Los nuevos valores europeos

¿Qué se jugaba en la guerra de España?: http://gaceta.es/pio-moa/jugaba-guerra-espana-26112015-0745

**El legado del franquismo (II) : www.citaconlahistoria.es

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Sería muy conveniente hacer un análisis de los “valores” que han asomado en Francia con motivo del ataque yijadista. Algunos recomendaban derrotar a los islámicos llamando a las mujeres a maquillarse más, salir a la calle con tacones y acortar las minifaldas. Otros, a “celebrar” pasándose toda la noche oyendo rock a todo pasto, aunque protestasen algunos vecinos carcas, para demostrar a los musulmanes que no se les teme. Y así otras reacciones no faltas de significado. Uno se pregunta qué valores representa hoy la UE, aparte de unas pretensiones democráticas que tampoco le sientan muy bien como exclusiva.

  Hace cuatro años escribí en LD este comentario:

Aborto

Valores europeos

En junio pasado una tal Viviane Reding, comisaria de la UE para “Derechos fundamentales”, ha exigido al gobierno húngaro la retirada de una campaña contra el aborto. Se trataba de carteles en que un feto –una vida humana en gestación– rogaba a la madre abortista: “Comprendo que no estás preparada para tenerme, pero dame en adopción. DÉJAME VIVIR”. Llamamiento, como se ve, sumamente moderado y quizá respetuoso en exceso con los abortistas. La tal Reding se ha erigido en representante de los “valores europeos”, y ha exigido la inmediata devolución de fondos comunitarios con los que en parte se había pagado la campaña.

La noticia ha pasado casi inadvertida en los medios y sin embargo está llena de contenido. Que la comisaria se sienta la encarnación de unos supuestos “valores europeos” y sobre tal base intente reprimir no ya la libertad de expresión, sino a todo un gobierno que se supone independiente, indica dos cosas: una concepción de la democracia muy similar a la que tenían los nazis, y unas soberanías nacionales cada vez más sometidas a decisiones ajenas, tomadas por oscuras comisiones y sujetos que se proclaman representantes de los “europeos” sin que los haya elegido ni conozca casi nadie. Y el peligro de usar los fondos como instrumento de coacción o de soborno. Estas son realidades muy alarmantes, no nimiedades.

La tal Reding tiene sobre el aborto el punto de vista del feminismo: el feto viene a ser un apéndice del cuerpo de la mujer, una especie de tumor del que tiene derecho a librarse por cualquier conveniencia. Y para los feministas existe una conveniencia muy fuerte: la maternidad entraña una profunda diferencia de sexos (“de género” barbarizan), que ven como grave desventaja para la mujer. De ahí que las Reding traten de fomentar el aborto, sin admitir siquiera paliativos como sería la adopción. Por muy aberrante que a otros nos parezca tal doctrina, sus defensores tienen derecho a exponerla, desde luego. Pero no se limitan a defenderla, la imponen por medidas burocráticas desde el poder acompañadas de un masivo lavado de cerebro desde los medios de masas. Y esto, tan característico de los regímenes totalitarios, ocurre cada vez más en la UE, de lo que este incidente, nada menor, es un crudo indicio. Como significativo es también el adormecimiento ciudadano que deja pasar sin protesta el desafuero.

 Siempre he sido euroescéptico, y cada vez más. El europeísmo va contra la realidad histórica y cultural de Europa, nos supedita a poderes muy poco transparentes y al peso determinante franco-alemán. Los ingleses, más experimentados, se mantienen en un estar / no estar. Pese a que, culturalmente, son ellos los grandes beneficiarios: su idioma se va imponiendo de hecho como el oficial de esa Europa y sus valores

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El ambiente mundial está volviéndose más sombrío.

Blog I. “Romper los muros del gueto”: http://gaceta.es/pio-moa/romper-los-muros-gueto-24112015-1820

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Muchos no recuerdan  ya la euforia burbujeante de los tiempos de Aznar y Zapatero, cuando parecíamos haber pasado a una época de prosperidad estable e indefinida, según se nos había prometido con la entrada en el euro. La llegada de la crisis cambió de pronto el ambiente, llenándolo de preocupación e incertidumbre económica, agravada por las presiones separatistas y por la sensación de farsa y falsedad política causadas por el premio político a la ETA, por sus asesinatos y otros manejos similares. Rajoy intenta crear de nuevo euforia por la “superación” de la crisis, que ni siquiera en su aspecto económico es real.

