Los políticos y el sexo

Blog I: Sugerencia (inútil desde hace mucho tiempo) al PP / Salud social (IV) Expansión de la droga: http://www.gaceta.es/pio-moa/sugerencia-inutil-pp-expansion-droga-27062014-1944

**Este domingo, de 4 a 5 en “Cita con la historia”, de Radio Inter, hablaremos del asunto del yate Vita, muy revelador de aspectos clave de la guerra civil… y de la actualidad 

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Los políticos y el sexo

¿Tienen los políticos una vida sexual satisfactoria? A esta pregunta usted responderá que probablemente no –aunque depende de quiénes– y que en cualquier caso a usted le importa un bledo. Parece la respuesta más lógica, pero quizá no vaya usted tan acertado como parece. Porque si a usted no le importa la vida sexual de los políticos, a ellos sí les interesa mucho la de usted y, especialmente, la de sus hijos. No hace tantos años, a nadie se le ocurriría que esa gente fuera a meter las narices en la sexualidad ajena y a dictar al respecto normas morales o lo que sean; la mera idea habría causado asombro y escándalo, pues se suponía que ese terreno es íntimo y vedado a los profesionales del poder. Y sin embargo hoy se da por cosa natural. La expansión del Estado, bien visible en la economía y en tantos otros aspectos, se ha extendido hasta ahí, sin que al parecer nadie se extrañe.

La intromisión, conviene recordarlo, empezó, o al menos cobró su impulso decisivo, a raíz de la plaga del SIDA, difundida sobre todo en medios homosexuales y a través de la droga. Más que con la homosexualidad, yo creo que plaga tiene que ver con la promiscuidad, igual que otras muchas enfermedades, aunque ésta sea peor: en los homosexuales la promiscuidad está mucho más extendida y a través de ella el SIDA se propagó bastante a los no homosexuales. Y como nuestros políticos son muy partidarios de la promiscuidad y consideran que lo moderno es considerar la homosexualidad una “opción tan normal como cualquier otra”, se movilizaron rápidamente, no fuese a creer la gente que el SIDA era un castigo divino o algo así. Empezó la difusión masiva desde el poder de la propaganda homosexual militante y feminista, las desvergonzadas campañas de condones, los repartos de preservativos en los colegios –a veces directamente por políticos–, la fraseología empalagosa con pretensiones humanistas, científicas o sanitarias, etc., diciendo a los ciudadanos lo que debían creer y hacer para tener una sexualidad moderna. Hoy, ese lavado de cerebro pretende oficializarse desde la infancia mediante la educación para (contra, en realidad) la ciudadanía, en muy alta proporción educación para (contra) el sexo.

Por eso viene a cuento preguntarse sobre la sexualidad de estos sujetos, que se han erigido por las buenas en instructores sobre estos negocios y utilizan para ello un dinero que, al no ser suyo, están robando, pura y simplemente, en su afán de entrometerse en lo que no les concierne y manipulando así, más aún, a la gente.

Lo preferible sería un rechazo frontal de los ciudadanos, que pusiera a esos golfos en su sitio. Pero eso está hoy por hoy muy lejos de suceder y mientras tanto cabe exigir a los políticos coherencia con sus propias doctrinas. Lo he escrito en varias ocasiones y la gente, que acepta atontadamente unas intromisiones intolerables, lo ha tomado a broma: así como cabe exigir a los obispos que no sólo prediquen la oración, sino que la practiquen en público, así a los políticos debe obligárseles a salir en la televisión “practicando sexo”, como se dice ahora, y así los ciudadanos podrán juzgar si tienen la maestría apropiada a la misión que se han autoatribuido. ¡Qué menos! Hace poco Soraya ha dado un tímido, muy tímido paso en esa dirección, pero el camino está por recorrer, y exigir coherencia a los gobernantes es un derecho humano elemental. Alguno argüirá que ello degradaría a la política, pero más degradada que está… A mi juicio, colaborar con los asesinos de la ETA es peor y ahí han estado y están.

