Por una España culta / La luz y la realidad

 

Blog I: La vulgaridad de la mujer española : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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He propuesto el lema “Por una España culta, reconciliada y emprendedora”, por si algún partido serio quiere adoptarlo. Para entender  mejor la primera parte del lema, podemos referirnos al siglo de mayor auge de España, el XVI. Muchos dan especial relieve al poder militar y político del país, quizá la primera potencia mundial por entonces, algo hoy imposible radicalmente. Pero olvidan que aquella potencia se sostenía en una sociedad que era posiblemente la más culta de Europa. Y no solo por tener acaso la mayor proporción de universitarios, sino por su poderosa cultura popular, bien reflejada en la gran literatura de la época, La Celestina, el Quijote, incluso en la picaresca, si bien este es ya un género de la decadencia o que la anuncia. He insistido en ello en Nueva historia de España y en España contra España, porque me parece un punto crucial, al que no siempre se presta la atención debida.

La cuestión de la cultura es decisiva,  porque, al revés que en el poder militar o político, para ella no hay límites. Si consideramos la decadencia española vemos fácilmente cómo es también la de su educación y alta cultura en general, más aún que el declive político-militar. España quedó atrasada en la ciencia y el pensamiento y, aunque ha tenido desde entonces períodos mejores y peores, es claro que no ha recuperado el nivel relativo del siglo XVI.

Un buen nivel cultural de la sociedad importa mucho para mantener la democracia.  La actual  incultura de la sociedad española se revela en mil cosas, desde la influencia de la telebasura a la disposición a elegir a demagogos baratos como Zapatero o a permitir una corrupción como la que presenciamos, o la incapacidad para responder adecuadamente a las oleadas de demagogia, sobre todo de la izquierda y separatistas. Por cultura no entiendo  la existencia de muchas personas con conocimientos particulares o especializados: obviamente hay  ahora  mucha más gente con esas condiciones que nunca antes. Falta en cambio, y cada vez  va la cosa a peor, un acervo de conocimientos comunes, sólidos  y ampliamente compartidos, junto con cierta capacidad crítica y lógica, que permita integrar los conocimientos especializados.

Entre  ese acervo básico está la historia, hoy un tanto despreciada en un Occidente que aspira a cortar sus raíces culturales. Pues un pueblo que olvida o  desfigura su pasado tiende a repetir lo peor de él. No es cierto, como pretendía Tony Blair, que la historia no puede enseñarnos nada ante los problemas de hoy.  Mientras sigamos siendo humanos, mirar al pasado con espíritu abierto nos proporcionará lecciones  saludables, mientras que la consigna de “mirar al futuro”, sugestiva en apariencia. Al futuro solo podemos proyectar nuestros deseos, por lo común estériles.  Sin embargo la historia debe enseñarse de manera muy distinta a como se hace actualmente, tan pesada y opaca que provoca rechazo más bien que adhesión.

Con la ayuda de los comentaristas del blog volveré a prestar atención a los problemas de la enseñanza y sus contenidos.

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La luz y la realidad

El segundo capítulo de Sonaron gritos y golpes a la puerta relata el asesinato en la familia de Alberto y la huida de este in extremis, para caer en un estado de perturbación mental, refugiándose en la parte más agreste del Montjuich como un  perro apaleado, lleno de miedo, robando fruta en algún huerto o rebuscando en las basuras. Un estado en el que pasa varios meses, durante lo cuales cumple dieciocho años. No habría subsistido mucho tiempo más, de no haberlo hallado casualmente su amigo de estudios, Paco, quien le da cobijo en una casa normal. Allí  se encuentra con Carmen,  hermana de su amigo. Paco anda en relaciones con la quinta columna  después de haberse desengañado del anarquismo.  Carmen, también  mezclada en la actividad subversiva,  trabaja en la cocina del Ritz, transformado por los revolucionarios en “Hotel gastonómico número 1”. Ello les permite comer mucho mejor que  la gente común,  sin soportar largas colas para obtener unos víveres escasos. Alberto tardará aún varias semanas en recuperar cierta lucidez.

