De cobardía y amor

Blog I: ¿Son descerebrados los etarras? / La visión cristiano-progre (y III): http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/etarras-descerebrados-vision-cristiano-progre-y-iii-20140103

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Recuerdos sueltos

En  1958, teniendo yo diez años, mi padre compró por 300.000 pesetas,  con un préstamo de la Caja de Ahorros, un chalet en el barrio vigués de Sampaio. Lo hizo como inversión, pensando que la expansión urbana lo revalorizaría  pronto, pero la expansión fue por otro lado y el beneficio resultó insignificante.

   Antes vivíamos en un piso bastante céntrico, en la Travesía de Finisterre. Años después, cuando estaban demoliendo el edificio, lo visité y quedé sorprendido de cómo en un piso tan pequeño  habíamos llegado a vivir ocho o nueve personas: mis padres, cuatro hermanos, dos tías maternas (una emigraría a Brasil) y la hija de una de ellas. En aquellas calles y en el colegio del Pilar próximo  yo estaba bastante integrado,  es decir, participaba en los juegos y travesuras, y tenía amigos. Pero no me integraba del todo, acaso porque los fines de semana no iba al fútbol o al cine, como la mayoría de los compañeros. Mi padre decía que ya tendría ocasión de ver películas cuando fuera mayor,  lo que no sé si fue  bueno o malo; y el fútbol me gustaba jugarlo, pero no como espectáculo. Por eso las estrellas del deporte y del cine me llamaban poco la atención y no hablaba de ellas o de los argumentos de las películas, que constituían buena parte de la conversación, sobre todo los lunes.  En cambio leía, desordenadamente, bastante más que la mayoría, y generalmente tenía un solo amigo con quien conversar sobre asuntos más interesantes para mi gusto, o proyectar aventuras.

   Con el traslado a Sampaio entré en una experiencia poco placentera, y los cinco años que pasé allí  figuran entre mis recuerdos más deprimentes.  Era un arrabal típicamente obrero, en la ladera de un monte con caminos  pedregosos, casas y pequeños huertos desperdigados alternando con bosque de pinos. Al pie del monte pasaba una carretera y los tranvías que tomaba para ir al colegio. El ambiente infantil y luego adolescente en el barrio era harto degradado,  yo no conocía a nadie al principio, y los conocimientos que hice, en su gran mayoría, distaban de satisfacerme (…e logo ti dasme a min polo cú… oí que conversaban una vez). Mi madre tuvo la mala ocurrencia de meterme miedo: aquella gente, sobre todo los algo mayores –decía– eran muy golfos, y podían un día echarme una chaqueta por la cabeza y darme una paliza, si les caía mal. Yo no era precisamente dócil, pero las advertencias  maternas simpre influyen en los niños. El caso es que no traté de caer bien ni mal, sino simplemente de esquivar a aquellas pandillas al ir o venir del colegio, en cuanto las veía daba largos rodeos  y  si avanzaban hacia mí, echaba a correr. Eso no me llenaba precisamente de orgullo. Mi padre me dijo: “no escapes nunca, porque detrás del que escapa todos corren”. Pero realmente estaba acobardado. Alguna vez salí con un cuchillo entre la ropa y aquello podía terminar mal. Empeoraba las cosas el hecho de que hube de empezar a llevar gafas, convirtiéndome en un “cuatro ojos”, lo cual me humillaba. Un día, una caterva de chavales  estaba junto al chalé en plan especialmente insultante, y  salí  contra ellos. Excepto uno, los demás eran más pequeños que yo, y uno a uno yo podía con todos. Repartí alguna leña pero en resumidas cuentas salí bien vapuleado. También con una dosis algo mayor de autoestima.

   Y peor aún:  debido al chalé, pasaba por ser hijo de ricos, lo que aumentaba el distanciamiento con los críos del barrio. Podía haber reducido ese distanciamiento sin mucha dificultad, pero no sentía interés por ello.  Por lo demás, de ricos no teníamos nada.  Comprábamos al fiado, como la demás gente del barrio, para pagar al final del mes, cuando llegaba  el sueldo. Yo ahorraba a menudo el dinero del travía yendo a pie o haciendo parte del recorrido colgado de la plataforma abierta, hasta que llegaba el cobrador y me tiraba en marcha. El billete valía 1,25 (sacando un “pase” mensual” salía más barato). Utilizaba el dinero para comprar libros con las aventuras de Guillermo Brown, de editorial Molino (20 pesetas),  que me divertían muchísimo…  menos cuando mi madre me requería lo ahorrado para pagar al tendero.

