Guernica, Badajoz y la técnica de la falsedad profesionalizada (II)

 ** Cita con la Historia. Este domingo trataremos la evolución política de la guerra civil, después de haberlo hecho con la evolución militar (https://www.youtube.com/watch?v=VXACg934MrI) . Por qué un bando resolvió bien y con poca sangre sus problemas internos y el otro lo hizo mediante el terror. El tema del pasado domingo fue la expulsión de los judíos de España, sobre el que se han creado también muchas interpretaciones falsas. www.citaconlahistoria.es, y https://www.youtube.com/watch?v=BJBaAKDdqFE.

En la sección “canciones para la historia”, la “Lili Marleen” rusa: “V zemlianke” (en el refugio subterráneo).

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   Otro gran  mito, más bien seudomito típico,  es el de la matanza de la plaza de toros de Badajoz.  Así como  el bombardeo de Guernica existió, aunque su carácter haya sido desfigurado de modo bárbaro y sus efectos exagerados sin tasa, la matanza de Badajoz es una invención de cabo a rabo. Su autor fue el periodista useño Jay Allen, agente propagandístico del Frente Popular, que dijo haber estado en Badajoz  unos días después de la matanza, de la cual le habrían informado a fondo los propios oficiales franquistas: “Miles de milicianos y milicianas  fueron masacrados por defender la República contra la embestida de los generales y terratenientes”.  Habla de “fusilamiento ceremonial con banda de música”  y “matanza de prisioneros a los acordes de la Marcha Real y del himno falangista, con gran asistencia de público”.   “La sangre empapaba más de un palmo de arena en el lado más alejado del ruedo”. Etc. A continuación se desató una competencia entre Allen y la prensa del Frente Popular por imaginar detalles morbosos o macabros. Habrían sido fusilados indistintamente mujeres y niños, habrían sido toreados prisioneros (por cierto esto último lo hicieron los rojos en varias ocasiones).

   Otro periodista useño del  estilo de Allen, J. Whitaker,  dio testimonio del propio conquistador de la ciudad,  el  teniente coronel Yagüe, quien, con la misma amabilidad que los oficiales que habrían informado a Allen, hizo propaganda contra su propia causa: “Por supuesto que los matamos. ¿ Iba a llevar 4000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?”. Las frases son absurdas. La alternativa no era soltar a los presos o llevarlos con las tropas, sino meterlos en la cárcel o un campo de concentración, que exige pocos guardianes como todo el mundo sabe. Por lo demás, lo de los 4.000 fusilados es la cifra dada por Allen y que se ha hecho “canónica”, aunque muchos la han elevado al doble y más.    

   ¿Por qué sabemos que no existió tal matanza? Por el testimonio del corresponsal portugués Mario Neves, presente cuando la conquista de la ciudad el 14 de agosto y los días siguientes. El día 15, fecha del supuesto espectáculo, escribe: “Fuimos enseguida a la plaza de toros, donde se concentran los camiones de las milicias populares. Muchos de ellos están destruidos. El lugar ha sido bombardeado varias veces. Sobre la arena aún se ven algunos cadáveres (…)  Hay, aquí y allá, algunas bombas que no han explotado, lo que hace difícil y peligrosa una visita más pormenorizada”. Volvió al día siguiente y encontró que “no tiene aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor (de los fusilamientos) es infundado”. Ni Neves ni los demás corresponsales presentes hablaron más de la masacre famosa. Sin embargo, la leyenda, como la de Guernica, dio la vuelta al mundo, repetida en mil versiones,  y sigue revoloteando por los libros de “historia” y relatos periodísticos en desafío a la evidencia.

     Los divulgadores del clarísimo embuste acostumbran embrollarlo con otros muertos en combate o fusilados sobre la marcha al tomar la ciudad, que a su vez había costado muchos muertos a los nacionales. Y ello requiere algunas explicaciones. Los nacionales no consideraban a los milicianos soldados regulares sujetos a las normas de la guerra, sino algo parecido a bandidos. Opinión reforzada porque, en su avance desde Andalucía, habían  comprobado atrocidades de los milicianos, de un salvajismo increíble, como  familias enteras quemadas vivas,  niños incluidos, crucifixiones y matanzas indiscriminadas. La respuesta a estos hechos, narrados y fotografiados, fue el fusilamiento sumario de muchos de los autores.

   Se ha divulgado una supuesta denuncia de un agregado militar alemán, llamado Von Funck, a Hitler, diciéndole que nunca había visto brutalidad y ferocidad como la de las tropas nacionales, por lo que no aconsejaba el envío de tropas alemanas a España.  Dada la suma ingente de falsedades propagandísticas, tendría interés la exhibición de tal carta, que no parece referirse a la ciudad de Badajoz, sino a la marcha desde Andalucía. Debe señalarse que  Alemania  mantuvo su embajada en Madrid hasta noviembre, por lo que  sorprende que su agregado militar anduviera  con los nacionales, aunque tampoco es imposible. Pero choca que, siendo alemán, le asombraran tales fusilamientos: así había obrado el gobierno socialdemócrata con la insurrección espartakista o con el soviet de Baviera. A su vez, Azaña consigna en sus diarios su orden de fusilar a los anarquistas capturados con armas en la insurrección del Alto Llobregat, en enero de 1932.

