Blog I: La vulgaridad de la mujer española : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado
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He propuesto el lema “Por una España culta, reconciliada y emprendedora”, por si algún partido serio quiere adoptarlo. Para entender mejor la primera parte del lema, podemos referirnos al siglo de mayor auge de España, el XVI. Muchos dan especial relieve al poder militar y político del país, quizá la primera potencia mundial por entonces, algo hoy imposible radicalmente. Pero olvidan que aquella potencia se sostenía en una sociedad que era posiblemente la más culta de Europa. Y no solo por tener acaso la mayor proporción de universitarios, sino por su poderosa cultura popular, bien reflejada en la gran literatura de la época, La Celestina, el Quijote, incluso en la picaresca, si bien este es ya un género de la decadencia o que la anuncia. He insistido en ello en Nueva historia de España y en España contra España, porque me parece un punto crucial, al que no siempre se presta la atención debida.
La cuestión de la cultura es decisiva, porque, al revés que en el poder militar o político, para ella no hay límites. Si consideramos la decadencia española vemos fácilmente cómo es también la de su educación y alta cultura en general, más aún que el declive político-militar. España quedó atrasada en la ciencia y el pensamiento y, aunque ha tenido desde entonces períodos mejores y peores, es claro que no ha recuperado el nivel relativo del siglo XVI.
Un buen nivel cultural de la sociedad importa mucho para mantener la democracia. La actual incultura de la sociedad española se revela en mil cosas, desde la influencia de la telebasura a la disposición a elegir a demagogos baratos como Zapatero o a permitir una corrupción como la que presenciamos, o la incapacidad para responder adecuadamente a las oleadas de demagogia, sobre todo de la izquierda y separatistas. Por cultura no entiendo la existencia de muchas personas con conocimientos particulares o especializados: obviamente hay ahora mucha más gente con esas condiciones que nunca antes. Falta en cambio, y cada vez va la cosa a peor, un acervo de conocimientos comunes, sólidos y ampliamente compartidos, junto con cierta capacidad crítica y lógica, que permita integrar los conocimientos especializados.
Entre ese acervo básico está la historia, hoy un tanto despreciada en un Occidente que aspira a cortar sus raíces culturales. Pues un pueblo que olvida o desfigura su pasado tiende a repetir lo peor de él. No es cierto, como pretendía Tony Blair, que la historia no puede enseñarnos nada ante los problemas de hoy. Mientras sigamos siendo humanos, mirar al pasado con espíritu abierto nos proporcionará lecciones saludables, mientras que la consigna de “mirar al futuro”, sugestiva en apariencia. Al futuro solo podemos proyectar nuestros deseos, por lo común estériles. Sin embargo la historia debe enseñarse de manera muy distinta a como se hace actualmente, tan pesada y opaca que provoca rechazo más bien que adhesión.
Con la ayuda de los comentaristas del blog volveré a prestar atención a los problemas de la enseñanza y sus contenidos.
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La luz y la realidad
El segundo capítulo de Sonaron gritos y golpes a la puerta relata el asesinato en la familia de Alberto y la huida de este in extremis, para caer en un estado de perturbación mental, refugiándose en la parte más agreste del Montjuich como un perro apaleado, lleno de miedo, robando fruta en algún huerto o rebuscando en las basuras. Un estado en el que pasa varios meses, durante lo cuales cumple dieciocho años. No habría subsistido mucho tiempo más, de no haberlo hallado casualmente su amigo de estudios, Paco, quien le da cobijo en una casa normal. Allí se encuentra con Carmen, hermana de su amigo. Paco anda en relaciones con la quinta columna después de haberse desengañado del anarquismo. Carmen, también mezclada en la actividad subversiva, trabaja en la cocina del Ritz, transformado por los revolucionarios en “Hotel gastonómico número 1”. Ello les permite comer mucho mejor que la gente común, sin soportar largas colas para obtener unos víveres escasos. Alberto tardará aún varias semanas en recuperar cierta lucidez.
Pero no voy a extenderme sobre esto. Hay un tema tocado muy de pasada, y que reaparece de otras formas en la novela: mientras sobrevivía en Montjuich, “El alba y el ocaso me aportaban algún sosiego: al amanecer contemplaba cómo se iluminaban poco a poco el cielo y el mar y la luz se extendía sobre el enorme y revuelto caserío de Barcelona, de donde subían columnas de humo; me llegaba el eco apagado de detonaciones, más tarde supe que se trataba de fusilamientos en el castillo sobre la cima del monte. Al anochecer contemplaba los últimos colores del cielo y cómo la realidad iba borrándose hasta fundirse en una nada oscura salpicada por las débiles luces urbanas o de los barcos, mientras la luna y las estrellas poblaban poco a poco el firmamento ennegrecido. Esos momentos obraban sobre mi estupor un influjo indefinible, vislumbre de un misterio confortante que gobernaba nuestro paso por la tierra”.
El punto clave es “cómo la realidad iba borrándose”. En su recuerdo, Alberto, profesor de filosofía, se pregunta implícitamente sobre la realidad, tan determinada por la luz; por y su desaparición repetida cada cierto número de horas para ser sustituida por la oscuridad, a la que podemos llamar otra realidad muy diferente. En la cual también la agitación de la vida “real” se convierte en quietud, olvido y da paso a la extraña vida de los sueños. La pregunta sobre la realidad reaparece, de otra forma, en una conversación en Rusia, y también en la escena donde encuentran el cadáver de Mercè, la amante de Paco.
Alberto no intenta explicar la razón por la que el amanecer y el ocaso le traían consuelo, pero creo que tampoco hace falta. Desde siempre, esos momentos han ejercido sobre el ser humano un influjo tan poderoso como indefinible, aun si en la vida urbana moderna apenas se noten.
No sé si un psicólogo certificaría como realista la reacción de Alberto ante el asesinato de su padre y la desaparición de su madre y de su hermana. Creo que se dan casos así, en los que la mente rechaza aceptar lo ocurrido y entra en una especie de tiniebla. Un psiquiatra me comentó que la reacción era perfectamente posible.

