Blog I: ¿Son descerebrados los etarras? / La visión cristiano-progre (y III): http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/etarras-descerebrados-vision-cristiano-progre-y-iii-20140103
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Recuerdos sueltos
En 1958, teniendo yo diez años, mi padre compró por 300.000 pesetas, con un préstamo de la Caja de Ahorros, un chalet en el barrio vigués de Sampaio. Lo hizo como inversión, pensando que la expansión urbana lo revalorizaría pronto, pero la expansión fue por otro lado y el beneficio resultó insignificante.
Antes vivíamos en un piso bastante céntrico, en la Travesía de Finisterre. Años después, cuando estaban demoliendo el edificio, lo visité y quedé sorprendido de cómo en un piso tan pequeño habíamos llegado a vivir ocho o nueve personas: mis padres, cuatro hermanos, dos tías maternas (una emigraría a Brasil) y la hija de una de ellas. En aquellas calles y en el colegio del Pilar próximo yo estaba bastante integrado, es decir, participaba en los juegos y travesuras, y tenía amigos. Pero no me integraba del todo, acaso porque los fines de semana no iba al fútbol o al cine, como la mayoría de los compañeros. Mi padre decía que ya tendría ocasión de ver películas cuando fuera mayor, lo que no sé si fue bueno o malo; y el fútbol me gustaba jugarlo, pero no como espectáculo. Por eso las estrellas del deporte y del cine me llamaban poco la atención y no hablaba de ellas o de los argumentos de las películas, que constituían buena parte de la conversación, sobre todo los lunes. En cambio leía, desordenadamente, bastante más que la mayoría, y generalmente tenía un solo amigo con quien conversar sobre asuntos más interesantes para mi gusto, o proyectar aventuras.
Con el traslado a Sampaio entré en una experiencia poco placentera, y los cinco años que pasé allí figuran entre mis recuerdos más deprimentes. Era un arrabal típicamente obrero, en la ladera de un monte con caminos pedregosos, casas y pequeños huertos desperdigados alternando con bosque de pinos. Al pie del monte pasaba una carretera y los tranvías que tomaba para ir al colegio. El ambiente infantil y luego adolescente en el barrio era harto degradado, yo no conocía a nadie al principio, y los conocimientos que hice, en su gran mayoría, distaban de satisfacerme (…e logo ti dasme a min polo cú… oí que conversaban una vez). Mi madre tuvo la mala ocurrencia de meterme miedo: aquella gente, sobre todo los algo mayores –decía– eran muy golfos, y podían un día echarme una chaqueta por la cabeza y darme una paliza, si les caía mal. Yo no era precisamente dócil, pero las advertencias maternas simpre influyen en los niños. El caso es que no traté de caer bien ni mal, sino simplemente de esquivar a aquellas pandillas al ir o venir del colegio, en cuanto las veía daba largos rodeos y si avanzaban hacia mí, echaba a correr. Eso no me llenaba precisamente de orgullo. Mi padre me dijo: “no escapes nunca, porque detrás del que escapa todos corren”. Pero realmente estaba acobardado. Alguna vez salí con un cuchillo entre la ropa y aquello podía terminar mal. Empeoraba las cosas el hecho de que hube de empezar a llevar gafas, convirtiéndome en un “cuatro ojos”, lo cual me humillaba. Un día, una caterva de chavales estaba junto al chalé en plan especialmente insultante, y salí contra ellos. Excepto uno, los demás eran más pequeños que yo, y uno a uno yo podía con todos. Repartí alguna leña pero en resumidas cuentas salí bien vapuleado. También con una dosis algo mayor de autoestima.
Y peor aún: debido al chalé, pasaba por ser hijo de ricos, lo que aumentaba el distanciamiento con los críos del barrio. Podía haber reducido ese distanciamiento sin mucha dificultad, pero no sentía interés por ello. Por lo demás, de ricos no teníamos nada. Comprábamos al fiado, como la demás gente del barrio, para pagar al final del mes, cuando llegaba el sueldo. Yo ahorraba a menudo el dinero del travía yendo a pie o haciendo parte del recorrido colgado de la plataforma abierta, hasta que llegaba el cobrador y me tiraba en marcha. El billete valía 1,25 (sacando un “pase” mensual” salía más barato). Utilizaba el dinero para comprar libros con las aventuras de Guillermo Brown, de editorial Molino (20 pesetas), que me divertían muchísimo… menos cuando mi madre me requería lo ahorrado para pagar al tendero.
