Ocio creativo, Robinson y Pepiño.

 

SULPICIO: Voto a tal, que he estado escuchando con harta paciencia vuestros dislates en torno a la crisis, el ahorro, Hayek y demás. A mi modesto entender, Mauricio y Fabricio parten de una grosera falacia, aunque ellos, intelectualmente miopes, por no decir ciegos, sean incapaces de percibirla: suponen, más o menos, que el hombre dedica todo su tiempo y esfuerzo (en otras palabras, sus recursos) a producir y a consumir. Pero en realidad a consumir se destina poco tiempo, y a producir mucho más. Además, el tiempo de trabajo varía. Puede que Robinson deba dedicar algunos días muchísimo esfuerzo a la caza, porque esta se le dé mal, y otros días, en cambio, se le dé muy bien y en pocas horas consiga la ración de la jornada y hasta para la siguiente. Pero, en conjunto, tiene además largos períodos de ocio. Es en esos períodos cuando Robinson medita y se le ocurren ideas,  como la de sustituir la lanza por un arco, o perfeccionar sus trampas. ¿Lo veis y lo entendéis? No puede sacrificar el tiempo de trabajo, es decir, ahorrar,  porque entonces comerá menos, estará más débil, cazará también menos y puede que eso afecte a su capacidad de inventiva. Lo que sacrifica, si acaso, es el tiempo de ocio. Pasemos ahora de Robinson a Pepiño, a la sociedad, donde unos hombres se dedican a unas cosas y otros a otras, y no hace de todo cada uno: ¿de dónde proceden la mayoría de las invenciones y mejoras técnicas que aumentan la productividad? Del sector social que tiene más vocación y más tiempo de ocio.  He leído el libro de un tipo que sugiere que la escritura, por ejemplo, con todo lo fundamental que es para la civilización, así como las observaciones astronómicas, que también tienen utilidad para la agricultura y la navegación, o la medicina, fueron desarrolladas sobre todo por las castas sacerdotales, es decir, por algunos elementos más vocacionales entre ellas. En la Alta Edad Media, que el individuo en cuestión llama Edad de Supervivencia, fueron los monasterios los que difundieron y conservaron muchas técnicas agrarias, además de servir de hospitales,  de mantener la lectura y la escritura y de copiar los manuscritos de la cultura antigua . Por tanto, la inversión no nace del ahorro en el consumo, sino del ocio digamos creativo.    

MAURICIO.–Voy a poneros, a ti y a Fabricio, dos objeciones cuyo peso aplastante dará con vuestros huesos vergonzosamente  por tierra. Primero: ese ocio de las castas sacerdotales estaba sufragado por el trabajo de miles de trabajadores normales que llevaban sus ofrendas a los templos. Esas ofrendas suponían un ahorro evidente. Segundo, si por muchos que suban los precios no hay inflación, siempre que los ingresos de los consumidores hagan lo mismo, ¿por qué los precios tienden a subir, en lugar de permanecer estables? ¿Por capricho?

SULPICIO. -Veamos, Mauricio,  vuelves a confundir a Robinsón, es decir, a un caso aislado del que se quieren extraer enseñanzas generales, con Pepiño, que condensa por así decir a la sociedad. Robinson dedica una parte de su tiempo a producir, otra parte menor a consumir, y otra, la más amplia de todas, porque incluye las horas de sueño, al ocio. No ahorra nada, y las innovaciones que le permiten mejorar su capital provienen del ocio. Es más, cuando consigue por medio de esas mejoras instrumentales cazar lo mismo en menos tiempo, su tiempo de ocio aumenta asimismo, a no ser que decida comer tanto que se ponga en peligro de morir de un atracón. Lo que hace Robinsón como persona aislada, lo hace la sociedad dividiéndose las tareas: unos producen y consumen, otros disponen de más o menos ocio. ¿Y qué pasa con ese ocio? Pues que unos lo vuelven creativo de diversas formas, otros lo usan solo para divertirse pasivamente –dando trabajo a la industria de la diversión–. Estos dos ocios tienen un valor económico, aunque pueden no tenerlo. Así, si Picio y Patricio se limitan a componer en su tiempo libre sus poemas para soltárnoslos a nosotros, su ocio no tiene valor económico; pero si convencen al alcalde de Porriño –Dios no lo quiera–  para que le ceda el Gran Teatro Central  de la localidad y dar un recital cobrando entrada, entonces tenemos un doble ocio con valor económico: el de nuestros dos insignes vates, que algo recaudarán, y el de los despistados que vayan a oírles…

FABRICIO.- Alguien dijo que desde el punto de vista económico el hombre es una máquina de producir y consumir, por lo que a efectos de nuestro análisis no hay por qué introducir otros aspectos, y menos fantasmas como el ocio creativo ese de que hablas. Hay lo que hay y se mide la actividad económica por lo que tiene de económico, provenga de una gran idea o de un tremendo esfuerzo físico mal encaminado. Porque observa, Sulpicio, siguiendo el ejemplo que antes me digné poner con el muy probablemente fallido intento de Picio y de Patricio de forrarse publicando libros de poemas, que una empresa ruinosa que invierte gran cantidad de dinero en convertir el granito en oro, tiene un considerable valor económico: ese dinero no se ha desperdiciado, sino que de él se han beneficiado el charlatán que tuvo la idea, los trabajadores que han participado en la empresa –al menos el tiempo que duró–,  los abogados que luego llevaron los pleitos, etc. Una ruina puede ser rentable para muchos, nada se pierde.

