Algunas comparaciones entre las dos guerras mundiales

 Blog I.  La ley contra la justicia. El caso de García Serrano: http://www.gaceta.es/pio-moa/ley-justicia-13032015-1430

 Próximo domingo, en Cita con la Historia: La democracia y el franquismo.  Un tema esencial para entender la evolución histórica y la actualidad

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  1. La Primera Guerra Mundial (PGM) se libró esencialmente entre regímenes liberales y parlamentarios, más o menos democráticos. Cada grupo, con un estato autocrático a su lado: Rusia (liberalizándose) y el Imperio otomano. La II Guerra Mundial (SGM) se libró entre ideologías con concepciones del mundo antagónicas.
  2. En la I Guerra Mundial jugaron muchos factores, como el imperialismo, el racismo, la diplomacia secreta al margen de los parlamentos… Pero esencialmente se trató de una guerra comercial. Según sintetizó Keynes, “Como en cada uno de los siglos anteriores, Inglaterra ha destruido a un rival comercial” La SGM fue esencialmente ideológica en Europa: comunismo, nacionalsocialismo y demoliberalismo.
  3. La PGM llevó al liberalismo y demoliberalismo a una crisis profunda, de la que nacerían las nuevas ideologías que protagonizarían la SGM.
  4. Churchill diría en 1936 a una revista useña: “América habría hecho mejor no inmiscuyéndose en la guerra. En la primavera de 1917 los aliados podían haber hecho la paz con Alemania, y entonces Rusia no habría colapsado y dado paso al comunismo, ni el hundimiento de Italia habría causado el fascismo, ni Alemania habría tenido que firmar el tratado de Versalles, que terminó dando la mayor fuerza a los nazis”. Pero no es nada seguro que en primavera del 17 se hubiera llegado a la paz, y lo demás también es discutible. En todo caso, en abril de 1917 se produjeron dos hechos históricos esenciales: el Estado Mayor alemán facilitó a Lenin el paso a Rusia (y luego financió su propaganda derrotista) y Usa entró en guerra, desequilibrando el empate de fuerzas.
  5. La intervención useña se preparó mediante campañas de propaganda (Comisión Creel) de tipo totalitario, imitadas luego por soviéticos y nazis.
  6. En la PGM, las alianzas se mantuvieron básicamente estables desde el principio al final. La SGM comenzó con un pacto entre nazis y soviéticos contra Francia e Inglaterra,  para evolucionar a una estrecha alianza entre los soviéticos y las democracias anglosajonas para destruir el nazismo.
  7. Tras la PGM, las potencias europeas, incluso las vencedoras, salieron muy “tocadas”. Con la SGM, Europa perdió definitivamente su hegemonía mundial, incluso la vencedora Inglaterra. El continente se dividió entre un gran sector dominado por la URSS y otro sector tutelado por Usa. También fue el principio del fin de los imperios europeos, el francés, el holandés y el inglés, especialmente. A plazo más largo, el belga y el portugués (que no participó en la SGM, aunque lo hizo en la anterior).
  8. Tras las dos guerras se abrieron paso programas y medidas que teóricamente harían imposibles nuevas guerras. Lejos de ello, las medidas tras la PGM crearon tensiones por doquier en Europa hasta provocar una nueva y devastadora contienda. Y tras la segunda vino la “guerra fría” entre los vencedores, que fue caliente en gran parte del mundo y se mantuvo solo como tensión en Europa gracias al temor mutuo por las armas nucleares (Vale la pena señalar que la implosión del Imperio soviético en 1989-91, volvieron las mismas ideas utópicas, que han dado lugar a nuevas guerras, sobre todo en  Yugoslavia, donde parece haber quedado resuelta,  y en el mundo árabe, de salida muy incierta.  Aparte de otras menores).

