Sentimiento social, angustia, fe y big bang

Blog I: Regeneración nacional / Breves sobre la democracia. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Antes de seguir, creo que la tesis de que los sentimientos más profundos del ser humano son los del yo y del mundo, debe ampliarse a un tercero, presentado como parte del mundo pero que viene mejor separarlo: el sentimiento social, puesto que el yo no existe nunca sin los “otros”, desde la familia a la comunidad próxima,  la nación o el  estado y, más difusamente, la humanidad. He esbozado algunos aspectos de los dos primeros sentimientos y convendrá abordar en otro momento, aunque sea por encima, el sentimiento de sociedad.

También sobre la angustia: hay dos formas de ella, la enfermiza, paralizante y autodestructiva, y la creativa, que da lugar a los mitos, al arte o a la ciencia. Pues en todas esas actividades hay un elemento de entusiasmo, pero también de ansiedad ante lo desconocido y en muchos aspectos incognoscible. De la primera, los casos llamados de “angustia vital”, la sensación de vacío existencial, muy aguda en algunas personas, son una manifestación precisa. A este respecto, llama la atención la intensidad  y amplitud con que se ha desarrollado en nuestro tiempo la cultura del entretenimiento, que en gran parte es del aturdimiento: ¿como un modo de escapar a la angustia de la vida? Más precisamente cabría decir que la angustia tiene una derivación enfermiza y otra creativa o productora de consuelo.

Siguiendo con el tema anterior, fe es creer lo que no vimos, decía el catecismo; definición primaria, válida quizá para niños. Más bien  sería creer en lo que no podemos ver o, mejor, no podemos comprobar. Pues la ciencia opera con una multitud de objetos invisibles e impalpables, aunque de un modo u otro comprueba su existencia y efectos prácticos. El objeto de la fe son imágenes o relatos producidos por  nuestra mente impresionada por el misterio de la existencia. Es curioso que nuestra psique pueda plantearse, incluso con una carga de urgencia, el por qué  y para qué de lo existente, desde el yo al universo… y en cambio sus ansiosas preguntas fundamentales no tengan respuesta racional o similar a las mil cuestiones que resolvemos normalmente en la vida cotidiana. Esa contradicción viene expresada, creo, en mitos como el del pecado original. La ciencia no se plantea el por qué y mucho menos el para qué de lo existente, sino propiamente el cómo. Explica, en un avance sin fin aparente, cómo  existen, “funcionan” y se relacionan las cosas, y ahí se detiene. Por eso la fe en la ciencia suena algo absurda, salvo en el sentido trivial de que ella seguirá avanzando y aclarando asuntos muy diversos,  y permitiéndonos en alguna medida manipular lo existente en beneficio propio.

También suena contradictorio plantear el problema de la existencia de Dios. Puesto que los creyentes ven en Dios la causa de lo existente, estará lógicamente por encima de la existencia, fuera del universo.

La razón, por otra parte, puede volverse muy destructiva. En una conversación algo en broma, comenté que la racionalidad económica exigiría la eliminación de los ancianos improductivos (de hecho ya se expresan opiniones en tal sentido). Y, yendo algo más lejos, sus cadáveres tendrían utilidad práctica convirtiéndolos en piensos compuestos  para el ganado. Hoy por hoy, la idea nos parece –a la mayoría– una monstruosidad, pero de su carácter racional no cabe la menor duda. Si nos parece monstruoso es porque en nosotros opera todavía un “prejuicio” en sí mismo irracional, sobre la dignidad de la vida humana junto con la impresión, típicamente religiosa, de que el origen y destino de cada cual depende de alguna fuerza inasible por encima de nuestros deseos, intereses o apetencias, tiene un carácter “sagrado”.

Para terminar con estas improvisaciones varias, en twitter  (he propuesto, no en serio,  que le llamásemos “gorgraz”, abreviatura de “gorjeos y graznidos”), un corresponsal lector de Sonaron gritos…, que considera una novela filosófica, ha comentado una discusión de la novela: Contreras sostiene que las matemáticas pueden describirlo todo gracias al signo de igualdad. Por tanto, dentro de determinadas cantidades, proporciones y relaciones, todo sería igual a todo. Paco le replica que entonces todo sería igual a nada, aunque se queda ahí. El corresponsal indica que la teoría de la Grex (recuerden a los pastores de Porriño), comunmente conocida por “big bang”, lo demostraría: si el origen del universo está en un punto sin dimensiones espacio-temporales, entonces todo el universo sería finalmente  igual a ese punto, a la nada.  O bien todo estaría contenido en la nada… Bueno, lo dejo por si a alguno le sugiere algo.

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Por qué el franquismo no pudo continuar

 Blog I: Gibraltar, Ceuta y Melilla / Un personaje controvertido: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gibraltar-ceuta-y-melilla-un-personaje-controvertido-20130301

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Por qué el franquismo no podía continuar

Los éxitos prácticos del franquismo han sido, indudablemente, los más importantes, con mucho, que haya tenido España desde la Guerra de Independencia. Los he resumido en varias ocasiones y no lo repetiré ahora. Ello plantea la cuestión de  por qué, entonces,  no resistió a la muerte de Franco y por qué su clase política se suicidó, por así decir, para dejar paso a una democracia liberal.