PATRICIO.- No sé por qué echamos margaritas a los cerdos, y encima gratis, ¿verdad, Picio? Pero los verdaderos artistas tenemos que expresarnos, incluso ante públicos de gustos tan groseros como este… Yo no entiendo qué pretendes, Fabricio, con esas embrolladas razones, pero no has contestado a Mauricio: ¿por qué suben los precios si en definitiva da igual que suban o que no suban?  Una pista: como no suben de forma homogénea, ni tampoco los ingresos, de ahí resultan grandes males para la sociedad, porque unos se arruinan y otros se enriquecen con la inflación, ¿no querías decir eso, Mauricio?

MAURICIO.- Bueno, en cierto modo. Pero sospecho que hay mucho más en el asunto.

PICIO.- El que unos se arruinen y otros prosperen, con inflación o sin ella, es lo más común en todos los países, hasta en el mismo Porriño. A mí me parece que  si el conjunto de la población ha prosperado con la inflación, como así ha sido, la cosa no puede ser tan mala…

SALICIO.- Además, Sulpicio, ¿qué es eso de que con la ruina nada se pierde?

SULPICIO.- Veréis, estimables razonadores de humo,  hay dos clases de ruina y una de ellas es la ruina productiva. Si tú montas una empresa que da en quiebra, mientras tan funesto resultado no ocurre está produciendo y pagando los más variados  recursos, aparte de que el destino de la enorme mayoría de las empresas es la quiebra a plazo más o menos largo. No es lo mismo que destruir riqueza adrede.  Pero incluso esa destrucción puede ser productiva. De hecho se está destruyendo constantemente riqueza, por ejemplo demoliendo edificios para hacer otros nuevos, o destruyendo o abandonando coches útiles para comprar otros mejores,  o  desechando ropa en buenas condiciones, o tirando comida… Lo que significa, o puede significar  un aumento de la riqueza global. Aunque admito que en ciertas circunstancias puede ocurrir lo contrario.

SALICIO.- Pero…pero… ¿tú has oído hablar de la ventana rota de Bastiat?

 SULPICIO.- Se trata de una falacia muy evidente, enamorado zambombero, porque se plantea desde un punto de vista particular, y no general.  Alguien rompe de una pedrada la ventana de una panadería. El panadero ha de pagar una cantidad para repararla, lo que beneficia al vidriero. Pero el panadero pensaba comprarse un traje, y tendrá que prescindir de él, con lo cual el sastre se quedará sin cobrar. ¿Qué significa esto, en la práctica? Pues que lo que iba a cobrar uno lo cobra otro. El panadero queda fastidiado por tener que prescindir del traje, y el sastre también, porque el dinero que esperaba va al vidriero. Pero eso es, justamente, todo lo que ocurre: una redirección de los recursos. Unos pierden y otros ganan, pero la cosa queda, en el plano social, básicamente en las mismas circunstancias. Además, ante la necesidad de contentar a los clientes, quizá el vidriero idee un tipo de vidrio resistente a las pedradas, pongamos por caso. Lo cual, por satisfacer a los clientes, puede tener malas consecuencias para el vidriero, pues aunque al principio aumente la demanda, luego disminuirá, porque se romperán menos vidrios… Pero, bueno, esta es otra cuestión. Lo que queda claro es que,  visto en conjunto, ahí no hay ningún perjuicio propiamente.

MAURICIO.- Bla, bla, bla… Y no habéis aclarado la inflación. ¿Por qué suben los precios si el efecto global de la subida es nulo, según vosotros?

 

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¿Puede la razón decidir la moral?

Blog I, ¿Existe un peligro musulmán?: http://www.gaceta.es/pio-moa/existe-peligro-musulman-12012015-1353

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Aunque el ser humano ha perdido en parte los instintos y entrado en la esfera de la moral, del bien y el mal, ello no supone un cambio radical con los animales. En estos también se percibe, de forma muy primaria, la presencia del bien y el mal, y sus complicaciones. Para un antílope, el bien será tener cómodamente al alcance un hermoso y fértil prado, y el mal lo representarán los felinos u otros animales dispuestos a matarlos y comérselos a ellos igual que ellos comen la hierba. Para cada uno, el bien y el mal están perfectamente claros. Solo que desde un punto de vista más amplio la cuestión se complica, porque lo que es un mal para el antílope es un bien para el felino. Hay una evidente complicación a la hora de definir e bien y el mal por encima de las apetencias e instintos particulares de cada cual. Algo semejante ocurre con el ser humano: a menudo el bien de unos es el mal de otros; y de un modo extraño, el bien se convierte a menudo en mal, y viceversa.

¿Tiene algo que decir la razón sobre esto, aparte de constatar el hecho?  Podemos definir la razón como aquella particularidad que sirve al hombre para satisfacer sus necesidades, comunes con las animales, aunque se diferencien de estas por estar mucho más diferenciadas en forma de deseos múltiples. De este modo, la razón sería el equivalente a las garras de los felinos  o a las pezuñas o el olfato de los herbívoros: un instrumento  directo que el ser humano lleva en su cuerpo. Ese instrumento se caracteriza por su capacidad para conocer  el entorno de modo más preciso y más diferenciado que los demás animales, conocimiento que le sirve para crear otros instrumentos no corporales, indirectos, es decir, las técnicas. La razón podría entenderse como un instrumento creador de instrumentos, pero siempre con el fin preciso de asegurar la supervivencia como en las demás formas de vida animal.