   ¿Cuántos milicianos fueron fusilados o cayeron en los combates de calles en Badajoz?  Un corresponsal contrario a los nacionales, J. Berthet, da la cifra de 1.200, aunque obviamente no los contó: se trata de un cálculo impresionado e impresionista. El historiador A. D. Martín Rubio ha utilizado el registro civil de Badajoz, encontrando que hasta 1945 hubo 1.080  muertes atribuibles a la represión, de los que 493 corresponden al verano-otoño de 1936. El investigador izquierdista F. Sánchez Marroyo, eleva especulativamente el número a 1.500 hasta finales de aquel año, incluyendo  caídos en combate. Las cifras de Martín Rubio, mejor documentadas, son seguramente las más próximas a la verdad.

   En Los mitos de la Guerra civil pude establecer los hechos más razonablemente creíbles, criticando las versiones de Jay Allen o inspiradas en este, y dudé mucho de que Allen hubiera estado siquiera en Badajoz. Y unos años después, la minuciosa investigación de F. Pilo, M. Domínguez  y F. de la Iglesia La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda, daba la razón de mis sospechas: Allen lo había inventado todo, empezando por su supuesta estancia en Badajoz, no digamos los relatos que le hacían “en susurros” unos oficiales franquistas al parecer tan interesados como él en crear el bulo. Tiene interés  saber que el periodista ya había prestado servicios delictivos al PSOE cuando en octubre de 1934  decidió lanzarse a la guerra civil para imponer una dictadura “del proletariado”.  El libro citado examina asimismo las manipulaciones de otro corresponsal que contribuyó al mito, J. Berthet, y sus relaciones con el NKVD soviético y con el aparato de propaganda de la Komintern dirigido por Willi Münzenberg, auténtico genio de la manipulación propagandística. Debe entenderse que para ellos  la verdad carecía de importancia frente a la conveniencia de  dañar al “enemigo de clase” suscitando indignación entre la opinión pública europea y americana,  para forzar a sus gobiernos a intervenir en España a favor de Frente Popular. Y así siguen muchos “derrotando” en la propaganda a los nacionales ochenta años después.

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Guernica, Badajoz y la técnica de la falsedad profesionalizada (I)

 

   El mito de Guernica, bombardeada el 26 de abril de 1937, incluye los siguientes apartados:

  1. Se bombardeó una villa abierta, de 7.000 habitantes, carente de interés militar
  2. Se eligió un día de mercado, con gran número de visitantes, de modo que el efecto sobre la población civil fuera mucho mayor.
  3. Guernica no constituía un objetivo táctico, por estar alejada del frente
  4. El ataque fue realizado en exclusiva por aviones alemanes, durante tres horas sin interrupción, con ametrallamiento de civiles a baja altura, dentro de la población.
  5. La destrucción de logró mediante una combinación especial de bombas explosivas e incendiarias, un nuevo sistema de bombardeo
  6. Los muertos fueron, según versiones, entre 850 y 3.000, siendo el número más citado 1.654.
  7. Los separatistas suelen añadir que se trató de destruir los símbolos de “las tradiciones vascas”.
  8. Finalmente, se viene insistiendo en que el bombardeo fue ordenado o permitido por Franco.

   Estos puntos han sido repetidos hasta el infinito a lo largo de casi ochenta años por los más variados periodistas, escritores y políticos, lo cual da a esas versiones  impresión de absoluta verosimilitud a los ojos del lector crédulo o ingenuo.  J. Salas Larrazábal, autor de un estudio prácticamente exhaustivo sobre aquel suceso (Guernica, 1987, que nadie interesado en el tema debiera dejar de leer), partió de un libro del H. Southworth, un polemista useño  apasionado del Frente Popular, que recoge cientos de noticias y comentarios de la prensa mundial sobre el bombardeo.  Sin embargo Salas se fijó en un dato: en la recopilación de Southworth  faltaba lo esencial, los relatos de la prensa de Bilbao, “numerosa entonces y,  hay que suponerlo, mejor informada”, y que prefirió no publicar datos que pudieran ser refutados fácilmente por los evacuados de  Guernica.

    Así que Salas investigó a fondo y sin prejuicios todos los aspectos  de la leyenda y llegó a la conclusión sorprendente de que ni uno solo se ajusta a la realidad.  No voy a extenderme en los datos y la argumentación, que he resumido en un capítulo de Los mitos de la Guerra Civil. La realidad es simplemente la siguiente: Guernica, con algo más de 5.000 habitantes,  estaba próxima al frente, tenía gran interés militar  por su guarnición, posición y fábricas de armas, y se suspendió el mercado aquel día; no hubo ametrallamientos a baja altura dentro de la villa (sí algunos  en las vías de acceso) y el bombardeo se hizo en dos pasadas de corta duración, participando aviones italianos, no solo alemanes, con una combinación de bombas habitual, no especial;  los muertos no excedieron de 126 como máximo, probablemente algunos menos, con un número de heridos sorprendentemente pequeño (unos 30); los edificios simbólicos y elementos tradicionales (“cachivaches”, los llamaba Azaña) no fueron atacados, seguramente eran desconocidos para los alemanes;  ni Franco ni Mola lo autorizaron, sino que  la decisión partió del jefe de la Legión Cóndor sobre el terreno, Richthofen.