Por supuesto, hay muchas otras comparaciones posibles, que seguramente comentarán los amables lectores del blog

La I Guerra Mundial en “Cita con la Historia”:  https://www.youtube.com/watch?v=cwui-VEKsfY

 

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El ateísmo como culto a la diosa Materia

Blog I.  Beatería democrática y realidad histórica de la democracia: http://www.gaceta.es/pio-moa/democracia-historia-11032015-0837

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La oración”atea de Bertrand Russell al dios Hombre, aparte de su invocación sentimental a un orgullo sin sentido, expresa otro problema: el Hombre –en definitiva el espíritu humano divinizado– es débil y destinado a sucumbir ante la fuerza todopoderosa de la materia. Es decir, plantea de forma abrumadora  la contradicción entre espíritu y materia.  Por espíritu entendemos la capacidad humana de entender, desear y obrar en consecuencia, es decir, de dar un orden y significado a las cosas (a la materia, incluso a sí mismo) y de dominarlas. Podemos reducirlo a la voluntad. El espíritu humano trabaja con la materia que se le opone pero a la que puede subyugar según su voluntad… aunque solo parcialmente, demasiado parcialmente y temporalmente, pues ella, “indiferente al bien y al mal, implacablemente destructora” del espíritu y sus obras, se impondrá de modo ineluctable, y tal como perece cada individuo, perecerá finalmente la especie humana

   Sobre esa analogía, Russell concibe la divinidad como un espíritu  o voluntad que impone orden y sentido no solo a una pequeña parte de la materia, sino a la propia vida humana.  Su dios es, por tanto, muy poco poderoso. La omnipotente es la materia, a la que Russell no reconoce carácter divino, sino más bien lo contrario.  Como en la mitología nórtica, las fuerzas del mal terminarán  venciendo a los dioses y al hombre (que para el ateo  Russell vienen a ser lo mismo). Debe reconocerse que la religiosidad de Russell es muy pesimista e invita al suicidio: la vida humana solo tiene el sentido que le quieran dar los hombres, una idea absurda, como si hubiéramos de creer un genio a cualquiera que se proclamara tal. Debe haber algún criterio superior  al de la mera subjetividad humana, pues el criterio basado en esta, aparte de arbitraria, se autodestruye ante la perspectiva de la derrota final. Y ya que la materia es la verdaderamente omnipotente, deberíamos fiar a ella el criterio y considerarla divina. Esta viene a ser la tesis del marxismo o la de los panteísmos. La Naturaleza, es decir, la Materia, serían el dios real con todos sus atributos de omnisciencia, omnipotencia y justicia: el espíritu humano sería solo una de sus manifestaciones, insignificante o casi,  dentro de su poder omnímodo.

       Para los materialistas, las religiones tradicionales se explican como puras ilusiones al servicio de una ancestral opresión y explotación de las mayorías por algunas minorías. Pero, al ser ajena e indiferente al bien y al mal, la religión de Materia desvalora en definitiva al ser humano, y no es casual que los creyentes en ella se hayan sentido autorizados a masacrar masivamente a los no creyentes. Si, en definitiva, el ser humano no es más que una acumulación células, o de sustancias químicas, ordenada de modo especial, su valor y su dignidad no son mayores que los de cualquier otra manifestación de la materia que trituramos o deformamos a nuestro servicio, que la de los animales que sacrificamos para nuestra subsistencia, y todos aquellos que persistan en falsas ilusiones (en falsas religiones) pueden ser exterminados  sin mayor escrúpulo. El bien y el mal pierden cualquier carácter objetivo y general, son solo lo que los creyentes en Materia consideran conveniente y oportuno.

Pero la diosa Materia tiene inconvenientes semejantes a los del Dios (o dioses) espiritual seguido por la mayoría de las religiones: sus designios son impenetrables para el hombre, excepto en el sentido no muy consolador de que un día Materia, creadora del espíritu humano, lo destruirá. Pues evidentemente esa diosa es demasiado ajena e indiferente al espíritu como para pedirle algo o simplemente  para invocarla. Al respecto, el Dios espiritual tiene cierta ventaja, por  su mayor afinidad con el ser humano. La diosa Materia no puede fundar una moral, no puede dar mandatos a los humanos,  y estos no tienen más remedio que inventar  sus propias formas morales sin ningún otro fundamento que lo que creen conveniente para ellos. Conveniencia que tampoco pueden definir “los hombres”, sino solo algunos de ellos, los creyentes en la diosa. La fe en Materia se torna fácilmente autodestructiva.