    La razón, por tanto, es poseída por cada individuo humano en mayor o menor medida, tal como entre los animales hay algunos mejor dotados de sus instrumentos naturales que otros. Y cada individuo humano percibe o cree percibir el bien y el mal según su propia conveniencia: es bueno lo que creo que me beneficia y malo lo que encuentro perjudicial para mis intereses y deseos. Este impulso natural de supervivencia se traduce en razonamiento: cada individuo entiende que solo tiene una vida, y  la valora lógicamente en función de las satisfacciones que obtenga. La razón está al servicio de esa supervivencia satisfactoria identificada con el bien. Pero está claro que la naturaleza no se ha dignado otorgar la abundancia de bienes necesaria para  que todos los individuos cumplan todos sus deseos, lo que induce a una lucha generalizada por obtener los bienes o arrebatarlos a otros;  hecho lamentable  que, llevado al extremo,  haría imposible la vida en sociedad, y por tanto la del propio individuo.

   Cada individuo percibe así — o razona– que su satisfacción  está por un lado limitada o frustrada por otros individuos y en parte asegurada por ellos. Situación contradictoria que puede hacerse muy penosa, pero inevitable. La razón individual, que en principio funda el bien y el mal, es decir, la moral, en la conveniencia de cada uno, comprende fácilmente la necesidad de establecer un equilibrio entre las apetencias de unos y de otros, de modo que todos los individuos  puedan sobrevivir, aunque muchos de ellos o la mayoría lo hagan precariamente. A esta forma de la razón por así decir colectiva  la llamamos justicia, y está tan íntimamente imbricada con la razón individual, que la convivencia se vuelve siempre inestable: solo hay que ver con qué hábiles razonamientos suelen  invocar los individuos la idea de justicia, de razón colectiva, de moral en definitiva, para defender o justificar sus intereses o conveniencias particulares. Es más, puesto que el disfrute de los bienes que satisfarían nuestros deseos es siempre desigual, se puede razonar fácilmente que la tal justicia no es más que un conjunto de justificaciones  “razonables” en beneficio de los más fuertes o espabilados (el marxismo razona exactamente así).

    Vemos, por tanto, que si una cara de la razón se dirige al exterior, como  la raíz de la técnica que permite al ser humano adaptar  la naturaleza a sus apetencias,   otra cara la dirige al interior, a la sociedad, a la que trata de organizar, pero que puede entenderse como un conjunto de justificaciones artificiosas de cualquier orden social. Obsérvese la gran diferencia de órdenes sociales, con sus respectivas morales, producidos todos por “la razón”.

   Para el marxismo, la moral no es más que un conjunto de normas basadas en seudorrazonamientos destinados a asegurar el poder y la riqueza de una clase social a expensas de la gran mayoría explotada, a la que se quiere convencer de que se trata de un orden divino. Ese enfoque es otra manifestación, y bastante poderosa, de la razón. El problema de la razón y la moral, del hombre como animal racional o como animal moral, queda harto confuso. Es más, parece que la razón derriba a la moral.

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¿Es la inflación un fenómeno ilusorio?

 

Blog I: Charlie, libertad de expresión e islamofobia: http://www.gaceta.es/pio-moa/charlie-libertad-expresion-e-islamofobia-09012015-1457

Hoy, domingo, trataremos la neutralidad española en el siglo XX. Un tema histórico-político esencial.

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FABRICIO.- Bueno, del dinero ya hablaremos…

PICIO.- ¡Cómo, ya hablaremos! ¡Si el dinero es la sangre, yo diría la esencia de la economía…! Además, si no te importa, Fabricio, tu visión de la época de 1945 a la actualidad me parece demasiado optimista. En esos años ha habido muchos ciclos y bastantes más crisis que las del 73 y 79 que has mencionado; y además, ¿tú tienes idea de lo que ha aumentado la inflación en todo este tiempo, tío? ¡Una burrada! ¡Y la que se nos viene encima con el petróleo, que se acaba, tío, se acaba! Fíjate que Usa está montando guerras por todas partes para asegurarse el petróleo, y en vano, una pura tontería porque, por mucho que guerreen, el oro negro se acaba de todas todas. Lo más que conseguirán es quedarse ellos con todo el poco petróleo que queda a costa de quitárselo a los demás, provocando una catástrofe mundial. Además, Usa vive de darle a la máquina de los billetes, estafando a los demás y provocando la inflación…

FABRICIO.- A lo peor tienes razón. Lo de la máquina de billetes, lo dejaremos: si de ese modo se pudiera vivir bien, todo el mundo imitaría la receta. Los alemanes lo intentaron  a principios de los años 20 y no les salió bien del todo. El petróleo, ya en los años 30 se decía que estaba a punto de acabarse, que no quedaba más que para diez o veinte años, eso no es nuevo. Pero si esta vez se acabase de verdad, se encontrarán remedios, nuevas fuentes de energía, a no ser que la inventiva humana se haya agotado también. Ya se está investigando y probando con coches eléctricos y demás, por ejemplo, aunque por ahora no sean rentables y vayan más despacio. Y si se consiguiera domar la energía nuclear de fusión… sería el no va más, todos los problemas energéticos quedarían resueltos.  Las crisis del petróleo de 1973 y 1979 sirvieron entre muchas otras cosas para buscar formas de ahorrar de combustible y para diseñar motores que consumían menos y rendían más. Hay que tener confianza. Sin confianza en el ser humano no vas a ninguna parte…

SIMPLICIO.- Eso último que has dicho me parece muy progresista, Fabricio.  Cuanto más Ser Humano, menos Dios, y cuanto más Dios, menos Ser Humano. Se lo he oído decir a gente muy culta.

FABRICIO.- Bueno, bueno…  En cuanto a la inflación y los ciclos: si con toda esa inflación y esos ciclos ha crecido  tan desmesuradamente  la producción y el consumo, la renta de los países desarrollados, es que la inflación y los ciclos no han sido un problema tan grave como suponía Hayek: un contratiempo, pero no un impedimento. Claro, en comparación con un crecimiento ideal, uniforme y sin altibajos,  los ciclos son bastante fastidiosos, pero también puede ocurrir que tanta perfección sea en realidad imposible.