Pero no voy a extenderme sobre esto. Hay un tema tocado muy de pasada, y que reaparece de otras formas en la novela:  mientras sobrevivía en Montjuich,  “El alba y el ocaso me aportaban algún sosiego: al amanecer contemplaba cómo se iluminaban poco a poco el cielo y el mar y la luz se extendía sobre el enorme y revuelto caserío de Barcelona, de donde subían columnas de humo; me llegaba el eco apagado de detonaciones, más tarde supe que se trataba de fusilamientos en el castillo  sobre la cima del monte. Al anochecer contemplaba  los últimos colores del cielo y cómo la realidad iba borrándose hasta fundirse en una nada oscura salpicada por las débiles luces urbanas o de los barcos, mientras la luna y las estrellas poblaban poco a poco el firmamento ennegrecido. Esos momentos obraban sobre mi estupor un influjo indefinible, vislumbre de un misterio confortante que gobernaba nuestro paso por la tierra”.

El punto clave es “cómo la realidad iba borrándose”. En su recuerdo, Alberto, profesor de filosofía,  se pregunta implícitamente sobre la realidad, tan determinada por la luz; por  y su desaparición repetida cada cierto número de horas para ser sustituida por la oscuridad, a la que podemos llamar otra  realidad muy diferente. En la cual también la agitación  de la vida “real” se convierte en quietud, olvido y da paso a la extraña vida de los sueños.  La pregunta sobre la realidad reaparece, de otra forma, en una conversación en Rusia, y también en la escena donde encuentran el cadáver de Mercè, la amante de Paco.

Alberto no intenta explicar la razón por la que el amanecer y el ocaso le traían consuelo, pero creo que tampoco hace falta. Desde siempre, esos momentos han ejercido sobre el ser humano un influjo tan poderoso como indefinible, aun si en la vida urbana moderna apenas se noten.

No sé si un psicólogo certificaría como realista la reacción de Alberto ante el asesinato de su padre y la desaparición de su madre y de su hermana. Creo que se dan casos así, en los que la mente rechaza aceptar lo ocurrido y entra en una especie de tiniebla. Un psiquiatra me comentó que la reacción era perfectamente posible.

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Por qué el franquismo no tuvo oposición liberal ni democrática / Sobre “Los mitos de la guerra civil”

Blog I: ¿Qué defiende Occidente en Siria? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Resulta irrisorio oír a algunos autodenominados liberales condenar enérgicamente al franquismo por no haber sido democrático ni liberal. No les importa situarse al lado de comunistas y terroristas, auténtica oposición a aquel régimen. ¿Al lado?  Condenan a Franco con más énfasis todavía que los opositores reales. Pero lo cierto es que el franquismo no tuvo oposición ni de los liberales ni de los demócratas (a menos que llamemos oposición a las murmuraciones aquí y allá, o a los viajes a Perpiñán y Biarritz para ver pornografía).  Como intenté aclarar a César Vidal –me temo que en vano–  (http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ii-errores-metodologicos-de-cesar-vidal-opiniones-de-liberales-sobre-franco-9899/), la democracia viene del franquismo, no de sus enemigos, y el franquismo, sin ser liberal,  salvaguardó rasgos muy importantes para el liberalismo, como la propiedad privada, un estado pequeño  o la libertad personal. Por ello la inmensa mayoría de los liberales y demócratas pudieron vivir tranquilamente y prosperar en aquel régimen,  a menudo en el propio aparato de su estado. No había liberales ni demócratas entre los presos políticos de la época.

Eso no quiere decir que algunos de ellos no atacaran al régimen, pero con un confusionismo extraordinario. Pensemos en el Grupo 16 de Juan Tomás de Salas, que desde su Cambio 16  consideraba a los etarras, según confesión propia, “unos de los nuestros” y les hacía, “informativamente”, el caldo gordo en plena dictadura (no muy dura según vemos).  Es solo un pequeño ejemplo. Claro que algunos liberales podrían tachar a Salas de “falso liberal”, pero ahí ya entramos en un terreno resbaladizo.

Y, debe recordarse,  importantes liberales como Ortega, Marañón o Pérez de Ayala se equivocaron profundamente al apoyar a  la república, de la que más tarde renegarían con muy justificada indignación. Precisamente una crítica no muy descaminada del franquismo a los liberales españoles los hacía responsables de haber abierto el paso a la demagogia y a la revolución.