También ha variado sustancialmente el ambiente, nacional e internacional, con respecto al optimismo creado por  el derrumbe de la URSS.  Surgió entonces un mundo “unipolar”, en el que Usa, y a remolque de ella la UE, iban a orientar al mundo entero por el camino de la paz, la libertad y la prosperidad.  Una especie de hybris mesiánica permitió, en nombre de la democracia, vulnerar soberanías y leyes internacionales y  agredir a diversos países que, por supuesto, de ningún modo podrían resistir la apabullante superioridad militar y  técnica de la única superpotencia y de la UE, aunque esta ha tendido más bien a dejar el trabajo duro a sus protectores useños.

Así, las intervenciones “de paz” en Somalia, Irak y Afganistán se saldaron con una gran victoria inicial para empantanarse a continuación en una guerra imposible de ganar. Recientemente comentaba un general francés la increíble realidad de que una coalición de países  con “dos tercios de los presupuestos militares del mundo, con el diferencial tecnológico más alto de toda la historia militar, no ha logrado vencer a unos 30.000 talibanes armados con Kalashnikof”. Ha sido un escarmiento, y desde entonces, las intervenciones se han vuelto más indirectas y aéreas,  menos sobre el terreno.

Después, las “primaveras árabes” eliminaron a un gobierno elegido más o menos democráticamente en Túnez, el país más europeizado del Magreb, para instalar otro semejante, de futuro incierto; en Libia, la agresión armada de Usa y UE consiguió destruir un país próspero hundiéndolo en el caos y la guerra civil. En Egipto la victoria electoral correspondió al islamismo integrista, un peligro inminente para Israel: se parcheó con un golpe militar y la correspondiente dictadura. En Siria, el intento de derrocar al “asesino” Asad ha provocado decenas de miles de asesinatos, una guerra civil de crueldad extraordinaria y el surgimiento del Estado Islámico.  Un efecto ha sido un alud de refugiados más o menos reales sobre la UE, refugiados que llegan imponiéndose y sin respetar leyes ni policía, quizá porque entienden que la UE tiene cierta responsabilidad en la situación creada en sus países.

El ambiente ha cambiado radicalmente, haciéndose más y más sombrío e incierto. El Estado Islámico, derrotar al cual parece exigir el esfuerzo unido de todas las potencias, es solo un aspecto de un problema bastante más amplio, que ha dado lugar a un resurgimiento sumamente agresivo de la yijad. Ahora el islamismo golpea en el corazón de la UE, donde existen minorías musulmanas cada vez más fuertes mientras se intenta cercenar la raíz cristiana de la cultura europea y se responde a los atentados con rasgos de histeria. El ambiente  social y político europeo ya no es, ciertamente, el de hace pocos años. Antes confiaba ciegamente en su capacidad de integrar a cualquier minoría, incluidas las  musulmanas, y se está percatando de  que, aparte de la posibilidad de ganar más dinero, esas crecientes minorías no sienten la menor admiración o respeto por el sistema occidental, que juzgan decadente.

Se da además la circunstancia de que países musulmanes con regímenes laicos y comportamientos  civiles occidentalizados están volviéndose más y más fundamentalistas, así en Egipto o Turquía, esta última presentada hasta hace poco como la única democracia del mundo musulmán, aun si tutelada por el ejército.

Mientras tanto, China, una gran potencia con poderosos intereses en un gran espacio asiático  tiene visos de convertirse en verdadera superpotencia  antes de muchos años.