  Al mismo tiempo, el ambiente obrero, entre los mayores,  me gustaba por su estilo natural, sus bromas, etc. Algo más arriba de nuestra casa estaba la de un carpintero que había trabajado también en Barcelona  y hablaba cuatro palabras de catalán; tío mío, pues estaba  casado con una hermana de mi madre.  Era muy comunista,  no organizado pero oyente  asiduo de la radio “Pirenaica”, cuyas invenciones tragaba con devoción. A menudo discutía con mi padre, por entonces católico y de orden (más adelante cambiaría); no se enfadaban  y yo escuchaba con el mayor interés sus palabras, tratando de entender aquellos asuntos.  También oía por las noches, con mi padre, la BBC y Radio París, a veces Radio Moscú o la misma Pirenaica.  En los cinco años vividos en el barrio  solo hice un amigo. Se llamaba Leal y una hermana suya Fideli. Luego supuse que correspondían a Lealtad y Fidelidad, nombres como los que los anarquistas solían poner a su prole. Y así era: el padre estaba desterrado en Vigo debido a actividades subversivas por Extremadura, y trabajaba en los astilleros Vulcano. Leal,  cuando  tuvo catorce años, entró a trabajar también en Vulcano, y a su vuelta del trabajo yo lo esperaba en la puerta de casa y allí estábamos largo rato charlando de temas laborales, políticos o costumbristas. Aquel año, 1962, hubo huelgas en varias fábricas de la ciudad,  hecho muy inusual, y ello me causaba una gran excitación. Otras veces hacíamos, con algunos otros, excursiones a cazar grillos  o simplemente a pasear en torno a la carretera que llevaba al aeropuerto de Peinador.

    Conforme avanzaba mi adolescencia se me volvía insoportablemente estrecho el ambiente, no ya de Sampaio sino de Vigo. Creía poder hacer algo notable en la vida, y la perspectiva de  estudiar una carrera, por ejemplo Derecho, casarme y fundar  una familia como todo el mundo, me abrumaba.  De la religión apreciaba hasta cierto punto  las normas morales, sin hacerles mucho caso en el terreno sexual, al menos en teoría;  pero las ceremonias, rituales y liturgias  no iban conmigo.   Hacia el término de mi estancia en Sampaio dejé de sacar buenas notas y  pasé a estudiar en el Instituto Santa Irene. Quería salir de Vigo y de España, ir a otro país donde, imaginaba, encontraría unos horizontes vitales más despejados. Pensaba incluso meterme de polizón en algún transatlántico de los que arribaban al puerto desde Suramérica hacia Inglaterra. Al final, mi padre me autorizó a ir a un campo de trabajo vacacional en Inglaterra, y convencí a Arturo, de quien he hablado en alguno de estos recuerdos (http://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/el-cafe-derby-1276231295.html)

 y a otros compañeros,  para ir juntos. Teníamos 16 años, se fueron ellos y yo me quedé, no recuerdo la causa; al año siguiente  marché solo, haciendo auto-stop.

   Cuando uno recuerda hechos antiguos, con pocos detalles y fáciles confusiones de fechas, parece  no haber hecho más que lo recordado,  pero en realidad, en cada época hacemos o nos pasan cosas muy diferentes, que corren en paralelo o se cruzan y mezclan. Así,  dos meses antes de trasladarnos a Sampaio me enamoré perdidamente de una niña de mi edad, es decir, diez años, madrileña de las que venían a pasar algún mes de vacaciones a Galicia. Digo perdidamente porque hasta entonces detestaba a las chicas en general. No sé de dónde vendría esa aversión, pero las consideraba embusteras, enredosas y molestas, y de cuando en cuando manifestaba  ese sentimiento en voz alta. Un tío mío se escandalizó una vez: “Por Dios, qué dices, si ellas son las que nos traen al mundo”;  y mi padre me regañaba, cuando salía por peteneras.  Mis hermanas se burlaban cantándome que yo tenía novia, lo cual me enfurecía porque tener novia me parecía el colmo de la degradación. Además, alguna otra chica de Madrid había suscitado nuestra hostilidad: encontrábamos su acento ridículo y llegábamos a  hostigarla con cerbatanas. Pero en esta otra, la llamaré Lucía, el acento madrileño (no el castizo, sino el normal) me sonaba encantador,  su sonrisa, su risa, su rostro, sus ojos un poco ensoñados, me fascinaban y la contemplaba a hurtadillas  todo lo que podía…  siempre que ni ella ni nadie más se percatase. Una mirada casual suya bastaba para disolver mi infantil misoginia. Volví a verla tres años más tarde, ya con la sexualidad a flor de piel, y el efecto fue el mismo.  La sentía como la feminidad  sin pizca de ordinariez ni cursilería, aunque yo era tan pudoroso de mis sentimientos que no estaba dispuesto a darlos a entender a nadie. Otro verano, con quince años, hice algunos avances una noche en que escuchábamos las danzas polovtsianas de Borodin, en el anfiteatro al aire libre de Castrelos.  Ella me rechazó. Tenía novio en Madrid. Hice como si no me importara, pero vaya si me importó.  En fin, tiempo después, cuando estudiaba periodismo en Madrid y había entrado en el PCE, mantuvimos durante un año y medio una intensa relación amorosa, rota cuando ella decidió volver con su novio, a quien nunca había dejado del todo. Fue una experiencia terriblemente dolorosa para mí. Más tarde ella me explicaría que si bien sentía admiración por mi estilo, digamos cheguevariano,  no era eso lo que  deseaba para su futuro.  