Una virtud del liberalismo es su exigencia de un esfuerzo continuado de investigación, análisis y crítica, dado que la verdad tiene la mala costumbre de no entregarse por entero a nadie. Pero en España ha ocurrido con muchos  liberales lo que con los marxistas, anarquistas y otros: toman  ideas gestadas en otros lares, las toman por panaceas, las vulgarizan, no les aportan nada y son incapaces de adaptarlas a la realidad histórica y cultural española. Creo que la base del problema radica en la tradicional mala calidad de nuestra enseñanza, desde la primaria. Por eso he propuesto como lema político: “Por una España culta, reconciliada y emprendedora”.

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Probablemente Los mitos de la guerra civil ha sido el libro de historia más vendido en España en los últimos diez años, fecha que precisamente se cumple en este. Vale la pena recordar brevemente su acogida porque constituye un retrato del páramo cultural que hoy sufre España.

Como recuerda Stanley Payne, la parte izquierdista y “progre” del mundo intelectual recibió el libro con auténtica furia, mezclando la descalificación personal, la injuria y la exigencia de censura. Los  medios de masas y partidos contribuyeron, y los sindicatos fueron a las Cortes a exigir la prohibición de semejante “revisionismo” (la revisión es parte esencial del trabajo científico). Cuando todas esas medidas fracasaron, optaron por el ninguneo. Como advirtió alguien en la SER, “¿por qué no dejamos de hablar del libro de Moa? Le estamos haciendo propaganda”. Lo que no lograron en ningún momento fue rebatir  algún punto importante de su libro odiado.

Hay que comprenderlo: todos ellos habían edificado sus políticas, sus carreras, sus prestigios, sus famas sobre la falsificación sistemática de la guerra civil. Falsificación basada, no por casualidad, en las lucubraciones  “científicas” de la propaganda marxista a partir de Tuñón de Lara. Estoy convencido de que los historiadores de izquierdas, profesores muchos de ellos,  son conscientes del fraude que enseñan a  sus alumnos, pero ¿cómo echarse atrás a estas alturas?

¿Y el sector más conservador de la  intelectualidad? Como es tradicional en él, y salvo contadísimas excepciones, se hizo el sueco, cuando no contribuyó a la campaña con alguna puñalada de pícaro. Son gente timorata  y aman la verdad solo si ello no les causa alguna molestia o les supone algún peligro. De modo revelador, los grandes medios de la derecha silencian por sistema mis libros (últimamente,  Sonaron gritos y golpes a la puerta, España contra España, Ensayos polémicos y El derrumbe de la II República), mientras que los de izquierda  reconocen al menos mi existencia, aunque sea para seguir con sus ataques de mala fe. Entre los políticos, Aznar expresó su intención de leer en vacaciones Los mitos, entre otras lecturas. La izquierda se le echó encima afirmando que yo era su autor de cabecera. La cosa tuvo efecto: ni una alusión más de ningún político. No hace mucho Esperanza Aguirre desmintió en el parlamento madrileño la visión beatífica de la república difundida por la izquierda. Inmediatamente la acusaron de leer mis libros y ella, modosita, aseguró que se basaba en otros, no recuerdo cuales.

¿Qué queda? Muchos lectores antes influidos por las versiones de izquierda  me han dicho que Los mitos les había abierto los ojos y permitido comprender la guerra, sus causas y consecuencias. Como digo, los adversarios a las tesis del libro nunca han podido rebatirlas, mientras que yo he rebatido a fondo los enfoques de ellos. Por esa razón, en el décimo aniversario, no estaría de más que se recordara y que otra mucha gente lo leyese. Porque del pasado podemos aprender, pero no veremos nada  mirando al futuro, como pregonan muchos con frase tan sugestiva como vacua  En twitter difundo que la lectura de este libro y, en novela, de Sonaron gritos y golpes a la puerta, suministra una visión suficientemente clara de aquellos tiempos cruciales, de los que en cierto modo aún vivimos.

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Espero que Doiraje y Manuelp reconsideren su postura de ausentarse del blog.