   El efecto  más espectacular del bombardeo fueron unos incendios que se extendieron rápidamente debido al viento y a  la abundancia de madera en la construcción; y a que los bomberos de la cercana Bilbao (36 kms.) tardaron horas en llegar y  marcharon sin haber apagado los fuegos. Varios testigos expresaron indignación por la actitud de los bomberos y la pasividad de los milicianos. Los nacionales afirmaron que los  propios rojos habían incendiado la población, una falsedad que se apoyaba, no obstante, en precedentes como los de Irún o Éibar, donde sí había ocurrido el hecho.

   Contra una versión extendidísima, el bombardeo no fue un experimento de bombardeo sobre población civil, sino que perseguía el objetivo militar de cortar la retirada a gran número de tropas enemigas,  lo que se habría logrado  si Mola hubiera dado orden de avanzar de inmediato sobre Guernica. A Mola no le agradaba Richthofen y mantuvo la orden previa de avanzar sobre Durango, con lo que el bombardeo perdía su sentido y se volvía tácticamente inútil. Las razones de Richthofen no son claras, aunque él escribe en sus diarios que Vigón le había prometido un avance sobre la villa; y alude, algo arrogantemente, a su propia  “falta de educación” al haber obrado así, al margen de los planes superiores.  Fue la última vez  que lo hizo.

   No obstante, aunque el objetivo inmediato no fuera conseguido, el bombardeo tuvo una repercusión militar de gran alcance. El PNV lo  invocó para llamar a una lucha a ultranza contra los nacionales…  pero bajo cuerda intensificó sus tratos con los fascistas italianos para rendirse por separado, traicionando así a sus aliados. El resultado último, gracias en gran medida a las intrigas peneuvistas,  fue la primera gran victoria de masas de Franco, en Santander, con un enorme botín de armamento. Y 22.000 miembros del “Ejército de Euzkadi” apresados pacíficamente, muchos de ellos incorporados a las tropas nacionales.

   El origen del mito se encuentra en la prensa  useña  e inglesa, que enseguida empezó a elevar los muertos a 600, a 800… pero lo fundamental fueron las crónicas de G. Steer, periodista inglés que llegó horas después del bombardeo e inventó cuantos “detalles” acudieron a su imaginación y que durante largo tiempo han disfrutado de crédito. Otro corresponsal inglés, N. Monks, hablaba de 800 personas, mujeres y niños, masacrados por las bombas. La prensa subiría rápidamente los muertos a 1.000 y 2.000, y un escritor peneuvista, P. Baldasúa, los aumentaría a 3.000 en un texto titulado “En defensa de la verdad”.  Un documental inglés reciente hablaba de 5.000.

   Creo que el PNV ha querido hermanar a Guernica nada menos que con Hiroshima. En este desmadre sentimental-ideológico nos seguimos moviendo.

 

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23-F. La larga vida de una versión falsa y el olvidado factor Suárez.

23-f El olvidado factor Suárez

** En “Cita con la Historia”. la expulsión de los judíos de España: https://www.youtube.com/watch?v=BJBaAKDdqFE

** En relación con los cambios de nombres de calles por los provocadores irreconciliables: La División Azul https://www.youtube.com/watch?v=_cMvr7_vWBU 

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     Puede decirse que los misterios del 23-f  no lo son desde hace tiempo.  Durante muchos años, sin embargo, permaneció la versión de un  intento de golpe dado por unos fachas chiflados y chapuceros, y parado oportunamente por Juan Carlos I. Todavía hay quienes lo siguen considerando así.  No obstante, la verdad, en lo esencial, se conoce hoy bastante bien. Uno de los que más han contribuido a aclararla ha sido el historiador Jesús Palacios en El Rey y su secreto  del que ha dicho uno de los comprometidos, Luis María Ansón, que acierta en un 80%, creo recordar. Ya Sabino Fernández Campo había advertido  irónicamente a quienes no se contentaban con la versión  oficial que si buscaban la verdad corrían el peligro de encontrarla. Es interesante la persistencia de la versión oficial, que recuerda la del golpe del 11-m de 2004, de consecuencias políticas tan extraordinarias. 

