Franco: del Mediterráneo al Ebro /La “moderación” de Prieto.

 Blog I: Quiénes deben afrontar la crisis / Empresas políticas de Azaña y Prieto: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Hemos visto, pues, cómo la situación el norte de los Pirineos y sus expectativas influían en la estrategia de Franco, que no podía ser meramente militar, y que condicionaban sus decisiones sobre el terreno. Así, el giro hacia el sur, hacia Valencia, después de llegar al Mediterráneo,  era menos prometedor en el plano militar que el giro hacia el norte, hacia Barcelona, pero menos comprometido en la situación europea. Además demostró ser una empresa muy difícil, a causa de la dura resistencia izquierdista, en parte inesperada después de sus duras derrotas en anteriores desde Teruel: de nuevo, como al llegar ante Madrid en noviembre de 1937, el ejército rojo demostró su capacidad de reacción y resistencia, haciendo lentos y costosos los avances de los nacionales  contra Valencia.

En compensación,  los anteriores fracasos del Frente Popular dejaron claro a la mayoría de sus dirigentes que la guerra estaba perdida, y  así aumentó el derrotismo y las maniobras de azañistas, separatistas y otros, para salvarse de algún modo. Los separatistas vascos y catalanes, una vez frustrados sus tanteos con los fascistas y los nazis, centraron sus esfuerzos en ofrecer a Francia e Inglaterra un práctico protectorado sobre sus regiones a cambio de una paz separada. Los republicanos de izquierda intrigaban a su vez con Londres y París, y parece que Prieto ofreció a Londres  la ría de Vigo y las bases de Cartagena y Mahón si Inglaterra decidía involucrarse y  asegurar el triunfo izquierdista. El 18 de julio de 1938, en el segundo aniversario de la guerra,  Azaña lanzaba su célebre mensaje, desgraciadamente extemporáneo y oportunista, hablando de “paz, piedad, perdón”, a las que tan poco había contribuido hasta entonces. Naturalmente, Negrín y los comunistas interpretaron aquellos manejos como las proverbiales ratas que huyen al hundirse el barco.  Ellos, en cambio, no lo daban por hundido aún, depositaban sus esperanzas en la guerra europea que veían próxima, y además tenían el control real, político y militar, en su zona. Así, obraron inteligentemente por dos vías con sus desleales aliados. En abril trataron de involucrar a las potencias extranjeras en una paz negociada (los famosos 13 puntos de Negrín), para demostrar “buena voluntad” y al mismo tiempo procedieron a amedrentar a los derrotistas mediante amenazas, movilizaciones y exhibiciones de fuerza. Los trece puntos eran una maniobra claramente distractiva y no tuvieron el menor éxito, pero el amedrentamiento sí funcionó, aunque no frenó  del todo a los derrotistas. Y al mismo tiempo Negrín y los suyos hicieron un esfuerzo ímprobo para reclutar nuevas tropas y  les impusieron un reglamento realmente de terror. Y  el consejero soviético Orlof “sugirió” al ministro de Defensa, Prieto, la constitución del SIM, una despiadada policía política que inmediatamente cayó en manos de los comunistas, quienes lo utilizaron no solo contra la “quinta columna” sino para tener bajo un férreo control a sus cada vez más asustados socios del Frente Popular.

El resultado de todas estas medidas fue la gran sorpresa de la ofensiva del Ebro, que puso nuevamente a prueba a las fuerzas nacionales y demostró la peligrosidad de sus enemigos, vertebrados por los comunistas. El envite fue mucho mayor que en Teruel, y  en principio pudo estrangular la penetración  nacional hacia Valencia o provocar la retirada de esta. Algunos  tratadistas, desde un punto de vista estrechamente militar, han criticado como falto de sentido tanto el ataque rojo, ya que no podía aspirar a conseguir sus fines  (pero esto es muy subjetivo), como el contraataque nacional, que dieron lugar a la batalla más prolongada y sangrienta de la guerra, casi cuatro meses entre finales de julio y mediados de noviembre.

Pero los rojos no pensaban solo en la posibilidad de una ofensiva victoriosa, sino en prolongar la lucha demostrando al mundo que distaban de estar acabados. Máxime en unos meses en que la situación europea se ponía al rojo vivo por la reivindicación alemana de los Sudetes.  No es probable que creyeran en una gran victoria, pero sí en enlazar la guerra de España con la europea, inminente, según creían muchos.

Para Franco, en cambio, se presentaba la oportunidad, también arriesgada, de aplastar allí al mayor ejército que sus enemigos habían puesto en pie, dejando de paso maduras para caer a las tres provincias catalanas. También consideró el grave peligro de que el problema europeo repercutiese en una intervención francesa, y así en el momento álgido de la crisis de Munich (concluida a finales de septiembre) declaró su neutralidad en  caso de guerra entre Alemania e Italia por un lado,  y Francia e Inglaterra por el otro. Como finalmente cumpliría. Su declaración ocasionó un serio disgusto en Roma y algo menor en Berlín. De esta manera echó por tierra una baza con la que jugaba insistentemente el Frente Popular.