Al mismo tiempo, el ambiente obrero, entre los mayores, me gustaba por su estilo natural, sus bromas, etc. Algo más arriba de nuestra casa estaba la de un carpintero que había trabajado también en Barcelona y hablaba cuatro palabras de catalán; tío mío, pues estaba casado con una hermana de mi madre. Era muy comunista, no organizado pero oyente asiduo de la radio “Pirenaica”, cuyas invenciones tragaba con devoción. A menudo discutía con mi padre, por entonces católico y de orden (más adelante cambiaría); no se enfadaban y yo escuchaba con el mayor interés sus palabras, tratando de entender aquellos asuntos. También oía por las noches, con mi padre, la BBC y Radio París, a veces Radio Moscú o la misma Pirenaica. En los cinco años vividos en el barrio solo hice un amigo. Se llamaba Leal y una hermana suya Fideli. Luego supuse que correspondían a Lealtad y Fidelidad, nombres como los que los anarquistas solían poner a su prole. Y así era: el padre estaba desterrado en Vigo debido a actividades subversivas por Extremadura, y trabajaba en los astilleros Vulcano. Leal, cuando tuvo catorce años, entró a trabajar también en Vulcano, y a su vuelta del trabajo yo lo esperaba en la puerta de casa y allí estábamos largo rato charlando de temas laborales, políticos o costumbristas. Aquel año, 1962, hubo huelgas en varias fábricas de la ciudad, hecho muy inusual, y ello me causaba una gran excitación. Otras veces hacíamos, con algunos otros, excursiones a cazar grillos o simplemente a pasear en torno a la carretera que llevaba al aeropuerto de Peinador.
Conforme avanzaba mi adolescencia se me volvía insoportablemente estrecho el ambiente, no ya de Sampaio sino de Vigo. Creía poder hacer algo notable en la vida, y la perspectiva de estudiar una carrera, por ejemplo Derecho, casarme y fundar una familia como todo el mundo, me abrumaba. De la religión apreciaba hasta cierto punto las normas morales, sin hacerles mucho caso en el terreno sexual, al menos en teoría; pero las ceremonias, rituales y liturgias no iban conmigo. Hacia el término de mi estancia en Sampaio dejé de sacar buenas notas y pasé a estudiar en el Instituto Santa Irene. Quería salir de Vigo y de España, ir a otro país donde, imaginaba, encontraría unos horizontes vitales más despejados. Pensaba incluso meterme de polizón en algún transatlántico de los que arribaban al puerto desde Suramérica hacia Inglaterra. Al final, mi padre me autorizó a ir a un campo de trabajo vacacional en Inglaterra, y convencí a Arturo, de quien he hablado en alguno de estos recuerdos (http://www.libertaddigital.com/opinion/fin-de-semana/el-cafe-derby-1276231295.html)
y a otros compañeros, para ir juntos. Teníamos 16 años, se fueron ellos y yo me quedé, no recuerdo la causa; al año siguiente marché solo, haciendo auto-stop.