    Al igual que en el culto ateo al Hombre, la creencia en la diosa Materia excluye  al Dios espiritual y al propio espíritu, que sería una manifestación secundaria de la materia, sujeta a leyes como las de la gravedad, por ejemplo, aunque más complejas. La religión espiritual sería necesariamente un error culpable de muchas miserias de la vida human. En cambio la creencia en un Dios espiritual (por tanto personal) subordina a la materia, pero no la excluye ni la condena, excepto en algunas concepciones gnósticas, que no por casualidad tienden también al suicidio       

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El ateísmo como adoración del Hombre

Blog I: La cultura, clave del futuro, desdeñada por los políticos: http://www.gaceta.es/pio-moa/cultura-clave-futuro-desdenada-los-partidos-09032015-1430

**Próximo “Cita con la Historia”: El franquismo y la democracia, un tema absolutamente clave y actual, sobre el que reina la mayor confusión

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Si el ser humano es religioso por naturaleza, si es ese su elemento más definitorio, es obvio que quienes se proclaman ateos o arreligiosos, no son lo que dicen, sino que simplemente sustituyen unas divinidades por otras. Para el ateísmo trivial, o vulgar, o costumbristas como quiera llamársele, su dios sería el dinero, al que rinde culto y hace sacrificios de diversos modos. Pero generalmente un ateo trivial no se declarará ateo, no piensa mucho en ello, no elabora su religión ni es muy consciente de ella.  Hay, no obstante,  ateísmos mucho más elaborados, que han demostrado con razonamientos a veces muy refinados que Dios no puede existir. Lo cual es verdad, porque la existencia del mundo  se supone causada por Dios, el cual por tanto estaría por encima  o más allá de su creación, de la existencia. Pero al negar la divinidad es preciso poner algo en su lugar. Esto es inevitable porque hasta el más racionalista debe aceptar que él no está aquí, no existe, porque lo haya querido, ni se irá por  su voluntad, ni puede determinar lo que le ocurrirá en sus “días de vanidad”. Ciertamente está dotado para desenvolverse en la vida, mejor o peor,  pero la razón de esa dotación también la ignora. Etc. Estos misterios  exigen la idea de un ser, una voluntad omnipotente, causante de todo.    

    Para muchos racionalistas, ese ser omnipotente,  dentro de una concepción evolutiva ( el progreso), es el Hombre. Basta echar la vista atrás para comprobar cómo el ser humano ha vencido todo tipo de dificultades, ha desvelado innumerables misterios, etc.;  ha cometido también enormes fallos –uno de ellos la creencia en dioses–, pero precisamente la nueva concepción arreligiosa puede cambiarlo todo. El sentido de la vida consistiría precisamente en desarrollar las ilimitadas capacidades humanas, en hacer en el más acá lo que la religión propone para el más allá. Aquí puede estar el paraíso o lo más próximo a él, gracias a la ciencia y la técnica, por medio de las cuales el Hombre manifestará su poderío, donde su voluntad  se hará prácticamente omnipotente, al menos para cumplir sus deseos, que es lo que realmente importa, si prescindimos de  preocupaciones desdeñadas como inútiles, ilusorias  o metafísicas.  Hombre y Progreso  serían las  nuevas divinidades, en realidad una sola divinidad con dos nombres, a las que rendir fe y culto, parte del cual serían la ciencia y la técnica. Esta concepción se desarrolló por algunas corrientes de la Ilustración, se observa en la masonería, en diversas formas de filantropía y, en general, en las ideologías progresistas.  También en el marxismo y el nazismo, cada uno a su modo.

   Obsérvese que la religión tradicional, al menos en Occidente, no implica desatención a la ciencia y la técnica (en algunos casos, sí); pero en la religión del Hombre y el Progreso quedan descartadas las demás religiones como retrógradas y propiamente antihumanas. Sin embargo, al Hombre le pasa lo que a Dios: que no existe. Se trata de una abstracción vacía, que cuando intenta concretarse da lugar a infinidad de hombres con capacidades, ideas,  intereses y sentimientos diversos, difícilmente armonizables. Por tanto, la divinidad Hombre debe imponerse sobre la diversidad humana marcando lo que es propiamente humano y lo que no. Pese a no existir, ese Hombre tiene sus propios sacerdotes (intelectuales y políticos),  que deciden qué es admisible y qué no, y no debe extrañarnos que en la práctica esa divinidad haya dado lugar a diversos totalitarismos.

