Blog I: Liberales franquistas y antifranquistas (autocrítica liberal, II) http://www.gaceta.es/pio-moa/liberales-franquistas-antifranquistas-autocritica-ii-25082014-1335
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Diálogos pastoriles V (lo siento, manuelp. Iba a escribir otra cosa, pero tengo la cabeza muy cansada)
SULPICIO. Tranquilo, Mauricio, estamos de cháchara, no hay que ser tan riguroso…¡Hombre, aquí llega Fabricio! Fabricio, eres tartaja, chepa, tuerto, algo cojitranco y te faltan dos dedos en la mano izquierda… Nadie podrá dudar de que eres un hombre excepcional.
MAURICIO. No tanto, no tanto, Sulpicio, porque Fabricio dice ser, al mismo tiempo, mucho más inteligente y sensible que nosotros, de modo que eso compensa sus otras excepcionalidades y lo convierte en un tío vulgar y corriente.
FABRICIO. Vu…Vu…vuestro repugna…nante cach…cach..ondeo, mis q…queridos ami…gos, os defi… define como lo vi..les que so..sois. ¡Ya quisi…era yo ser un zo…zoquete que ni siente ni pa…padece, co…como vosotros, pero e…sa inteligencia y sen… sen…sibilidad no hacen más q…q…que agravar mis ma….les, la conci…ciencia de mis ta…taras (el transcriptor eliminará en adelante los tartamudeos, para hacer menos fatigoso al lector las palabras de Fabricio).
FELICIO. Hablábamos, caro Fabricio, del maravilloso florecer de nuestra querida villa de Porriño en todos los terrenos del saber, el arte y el pensamiento, y tú, no cabe duda, eres un buen ejemplo. Mas algo me preocupa, Fabricio, ¿no se vendrán abajo tantas flores por la crisis económica
FABRICIO. Para eso, Felicio y los demás, hay que entender ante todo la crisis. Para empezar, desde el punto de vista económico, un ser humano no difiere de una máquina o de un animal doméstico: todos consumen y emplean cantidades de energía, y a ello se reduce la cosa: a los mecanismos y ciclos de producción y consumo de energía.
FELICIO. ¡Pero eso es siniestro, oh Fabricio! ¿Dónde queda entonces la poesía, el romanticismo, la belleza de la vida?
FABRICIO. Quedan donde deben quedar. Un médico entiende y trata al hombre en calidad de portador de enfermedades, y no se preocupa de si su paciente disfruta con el olor de las cloacas, pongamos por caso.
MAURICIO. ¡Cómo, qué cosas dices! … ¡Salicio, coño, deja de tocar la maldita zambomba…! El olor de las cloacas es poco saludable y trae enfermedades, así que…
FABRICIO. Tienes razón, está mal elegido el ejemplo, porque para el negocio de un médico vendría bien eso de las cloacas, digo yo, desde cierto punto de vista… En fin, fijaos en que muy pocos han previsto la crisis, y de los pocos que la han previsto casi ninguno la ha apreciado en toda su magnitud. ¿Qué deducís de ello?
SULPICIO. ¿Que la economía no es ciencia rigurosa?
FABRICIO. Quizá, quién sabe. Pero sigamos: las explicaciones de la crisis se dan entonces a toro pasado. De repente todo el mundo ve fallos por aquí y por allá, que antes no veía. Unos dicen que la crisis deriva de la excesiva intromisión de los gobiernos en la economía, otros, que del capitalismo salvaje y desregulado, del neoliberalismo y esas cosas. Pero yo digo que una explicación de los fallos no explica nada. Porque antes de la crisis hubo prosperidad, y si no explican bien esa prosperidad tampoco explicarán la crisis. Si las explicaciones de unos y de otros fueran ciertas, estaríamos en crisis permanente, fuera por la intervención del estado, según unos, o por el capitalismo salvaje, según otros.
MAURICIO. La crisis es la crisis, tío, es lo que hay que explicar ahora.
FABRICIO. No sé, no sé. ¿Podríamos pensar que debería haber un equilibrio entre regulación y desregulación, entre capitalismo privado y gastos del estado y que, cuando ese equilibrio se rompe, sobreviene la crisis?
MAURICIO. También podemos suponer que si los gobiernos hubieran intervenido menos, la prosperidad habría sido mayor y quizá no hubiera llegado ninguna crisis. O al revés, que de haber sido más voluminosa la intervención estatal, todo habría ido mucho mejor.
SULPICIO. Contra eso puede argüirse que en España las regiones más intervencionistas, es decir, las socialistas, son más pobres, con más paro, y estoy por decir que si no están peor es porque chupan de las otras.