SIMPLICIO.- ¿Y por qué tenemos que resignarnos a la imperfección? El Ser Humano es perfecto, al menos en potencia, y esa potencia debe convertirse en realidad, en progreso. 

MAURICIO.- Yo encuentro otra pega, camarada Fabricio, y es que solo consideras los aspectos puramente materiales, la comida y todo eso, pero ¿y qué me dices de asuntos menos materiales, como el arte, por poner un ejemplo? ¿Lo metes también en la producción?

FABRICIO.- Hombre, Mauricio, es evidente que escribir un poema no es lo mismo que cavar un patatal u ordeñar una vaca.  Pero el poema puede tener valor económico o no, depende. Considera, si te place, los poemas con que nos deleitan –es un decir– Picio y Patricio, o hace poco Salicio con su zambomba, sin cobrarnos un leru. Ahí no hay producción que valga, en sentido económico. Pero ¿y si recogen todos sus poemas en sendos libros y los ponen a la venta? Ahí sí puede decirse que existe producción y por tanto economía: alguien tiene que hacer los libros, lo que cuesta dinero; ponerlos en las librerías de Porriño, que también tiene su lado económico… Puede ser que no vendan ningún ejemplar, lo que sería muy doloroso pero por desgracia lo más esperable, y entonces Picio y Patricio perderían el dinero y el esfuerzo, la inversión, por así decir, no habrían estimado bien los gustos ilustrados de los porriñeses. Es sin duda muy triste y deplorable que el vulgo municipal y espeso sea tan insensible a la poesía, por lo menos a la de nuestros dos vates, pero estos pueden consolarse, en cambio, pensando en el aumento de la producción social  y en el bien que han hecho a muchas otras personas con los sueldos pagados al impresor, al  encuadernador, al distribuidor, por no hablar del leñador que corta los árboles, el empresario que los transforma en papel, etc.: ¡han contribuido al progreso y al bienestar humano, aun si ha sido a costa de su bolsillo, y eso no deja de tener mérito! Sus libros, además, podrán venderse como papel viejo a los traperos, con lo que estos también tendrán su parte. Nada se pierde en estos asuntos, si pasamos de considerarlos individualmente a considerarlos socialmente,

SIMPLICIO.- No  diré que no a todo eso que nos cuentas, preclaro Fabricio, pero olvidas un hecho fundamental: la prosperidad de los países capitalistas se ha construido sobre la miseria de  los países proletarios, mediante el saqueo del Tercer Mundo, el comercio desigual, por lo que los países ricos son cada  vez más ricos y los pobres cada vez más pobres…

 MAURICIO.- Venga, Simpli, eso es ya muy viejo. Si eres pobre, ¿qué te pueden quitar? Solo se puede quitar a los que tienen algo. Si quitas al pobre lo casi nada que posee, se morirá enseguida de hambre y ya no podrás quitarle nada de nada.  Además, los países desarrollados sacan la mayor parte de los beneficios del comercio entre ellos, sea desigual o no. Pero Fabricio, buen hombre, tú te planteas una robinsonada con lo de Pepiño y su mantequilla. Supongamos que Pepiño necesite dedicar diez horas para fabricarla. Pero decide construir un artilugio que le permita obtener más cantidad en la mitad de tiempo; ahora bien, construir ese artilugio le obliga a gastar cinco horas del tiempo que dedicaba a hacer la mantequilla y cinco más de su tiempo de descanso. Por lo tanto, para construir el artilugio tiene que sacrificar tiempo de trabajo y tiempo de descanso, y eso es el ahorro. Por tanto, el ahorro existe y es lo que permite la inversión.

FABRICIO.- No me parece un buen ejemplo, caro amigo, y ello en dos sentidos. Ante todo, Pepiño puede dedicar su tiempo a lo que le plazca o le exijan las circunstancias, pero solo puede ahorrar si prescinde de una cantidad de mantequilla ya producida, pues solo se puede ahorrar de lo que ya se tiene. Con lo cual solo conseguirá que la mitad de la mantequilla se estropee, sin que ella tenga la menor utilidad para la inversión que pretende;  y además se debilitará físicamente por insuficiencia de alimento, con efectos previsiblemente malos. Porque, ya lo indiqué antes, el consumo es también inversión: así como inviertes en mantener una máquina en buen estado o en comprar otra, inviertes también, mediante el llamado consumo, en mantener tu salud y tu vigor. En segundo lugar, el caso de Robinson no es exactamente el de Pepiño. La robinsonada es solo un ejemplo teórico, una especie de parábola sobre cómo podría funcionar una sociedad, que todos sabemos que no funciona así, pero puede orientarnos un poco… Mientras que con  Pepiño y la mantequilla he querido resumir el funcionamiento real de la sociedad…

PATRICIO.- Pero, maldita sea, ninguna sociedad produce solo mantequilla. La economía funciona como el comercio entre productos y personas muy distintos…

FABRICIO.- Eso es así si consideras la sociedad dividida entre sus numerosas actividades, pero si la consideras como un conjunto, todas las actividades, intercambios, etc., puedes reducirlas a una cosa: a la mantequilla. De igual modo que los diversísimos intercambios y actos económicos puedes reducirlos a su valor en dinero, al PIB de Porriño, por ejemplo, aunque yo prefiera aquí la mantequilla como signo de todo ello. De igual manera, las personas que componen una sociedad  son muy desiguales, se comportan de modos muy distintos, unos son vagos, otros laboriosos, unos listos, otros tontos, unos derrochadores, otros sobrios… Pero hablando en conjunto podemos reducir la sociedad a un solo ser humano, en este caso a Pepiño, que contrapesa y condensa todas las actitudes humanas desde el punto de vista económico: ¡Pepiño y la mantequilla! Es decir, la sociedad y la producción-consumo.