Otro caso alarmante es la Rusia de Putin. La democratización de la URSS no fue un fenómeno especialmente feliz, como puede recordar casi todo el mundo. Durante muchos años Rusia se hundió en la insignificancia y la corrupción, con bolsas de miseria extendidas, hasta que con Putin optó por una política más autoritaria y disciplinada, aunque democrática todavía. El fortalecimiento de Rusia motivó un intento de cerco por parte de la OTAN, que Putin ha rechazado recobrando Crimea y tratando de impedir la plena caída de una Ucrania hostil en el ámbito occidental.  Y últimamente defendiendo al régimen de Asad, su aliado y por lo demás reconocido en la ONU, y atacando al EI, que tanto tiempo llevaba prosperando gracias a una extraña connivencia occidental y turca. El resultado es que Usa,  UE  y Turquía se han apresurado a sabotear la iniciativa de Putin, y de ahí pueden surgir conflictos mucho mayores y de resultado imprevisible.

 

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Un rasgo clave de Al Ándalus

 **Blog I: Del franquismo queda mucho más de lo que Pedro J supone: http://gaceta.es/pio-moa/queda-franquismo-22112015-2048

**”Cita con la Historia www.citaconlahistoria.es  Hoy hemos hablado del legado del franquismo en salud  social y otros aspectos.

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Un rasgo clave de Al Ándalus

Con permiso de Serafín Fanjul, el mayor especialista español en Al Ándalus, expondré una observación que no he visto muy comentada sobre aquella nación que otrora llegó a ocupar casi toda la península.

Cuando, entrado el siglo XI, el califato de Córdoba se vino abajo, y no por la presión de los reinos españoles sino por sus propios conflictos internos, se formaron las numerosas taifas de todos conocidas, reinos en su mayoría pequeños y a la greña entre ellos, dominados unos por oligarquías árabes y otros por magrebíes y eslavas. Y aquí está una clave de la mayor importancia para interpretar la historia de Al Ándalus: ninguna taifa, al parecer, fue gobernada por los muladíes, es decir, por los antiguos españoles cristianos que se habían transformado en andalusíes islámicos, con un radical cambio cultural, religioso e idiomático. El hecho es muy llamativo, por cuanto los muladíes constituían para entonces el grueso de la población autóctona, ya que la proporción de quienes habían permanecido cristianos –los mozárabes– había decaído fuertemente en los tres siglos anteriores hasta hacerse minoritaria.

Tampoco durante el emirato y el califato omeyas de Córdoba había sido muy halagüeña la posición de los muladíes, como no lo había sido la de los magrebíes o bereberes (los moros propiamente dichos), menos todavía la de los eslavos, que generalmente habían llegado a Al Ándalus como esclavos capturados por los vikingos en el este de Europa y traficados por mercaderes judíos desde Francia; estos esclavos constituían, con los también esclavos negros, el grueso del ejército andalusí. Quienes, con los omeyas, habían detentado el poder de modo casi general y absoluto eran los integrantes de la pequeña minoría árabe, convencidos de su superioridad racial, los cuales oprimían por igual a muladíes y a moros, cuyas revueltas aplastaban de forma despiadada. A su vez, los árabes estaban divididos en clanes muy mal avenidos entre sí. Por todo ello la historia de Al Ándalus puede describirse como una guerra civil casi permanente.

La razón de que eslavos y moros tomasen el poder en diversas taifas radicaba en su posición en el ejército. Debido a la desconfianza de los clanes árabes hacia la población local, el ejército andalusí era en parte mercenario y en parte esclavo, y siempre odiado por los andalusíes comunes. La parte mercenaria se componía sobre todo de moros de origen magrebí, también de algunas tropas cristianas; y entre los esclavos, una élite eslava llegó a convertirse en una especie de guardia pretoriana con aspiraciones políticas (a veces había sido masacrada por ello).

El fenómeno interesante, ya digo, es que a la caída de Córdoba los muladíes, la población realmente autóctona, permanecieron como la masa oprimida y sin apenas derechos, diríamos que como ciudadanos de segunda en su propio país, si el término ciudadano tuviera algún sentido en aquellas circunstancias. El dato ayuda a explicar cómo un país tan rico, poderoso y en algunos aspectos avanzado como Al Ándalus, resultaría al final vencido por durante varios siglos pequeños y pobres reinos españoles, formados en gran medida por campesinos guerreros, con muchos más derechos y mucho más identificados con su propio poder y misión de reconquista.