   Quien haya leído Sonaron gritos…, notará que he aprovechado algunas de esas vivencias. Paco también quiere hacer desde muy joven  algo “grande” sin saber bien qué, y desea apurar todas las experiencias posibles de la vida. Alberto, a su vez, experimenta un enamoramiento de infancia con Carmen  y luego el repentino con Iliena.  Esta podría tener algo de Lucía, en particular un fondo de debilidad y ensoñación.  Lucía sabía mirar a veces de esa forma tan femenina, a un tiempo desafiante, burlona e invitadora, que en la novela atribuyo  a Luisa y que hace perder el control a Alberto. Carmen, por el contrario, no tiene nada de Lucía: es una chica muy fuerte y empeñada,  y aunque Alberto siente su atracción, teme atarse a ella (un temor ausente por completo en mi relación con Lucía)

   La atracción sexual, más aún la amorosa,  es tema predilecto del arte, de las canciones,  y resulta tan evidente que no nos preguntamos sobre ella. Sin embargo se trata de algo sumamente misterioso, como un impulso cósmico  del que fuéramos, en  gran medida, simples objetos, por no decir juguetes. En la novela, Alberto cita a Sófocles para burlarse de las teorías de Paco sobre el amor. La literatura y  los informes judiciales abundan en relatos de  actos insensatos, contraproducentes para el propio interesado, hasta suicidios o crímenes pasionales,  causados por ese impulso,  incluso en personas por lo demás modosas o ponderadas. Así –en la novela— cuando Paco intenta compartir a Iliena con Alberto  y desata la venganza de su amante Irina  y la muerte  de Iliena misma. Lo más importante de la atracción amorosa  no es el lado físico, sino los sentimientos, a menudo apasionados que la acompañan hasta afectar a  toda la vida del modo más profundo; y de  hecho así ocurre cuando desemboca en el  matrimonio y la familia. Cosa distinta es que persista la felicidad  intuida o gozada  al principio.

    Al concluir algunos de estos recuerdos me suele venir a la cabeza la pregunta sobre su significado. ¿Qué significado tienen las peripecias de cada uno a lo largo de su carrera vital?  ¿Tienen alguno? ¿Y a quién preguntarlo?

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La transición, según Martín Villa.

Blog I: El discurso del rey. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/discurso-rey-20131225 

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 Un amigo me envía el discurso de recepción de Rodolfo Martín Villa  en la Academia de Ciencias Políticas y Morales. Dado el papel del nuevo académico en el posfranquismo, su discurso se titula precisamente “Claves de la Transición”. Pero  Martín Villa hizo una gran carrera bajo Franco, y precisamente en la familia “azul”, la Falange, considerada  por la izquierda y muchos de derecha  como  el sector más fascista, agresivo y antidemocrático de aquel régimen. Con 28 años era ya jefe nacional del SEU, el sindicato universitario de Falange; luego presidente de otros sindicatos, gobernador civil, procurador en Cortes…  De todo ello apenas hay  más que alguna referencia  vaga en su discurso, que sin embargo, pretende explicar  cómo se llegó a la transición. Esta vaguedad o disimulo entra en una costumbre tan escasamente digna como extendida de falsificación o distorsión autobiográfica:  ¿cuántos nuevos izquierdistas no habrán invocado como un título de honor haber “corrido ante los grises”, con la imaginación en la mayoría de los casos, o haber sido  perseguidos de algún modo? ¿Y cuántos franquistas no se habrán descubierto demócratas oprimidos por Franco?  A Martín Villa, como a su contestador Herrero de Miñón, se les ve incómodos con su pasado,  deseosos de pasar por demócratas de toda la vida e inseguros de resultar convincentes. A mi juicio nunca fueron demócratas, entonces ni ahora; pero debe reconocérseles, como a tantos otros,  el don de la adaptabilidad. Todo político debe ser adaptable, aunque hay grados y grados; pero cuando se pretende cierta altura y rigor en el análisis político-histórico, la adaptabilidad a las conveniencias del momento solo revela fragilidad, por lo menos intelectual. Como fuere, tales actitudes,  aunque reveladoras de un ambiente, no pasan tampoco de lo anecdótico.

  Martín Villa se  explica a sí mismo de este modo: los  jóvenes de los años 50 “compartimos la idea, sobre la que Laín reclamó nuestra atención, de España como problema, y la voluntad del nunca más referida al enfrentamiento fratricida de la Guerra Civil. La meta que nos propusimos fue superar ese problema”.  Es decir, se pasaron  quince o veinte años resolviendo un problema que, como veremos, había quedado resuelto en 1939. Y lo hicieron mientras medraban en un régimen contrario, dice, a la superación de la guerra. Se ve que el franquismo  premiaba a sus enemigos. Me recuerda a Ansón presentándose como peligroso antifranquista… a quien el gobierno de entonces  encargaba la preparación de sus periodistas. Bueno, Martín Villa no llega a proclamarse antifranquista, sólo ajeno a aquella dictadura en la que tan bien le fue.