   En fin, todo indica que se trató de una provocación golpista instrumentada por los servicios secretos, y en la que estaban involucrados el rey, personalidades socialistas, de derecha y otros, probablemente la mayoría de los que aparecían como miembros del gobierno de concentración que debía presidir el general Armada. Como el “factor humano” (Tejero), hizo fracasar la operación, él, Armada y otros próximos a Juan Carlos sirvieron de chivo expiatorio de un interés de estado. Porque lo que se buscaba era frenar una deriva política del país cada vez más peligrosa: un terrorismo de niveles desestabilizadores y unos separatismos cada día más insolentes y osados; un ataque sistemático y a menudo furibundo en los medios a cuanto significase unidad nacional (la propia palabra España se hizo casi tabú, como en la república),  sin olvidar el rápido deterioro de la salud social, con expansión galopante de la droga y la delincuencia. Todo ello en medio de una  crisis económica a la que no se vislumbraba salida. Tarradellas, uno de los pocos exiliados que había aprendido las lecciones de la historia, había advertido de la necesidad de un golpe de timón para enderezar una coyuntura que se iba de las manos a todos. Y se conocen los contactos y maniobras de unos y otros para preparar el evento provocando un “supuesto inconstitucional máximo” — con Tejero como peón inconsciente–  inspirado en la operación que llevó al general De Gaulle al poder en Francia  en 1958. 

    En los análisis del suceso ha solido dejarse de lado a Adolfo Suárez, el principal responsable de la situación creada, y que suele aparecer como víctima. Suárez,  un político de vuelo corraleño, desvirtuó la transición planeada por Torcuato Fernández Miranda de la ley a la ley y aprobada abrumadoramente en el referéndum de diciembre del 76; ignorante de la historia trató de congraciarse con quienes salían a la luz  sintiéndose  herederos del Frente Popular, haciéndoles concesiones innecesarias;  quiso  “olvidar el pasado” impidiendo cualquier respuesta a la creciente demagogia  izquierdista y balcanizante;  promovió una Constitución con artículos contradictorios y peligrosos, elaborada de manera poco democrática;  jugó a superar al PSOE por la izquierda y bloqueó una posible  unidad de acción con la derecha de Fraga, dinamitando de paso a su propio partido, la UCD.  He tratado en La Transición de cristal estos hechos poco atendidos u olvidados en muchos análisis  en beneficio de declamaciones emotivo-demagógicas o dudosamente democráticas. 

    La extravagancia política de  Suárez  dejaba muy pocas posibilidades de un gobierno capaz de afrontar la crisis. La UCD estaba en ruinas y Alianza Popular carecía de fuerza suficiente, además de chocar con la oposición irreconciliable de izquierda y separatistas. Suárez fue forzado a dimitir entre denuestos de casi todo el mundo –dato olvidado convenientemente cuando falleció–, dejando una herencia casi inmanejable. De ahí la solución golpista.  No voy a repetir lo ya sabido y que otros comentarán. Pero vale la pena señalar el sarcasmo de que quienes estuvieron involucrados al más alto nivel salieran indemnes a costa de los chivos expiatorios “fachas”.  La UCD, con Calvo Sotelo, demostró su ruina en muy poco tiempo, y finalmente pasó a gobernar el partido de los “cien años de honradez”.

La verdad es que si en aquel momento se hubiera sabido la verdad, las instituciones habrían quedado tan por los suelos y el país tan en peligro de anarquía que, en definitiva, se hace difícil imaginar otra salida que la habida, por injusta que sea. La moraleja es que la democracia un tanto echada a perder por Suárez ha permanecido tan chapucera como entonces, manteniéndose gracias a una inercia histórica cimentada en una larga paz, prosperidad y reconciliación mayoritarias, herencia del régimen anterior y que nuevamente ponen en crisis los demagogos.

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La persecución religiosa en España (y III) El catolicismo y la historia de España

Blog I. La matanza de Badajoz que asustó a los nazis: http://gaceta.es/pio-moa/matanza-badajoz-asusto-los-nazis-21022016-1621  

**Cita con la Historia, hoy: La expulsión de los judíos en 1492. www.citaconlahistoria.es

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(Estas consideraciones son parte de un capítulo del libro, de próxima publicación La guerra civil y los problemas de la democracia en España)

Desde luego, las acusaciones hechas a la Iglesia eran muy exageradas o puramente falsas pero, aun dándolas por reales, asombra la desproporción entre ellas y la saña del ataque. Es obvio que su causa auténtica no reside en tales pretextos. Creo que nos da una clave la excusa del diario azañista Política al describir los edificios religiosos como calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad. Naturalmente, cuanto se hiciera por extirpar aquellas instituciones enemigas de la razón, la justicia y la libertad, sería poco, y en todo caso no valía la pena afligirse por unas cuantas destrucciones y asesinatos más o menos.

    Ya Voltaire, en nombre de la razón, había dado la consigna Écrasez l´infâme (aplastad a la infame), compartida con más o menos pasión por las corrientes progresistas. La infame era ante todo la Iglesia católica, aunque podía ampliarse al calvinismo. Su aplastamiento sería una exigencia de la razón. Las ideologías, en cuanto a construcciones explicativas del mundo y de la sociedad  basadas intencionalmente en el culto a la Razón, venían a comportarse como religiones sustitutorias; y la religión a sustituir era, evidentemente, el cristianismo, considerado enemigo radical de la Razón.