 (En LD, 22-1-2009)

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Hay que insistir en esto, con ruego de difusión:
1. Por odio a España, los separatistas han hecho de Cataluña la región más islamizada.

2. Al islam, como a los separatistas, les interesa una España debilitada y balcanizada.

.3. El islam aspira a recobrar Al Ándalus. Los separatismos favorecen su designio.

4. Islam y separatistas son aliados objetivos contra España

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Ricardo de la Cierva o la miseria intelectual del antifranquismo

Blog I. Por una democracia profranquista: http://gaceta.es/pio-moa/democracia-profranquista-20112015-0733

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Ha muerto Ricardo de la Cierva, uno de los historiadores más importantes de los últimos cuarenta años. El País apenas le ha dedicado espacio como “historiador franquista”, creyendo así denigrarlo. Lo que debiera ser denigrante es el calificativo de antifranquista, por ser sinónimo de manipulación y tergiversación. No por casualidad ese periódico empezó publicando anuncios de prostitución, es decir, participando en ese negocio. Todo un símbolo.

   Contra lo que muchos creen, mi deuda intelectual con La Cierva es escasa, ya que casi todos mis escritos de historia siguen otros rumbos y métodos; a pesar de lo cual hemos coincidido en bastantes conclusiones. En 2001, a raíz de un debate televisivo, escribí este artículo, valga ahora como necrológica:

Ricardo de la Cierva, el erradicado

Durante un debate televisivo, una catedrática de Historia contemporánea se jactaba de que Ricardo de la Cierva había sido “erradicado” de la actual historiografía profesional. “¡E-rra-di-ca-do!”, repitió con énfasis y mal disimulado cabreo, para aplastar a un colega que había tenido la malhadada idea de citar al historiador, convertido en tabú en la Universidad y en la mayoría de los libros de Historia: o se le silencia o se le despacha con alguna frasecilla displicente. Así entienden el debate intelectual esos pésimos historiógrafos, inquisidores vanidosos que se ensalzan a sí mismos como “serios” y “científicos”.

Contra Ricardo de la Cierva todo ha valido, desde las descalificaciones insultantes en la prensa al cúmulo de rumores personales y profesionales, calumniosos como suelen serlo, y en todo caso ajenos a cualquier pretensión de prueba, tan frecuentes en círculos universitarios y académicos, muy dados, por lo común, al chismorreo insidioso y muy poco al intercambio y discusión de ideas que debieran serles propios. El bajo nivel científico de nuestra universidad se manifiesta en sus trabajos, pero también en esa actitud esterilizante y cerrada al debate –aunque a veces, cuando se abre un poco, casi resulta peor–, mezcla de beatería de secta, de ansiedad de cada cual ante la posibilidad de ser “pirateado” (pues la tendencia a parasitar ideas ajenas está muy difundida), y de miedo a quedar en evidencia fuera de los clanes aquiescentes.

Quien, rompiendo el tabú –algo difícil, sobre todo para un estudiante–, compare los libros de Ricardo de la Cierva sobre la Guerra civil y otros hechos de nuestra Historia, con los de esas erradicadoras lumbreras, nota enseguida la superioridad del erradicado. El cual no les supera por sus tesis sino, ante todo, por el cúmulo de datos y documentación decisiva en que las apoya, y que sus enemigos (pues lo son, y no simplemente adversarios intelectuales) pasan sistemáticamente por alto o les dedican referencias vagas, y lo hacen precisamente por su valor demostrativo, demoledor de las tesis hoy en boga. Vale la pena observar de pasada cómo el descaro y falta de respeto a la verdad por parte de esos individuos acaba de manifestarse de nuevo en sus escasas y ridículas reseñas del libro de documentos soviéticos España traicionada.