 

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Los motivos de Alberto / Dos posturas ante la Transición

Blog I: Sobre el (sin)sentido de la vida / Corrupción intelectual: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/sobre-sinsentido-vida-corrupcion-intelectual-20130826

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En un principio pensé comenzar Sonaron gritos y golpes a la puerta directamente in media res, con el asesinato de la familia de Alberto. Pero conforme avanzaba la acción me pareció útil  un capítulo previo donde el protagonista justificase tanto haber relegado la historia de su juventud al desván de la memoria, como  su decisión repentina de relatarla, ya en la vejez. Ha sido frecuente en las familias españolas de derechas hablar poco o nada sobre la guerra civil, en unos casos porque la miraban como una “guerra entre hermanos” que era preferible olvidar, en otros por un sentimiento de dolor ante las crueldades  y persecuciones de la época y por no cultivar el rencor en los hijos. El caso de Alberto es claramente distinto: el trauma familiar y personal fue tan duro que, a pesar de su espíritu inquieto, optó  finalmente por una vida lo más normal posible, familiar y profesional. Mediocre pero razonablemente feliz. Justo lo contrario del caso real que sirvió de inspiración a la novela, en la que un joven romántico e idealista  al principio termina  bebedor, mujeriego e infiel (así me lo han contado, al menos).  Alberto no es demasiado romántico ni idealista, sus actos responden más  bien a una mezcla  de dolor experimentado y de convicción intelectual o ideológica,  aunque esta siempre con un rasgo de inseguridad.  El episodio final (basado en un hecho histórico muy parecido) no solo es  traumático por su carácter extremadamente sangriento y por el papel de engaño y traición que él  ha de desempeñar, sino, igualmente, por un descubrimiento no menos  demoledor sobre su propia existencia. El choque justifica psicológicamente, creo,  que opte por olvidar y “salvarse” en una vida corriente con Carmen.

Lo que le hace cambiar  de opinión sobre su juventud, tres años después de la muerte de Carmen y siendo ya un anciano jubilado,  es un sueño  y la casual caída de una foto antigua de un ejemplar de la novela Sin novedad en el frente.   Tanto el sueño como la fotografía remitían a Rusia. No creo que los sueños tengan un significado apreciable en la mayoría de los casos, pero algunos nos impresionan profundamente y les buscamos un sentido difícil de encontrar. Y es porque en ellos surgen o resurgen anhelos profundos, temores o angustias que en la vida diurna apenas parecen afectarnos, pero que están ahí, ocultos como fantasmas en un torreón.  Tal como nuestro cuerpo funciona por su cuenta,  y podemos controlarlo solo parcialmente, también con nuestra psique debe de suceder algo parecido.  De pronto, el sueño y la foto le retrotraen con fuerza  al pasado y le hacen sentirse algo cobarde, traidor a los antiguos camaradas  que han compartido aquellas aventuras extremas.

Este comienzo guarda relación con el epílogo.  Alberto, salta a la vista, no está muy conforme con la deriva que han seguido sus hijos, y siente frustración por el poco efecto de la educación que Carmen ha querido darles. Dice haber vivido felizmente,  pero estos datos sugieren más bien un fracaso, por lo menos en relación con los hijos: dos de ellos convencionalmente triunfadores y el tercero también hundido en la mediocridad tras una juventud llena de inquietudes.  Por comparación, los avatares juveniles de Alberto cobran ante él un valor que no les había dado antes.   Los cree dignos de reseñarse, como tributo a amigos y enemigos. y se pregunta cómo reaccionarán sus vástagos al enterarse. He aquí una posible explicación del primer capítulo, sabiendo que siempre una obra escapa en mayor o menor medida a las intenciones de su autor.

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Dos posturas ante la Transición.

Como es sabido, en España se produjo una transición pacífica y ordenada del franquismo a la democracia a partir de 1977, tras el referéndum que respaldó el cambio en diciembre de 1976. Se trata de un caso muy notable en Europa occidental, donde las democracias fueron establecidas o restablecidas, a partir de la II Guerra Mundial, por la intervención militar de Usa, acompañada del apoyo económico del Plan Marshall. En España llegó, en cambio, sin intervención exterior decisoria y por evolución interna, bastante antes, también, del derrumbe de los sistemas soviéticos en Europa centro-occidental. Claro está, sin la intervención bélica useña, la democracia no habría llegado tampoco a España, pero cabe decir que en la victoria de los Aliados sobre la Alemania de Hitler jugó un papel importante la neutralidad española, por lo que la deuda estaría pagada de antemano.

