Una apología de la masturbación

**Este domingo, en “Cita con la Historia” (Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde), hablaremos del fundamento histórico de la diada y del Valle de los Caídos

Programa anterior: http://www.ivoox.com/cita-historia-inicio-temporada-audios-mp3_rf_3470620_1.html

**Blog I: Anticlericalismo y libertad de conciencia:http://www.gaceta.es/pio-moa/anticlericalismo-libertad-conciencia-12092014-1718

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PATRICIO.- ¡Venga. Sulpicio, que está de broma el animal racional!

MAURICIO.- De broma nada, Patricio. La masturbación tiene una ventaja de entrada que incluso Sulpicio está en condiciones de entender: no compromete a nadie. Si tú te lías con una señora o señorita, siempre resultará que surgen discrepancias, diferencia de caracteres, formas de ser que chocan, etc., etc., y es inevitable que la fastidies o te fastidie ella. Fíjate en Salicio, cómo sufre el pobre desgraciado por su horrible Amartilis…Eso no ocurre con la masturbación, y si la naturaleza nos ha dado esa posibilidad es porque la naturaleza es sabia, que diría Moh Ul-sih. Tampoco tienes posibilidad de ocasionar embarazos no deseados ni de cargar con críos que, por mucho que los quieras, o te creas que los quieres, pueden ser un verdadero peñazo, y si no, fíjate en Castilla del Pino, que si se deja llevar por el sentimentalismo le estropean la carrera. O imagina los líos en que te puedes meter si te da por la opción sexual de la pederastia… La cosa no puede ser más conveniente, y sobre todo más racional…

PATRICIO.- Pero reconocerás, Mauricio, que es mucho menos satisfactoria.

MAURICIO.- Para nada, chaval, para nada. Con ayuda de la fantasía no resulta menos, y de paso desarrolla una facultad mental tan imprescindible como la imaginación. ¿Qué haríamos en la vida sin la imaginación?

PICIO.- Y de Mauricio en apoyo, aunque, la verdad, nada de lo que diciendo viene un pelo me gusta, hay que tener las muñecas inflables en cuenta. Hoy, con lo avanzada que está la ciencia, hacerse pueden muñecas con todas las ventajas de una mujer y ninguno de sus inconvenientes. En Internés lo vi tiempo ha.

FELICIO.- ¡Y a la inversa, Picio, muñecos inflables para ellas, o para los que practican con orgullo la opción homosexual! No seamos machistas…

SULPICIO.- Vamos a ver, mendrugo racional, ¿no te das cuenta de que así se acabaría la humanidad? ¿Te parece bien eso, tío loco?

MAURICIO.- Sostengo, arcaico sujeto, que con un poco más, muy poco más de tiempo y ciencia, los críos se harán en máquinas ad hoc, y nadie tendrá que cargar con ellos, bien sea que se ocupe el estado u oenegés de la tarea. Pero, objetarás, ante de que llegara ese feliz momento la humanidad se habría acabado. A lo cual yo y Bertrand Russell, que en paz descanse, replicamos: ¿y qué?, ¿qué nos puede importar? La tierra se ha pasado miles de millones de años sin seres humanos que la fastidiasen, y ha estado tan a gusto con sus virus, bacterias o diplodocus, o sin nada, así que dime, ¿qué falta hacía el hombre?, ¿no dicen los ecologistas que lo único que hacemos es fornicar el equilibrio natural? Además, antes o después se acabará la tierra, como han explicado los cosmólogos, de modo que, ¿importa mucho si es un poco antes o un poco después? En términos cosmológicos, eso no es nada. Las cosas hay que mirarlas sub specie aeternitatis, como hacemos los filósofos racionales.

FELICIO.- Voto a tal, que me horroriza lo que oigo. En otro tiempo la Inquisición te habría llevado directamente a la hoguera.

SALICIO.- Has de saber, absurdo Mauricio, que yo soy muy feliz con mis sufrimientos por Amartilis, y que no los cambiaría por todas tus satisfacciones en el paraíso de Onán.

MAURICIO.- ¡He ahí, Salicio, que has dado en el clavo sin quererlo! Sufres, pero te gusta, te muestras orgulloso de tus penas y nos las pasas por las narices, como diciendo: “Vosotros no conocéis este dulce tormento, esta deleitable servidumbre, no sabéis nada de la vida…” Esa es una de las razones por las que yo no soporto esas cosas: ¿a qué vienen?, ¿qué objeto tienen? Ni sabemos el por qué de ese impulso casi incontrolable por la supervivencia humana (menos incontrolable para quienes somos realmente racionales), ni tampoco por qué la supervivencia tiene que realizarse mediante esos actos sexuales, o por qué ellos van acompañados de placer. Y sin preocuparnos siquiera de aclarar esas cuestiones elementales para un ser racional, nos revolcamos en el fango de la irracionalidad. ¿Os parece lógico? ¿Os parece razonable? ¿O acaso vosotros sabéis el porqué de esas cosas y no me lo queréis contar?
PICIO.- Pasmados nos dejas, Mauricio.

MAURICIO.- Y os diré más, las habilidades de Onán tienen otra virtud: el igualitarismo. Porque con toda evidencia el acto sexual a dúo revela la más profunda desigualdad entre la mujer y el hombre, mientras que en esta otra práctica, más racional aun sin acabar de serlo del todo, la desigualdad pierde todo sentido…. Creo que debería dar la idea a la ministra extranjera Pipiana Kagaperlas, supongo que me subvencionaría con generosidad; después de todo a ella no le cuesta un duro, digo un leru.

SULPICIO.- ¡Cuidado, Mauricio! Podrías hacerte de oro, se te subiría a la testa y te haría cambiar: abandonarías este oficio, quizá no muy lucrativo, mas no por ello menos repleto de encanto, te irías a vivir a la Citi o a Manjatan, o fingirías no conocernos si con nosotros te topases por esos prados o tabernas… Pero tienes razón, pocas cosas hay más desiguales que eso que llaman hacer el amor, y con más desiguales consecuencias. El gobierno debería tomar medidas contra semejante abuso…Te has librado de mi alegre cayada. Por cierto, siempre me ha asombrado que a las mujeres les guste que las follen. ¿No es como muy humillante …?

MAURICIO.- Mira, Sulpi, esa es otra irracionalidad, y sobre eso hay mucho que decir, porque ¿acaso no es menos humillante para el sujeto masculino? Mas si te parece dejaremos el tema para mejor ocasión, pues si no, se pierde el discurso.

PATRICIO.- Pero aquí tenemos a Fabricio, antes tan parlanchín, y que no dice esta boca es mía. ¿Qué opinas, hombre, del asunto?

FABRICIO.- ¿Qué voy a opinar? Aquel gran poeta que fue Alberti ya elogiaba mucho las peras en sus memorias, se ve que las practicó a mansalva. En cuanto a mí, de puro irracional que soy, prefiero el amor mercenario, ya que las mujeres, debido a su ceguera para los valores espirituales y excesiva vista para los corporales, no quieren saber nada conmigo, a menos que les pague.

SALICIO.- Ja, ja, me imagino a Fabricio declarándose: T…t……te…te…q…q…quie…quiero. Tiene que ser un espectáculo.

FABRICIO.- Cállate, bestia, y mira en tu interior tus porquerías.

SALICIO.- Bueno, hombre, perdona. Ya sabes, como dice el refrán, la mierda ajena a todos nos huele peor que la propia.

PATRICIO.- Mas yo te diré, Mauricio, que lo que contaba Felicio esta tarde en los amenos praderíos, antes de que la galerna empezase a rugir, y que me habéis repetido poco ha, me refiero a las palabras de Moh Ul-sih, es completamente falso. Yo os diría que aún en ausencia de placer físico inmediato, la afición de los hombres por las mujeres y viceversa, dejemos aparte la cosa homo…, es tan fuerte que incluso sin ese placer nos apasionaríamos. Fíjate, si no, en la intensidad del amor romántico y del platónico, en la Laura de Dante o en la Beatriz de Petrarca…

FABRICIO.- Al revés, poetastro, al revés.