Cuando uno recuerda hechos antiguos, con pocos detalles y fáciles confusiones de fechas, parece no haber hecho más que lo recordado, pero en realidad, en cada época hacemos o nos pasan cosas muy diferentes, que corren en paralelo o se cruzan y mezclan. Así, dos meses antes de trasladarnos a Sampaio me enamoré perdidamente de una niña de mi edad, es decir, diez años, madrileña de las que venían a pasar algún mes de vacaciones a Galicia. Digo perdidamente porque hasta entonces detestaba a las chicas en general. No sé de dónde vendría esa aversión, pero las consideraba embusteras, enredosas y molestas, y de cuando en cuando manifestaba ese sentimiento en voz alta. Un tío mío se escandalizó una vez: “Por Dios, qué dices, si ellas son las que nos traen al mundo”; y mi padre me regañaba, cuando salía por peteneras. Mis hermanas se burlaban cantándome que yo tenía novia, lo cual me enfurecía porque tener novia me parecía el colmo de la degradación. Además, alguna otra chica de Madrid había suscitado nuestra hostilidad: encontrábamos su acento ridículo y llegábamos a hostigarla con cerbatanas. Pero en esta otra, la llamaré Lucía, el acento madrileño (no el castizo, sino el normal) me sonaba encantador, su sonrisa, su risa, su rostro, sus ojos un poco ensoñados, me fascinaban y la contemplaba a hurtadillas todo lo que podía… siempre que ni ella ni nadie más se percatase. Una mirada casual suya bastaba para disolver mi infantil misoginia. Volví a verla tres años más tarde, ya con la sexualidad a flor de piel, y el efecto fue el mismo. La sentía como la feminidad sin pizca de ordinariez ni cursilería, aunque yo era tan pudoroso de mis sentimientos que no estaba dispuesto a darlos a entender a nadie. Otro verano, con quince años, hice algunos avances una noche en que escuchábamos las danzas polovtsianas de Borodin, en el anfiteatro al aire libre de Castrelos. Ella me rechazó. Tenía novio en Madrid. Hice como si no me importara, pero vaya si me importó. En fin, tiempo después, cuando estudiaba periodismo en Madrid y había entrado en el PCE, mantuvimos durante un año y medio una intensa relación amorosa, rota cuando ella decidió volver con su novio, a quien nunca había dejado del todo. Fue una experiencia terriblemente dolorosa para mí. Más tarde ella me explicaría que si bien sentía admiración por mi estilo, digamos cheguevariano, no era eso lo que deseaba para su futuro.
Quien haya leído Sonaron gritos…, notará que he aprovechado algunas de esas vivencias. Paco también quiere hacer desde muy joven algo “grande” sin saber bien qué, y desea apurar todas las experiencias posibles de la vida. Alberto, a su vez, experimenta un enamoramiento de infancia con Carmen y luego el repentino con Iliena. Esta podría tener algo de Lucía, en particular un fondo de debilidad y ensoñación. Lucía sabía mirar a veces de esa forma tan femenina, a un tiempo desafiante, burlona e invitadora, que en la novela atribuyo a Luisa y que hace perder el control a Alberto. Carmen, por el contrario, no tiene nada de Lucía: es una chica muy fuerte y empeñada, y aunque Alberto siente su atracción, teme atarse a ella (un temor ausente por completo en mi relación con Lucía)
La atracción sexual, más aún la amorosa, es tema predilecto del arte, de las canciones, y resulta tan evidente que no nos preguntamos sobre ella. Sin embargo se trata de algo sumamente misterioso, como un impulso cósmico del que fuéramos, en gran medida, simples objetos, por no decir juguetes. En la novela, Alberto cita a Sófocles para burlarse de las teorías de Paco sobre el amor. La literatura y los informes judiciales abundan en relatos de actos insensatos, contraproducentes para el propio interesado, hasta suicidios o crímenes pasionales, causados por ese impulso, incluso en personas por lo demás modosas o ponderadas. Así –en la novela— cuando Paco intenta compartir a Iliena con Alberto y desata la venganza de su amante Irina y la muerte de Iliena misma. Lo más importante de la atracción amorosa no es el lado físico, sino los sentimientos, a menudo apasionados que la acompañan hasta afectar a toda la vida del modo más profundo; y de hecho así ocurre cuando desemboca en el matrimonio y la familia. Cosa distinta es que persista la felicidad intuida o gozada al principio.
Al concluir algunos de estos recuerdos me suele venir a la cabeza la pregunta sobre su significado. ¿Qué significado tienen las peripecias de cada uno a lo largo de su carrera vital? ¿Tienen alguno? ¿Y a quién preguntarlo?