   Persiste, además, otro problema, expuesto por Bertrand Russell en unas frases que, por lo visto, fueron muy apreciadas por la intelectualidad inglesa en otros tiempos, y que ya he expuesto en otras ocasiones por lo significativas. Las cita Maeztu en su Defensa de la Hispanidad, ensayo no muy agudo en mi opinión: Breve e impotente es la vida del hombre: el destino lento y seguro cae despiadada y tenebrosamente sobre él y su raza. Ciega al bien y al mal, implacablemente destructora, la materia todopoderosa rueda por su camino inexorable. Al hombre, condenado hoy a perder los seres que más ama, mañana a cruzar el portal de las sombras, no le queda sino acariciar, antes que el golpe caiga, los pensamientos elevados que ennoblecen su efímero día; desdeñando los cobardes terrores del esclavo del destino, adorar en el santuario que sus propias manos han construido; sin asustarse del imperio del azar, conservar el espíritu libre de la arbitraria tiranía que rige su vida externa; desafiando orgulloso las fuerzas irresistibles que toleran por algún tiempo su saber y su condenación, sostener por sí solo, Atlas cansado e inflexible, el mundo que sus propios ideales han moldeado, a despecho de la marcha pisoteadora del poder inconsciente. Debe reconocerse que la adoración del hombre a sí mismo en ese santuario resulta una idea algo extravagante y, desde luego, inútil tal como se plantea la cuestión,  invocando un orgullo en definitiva  vano, inconsistente.

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Un libro que debe leerse / Intención de una novela

Blog I: La sublevación de Casado como resumen de la Guerra Civil: http://www.gaceta.es/pio-moa/sublevacion-casado-resumen-guerra-civil-07032015-1107

El domingo, en “Cita con la Historia”, hablaremos de la guerra civil y sus mitos.

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 Francisco J. Contreras, Rafael Ramis, Francisco Carpintero, Vicente Bellver y Elio A. Gallego,  han publicado recientemente El sentido de la libertad. Historia y vigencia de la ley natural .Sus diversos ensayos tratan la historia de la ley natural desde la antigua Grecia, hasta la actualidad,  la bioética y la naturaleza de la familia. Pero la clave de todo el problema está en la consideración de los derechos humanos, que Contreras  expone como la versión moderna de la ley natural (aunque han sido declarados “humanos” un tanto en contraposición a “naturales”).  Solo he tenido tiempo de hojear el libro, pero ha sido suficiente para darme cuenta de que estamos  ante un texto fundamental, porque aborda muchos de los problemas centrales de nuestra actual civilización,  de los desafíos políticos e ideológicos a los que se enfrenta, explicando de forma sintética y clara las diversas posiciones intelectuales al respecto.  Tendremos ocasión de comentarlo más promenorizadamente.

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   “Dos palabras sobre su novela: me ha parecido desesperadamente pesimista, y me pregunto cuál fue su motivación o su intención al escribirla” (Higinio P. T.)

    La primera es una observación ya vieja: parece como si todos los personajes fracasaran, incluso Carmen en la educación de sus hijos. ¿Es pesimista? No sé qué decirle. Diría que los conflictos y luchas de los protagonistas valen por sí mismos, –o sabría decir de qué modo–,  independientemente de su frustración final  Pero repasándola mentalmente, me doy cuenta de que puede entenderse como muy pesimista, pues retrata a una generación que realizó esfuerzos ímprobos frente a la revolución y otros retos,  por lo que podría ser considerada la “Gran Generación”, al modo como en Usa se han referido a la que hizo la II Guerra Mundial..  pero que, en cambio, nunca fue  concebida como tal y es desde hace muchos decenios denigrada y despreciada. Por sus beneficiarios, precisamente.

   Mi objetivo al escribir la novela no  estaba claro. En parte “salió” así. Pero sí, tenía una intención: escribir un relato ni tremendista ni sentimental ni costumbrista ni ideologizada ni de cachondeo barato,  mediante los avatares de unos personajes no corrientes pero tampoco inverosímiles. Quería romper con todas las  tendencias literarias predominantes desde la posguerra, que personalmente me aburren, y hacer justicia a aquella generación. Es obvio que no lo he conseguido,ya que la obra se ha vendido demasiado poco para formar una tendencia o estilo o cosa así.; pero me ha dado la idea de escribir una trilogía –con personajes diferentes–: una segunda dedicada a la que podemos llamar generación del 98, y otra a la actualidad. Un proyecto que no sé si conseguiré llevar a cabo, tal como están las cosas.  

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¿A qué rinden culto los ateos triviales o indiferentes?

