**Blog I. Por la independencia y neutralidad de España: http://gaceta.es/pio-moa/independencia-neutralidad-espana-07022016-1904
**Hoy en es radio, con Luis del Pino: Fernando el Católico y la situación actual: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-02-07/involucion-permanente-la-crisis-politica-97312.html
** El programa de “Cita con la Historia” sobre Fernando el Católico: www.citaconlahistoria.es.
**Por qué fue legítimo el alzamiento del 18 de julio de 1936: https://www.youtube.com/watch?v=LwKjuLHSn8o
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1. Un problema derivado del mencionado desfase consiste en la necesidad de ganarse el voto de los más o menos ignaros por parte de los supuestos sapientes. Ello obliga a simplificar al máximo el discurso y hacer promesas atractivas, aunque sean contradictorias o incumplibles: en ello estriba la demagogia. La cual debe señalar también un enemigo a quien culpar, llegado el caso, del fracaso en el cumplimiento de lo prometido. Naturalmente, quien promete demasiado corre el riesgo de perder elecciones, porque la gente común, pese a sus ideas primarias, no es insensata mayoritariamente. Pero existe una fracción popular (“franja lunática”, le llaman algunos) dada a creer cualquier superchería; fracción numerosa siempre, pero susceptible de aumentar, a veces espectacularmente, en tiempos de especial incertidumbre. Esa fracción llega a volverse decisiva cuando otros votos van más o menos igualados. En la república esa fracción creció espectacularmente, sobre todo en torno a los oligarcas anarquistas y socialistas, que prometían el cielo en la tierra. Hoy presenciamos un fenómeno similar, por ahora menos intenso.
2. La necesidad de ganar el voto de los más atrasados culturalmente empuja a una carrera entre partidos por halagar las expectativas y deseos más extravagantes y dañosos. Fenómeno bien notorio en los años de la llamada burbuja inmobiliaria y financiera, asociada en España a la introducción del euro, cuyas promesas de un crecimiento estable e indefinido han desembocado en una crisis sin precedentes. Y visible, también en la actualidad.
3. Otro error relacionado con la creencia en un poder del pueblo es la identificación de las libertades políticas con “la Libertad sin más”. El hombre es libre constitutivamente. Aun en el extremo de la esclavitud puede optar por aceptarla o rebelarse, por matar al amo, por huir, por provocar una rebelión más amplia… Es ridículo pensar que el ser humano solo accede a la libertad, después de milenios de opresión, gracias a la democracia liberal. En todos los sistemas existen ámbitos de libertad personal o, en expresión de I. Berlin, de libertad negativa o ausencia de coacción o intromisión estatal para que el individuo pueda actuar o no, a voluntad. Como observa Tocqueville, incluso las tiranías del pasado dejaban ámbitos de la vida social librados a la costumbre o a la iniciativa de las personas, en los que el poder no se inmiscuía o apenas. Por el contrario, la democracia tiende a orientar y dar normas para todo tipo de acciones de las personas, incluso las más íntimas.
4. Esta inclinación llegaría a ocasiones el “despotismo democrático”, previsto también por Tocqueville en La democracia en América. Un despotismo como jamás ha existido previamente, que penetraría “en el dominio de los intereses privados más habitual y profundamente de lo que haya podido hacerlo ningún soberano en la Antigüedad”, “Un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que los ciudadanos sean felices y de velar por su suerte (…) Absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, al contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) de este modo se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío (…) Siempre he creído que esta clase de servidumbre, reglamentada, benigna y apacible, podría combinarse mejor de lo que se piensa comúnmente con algunas formas exteriores de la libertad (…) Los ciudadanos se consuelan de su tutelaje pensando que son ellos mismos quienes eligen a sus tutores” “Si semejante gobierno llegara a implantarse, no solo oprimiría a los hombres, sino que a la larga les despojaría de los principales atributos de humanidad”.