  La tesis del académico, simplemente un tópico muy extendido, se resume de este modo: en los años 60-70 “hubo  un cambio de la sociedad”,  que dejaba al régimen de Franco como un “anacronismo”  a superar mediante  una democracia que “reconciliase a los españoles”. Que se produjo un cambio social y económico a lo largo de todo el franquismo, acelerado en sus últimos quince años, resulta una obviedad. Pero — y esta es la cuestión crucial disimulada en el discurso–, ese cambio ocurrió bajo un régimen determinado, el cual no fue un elemento pasivo sino sumamente activo en la la promoción de una mayor riqueza nacional,  de una mayor igualdad y prosperidad  consistente. Importa señalarlo porque la mayoría de los analistas, desde la guerra civil, pretendían año tras año que el régimen era incompatible con cualquier aumento y mejor distribución de la riqueza. Hoy, cuando hemos retrocedido en proporción a los países ricos europeos, hemos crecido entre frecuentes crisis  y  pasado del pleno empleo  a un desempleo masivo y persistente, que ahora afecta hasta a 6 millones de personas, podemos apreciar mejor aquella prosperidad más sólida y menos burbujeante. Y, desde luego, no llovida del cielo, sino de un régimen al que Martín Villa sirvió provechosamente y al que birla el mérito con toda tranquilidad.

    Así pues, el franquismo no fue incompatible, muy al contrario,  con una prosperidad que hizo de España el segundo o tercer país del mundo  con mayores tasas de desarrollo (por no extenderme, omito aquí las  décadas de los 40 y 50, también muy fructíferas a pesar de enormes dificultades que iban mucho más allá de la llamada autarquía. Y a las que el académico se permite calificar  según dicterios antifranquistas, como desentendiéndose de la época, mientras incluye un cántico a los supuestos logros de la república en enseñanza).

  Otra obviedad  pésimamente explicada es la oportunidad de una transición democrática a la muerte de Franco, que él adjudica a “la sociedad”,  una de esas palabras que lo mismo valen para un roto que para un descosido.  Claramente, el régimen no podía continuar, no solo porque sus propios éxitos habían creado condiciones que exigían reformas  profundas, sino porque se proclamaba católico, y la Iglesia le había abandonado. De ese modo, el edificio institucional y político franquista solo podía derrumbarse al perder su principal muro de carga. Así, sectores del clero pasaron a apoyar activa o pasivamente todo tipo de acciones contra el régimen, acciones  de carácter mayoritariamente comunista, separatista o terrorista, o todo junto, pues otra oposición real no tuvo Franco. Es llamativo que esta a su vez llamativa evolución de la cúpula eclesiástica sea tan poco tenida en cuenta cuando se examinan los procesos políticos de la época. Y, por supuesto, apenas hay alguna referencia  –y laudatoria—a tal evolución eclesiástica en el discurso de Martín Villa.

   En fin, la reforma política era ineludible, con más o menos plazos. El propio Franco lo admitía implícitamente en su testamento al no mencionar el Movimiento Nacional (cuya dirección habían alcanzado Suárez y  TorcuatoFernández Miranda).   El problema era  cómo hacer la transición.   Pese a su intervención en ella, a la que pinta de color rosa intenso,  Martín Villa apenas ofrece más que humo y trivialidades, nada parecido a un análisis medianamente serio: “Fraga (…) junto a Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo  fueron lo cuatro líderes que protagonizaron la transición pilotada por Juan Carlos”.  Tiene gracia la mención a Fraga y el olvido a Torcuato.  Fraga fue, precisamente, el líder desbancado por Juan Carlos y Torcuato, después de lo cual  ya no lideró nada, sino que hubo de tragar entre vanas protestas las medidas de Suárez.  Poco liderazgo hay ahí.  Y ni una palabra sobre el modo como la opción Fraga fue eliminada, sobre cómo Suárez, procedente también del sector azul y compañero de Fraga en el gobierno Arias,  saboteó  eficazmente la reforma fraguista, no desde una posición “progresista” sino próxima al “bunker”, a lo que podríamos llamar ultrafranquismo. Suárez actuaba entonces como hábil peón de Torcuato y del rey, y le daba igual defender una postura que la contraria. Fraga pensaba en una reforma de las Leyes Fundamentales del Movimiento de modo que se legalizaran los partidos y hubiera elecciones libres. Torcuato proponía una reforma del régimen mediante una nueva  Ley del Movimiento. En los dos casos, el régimen quedaría desmantelado, pero con reconocimiento a su legitimidad histórica: Torcuato planeó explícitamente un proceso de la ley a la ley, es decir, de la legitimidad franquista a la democrática. Sin echar por la borda 36 años de fructífera paz para enlazar con el caos del Frente Popular, como pretendía la oposición. Lo he expuesto en La Transición de cristal.