MAURICIO.-   Ya te contaré unas cuantas cosas sobre eso; pero volviendo a lo de antes, magnánimo tartaja, ¿acaso no puede sostenerse que en la época de 1945 hasta ahora ha habido dos tipos de elementos, unos proliberales hayekianos y otros prosocialistas keynesianos, más o menos mezclados, y que el auge económico se debe a los primeros, mientras que los aspectos insanos de inflación, intervención estatal, etc, a los segundos? Es decir, habrían prevalecido, en conjunto los elementos hayekianos, aunque con graves distorsiones ocasionadas por los keynesianos.

FABRICIO.- Verás, excelente pelaovejas, la inflación no existe…

TODOS LOS DEMÁS, A CORO.- ¿¡¿¡ Cómooooorrr?!?!?!

SALICIO.- Perdona un momento, Fabricio, y que insista en lo de Picio. Yo creo que nos están enredando al decir que Pepiño no ahorra nada si  restringe cinco horas de las diez que dedica a la producción de mantequilla, para construir una ordeñadora mejor, por ejemplo.  Claro que ahorra esas cinco horas. Además, como dice Von Mises, tal como funciona la economía con la expansión crediticia, debida, en fin, a la intervención del estado, “no hay forma de evitar el colapso final de todo auge”. Así que, o bien se provoca cuanto antes la crisis para acabar con la expansión crediticia, o se deja que todo siga igual hasta que el desastre y la ruina total del sistema monetario se produzca algo más tarde” ¡Chúpate esa!

FABRICIO.-  Atiende, camarada, si no prestamos atención a lo que decimos, nos pasaremos la vida dando vueltas a la noria. Pepiño solo puede restringir las horas que dedica a la producción de mantequilla si no necesita de esas horas “ahorradas” para cubrir sus necesidades; o bien si ha dedicado previamente cinco horas más de las habituales para tener de qué mantenerse mientras se “sacrifica” para conseguir la ordeñadora. En ninguno de los dos casos ahorra nada.  Si tú llevas cien lerus al banco, estás dejando de comprar mercancías existentes y provocando la pérdida de ingresos para sus fabricantes. Si todo el mundo hace lo mismo, ya puedes imaginar  la catástrofe para los fabricantes. A menos que esos lerus ahorrados no tengan en realidad mercancías en los que consumirse, lo que es absurdo. Eso no puede permitírselo Pepiño, es decir, la sociedad en su conjunto,  sin hundir su economía. En el plano individual, tú “ahorras”, es decir, dejas mercancías sin consumir pudiendo consumirlas. Pero en el plano general, social, lo que haces es facilitar dinero a los inversores para que produzcan más mercancías. No hay ahorro en el sentido de sacrificio actual con vistas al futuro, porque lo que consigues así es estropear ese futuro. Lo otro es organización del tiempo, que depende de muchas cosas. En cuanto a Mises, creo que ha tenido a bien hacer pronósticos errados. Cuando regía el patrón oro, ¿no había crisis y ciclos? Y desde principios del siglo XX no ha cesado la expansión crediticia sin que se haya llegado al desastre y la ruina total del sistema monetario como él pronosticó. Hayek estuvo muchos años esperando una repetición de la Gran Depresión del 29, porque sus teorizaciones lo exigían, pero  murió sin haberla conocido. Con todos los factores que Mises denuncia como conducentes al desastre inevitable, la realidad ha sido una expansión económica gigantesca. A menos que el período de tiempo necesario para que se cumplan sus predicciones sea mucho mayor que el que conocemos, ¿doscientos años, quizá? Pero creo que él nunca hizo un cálculo al respecto. Además, si me lo permites,  te diré que la promesa de un desarrollo lineal, sin errores, sin ciclos ni crisis ni sacrificios de ese tipo, me suena bastante a las promesas de los utópicos.

MAURICIO.- Pero Fabricio, te digo que todo eso son disparates. Entonces, ¿sostienes que la intervención del estado es beneficiosa para la economía? ¿Qué a más estado mayor prosperidad? ¡Vas de cabeza al totalitarismo! ¿Te gustaría que el estado determinase cuántas cabras podemos tener, cuánta leche vender, cuánta lana obtener…?

FABRICIO.- ¡Pero si eso ya ocurre en Europa, tío! El estado te dice  la leche que puedes producir,  te obliga a arrancar olivos o lo que sea. Yo no sostengo nada, muchacho racionalista hasta para fornicar (ver 11, 18 y 19 de mayo de 2009). Yo solo especulo, como creía que hacíamos todos aquí. Hayek ha alertado sobre esos peligros que dices, y me inclino a creer que con mucha razón. Pero tenemos estas pegas, ¿qué hacemos con ellas? En las sociedades humanas, según leí en algún sitio, todo es cuestión de proporciones y equilibrios. ¿Cuándo se vuelve excesiva la intervención estatal? Esto habría que verlo, pero parece que no siempre es mala. Además, oponer sociedad y estado de forma radical, ¿es razonable, tío racionalista? El estado no es ajeno a la sociedad, es parte de ella. Que tienda a comerse al resto de la sociedad es una cosa, y otra que una sociedad compleja pueda vivir sin algo parecido a un estado.