(En LD, 12-2-2009)

 

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Expulsar al español de la ciencia

Blog I: Delicias para un inglés / La prostitución (Salud/enfermedad social, III)  http://www.gaceta.es/pio-moa/delicia-ingles-prostitucion-salud-social-iii-24062014-2224

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Un caso del que puedo dar fe: en nuestras universidades, y con pretensiones científicas, se ha enseñado y se enseña que el Frente Popular, compuesto por los partidos que destrozaron la legalidad republicana, representaba a la república. Y que representaba a la democracia aquel frente compuesto de estalinistas, marxistas radicales, anarquistas, racistas y golpistas. Sobre este absoluto disparate se ha querido construir, y últimamente oficializar, la historia de España desde los años 30, enseñada en la mayoría de las universidades sin apenas contradicción. Una ciencia a la lisenka. La resistencia a poner en cuestión, simplemente a poner en cuestión, un dislate tan evidente y fenomenal ha sido y sigue siendo fanática, con decisión de ignorar cualquier tesis que lo discuta y hasta de dar “un escarmiento” a los disidentes. Y así estamos.

No creo que sea un caso aislado. En general, el nivel técnico en España es bastante aceptable, pero no así el científico, que, con muy contadas excepciones, oscila entre la mediocridad y la práctica nulidad. Se trata de un fallo en la misma concepción de la enseñanza, fallo sin duda remediable aunque no fácilmente, pues su posible remedio choca con la desesperada resistencia de una universidad deforme, repleta de intereses creados y con mentalidad a tono. Muy propio de esa mentalidad son las soluciones simplonas. Por ejemplo, renunciar al idioma español y “hacer la ciencia” en inglés. No hay duda de que la ciencia que hagan en inglés será de tan baja calidad como la que hacen en español, probablemente peor todavía, pues es de suponer que estos señores se expresarán en su idioma materno con mayor soltura que en uno extranjero.

Así, uno de esos mediocres científicos patrios, Javier López Facal, ha escrito un artículo en El País defendiendo que en España se obligue a emplear el inglés en las universidades y en los centros de investigación, empezando por el CSIC. Nadie le impide emplearlo a él, si le da por ahí, pero el hombre tiene mucha más ambición y, muy propio, apela de inmediato a la imposición burocrática:

Al fin y al cabo, ya la Ley 30/1980 de medidas para la reforma de la función pública y el más reciente Estatuto básico del empleado público de 29 de marzo de 2007 reconocen que los profesores universitarios y los científicos podrán dotarse de normas específicas debido a sus peculiaridades laborales. Pues bien, señor legislador, una de esas peculiaridades es, precisamente, que deben realizar su trabajo en inglés, por lo que habría que desactivar ya todas las triquiñuelas administrativas que hacen del español la única lengua reconocida por la Administración.

 

Obsérvese: “Deben realizar su trabajo en inglés”. El Estado español, la administración española, sostenida con el dinero de todos los ciudadanos para fomentar o facilitar la cultura española, debe tomar medidas a fin de liquidar nuestro idioma como idioma científico y suplantarlo por un idioma extranjero. Paso clave para eliminar el español como idioma de cultura superior, tanto por la importancia creciente de la ciencia como porque la argucia usada al respecto –la comodidad de usar una sola lengua– vale para cualquier otra cosa, sea la literatura, la economía, el pensamiento o el arte. En fin, una estafa gigantesca a la ciudadanía, pero en nombre de la ciencia, no se equivoquen.

Obviamente este argumento no hace mella en nuestros facales, pues lo consideran expresión de un patriotismo español que ellos tienen muy superado y del que se burlan con arrogante frivolidad: para realizar su designio, dice el articulista, “hay que proceder con mucha cautela, porque las lenguas comparten con algunas otras invenciones humanas, como Dios, la Patria o la Revolución, la capacidad de generar unas intensidades emocionales que pueden llegar a conducir a la gente, en especial a los varones, a dejarse matar o, preferentemente, a dar muerte a sus prójimos”. Buenas tonterías y lugares comunes para un científico. El señor Facal, va de suyo, también supone que la religión cristiana obstruye la ciencia. ¿Deberán nuestros facales su mediocridad a la Iglesia? ¿Se convertirían en grandes científicos si la Iglesia desapareciera? Vaya usted a saber.

Que se burle del patriotismo español no quiere decir que el señor Facal no sea patriota: lo es, algo así como un oficioso e innecesario patriota de USA, con los correspondientes anhelos de imposición. La hegemonía del inglés en la ciencia y en otras cosas no ha caído del cielo, se la han ganado a pulso USA e Inglaterra dedicándole grandes empeños e inversiones, productos de un espíritu definido y una voluntad tenaz. Ese envidiable espíritu, audacia y visión a largo plazo son por completo ajenas a nuestros facales, cuyo espíritu romo y aldeano toman por cosmopolitismo y lo exhiben con satisfecha prepotencia. Pues su visión apenas va más allá de su pedestre interés particular, de su plato de lentejas, sentido, eso sí, con la mayor intensidad emocional. Los anglosajones saben defender muy bien sus intereses sin precisar la oficiosidad de nuestros mediocres, pero tampoco van a desdeñar su ayuda. Los facales son más peligrosos que los separatistas, a quienes complementan muy bien en su aversión a cuanto suene a español (se estremecen, como diría el Corruto).