PATRICIO.- Bueno, da igual…

FABRICIO.- Además, Petrarca confesaba que le gustaría haber estado libre de los deseos de la carne, pero que mentiría si lo afirmase.

MAURICIO.- Lo cual multiplica, si posible fuere, la absurda irracionalidad de todo el asunto.

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Conveniencia de la educación cristiana

Blog I: Un programa de historia único:http://www.gaceta.es/pio-moa/programa-historia-unico-11092014-1629

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La enseñanza cristiana en la escuela me parece muy conveniente, y no sólo porque la pida una gran mayoría de padres. Lo lamentable sería que dejaran de pedirla. Por resumirla mucho, podemos sintetizar la instrucción cristiana en la enseñanza y comentario de los Diez Mandamientos, más la historia y cultura ligada a ellos. Esos mandamientos condenan la corrupción económica y sexual, la mentira y la calumnia, prohíben matar salvo en defensa propia, prescriben honrar a los padres, es decir, en sentido amplio, a la tradición y el legado cultural heredado, hablan de deberes además de derechos, y de la responsabilidad ligada a la libertad etc.

Lógicamente estos mandamientos no pueden gustar a los hedonistas ávidos de fondos públicos y de toreo de alcoba, convencidos de que la historia empieza, y acaso termina, con ellos, pues la muerte acaba con todo; convencidos de que la droga constituye ante todo una experiencia placentera, de que la familia, sobre todo la cristiana, es una institución opresora que el estado debería socavar y erradicar en lo posible, de que las no menos opresivas nociones de bien y mal debieran dejar paso a lo divertido y lo fastidioso, etc. El hedonismo progre ha alentado un tipo de enseñanza acorde a esas concepciones, y no puede negarse que ha tenido resultados importantes: expansión de la droga y el alcoholismo entre la juventud, la pérdida de referentes morales, altos índices de fracaso escolar, de fracaso matrimonial, de delincuencia juvenil y no juvenil (pues llevan muchos años de aplicación), de embarazos y abortos de adolescentes, enfermedades sexuales y otros así. No estoy seguro de si son éstos los objetivos de esa enseñanza, me inclino a creer que sí, porque año tras año sus promotores persisten en ella, y aun la extreman, sin prestar atención a sus efectos.

¿Se forman así buenos ciudadanos? Lo dudo, pero reconozco que eso va en gustos. Por ello, los partidarios de esa educación debieran reservarla para sus hijos y no obligar a todo el mundo, utilizando los fondos públicos, a someterse a sus criterios. Esto último me parece una actitud abusiva y de corte totalitario. Además, he leído que la mayoría de los dirigentes socialistas y similares evitan mandar a sus hijos a centros públicos.

En cambio creo que la enseñanza cristiana, por lo ya dicho, tiende a formar el carácter individual y también a ciudadanos responsables. Es una opinión particular, si quieren, pero extendida, hoy por hoy, entre una amplia mayoría de la población. Por lo tanto, la enseñanza pública debiera atender a los deseos de esa mayoría, sin menoscabar los de la minoría progre-hedonista.

Además, considero que los valores y la proyección ciudadana de una enseñanza cristiana pueden ser compartidos por mucha gente no cristiana (yo mismo), e incluso atea, exceptuando en tal caso los dos primeros mandamientos, pero no entraremos aquí en la fundamentación de la moral.

Hay otra razón de mucho peso en pro de la enseñanza cristiana: la cultura española está impregnada de cristianismo hasta la médula. Viajando por el país encontramos en todas partes iglesias, ermitas o catedrales, muy a menudo los edificios más bellos y sugestivos de cada población, e incluso una fuente de atracción de turismo. O monasterios que han sido focos de cultura y a veces siguen siéndolo. Instituciones clave de la vida actual, como las universidades, tienen también origen cristiano. Nuestro lenguaje, nuestra literatura, nuestras artes, nuestras tradiciones de todo tipo, están empapadas de cristianismo católico. Renunciar a ese inmenso bagaje o diluirlo poniéndolo al mismo nivel que cualquier otra religión o creencia, sólo puede ocurrírseles a auténticos bárbaros, herederos de aquellos que, no hace tanto, asesinaban a mansalva a clérigos y creyentes, quemaban iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza o destruían obras de arte invalorables por el delito de ser católicos. Vale la pena notar que quienes se sienten sucesores de aquellos “progresistas” no han expresado nunca el menor arrepentimiento ni la menor lamentación por tales actos. Persiste, por el contrario, una satisfacción mal disimulada al respecto.

No hablo, obsérvese, de una enseñanza religiosa en general, sino precisamente cristiana. Por supuesto, el estado es laico, pero no debe hacer del laicismo una seudorreligión sustitutoria. Y debe atender a otras religiones minoritarias, en especial a la musulmana, actualmente en auge debido a una política deliberada de los gobernantes progre-hedonistas. Pero sin olvidar dos cosas: que los musulmanes llegan a España con la peligrosa idea de que este país les pertenece, y que la religión musulmana quizá no sea incompatible con la democracia, pero no ha producido o tolerado un solo estado musulmán democrático, con la parcial excepción de Turquía.

El cristianismo, en cambio, no sólo es compatible con la democracia pues constituye la raíz misma de ella, aunque la Revolución francesa se haya manifestado furiosamente antirreligiosa, y haya originado, de paso, los totalitarismos genocidas del siglo XX. La corriente liberal anglosajona ha resultado mucho mejor, más pacífica y más evolutiva, como es sabido. Y a nosotros nos convendría recobrar las tradiciones pre liberales y pre democráticas del Siglo de oro, formuladas por diversos pensadores eclesiásticos.

No ignoro la existencia de una vastísima literatura, a menudo panfletaria, virulenta e insultante, dedicada a probar la incompatibilidad del catolicismo con la democracia. Sin embargo la experiencia histórica pesa más que los panfletos: durante la república, la derecha influida por la Iglesia respetó la legalidad y derrotó la insurrección izquierdista del 34 invocando las libertades y manteniendo después éstas. Y fueron esas izquierdas comecuras, siempre con la palabra libertad en la boca, las que destruyeron la democracia y causaron, con ello, la guerra civil.

Savater y otros muchos tienen derecho a exponer y defender sus posiciones en estos asuntos, pero no tanto derecho a pretender imponerlas a los demás. Y no deben cometer el error de pensar que quienes discrepamos de ellos carecemos de argumentos. Insistiré con otras palabras: creo que la enseñanza cristiana formará a mejores ciudadanos que la enseñanza progre-hedonista, y que una religión que empapa nuestra cultura no puede erradicarse de la enseñanza sin destruir esa cultura misma.

Y a partir de ahí critiquemos a la Iglesia, tan digna de crítica en muchas cosas.

(En LD, 16-11.2005)

 

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La Diada

 

La  Diada es una manifestación  separatista unas veces más limitada o disimulada y otras más abierta, como ocurre en estos últimos años. Consiste en una ofrenda floral a la estatua de Rafael Casanova, que en 1714  dirigió la lucha en Barcelona, en defensa del Archiduque Carlos, aspirante al trono español, contra  Felipe V de Borbón. Según la leyenda, Casanova habría muerto heroicamente en defensa de las que llaman “libertades catalanas, que entonces se habrían perdido, pasando Cataluña a soportar un yugo terrible hasta hoy mismo.  Es interesante ver en qué medida la realidad histórica corrobora o no estas ideas, hoy muy extendidas y propagandas en medios catalanes, y a menudo aceptadas en el resto de España.