   Tras el intento fallido de Fraga, el plan de Torcuato triunfó plenamente frente a las oposiciones antifranquistas, entonces muy débiles, hasta imponerse con rotundidad en el referéndum de diciembre de 1976. La oposición tuvo que aceptar, a regañadientes, la evolución propuesta, y ese fue  el “protagonismo” de González y Carrillo en esta fase crucial de la transición. Aquel referéndum respaldaba una evolución bien controlada, impidiendo las tendencias disruptivas propias de las izquierdas y separatismos, tendencias que el analista Martín Villa ni siquiera toma en cuenta. Pero no ocurrió eso precisamente. Con el gran éxito político, Suárez  parece haberse creído un genio de la política: se sacudió bruscamente la tutela de Torcuato y emprendió una nueva vía. Probablemente por complejo de su pasado y por hacerse el demócrata, dio a los vencidos del referéndum un protagonismo  excesivo, multiplicó las concesiones e incluso las ayudas económicas a partidos como el PSOE o el PNV, y por congraciarse con ellos propició la elaboración –harto heterodoxa—de una Constitución demasiado  complaciente con izquierdas y separatismos. La Constitución sería mucho menos votada que el referéndum de 1976. Suárez, hombre de manifiesta y casi jactanciosa incultura e ignorancia de la historia –fenómeno muy extendido en aquella derecha, por otra parte–, tampoco podía oponer nada a las argucias ideológicas con que la oposición hacía del  antifranquismo sinónimo de democracia.  Optó por escamotear  el pasado –que los contrarios le recordaban constantemente–,  “mirar al futuro”, centrarse en la economía, que marchaba peor cada año y jugar a izquierdismos  de salón. En pocos años, Suárez  destrozó su propio partido, la UCD –procednete muy mayoritariamente del sector azul–, llegó a hacer “sonar todas las alarmas” sociales y políticas, en palabras de González, y se hizo necesario un “golpe de timón”, como decía Tarradellas, llenando al rey de preocupación. El resultado fue el golpe del 23-F, sobre el que tanto se ha mentido y cuyo verdadero causante fue Suárez con sus políticas erráticas, oportunistas y sin contenido ideológico o de principios.  Ninguna de estas claves, que he estudiado en La Transición de cristal,  asoma  en la verborrea pretendidamente bienintencionada de Martín Villa: todo para él fue una maravilla.    

   Aún más lamentable es la tercera de las claves propuestas por el académico,  la que llama “reconciliación entre los españoles”.  Asombra cuando ejemplifica los males de la guerra  en el asesinato de curas y maestros. Según él, la izquierda mataba curas y la derecha maestros:  “¿Habrá atrocidad de mayor calibre que la liquidación no solo de los otros, sino precisamente de los educadores de los otros?”.  Pero los curas eran asesinados, a menudo de forma sádica, solo por ser curas, en un propósito deliberado de exterminio;  y los nacionales nunca pensaron en exterminar a los maestros: los fusilados no lo fueron por ser maestros, sino por  su actividad a favor de los totalitarismos o separatismos de entonces,  estimulando  o participando en los crímenes de la izquierda. Esta diferencia esencial escapa a tan “bienintencionado” analista, que en aras de lo que llama reconciliación  no vacila  en equiparar lo inequiparable y calumniar a aquellos a cuyo servicioprosperó durante tantos años. Guiándose por Laín Entralgo –cuya vacuidad palabrera al respecto he examinado en varios artículos—Martín Villa dice cosas como estas: “En el franquismo, desde sus comienzos más duros, siempre hubo conciliadores, aunque no consiguieran impregnar al Régimen de la voluntad de reconviliación y por eso en algún caso chocaron con él”. Y cita a Laín, Ridruejo, Ruiz-Giménez y el padre Llanos.  Pero los choques iniciales de  Laín y Ridruejo se debieron a que el régimen no marchaba  por la senda más abiertamente fascista que ellos propugnaban. Y Ruiz-Giménez y el padre Llanos terminaron como amparadores y simpatizantes del marxismo, la ideología más totalitaria y mortífera del siglo XX.  Con desenvoltura, el académico cita encomiásticamente un discurso en que Felipe González se felicitaba, en 1986, de que España hubiera recobrado las libertades “que quedaron bruscamente interrumpidas en 1936y  honró la memoria de cuantos en años posteriores se esforzxaron e incluso perdieron la vida por la democracia”. Es cierto, claro, que las libertades se interrumpieron en 1936, pero no en julio, sino en febrero, a raíz de unas elecciones fraudulentas y del brutal proceso revolucionario abierto a continuación. Y es  falso  que alguien fuera perseguido  o ejecutado en el franquismo por ser demócrata, pues  la oposición al régimen fue siempre más antidemocrática que este. La única seria y mantenida fue la comunista, a menudo también terrorista y la separatista de la ETA.

   Con tópico sensiblero no menos falso, resume el  analista: “En la guerra perdimos todos y en la transición ganamos todos”. Pues tampoco. En la guerra perdió la revolución y el separatismo, y ganaron los que querían  la continuidad de España y de la cultura cristiana. Así lo reconocieron el socialista Besteiro o el liberal Marañón. Y en la transición  se perdieron muchas cosas, abriéndose un proceso, condicionado en gran medida por el terrorismo,  que vuelve a amenazar  la integridad de España, ha traído un retroceso  cultural y llevado al país cerca de la ruina.

   De acuerdo con la turbia beatería del discurso del académico  podríamos creer que la reconciliación solo puede alcanzarse mediante la falsificación de la historia. Aquí yace un problema político de alcance, porque  a la investigación y aclaración del pasado se opone un  chantaje sentimental demagógicamente eficaz.  Pero, a mi juicio,  la falsificación del pasado envenena el presente,  como por lo demás comprobamos a diario. Pretende Martín Villa  que en todo caso la concordia nación de la transición, otro tópico sin contenido. La reconciliación fue real ya en los años 40, pues la inmensa mayoría de los vencidos prefería cualquier cosa antes que volver al Frente Popular, cuyos placeres había experimentado tan crudamente. Ello se puso bien de relieve cuando el maquis intentó reavivar la guerra civil. Disponía para ello de condiciones “objetivas” inmejorables, pero fracasaron en cambio las “condiciones subjetivas”. El pueblo  no quería nada de aquello y el maquis quedó aislado y condenado a la derrota. Y desde entonces, el régimen no tuvo más oposición que la dicha. Que la reconciliación era un hecho logrado desde mucho tiempo atrás quedó de relieve, precisamente, en el referéndum de 1976, cuando la gran masa de la población rechazó salidas rupturistas asimilables a la república y aceptó el punto de partida franquista.