La batalla del Ebro resultó muy costosa para las dos partes, pero mucho más para el bando rojo, el cual, como se vería, quedó efectivamente sin ulterior capacidad de resistencia en Cataluña, a pesar de los últimos y desesperados intentos de Negrín y los mayores envíos soviéticos de armas durante toda la guerra. Y ante la cesión de las democracias a Hitler en Munich, la ofensiva nacional hasta los Pirineos catalanes ya no entrañaba ningún serio riesgo político  ni, por tanto, militar.

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La moderación de Prieto (En LD,  15-3-2007)

Cuenta Ansón que Prieto fue un político realista y moderado. ¿Lo fue realmente? A la cabeza se vienen enseguida algunas frases magnánimas y pacificadoras del personaje, pero también los hechos, los duros hechos.

En la crisis de la bolchevización del PSOE en 1933-34, Prieto no tomó partido por el legalista Besteiro, sino que contribuyó a liquidarlo políticamente, en alianza con Largo Caballero. Preparó con este la guerra civil y la intentó en octubre del 34. Ideó el putsch a lo Dollfuss con el que, imitando el golpe nazi en Viena, quería eliminar a los gobernantes legítimos. También propuso sabotajes para dejar a Madrid sin abastecimiento de agua.

Fracasada la insurrección, contribuyó como quien más a la campaña de infundios sobre la represión de Asturias, la cual envenenó al pueblo español y le predispuso para la guerra civil, a la que en 1934 solo habían estado dispuestos los dirigentes socialistas, comunistas y nacionalistas catalanes. Organizó con Azaña una coalición demagógica y antidemocrática, que derivó rápidamente hacia un Frente Popular de estilo soviético, ya antes de reanudarse la guerra en julio del 36. Formó un grupo de pistoleros guardaespaldas, “la Motorizada”, que sembró el terror durante la repetición de las elecciones en Cuenca, deteniendo arbitrariamente a personas de derechas para impedirles votar. Fueron sus guardaespaldas y policías ligados a él quienes organizaron el secuestro y realizaron materialmente el asesinato de Calvo Sotelo.

Durante la guerra, Prieto tomó parte en el envío del oro a Rusia, se alió con los comunistas para defenestrar a su antes amigo Largo Caballero, participó en la corrupción organizada por su partido con las compras de armas –corrupción que pagaban los propios soldados socialistas en el frente– y organizó el siniestro SIM a sugerencia de Orlof, el representante del NKVD soviético, y a imagen y semejanza de este. Hay indicios sólidos de que, cuando se desengañó de los soviéticos, quiso atraerse a los ingleses ofreciéndoles a cambio de su ayuda la ría de Vigo y Menorca… Y al terminar la guerra, y por no entrar en más detalles, birló a Negrín el tesoro del Vita, saqueado a su vez al patrimonio artístico e histórico español y a miles de particulares, incluyendo personas humildes; y con ese tesoro prosiguió su labor corruptora.

A Prieto le ha tratado muy bien la derecha, desde los falangistas a los monárquicos, y todo porque, en su oportunismo sin límites, el jefe socialista les hizo algún favor alguna vez. Lo pintan incluso como el gran ministro de Hacienda que no fue. Para Ansón, lo que parece pesar decisivamente en la balanza es que, en su ilimitada vocación intrigante, Prieto buscara el pacto con los monárquicos contra Franco, después de la guerra. Comparado con ese mérito, ¿qué es todo lo demás?

Pasa aquí algo semejante a lo ocurrido con Negrín: sus partidarios encuentran perfectamente aceptable su corrupción, su prolongación inútil de la guerra, su intento de multiplicar el número de víctimas enlazando con la guerra mundial, sus ilegalidades constantes, su servicio a la política de Stalin, incluso su brutal represión de las izquierdas desafectas… Nimiedades, según parece, comparadas con su mérito sin par: ¡todo lo hacía para derrotar a Franco!

Es una forma de escribir la historia. Reduciéndola a una farsa idiota, claro. A quien nunca reivindican tales “demócratas” es a Besteiro, el dirigente realmente moderado del PSOE.

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¿Una vida sin finalidad? / Salida a la crisis económica

Blog I: “Recuperar España” . Posibilidades http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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¿Una vida sin finalidad?

La noción de sentido está ligada a la de finalidad, y es esencial en la vida humana. Todo lo que hacemos conscientemente, lo hacemos para algo, y puede definirse la perturbación mental como pérdida de sentido de finalidad o inadecuación entre la conducta y los fines.