   El episodio se enmarca en la Guerra de Sucesión, que tuvo carácter de guerra civil en España y fue también internacional, y se extendió entre 1701 y 1715. Muy en resumen, y dejando aparte que las grandes potencias exteriores querían repartirse las posesiones hispanas en Europa, fue así: en 1700 murió sin hijos  Carlos II de España, que fue el último rey de la dinastía de los Austrias,  y nombró sucesor a Felipe de Borbón, el que sería Felipe V. Ello significaba un cambio de dinastía, que pasó de los Austrias españoles a los Borbones, aunque las dos dinastías estaban muy mezcladas por matrimonios. En un primer momento, Felipe V fue  aceptado  de modo general en España y en el resto de Europa, excepto por el Imperio austríaco, ya que este consideró que el archiduque Carlos tenía más derechos a la corona. Pero cuando Luis XIV de Francia creó la impresión de que Francia y España podrían llegar a  unirse bajo un solo rey, Inglaterra y Holanda se pusieron de parte del Archiduque, pues creían que el posible reino hispanofrancés sería una potencia imbatible en Europa, y la política inglesa consistió siempre en oponerse a la mayor potencia del continente. Y así empezó la guerra. Por otra parte es difícil imaginar que los españoles hubieran aceptado la unión con Francia.

   Contra la leyenda, Felipe V no tenía pensado suprimir los fueros y privilegios de Aragón, Cataluña y Valencia. Al contrario, enseguida fue a Barcelona, donde juró ante las Cortes las viejas normas feudales de la región.  Había allí pocos partidarios del Archiduque, y cuando, en 1704, la flota angloholandesa se presentó ante Barcelona, no recibió apoyo, por lo que en venganza bombardeó duramente la ciudad antes de irse a tomar Gibraltar.  Sin embargo, al año siguiente, la oligarquía de Barcelona pactó con los ingleses, en la llamada Conspiración de Génova, y pasó a apoyar al Archiduque.   No se sabe bien qué motivó el cambio de postura, porque Felipe V no amenazaba por entonces los fueros regionales. Probablemente el cambio se debió al dominio de la flota angloholandesa en el Mediterráneo occidental,  que podía bloquear el comercio de todo Levante, de Barcelona, Valencia, etc. Y por otra parte, los potentados barceloneses debieron de pensar Felipe V podría perder la guerra. Esta mezcla de temor, interés y esperanza parece una buena explicación de la mudanza política de los potentados barceloneses (y valencianos). Hay que decir también que Cataluña era probablemente la parte más antifrancesa de España, debido a que la ocupación de la región por Francia unos decenios antes, había dejado un pésimo recuerdo.

   Sea como  fuere, el cambio se produjo, aunque hay que decir que no todos los catalanes, ni mucho menos compartían aquel repentino fervor por el Archiduque. Una gran parte de Cataluña estaba a favor de Felipe V (en toda España se dieron divisiones semejantes) y los austracistas quedarían limitados al triángulo Igualada-Barcelona-Tarragona.

   En el curso de la contienda los  austracistas o partidarios del Archiduque llevaron las de perder  y cuando los vencedores  felipistas pusieron sitio a Barcelona, en julio de 1713, bastantes catalanes participaron en las tropas del asedio. Los austracistas se defendieron valerosamente durante más de un año, dándose el caso de que entre tanto su pretendiente al trono, el Archiduque Carlos,  había ascendido a emperador de Austria y de hecho renunciado al trono hispano, lo que da un aire extraño a toda la situación. Los ingleses, muy contentos con otras ganancias (Gibraltar y Menorca en la propia España) se desentendieron de sus promesas de tutelar las “libertades” catalanas, y Felipe V las derogó mediante los Decretos de Nueva Planta. En cuanto a Casanova, que había invocado la libertad de Cataluña y de toda España,  no cayó en la lucha, sino que huyó de la ciudad, y más tarde fue perdonado y vivió tranquilamente en Cataluña como un próspero abogado. Felipe V, en castigo por lo que consideraba infidelidad de Cataluña, abolió sus fueros. Y sancionó la creación de los  Mozos de escuadra para perseguir a los residuos austracistas de la  región. Curiosamente, así llaman ahora a una policía autonómica a la que pretenden dar carácter separatista.

   Hay que decir que las llamadas “libertades catalanas” lo eran solo para las clases altas. Consistían en una opresión brutal de los señores y potentados sobre la masa de la población. De hecho, los señores tenían derecho de vida y muerte sobre los campesinos, es decir, de impunidad, y de imponerles todo tipo de cargas, los “malos usos”, que habían dado lugar a guerras civiles y a bandolerismo endémico. En cierto sentido seguían las normas preconizadas por el fraile medieval Eiximenis, que llamaba a los gobiernos a apoyar en todo a los comerciantes y a tratar con hambres, golpes y duros castigos a los campesinos, que según él no entendían otro lenguaje. Las leyes de Castilla eran mucho más benévolas con las clases bajas a las que otorgaban más derechos, y no habían faltado peticiones en Cataluña y Aragón de que se implantasen en esas regiones.

   Lo que perdió Cataluña entonces, fueron unas leyes sumamente opresivas, que los separatistas llaman “libertades”, y a cambio ganó mayor estabilidad interna, mayores posibilidades de comercio con América, una situación mejor para el pueblo trabajador y estímulo para el resurgimiento económico regional. Cosas que los separatistas no estiman demasiado, al parecer. 

   Así pues, ni la guerra fue de secesión o separación  sino de Sucesión al trono de España, no a un trono catalán que nunca había existido. Casanova era en realidad un patriota español. Y las dichosas libertades eran privilegios oligárquicos extremadamente abusivos. En fin, esta clase de mitos tienen una gran carga emocional, y por eso son difíciles de erradicar. Pero erradicarlos es también cuestión de salubridad pública. 

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La banca y la zambomba, y dos odas a la economía

FABRICIO.- Del derecho, los nacionalismos y los conflictos hablaremos, Mauricio, pero te explicaré una vez más, hombre duro de mollera, lo que venimos discutiendo hace un rato. Supón que Porriño produce bienes al año, por valor, digamos, de cien, –lerus millones de lerus o lo que quieras–. De esos cien, a una parte la llamáis consumo, pero bien puede considerarse inversión en las personas: comida, vestidos, cosas del hogar, medicinas, lujos, chorraditas varias. Digamos que ahí van 50. Y la otra mitad de la producción son los bienes que llamáis de inversión, pero que son igualmente consumo en cosas no directamente personales, como máquinas, materias primas, combustibles, etc. Tanto unos bienes como otros deben ser consumidos, al menos deben ser consumidos en su mayor parte para no provocar la ruina de nosotros, los pastores, de los taberneros o los fabricantes de esas máquinas, suministradores de energía, etc.

PATRICIO.- Pero hombre, eres peor que la zambomba de Salicio, ¿No puedes dejar de dar la vara con eso?

MAURICIO.- No, no, déjalo que siga, después de todo él va a solucionar la crisis económica que tanto nos preocupa… Zapo tiene que conocerle. Y ese que llaman el Ilustre Futurista, también.

FABRICIO.- ¡Venga chicos, ánimo! Según dicen, el sacrificio que supone el ahorro se transforma en inversión, vía los bancos. Pero ya dije que era falso, y no solo por lo que dije, es decir, porque lo que ahorran unos deben desahorrarlo otros, sino porque los bancos prestan muchísimo más que el ahorro que reciben, “apalancan”, creo que le llaman, o algo así. Por lo tanto, la llamada inversión –que es también consumo– no puede venir y no viene del ahorro. El ahorro viene a ser como un lejano seguro para conseguir la confianza del público en los bancos, digamos que el cimiento de la casa, pero no la casa. La cosa no funcionaría si los que fabrican bienes de inversión, de capital o como se llamen, no vendieran sus productos, por lo cual estamos en lo de siempre: el ahorro no es lo que se suele pensar, ni la inversión ni el consumo. Analizar sobre esos conceptos lleva a embrollos sucesivos, tal es mi modesta impresión, que, si yerro, no me habéis rebatido. Además: se dice que la llamada inversión aumenta la productividad, pero no es cierto, me parece a mí. El aumento de la productividad viene de cosas poco tangibles, como que a un inventor se le ocurra una máquina nueva o más eficaz, de que alguien organice mejor a los obreros para obtener más rendimiento con menos, o consiga gastar menos electricidad, etc.

