Blog I, Importancia de Gibraltar (I) “¡Con la que está cayendo…”!:http://www.gaceta.es/pio-moa/importancia-gibraltar-i-cayendo-26112014-1916.
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FELICIO.- Perdonad, ¡oh magnánimos ordeñavacas de la ilustre villa de Porriño, cuya belleza y enjundia intelectual solo admite comparación, en Europa, con la de Becerreá! Por sugestivas que sean vuestras profundas divagaciones en torno a la crisis económica y la economía en general, reconoced que se trata de asuntos grises, pesados, tediosos… Escuchadme, os ruego: estoy indignado por la lectura de unos escritos de un tal Moa metiéndose con el feminismo…
SIMPLICIO.- ¿Se mete con el feminismo? Me huelo que ese tipo no puede ser progresista. ¿Quiere mantener a las pobres mujeres en la opresión tradicional, bajo la férula del machismo, que todavía perdura?
FELICIO.- ¡Pero qué dices, botarate! A quienes ha liberado el feminismo es a nosotros, a los tíos, y aun queda bastante para que la liberación sea completa.
FABRICIO.- Pásmasme, Felicio.
FELICIO.- Pero ¿acaso no tenéis memoria? ¿Tan rápido olvidáis lo que habéis vivido y aún vivimos, por desgracia? Diríase que los varones fuéramos todos unos déspotas del hogar, unos pichasbravas dedicados a poner los cuernos a nuestras esposas y a hacer el vago. Algunos siempre ha habido de esos, claro, pero ¿qué pasa con la inmensa mayoría? ¿Y qué pasaba no hace tantos años? Para empezar, tenías que tener muchísimo cuidado en no dejar embarazada a una chica, porque entones la presión social, amenazante incluso, te obligaba a casarte con ella y eran pocos los valientes que se resistían. Es más, muchas chicas procuraban quedarse embarazadas para obligar a los maromos a casarse. ¿Es así o no?
MAURICIO.- En cuanto a ese extremo, excelente Felicio, no me queda sino darte la razón.
FELICIO.- ¿Y qué era para un fulano la vida de casado? Para la inmensa mayoría suponía tener que mantener el hogar, lo que significaba trabajar como una mula, no solo la jornada normal, sino horas extras, pluriempleo, aguantar a jefes absurdos… Y cuando volvía a casa derrengado, ¿le esperaba la paz y el consuelo en el hogar? Nada de eso. Le esperaba una mujer gruñendo porque el sueldo no le daba para llegar a fin de mes, que si la carne estaba por las nubes, y contándole mil historias fastidiosas de la jornada, más los críos alborotando y riñendo entre ellos o quejándose al padre de esto o de lo otro, porque, claro, los críos venían enseguida. ¿Qué podía hacer el pobre hombre? Largarse cuanto antes hasta el bar de la esquina para beber un poco y relajarse con los amigos. Con lo cual, al volver a casa se encontraba con nuevas y mayores quejas de la señora, que si no me atiendes, que si no me haces caso, que si me tienes abandonada… Y no faltaban las que tomaban ese cuento como pretexto para ponerle los cuernos. Algunos se volvían alcohólicos, lo que no puede extrañar a nadie con experiencia del mundo, pero servía para humillar más a los miserables parias, que suscitaban el desprecio general. ¡Borrachos! No solo tenían que soportar una verdadera esclavitud sino que se les exigía ¡ser hombres!, ¡soportarlo estoicamente!, ¡incluso con alegría! ¡Sé hombre, tío, y no llores! ¡Anda, jódete y baila! La vida de los tíos era una auténtico calvario. Y encima, eso: está muy mal visto que te lamentes o reivindiques. En cuanto lo haces, te tratan de abusón, de chulo, de machista…
FABRICIO.- Admito, Felicio, que has pintado un cuadro muy realista. Es más, me has recordado muy vivamente mis experiencias familiares…
SULPICIO.- No obstante, eran los cabezas de familia, los que mandaban.
MAURICIO.- Hombre, Sulpicio, lo de cabeza de familia era un título honorífico, sin más, una especie de consolación para tontos… ¿Habría que concluir entonces, ¡oh Felicio!, que las mujeres han sido más hábiles para quejarse y que por eso casi siempre consiguen sus objetivos?