La transición del franquismo a la democracia era inevitable por  varias razones. En primer lugar, a la muerte de Franco no surgió ningún  político o estadista capaz de sucederle en la misma orientación, ni era probablemente esa la intención de Franco, que en su testamento no menciona al Movimiento. La figura del Caudillo había tenido importancia decisiva, debido a la escasa fundamentación teórica de su régimen, ya señalada. Había sido él quien con su pragmatismo y adaptabilidad había logrado arbitrar entre las distintas tendencias de su régimen, a menudo díscolas y enfrentadas. Le guiaban dos o tres concepciones básicas: el catolicismo, el repudio del comunismo y la integridad nacional. Su rechazo al liberalismo era mucho más relativo y evolutivo. En segundo lugar, la Iglesia, pilar esencial del régimen, lo había abandonado desde mediados de los años 60. En tercer lugar, la gente tendía a ver el futuro de España en cierta homologación con los sistemas de Europa occidental, a los cuales se aproximaba económicamente.

Para pasar a una democracia estable, el propio franquismo había creado las mejores condiciones, en especial dos: una prosperidad que situaba a España en el club de los países de alta renta per capita,  y el olvido muy mayoritario de los odios típicos de la república. Solo quedaban irreconciliables entre los grupos terroristas, comunistas y separatistas, todos ellos muy poco representativos por entonces. De modo que el nuevo clima histórico parecía excluir la vuelta de convulsiones como las de los años 30. El ambiente internacional era también mucho más favorable: Europa occidental, en conjunto,  parecía asentada en la prosperidad y sus democracias ejercían un tirón sobre España; y Usa también deseaba una democratización sin traumas en un país aliado, situado en una posición geoestratégica clave.

Junto a estas facilidades había obstáculos no desdeñables: ante todo la inexperiencia del propio franquismo en la política democrática. Peor todavía, una oposición que, si bien minoritaria y variopinta, era en su mayoría radicalmente antidemocrática, pues se componía básicamente de comunistas, socialistas, secesionistas y terroristas. Oposición  dispuesta a utilizar medios muy dudosos,  incluido el atentado, para obstaculizar el proceso o dirigirlo hacia una aventurada “ruptura” que excluyese a los políticos y opinión franquistas, y saltase por encima de 40 años de historia para enlazar con el Frente Popular. No obstante, era preciso contar con parte de esa oposición, si bien desde el criterio de  un autor de la “reforma”, Torcuato Fernández Miranda: los antifranquistas solo aceptarían la transición “si se saben débiles”.

En otras palabras, por parte del franquismo (del grueso de él, pues una minoría creía posible la continuidad del régimen) se trataba de establecer  una democracia estable y homologada a las europeas. En ello coincidía, como objetivo inmediato, el grueso de la oposición, si bien esta, de acuerdo con sus marxismos dominantes, seguía pensando en una democracia como tránsito a un régimen de otro tipo, más o menos socialista. Pesaba, además, la cuestión de la legitimidad, ya que la “reforma” reconocía la del franquismo, rechazada abiertamente por los rupturistas.

El problema era cómo articular el proceso.

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El rey y Gibraltar / Novelas y novelas

Blog I: De gobiernos lacayos y antiespañoles: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gobiernos-lacayos-y-antiespanoles-20130821

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Han salido a la luz algunos documentos que prueban la connivencia del rey en el mantenimiento de la colonia inglesa en nuestro territorio. Desgraciadamente, Juan Carlos no es ningún modelo moral ni intelectual ni, por lo demás, le interesa de modo especial la unidad de España. El pretexto es que, si recobramos Gibraltar, Marruecos querrá hacerse con Ceuta y Melilla. Falso pretexto porque una línea tenazmente proseguida por Marruecos es la ocupación de ambas ciudades españolas, para lo cual ha procurado llenarlas de musulmanes, con la colaboración, una vez más, de los gobiernos antiespañoles del PSOE y no solo.  Ejerce una presión constante, sin esperar a que recobremos Gibraltar.  Ceuta y Melilla no son territorios a descolonizar sino, insistamos, ciudades españolas, y si no fuéramos capaces de defenderlas frente a un rival como Marruecos, entonces es que España se habría acabado definitivamente.