PICIO.- Quieres decir que una proporción entre tales cosas ha de haber, y que si la proporción se rompe, el follón se arma. Muy bien en la taberna lo veo yo. Si en luz ahorro por comprar más comida para el cliente, no funciona el frigorífico y se pierde la comida, se cabrea el cliente y… Bueno, algo así, supongo.

FELICIO.- Diría yo, si me permitís una delicada intervención, que es más bien como el Robinsón ese. Si dedica todo su tiempo a tirar piedras a los pájaros, porque suponemos que tiene buena puntería, cazará muchos, pero más de los que puede comer, los cuales se estropearán. Y si dedica todo su tiempo a hacer arcos y trampas, se morirá de hambre…

PATRICIO.- ¡Salicio, desdichado, ponte a tocar la zambomba! Y deja algo para los demás, que comes a dos carrillos y a dos manos, y aún no me extrañaría de que emplearas los pies cuando no te miramos.

PICIO.- Déjale, déjale colega de versos, versátil, que mucho gusto da su buen apetito contemplar.

SALICIO.- No he traído la zambomba, amigo Patricio, porque Mauricio amenazome violentamente si lo hacía, pero ni el beber ni el comer me impiden seguir atentamente tan deleitosa conversación, que hasta hace que me olvide por unos momentos de mis cuitas: tenemos entre nosotros dos verdaderos filósofos, Mauricio y Fabricio, dos poetas, tú y Picio, un músico, es decir, yo mismo, y varias personas de delicados y altos sentimientos. De no ser por las penas de amor que Eros, despiadado, me envía, sentiríame en el mejor de los mundos posibles, que diría… quien lo haya dicho.

MAURICIO.- Lo siento si os aburre a algunos, chicos, pero el tío no se me escapa vivo. Aquí llega un argumento decisivo contra Fabricio, que tomo de un señor del blog ese del tal Moa: “Cuando una nación adquiere el gusto por viajar, afortunadamente no puede tener la más mínima confianza en la capacidad en que las vías de tren aparezcan espontáneamente en el suelo, pero si desea construirlas con sus propios recursos debe haber ahorrado previamente las sumas necesarias de sus ingresos, y si no la ha hecho, debe llamar en su ayuda a los ahorros de otras naciones; así, sin los ahorros de ingleses y franceses, Egipto no hubiera construido jamás el Canal de Suez”.

FABRICIO.- ¡Buena falacia, ilustre animal racional! Lo que no tenía Egipto era capacidad técnica para construir el canal. Y los ingleses y franceses, que sí la tenían, la emplearon cobrando bien por ella. Y como no se fiaban de que los egipcios pudieran pagar, se quedaron con la propiedad del canal, para extraerle beneficios. ¿Dónde está el ahorro? Se construyó con crédito, es decir, sobre las expectativas de beneficio futuro, no sobre ningún ahorro sacrificado. Y cuando los egipcios nacionalizaron el canal lo hicieron porque querían quedarse con esos beneficios, cuando seguramente ingleses y franceses ya habían ganado mucho más dinero del que habían gastado en la construcción. ¡El crédito, la sistematización del crédito es la base de eso que llaman capitalismo, y no se apoya en el sacrificio y el ahorro previo, sino en la expectativa del beneficio! Claro, el beneficio no siempre sale, pero ese es otro cuento. Lo que se invierte, en definitiva, no es ahorro, sino una parte del beneficio anterior. Los tipos que se asociaban para mandar un barco a por especias no eran unos pobres ahorradores, sino unos ricos que ya tenían mucho dinero y querían conseguir más…Pero ese es otro tema, y lo dejaré por hoy, que estoy cansado.

MAURICIO.- Mira, Fabricio, también a mí me estás mareando con esa cháchara. Según tú, las crisis serían imposibles. Lo que querríamos todos que nos aclarases es cómo se explican y se superan las crisis de acuerdo con tu punto de vista.

FABRICIO.- ¡Oh, amigos! No tengo la menor idea.¡Me haría rico si la tuviera! Eso es cosa de pensar más detenidamente. Lo que digo es lo que he dicho.

FELICIO.- Sí, yo creo que ya está bien de estos temas tediosos, por entero faltos de sentimiento e imaginación. Y ya que tenemos aquí un par de poetas, ¿Por qué no nos recitan algo? Venga, Patricio, ¿no te inspira la musa en esta noche lluviosa y ventosa de Porriño, mientras el furioso Éolo ulula entre las copas de pinos y de robles, y nosotros estamos aquí recogidos, cabe el fuego, entregados a amena conversación? Tiempo apropiado para hablar de la Santa Compaña y semejantes misterios aterradores, mejor que de las trivialidades en que nos ocupamos. Mas somos hombres, qué digo, pastores modernos, ¡qué le vamos a hacer!

PATRICIO.- Yo la inspiración, como otra parte de mi ser algo más arriba de las rodillas, la tengo siempre a punto, haga frío o calor, nubes o claros. Mi estro no para. No fallaré, pues, a tu invitación:

¡Oh economía! Si por ti no fuera
colgaríamos todos de una higuera
¡Qué bien explicas cómo hacerse rico
y nos empujas sin tregua a tanta dicha!
Cada vez que me zampo una salchicha,
tu nombre invoco, y leo algún librico
para ilustrarme aún más en tu gran ciencia
y acostumbrarme a tener aún más paciencia
pues el afán de riquezas me da vida,
y aunque pobre, me da tal esperanza,
que bailo, pues me sale de la panza.
¡Vida sin tal afán, vida es perdida!

SALICIO.- ¡Plas, plas plas! ¡Qué bella oda! A fe mía, Patricio, que eres gran poeta, y que solo falta la música a tan lograda composición. ¡Cómo lamento ahora haberme doblegado a la amenaza de Mauricio y no haber traído mi zambomba! Habría dado con ella el acompañamiento adecuado a tu inspirada musa… Pero ¿cómo eres capaz de improvisar, así por las buenas, un poema tan perfecto? En verdad me dejas por todo extremo admirado.

PICIO.- ¡Bah, bah! Puro tradicionalismo. ¡Rimada poesía! Eso muy desfasado está, que no entendéis las nuevas modas, eso bien se ve. Aguzad ahora vuestras orejas:

¿Por qué, adónde fuiste, economía?
Peras.
Castañas.
Tristeza al caminar ¿bajo la luna?
¿Escampará alguna vez la inversión subvencionada?
El bauprés amenaza al cielo.
Bajo el tendejón, la caries,
y en la rotonda, dos viejas ratas conversan…

FELICIO.- No sigas, Picio, por favor, que no se puede aguantar tanta profundidad, ¡no lograremos volver a la superficie y nos ahogaremos sin remisión!

PICIO.- En la edad media viviendo seguís, eso es lo que os pasa; de poesía moderna ni puñetera no tenéis idea.

MAURICIO.- ¡Si es que no se entiende nada!

PATRICIO.- Y menos mal que Picio no se ha dedicado a ensartar esos palabros que inventa…Pero en esto tiene razón: un poema no es para entenderlo. Un poema es para sentirlo. Y si no lo sientes, si no tienes sensibilidad poética, si perteneces al gremio del vulgo municipal y espeso, no hay nada que hacer. Picio no tiene la culpa de esa deficiencia del público.