Dejemos de lado la otra argucia de que a los científicos les interesa que los lean, y si no escriben en inglés no les leerán. Como sabemos desde hace muchos siglos, los idiomas no son tan estancos entre sí que impidan la traducción, y un trabajo en español puede ser vertido al inglés y viceversa con esfuerzo escaso, sobre todo en la época de Internet. Por otra parte, nuestro idioma no es insignificante: lo hablan cerca de 400 millones de personas, según se dice, y cabe suponer que entre tanta gente pueda tomar forma un mundillo científico relevante si se aplica una política adecuada y orientada a largo plazo. Quiero decir que, entre otras cosas, la enseñanza y el trabajo científico debieran plantearse en relación con todo ese enorme ámbito, y no restringirse a España.

En el terreno científico la presencia del mundo hispánico es muy poco significativa, lo cual nos plantea un reto de gran envergadura: o procedemos a liquidar nuestra propia cultura a plazos cortos, como pretenden los facales, o imitamos a los useños, que, según expresión propia, suelen reaccionar a las patadas en el trasero que reciben de la realidad con esfuerzos redoblados por ponerse a la altura. El ámbito cultural hispánico procede de la iniciativa y el esfuerzo de nuestros antepasados; quizá no estemos a la altura de ellos, como los griegos actuales no lo están de la Grecia clásica, pero en todo caso constituye nuestra herencia y responsabilidad histórica. Renunciar a nuestro idioma y a nuestra cultura por algunos platos de lentejas no nos va a salvar de nada, al contrario. Claro que, volviendo al principio, si se hubiera escrito en inglés toda esa historia de chiste que enseñan en nuestras facultades, por ejemplo, tampoco se habría perdido gran cosa.

(En LD,  18-10-2007)

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¿Una monarquía sin historia?

Blog I: Es necesario otro partido (dedicado a VOX) / Población penal:http://www.gaceta.es/pio-moa/necesario-partido-dedicado-vox-poblacion-penal-23062014-0039 

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Me dice una señora que el abandono de los emblemas de los Reyes Católicos y de los Austrias en el nuevo escudo real no tiene nada que ver con las exigencias de Amaiur –una marca política de la ETA–, sino que el escudo del príncipe ya era así desde el año  2000 ó 2001. Esto parece razonable. Yo sospechaba porque hay precedentes: los gobiernos han solido ceder a  los chantajes y provocaciones separatistas después de afirmar en un primer momento lo contrario. Ahora bien, con presión de Amaiur o sin ella, la retirada de esos símbolos sigue teniendo importancia muy grande. El yugo y las flechas no habían vuelto a ser utilizados después de los Reyes Católicos, pero el franquismo los reintrodujo como una especie de reivindicación de la unidad de España ante el peligro de disgregación nacional por parte de los separatismos y las izquierdas en los años 30. Pues no debe olvidarse que la guerra se hizo contra una alianza de ambas fuerzas, para las cuales la España histórica era  una “enfermedad” o “anormalidad”, en palabras del por lo demás derechista Ortega y Gasset. Es decir, aquellos emblemas marcaban una voluntad de mantener la nación española. Lo mismo puede decirse de la cruz de Borgoña, con la diferencia de que ha sido usada siempre a lo largo de estos cinco siglos. Su desaparición, por tanto, tiene todo el carácter de una renuncia al pasado. ¿Indica ello una orientación personal de Felipe VI? ¿Un intento de romper con la historia, a pesar de algunas frases retóricas  contrarias? Sea cual fuere la intención, el hecho es ese: una ruptura.