Por otra parte, cuando el resultado de nuestros actos satisface la finalidad perseguida, tenemos una sensación de placer, o de éxito,  de satisfacción en cualquier sentido, o de felicidad. Pero nuestra vida está llena de éxitos que conducen al fracaso, de placeres que anteceden el dolor, etc.  Y también ocurre al revés. Asimismo, muchos éxitos no dependen tanto de nuestro esfuerzo como de azares imprevisibles. Teniendo en cuenta estos condicionantes, sorprende la  extraordinaria potencia del sentimiento del yo, que tiende a considerarse imprescindible y situarse por encima de todo.

La vida corriente se presenta así como una selva o laberinto donde hemos de desenvolvernos con la  vista puesta en las consecuencias y en el medio o largo  plazo, más que en los placeres o éxitos momentáneos.  Creo que ahí se encuentra la base de la moral: una línea de conducta no ya para los sucesos de cada momento, sino para la vida en su conjunto, suponiendo que en determinadas circunstancias, muchas renuncias  momentáneas  traerán recompensas mayores o una mayor felicidad. El equilibrio entre renuncias y aprovechamientos de la ocasión es sin embargo difícil.

Por analogía con las finalidades que dan sentido a nuestras acciones cotidianas,  tendemos a pensar que nuestra vida, en su conjunto, debe tener asimismo una finalidad, esto es, un sentido (Creo recordar que uno de los “panteras negras”,  Eldridge Cleaver o George Jackson, escribió sobre su sorpresa al constatar que nadie sabía para qué estábamos aquí, habiendo dado antes por hecho que algunas personas más enteradas sí lo sabían). Y la moral debe de expresar ese sentido de alguna manera. Pero aquí encontramos una dificultad: así como cada cual entiende y decide la finalidad de sus actos conscientes (tenga éxito en ellos o no), ¿quién podría decidir la finalidad del total de nuestras vidas? ¿Quién o qué les daría ese sentido que nuestra psique exige? No podemos ser nosotros mismos los jueces, ni cada uno ni todos juntos. A menudo oímos a  políticos o intelectuales afirmar que debemos “hacernos dueños de nuestras vidas” de “nuestro destino”, de “nuestro porvenir”, etc. Es difícil concebir majadería mayor. Y sin embargo expresa un profundo anhelo humano, y por eso tiene tanto efecto en la gente poco reflexiva, a la que suele llevar a desastres mayores o menores. Ni nuestra venida al mundo, ni la época y el lugar o la familia en que hemos nacido, dependen de nuestra elección o voluntad; ni dependen de nosotros una multitud de sucesos, relaciones con otras personas, casualidades etc., que sin embargo tienen un peso decisivo en nuestras trayectorias vitales, y ante los cuales nuestra decisión suele contener muchos errores; ni morimos, salvo excepciones,  porque queramos, más bien al contrario. Por tanto es evidente que lo principal, el fondo de nuestras vidas escapa a nuestra elección.

Así, nuestra vida está claramente determinada por  fuerzas que nos superan por completo, si bien dentro de esa situación permanece un ámbito al cual llamamos libertad, donde la moral debe imponer cierto orden. Pero, dado lo limitado de nuestra capacidad para prever las consecuencias algo lejanas de nuestros actos,  y nuestro  desconocimiento de las fuerzas misteriosas que nos han depositado en el mundo, la moral se nos presenta igualmente como un mandato superior: no podemos hacerla cada cual a su gusto, porque ello haría imposible la vida en sociedad, y por tanto también la vida individual. Tampoco puede ser una convención entre la gente basada en ideas más o menos generales: esto sería más propiamente la ley. Las leyes son convenciones que nunca se cumplen del todo, pueden ser contradictorias, cambian con el tiempo, a veces de modo radical,  y no infrecuentemente son consideradas injustas. Ello establece una relación sutil entre ley y moral, reflejada magistralmente en la tragedia Antígona, cuando esta dice a Creonte que para ella las leyes eternas de los dioses están muy por encima de las leyes que él pueda dictar, con mayor o menor legitimidad.

Es fácil ver que la pretensión de  “ser los dueños de nuestro destino”, de “nuestra vida” solo pueden conducir a la arbitrariedad y finalmente a la desesperación, como en la frase de Macbeth. Aunque hoy se quiera, en nuestras sociedades, sustituir el ruido y la furia por una historia de pesada diversión banal, también  contada por un idiota y sin significado, sin sentido. El ideal de Imagine, de Lennon. A esas fuerzas que gobiernan el ser y el destino de los humanos se las ha distinguido como “los dioses”  o, de forma más concentrada, como Dios.

Y más aún, el mundo entero debe tener asimismo una finalidad, relacionada con la de la vida humana, pues no puede concebirse a esta como algo radicalmente distinto del mundo. El mundo en que nacemos, nos movemos y morimos.

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Salida a la crisis económica

Tengo la impresión de que la salida de la crisis, a corto plazo, pasa por una importante quita en la deuda, tanto pública como sobre todo privada. Hay una razón económica: esa deuda no puede pagarse, y menos si el país se va empobreciendo con medidas como las que vienen tomándose. Y hay una razón política-moral: si nos hemos endeudado a lo loco, otros han prestado también a lo loco, incitándonos a un derroche que parecía generar riqueza para todos. Así que todos hemos pecado y todos debemos pagar.