Hace años me comentó Sabino Fernández Campo unas actitudes de Juan Carlos en relación con Ceuta y Melilla. No las reproduciré porque él ya no puede corroborarlas. Sí diré que él estaba en profundo desacuerdo con el rey  en este asunto. Y en otros, desde luego.

España está pasando por un fin de ciclo en el que la corrupción y la traición campan por sus respetos. La cosa puede terminar muy mal si no surge por fin una alternativa razonable.

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Otras opiniones sobre la novela. Espero no aburrirles, pero comprendan que no quiera yo seguir el ejemplo de los grandes medios de masas, que hacen el vacío a mis libros.  En el blog de José Cuevas:

 

SONARON GRITOS Y GOLPES A LA PUERTA

Ahora mismo, acabo de terminar una obra de Pío Moa:  ”Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Nunca había leído a este autor. Sinceramente la empecé con desgana tras ver lo brusco de su introito sumario y desbocado en sucesos. A medida que iba pasando páginas hizo nacer mi amistad hacia Paco y Berto, como si yo mismo fuera una prolongación de ellos.   Realmente soy el menos indicado para emitir juicios u opiniones ante escritores de la talla de D. Pio Moa, o de cualquier otro de ahora o de siempre. El arte también nos llena de sensaciones y esas son las que quiero transmitir tras su lectura.

Destaco que con una increíble facilidad el autor me lleva a vivir todas las dichas y desdichas de los protagonistas, especialmente de Berto como si fuera junto a él, a su mismo lado, sufriendo por momentos y alegrándome en otros. Esquivando las balas y las traiciones. Superando los odios. ¿Es realmente una novela?. Para mí no; es bastante más que una narración de aventuras, de buenos y de malos, de ficción al gusto para deleite, de intrigas odios y sangre, crueldades, de encadenar hechos sin posicionamientos apodícticos.  Siempre he dicho que un buen libro es el que te hace pensar y que pensar es como vivir más de dos veces. Con esta obra se han superado mis expectativas de vida, ya que en ella misma está la propia esencia del ser humano, también la mía, un poco la de todos. Es un torbellino de filosofía también, una búsqueda constante de algo que se desarrolla a lo largo de toda la obra. Es un desafío vivaz a sistemas y etiquetas hodiernas, va muy por encima de todo eso. No busca lo correcto en ella, sino el razonamiento y la verdad esquivando la absoluta, haciendo al lector partícipe y protagonista de sus propios pensamientos. No indica un camino, señala posibilidades de sendas. 

Estoy convencido que Berto es el propio autor, o que habla por boca de aquél y vive en él mismo. De ahí tantas reflexiones y preguntas, pues solo desde las dudas se puede avanzar.  A su vez está repleta de anécdotas, de datos y de historia misma. Desde los clásicos griegos que vienen a darle la bienvenida asomándose en alguna ocasión a ella, hasta los autores y pensadores más recientes o contemporáneos. Y conviven entre sí pacíficamente, mientras el frío en el frente de Rusia parece calarte el alma también.  Esta obra tiene en sí misma el don de combinar mucha realidad y ficción en su regazo. Sobre todo no te obliga a odiar al otro bando en contienda. Une más a España desde las diferencias, también con la humanidad y la comprensión de ideas opuestas. Todos somos un poco todos y juntos uno.  Me he sentido apenado y triste tras la muerte de algunos de los protagonistas que iban quedando por el camino. Pero consigue que sigan vivos, de alguna manera hasta el Epílogo  He visto odio, pero también mucho amor, en situaciones fáciles y difíciles. De un arma mortífera me queda la canción al viento de la muchacha enamorada al bajar al río por la mañana: la Katiusha.  Realmente me sentí un poco D. Augusto Pérez ante el Maestro Unamuno, no para exigirle ni discutirle nada sino para agradecerle el placer inesperado de la lectura de su obra.  Beatus ille, José Cuevas.