FELICIO.- Que se quejan con más habilidad, eso no admite duda. Sin embargo no siempre salen bien libradas. Te digo que los tíos debemos mucho al feminismo. Hoy, si dejas embarazada a una tía, pues es cosa de ella, no haber sido tan tonta. Que aborte o que haga lo que le dé la gana, pero tú no tienes por qué sentirte comprometido si no quieres… Tenemos mucha más libertad. Y la mayoría de las mujeres trabajan fuera de casa, eso ha sido una gran conquista, sobre todo para nosotros. Ya no tenemos que matarnos como antes para sostener el hogar y todas esas zarandajas. Además, la mayoría de ellas ya no quiere tener hijos, o como máximo uno o dos, lo que nos aligera a todos el trabajo y nos da más calidad de vida. Claro, muchas insisten, como mi Rojilis, en que compartamos las tareas del hogar, y ya lo hago un poco, de vez en cuando, pero eso siempre ha sido cosa de mujeres, a mí me da igual si la casa está un poco guarra, no tengo por qué compartir sus manías con la limpieza, el orden casero y esas gaitas… Salicio, si llegas a enmaromarte con Amarilis, recuerda estas lecciones.
PATRICIO.- Me parece que el pobre Salicio no tiene muchas esperanzas, desde que su Amarilis le rompió su zambomba stradivarius con la que tanto deleitaba a las ovejas…
SALICIO.- Hablas, ¡oh Felicio!, al sórdido modo de Mauricio. Tus barbaridades solo pueden conducir a las aberraciones de Mauricio, que afirma que la masturbación significa la cura de todos los males del amor y sustituye ventajosamente a este. ¿Qué sería de la humanidad si teorías como la tuya prosperasen? En dos o tres generaciones no quedaban seres humanos.
FELICIO.- Posiblemente, Salicio, pero, ¿y qué importaría eso? El hombre apareció sobre la tierra como quien dice ayer, si medimos en tiempo geológico, por lo que no sería raro que desapareciese en cualquier momento. ¿Por qué te preocupa eso? ¿Eres tú responsable de que la humanidad haya de continuar siglo tras siglo, milenio tras milenio? ¿Lo somos cualquiera de nosotros? ¿Nos ha impuesto alguien ese deber? Nosotros estamos aquí, en este mundo, porque le ha dado la gana a doña Natura, y nuestro único deber es ser lo más felices posible, pasarlo bien, aprovechar al máximo los años que la naturaleza nos da de vida, que con bastantes pesares nos obsequia también sin que nosotros los busquemos. Preocuparse de otra cosa es asunto vano, pues la naturaleza que nos hizo, que hizo a la humanidad, sin pedirnos permiso para nada, bien puede eliminar igualmente a los humanos, por las buenas, porque le dé la gana. La Naturaleza es sabia, sabe lo que se hace, ¿por qué habríamos de preocuparnos?
SULPICIO.- ¡Cómo que sabia, Felicio! ¡Sapientísima! Es más, insisto en que nos refiramos a ella como la Sapientísima, según expliqué en su momento y corroboró Patricio. (Ver http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/los-suecos-no-aman-a-las-mujeres-i-franco-vicioso-5116/)
SIMPLICIO.- Por otra parte, si la población bajase a la mitad, pongamos por caso, o a la cuarta parte o más, ¿no sería eso muy ecológico? ¡Estamos destrozando el medio ambiente!
SALICIO.- ¡Oh, santos cielos! ¡Lo que hay que oír!
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SIMPLICIO.- Pero Felicio, no dices más que memeces. ¿Acaso las mujeres no trabajaban más que los hombres? Atendían las faenas del hogar, del campo, sin límite de horario, y por las noches apenas podían dormir atendiendo a los niños pequeños; además, ya la fuerza física no es nada importante porque ya casi no hay guerras. Ya el hombre no es el único protagonista de la sociedad y las mujeres acceden legítimamente a la formación académica, a la vida laboral y la política. ¿No te gusta? Pues te jodes.