   La reconciliación de Martín Villa es muy diferente de la popular: se trata de la establecida entre políticos y partidos, edificada sobre la desvirtuación de la historia. Una reconciliación que  ha multiplicado los problemas y la corrupción, empezando porla corrupción intelectual,  hasta empujar al país a una crisis en que resurgen los odios del pasado.

Queda un problema: el nuevo académico representa muy bien a los políticos derechistas que  hicieron la transición de Suárez. Quiero decir, representa mediocridad moral,  intelectual  y política. ¿Cómo pudieron, entonces, llevar a cabo una transición que, mejor o peor,  ha ido funcionado hasta Zapatero?  La respuesta no es difícil:  manejaban un inmenso capital político heredado: la properidad y sobre todo la reconciliación, el olvido  –salvo para pequeñas minorías irreconciliables–  de los odios exacerbados que destruyeron la república. Un capital en gran medida derrochado  estérilmente, pero suficiente para impedir  durante varios decenios derivas catastróficas  como las que hoy  amenazan.

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Estado y riqueza: objeciones a Contreras

 

El libro de Francisco José Contreras  Liberalismo, catolicismo y ley natural, comienza con un ensayo tratando de mostrar que catolicismo y liberalismo son compatibles. Yo creo que sí lo son –aunque no iguales, claro–, y el hecho de que el liberalismo haya surgido en la cultura cristiana y no en otras es ya un argumento de peso. Pero cabría hacer algunas objeciones al discurso con que lo justifica Contreras. Es obvio que la concepción cristiana del hombre ha ido suavizando, hasta hacerlas desaparecer, instituciones como la esclavitud, aunque al final la argumentación de Contreras se parece demasiado a la de los protestantes, salvando la Escuela de Salamanca. La esclavitud, cita  de R. Stark,  fue abolida en Europa  al final de la Antigüedad y reintroducida por portugueses y españoles desde el siglo XV. Parece que son estos países católicos los culpables, pero en Europa siempre hubo tráfico de esclavos, aunque su destino preferente fueran los países islámicos, y el comercio negrero para las plantaciones coloniales fue organizado masivamente y con gran entusiasmo por los países protestantes. Pero esto es solo un detalle y no entraré ahora en los roces entre liberalismo y catolicismo, que el autor aborda honradamente, sino en otros dos aspectos clave: el comercio y el estado.

   Desde cierto punto de vista liberal, Contreras hace del comercio, del mercado,  la clave explicativa de la  historia, de su trama íntima o de lo que pudiera haber sido mejor. El “dulce comercio”, por su propia naturaleza, se opondría a la guerra y al imperialismo, beneficiaría a todos los participantes en él y fundamentaría la libertad política. Sería, pues, la base de una paz perpetua y feliz en la que todos encontrarían su satisfacción, al menos en la medida en que los deseos humanos puedan satisfacerse. Creo que hay en esta visión tan optimista algo de intelectualmente perturbador, recuerda las explicaciones omnímodas del marxismo a partir de la plusvalía y los intereses de clase. Hice alguna vez una crítica al libro La fatal arrogancia  de Hayek, considerándolo un nuevo materialismo histórico. Pero la historia no demuestra que el comercio se oponga a la guerra, sino que a menudo prospera con ella. Solo hay que pensar  en el comercio de armas y otros relacionados; Inglaterra salió de la IIGM arruinada (por no hablar de Alemania), pero para Usa fue un excelente negocio; y a la vista de los resultados a largo plazo, la propia Alemania podría considerarla un caso de “destrucción creativa”. Hay guerras muy productivas para los ganadores, como lo fue la del 98 para Usa –indirectamente también para España si pensamos en términos meramente económicos, porque Cuba era una sangría insoportable–. Por otra parte, la época de máxima expansión imperial europea ha coincidido con su época de mayor libre comercio, y a pesar de que las colonias no fueran un gran negocio, tampoco pudo ser tan malo si espoleaba tanto a las metrópolis. Y no pocas acciones violentas, guerras o presiones armadas, se han realizado precisamente para ganar o ampliar mercados.

   Y hay otra consideración: sin duda el comercio satisface deseos humanos, pero estos son muy variados y a menudo contraproducentes. Uno de los comercios más prósperos actualmente es el relacionado con la prostitución en un sentido amplio; o con las drogas, que también satisfacen los deseos de muchos millones de personas –recuérdese que, en nombre del libre mercado, Inglaterra organizó las guerras del opio para imponer a China su consumo masivo–. El  botellón y el alcoholismo juvenil es también ocasión de comercio.  Desde un punto de vista negativo, en nombre del libre comercio Inglaterra dejó morir de hambre a un millón de irlandeses en pleno siglo XIX, pese a ser Irlanda una isla muy productiva agrícolamente. Etc. Así, hablar de comercio y deseos humanos en abstracto puede servir para cualquier cosa. Y hay una tendencia a valorarlo todo por su rentabilidad económica, de modo que  los comerciantes en droga o prostitución podrían adquirir elevado prestigio social: si no lo tienen, se debería a “prejuicios” o a “mentalidad retrógrada”.  