 

 
Otra opinión en Facebook: Tino Gago Cienfuegos Nunca me gustaron las novelas, pero me enganchó de tal manera que me sentía parte de la misma, un figurante de carne y hueso dentro de ella.  Con cada página mi imaginación se disparaba . Comparto lo que comenta usted, .Podría seguir, y seguir hablando de ella……pero al buen entendedor ………
Conste que no hay ningún soborno por medio en estos comentarios.
 Y otro, en respuesta a la de Carlos López Díaz:

PRIEDEdijo…Pues mire por donde a mí el título me parece inmejorable. Si quiso llamar la atención del lector, lo consiguió. Esos golpes y gritos sobrecogen.
Sin embargo la novela es mala, malísima. No pude pasar de la página 50. A los personajes se les nota que han leído a Pío Moa y que tienen mucha gana de contárnoslo. Y digo esto considerando la prosa de Moa no ya buena, sino brillante; clara, concisa, diáfana. Pero, lo suyo no es la novela.
Creo que Moa debería de haber abordado la historia como alguien que rememora y cuenta en primera persona, sin dar vida a personajes. Dejar que los personajes deambulen solos y no se vayan por la tangente, es el mérito de un novelista, y Moa no lo ha conseguido.
Moa, quizá, debería meterse en la piel de otro y narrar hechos concretos, sin sentirse en la obligación de hablarnos de buenos y malos, o culpables y menos culpables. Un chequista doctrinario adscrito a la checa de Bellas Artes, podría dar juego. La justificación permanente de las atrocidades que comete, o ve o ampara, daría mucho juego. O los conflictos internos psicológicos a los que se ve sometido. Su disidencia final, que se produce, por ejemplo, por un hecho insólito que le conmueve.
Quizá en relatos breves su magnífica prosa hubiera relucido como merece, y no en boca de unos personajes que antes de que nos relaten lo sucedido ya han leído “Los mitos de la guerra civil”.

Me da la impresión de que el crítico no ha leído realmente la novela, como le hace observar Carlos López:

Carlos López Díazdijo…

Creo que Moa debería de haber abordado la historia como alguien que rememora y cuenta en primera persona, sin dar vida a personajes.”
Bueno, es evidente que es exactamente lo que hace Moa. Es un relato en primera persona de un anciano que recuerda su juventud y, claro, tiene que dar vida a personajes como la que sería su mujer, los hermanos de esta, y otros muchos. No estoy de acuerdo en absoluto con que la novela emita juicios en términos de malos y buenos: son los personajes quienes lo hacen, y distan mucho de ser marionetas, todos ellos tienen sus luces y sus sombras. Lo que diferencia a esta novela de otras sobre la guerra civil y el franquismo es precisamente que evita dejar constancia de los prejuicios progresistas (que Moa además no los tenga, es accidental, literariamente hablando), como se creen obligados otros. Pienso, por ejemplo, en Muñoz Molina y su “La noche de los tiempos”, novela estimable, pero que en algunos momentos pone en boca del narrador pensamientos de una pretendida ecuanimidad en plan “la tercera España” que provocan rubor, por lo inverosímil.

Cabría añadir que, lejos de haber leído mis libros, los personajes están equivocándose constantemente sobre la marcha de la guerra y otras muchas cosas que el historiador no ignora.

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“El padrino”, el amor súbito y la épica delincuente. Sobre la autarquía.

He aprovechado estos días de semivacaciones para ver las tres películas de El padrino”. Según el amigo que las tenía, se trata de obras magníficas, sobre todo la primera, considerada por los expertos incluso como la mejor de la historia (en otros tiempos era “El acorazado Potemkin (o Patiomkin) o Ciudadano Kane, parece ser). Soy muy poco cinéfilo y no tengo un criterio  especialmente documentado. No creo que haya en el cine obras maestras comparables a las grandes literarias o musicales, por ejemplo.  Como fuere, uno de los episodios me recordó una crítica de Manuelp a Sonaron gritos y golpes a la puerta, hace cosa de un año, así que la he buscado: “El enamoramiento súbito que experimenta el protagonista de la novela -Alberto- por Iliena es idéntico al descrito como “rayo” en la novela “El Padrino” de Mario Puzo por el que Michel Corleone queda fascinado instantáneamente por Apollonia al verla y también son parecidas las trágicas muertes de las dos mujeres”.