En el programa de Luis del Pino he destacado  de nuevo  la damnatio memoriae  de Franco, negación definitoria del estado de farsa en que se desenvuelve la política española desde hace décadas. El borrado de Franco está cargado de significación porque tanto Felipe VI como su padre han podido reinar gracias  al viejo Caudillo. Nadie más que este podía haber devuelto la monarquía a España, un hecho extremadamente improbable en el mundo del siglo XX. No se trata de gratitud,  que también, sino del simple reconocimiento de la realidad histórica, sin la cual un pueblo enferma. Significativo  también porque tan chocante anormalidad se considere normal y obligada en las circunstancias políticas a las que hemos llegado. Un tabú en una sociedad teóricamente democrática, con libertad de expresión e investigación.  Como el rey conoce perfectamente el origen de la actual monarquía, debemos concluir que, o bien carece de libertad para recordarlo públicamente, o bien manifiesta una voluntad de tachar el pasado doblemente real e inventar otro ficticio, siguiendo las imposiciones totalitarias de la ley de memoria histórica.  Elogia Felipe a la generación que hizo la democracia –una democracia ciertamente muy imperfecta– pero no a la generación anterior que legó una España mayoritariamente reconciliada, alfabetizada y próspera, condiciones sin las cuales los mediocres constructores de la democracia posterior no habrían logrado nada.

En el discurso destaca, por contraste, la atención al futuro, al “tiempo nuevo”, si bien en un plano que no rebasa el tópico más bien simplón. El siglo actual  sería el “del conocimiento, la cultura y la educación” (como si antes no hubieran existido tales cosas), marcado por los avances tecnológicos (antes, al parecer no los había), por el “medio ambiente” y el “afianzamiento del papel de la mujer”, “la construcción de Europa” etc.  Estas simplezas podía haberlas soltado Zapatero, es más, son zapaterismo puro. Ello en unos momentos en los que el futuro viene marcado para España por la destrucción de su unidad y de su soberanía, cedida cada vez más a los separatistas y a la oscura burocracia de Bruselas, y en que la propia UE sufre una crisis ante la cual debe hacerse algo más que soltar generalidades sin sustancia.  Cabe suponer que el rey no ha escrito esas simplezas, limitándose a leer lo que le han preparado o perpetrado unos asesores que desde ahora mismo dan pánico por su voluntariosa necedad.

Hay en el mensaje de proclamación otros elementos chocantes: la invocación nuevamente beata a una Constitución que ha sido pisoteada o interpretada muy dudosamente, una y otra vez, por todos los partidos y gobiernos. O la nula alusión a las fuerzas armadas en una época en que la unidad nacional  está sometida a los mayores embates desde los tiempos del Frente Popular. Lo último contrasta con aquel aparente fervor constitucional, pues la Constitución encomienda al ejército la salvaguardia de la unidad de España. ¿Tal vez entra ya en los planes del gobierno y del rey seguir cediendo al chantaje separatista? En la transición, recuérdese, los  separatistas, que entonces se presentaban como simples autonomistas, preconizaban  organizar el estado como un “pacto con la Corona”, al estilo medieval; con la diferencia, omitida,  de que en el medievo el rey era el soberano y hoy es solo un símbolo sin poder. La farsa, la farsa siempre. Pues por ahí está yendo la política de Rajoy y los demás, si los ciudadanos no les cortan el paso.

Así como podemos juzgar el balance  de Juan Carlos, que resulta una carrera hacia el desastre, sería muy imprudente adelantarnos ahora a juzgar a Felipe VI. El tiempo dirá. Pero los síntomas, por ahora, no resultan tranquilizadores. Nada puede hacer peor una monarquía que romper con el pasado o intentar borrarlo, y menos en nombre de un futuro bosquejado con tan infantil tosquedad . Pues si algo debe representar la monarquía es la continuidad nacional, esto es, la apreciación adulta y responsable del pasado.

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**Los separatismos vasco y catalán, el gran desafío de la actual generación española. Seminario: 1- Doctrinas, semejanzas y diferencias entre ambos separatismos. La cuestión del racismo  2- Por qué cobraron impulso los separatismos vasco y catalán, y no otros.  3- Los separatismos en dos crisis históricas, la guerra y el franquismo  4- La ETA como dinamizadora del separatismo y corrosivo de la democracia.

En Centro Riojano, Serrano 25, Madrid, días 24, 25, 26 y 27, a las 19,30. Inscripción: 60 euros

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Pésimo comienzo para Felipe VI

***En Radio Inter, frecuencias93,5 de fm y el 918 de am, el próximo domingo, de 4 a 5 de la tarde, en “Cita con la Historia”, hablaremos del balance histórico de los 39 años de monarquía.