FABRICIO. Bueno, Sulpi, pero en Galicia y Castilla-León ha mandado muchos años la derecha, y no son ningún emporio, de ellas puede decirse casi lo mismo que de Andalucía, Extremadura o Castilla-la Mancha….
VI
MAURICIO.- De acuerdo con eso, podría decirse que las políticas del PP y del PSOE han sido básicamente las mismas, por eso sus autonomías se parecen tanto. Y que todas han sido, en general, intervencionistas. Podría verse el número de funcionarios por cien habitantes en cada lugar, por ejemplo, además del gasto público, claro.
FABRICIO.- Aun así, Mauri, creo que no adelantaríamos mucho: en todos los países viene sucediendo lo mismos desde hace muchos años. El problema está en las categorías que se usan, es decir, consumo, ahorro e inversión. Son, me parece, categorías falsas. Para empezar, todo es consumo, o, si se prefiere, todo es inversión.
MAURICIO.- ¡Ahí va, la luz! Todos los economistas manejando esos conceptos para analizar la economía, y viene nuestro gran Fabricio, el hombre excepcional, y los echa por tierra…
FABRICIO.- Pero fíjate bien, mi buen Mauri, en lo que te decía: un homo oeconomicus es como una máquina o un animal doméstico. Vamos a ver, para que la máquina funcione tienes que aplicarle energía, por ejemplo energía eléctrica, o gasóleo, o lo que sea. Tienes también que gastar en repuestos, en lubricantes, en limpieza, en pagar reparaciones… Todo eso, ¿es consumo o es inversión? El hombre es igual, con la diferencia de que sus necesidades son mucho más amplias: por ejemplo, una máquina no parece tener vanidad, mientras que el ser humano la tiene en grandes cantidades, y por eso emplea tantos recursos en satisfacerla: adornos, joyas, lujos…
MAURICIO.- Pero eso pueden considerarse gastos inútiles o improductivos, Fabricio, o consumo inútil, puesto que no sirven para mantener la máquina humana en marcha, como serían la alimentación o el vestido.
FABRICIO.- Craso error, mi caro amigo. Imagina que una máquina necesitase expresiones de cariño y estímulo, halagos diciéndole lo buena que es, adornos, etc., porque si no, se negara a ponerse en marcha. Afortunadamente eso no sucede, pero en el caso del hombre sí, y tiene una enorme importancia: sin esas cosas, no funciona como es debido o incluso sabotea la producción. Por lo tanto, invertir en esas cosas es fundamental. Lo saben bien los publicitarios, que gastan tanto dinero en estimular la vanidad del posible cliente. Un anuncio de un coche nunca se extiende en los detalles técnicos de él: solo sugiere que te “mereces” una vida de lujo, viajes, tías, y todo eso. Y ese gasto, ¿es inversión o es consumo? Es un consumo, claro, porque la empresa se queda sin ese dinero; y es inversión, porque espera sacar de ahí mucho más, aunque puede ocurrir lo contrario.
MAURICIO ¡Menudo galimatías! Siempre entendí que el consumo es lo que gastan los particulares en satisfacer sus exigencias de… de consumo. Quiero decir, si te compras un traje, por ejemplo, lo apartas de la circulación económica, solo vale para ti.
FABRICIO.- Nada de eso. Lo que has pagado por él sigue estando en el circuito económico y, además, lo compras como inversión en ti mismo. El traje, o la comida, o la casa, te permiten seguir con tu trabajo de pastor más o menos a gusto; pero si pasaras hambre, estuvieras mal vestido, etc., quizá te comerías el ganado en vez de mantenerlo para negociar con él, que es lo que terminará pasando con Salicio como siga impidiendo pacer al ganado. Eso, ya lo dije, es tan inversión como quien compra una máquina y todos los lubricantes y demás. El particular invierte en sí mismo, el empresario en la máquina. Aun podríamos decir más: el empresario invierte en la máquina y en el operario de modo muy parecido. El salario podríamos concebirlo como el equivalente a los gastos de mantenimiento de la máquina, solo que de esos gastos se ocupa el operario, mientras que la máquina no puede ocuparse de sí misma. A un ordenador nadie le da dinero para que se mantenga en forma y rinda; al que maneja el ordenador en una oficina sí se le da dinero para eso, precisamente.
FELICIO.- En verdad, Salicio ha dejado de lado la zambomba y os escucha con la boca abierta, mientras sus ovejas pacen a gusto, tanto interés le que suscitan vuestras divagaciones.