   Ahora bien, es indudable que el comercio ha acicateado la capacidad productiva y la riqueza de forma espectacular en los últimos dos siglos y medio. Por ello se tiende de modo subliminal a establecer una cesura entre la etapa anterior al último tercio del siglo XVIII, supuestamente mísera, estancada y sin libertad, y la posterior hasta hoy.  A considerar el inmenso período anterior como una especie de prehistoria en la que el ser humano apenas lo sería (tal como venía a proponer el marxismo para las épocas de explotación anteriores a la sociedad socialista). Pero ¿es que antes no existían comercio y mercados libres? En realidad, estos son tan antiguos como la humanidad. Lo que no existía era la revolución industrial, que permitió multiplicar la productividad. El comercio estimula sin duda la inventiva y la capacidad productiva, pero choca con límites marcados por el desarrollo técnico, el cual no nace directamente del mercado (los comerciantes no suelen ser inventores de máquinas, aunque unos y otros aprovechen después los inventos).

 Argumenta Contreras, siguiendo a otros pensadores, que los éxitos del libre mercado, el espectacular auge de la riqueza en estos dos siglos largos,  estarían socavando el auténtico espíritu capitalista: productivo, ahorrativo, honrado, con cálculo a largo plazo y preocupación por el futuro de la sociedad;  y transformándolo en su contrario. De modo que hoy prevalecería un espíritu hedonista, más de gasto que de producción, centrado en el aquí y el ahora y sin cuidado por el mañana y las generaciones venideras. Esta degeneración vendría ligada a otros dos fenómenos: la creciente intervención del estado y el abandono de la moral cristiana.

    El esquema es sugestivo, y quizá real en un sentido muy amplio, pero no me parece que pueda mantenerse sin fuertes matizaciones al descender a lo concreto. Así, se supone que “El Estado no genera riqueza  por sí mismo: lo único que puede hacer es quitar dinero a algunos para entregárselo a otros (…) transfiere dinero de los contribuyentes a sectores subvencionados (que por no ser rentables, no sobrevivirían en un mercado intervenido). Esta  intervención del Estado en la economía no ha dejado de crecer en todo el siglo XX y XXI“ . Un proceso que no podría ser más dañino, pues, “convierte una sociedad de productores en una sociedad de subsidiados”.

    De nuevo hallamos aquí una contradicción, pues si el estado, además de no crear  riqueza,  protege los sectores más improductivos a costa de los más rentables,  perturbando la economía y condenándola al retroceso,  ¿cómo explicar que  las épocas de mayor peso del estado en la economía hayan sido las de mayor desarrollo económico, desde luego muy superior al del siglo XIX? Más aún, el mayor y más largo ciclo de crecimiento económico de los países occidentales, después de la SGM, coincide precisamente con la mayor expansión del estado.

   Al observar la cuestión notamos que no es del todo cierto que el estado no genere riqueza. La genera a veces directamente con empresas públicas que no tienen por qué ser irrentables (el INI, pongamos por caso, daba considerables beneficios en conjunto, aunque parte de sus empresas tuviera pérdidas; y fue la única manera de impulsar industrias en un país con escasa cultura empresarial. Cuando se habla del crecimiento después de la liberalización de 1959, se olvida que la economía mejoró sobre bases ya echadas previamente).  Además, la historia nos  habla de la implicación del estado en la gran expansión europea desde finales del siglo XV, financiando el descubrimiento de América, por ejemplo, o amparando empresas de colonización que abrieron al comercio inmensos territorios. El estado también genera riqueza indirectamente, pues toda producción se realiza o es estimulada con el fin de satisfacer demandas, y las demandas del estado han sido siempre muy fuertes: los gastos estatales han acicateado sin duda la economía en muchos momentos. Eso sin contar el papel del estado en la cultura superior (universidades, enseñanza, mecenazgos diversos).  Si el estado  y su actividad quedasen retratados en los términos habituales en cierta literatura liberal, hoy estaríamos  enormemente empobrecidos con respecto al siglo XIX, conforme el estado ha ido expandiéndose. Claro que esto no sugiere que cuanta más intervención estatal más riqueza. La historia también nos habla de estados convertidos en cargas insostenibles para el resto de la sociedad, como probablemente ocurrió con el Imperio romano hacia el final. Quiero decir que la relación entre estado y producción no se deja reducir a un esquema simplista.