MAURICIO.- Siempre lo he dicho: no sois animales racionales, sino brutos, y aún diría innobles brutos.

SULPICIO.- ¿No somos racionales? ¿Y es racional lo tuyo, que no te acuestas con una tía porque dices que no entiendes a qué viene eso? ¿Es mejor escardar los pajares?

MAURICIO.- La masturbación, cantamañanesco sujeto, es muy superior a eso que llamáis los cursis hacer el amor. Mucho más racional, para empezar.

SULPICIO.- ¡Voto a tal, Mauricio, eso sí que requiere una buena explicación, o te anuncio que mi cayado hará fiesta en tus costillas!

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Judíos, personajes, liberalismo (Franco, Churchill y Roosevelt – y II)

Blog I: La ignorancia de un magistrado:http://www.gaceta.es/pio-moa/ignorancia-magistrado-06092014-0001

****Domingo en radio Inter, de 4 a 5 de la tarde, recomienza “Cita con la Historia”.

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 Lo someto a su aguda crítica:

   Cuestión importante por entonces fue la de la persecución nazi a los judíos.  En junio de 1944, varios huidos de Auschwitz informaron que los campos no eran de trabajo, sino de exterminio. El informe llegó a Churchill, que, a sugerencia de los líderes sionistas C. Weizmann y M. Shertok, ordenó bombardear las vías férreas que conducían a los lager;  pero el ministerio de Aviación rehusó “arriesgar la vida de aviadores británicos para nada”. El subsecretario de guerra useño, J. J. McCloy  rechazó cuatro veces peticiones semejantes. Hecho sorprendente, porque el bombardeo de ferrocarriles, estaciones y depósitos y comunicaciones era constante, perturbando, a veces hasta el caos, los transportes alemanes[1]. En 2005, en su visita a Auschwitz, Ariel Sharón diría amargamente:  Los Aliados conocían la aniquilación de los judíos. La conocían y no hicieron nada… Todas las sugerencias de operaciones de rescate presentadas por organizaciones judías fueron rechazadas. Simplemente no quisieron enfrentarse a eso”.  Menájem Beguin,  lamentará: “No puede decirse que los forjadores de la política británica en Oriente Medio no quisieran salvar a los judíos. Sería más correcto decir que ansiaban que los judíos no se salvaran”.  Otro caso extraño fue la oferta de A. Eichmann, encargado del transporte de judíos a los campos, de liberar a un millón de ellos a cambio de 10.000 camiones para el frente ruso. La propuesta fue desoída, aunque podría haber salvado a tantísimas personas.  Los Aliados se limitaron a presionar a los países neutrales para que admitiesen y facilitasen el tránsito a los hebreos.

   La política española siguió dos líneas: permitir la entrada clandestina de perseguidos, sin devolverlos a Alemania (Suiza sí devolvió a cierto número de ellos) y facilitándoles el viaje a América; y ofrecer la nacionalidad española a los sefarditas, siguiendo una ley ya caducada de la dictadura de Primo de Rivera y a la que apenas se había acogido nadie. Pero los alemanes ignoraban la caducidad de la ley y numerosos sefardíes se salvaron de este modo. Además, en varias ocasiones los cónsules españoles procuraron salvar a los perseguidos, siendo el caso más conocido, pero no el único, el de Sanz Briz en Budapest.  Los judíos así salvados podrían estar entre 12.000 y 20.000. 

   Con este hecho ocurre lo mismo que con la neutralidad: es obvio que en ambos casos el responsable máximo solo podía ser Franco, pero ello resulta  inaceptable para muchos, por lo que se han lucubrado diversas falacias, desde que los cónsules obraban por su cuenta, sin autorización  o incluso contra las instrucciones del gobierno (al terrible dictador no le hacían caso, al parecer, sus funcionarios),  hasta que podía haber salvado a más (también a menos o a ninguno, pues no tenía más obligación hacia ellos que el sentimiento humanitario; y si los Aliados conocieron el exterminio tardíamente sin hacer nada práctico para remediarlo, Franco seguramente creyó el Holocausto una de tantas mentiras de guerra). El 2 de octubre, el Congreso Mundial Judío agradeció lo hecho por España, pidiéndole que intentara frenar a Hitler. Madrid aceptó,  sin mucha esperanza, ayudar también a los judíos ashkenazíes, dado que los alemanes concedían a España autoridad solo sobre los sefardíes, y con restricciones y roces serios.

   Al llegar a la seguridad de Usa, algunos judíos así salvados hacían declaraciones antifranquistas, y otros muchos participaban en crear opinión contra el régimen. Lequerica, que había sustituido a Jordana en Exteriores, protestó: “Desde hace tres años, España viene accediendo reiteradamente y con la mejor voluntad a cuantas peticiones presentan comunidades judías (…) habiendo dado lugar a enérgicas intervenciones no solo en Berlín, sino en Bucarest, Sofía, Atenas, Budapest, etc. Con desgaste evidente de nuestras representaciones diplomáticas. (…) Gracias a nuestras gestiones, numerosos israelitas de Francia han podido pasar nuestra frontera (…) Otros se han visto eficazmente protegidos  (…) Pero siendo esta la situación, no puede menos de causar profundo sentimiento al gobierno español el advertir que por empresas periodísticas, de radio o de difusión de noticias controladas por elementos israelitas, especialmente en Estados Unidos, se hacen intensas y reiteradas campañas calumniosas contra  España”.  

  Debe decirse que en España no se sabía que los judíos estuvieran sufriendo exterminio, pero sí  humillaciones y una persecución sumamente cruel, y a ello obedeció la actitud oficial. Por otra parte, la simpatía de Franco hacia los hebreos era muy escasa, tanto porque la mayoría de ellos habían militado contra él durante la guerra civil, como porque creía en una “conspiración judeo-masónica” contra España, aunque ello nunca le impediría una política pragmática con respecto a gobiernos que consideraba muy influidos por la masonería, como el inglés o el useño. Es difícil encontrar en su política otra motivación que la puramente humanitaria[2]. 

***

  En octubre de  aquel año, 1944, los soviéticos llegaban ante Varsovia, atacaban por el noreste la Prusia oriental y avanzaban desde el sureste hacia Budapest. Franco estaba seguro de que la alianza de Churchill y Roosevelt con Stalin  quebraría pronto. El 18 de aquel mes, escribió a Churchill proponiéndole en aras de la contención del comunismo, librarse de “las disputas y pequeños incidentes que las han hecho amargas estos dos últimos años (…) Puesto que nosotros no podemos creer en la buena fe de la Rusia comunista y conocemos el poder insidioso del bolchevismo, debemos tener muy en cuenta  el hecho de que el debilitamiento o la destrucción de sus vecinos aumentará considerablemente la ambición y el poder de Rusia, haciendo cada vez más necesario, por parte de los países occidentales, una toma de posición inteligente y comprensiva (…) Una vez destruida Alemania, y al consolidar Rusia su posición preponderante en Europa y en Asia, cuando los Estados Unidos hayan reforzado, por su parte, su supremacía en el Atlántico y el Pacífico (…) los intereses europeos sufrirán la más grave y peligrosa crisis (…) Una vez que Alemania esté destruida, a Inglaterra le quedará en Europa únicamente un país hacia el cual poder volver los ojos: España. Las derrotas de Italia y de Francia t la descomposición interior que  roe a esos países no permitirán, probablemente, construir nada sólido  en los años venideros (…) Nuestra conclusión es clara: la amistad recíproca  entre Inglaterra y España es deseable (…) Y esta necesidad será tanto más imperiosa cuanto mayor sea la destrucción infligida a la nación alemana”. Admitía que las relaciones presentes entre los dos países “no nos lleva a un gran optimismo”, “no son muy atractivas”, y señalaba que su gobierno conocía las actividades secretas anglouseñas contra su gobierno, pero “con una visión clara del futuro y de las necesidades históricas, ha evitado siempre el escándalo que podría resultar de su publicidad”. También advertía que España no pensaba sacar ventaja  de la desgraciada situación de Alemania, recomendando, con vistas al futuro,  fortalecer la solidaridad continental. En fin, “España cree que sus intereses y los de Inglaterra descansan sobre un mutuo entendimiento”.