   La fuente más profunda del empuje ideológico reside, a mi juicio, en su negación del pecado original, clave de la comprensión cristiana de la condición humana. Creo que ese mito describe, precisamente, el paso de la conducta instintiva e inocente del animal a la moral propiamente humana, al morder la fruta del árbol del bien y el mal. La acción se presenta como una desobediencia al mandato divino, en la cual queda implícita la idea de la libertad; y el hombre que se vuelve libre ha de aceptar no obstante las consecuencias, en gran medida penosas, de la pérdida de la inocencia instintiva. He citado otras veces los versos en que Walt Whitman expresa, inconscientemente, la misma idea: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos (…) No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”.  El ideal propuesto por las ideologías es la negación del pecado original, la libertad sin culpa ni malas consecuencias, sin responsabilidad en definitiva. Aunque por una paradoja solo aparente, esa libertad se anula a sí misma. El mito griego de Prometeo puede interpretarse de modo semejante.

  Tal vez esta explicación suene demasiado intelectualizada, puesto que desde luego los perseguidores no razonaban así. Pero, con sus muchas variantes o disfraces, en la condición humana persiste la añoranza por una situación en que los deseos se cumplen  sin obstáculos ni castigos, con derechos y sin responsabilidad, una imposible vuelta a la seguridad del instinto:  “La tierra será un paraíso”, rezaba una versión de La Internacional. Se entiende entonces que, de manera casi siempre confusa, los perseguidores de la Iglesia se ensañasen de modo especial con el gran obstáculo que durante siglos habría impedido al “pueblo” acceder a cotas inimaginables de libertad y felicidad, al paraíso en la tierra, por emplear el término simbólico. La iglesia era la gran opresora, tanto más cuanto que no ejercía su opresión exteriormente,  como el poder del estado, sino en lo más íntimo de la personalidad humana, aherrojándola con cadenas espirituales. Las ideologías parecían demostrar mediante la razón, que tales cadenas eran pura fantasmagoría al servicio de intereses prácticos inconfesables. Incluso el más analfabeto percibía oscuramente el fondo de la cuestión, que le movía a rebelarse con furia. Aunque conviene señalar que el aparato y los dirigentes más enconados de la persecución tenían muy poco analfabetos o incultos.

   Por su parte,  el catolicismo no era una doctrina política aunque tenía proyección sobre la teoría de la sociedad y el estado. No aceptaba la idea liberal de un asocial  “estado de naturaleza” superado por un “contrato”, sino que consideraba la naturaleza humana propiamente social y en su conducta social subyacía un fundamento de verdad más allá de las variables convenciones y acuerdos entre humanos, acuerdos que podían ser malvados. Los derechos básicos serían naturales, con fundamento transcendente, no producto de simples convenciones, y el poder venía de Dios pero debía ejercerse sin tiranía. A su vez, mostraba discrepancias con la economía capitalista, cuestionando que los acuerdos salariales y de condiciones de trabajo se dieran con igualdad entre las partes, y prescribía un “precio justo” y un “salario justo” muy difíciles de concretar.  

    Como fuere, la Iglesia podía acomodarse a diversos gobiernos e ideologías, excepto las que propugnaban un  estado totalitario y abiertamente antirreligioso. En España había convivido bastante bien con el liberalismo de la Restauración, con la dictadura (muy suave) de Primo de Rivera, y se había mostrado conciliadora con la república, incluso después de la pira de conventos y demás. También convivía con las democracias  europeas, y razonablemente con el fascismo italiano, en bastante menor medida con el nazismo, cuyo totalitarismo había denunciado;  y, hasta el concilio Vaticano II se había opuesto radicalmente al comunismo, por su ateísmo militante y excluyente y las persecuciones a que había dado lugar. En el Vaticano II se había impuesto, en cambio, el “diálogo con el marxismo”, que causaría graves daños a la Iglesia. 

   Otro punto esencial en esta cuestión es el del papel fundamental del catolicismo en la historia y en la misma configuración de España.  La latinización y catolización han sido el contenido fundamental de la cultura hispana ya en tiempos del Imperio romano y hasta hoy.  Posteriormente el proceso culminó con la formación de un estado nacional con los visigodos desde Leovigildo y Recaredo[1]. La cultura cristiana y latina y el precedente de la nación latino-goda, permitieron una Reconquista frente a la conquista islámica, que poco a poco rehízo la nación originaria, con la excepción de Portugal.

    Posteriormente, España desempeñaría un papel decisivo, inigualado por cualquier otro país, en la defensa de Europa y la cristiandad frente a la superpotencia otomana, que amenazaba por el Mediterráneo, donde su flota prevalecía, y hacia el corazón de Europa por Hungría y Austria. En el frente mediterráneo, España fue decisiva en la contención de los turcos, y también desempeñó un papel importante en el primer asedio a Viena. Debe señalarse que los turcos contaron con el apoyo de potencias cristianas como Francia o Inglaterra, así como del expansivo protestantismo. España también fue el principal dique a la expansión inglesa y a la protestante en Países Bajos y en Francia  durante el siglo XVI y parte del XVII, al paso que realizaba la  mayor obra de evangelización de la historia en América y el Pacífico.

