SULPICIO: Voto a tal, que he estado escuchando con harta paciencia vuestros dislates en torno a la crisis, el ahorro, Hayek y demás. A mi modesto entender, Mauricio y Fabricio parten de una grosera falacia, aunque ellos, intelectualmente miopes, por no decir ciegos, sean incapaces de percibirla: suponen, más o menos, que el hombre dedica todo su tiempo y esfuerzo (en otras palabras, sus recursos) a producir y a consumir. Pero en realidad a consumir se destina poco tiempo, y a producir mucho más. Además, el tiempo de trabajo varía. Puede que Robinson deba dedicar algunos días muchísimo esfuerzo a la caza, porque esta se le dé mal, y otros días, en cambio, se le dé muy bien y en pocas horas consiga la ración de la jornada y hasta para la siguiente. Pero, en conjunto, tiene además largos períodos de ocio. Es en esos períodos cuando Robinson medita y se le ocurren ideas, como la de sustituir la lanza por un arco, o perfeccionar sus trampas. ¿Lo veis y lo entendéis? No puede sacrificar el tiempo de trabajo, es decir, ahorrar, porque entonces comerá menos, estará más débil, cazará también menos y puede que eso afecte a su capacidad de inventiva. Lo que sacrifica, si acaso, es el tiempo de ocio. Pasemos ahora de Robinson a Pepiño, a la sociedad, donde unos hombres se dedican a unas cosas y otros a otras, y no hace de todo cada uno: ¿de dónde proceden la mayoría de las invenciones y mejoras técnicas que aumentan la productividad? Del sector social que tiene más vocación y más tiempo de ocio. He leído el libro de un tipo que sugiere que la escritura, por ejemplo, con todo lo fundamental que es para la civilización, así como las observaciones astronómicas, que también tienen utilidad para la agricultura y la navegación, o la medicina, fueron desarrolladas sobre todo por las castas sacerdotales, es decir, por algunos elementos más vocacionales entre ellas. En la Alta Edad Media, que el individuo en cuestión llama Edad de Supervivencia, fueron los monasterios los que difundieron y conservaron muchas técnicas agrarias, además de servir de hospitales, de mantener la lectura y la escritura y de copiar los manuscritos de la cultura antigua . Por tanto, la inversión no nace del ahorro en el consumo, sino del ocio digamos creativo.
MAURICIO.–Voy a poneros, a ti y a Fabricio, dos objeciones cuyo peso aplastante dará con vuestros huesos vergonzosamente por tierra. Primero: ese ocio de las castas sacerdotales estaba sufragado por el trabajo de miles de trabajadores normales que llevaban sus ofrendas a los templos. Esas ofrendas suponían un ahorro evidente. Segundo, si por muchos que suban los precios no hay inflación, siempre que los ingresos de los consumidores hagan lo mismo, ¿por qué los precios tienden a subir, en lugar de permanecer estables? ¿Por capricho?
SULPICIO. -Veamos, Mauricio, vuelves a confundir a Robinsón, es decir, a un caso aislado del que se quieren extraer enseñanzas generales, con Pepiño, que condensa por así decir a la sociedad. Robinson dedica una parte de su tiempo a producir, otra parte menor a consumir, y otra, la más amplia de todas, porque incluye las horas de sueño, al ocio. No ahorra nada, y las innovaciones que le permiten mejorar su capital provienen del ocio. Es más, cuando consigue por medio de esas mejoras instrumentales cazar lo mismo en menos tiempo, su tiempo de ocio aumenta asimismo, a no ser que decida comer tanto que se ponga en peligro de morir de un atracón. Lo que hace Robinsón como persona aislada, lo hace la sociedad dividiéndose las tareas: unos producen y consumen, otros disponen de más o menos ocio. ¿Y qué pasa con ese ocio? Pues que unos lo vuelven creativo de diversas formas, otros lo usan solo para divertirse pasivamente –dando trabajo a la industria de la diversión–. Estos dos ocios tienen un valor económico, aunque pueden no tenerlo. Así, si Picio y Patricio se limitan a componer en su tiempo libre sus poemas para soltárnoslos a nosotros, su ocio no tiene valor económico; pero si convencen al alcalde de Porriño –Dios no lo quiera– para que le ceda el Gran Teatro Central de la localidad y dar un recital cobrando entrada, entonces tenemos un doble ocio con valor económico: el de nuestros dos insignes vates, que algo recaudarán, y el de los despistados que vayan a oírles…
FABRICIO.- Alguien dijo que desde el punto de vista económico el hombre es una máquina de producir y consumir, por lo que a efectos de nuestro análisis no hay por qué introducir otros aspectos, y menos fantasmas como el ocio creativo ese de que hablas. Hay lo que hay y se mide la actividad económica por lo que tiene de económico, provenga de una gran idea o de un tremendo esfuerzo físico mal encaminado. Porque observa, Sulpicio, siguiendo el ejemplo que antes me digné poner con el muy probablemente fallido intento de Picio y de Patricio de forrarse publicando libros de poemas, que una empresa ruinosa que invierte gran cantidad de dinero en convertir el granito en oro, tiene un considerable valor económico: ese dinero no se ha desperdiciado, sino que de él se han beneficiado el charlatán que tuvo la idea, los trabajadores que han participado en la empresa –al menos el tiempo que duró–, los abogados que luego llevaron los pleitos, etc. Una ruina puede ser rentable para muchos, nada se pierde.