Pero a medio y largo plazo, lo esencial es el saneamiento de la economía, entendiendo por tal la corrección de los factores que la han distorsionado, creando las célebres burbujas. Y creo que el saneamiento pasa por salir del euro antes de que nos  echen o que esa moneda se hunda, como parece muy posible. La salida del euro corregiría un grave error (¡la entrada nos garantizaba una prosperidad sin fin!) y nos devolvería la soberanía, sin la cual difícilmente acometeríamos un saneamiento independiente. Traería sacrificios,  pero ya los estamos sufriendo sin otra perspectiva que la de perder más y más soberanía en beneficio de las potencias que realmente deciden y por su peso pueden decidir en la UE. Creo que la UE misma es un error, incompatible con la realidad histórica y cultural europea: nunca debió pasarse de la CEE.

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Dos propuestas sobre la crisis:

http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.HTML

http://www.farodevigo.es/opinion/2013/03/24/europesetas-electronicas-complementarias-euro-estimularan-credito-efec-tos-colaterales-perversos/779357.html

 

 

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La economía como ciencia del intercambio / Una clave de la historia de España.

 

Blog I: Recuperar España. Posibilidades. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/recuperar-espana-posibilidades-20130602

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Recapitulando en estas notas un tanto anárquicas sobre la crisis económica,  creo que podemos proponer algunos puntos básicos

1.- La economía es el estudio de los intercambios de bienes y servicios dentro de la sociedad humana o cultura.

2.- El intercambio implica la propiedad particular (aunque sea más o menos colectiva en una comunidad) producción de esos bienes y servicios

3.- Implica la producción previa de esos bienes y servicios

4.- Implica también condicionantes culturales y valoraciones de diversos tipos

5.- Cada parte hace el intercambio con la expectativa de un ingreso con ganancia

6.- La ley básica de la economía sería que el ingreso no debe ser inferior al gasto de producción.

7.-  El gasto precede al ingreso. Es decir, el intercambio se basa en expectativas

8.- Las expectativas se apoyan por una parte en la experiencia y por otra en la esperanza del beneficio.

Por ahora puede quedar la cosa así. Cada punto debe ser explicado.

1.- La sociedad humana difiere de las animales, entre otras cosas, en la profunda individuación de sus miembros. Ello se manifiesta, incluso en las  culturas más primitivas, en lo que podríamos llamar desigualdad productiva y retributiva (aunque hay desigualdades improductivas o contraproductivas): las considerables diferencias naturales entre los individuos dan lugar a una división de tareas, con el consiguiente intercambio que beneficia más o menos al conjunto.  Parece que las exigencias más básicas son la alimentación y el vestido. La primera se ha realizado normalmente mediante la caza, la pesca y la recolección. La división más primaria debió de ser de tipo sexual: la caza y la pesca corresponderían a los varones, y la recolección a las mujeres, aunque seguramente no de modo muy rígido. Por otra parte, los hombres necesitan comer más que las mujeres, y de ahí una diferenciación retributiva. Pero tanto en un caso como en otro parece haber habido desde el principio otras diferencias. Generalmente la cohesión del grupo se aseguraba mediante un poder concedido a los jefes así como mediante la labor de  brujos o chamanes, que recaería en personas a las que se suponía especialmente expertas en ese campo (perturbados en algunos casos). Entre las mujeres también se establecían jerarquías espontáneamente. La diferencia de dotes  e inclinaciones entre los individuos debió de dar lugar muy pronto a la especialización de algunos, por ejemplo en la confección de armas,  herramientas, vestidos, etc. La idea de una “comuna primitiva” en la que todos hacían de todo y se repartían por igual los productos no es probable que haya existido nunca.

Así, tuvo que haber siempre un intercambio, por primario que fuese, dentro de los grupos más primitivos, y asimismo un trueque con grupos vecinos. El intercambio, desarrollado en comercio propiamente dicho con la invención del dinero, es el objeto real de los estudios económicos, pues la producción está supeditada a él. Aunque el capitalismo produce masivamente mercancías, es decir productos destinados al cambio previo al consumo, ello ocurre también, aunque de modo más primario, en las sociedades más primitivas.

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***Sobre la espiritualidad de la materia: Los objetos de que estamos rodeados son enormemente diversos, pero nuestra mente busca algo común a todos, que permita ordenarlos y en alguna medida comprenderlos. De ahí surge la idea de “materia”. Pero la idea surge como contraste con otra parecida, la de “espíritu”, que la complementa. La primera no tiene, en apariencia, finalidad, pero la segunda consiste precisamente en la finalidad y la intención.  A ese nivel de abstracción, puede considerarse el espíritu como un derivado de la materia, es decir, algo asimismo sin intención ni finalidad; y a la inversa, puede pensarse en la materia como producto del espíritu creador (en el principio fue el verbo, es decir, el orden intencional). Suponer que el espíritu deriva de la materia da al primero los rasgos atribuidos a esta: sinsentido en general. Pero al mismo tiempo el concepto de materia es típicamente espiritual: pretende adjudicar a todas las cosas una especie de esencia común, a fin de dar un orden y un sentido a su desconcertante multiformidad.