   Como ya vimos, de estos hechos han extraído algunos historiadores y comentaristas la conclusión de que España y el catolicismo van estrecha y necesariamente unidos, siendo inconcebible una sin el otro. La realidad histórica es más complicada, según también observamos  en el capítulo anterior. El liberal siglo XIX fue probablemente el de mayor  decadencia de España, pero sus dirigentes seguían considerándose católicos en su mayoría. Y por lo que respecta al siglo XX, la autoproclamación católica del régimen de Franco, con aquiescencia y buena voluntad de Roma, no impidió que esta lo traicionase, por así decir,  en los años 60.

   Desde luego, Europa y con ella España han evolucionado en un sentido distinto del integrismo. Ese sentido ha traído grandes crímenes, guerras e inestabilidad, pero la idea integrista de unir España y catolicismo carece hoy de base más allá del reconocimiento de esa religión como la más fuerte raíz cultural de la nación, de la exigencia de respeto  y libertad para ella, y del reconocimiento de los tremendos crímenes que ha traído el intento de erradicarla (crímenes por los que no parecen sentir el menor pesar sus autores o quienes se identifican hoy con ellos).  Porque, en fin, con sus bienes y sus males, dicha raíz seguía y sigue viva. La persecución trataba de aniquilarla  para sustituirla por algo supuestamente superior, pero la pretendida superioridad queda perfectamente reflejada, moral e intelectualmente, en las propias características de la persecución.

  


[1] El significado de “nación” ha dado lugar a incontables discusiones, en su mayoría bizantinas. Aquí entiendo por nación una comunidad cultural bastante homogénea, como fue la Hispania latino-cristiana, con un estado propio. Estos dos elementos, comunidad cultural y estado propio, constituyen una nación. Cuando un poder nacional se expande sobre otras comunidades culturales hablamos de imperio.  Creo que esta definición evita muchas discusiones inútiles. Ver Nueva historia de España

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Persecución religiosa en España (II) Las explicaciones

Blog I. Franco no se alzó contra la república. Qué pasó tras las elecciones de 1936 (y II) http://gaceta.es/pio-moa/franco-alzo-republica-paso-elecciones-36-ii-19022016-1528

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La cuestión mayor es: ¿cómo explicar en un país civilizado conductas tan atroces,  que dejan atrás a los crímenes actuales del Estado Islámico? Muchos han culpado por ellas a la propia Iglesia. Azaña lo decía a un antiguo profesor suyo, agustino, que por azar había salvado la vida: “la ferocidad del todo o nada” de la Iglesia, no haberse “dejado cortar un dedo para salvar la mano”, hizo que “se perdiera la mano y todo el brazo”. “Los apasionados de la religión y del orden son los causantes no solamente de la desventura personal de usted y de sus compañeros, sino de las instituciones a que pertenecen”.  Solo que  aquellos “apasionados de la religión y el orden” habían aceptado la república y respetado su legalidad más que los republicanos y el propio Azaña, y habían insistido a este en que pusiera coto al proceso revolucionario previo a la guerra.  

  Azaña caía en la alucinación cuando aclaraba al pobre fraile: “¿No sabe usted que me pintan como un furibundo enemigo de la Iglesia católica? Es estúpido. Desde mi punto de vista, llamarme enemigo de la Iglesia católica es como llamarme enemigo de los Pirineos. Lo que no admito es que mi país esté gobernado por los obispos, por los priores,  las abadesas o los párrocos. A lo que me opongo es que los religiosos enseñen a los seglares filosofía, derecho, historia, ciencias. Sobre eso tengo una experiencia personal más valiosa que  todos los tratados de filosofía política”. Azaña había prometido demoler las tradiciones religiosas, facilitado la quema de templos, aulas y bibliotecas,  impuesto una Constitución no laica sino anticatólica, prohibido a la Iglesia la enseñanza –contra los deseos y derechos de muchos padres–, disuelto a los jesuitas y causado estragos en la cultura; no había movido un dedo para impedir la gran masacre…  y decía no ser enemigo de la Iglesia. Aun más estrafalaria es la suposición de que antes de él gobernaban el país los obispos o las abadesas, o la pretensión de que su experiencia particular valía más que todos los tratados de pensamiento político.

   La acusación de “ferocidad e intransigencia” a la Iglesia, aunque tenga algún punto de apoyo en el integrismo –siempre derrotado— es falsa, y podría aplicarse más bien a sus enemigos, que ya en el siglo XIX la habían despojado de bienes materiales, habían fomentado matanzas con acusaciones falsas como que los frailes envenenaban las aguas, habían disuelto las órdenes religiosas, etc.