Blog I: La derecha política parasita a la derecha social: http://www.gaceta.es/pio-moa/derecha-politica-parasita-derecha-social-05032015-1025 

**Pasado domingo en “Cita con la Historia”: la edad de supervivencia de Europa, o cómo la civilización europea pudo colapsarse en sus inicios. https://www.youtube.com/watch?v=08iuMSIrnrs

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El sentimiento-intuición de una voluntad suprema absolutamente por encima de las voluntades humanas produce una mezcla extraña de terror –por su inconmensurabilidad—  de amor –por constituir la base y la  orientación de la vida–, y de angustia por la incapacidad humana para penetrar  con claridad los designios divinos. Estos sentimientos se manifiestan en la adoración o culto, que sería universal en el hombre. A este supuesto se oponen los ateísmos, de los que hemos visto un ejemplo, el ateísmo trivial, que he llamado costumbrista o indiferente, creo que no muy bien analizado en la entrada anterior. En definitiva, esa clase de ateísmo indiferente a la divinidad y la trascendencia, hoy tan común, vendría a negar la definición del hombre como animal religioso. Hay dos ateísmos en los que la adoración, el culto, se transfiere como veremos,  a otros conceptos: a “la humanidad”, es decir, al propio ser humano, o bien a la materia. El ateísmo trivial, costumbrista o indiferente  no  parece rendir culto a nada, en cambio. Sin embargo creo que examinado más a fondo, no es  del todo así.

  ¿No rinde culto a algo el ateísmo trivial? Para esa clase de ateos, la vida está ocupada  por  el consumo en un sentido amplio, sean automóviles, drogas, viajes, adornos, perfumes, vestidos, espectáculos…  o “cultura”, objeto igualmente de una “oferta” comercial superabundante. Todo ello generado hoy en masa por las industrias correspondientes. Y todo ello con un denominador común: el dinero. El individuo cuya vida está ocupada por el consumo y el entretenimiento rinde necesariamente culto al dinero, al “becerro de oro” de la mitología bíblica, el instrumento mágico que le permite acceder a aquellos bienes que dan sentido a su vida.

   El dinero tiene una ventaja sobre la divinidad transcendente, y es que está claramente aquí:  él y sus bienes pueden verse, palparse y medirse, no tienen mucho de fantasía.  Pero mantiene, sin embargo, un notable parecido con la divinidad: exige a su creyente esfuerzos, sacrificios y ritos: no concede sus dones a cualquiera o de cualquier manera. Y  también provoca una considerable angustia vital, por el temor a no conseguirlo, o a no conseguir todo el que se desea, por muchos esfuerzos que se hagan, o a perderlo una vez logrado. Pues el dinero es harto escurridizo  y en ganarlo o perderlo influye mucho la suerte, lo imponderable.  El culto al dinero ofrece, como el catolicismo, sus vidas ejemplares de santos, en este caso son aquellos que “han triunfado en la vida” ganando sumas cuantiosas de los modos más diversos, y cuyas ocupaciones y avatares son el contenido de innumerables publicaciones, revistas o películas. El dinero tiene su propia moral, si bien ambigua, dictada por el afán de “triunfar en la vida”, lo que solo está al alcance de una minoría, pero que hechiza a los demás, cuya vida gobierna.  Incluso tiene  sus propios sacerdotes: los publicitarios, las personas encargadas de trabajar la psique de los creyentes para encauzarlos ofrecerles incansablemente la felicidad de consumir y entretenerse.  Por supuesto, el consumo y el dinero son necesarios, o al menos no se ha inventado el modo de prescindir de ellos, pero aquí me refiero al ateísmo trivial, menos reflexivo que el ateísmo humanista y el materialista, el ateísmo para el cual el consumo y el correspondiente dinero constituyen el eje y justificación de la vida.

    Una consecuencia de la consciencia de la muerte es la necesidad psicológica de justificar de algún modo la vida personal, lo que suele hacerse por referencia a alguna ética. El animal no humano, vamos a decirlo así, no tiene esa necesidad porque su conducta es instintiva y carece,  que sepamos, de consciencia de su muerte. La justificación de la vida personal –la salvación—resulta en extremo dudosa y angustiosa para el creyente en la divinidad, mientras que para el adorador del becerro de oro parece mucho más simple: sus “santos triunfadores” le dan la clave. No obstante, también aquí son muchos los llamados y pocos los elegidos, con lo que la masa de ateos triviales ven su existencia sometida a la  frustración en medio de duros trabajos.

Creo, por tanto, que puede hablarse con propiedad de una religiosidad en el ateísmo trivial, con su correspondiente culto. El hombre seguiría siendo un animal religioso, pese a la apariencia contraria de esta clase de ateísmo.

   

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