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 Una clave de la historia reciente de España

(En LD, 29-I-2002)

La revolución francesa, al contrario que la norteamericana, invocó los derechos humanos para aplastar los derechos de los ciudadanos, alzó la bandera de la tolerancia para destruir a los discrepantes, y la de la libertad para practicar el terror y el genocidio. Así lo vieron Burke o el intelectual alemán F. Von Gentz, cuyo estudio comparativo saludó calurosamente el presidente norteamericano. J.Q. Adams, porque anulaba la “infortunada imputación” de una identidad básica entre ambas revoluciones. Basta considerar la historia convulsa del continente europeo en los siglos XIX y XX y la mucho más estable y productiva de los países anglosajones, para apreciar la diferencia.

Suele llamarse a la revolución francesa cuna del orden democrático actual, pero también se la puede considerar fuente del desorden de los revolucionarismo totalitarios y los hipernacionalismos, hijos del jacobinismo galo. El terror, el genocidio, la guerra total, rasgos del siglo XX, se cocieron en la teoría y la práctica jacobinas.

En España podemos observar la diferencia entre el liberalismo conservador, promotor de una convivencia aceptable y de casi toda la construcción de un estado moderno –como ha mostrado el historiador Seco Serrano en un reciente libro–, y el liberalismo jacobino, siempre epiléptico, capaz de poner en peligro la propia subsistencia de la nación. Lo último queda probado por las dos grandes ocasiones del jacobinismo: el sexenio inaugurado con la revolución de 1868 y la II República. Paradójicamente, muchas de las medidas propugnadas por los jacobinos (exaltados, progresistas, republicanos) eran razonables y sensatas, pero el espíritu violento, irrealista hasta la alucinación, con que las aplicaban término por justificar los peores recelos de la sociedad hacia la democracia, en cuya bandera se envolvían con desparpajo los exaltados. Las experiencias jacobinas han contribuido siempre a retrasar el reloj de la historia española.

Hace unos años, Julio Cerón escribía sobre la transición posfranquista, que fue una obra maestra de consenso y sensatez en muchos aspectos. Él se quejaba, supongo que en broma, por la pérdida de la tradición política española de arrebato, alucinación y chifladura. No es una tradición española, sino jacobina. Opino que la diferenciación entre liberalismo conservador y jacobino nos da una clave fundamental de la historia de España en los siglos XIX y XX, idea intuida por algunos, pero aún no desarrollada como merece.

 

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Batallas decisivas que no lo fueron / Amigos de la guerra civil

Blog I: El doble secreto de la Transición / El PSOE, de problema a pesadilla http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/doble-secreto-transicion-20130529  

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El ataque a Teruel por el ejército rojo, en diciembre de 1937,  fue, como sus ofensivas anteriores, en especial las de Brunete y Belchite, un intento por arrebatar la iniciativa a los nacionales, pero esta vez alcanzó su objetivo, y la ciudad cayó después de una heroica resistencia. El éxito fue explotado masivamente por la propaganda izquierdista internacional y suponía un grave revés, al menos en principio, para los nacionales, apenas dos meses después de haber coronado la toma de la franja cantábrica. Franco pudo haberse concentrado, a pesar de todo, en el objetivo de Madrid, pero debió de suponer que era peligroso  atacar al ejército enemigo del Centro, que ya había probado su capacidad defensiva, mientras a su espalda otro ejército rojo, el de Levante, acababa de demostrar su potencia.  Y seguramente se percató de que si lograba desbaratar quienes habían  conquistado Teruel, podría descender con bastante facilidad sobre el Mediterráneo, relativamente próximo: con ello cortaría en dos al territorio del Frente Popular y aislaría Cataluña y la parte de Aragón en manos izquierdistas.  En todo caso eso es aproximadamente lo que se propuso. Hasta entonces había frenado las ofensivas contrarias sin intentar invertirlas (salvo en Brunete), pero ahora haría lo contrario.

Y una vez más, el “mediocre” general batió a sus enemigos: envolvió Teruel en una maniobra de flanqueo para, una vez recuperada y sin dar  tiempo a reponerse al ejército contrario, emprender una contraofensiva por Aragón y hacia el Mediterráneo. La rapidez con que  volvió a desplegarse y atacar sorprendió por completo a sus adversarios. En una campaña muy maniobrera, los nacionales ocuparon todo Aragón y Lérida, y más al sur avanzaron por el Maestrazgo, cortaron en pedazos a las tropas contrarias, impidiéndoles coordinarse, y  alcanzaron el Mediterráneo por Castellón el  15 de abril de 1938, prácticamente en el séptimo aniversario de la instauración republicana. En menos de mes y medio Franco había destruido cuantiosas tropas enemigas y hecho decenas de miles de prisioneros a un coste mínimo en bajas propias. Y además había ocupado un extenso territorio y aislado las tres provincias catalanas aún en manos de la izquierda y los separatistas.