5. Esta descripción concuerda con el programa socialdemócrata, una vez parte del marxismo perdió su violento ímpetu revolucionario a principios del siglo pasado y después de la crisis de los años 30-40. Y es visible en la actualidad, sin ser incompatible con el liberalismo, como se comprueba en la práctica. No precisa que todos los sectores oligárquicos vayan en esa dirección, basta con que las convencionalmente llamadas derechas tradicionales abandonen el terreno del pensamiento y no ofrezcan resistencia. Hoy, el éxito de un sistema y la felicidad de sus ciudadanos se miden por la renta per cápita, traducida en capacidad de consumo material y sexual (los negocios relacionados directa o indirectamente con la prostitución y el sexo son de los más extendidos y rentables). Cualesquiera otras consideraciones o valores se entienden como imposiciones al individuo, normas arbitrarias, sin base racional ni otro objeto que oprimir los deseos naturales de la gente en beneficio de alguna casta “reaccionaria”. Lo percibimos en las políticas de la UE, donde una burocracia casi todopoderosa y apenas representativa dicta constantemente normas y leyes para personas y naciones.
6. Tal despotismo, aunque obre con suavidad, dispone de recursos para perseguir y aplastar al disidente, silenciándole o marginándole de los medios de difusión y hasta condenándole a la muerte civil. O inventando delitos como el de “la incitación al odio”, aplicables en muchas direcciones y que pretenden coartar la libertad de expresión y regular los mismos sentimientos de las personas (la mayor incitación al odio en la UE se ejerce contra el cristianismo, pero a nadie se le ocurre considerarla delito). Y el uso de la demagogia y los grandes medios de difusión para infantilizar o embrutecer a grandes masas resalta claramente en nuestra época para quien quiera examinarlos.
7. Tocqueville señalaba que semejante perspectiva derivaba de la igualdad propia de las democracias, pero sabemos que esa igualdad es ilusoria. Lo parecía entonces en América por contraste con las entonces recientes sociedades aristocráticas europeas, basadas en el privilegio (“ley privada”). Pero la sociedad useña era inevitablemente desigual, pues su mayor igualdad ante la ley no impedía la formación de oligarquías políticas y económicas, aun si más flexibles y abiertas que las europeas. Tenía razón al estimar que un poder semejante privaría a los hombres de su humanidad, pero ¿sería ello posible?, ¿Puede impedirlo la mera diversidad de partidos? No necesariamente, sobre todo si los partidos comparten los criterios básicos (dirigir el bienestar y felicidad de los individuos) y compiten entre sí por adular al “votante medio”. Ningún sistema alcanza a satisfacer los deseos de la gente, porque son demasiado variados y exigen demasiados medios económicos, por lo que la frustración, antes o después, está asegurada. pero la tendencia existe, y puede prevalecer por un tiempo, gracias a las elecciones, y terminar en catástrofe para la propia democracia.
8. La pluralidad de partidos y su alternancia en el gobierno no basta, por tanto, para corregir el despotismo democrático. Tocqueville sugería que un modo de contrarrestarlo consiste en la formación de numerosas y variadas asociaciones ciudadanas de todo tipo, a las que no será fácil imponer un gobierno arbitrario por mucho que diga representar “al pueblo”. Probablemente. En España el asociacionismo está poco desarrollado, y ello aumenta el peligro.
9. La conclusión está clara: si no existe conciencia y vigilancia de sus peligros, la democracia puede y tiende a degenerar en su contrario, en una opresión susceptible de superar a cualquier otra, pues, como recordaba también Tocqueville, nunca se habían establecido regímenes con tal capacidad de imponer su poder sobre todos y cada uno de los ciudadanos. Dada la ausencia de un verdadero pensamiento democrático en España, estos problemas no se presentan siquiera a las mentes de los políticos, los periodistas y la gran mayoría de los intelectuales. En su boca, la palabra democracia suena a receta milagrosa para encubrir o justificar su falsificación del pasado y sus corrupciones de hoy, empezando por la corrupción intelectual.