PICIO.- ¡Pues ya nos contarás tu teoría! Todas las que conocemos demuestran que las cosas no pueden ser como dices. Además, acabas de negar la realidad económica más evidente para cualquier ciudadano de a pie: la inflación. ¿Acaso no vemos todos como una oveja que valía diez lerus hace quince años vale ahora casi cien?

FABRICIO.- Maldita sea, yo no tengo ninguna teoría,  solo doy vueltas a todos eso. Y el dinero, ¿no es una medida del valor de las cosas? Supón que un alto  empleado de banca, cuyo trabajo es valorado en un sueldo de 20.000 lerus, tiene la delicadeza de comprarte por 100 lerus una oveja como mascota. Supón ahora que dentro de diez años la oveja vale 200 lerus y el bancario gana 40.000. Los valores se han multiplicado por dos, ha habido una importante inflación, pero, ¿qué ha cambiado? ¡No ha cambiado nada! Simplemente que dentro de diez años la medida del valor será otra, aunque sigamos llamándola por el mismo nombre. Es como si en vez de medir en  metros pasáramos a medir en decímetros, pero siguiéramos llamando metros a los decímetros. Por eso, cuando medimos el producto económico de un país, podemos hacerlo según los precios del momento o, si queremos compararlo con el de diez años antes, debemos deflactarlo según la moneda de diez años antes.

FELICIO.- ¡Rediez!  Entonces, ¿por qué nos fastidia tanto que suban los precios?

FABRICIO.- Nos fastidia si no suben también los ingresos. Pero en general y salvo algunas épocas pasajeras, hasta ahora los ingresos han subido más que los precios, porque no me negarás que el poder adquisitivo de la gente ha aumentado mucho en estos años, sin llegar la catástrofe que preveía Hayek. Los coches han subido de precio, pero  con lo que ganabas hace cuarenta años no podías comprarte uno, y ahora tú tienes uno y tu esposa Azulilis otro. 

MAURICIO.-  Pues explica entonces, genio,  por qué les da a los precios por subir. ¿Es que tienen esa manía, sin ton ni son?

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Recuerdos sueltos: Antonio Antelo y Luis Lavaur

Blog I: Circulos Gibraltar / No es el yijadismo, es el islamismo:http://www.gaceta.es/pio-moa/circulos-gibraltar-yijadismo-islamismo-07012015-1801

** Próxima sesión de “Cita con la Historia”, el domingo. Hablaremos de la tradición de neutralidad de España en el siglo XX, un tema histórico y político muy  actual

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El libro Los personajes de la República vistos por ellos mismos  (año 2000) va dedicado “a la memoria de Antonio Antelo y Luis Lavaur”. A los dos los conocí en el Ateneo de Madrid,  donde se amplió la ligera veta de misantropía que sospecho me aflige desde la infancia.  Ya he hablado en otras ocasiones del Ateneo y del ambiente pretendidamente intelectual y en la práctica todo lo contrario, reinante en él. No es que faltaran actividades, de hecho casi todos los días había al menos dos conferencias y alguna exposición de pintura o de cualquier otra cosa, alguna presentación de libros,  y por las noches sesiones de cine poco conocido, rumano por ejemplo. Gran parte de esas actividades venían de personas ajenas a la institución,  porque parecían dar prestigio;  otras de asociaciones dentro del propio Ateneo. La actividad era bastante intensa, pero muy dispersa y falta de cualquier sistema. En otras palabras, no creaban una verdadera actividad cultural ni servían apara mucho más que para el dudoso lucimiento de sus promotores. Por mi parte me empeñé durante unos años en darles mayor continuidad y objetivos más amplios, lo cual suscitó una oposición feroz de gran parte de las “fuerzas vivas”, un verdadero pozo de víboras de la llamada entre pueril y pedantescamente “docta casa”. Pude comprobar también la sustancia de “la juventud mejor preparada de nuestra historia”, pregonada por las antenas goebbelsianas de Mienmano, el vocacional asesino de Montesquieu: una infancia prolongada indefinidamente. Me divertía a ratos con la chifladura ambiente, pero guardo, en conjunto, un recuerdo penoso.

No todo era tan lamentable. Algunas personas sí mostraron interés por mis  propuestas y colaboraron en ellas. Dos de esas personas fueron Antonio Antelo y Luis Lavaur. A los dos los conocí el año que dirigí la sección de Historia de la casa: dedicamos el curso a los visigodos  por medio de un seminario con sesiones semanales, en el que participó  Luis García Moreno, quizá el mayor especialista español en el tema. El seminario culminó en un congreso internacional al que se aportaron numerosas conferencias y comunicaciones de diversas universidades españolas y algunas extranjeras.  De paso conseguimos una subvención de la ONCE para una revista, Ayeres, que pudo sacar  seis números sobre temas históricos muy variados, y  con la que intentaron quedarse unos pendejos, así como con el congreso mencionado. Así funcionaba la casa. Curiosamente,  Lavaur y Antelo eran  dos personajes  personal, política  e intelectualmente muy distintos, peor todavía, muy poco armonizables.