   Imputación muy esgrimida, no solo por las izquierdas, también por comentaristas católicos y por conservadores, achaca a la  Iglesia haberse olvidado del “pueblo” para aliarse con “los de arriba”. El ensayista Salvador de Madariaga recoge, aunque con especial falta de sentido crítico,  las principales acusaciones a la Iglesia: “La Iglesia solía ponerse infaliblemente al lado de las peores causas de la vida nacional: apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora, el sacerdote había llegado a ser con excesiva frecuencia objeto de aversión popular”. Esta era la acusación más eficaz, asumiendo que el rico, el capitalista, era necesariamente un ladrón explotador, enemigo del “pueblo”. Y tendría sentido si la persecución se hubiera centrado en las jerarquías y los sacerdotes de los barrios acomodados. Pero se cebó en todo el clero, y de modo especial en el clero bajo, que subsistía a menudo pobremente y realizaba una labor social que, por cierto, no hacían los partidos de izquierda. La Iglesia sostenía una red de asilos de ancianos y desvalidos,  asistencia a enfermos, centros de formación profesional y de enseñanza para hijos de obreros, empleadas del hogar  y jóvenes sin recursos, algo tanto más apreciable cuanto que por entonces apenas existía seguridad social. Lo que hacía la Iglesia, mucho o poco, y desde luego no era poco, no lo hacía casi nadie. Y es bien significativo que Azaña  quisiera prohibir a la Iglesia la beneficencia, o que la quema de “conventos” de 1931  afectara a centros de formación profesional  o escuelas salesianas para obreros. La labor eclesial en esos medios irritaba especialmente a las izquierdas, creídas de que esas capas sociales debían ser monopolio suyo.

   Madariaga, nada anticatólico, recoge no obstante las acusaciones tópicas y abona otra más:  “La cultura católica española es de una riqueza incomparable (…) ¿Qué se hizo con ese tesoro? Absolutamente nada. Los maravillosos autos sacramentales de Calderón se solían dar, de cuando en cuando en el pórtico de alguna catedral católica… pero en Suiza. En España, los sacerdotes no los conocían y los obispos fruncían el ceño al oírlos nombrar. La noble música de Vitoria, Cabezón, Salinas, yacía enterrada en los polvorientos archivos de las catedrales (…); mientras en nuestras iglesias y catedrales predominaba la música ramplona y aun a veces callejera (…) Este ha sido el mayor crimen de la Iglesia española (…) por el que vinieron a pagar miles de sacerdotes”. 

  La denuncia puede tener alguna base, pero no basta para juzgar en bloque al clero. Este no solo sostenía un inmenso patrimonio cultural y artístico heredado del pasado, sino que realizaba un gran esfuerzo intelectual, a través de instituciones como la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP),  que rivalizaron dignamente con la Institución Libre de Enseñanza (ILE), uno de los focos del laicismo español, de mucho peso en la formación de la intelectualidad  y ambientes políticos;  de centros prestigiosos como las universidades de Deusto o de Comillas o de revistas de estudios muy variados. El Debate, órgano oficioso del partido católico CEDA, no era inferior al mejor de los demás diarios españoles. Más tarde el Opus Dei representaría un papel de considerable altura en la universidad y la investigación científica,  Debe recordarse, además, que los republicanos de izquierda, no digamos ya los obreristas, procuraron desde el primer momento cercenar la actividad cultural de la Iglesia. Y no eran ellos, tan propensos a acusarla de oscurantismo, los más indicados para hablar de cultura. El propio Azaña los calificaría de botarates loquinarios y codiciosos sin ninguna idea alta; descripción no del todo injusta.

   Se ha tachado también a la Iglesia por no haber cultivado a fondo el mundo sindical. El historiador José M. Cuenca Toribio y otros han incidido en esa deficiencia, y en su insuficiente proyección sobre el mundo intelectual y universitario. Es verdad que en los dos ámbitos la Iglesia perdía terreno desde  el siglo XIX, pero no por falta de esfuerzos, a menudo de gran aliento y que de ningún modo deben ser menospreciados. Quizá la insuficiencia de su influjo social y cultural obedeciera a no haber dado con el lenguaje adecuado a los tiempos, o no haber superado cierta esclerosis intelectual que venía de lejos;  pero, como sea, ni este ni ningún otro fallo justifican la monstruosa persecución.

   Como síntesis, cita Madariaga a “una lumbrera catalana”: “Los revolucionarios han destruido las iglesias, pero el clero había destruido a la Iglesia”. La lumbrera debía de ser el cardenal Vidal i Barraquer, a quien salvaba Companys por proximidad política. El absurdo de la frase salta a la vista: ¿qué necesidad tenían de actuar los enemigos de la Iglesia, si el clero ya la había liquidado? ¿O tal vez odiaban al clero ¡por haber destruido a la Iglesia!? Sin contar que los revolucionarios iban mucho más allá de la quema de templos.  La culpa era de la víctima. Caritativa frase en boca de quien se salvaba por afinidades con los separatistas, mientras sus correligionarios, incluido su obispo auxiliar Manuel Borrás, eran asesinados a racimos, sufriendo a menudo el tormento y la muerte por no renegar de su fe, y perdonando a sus verdugos. ¿Qué otra institución o grupo de personas podía presentar un balance parejo de sacrificio y reconciliación, se compartan o no sus ideas? Pero la lumbrera tachaba a las víctimas de destructoras de la Iglesia.