Pero, se objetará, si es así, ¿cómo puede haber sido Ricardo de la Cierva tan eficazmente aislado en amplios ámbitos intelectuales y en casi todos los medios de masas? ¿Puede tener él razón contra casi todos los demás? De lo segundo, nada. Un número muy alto de profesores e historiadores comparte más o menos las tesis de De la Cierva, o reconoce, por la simple necesidad de estudiar la Historia, la veracidad de la mayor parte de ellas. Pero poquísimos se atreven a decirlo en voz alta y clara, pues existe un auténtico miedo a pasar por “facha”, a compartir las descalificaciones y desprecios tributados a aquel. Es más, no faltan quienes, estando de acuerdo con él en lo principal, se unen al coro de los despreciadores o destacan los defectos del erradicado (¿quién no los tiene?), en lugar de señalar, como sería ahora necesario, sus indudables aciertos. Pero Ricardo de la Cierva no sólo supera como historiador a quienes le proscriben, sino que además ha sabido sostener sus ideas contra viento y marea, con datos y argumentos, devolviendo los golpes en una actitud valerosa por desgracia muy poco seguida: de ahí la eficacia de su aislamiento.

Decía Churchill algo así como que el valor es la principal de las virtudes, pues sin él las demás naufragan. Ciertamente podría entenderse el desfallecimiento de tantos intelectuales si corrieran peligro, no ya de ser fusilados o de ir a la cárcel, sino simplemente de sufrir serios daños materiales. Pero no. El peligro consiste simplemente que les tachen de esto o de lo otro, y ante tan nimia amenaza, su amor a la verdad y a la ciencia flaquean. Y así está el panorama intelectual.

(En LD, 9-1-2003)

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Una explicación de la persecución religiosa en la república y la guerra

Blog I. ¿En qué consiste ser progre?: http://gaceta.es/pio-moa/consiste-progre-18112015-1726

El legado del franquismo, en “Cita con la Historia”: www.citaconlahistoria.es

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(…) Maritain influiría mucho  sobre el Concilio Vaticano II, después del cual la Iglesia se distanció radicalmente del franquismo. Fruto de la nueva orientación fueron actitudes como una resolución  propuesta en 1971 en la Asamblea de Sacerdotes y Obispos en Madrid, pidiendo “perdón porque nosotros no supimos a su tiempo ser verdaderos ministros de reconciliación en el seno de nuestro pueblo, dividido por una guerra entre hermanos”. De nuevo perseguidores y perseguidos quedaban en el mismo plano, con implícito desprecio a las víctimas y a quienes habían evitado el exterminio. Y la súplica de perdón solo podía dirigirse a los verdugos y no a los salvadores. De hecho, sectores del clero amparaban a comunistas, separatistas y terroristas de la ETA buscando congraciarse con los partidos antaño perseguidores y después reducidos a la impotencia.

    El Concilio Vaticano II aspiraba a renovar a la Iglesia y adecuarla a los nuevos tiempos del mundo.  Como decía una resolución de la citada Asamblea, la Iglesia debía “renovarse o decaer”. No está claro que la renovación propuesta tuviese mucho éxito,  pues fue como la señal para que gran número de clérigos ahorcara los hábitos, los seminarios se despoblasen, las asociaciones laicas como Acción Católica quedaran “en los huesos”, y la práctica religiosa descendiera a mínimos. Casualmente ha sido en Vascongadas y Cataluña donde la decadencia ha sido más pronunciada.     

   Desde luego, las acusaciones hechas a la Iglesia eran o muy exageradas o simplemente falsas pero, aun dándolas por reales, asombra la desproporción entre ellas y la saña feroz del ataque. Es obvio que su causa auténtica no reside en tales pretextos. Creo que nos da una clave la excusa del diario azañista Política al describir los edificios religiosos como calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad. Naturalmente, cuanto se hiciera por extirpar aquellas instituciones enemigas de la razón, la justicia y la libertad, sería poco, y en todo caso no valía la pena afligirse por unas cuantas destrucciones y asesinatos más o menos.

    Ya Voltaire, en nombre de la razón, había dado la consigna Écrasez l´infâme (aplastad a la infame), compartida con más o menos apasionamiento por  el pensamiento que se consideraba progresista. La infame era ante todo la Iglesia católica, aunque podía ampliarse al calvinismo. Su aplastamiento sería una exigencia de la razón, . En otro capítulo definimos las ideologías como construcciones basadas intencionalmente en el culto a la Razón, las cuales venían a comportarse como religiones sustitutorias,  al ofrecer  concepciones del mundo y de la vida humana con orden y sentido, al menos aparentes. La religión a sustituir era, evidentemente, el cristianismo, considerado enemigo radical de la Razón.

