica) y de acuerdos de defensa mutua. La UE es el intento de crear una superpotencia contra el espíritu y tradiciones europeas, y que solo puede causar grandes dificultades en su propio seno y contribuir a crear más problemas en el mundo, como por lo demás viene haciendo.
Por lo que respecta a la posición de España con relación a la UE, no me extenderé mucho. Los políticos y unos intelectuales incultos (“Entre los intelectuales los hay que tienen cerebro. Es un hecho”, dijo Iván en El maestro y Margarita) dicen que España entró en “Europa” por haberlo hecho en la CEE-UE. Y que a ello debemos nuestra prosperidad y consolidación de la democracia. La realidad es que estando fuera de la CEE-UE (que no de Europa), la economía española creció de modo mucho más sostenido, rápido y sano (con muy poco paro y deuda), que después de entrar; y que desde la entrada ha ido a trompicones, con frecuentes crisis y un desempleo muy alto. Sin contar la última depresión, en la que seguimos sumergidos). En cuanto a la democracia, se olvida un dato clave. Casi todos los países de Europa occidental deben su actual democracia a la intervención bélica y tutela militar de Usa. España se la debe a sí misma, a su propia evolución después de superar una república caótica, un proceso revolucionario totalitario, una guerra civil, un intento de reavivar la guerra (jaleado en Europa occidental) y un criminal aislamiento propiciado por esos países que presumen de demócratas. Se nos trata de convencer de que debemos todo a la CEE-UE, y la verdad es que en el intercambio político-moral de la historia salimos con gran superávit. Sin olvidar lo que significa la presencia en nuestro territorio, y en el punto más estratégico, de Gibraltar, colonia de un país “amigo”. Amigo, más bien, de nuestros corruptos, incultos y sobornados políticos.
España no tenía necesidad alguna de entrar en la CEE-UE, aparte de la sandez acomplejada de nuestros políticos gibraltarizados. Pero una vez dentro, ¿qué hacer? Tres cosas, por lo menos: exigir el cese de la injuria permanente de Gibraltar; contrapesar a las grandes potencias que realmente deciden (Alemania y Francia), apoyándose en gobiernos como los de Polonia, Hungría y cuantos vayan ofreciendo resistencia al “despotismo democrático” en marcha; y dejar claro que la soberanía española no se vende ni se regala, y que las decisiones tomadas de modo oscuro y poco representativo en Bruselas o Estrasburgo solo serán aplicadas en España si no contrarían nuestros intereses. Hoy, los partidos hacen exactamente lo contrario
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