Lavaur había viajado mucho y como delegado de turismo había pasado trece años en Chicago, donde se había casado y divorciado. Escribía en revistas como  Razón Española, Estudios turísticos, La Nación Revista de Historia Militar o Ayeres, sobre temas tan diversos como las impresiones de algunos autores españoles visitantes de la URSS en los años 20, o el turismo español en la época de la Ilustración, o el siglo del Baedeker o el Grand Tour. También escribía pequeños ensayos como una comparación entre Franco y Cromwell, España y la Iglesia posconciliar, la represión de posguerra, etc.  Dejó, que recuerde, dos libros, un interesante  Masonería y ejército en la Segunda República (demuestra, entre otras cosas,  el origen del bulo sobre la petición de Franco de entrada en la orden), y Teoría romántica del cante flamenco, al que atribuye  un origen entre la ópera italianizante y los colmaos, negando sus supuestos orígenes gitanos. Poseía una valiosa biblioteca, con libros raros, acumulada durante muchos años

Antelo había sido profesor  de Historia universidades de Colombia, Puerto Rico,  España  (La Laguna y Barcelona, finalmente profesor emérito en la UNED), en Usa (Seattle y Boston), y publicado numerosos artículos y libros sobre historia medieval,  historia de Rusia (un interesante artículo en Ayeres). Guardo un libro suyo  dedicado,  Judíos españoles de la Edad de Oro (siglos XI-XII), que empieza citando de Américo Castro:  “La historia del resto de Europa puede entenderse sin necesidad de situar a los judíos en un primer término; la de España, no. La función primordial y decisiva de los hispano-hebreos es indisoluble, a su vez, de la circunstancia de haber vivido articulados prietamente con la historia hispano-musulmana”. Como se desprende, tomaba en serio  la tesis de “las tres culturas”, de las que la inferior sería la cristiana.

Precisamente esta era una de la causas de cierta antipatía que le profesaba Lavaur, quien estaba harto de las versiones de Américo Castro,  consideradas poco menos que dogmas en la universidades useñas. A mí me parecía ya entonces que la versión castrista tenía mucho de patraña. Realmente la cultura española es latino-cristiana y se desarrolló en lucha con la musulmana y con fuerte despego de la judía, aunque se dieran algunos episodios de colaboración e influencias mutuas. Y hablar de “historia hispano-musulmana” es a mi juicio un contrasentido, como he expuesto en Nueva historia de España.

Antelo, gallego de Santiago, era católico progresista, naturalmente antifranquista y un poco obsesionado con la CIA, a la que atribuía más males de los probables. Tenía excelente carácter  y un entusiasmo y espíritu mucho más juvenil que los grisáceos muchachos que preparaban oposiciones o exámenes en el Ateneo,  cuyos intereses, aparte los meramente profesionales o de trepa, apenas iban más allá del fútbol y  las relaciones con el otro sexo, o exhibían convicciones políticas ridículamente simples. Antelo se ganaba el aprecio de todos los que trabajaban con él, y un día los miembros de la sección de historia le  hicimos un homenaje en  la taberna La Cava de Yllán, en la Cava baja. El acto resultó muy bien, la cena fue excelente y sin embargo, mi mujer y yo, que vivíamos cerca y solíamos frecuentar el local, dejamos de hacerlo. ¿Por qué?  No hay ninguna razón lógica. Son esas cosas que ocurren “porque sí”.

Lavaur era de San Sebastián,  franquista pero escéptico en materia de religión y algo volteriano y burlón, con una veta ácida expresada en anécdotas características. En una charla sobre Maimónides, presente Antelo y entre elogios generales al filósofo hebreo-andalusí, citó un texto de este en que exaltaba las virtudes de la  sangrienta y dolorosa circuncisión sobre el anodino  bautismo o cosa por el estilo. El efecto fue un poco paralizante. En una presentación de masones que pregonaban las virtudes de la orden, hizo una pregunta: “¿Y siguen ustedes llevando el mandilito?”, recibiendo las miradas furiosas de los propagandistas. En una conferencia muy antifranquista del historiador jesuita García de Cortázar, le preguntó: “¿Cuándo piensan ustedes  perdonar a Franco haberles salvado la vida y traído de vuelta a España?”.

Personalmente me llevaba mejor con Antelo, pero intelectualmente estaba más de acuerdo con Lavaur. Con este tuve algún rifirrafe a raíz de una reseña inconveniente que hizo de la novela de Moh Ul-sih  El erótico crimen del Ateneo de Madrid, obra que se adelantaba a su tiempo y a cuyo autor apreciaba yo mucho. No obstante el enfado duró poco. Un día le pasé el manuscrito del Viaje por la Vía de la Plata: me invitó a tomar café en el Palace para darme su impresión — muy buena– y me exhortó a escribir en serio  en lugar de perder miserablemente el tiempo en las constantes trifulcas del Ateneo. Consejo excelente, al que no hice caso. Solo unos años más tarde logré percatarme de que estaba haciendo el tonto en aquel lugar y me dediqué a fondo a investigar  sobre la insurrección izquierdista-separatista  de octubre de 1934. De ahí saldría Los orígenes de la Guerra Civil. Para entonces él, que admiraba a Franco y hablaba con ironía del “franquismo prostático”, ya había muerto y lo sentí, porque el libro le habría gustado mucho.

   Lavaur había pertenecido a las juventudes comunistas en Guipúzcoa, y en la guerra había luchado en el bando rojo-separatista. Testigo de los asesinatos corrientes, vio lo bastante para que se le quitaran todas las ilusiones.  Casi de milagro se libró de la muerte en los combates de Peña Lemona  y, apresado con otros muchos, fue alistado en las filas del bando nacional (casi nunca se dice que una masa de prisioneros vascos, santanderinos y asturianos, pasaron al ejército de Franco sin que dieran a este ningún problema).

Antelo debía de ser por entonces demasiado joven para combatir. Cuando lo conocí en el Ateneo era profesor emérito en la UNED, y estaba harto de las zancadillas y pequeñas intrigas de aquel ambiente. Un día decidió trasladarse a Barcelona. Nos seguimos escribiendo. Su salud empeoró  con bastante rapidez y en una ocasión en que le telefoneé desde Madrid  me dijo su esposa que había fallecido unos días antes. No pude contener las lágrimas. Era tan bondadoso y buen amigo.