   La carta del Caudillo pareció a Londres y Washington una insolencia intolerable, máxime sabiendo que enfurecería a Stalin. El jefe laborista Attlee,  que sustituía momentáneamente a Churchill, escribió encrespado al gabinete de guerra: “Deberíamos usar todos los métodos disponibles para ayudar a provocar su caída (de Franco)”. El conservador Eden, ministro de Exteriores,  propuso una tajante declaración anglouseña  negando a la España franquista todo papel en el mundo de la  posguerra y embargando de nuevo el petróleo.  Churchill, más realista,  advirtió: “Usted empieza con el petróleo, pero pronto acabará en sangre. Si los comunistas se adueñan de España, debemos esperar que la infección se expandirá rápidamente a Italia y a Francia”. Juiciosamente, la propuesta de Eden  se anuló. De todas formas, el gobierno acordó responder a Franco en tono insultante.  Hoare se entrevistó el 12 de diciembre, por última vez, con el Caudillo, y reseña: “No dio muestras de estar preocupado por el futuro”. 

   Churchill respondió mordazmente a Franco, el 20 de diciembre. Negaba actos  subversivos contra España y contraatacaba con los favores hechos por Franco al Reich, para concluir: “Creo que no existe la menor posibilidad de que España sea invitada a formar parte de la futura organización mundial”. En cuanto a la URSS, rechazaba toda posibilidad de que Londres  formase “un bloque de poder basado en la hostilidad a nuestros aliados rusos, o por cualquier supuesta  necesidad de defensa contra sus actividades. La política del gobierno de Su Majestad (…) considera la colaboración  permanente anglo-rusa, dentro del sistema de la organización mundial, como imprescindible para sus propios intereses y esencial para la paz futura y la prosperidad de Europa en su conjunto”.

    Es difícil decidir si Churchill creía realmente sus palabras, pero sin duda expresaba los puntos de vista de su gobierno y el useño. Él y Hoare creían también que Inglaterra conservaría su papel de potencia decisiva en Europa y el mundo. Franco y sus más allegados estaban seguros de que esto y las expectativas de colaboración permanente anglo-soviética eran pura ilusión, aunque mientras durase resultaría muy peligrosa para el régimen español. Cuyo horizonte iba a oscurecerse aún más en la conferencia de Yalta, muy  próxima ya la derrota alemana: Churchill, Roosevelt y Stalin diseñaron allí un mundo de posguerra del que la España de Franco estaría excluida.

***

     Por lo que respecta a Churchill y Roosevelt, eran políticos profesionales dentro de las tradiciones imperantes en sus países, más estables que en la Europa continental.  Diferían radicalmente, por tanto, de revolucionarios  como Mussolini y Hitler, y, desde luego, de Stalin. También distaban de Franco,  el cual no se habría dedicado a la política de no ser por los dramáticos avatares de su patria. Churchill y Roosevelt  provenían de un tronco cultural común, que convencionalmente llamamos anglosajón, por mucha diferencia que hubiera entre las dos naciones. Pero, entre otras cosas, Churchill representaba el espíritu aristocrático e imperialista inglés, más liberal que demócrata,  mientras que Roosevelt, más demócrata que liberal, no apreciaba el colonialismo de su socio y estaba dispuesto a sustituirlo por zonas de influencia propias.

   El líder useño, de familia opulenta, representaba un estilo protestante y filantrópico; también viajero y deportista, hasta que la  poliomelitis le redujo a la silla de ruedas en 1921, cuando contaba 39 años. Con su esposa, Eleanor tuvo seis hijos, y le fue infiel con varias amantes. Eleanor detestaba el trato sexual, pero tuvo a su vez algún amante y relaciones lesbianas. Retraída de la política al principio, llegó luego a influir sobre su marido en sentido izquierdista, e influyó también en la Declaración de los Derechos Humanos de la ONU, que ella llamaba, algo ampulosamente “Carta Magna de la Humanidad”. Tuvo gran simpatía por el Frente Popular y relaciones con exiliados españoles, y la consiguiente fobia hacia Franco.

   Pese a su semiparálisis,  Roosevelt persistió en su plena dedicación política, de tono “liberal”, que en Usa significa más bien socialdemócrata, con rasgos populistas. Estuvo a punto de perder la vida en un atentado, en el que la perdió el alcalde de Chicago, pero en su carrera, dentro del Partido Demócrata, cosechó los mayores éxitos, ganando cuatro veces la presidencia del país. Prometió combatir la Gran Depresión mediante la reducción del gasto público, pero una vez en el poder hizo lo contrario: fuerte expansión del gasto e intervencionismo económico, programa bautizado como New Deal (Nuevo Trato), que Roosevelt llegó a valorar como una especie de nuevos derechos ciudadanos.  Esta orientación, luego apoyada por el economista inglés Keynes, tenía semejanzas con la practicada por el fascismo y el nazismo, si bien con éxito distinto en cada caso. En Usa, la mejora fue débil y la economía continuó semiestancada a lo largo de los años 30, hasta la guerra. Llegada esta, Roosevelt prometió no mandar jóvenes useños a combatir fuera, pero sobrepasó la neutralidad tratando de provocar a Alemania a algún acto que le justificase para entrar en el conflicto. Sin embargo el primer paso lo dio Japón, con cuyo motivo Berlín también declaró la guerra a Usa, cuando Tokio no la declaró nunca a la URSS. El presidente mostró cordialidad hacia Stalin, tanto porque la URSS corría con el grueso del sacrificio bélico, como por simpatías que, aun con reticencias, solían sentir los “liberales” hacia el experimento soviético. El influyente Harry Hopkins, eminencia gris del gobierno, destacaba en su afabilidad hacia Stalin, por lo que algunos círculos conservadores llegaron a sospechar de él como agente soviético. Roosevelt murió relativamente joven, con 63 años, pocas semanas antes de la rendición del III Reich.   

   En cuanto a Churchill, viviría 90 años. Nacido en 1874, había entrado en el ejército y llevado una juventud aventurera y belicosa en la India, Sudán y Suráfrica. En 1895 participó en la guerra de Cuba al lado de España contra los rebeldes. No obstante se parecía poco a Franco, héroe de guerra pero poco dado a la aventura. A principios de siglo entró en la política por el Partido Conservador, el Liberal y otra vez el Conservador. Lejos de la sucesión de éxitos de Roosevelt, sufrió grandes altibajos entre la popularidad y la crítica, incluso el desprecio. Durante la I Guerra Mundial se le culpó de la derrota anglo-australiana en los Dardanelos a manos de los turcos, motejándosele como “Carnicero de Gallípoli”. Al revés que el monovocacional y algo anodino Roosevelt, combinaba al intelectual y al hombre de acción, y era ingenioso, bienhumorado aunque con episodios depresivos, un tanto derrochador y alcohólico, y escritor talentoso –recibiría un premio Nobel de literatura–.  A los 34 años se casó con  Clementine Hozier, con quien tuvo cinco hijos, y no parece haber tenido amantes.  En 1945 era el estadista más viejo de los cinco, con 71 años (Stalin, cuatro menos).