    Madariaga desvaría abiertamente cuando sermonea: “Al estallar la guerra civil, la Iglesia debió haber abierto los brazos como Jesucristo, a la  izquierda y la derecha (…) debió haber luchado por la paz y la unión, y por ellas muerto. Pero no. Desde el principio se puso de un lado solo (…) No era quién la Iglesia para declararse parcial, y menos parcial en pro de la fuerza”[1]. La fuerza estaba al principio, y masivamente, del lado del Frente Popular, el cual, sin esperar ninguna toma de posición eclesiástica, llevó al frenesí una persecución comenzada ya con la llegada de la república. La Iglesia se había mostrado precisamente conciliadora –en vano–, durante los años anteriores. Y la jerarquía eclesiástica tomó  postura oficial con la Carta Colectiva del Episcopado un año después de comenzada o recomenzada la guerra. Por lo demás, pretender que la Iglesia  pusiera en el mismo plano a quienes la exterminaban y a quienes la salvaban indica cierta perturbación moral e intelectual, como en las “explicaciones” de Azaña.

   Con todo, ha habido en la misma Iglesia una corriente justificadora del genocidio. Así, en plena hecatombe, el padre Lobo colaboraba con la propaganda comunista dentro y fuera de España, utilizando el verbo ideológico de la izquierda (“soy un hijo del pueblo”, etc.).  Ossorio y Gallardo, jurista democristiano y embajador del Frente Popular, “informaba” al exterior, con la más burda falsedad, de iglesias supuestamente convertidas en “fortalezas desde las cuales se tiraba con fusiles y ametralladoras”, naturalmente “contra el pueblo”. También colaboraron con el Frente Popular los clérigos separatistas próximos al PNV– similares a los que más tarde apoyarían los crímenes de la ETA–, y las tropas navarras fusilaron a 14 o 16 de ellos. Franco detuvo los fusilamientos, que los separatistas utilizaron para hablar de “curas vascos”, aunque obviamente no fueron fusilados por ser curas ni por ser vascos. De un grupo de sacerdotes catalanes salvados por los separatistas y afincado en el Vaticano, señalaba el cardenal Gomá, también catalán:  “Ha llamado poderosamente la atención el hecho de que los sacerdotes militantes del catalanismo hayan salido todos indemnes  mientras sucumbían a centenares sus hermanos”[2]. Aquellos curas presionaban en Roma contra cualquier reconocimiento al bando que libraba a la Iglesia del aniquilamiento.

   Un muy influyente intelectual democristiano de izquierda Jacques Maritain también maniobraba contra los nacionales, defendía al racista PNV, etc. Según él, “Es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo—por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxista, son cuerpo de Cristo—en nombre de la religión”. Comparación moralmente extraña: ningún sacerdote fue asesinado por fascista, sino por sacerdote. Y nadie lo fue por ser pobre, sino por razones bien distintas[3].    

   Maritain pesaría mucho  sobre el Concilio Vaticano II, después del cual la Iglesia se distanció radicalmente del franquismo. Fruto de la nueva orientación fueron actitudes como una resolución  propuesta en 1971 en la Asamblea de Sacerdotes y Obispos en Madrid, pidiendo “perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. De nuevo perseguidores y perseguidos quedaban en el mismo plano, con implícito desprecio a las víctimas y a quienes habían impedido  completar el genocidio. Y la súplica de perdón solo podía dirigirse a los verdugos y no a los salvadores. Por entonces sectores del clero amparaban a comunistas, separatistas y terroristas de la ETA buscando congraciarse con los partidos antaño perseguidores y luego reducidos a la impotencia por el franquismo.

    El Concilio Vaticano II aspiraba a renovar a la Iglesia y adecuarla a los nuevos tiempos del mundo.  Como decía una resolución de la citada Asamblea, la Iglesia debía “renovarse o decaer”. No está claro que la renovación propuesta tuviese mucho éxito,  pues fue como la señal para que gran número de clérigos ahorcara los hábitos, los seminarios se despoblasen, las asociaciones laicas como Acción Católica quedaran “en los huesos”, y la práctica religiosa descendiera a mínimos. Casualmente ha sido en Vascongadas y Cataluña donde la decadencia ha sido más pronunciada.  



[1] Las citas de Madariaga, en su obra España, Madrid, 1979

[2] Archivo  del cardenal Gomá, tomo I, editado por  J. Andrés Gallego y A. M. Pazos. Madrid, 2001.

[3] Maritain, uno de los ideólogos de la democracia cristiana, podía inventar cosas como que algunos teólogos españoles del siglo XVI sostenían que los indios americanos no eran seres humanos por no descender de Sem, Cam o Jafet: serían animales, de cuyos bienes y personas podrían adueñarse sin trabas los españoles. Nunca existió tal cosa, pero el supuesto servía para “explicar” los crímenes a su vez inventados o muy exagerados, que Las Casas  achacaba a la colonización española. Recientemente el papa Bergoglio se ha hecho eco de tales “memorias históricas”.

 

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