 

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Enfoque social y enfoque natural del hombre / La serie “Isabel”

Blog I: Separatismos en guerra, franquismo y democracia / Visión cristiano progre (II) /Azaña en 1934:  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/separatismos-guerra-granquismo-y-democracia-vision-cristiano-progre-ii-201312

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Parece que en el otro blog ya pueden ponerse comentarios, y me han dicho que en este está solucionado el problema de la “moderación”

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Enfoques social y natural del hombre

El ser humano siempre se ha entendido a sí mismo desde los principios de su propio sostenimiento, reproducción y expansión. Principios que casi nadie ponía en duda, siendo causa de aflicción y dolor psíquico los hechos contrarios, como las guerras, asesinatos o catástrofes naturales. Es lo que podemos llamar visión social del hombre, dado que el individuo se ha considerado siempre parte de una colectividad, sin la cual no podría subsistir. Este concepto sigue siendo el dominante, como lo muestran las especiales condenas que suscita el nacionalsocialismo por su desprecio de la vida humana no “aria”. En cambio los crímenes del comunismo suscitan menos rechazo, por estar envueltos en pretensiones igualitarias y hasta humanitarias. De todas formas, una condición de aprecio o rechazo de sistemas, países o individuos es su tendencia o disposición a matar. La moral se apoya en tales concepciones espontáneas y a menudo confusas. Si sentimos angustia por la inevitable muerte individual, la muerte de una cultura  suscita una angustia mayor,  y de ahí la disposición de muchos  a sacrificar la propia vida por la permanencia de la sociedad (de la patria). Y tendemos a rechazar el pensamiento de que alguna vez la propia humanidad desaparezca.

Claro que desde el punto de vista no social, sino de la ciencia natural, el hombre, con sus particularidades, solo  sería un animal más, muy reciente  en la escala geológica, y expuesto a los mismos azares y destino que los demás animales. Algo así  sugería ya el Eclesiastés. Un animal como todos, inmerso en una implacable lucha por la vida en la que se impone el más apto de un modo u otro, sin que sea posible discernir  con qué objetivo más allá del simple aplazamiento de la muerte. El hombre se coloca así al margen de sí mismo y se observa como podría hacerlo un naturalista con los monos o las libélulas. Ello tiene consecuencias morales.  Desde Darwin, la moral tradicional parece sentimental o supersticiosa, en todo caso ilusoria.

Pero el conocimiento cada vez más amplio del mundo nos indica que, aparte del muy lejano apagamiento del sol, la humanidad entera está  expuesta a posibles catástrofes capaces de acabar con formas de vida o con la vida misma, incluso con el planeta. Sin contar la posibilidad  de desastres definitivos  causados por el propio ser humano. Ello introduce una incertidumbre esencial en la  psique, de la que, como vemos, surgen movimientos que preconizan desde la imposición del derecho del más fuerte, por ser ello lo natural, hasta  la extinción indolora de la humanidad por la renuncia a procrear. O una extinción violenta y dolorosa pues, en fin de cuentas, daría lo mismo, ya que antes o después tendría que ocurrir. Ello tiene relación también con nuestra concepción del tiempo y sus efectos.

Pensaríamos que, entonces, lo mejor sería quedarnos con el enfoque social, espontáneo e instintiva y la moral correspondiente, aun con sus contradicciones, rechazando el enfoque natural. Pero ello es ya imposible, a pesar de los evidentes peligros del segundo enfoque  para la psique humana.

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Tengo tal desconfianza hacia la capacidad del cine o de las series históricas de televisión españolas para hacer productos dignos, que no he visto ningún episodio de Isabel. Me escribe un amigo:

No se si habéis  seguido la serie Isabel de TVE, de la que todo el mundo habla bien.  El otro día, por casualidad, vi un trozo de un episodio que transcurre en 1491, inmediatamente antes de las capitulaciones y la ocupación de Granada, en la que la reina Isabel le dice a alguien que está decidida o muy interesada en que Colón pueda hacer el viaje que está planeando (obviamente, el primer viaje) y que ella quiere financiar ” para llevar la doctrina cristiana a los indios” (!!!!!????). Me recordó aquella famosa frase de una película en la que un caballero le decía a otro: “Me voy a la guerra de los Treinta Años”. Los diálogos son penosos, completamente exagerados, Fernando el Católico es un ser de una perversidad, autoritarismo, desprecio hacia los demás, etc. que sólo habla ladrando,   todo está lleno de anacronismos, incluso en la actitud de los personajes, no sólo en los diálogos. Que esta serie esté recibiendo el incienso que esta recibiendo indica, entre otras cosas, que los españoles no tienen ni idea de su historia, ni, por ello, sensibilidad alguna para apreciar lo que era posible en el siglo XV-XVI y lo que no. Y los guionistas, director, etc. de la serie, tampoco.

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 ”La era argentina” de Aquilino Duque: http://vinamarina.blogspot.com.es/

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La Constitución y la Transición.

Blog I: Sobre reforma constitucional y posible regeneración democrática: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/constitucion-y-regeneracion-democratica-20131206

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El escaso nivel del análisis político en España, la casi ausencia de examen de la experiencia histórica reciente,  han anquilosado la política en una farsa permanente. Dos artículos viejos sobre la Constitución:

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/la-constitucion-en-ruinas-52227/

http://www.libertaddigital.com/opinion/historia/pudo-hacerse-otra-constitucion-1276238638.HTML

Por qué la transición fue un relativo éxito pese a la mediocridad de sus autores:

http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/un-misterio-de-la-transicion-60309/

 

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