   Su actitud hacia España era bastante positiva, y dentro de su hostilidad al franquismo había demostrado un  grado mayor de comprensión y gratitud que su socio useño.  Durante la guerra civil defendió la no intervención,  con cierta simpatía hacia los nacionales, pues era enemigo acérrimo de los comunistas.  Pese a su anticomunismo advirtió pronto el peligro de Hitler para Inglaterra, y lo valoró  como  el principal enemigo, en parte por ideología, en parte por nacionalismo: «Desde hace cuatrocientos años, la política de Inglaterra ha consistido en oponerse a la más fuerte de las potencias continentales”, señaló, con decisión de mantener la línea. Y ello hasta el punto de que  No mentiré diciendo que, si tuviera que elegir entre el comunismo y el nazismo, elegiría el comunismo”. Como primer ministro se declaró dispuesto a llevar la lucha a todos los extremos, y el bombardeo masivo de la población civil es en gran medida responsabilidad suya (la aviación inglesa había practicado el bombardeo indiscriminado contra revueltas indígenas en África y Asia). También se le ha achacado la terrible hambruna de  Bengala, en 1943 –se le calculan hasta tres millones de muertos–, por su política de “tierra quemada” ante el avance japonés por Birmania. No obstante, sus grandes éxitos han opacado los puntos negros de su carrera.

   Tópico archirrepetido en estos años ha sido el de la crueldad de Franco, igualándosele incluso a Hitler o Stalin. En mi opinión, su crueldad no es comparable siquiera a la manifestada por Churchill o Roosevelt, y creo que en realidad se trata de una leyenda, divulgada con especial insistencia –y ya es significativo—por comunistas, sobre todo a partir de Tuñón de Lara. De hecho, Franco, desechó el bombardeo de ciudades o pueblos, tras una débil experiencia en Madrid, en noviembre del 36 (unos 300 muertos a lo largo de tres semanas). Y prohibió expresamente los ataques a la población, siendo desobedecido en dos o tres ocasiones por la Legión Cóndor (Guernica) y por la aviación italiana (Durango, Barcelona y otros puntos). Desobediencias pronto corregidas.  

   Parte de la leyenda la inventó el monárquico Sainz Rodríguez, conspirador vocacional y poco veraz, que atribuye al Caudillo la revisión de las penas de muerte mientras tomaba chocolate con picatostes. Preston ha sustituido el chocolate –Franco nunca lo tomaba, según sus allegados— por el café. También se dice que firmaba las sentencias añadiendo instrucciones como “garrote” o “prensa”, para indicar la clase de muerte y publicidad a dar. De ser así, debían existir abundantes papeles con firma y comentarios, pero los mismos no han aparecido. Por cuanto sabemos, las sentencias las firmaban los jueces, y él firmaba las conmutaciones, que fueron numerosas.  Por otra parte, desde que accedió efectivamente al mando, orientó la represión por vías legales, para dificultar venganzas y asesinatos, y lo mismo hizo al terminar la guerra, en contraste con otros países europeos. La acusación de crueldad –como mucho sería de frialdad—sugiere, como también hemos visto ya, que los condenados eran inocentes “republicanos”  o “demócratas”, como si el Frente Popular no hubiera perpetrado un cúmulo de atrocidades, hasta  entre sus miembros[3].

    ***

   La apocalíptica derrota nazi demostró  la megalomanía de los planes hitlerianos, pero también exigió el esfuerzo conjunto de “los tres Grandes”. Churchill y Roosevelt sabían lo mucho que debían al titánico empeño de la Unión Soviética, la cual, sin ayuda,  había vencido en la batalla de Moscú la ofensiva alemana de 1941, había vuelto a vencerla al año siguiente en Stalingrado, con ayuda más significativa de los anglosajones, y luego en la batalla de Kursk había reducido definitivamente a la Wehrmacht a la defensiva. Todo ello con un espeluznante coste en sangre. Como había dicho Churchill, la ayuda a la URSS era la mejor inversión posible, porque libraba a Usa e Inglaterra del principal esfuerzo alemán, centrado con gran diferencia en las llanuras rusas. De otro modo, los desembarcos en el Magreb o en Francia habrían sido impensables. Al terminar la guerra europea, en mayo de 1945, el ejército rojo era imbatible, salvo con armas atómicas que todavía no tenía Usa, y ello contribuye a explicar las cesiones hechas a Stalin por Roosevelt y Churchill, este más a regañadientes que su compañero useño.

   El “modo americano de hacer la guerra” consistía en aplicar una superioridad material  abrumadora y una eficaz logística que hiciera inútiles la destreza táctica, el valor o el heroísmo del adversario. En general, tanto los useños como los ingleses solo conseguían derrotar a los alemanes acumulando una ventaja muy grande en hombres y máquinas, particularmente en el aire; con ventaja menor solían sufrir reveses. Las victorias teutonas se debieron más a la destreza de sus mandos, la motivación de sus soldados y su excelente organización. Pero el hecho es que Usa pudo  aplicar con eficiencia una imbatible producción de armas y pertrechos, y la lucha en tres frentes acabó por agotar a su enemigo.  El modo soviético difería del useño en que no escatimaba la sangre de sus  propios soldados, sin que ello excluyera notable habilidad en vastas maniobras y una masiva producción de armas no inferior en calidad, y a veces superior, a la alemana.

    Finalmente, Europa quedó dividida en dos grandes zonas, la centro-oriental dominada por los soviéticos y la centro-occidental por Usa.  Franco había tratado de impedir tal destino insistiendo en negociaciones entre Alemania y los anglosajones. Es fútil lucubrar sobre lo que habría pasado en tal caso, pues nunca fue posible: Berlín rechazó la propuesta, y los Aliados exigían la rendición incondicional. Para Franco, el enemigo máximo era el comunismo staliniano; para Churchill y Roosevelt, el nazismo hitleriano, y conforme a esa concepción estratégica actuaron unos y otros. En cambio, Franco  acertó de lleno al estimar el declive inglés y la imposibilidad de mantener la alianza entre las democracias y la URSS. En este último punto basó su confianza en superar las presiones y agresiones de los Aliados.

   Así, contra la esperanzas de Churchill, Inglaterra, un tanto malparada, pasó a potencia de segunda fila, endeudada hasta las orejas con su socio useño. Y a pesar de que este condonó las deudas y luego le obsequió con la parte del león de Plan Marshall, vería al cabo cómo la vencida Alemania la superaba económicamente. Fue asimismo el principio del fin de su vastísimo imperio. Roosevelt detestaba los imperios y zonas de influencia europeos, aunque mostrase más comprensión con los soviéticos. También Francia y Holanda irían perdiendo sus mayores colonias, a veces con guerras brutales.

   Sorprendentemente los países coloniales no se arruinarían al perder sus imperios, sino que prosperarían más que nunca, contra la teoría que atribuía su riqueza a la explotación de las colonias (teoría reelaborada luego, de forma poco convincente, con la tesis de los “países proletarios”). De todas formas, los primeros años de posguerra fueron realmente lúgubres en Europa occidental, hasta que su economía recibió los incentivos del Plan Marshall,  ofrecido por Usa ante el riesgo de que la miseria fecundase impulsos revolucionarios. A la intervención militar y económica useña debió la Europa occidental  la democracia o el recobro de ella, contra el nazismo primero y contra el comunismo luego. Lo que no se recuperó fue la extraordinaria creatividad cultural europea de preguerra, tan variada según las naciones. En ese terreno, la hegemonía pasó a Usa.

   Como habían pronosticado Carrero y Franco, los grandes beneficiarios fueron la URSS y Usa. Pero la primera, con gran diferencia, había sufrido el mayor coste en sangre y destrucciones, mientras que la segunda había experimentado comparativamente  pocas bajas y ninguna destrucción en su territorio: al contrario, la guerra había propulsado un auténtico florecimiento económico, rompiendo con los largos años de la Gran Depresión. Luego, la derrota de Japón fue decidida por el lanzamiento de bombas atómicas que por unos años le dieron absoluta ventaja tecnológica.