Con Lavaur  ocurrió de otro modo. Contrajo un parkinson  y cada vez podía valerse menos por sí mismo. Apenas lograba levantar los pies del suelo y en ocasiones se caía. Sufría “las indignidades de la vejez”, como citaba de Baroja. Terminó yendo a una residencia y a veces yo iba a visitarle, solo o con otros amigos. En una ocasión me mostró ejemplares de su obra sobre el flamenco. Debía de sentir próxima la muerte. Su expresión indicaba el deseo de que me llevara uno con su firma, pero no me lo dijo y me di cuenta de ello a destiempo, cuando lo dejé. Lamenté entonces mi insensibilidad.  Poco después  cogió una neumonía o algo así y fue trasladado al hospital. Duró ya muy poco  y mi conducta fue mucho peor. Lo visité y noté que se moría, no podía hablar prácticamente. Una mañana  me dijo en un susurro que volviera  por la tarde, posiblemente notaba la proximidad del fin. Pero estaba mejor que los días anteriores y parecía estar reponiéndose. No fui, por alguna causa que no recuerdo y desde luego poco importante, y cuando volví al día siguiente me dijeron que había muerto. Quizá quería decirme algo o simplemente tener a alguien a su lado en aquel trance, no sé si tuvo a alguien más, quizá a una amiga que le cuidaba. Cualquier persona un poco más sensible que yo se habría dado cuenta, pero así son las cosas.

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¿Es el hombre un animal racional?

Blog I: Viejas contradicciones  de los separatismos vasco y catalán:http://www.gaceta.es/pio-moa/contradicciones-los-separtismos-vasco-catalan-05012015-1256

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Dado que  en el programa de historia partimos de una audiencia baja, cosa inevitable por ser un medio de difusión limitada,  lo que nuestros oyentes hagan por darle  mayor difusión,entre amigos y conocidos,  mediante comentarios en las redes sociales,  enlaces, etc., será la única manera de desafiar la nefasta ley de memoria histórica y las tergiversaciones difundidas por los grandes medios de masas. Reiteramos nuestro llamamiento en ese sentido a cuantos crean que la labor que realizamos merece la pena. Muchas gracias a todos.

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Las definiciones se hacen situando el objeto a definir en un contexto más amplio, que se da por conocido, y señalando los rasgos que lo diferencian del resto de ese contexto.  Así, el hombre es un animal, damos por supuesto qué es eso, y lo diferenciamos de los demás animales atribuyéndole el rasgo de poseer la razón. A decir verdad, las diferencias son muchas más: la risa, el llanto,  la danza, la canción y otras muchas particularidades distintas de la razón diferencian también al hombre de los demás animales. Pero Aristóteles eligió la razón como la facultad más elevada del ser humano. La razón viene a ser la capacidad de relacionar  y comparar las cosas, o las impresiones de las cosas, abstraerlas y llegar a conclusiones. A decir verdad, podríamos definir al hombre no solo como un animal, sino como un ser vivo con esa característica particular, pues ningún otro ser vivo la posee, que sepamos. E incluso como un objeto del mundo capaz de razonar, pues los objetos inanimados tampoco poseen esa cualidad.

   Una cuestión es: ¿qué finalidad tiene la razón?,  ¿a qué sirve?  Debemos partir del escalón “animal”. Un animal podría definirse como un ser vivo con movilidad propia que usa para alimentarse, reproducirse, huir de la muerte (en vano, finalmente).  Esos fines también caracterizan al hombre como la base y la sustancia misma de su existencia.  La razón sería el “órgano”  distintivo gracias al cual el hombre puede “realizarse” como animal.  Su manifestación más evidente y precisa es la técnica. El ser humano mata a otros animales y se alimenta de ellos, pero carece de órganos apropiados para ello en su propio cuerpo; en cambio utiliza métodos y medios indirectos, es decir, la técnica, para lograr sus objetivos. La idea de la razón como un medio especial para lograr los objetivos comunes a los animales,  puede completarse con la idea de que la razón desvaría cuando se eocupa de otras cuestiones inmateriales o “metafísicas”. Así lo exponía “Javi” en los diálogos anteriores:   es la base misma de ideologías tan variadas como el marxismo, la masonería, ciertas corrientes liberales: la historia y la naturaleza humana se explican por el desarrollo de la razón –de la técnica, en definitiva—para satisfacer las necesidades y deseos humanos, que en nada esencial difieren de los animales. El pensamiento tecnocrático, por así decir, que reduce  el sentido de la vida humana a una creciente satisfacción de  los deseos animales y se mide por la renta per capita. Incluso se presenta como garantía de la paz y el progreso: si los seres humanos solo se preocupan de eso y dejan de lado falsos ideales, serán más felices y pacíficos y vivirán más a gusto.

   La primera observación al respecto es que los deseos humanos, incluso los más evidentemente animales, son muy variados, distintos y a menudo contrarios de unas personas a otras. Por lo cual conducen fácilmente al choque, volviéndose destructivos para la sociedad y en consecuencia para los individuos mismos. Inevitablemente sería preciso establecer normas sobre qué deseos y formas de satisfacerlos son admisibles, y cuáles no; es decir, cuáles están “bien” y cuáles están “mal”. Ello nos empuja a pensar que que el ser humano es, ante todo, un animal moral, más bien que racional, pues es la concepción del bien y el mal la que organiza, por así decir, a la razón. Cabría pensar: “pero es al revés: es la misma razón la que decide qué es el bien y qué es el mal”. Pero creo que no es así.  

  

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