**Los separatismos vasco y catalán, el gran desafío de la actual generación española. Seminario: 1- Doctrinas, semejanzas y diferencias entre ambos separatismos. La cuestión del racismo  2- Por qué cobraron impulso los separatismos vasco y catalán, y no otros.  3- Los separatismos en dos crisis históricas, la guerra y el franquismo  4- La ETA como dinamizadora del separatismo y corrosivo de la democracia. En Centro Riojano, Serrano 25, Madrid, días 24, 25, 26 y 27, a las 19,30. Inscripción: 60 euros

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  En  su discurso de proclamación, el nuevo  rey no ha dicho nada especial,  más allá de la expresión de buenos deseos y una serie de tópicosen gran medida insustanciales. Cosa lógica pues no se espera de él, ni sería apropiado, que adopte posturas políticas concretas ante los graves problemas del país. Lo más sustantivo  ha sido quizá la promesa de una nueva etapa signada por la ejemplaridad moral,  crítica implícita a su  no muy ejemplar predecesor.  

   A Juan Carlos le dedicó algún párrafo que, no por ser  en cierto modo obligado, resulta menos feo: “Hace casi 40 años, desde esta tribuna, mi padre manifestó que quería ser Rey de todos los españoles. Y lo ha sido. Apeló a los valores defendidos por mi abuelo el Conde Barcelona y nos convocó a un gran proyecto de concordia nacional que ha dado lugar a los mejores años de nuestra historia contemporánea”. Hace casi 40 años, en su discurso de proclamación, Juan Carlos  Juan Carlos reconoció las excelentes condiciones con que iniciaba su reinado: “En la paz, el trabajo y la prosperidad, fruto del esfuerzo común y de la decidida voluntad colectiva”, mientras que la actual etapa comienza en medio de una profunda crisis económica, institucional y territorial.  No han sido los mejores años de nuestra historia contemporánea, obviamente. También habló el padre de Felipe de “la sagrada realidad de España” mientras que el hijo solo menciona su fe subjetiva en ella; no sé si ello es significativo. Dejo aparte otras renuncias a la tradición, eliminando toda referencia religiosa pero tratando a la chapucera  Constitución como si fuese  la Biblia.

   Y no olvidó entonces Juan Carlos al hombre a quien debía la corona: “Una figura excepcional entra en la historia. El nombre de Francisco Franco es ya un jalón en el acontecer español y un hito, al que será imposible dejar de referirse  para entender la clave de nuestra vida política contemporánea. Con respeto y gratitud…”  El respeto y la gratitud se esfumarían luego, y  el nuevo rey no ha tenido a bien recordar a quién se debe la  vuelta de la monarquía –hecho sumamente improbable en el siglo XX-, y su propia posibilidad de reinar ahora. Naturalmente, en las circunstancias actuales no puede reprocharse a Felipe VI dejar de lado estos datos, que son sin embargo historia indeleble. De recordarlos, habría provocado un escándalo mayúsculo en los falsificadores de la historia y de sus propias biografías que nos gobiernan desde hace muchos años. Y no podía por la razón de que apenas emprendida la transición, la derecha, Suárez en primera fila, renunció a explicar el pasado y se  inclinó, en el campo de las ideas, ante unas izquierdas y separatismos no menos irreconciliables con el franquismo que con la verdad histórica. Pero la imposibilidad de decir hoy esa verdad  revela también la enfermedad de nuestra política, no muy lejana de la del Gran Hermano de Orwell.

   La nueva situación queda perfectamente definida en un suceso que ha pasado  casi inadvertido. El pasado febrero, el diputado Jon Iñarritu,  de Amaiur, terminal política de la ETA, preguntó al gobierno si  tenía previsto modificar el real-decreto aprobado por el Ministerio de Defensa el 23 de julio de 1977 por el que se crea el distintivo de la Casa de su Majestad del Rey. Porque el mismo es preconstitucional y  alude a  “símbolos franquistas consecuencia directa de que éstos fueron los oficiales de la dictadura franquista” y que, por tanto chocan con la vigente Ley de Memoria Histórica. Se refería a la Cruz Roja de San Andrés o de Borgoña y al yugo y las flechas.

    El gobierno respondió que esos símbolos son anteriores al período histórico  al que se refiere la pregunta del diputado.  Obviamente, el tal Iñarritu sabía de sobra que aquellos símbolos representaban a los Reyes Católicos, a los Borgoñones y a los Austrias, y resulta una burla sangrienta que esos individuos acusen de “preconstitucional” a cualquier cosa. Por lo visto se han convertido ahora en los garantes de la Constitución. La desvergüenza de estos proterroristas es tan  inmensa como la de sus colaboradores gubernamentales. La respuesta del gobierno parecía negar a esa gente su pretensión, pero era un puro engaño. Y así, obedeciendo a las exigencias de la ETA (derrotada, según los farsantes del gobierno)  se ha cambiado el escudo real. Me pregunto si Felipe VI no ha tenido nada que decir, o se ha plegado a la fechoría en nombre de la “neutralidad y la tolerancia”.