    El modo como se libró la guerra entre países muy civilizados cuestionó el valor de la vida humana. Por lo común, el homicidio deliberado se ha tasado como el delito máximo,  tal vez  por el sentimiento de que la vida humana es un don divino, o al menos misterioso, que ningún hombre tiene derecho a destruir; y de que la conservación de la vida es el cimiento de todos los demás derechos y valores morales. Por supuesto, se admite el derecho a matar en casos que se suponen excepcionales, como entre ejércitos durante una guerra. Pero en esta menudearon las matanzas de civiles y prisioneros en campos de exterminio, bombardeos, etc.,  justificados de un modo u otro como medios para alcanzar fines superiores.  Las ideologías estipulan implícita o explícitamente el derecho a matar en masa si ello beneficia a unos objetivos entendidos como superiores: una sociedad  “libre”, sin opresión, de “realización humana”, etc.; o para cumplir el imperativo biológico por la ley del más fuerte, que aseguraría la preservación de los mejores, reconocibles como mejores, en círculo vicioso, por ser los más fuertes. El problema moral va más allá de los fines y los medios, atañe a si la vida humana tiene por sí misma valor, o lo recibe de valores considerados superiores.

   Después de la guerra, los vencedores juzgaron a los vencidos en base a criterios morales-legales amplios como “crímenes contra la humanidad”, concepto contradictorio y manipulable,  porque los criminales son también humanos, no una suerte de extraterrestres. Más apropiado era el concepto de crímenes de guerra, dirigidos contra los civiles y prisioneros. Los nazis destacaron en este género de actos, pero los soviéticos, que se sentaban en el estrado de los jueces, no los cometieron menores, incluyendo violaciones en masa alentadas por la propaganda. Y las democracias liberales los perpetraron también de forma masiva: los ataques aéreos a las ciudades alemanas y japonesas, cuya población se componía mayormente de mujeres, niños y ancianos al estar movilizados los hombres en edad de luchar. La pretensión de erigirse en jueces morales por parte de quienes habían practicado tales cosas no deja de plantear,  como en el caso anterior, un difícil problema moral.  Baste señalarlos aquí.

***

   De las tres grandes ideologías que contendieron en Europa por aquellos años, las ganadoras fueron el demoliberalismo  y el comunismo. En la pugna subsiguiente entre ambos, el segundo  pareció predestinado, durante varios decenios, a ganar la llamada  guerra fría e imponerse sobre la humanidad: en pocos tiempo se extendió por la Europa centro-oriental, por la inmensa China, partes de Corea y Vietnam y otros países, ganando posiciones en naciones como Francia e Italia y en las colonias en vías de independizarse. No obstante, su colapso en la URSS y su transformación en China prueban que, pese a la coherencia aparente de sus dogmas, no pueden funcionar a la larga, ni siquiera con estados totalitarios y extremadamente policiacos.

   Tanto Usa como Inglaterra defendieron la democracia liberal, aunque democracia y liberalismo no equivalgan: en líneas generales, el siglo XIX europeo fue mayormente liberal, pero no democrático. Churchill definió agudamente la cuestión  en dos frases famosas: El mejor argumento contra la democracia es una conversación de cinco minutos con el votante medio”, es decir, el gobierno en una democracia dependería de la decisión de masas de gente mayormente ignorantes de los problemas políticos y económicos. Pese a lo cual,  La democracia es la peor forma de gobierno, excepto todas las demás formas probadas hasta hoy”. En otras palabras, los demoliberales podían responder a las críticas, muchas de ellas incisivas y razonables, con el lenguaje de la experiencia: a pesar de todo, la  democracia ha funcionado bien, al menos en algunos países, ha permitido libertades políticas, estabilidad con cambios no violentos en el poder, y casi siempre una prosperidad mayor que otros sistemas. Pero no siempre ni en todos los casos ha sido así. Así, la Gran Guerra del 14 y la Gran Depresión del 29 sumieron en una profunda crisis al liberalismo, como venimos viendo

   Al emplear la palabra democracia conviene no engañarse con su etimología: “poder del pueblo”. El poder nunca es ejercido por el pueblo, sino por alguna oligarquía o partido, por la doble razón de que si el poder se ejerce sobre algo es forzosamente sobre el pueblo, y de que este no existe como un todo  homogéneo, sino que en él pululan  mil intereses, opiniones y sentimientos diversos y a menudo contrapuestos. Por ello, las democracias  a menudo sufren bandazos y el efecto de las demagogias, lo que por otra parte ocurre también en los demás regímenes. En democracia,  las distintas tendencias populares votan al partido de su preferencia. Los partidos siempre tienden a interpretar a su favor  las leyes y normas,  corrompiéndolas más o menos, y siempre existen grupos dispuestos a eliminar  la propia democracia. Está claro que si llegan a adquirir suficiente poder, por la violencia o incluso siguiendo las normas legales, el sistema se viene abajo. Como las libertades políticas toleran y amparan también a los enemigos del liberalismo, este podría considerarse un sistema suicida, por lo que la tolerancia ha de tener límites.

   Por tanto, debemos preguntarnos por qué en algunos tiempos y lugares ha funcionado bien el demoliberalismo, y mal en otros. Probablemente ha funcionado allí donde las diferencias  de intereses, ideas y sentimientos en la sociedad han sido amortiguadas por unos valores básicos muy mayoritariamente compartidos: patriotismo, identificación con la propia historia, fe en la bondad del sistema, pese a sus fallos, y un fondo de cultura cristiana. Donde algunos de esos valores fallaban, crecieron los movimientos antidemocráticos apoyándose en las duras circunstancias de entreguerras y  de la depresión. Como ya vimos, puede entenderse el éxito del comunismo, hasta cierto punto, como una  reacción contra las desigualdades, penalidades y guerras achacadas al liberalismo-imperialismo; y los avances de los fascismos como reacciones a la amenaza comunista y la ineficacia liberal para contenerla.  De este modo, fascismos y comunismo se reforzaban mutuamente al oponerse, mientras los liberales quedaban en segundo término, al parecer sus remedios poco estimulantes para las masas.

   Otro aspecto del demoliberalismo ha sido su estrecha relación con los nacionalismos-imperialismos inglés y useño. Alemania, Italia y Japón llegaban con fuerte empuje a un mundo ya repartido, y su expansión provocaba inevitablemente grietas en el sistema. Que adoptaran formas militaristas y de intensa, tiránica, disciplina social, entraba probablemente en una necesidad de abrirse paso frente a lo ya establecido. Esta relación entre demoliberalismo y nacional-imperial parece históricamente clara, aunque no sea este el lugar de examinarla.

    En España,  las diferencias de ideas, aspiraciones y sentimientos en la sociedad, fueron acentuándose hasta que, en vísperas de la guerra civil, nada en España parecía unir a los españoles, como diagnosticaba con lúcido presagio el diario El Sol. El patriotismo  se había transformado, para masas considerables, en una hispanofobia y desidentificación con la propia historia, impulsadas por revolucionarios, republicanos, separatistas  y algunos sectores liberales. Por otra parte, los marxistas y anarquistas eran abierta y resueltamente contrarios a la democracia liberal, en buena medida lo eran también los separatistas, lo cual no habría tenido demasiada importancia si no hubieran alcanzado tal fuerza, una fuerza desestabilizadora que hacía imposible un funcionamiento democrático. Desde un punto de vista social, la democracia liberal exige una amplia clase media, cierto nivel de renta y educación. Y esto fue lo que logró el franquismo. Que en la actualidad esos logros estén puestos en peligro por las ideas, revela la fuerza de estas por encima de los hechos reales, pues el hombre no se mueve por la realidad, sino por lo que piensa de ella.  



[1] En M. Gilbert, La  Segunda Guerra Mundial, II,  Madrid 2006, p. 228-9

[2] Trato estas cuestiones más por extenso en Años de hierro.

[3] Ver Los mitos de la Guerra Civil, capítulo sobre Guernica.

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