FELICIO.- Complejicio, ¿qué gansadas salen de tus protuberantes labios? El derecho a la estulticia es el más fundamental de todos los derechos, lo admito; sin él, ¿qué sería de nosotros? Pero como todos los derechos, no hay que abusar de ellos, y tú abusas, tú te excedes, tú estulteas más de la cuenta. La mujer vivía muy bien, en general. Si era de clase alta no trabajaba y si era de clase baja solía trabajar en la casa, ¿Una jornada más larga? Puede ser, pero más tranquila, la organizaba a su manera, sin ningún jefe que le diera órdenes ni le exigiera una cantidad de trabajo por hora. Y el dinero que ganaba el marido lo administraba ella la mayor parte de las veces. ¿O acaso tu madre trabajaba en otros oficios antiguos y todavía menos laboriosos? Y los niños, pues ¿qué culpa tenemos de que la Sapientísima los haya encomendado más a las madres que a los padres? Y ahí tengo otro motivo de loa al feminismo: eso de “nosotras parimos, nosotras decidimos” me parece espléndido. Significa que por primera vez, en lugar de pasarte a ti parte de la carga de los críos, aceptan libre y voluntariamente, sea abortarlos, sea encargarse en exclusiva de ellos. ¿Qué más se puede pedir? Por eso no me extraña que la mayoría de ellas prefiera no tener hijos. Si yo tuviera que parir, me negaría en redondo, así que me parece muy encomiable e igualitario que ellas hagan lo mismo… Todos somos más libres y felices. Además, esa vida académica, laboral y política que dices, la han inventado y desarrollado los tíos, y me parece muy bien que las mozas entren a saco en ella, si quieren, hay que ser generosos. Ahora bien, no niego que las féminas necesitan hombres como tú, que las comprendan, las protejan del machismo y las animen a emanciparse. Haz el favor de mantenerte sano para cumplir con tan bella misión.
SIMPLICIO.- Pese a tu detestable acritud, ¡oh Felicio!, algo en tus palabras me ha hecho reflexionar. Estas malditas y retrógradas diferencias entre hombres y mujeres, que persisten, no sé hasta cuándo… ¿No crees que vienen de la primitiva división de tareas entre los sexos? Los hombres se dedicaron a la caza, las mujeres a la recolección y a criar los niños… Los hombres, claro, se quedaron con la mejor parte, con lo más divertido, y de ahí que desarrollaran más los músculos, la agresividad y la correspondiente vida académica… Y ahí está la raíz de todas esas injustas diferencias posteriores.
MAURICIO.- Vamos a ver, Simplicio, ¿quién obligaba a las mujeres a quedarse con la peor parte? Además, la caza no eran tan sencilla y divertida, tenía sus riesgos. Las chicas podían ir por ahí tranquilamente en busca de frutas y raíces silvestres, charlando entre ellas, escuchando a los pajarillos y mirando las florecillas, era un trabajo agradable y entretenido. Pero la caza exigía mucha más atención, mucha más concentración. Por ejemplo, imagina que te encuentras de pronto, y sin refugio posible, con un mamut…
PATRICIO.- O con un tiranosaurio rex… O con un trilobites gigante…
MAURICIO.- Eso es, y no tienes adónde escapar, y si echas a correr la fiera te alcanza en un abrir y cerrar de ojos, y te ensarta en los colmillos o lo que sea. ¿Qué harías?
SIMPLICIO.- No se me ocurre nada, la verdad.
FABRICIO.- Los expertos aconsejan, en esos casos, quedarse quieto como una estaca. El animal se desconcierta, se te acerca, te mira, te olfatea, y cuando se cansa da la vuelta para irse. En ese momento, lo más útil y sensato es saltarle a la chepa –perdón, Fabricio– y agarrarse con manos y pies al pelo, a los cuernos o a lo que sea. La fiera corre como un demonio, se encabrita, da brincos, pero tú no te despegas a ella, porque sabes que te va la vida. Por fin, el tiranosaurio o lo que sea cae exhausto, sin fuerzas, lo más fácil es que le dé un infarto. En ese momento te apeas de él, corres hasta la aldea más próxima, y ya está: carne para todo el mundo durante una semana.
SIMPLICIO.-Reconozco que yo no tendría sangre fría para tanto…
FELICIO.- Pero como, además, a la gente le gusta la carne, los pobres cazadores se verían obligados a pasarse la vida correteando de aquí para allá en busca de presas, en jornadas agotadoras, a menudo para no conseguir nada y que luego, a la vuelta al hogar, las mujeres se enfurruñaran y les negaran sus favores. Siempre ha sido así.
SIMPLICIO.- Pero yo he leído, Felicio, que en realidad los cazadores se repartían la carne entre ellos y no dejaban casi nada para las mujeres y los niños.
FABRICIO.- ¡Bah, bah! Paparruchas. ¿Estaban allí para verlo los que dicen eso? Además, ¿acaso los hombres no trabajaban y se sacrificaban por la mujer y los niños? ¿No han seguido haciéndolo hasta hace nada, como explicaba Felicio?