   La fuente más profunda de la potencia ideológica reside, a mi juicio, en su negación del pecado original, clave de la comprensión religiosa de la condición humana. Creo que ese mito describe, precisamente, el paso de la conducta animal, instintiva e inocente, a la conducta moral propiamente humana, al morder la fruta del árbol del bien y el mal. La acción se presenta como una desobediencia al mandato divino, en la cual queda implícita la idea de la libertad; y el hombre que se vuelve libre ha de aceptar no obstante las consecuencias, en gran medida penosas, de la pérdida de la inocencia instintiva. He citado otras veces los versos en que Walt Whitman expresa, inconscientemente, la misma idea: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos (…) No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”.  El ideal propuesto por las ideologías es la negación del pecado original, la libertad sin culpa ni malas consecuencias, sin responsabilidad en definitiva. Aunque por una paradoja solo aparente, esa libertad se anula a sí misma. El mito griego de Prometeo puede interpretarse de modo semejante.

  Tal vez esta explicación suene demasiado intelectualizada, puesto que desde luego los perseguidores no razonaban así. Pero, con sus muchas variantes o disfraces, en la condición humana persiste la añoranza por una situación en que los deseos se cumplen  sin obstáculos ni castigos, una imposible vuelta a la seguridad del instinto:  “La tierra será un paraíso”, rezaba una versión de La Internacional. Se entiende entonces que, de una manera casi siempre confusa, los perseguidores de la Iglesia se ensañasen de modo especial con el gran obstáculo que durante siglos habría impedido al “pueblo” acceder a cotas inimaginables de libertad y felicidad, al paraíso en la tierra, por emplear el término simbólico. La iglesia era la gran opresora, tanto más cuanto que no ejercía su opresión exteriormente,  como el poder del estado, sino en lo más íntimo de la personalidad humana, aherrojándola con cadenas espirituales. Las ideologías parecían demostrar mediante la razón, que tales cadenas eran pura fantasmagoría al servicio de intereses prácticos inconfesables. Incluso el más analfabeto percibía oscuramente el fondo de la cuestión, que le movía a rebelarse con furia. Aunque conviene señalar que el aparato y los dirigentes más enconados de la persecución tenían muy poco analfabetos o incultos.

   Por su parte,  el catolicismo  no era una doctrina política aunque tenía proyección sobre la teoría de la sociedad y el estado. No aceptaba la idea liberal de un asocial  “estado de naturaleza” superado por un “contrato”, sino que consideraba que la naturaleza humana era propiamente social y en la conducta social subyacía un fundamento de verdad más allá de las variables convenciones y acuerdos entre los humanos, acuerdos que podían resultar nefastos. Los derechos básicos eran naturales, con un fundamento metafísico, no producto de simples convenciones, y el poder venía de Dios pero debía ser ejercido sin tiranía. A su vez, mostraba discrepancias con la economía capitalista poniendo en duda que los acuerdos salariales y de condiciones de trabajo se dieran sobre una base de igualdad entre las partes, y prescribía un “precio justo” y un “salario justo” muy difíciles de concretar. Como fuere, la  Iglesia  podía acomodarse a diversas formas de gobierno e ideologías, excepto las que propugnaban un  estado totalitario que ocupase la sociedad y excluyese entre otras cosas la religión.  En España había convivido bastante bien con el liberalismo de la Restauración, con la dictadura (muy suave) de Primo de Rivera, y se había mostrado básicamente conciliadora con la república, incluso después de la pira de conventos y demás. También convivía con las democracias  europeas, y razonablemente con el fascismo italiano, en bastante menor medida con el nazismo, cuyo totalitarismo había denunciado,  y, hasta el concilio  Vaticano II se había opuesto radicalmente al comunismo, por su ateísmo militante y excluyente y las persecuciones a que había dado lugar. En el Vaticano II se había impuesto, en cambio, el “diálogo con el marxismo”, que causaría graves daños a la Iglesia.

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