La verdad es que ni leí la novela ni había visto la película, y por ello me sorprendió  el comentario. Por lo demás, el enamoramiento súbito es  un tema literario muy frecuente, y en la vida real también se da –persista luego, o no–, como se da también el enamoramiento infantil prolongado en la edad adulta, aunque estas cosas no ocurran a menudo. Que ese enamoramiento termine trágicamente en las dos novelas y en la película ya es una coincidencia menos fácil, pero realmente no se parecen mucho los dos sucesos. En El padrino, Apollonia muere casi accidentalmente en un atentado destinado al marido, mientras que en Gritos y golpes se trata de una venganza en la que parecen mezclarse los celos y la acción partisana, aunque he preferido no dejarlo del todo claro cuando los protagonistas rehúsan identificar a la mujer ahorcada, presuntamente Irina.

Volviendo a El padrino, los personajes están bien retratados psicológicamente, la acción es coherente (no sé si realmente la mafia funciona así)  y técnicamente la película está muy bien hecha. Es básicamente un relato épico, y ahí está la contradicción insoluble: no puede hacerse verdadera épica con unos asesinos por dinero “sucio”. Salvando las distancias, recuerda a Alatriste, un asesino profesional a quien no hay modo de convertir en héroe.  El fondo del argumento chirría así de modo intolerable, no digamos en la parte tercera, cuando el jefe mafioso, ligeramente arrepentido y empeñado en centrar sus negocios en la legalidad después de haberse vuelto inmensamente rico, juzga moralmente a otros, y a los políticos italianos como la “verdadera mafia”, en lo que quizá no iba del todo descaminado, si dejara aparte lo de “verdadera” (creo haberlo oído así).

Claro que, por otra parte, este tipo de literatura de “épica delincuente”,  con abundancia de escenas de gran violencia y maldad,  conforma una tradición literaria y cinera (perdón por el neologismo) especialmente cultivada  en Usa, pese a la creencia contraria de César Vidal. Una explicación podría encontrarse en cierta tensión violenta acentuada en la sociedad useña. Por otra parte, de modo más amplio, los temas literarios han sido con gran frecuencia aquellos hechos y personajes que se salen de lo corriente –lo que vuelve muy  arriesgadas las interpretaciones sociológicas o políticas de la literatura–. Y sobre todo los que se salen de lo corriente por el lado malo. Hay una fascinación humana muy extendida por el mal,  tradicionalmente castigado al fin, pero me parece que en el siglo XX han proliferado los relatos del mal triunfante, sin final feliz, un rasgo de desasosiego moral de la época. Creo que esos son los ingredientes que  hacen la película digna de verse, aun con su  quiebra de fondo.

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A menudo encontramos juicios demoledores sobre la economía autáquica que siguió España desde finales de la guerra civil hasta 1959. Se habla de “años perdidos”, etc. . Ya he recordado algunos datos sobre esa época, que no fue perdida ni mucho menos (http://www.libertaddigital.com/opinion/historia/los-40-y-50-anos-perdidos-del-franquismo-1276239136.html)

La autarquía fue básicamente una profundización de la política tradicional muy proteccionista seguida por España, debido al éxito de la autarquía en la Alemania nacionalsocialista y a las imposiciones del aislamiento internacional, finalmente vencido. Muy lejos de ser una ruina, permitió tasas de crecimientos superiores a las de la democracia en algunos años y permitió construir una base industrial  considerable, sin la cual la liberalización posterior no habría llevado muy lejos, en lugar de convertir a España en el país de más rápido crecimiento de Europa y segundo del mundo después de Japón. Pero hasta ahora todas las recetas económicas han tenido su momento de éxito y de fracaso. La política de sustitución de las importaciones llevó finalmente a una necesidades importadoras crecientes para las que no existían divisas, de modo que la situación podría volverse dramática si, por ejemplo, fallaba la cosecha de naranjas. Este fue el argumento con que los liberalizadores convencieron a Franco. Curiosamente, en 1959 Europa occidental se encontraba en pleno auge económico, manifiesto entre otras cosas en un aumento espectacular del turismo. Es decir, en los años siguientes España se vio inundada de turistas que proporcionaron un chorro enorme de divisas con el que se financió en buena medida el crecimiento.  La pregunta es: ¿cómo habrían evolucionado las cosas con una política autárquica alimentada por el turismo masivo?

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