PATRICIO.- No sé por qué echamos margaritas a los cerdos, y encima gratis, ¿verdad, Picio? Pero los verdaderos artistas tenemos que expresarnos, incluso ante públicos de gustos tan groseros como este… Yo no entiendo qué pretendes, Fabricio, con esas embrolladas razones, pero no has contestado a Mauricio: ¿por qué suben los precios si en definitiva da igual que suban o que no suban? Una pista: como no suben de forma homogénea, ni tampoco los ingresos, de ahí resultan grandes males para la sociedad, porque unos se arruinan y otros se enriquecen con la inflación, ¿no querías decir eso, Mauricio?
MAURICIO.- Bueno, en cierto modo. Pero sospecho que hay mucho más en el asunto.
PICIO.- El que unos se arruinen y otros prosperen, con inflación o sin ella, es lo más común en todos los países, hasta en el mismo Porriño. A mí me parece que si el conjunto de la población ha prosperado con la inflación, como así ha sido, la cosa no puede ser tan mala…
SALICIO.- Además, Sulpicio, ¿qué es eso de que con la ruina nada se pierde?
SULPICIO.- Veréis, estimables razonadores de humo, hay dos clases de ruina y una de ellas es la ruina productiva. Si tú montas una empresa que da en quiebra, mientras tan funesto resultado no ocurre está produciendo y pagando los más variados recursos, aparte de que el destino de la enorme mayoría de las empresas es la quiebra a plazo más o menos largo. No es lo mismo que destruir riqueza adrede. Pero incluso esa destrucción puede ser productiva. De hecho se está destruyendo constantemente riqueza, por ejemplo demoliendo edificios para hacer otros nuevos, o destruyendo o abandonando coches útiles para comprar otros mejores, o desechando ropa en buenas condiciones, o tirando comida… Lo que significa, o puede significar un aumento de la riqueza global. Aunque admito que en ciertas circunstancias puede ocurrir lo contrario.
SALICIO.- Pero…pero… ¿tú has oído hablar de la ventana rota de Bastiat?
SULPICIO.- Se trata de una falacia muy evidente, enamorado zambombero, porque se plantea desde un punto de vista particular, y no general. Alguien rompe de una pedrada la ventana de una panadería. El panadero ha de pagar una cantidad para repararla, lo que beneficia al vidriero. Pero el panadero pensaba comprarse un traje, y tendrá que prescindir de él, con lo cual el sastre se quedará sin cobrar. ¿Qué significa esto, en la práctica? Pues que lo que iba a cobrar uno lo cobra otro. El panadero queda fastidiado por tener que prescindir del traje, y el sastre también, porque el dinero que esperaba va al vidriero. Pero eso es, justamente, todo lo que ocurre: una redirección de los recursos. Unos pierden y otros ganan, pero la cosa queda, en el plano social, básicamente en las mismas circunstancias. Además, ante la necesidad de contentar a los clientes, quizá el vidriero idee un tipo de vidrio resistente a las pedradas, pongamos por caso. Lo cual, por satisfacer a los clientes, puede tener malas consecuencias para el vidriero, pues aunque al principio aumente la demanda, luego disminuirá, porque se romperán menos vidrios… Pero, bueno, esta es otra cuestión. Lo que queda claro es que, visto en conjunto, ahí no hay ningún perjuicio propiamente.
MAURICIO.- Bla, bla, bla… Y no habéis aclarado la inflación. ¿Por qué suben los precios si el efecto global de la subida es nulo, según vosotros?