Yagüe y otros habrían querido ocupar Cataluña, un objetivo al parecer fácil en aquellos momentos,  en lugar de rodearla por Castellón: de ese modo toda la zona centro se encontraría rodeada y aislada del resto de Europa por tierra y prácticamente por mar, lo que habría decidido su caída en plazo no muy largo. Pero Franco optó por la decisión que parece militarmente menos provechosa. Creo que solo puede entenderse  por el carácter no solo militar, sino también político, de su estrategia. En contra de lo pretendido por historiadores poco serios, le interesaba terminar la guerra cuanto antes, lo mismo que a Negrín y los suyos les interesaba alargarla. Pero manejarse en las condiciones europeas de aquellos meses requería una extrema cautela.  Así como Negrín trataba de  involucrar a Francia e Inglaterra en el conflicto, Franco buscaba justamente evitarlo. Por ello debía tener muy en cuenta el fuerte caldeamiento de la olla europea debido a la unión de Austria  a Alemania en el mes de marzo y al envenenado  problema de los Sudetes. Francia solo podía recelar del triunfo, en su propia retaguardia, de un bando apoyado por Alemania. Por esa razón y por simpatía con las izquierdas españolas le convenía mucho más la victoria del Frente Popular, y la llegada de los nacionales a su frontera por Cataluña podía decidirla a intervenir. La razón de esta y otras decisiones que tomó Franco a lo largo de 1938, consiguiendo victorias importantes pero sin explotarlas a fondo, parece que solo puede tener relación con sus informes y sospechas sobre las actitudes francesas. Por ello, también, una vez llegado al Mediterráneo, no giró hacia el norte, hacia Barcelona, sino hacia el sur, hacia Valencia, un objetivo militarmente inferior.

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En LD,

Amigos de la guerra civil

Un sector importante de la izquierda siempre ha sido propenso a la guerra civil. Por remontarnos sólo a 1933, el grupo dominante del PSOE vio en ella la bendita antesala del socialismo soñado. En consecuencia, organizó muy en serio la contienda, la ensalzó sin hipocresía (no como la Ezquerra catalana, que la preparaba sin nombrarla) y la desencadenó en octubre de 1934, contra un gobierno legal y democrático de centro derecha. Los comunistas han sentido la misma atracción. Lenin definió el marxismo como una escuela de guerra civil, y trató de “pedantes redomados o momias sin sentido común” a quienes deploraban tal experiencia bélica, como recordó el líder de la Comitern, Dimitrof, justo cuando planteó, en 1935, la nueva táctica de los frentes populares.

La primera fase de la pugna española, en octubre del 34, fracasó. Al comienzo de la segunda etapa, en 1936, las izquierdas tuvieron al principio todas las de ganar, hasta que perdieron la franja cantábrica, a causa de la incompetencia militar de Franco –a ese tipo de izquierda le encanta la idea de haber sido derrotada por un inepto–. En ese momento la guerra pudo haber terminado. Azaña y otros muchos lo deseaban, pero los amigos de la guerra civil impusieron una resistencia a ultranza, con el aún muy importante apoyo soviético. Azaña creía que tal obstinación multiplicaba las penalidades y el derramamiento de sangre y enconaba los odios sin esperanza de éxito. En cambio, los socialistas de Negrín y los comunistas tenían una esperanza, enlazar con la ya próxima guerra mundial. Entonces las penalidades y la sangre aumentarían, pero el Frente Popular obtendría por fin la victoria. Alcalá-Zamora cuenta cómo, tras la derrota y con la contienda mundial en marcha, numerosos exiliados deseaban “el monstruoso horror de un resurgimiento de la guerra civil complicada con la externa. Era inútil cuanto yo les dijera sobre el loco crimen que eso suponía”.

Terminada la guerra mundial, los comunistas creyeron posible resucitar la civil por medio de acciones guerrilleras, el llamado “maquis”. Trataban de imponer un gobierno parecido al del Frente Popular, como paso intermedio a un régimen de tipo estalinista. Fracasaron, sobre todo, porque la población rechazaba nuevas violencias civiles. Pues bien, ¡incluso ahora los amigos de la guerra civil siguen en sus trece! En diversas comunidades se empeñan, a menudo con éxito y con apoyo del PP, en exaltar oficialmente al “maquis” estaliniano como una lucha por la libertad. Es difícil imaginar algo más necio, marrullero y contrario al espíritu de la democracia. Pero la realidad, como de costumbre, supera a la imaginación.