   Esto es mucho más grave de lo que parece, y un pésimo comienzo.  Pues lo que han intentado los separatistas es, precisamente, establecer también una nueva etapa, en la que queden olvidados no solo el franquismo, sino la unidad de España, representada precisamente  por los Reyes Católicos. También me pregunto si en actitud del gobierno proviene de una estupidez profunda o de una complicidad consciente, y me inclino por lo segundo. No es la hora de prejuzgar  un reinado que apenas comienza, pero sí puede asegurarse que el comienzo es muy poco prometedor.

 

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El totalitarismo homosexualista que viene

Blog I: La salud/enfermedad social:http://www.gaceta.es/pio-moa/saludenfermedad-social-i-18062014-1314

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Javier Checa (¡apellido apropiado, pardiez!)  un homosexualista del grupo Colegas (creo que vinculado al PP), ha anunciado que denunciará ante la fiscalía a Richard Cohen  por su libro Comprender y sanar la homosexualidad.  Si esta es curable o no, carece aquí de importancia. Cohen ha estudiado el caso y llegado a unas conclusiones, y existen, evidentemente, homosexuales que desearían dejar de serlo. Por lo demás, Cohen tiene perfecto derecho –en una democracia, claro–  a expresar y mantener sus opiniones. Su libro es al menos tan lícito como los que  equiparan la homosexualidad a la heterosexualidad, pintándola incluso como algo deseable y motivo de orgullo.  

Pero a Checa no le gustan las tesis de Cohen, y pretende que el libro sea prohibido y el autor condenado. Nada menos. ¿Por qué? Porque lo ve como un peligro para el discurso homosexualista hoy abrumadoramente dominante en la literatura, el cine y los medios. Y al verlo como una amenaza, obra según lo que recuerda su apellido, es decir como si estuviéramos en un estado totalitario, movilizando al llamado lobby gay  –muy poderoso, como ha demostrado a menudo–para aumentar la presión. Uno se pregunta quiénes son el señor Checa y sus colegas  para impedir la expresión de otras ideas que las suyas, o  quiénes son para impedir el cambio de orientación sexual a los homosexuales que lo deseen libremente.  El señor Checa confía, es claro,  en que la fiscalía comparta sus sentimientos y designios, lo cual, si la confianza fuera acertada, mostraría lo mucho que el estado avanza hacia el totalitarismo, de lo que tenemos otros muchos indicios. El poder judicial dista de ser precisamente la institución más prestigiada de España, y no sin motivos.  Ahora resulta que los homosexualistas podrían imponer dictatorialmente sus ideas y sentimientos y encarcelar o prohibir la expresión de otras.

No es ninguna broma ni un asunto baladí. Hace poco, un juez  ha encausado a algunos estudiantes por “incitación al odio”,  por decir que estaban dispuestos a luchar contra la secesión de Cataluña, o algo así. Pero ¿qué es eso del odio desde el punto de vista judicial?  No existe odio en abstracto, siempre se odia o detesta algo preciso. En España, precisamente, el odio ideológico ha subido muchos grados por efecto de la  –totalitaria–ley de memoria histórica, y las expresiones de odio de homosexualistas, feministas, abortistas, antifranquistas de salón y similares  están bien de relieve en sus publicaciones. Yo he recibido todo tipo de insultos y hasta amenazas de muerte en tuíter y facebook por parte de esos “demócratas”, cuyo afán totalitario  apesta a larga distancia. Unos tipejos de espíritu chekista osaron denunciarme por no pensar como ellos sobre la historia reciente, y en la universidad he sido boicoteado por una otros parecidos,  protegidos de hecho por las llamadas autoridades. En esa dirección camina el estado actual, porque mi caso no es, desde luego, aislado.

Esta gente tiene mucho peligro y es preciso reaccionar, porque están contaminando el ya muy degradado poder judicial, de modo que el día menos pensado nos encontramos en una especie de Unión Soviética  con su correspondiente GULAG para quienes osen discrepar de homosexualistas, abortistas o feministas, que no por azar suelen ir juntos y no lejos de quienes han promulgado y defienden la ley de la Cheka, que no de la memoria histórica.  Nuestra democracia, muy endeble desde el principio, está cada vez más enferma.

 

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