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El espíritu y la materia / Sobornos y neutralidad de España en la SGM

Blog I: Tres derechas en España / Argumento contra la democracia http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/tres-derechas-espana-argumento-democracia-20130527

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El espíritu y  la materia.

El 29 de septiembre de 2006 escribí este artículo:

La materia tiene todos los rasgos de un ente espiritual. Nadie ha logrado –ni presumiblemente logrará– verla, tocarla, olerla, oírla o gustarla. Lo que se presenta a nuestros sentidos es una inmensa cantidad y variedad de fenómenos y cuerpos, y solo por una abstracción mental, esto es, espiritual, decidimos que ellos son expresiones de “la materia”. ¿Un fantasma?

A su vez, el materialismo, base de algunas ideologías revolucionarias, es una actitud espiritual: el espíritu que se niega a sí mismo en casos extremos, o que se coloca, modestamente, en posición secundaria ante la materia. Este materialismo reduce el espíritu a la consciencia, y finalmente al problema de qué es lo primero y qué lo derivado: la materia o la consciencia. Así expuesta, la cuestión no admite dudas: la consciencia derivaría del mundo material, sería en último extremo una forma peculiar del funcionamiento de la materia, algo así como un espejo de esta, creado por ella misma (aunque deberíamos preguntarnos entonces por qué ese espejo suele ofrecer visiones tan erróneas o deformadas de su objeto: la materia parece algo bromista).

El problema tiene que ver con el sentido del mundo. Siendo la materia lo primero, la tarea de la consciencia consistiría en entender la materia cada vez más claramente, prescindiendo de otros espíritus que no sean la consciencia misma y su manía investigatoria. Pero, ¿y si esa investigación nos lleva a concluir que el mundo y la vida carecen de cualquier sentido discernible? Mala suerte, aunque entonces también habría que decidir de dónde viene esa necesidad psicológica del sentido. Si no viene de la materia, ¿de dónde?

El sentido es un problema porque no se nos ofrece con claridad. Al examinar el mundo, lo mismo podemos concebirlo como un todo ordenado a un fin que como una mezcla de orden y caos sin finalidad alguna. Encontramos indicios y hasta pruebas de una cosa y de la otra. Por eso el sentido es asunto de fe.

Pero siendo el materialismo una actitud del espíritu, decía, no puede prescindir del sentido, y por tanto de la fe. Por ejemplo, el ser humano y su consciencia aparecen para un materialista como el resultado de una evolución imprevisible e innecesaria. La consciencia se presenta como resultado de una acumulación gigantesca de cambios genéticos al azar sin finalidad alguna, y posiblemente no existiría en todo el universo más que en la Tierra. Bueno, pues aun así el materialista tendrá que encontrarle algún sentido: la adaptación al medio… aun si el espíritu humano tiende más bien a adaptar el medio a sus deseos sin sentido. Una forma peculiar de fe, en fin”.

Dicho de otro modo: el espíritu es el sentido, el para qué, la finalidad de las cosas, incluido el hombre. La ciencia prescinde de finalidades, de paraqués y hasta de causas, de porqués, concentrándose en los “cómos”, en exponer los modos y relaciones de las cosas, de la materia. Ello no niega ni afirma el sentido, pero a su vez es producto del sentido, del espíritu. ¿O resultará que toda esa manía investigatoria, ese afán incansable por saber, carece de finalidad, alguna? ¿Sería una broma más de la materia?

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La “Caballería de San Jorge” y la neutralidad española en la guerra mundial

La cuestión de los sobornos ingleses a generales españoles durante la II Guerra Mundial resurge de vez en cuando, como el Guadiana, no sé si con alguna intención oculta. En el libro  Años de hierro lo traté: “Con Hoare como nuevo embajador, Churchill mataba dos pájaros de un tiro: impresionaba favorablemente a Madrid y alejaba a un político proclive a la paz con Berlín, y por tanto molesto para su línea de resistencia. Cadogan, alto funcionario del Foreign Office, expresó su cálida esperanza de que los alemanes o los italianos asesinasen a Hoare en España. El embajador tenía práctica de espionaje y acciones clandestinas. Durante la I Guerra mundial había usado fondos secretos para sufragar el periódico de Mussolini Il popolo d´Italia,  ayudando así, inopinadamente, al surgimiento del fascismo. En 1935, como secretario del Foreign Office, había maniobrado en secreto con Francia (Pacto Hoare-Laval), para ceder a Italia la mayor parte de Abisinia, debiendo dimitir al salir a la luz el hecho. Ya en Madrid, Hoare aceptó un plan de su agregado naval, Hillgarth, para sobornar a treinta altos mandos españoles y usarlos contra el sector belicista. La operación correría a través del financiero Juan March y de una cuenta en la Swiss Bank Corporation. Los sobornos vendrían, pretendidamente, de empresarios españoles ansiosos de paz, para no dar a los militares la impresión de servir a un país extranjero.

“March, negociante sin muchos escrúpulos, conocido como El último pirata del Mediterráneo, ya en la I Guerra Mundial había tratado indistintamente con ingleses y alemanes, no dudando, según se dice, en estafar a ambos para aumentar su ganancia. Al comenzar la II Guerra, ideó aprovechar los mercantes alemanes retenidos en puertos españoles para ponerlos bajo bandera neutral y traficar con América. Ello beneficiaría al comercio español, al inglés y al alemán, pues ofreció a cada uno de ellos, con ignorancia del contrario, transportarle mercancías de tapadillo. Y beneficiaría sobre todo a Juan March. El negocio no llegó a cuajar, pero ilustra las destrezas del financiero. Los ingleses desconfiaban de él, pero utilizaron sus servicios bajo la impresión de que no podían permitirse desperdiciar ninguna oportunidad. Entre los generales sobornados estarían Varela, Kindelán, Orgaz, Ponte, Vigón, Solchaga, Tella, Barrón, Espinosa, Yagüe… Algunos nombres chirrían, como el de del muy germanófilo Yagüe.  El principal de todos ellos habría sido Aranda, héroe de la resistencia de Oviedo en 1936.

“Londres gastaría la alta suma de trece millones de dólares en esta empresa, a la que llamó Caballería de San Jorge, por la imagen del santo en las monedas de oro, usadas en otras ocasiones para fines semejantes. Dos millones de dólares, cifra fabulosa, habrían ido a los bolsillos de Aranda. Es difícil decir hasta qué punto sirvieron aquellos militares a los británicos, pues varios de ellos mostraron notable germanofilia o prepararon planes de entrada en guerra al tiempo que informaban al gobierno de la supuesta incapacidad española para hacerlo en aquellos días”.

¿Qué hay de todo ello? Aranda vivió hasta su muerte con una modestia que hace difícil creer en la enorme suma supuestamente recibida. Por su parte, altos cargos ingleses tenían la sospecha de estar tirando el dinero, en palabras de uno de ellos: “Esa gente con la que tratamos, o parte de ella, es venal,  y por tanto capaz de vendernos (a los alemanes)”. Eden, que dirigía la cartera de Asuntos Exteriores, también mostraba escepticismo sobre el rendimiento de aquellas costosas operaciones. Cabe, además, la presunción de que March cobrara su intermediación con más generosidad de lo estipulado.

Para hacerse idea de las intrigas disparatadas de la época, véase otro ejemplo: Eden había expresado  su “caluroso deseo” de la eliminación (en principio política) de Serrano Súñer e incluso de Franco. Y al parecer los generales supuesta o realmente sobornados no estaban dispuestos solo a presionar en pro de la neutralidad: en noviembre del mismo año (1941) en que tenían lugar estas maniobras, el sustituto momentáneo de Hoare en Madrid, Yencken,  informaba a Londres de una conjura militar para  deponer y hasta fusilar a Franco y a Serrano Súñer. El agregado militar inglés en Madrid creía que prácticamente todos los generales, excepto los tres más incompetentes (Saliquet, Serrador y Moscardó), estaban  comprometidos en  la conspiración, a cambio de cuyo servicio pedían a la embajada inglesa una generosa ayuda económica. Ayuda que Londres no estaba en condiciones de otorgar, por lo que el agregado calificaba la demanda de  wishful thinking. Los supuestos conjurados pedían también que el gobierno inglés controlase la prensa de su país para que no exteriorizara alegría por el proyectado golpe, a fin de no alarmar a los alemanes. Esto y los sobornos dejan la impresión de una serie de engaños mutuos aprovechando el agudo temor de Londres a que España, con Alemania, cerrase el estrecho de Gibraltar.

No hay constancia de que los generales presionaran especialmente contra la entrada en guerra. Como fuere, la decisión solo podía tomarla Franco y, por todo lo que sabemos, influyeron en ella sobre todo los informes de Carrero Blanco, de segura incorruptibilidad.  Pero ya en septiembre de 1940, antes del encuentro de Hendaya, Franco tenía clara su estrategia, y la especificó a Serrano Súñer para las conversaciones de este en Berlín: “Hay que considerar dos casos: guerra corta y guerra larga” En el primer caso, no habría problema en abandonar  la neutralidad. En el segundo solo podía pensarse en ello hacia el final de la contienda, cuando supusiera los mínimos sacrificios para España a cambio de los máximos beneficios. Y entendía que precisamente la  guerra iba para largo. Esta concepción guió su política, tan extraordinariamente beneficiosa para España… y, sin buscarlo expresamente, para Inglaterra, a la que libró de un revés extremadamente grave.

En resumen, si la caballería de San Jorge desempeñó algún papel real, solo pudo ser anecdótico y en un contexto de mutuas artimañas entre Londres, algunos generales españoles y el propio March.

Creo que este último sería el único que podría suministrar información fidedigna sobre el rocambolesco asunto. Por cierto, parece que los useños lo consideraban  agente germano o algo por el estilo.

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