En España contra España he mantenido la tesis de que la Restauración cayó, en última instancia, por la defección antiliberal de una intelectualidad de “gárrulos sofistas”, según denunciaba Menéndez  Pelayo,  con pose de radicalismo y absurda  retórica regneracionista.  Un sistema político no puede durar hoy  sin un respaldo intelectual sólido.  El caso del franquismo no es igual, pero tiene semejanzas.  Tras una difícil guerra, no quedó claro si el gobierno vencedor debía considerarse un expediente pasajero para resolver una tremenda crisis histórica (una dictadura peculiar), o bien un sistema superador del liberalismo y del socialismo.   Predominaba entonces, desde luego,  la segunda posición, y una de las medidas del franquismo consistió, como recuerdo en Años de hierro, en la creación de un  Instituto de Estudios Políticos , que contaría con inteletuales relevantes como Ramón Carande, Melchor  Fernández Almagro, José Antonio Maravall, etc.  El Instituto dio lugar a obras importantes como La idea de España en le Edad Media, pero su labor fue dispersa  y en definitiva, observará Serrano Suñer, “nunca cumplió la  misión que se le había  atribuido, a saber: la explicación doctrinal del régimen,  una articulación teórica del ejercicio del poder”.

De este modo la fundamentación intelectual del régimen resultó endeble.  Se  elaboró o más bien se reprodujo, la idea de una “democracia orgánica”, sin partidos, apoyada en “sociedades  naturales” pero por naturaleza poco políticas,  como la familia o el sindicato, o de interés local como el municipio. La ideología,  que no permaneció igual todo el tiempo, fue al principio católica y falangista,  con roces entre la Falange y la Iglesia,  sobre todo por el control de la enseñanza y del aparato ideológico. La  doctrina falangista era ecléctica y  de urgencia ante el peligro revolucionario, patriótica, próxima al fascismo italiano y con puntos  importantes de contacto con las izquierdas (el nacional- sindicalismo);  en cuanto al  catolicismo – el régimen llegaría a declararse “católico” como su principal seña de identidad–  no era realmente una doctrina política, aunque influyera sobre tales opciones. Contaba también, en plano más secundario, el tradicionalismo y su  inveterada aversión al liberalismo.  Era difícil hacer casar todas las piezas en lo que se llamó Movimiento Nacional, y si las discordias entre unos y otros no causaron serios problemas se debió a algunos acuerdos  cruciales, como la defensa de la cultura cristiana, de la  unidad de España, de la propiedad privada o de la familia tradicional; y quizá se debió más todavía a la autoridad incuestionada  del mismo Franco. En una etapa más avanzada,  las pretensiones ideológicas de primera hora del régimen fueron difuminándose por una orientación llamada tecnocrática,  centrada en un acelerado desarrollo económico acompañado de una progresiva liberalización política.

La razón por la que duró tanto el franquismo radica, en un primer período, en el recuerdo traumático de la guerra civil y el completo desprestigio de la izquierda y del republicanismo.  Casi nadie  quería volver a la situación anterior, como demostró el maquis cuando fracasó por falta de arraigo popular, pese a organizarse en inmejorables “condiciones objetivas”, como decían los comunistas.  El gobierno aseguró desde el principio la paz y la reconstrucción del país venciendo enormes dificultades internas y externas, y la gran mayoría de la población le mostró su apoyo.  Los odios que habían desastrado a la república quedaron muy pronto olvidados y la reconciliación social se produjo sin excesivas dificultades, aun con la fuerte represión de primera hora. El respaldo popular al régimen permaneció luego por el extraordinario éxito de su política económica  en sus últimos quince años.  Una sociedad desarrollada, próspera y reconciliada, ideal para una democracia sin convulsiones, constituyó  el legado del franquismo. De hecho, dentro de él solía señalarse que una democracia estable exigía un considerable nivel de renta, y España había ingresado en el club de los países con una renta per capita elevada. El europeísmo y acercamiento oficial a la CEE empujaban en la misma dirección.

Pero todos los triunfos prácticos no eliminaban el punto débil del régimen:  su precaria  fundamentación intelectual.  Lo comprobábamos los antifranquistas de entonces –en general comunistas–  en la universidad (alumnos y profesorado),  donde nuestra retórica vencía fácilmente a la de los elementos de derecha, los cuales a menudo no ofrecían siquiera resistencia ideológica alguna. Este fue otro rasgo del franquismo tardío.  No hubo nada parecido al “páramo cultural” que le achacan sus enemigos, pero también es cierto que la mayoría de los intelectuales y artistas le mostraban un creciente despego u oposición, tolerados dentro de ciertos límites.

Paradójicamente, a medida que el sistema  aseguraba la prosperidad y se liberalizaba, la oposición se volvía más radical, violenta y terrorista (el fenómeno afectó a toda Europa Occidental y Usa).  Peor aún, la Iglesia,  a la que los nacionales habían salvado literalmente y que durante largo tiempo había respaldado a Franco, constituyendo su principal pilar ideológico, se volvió en gran parte contra él. El Vaticano II abrió una nueva etapa en la  que el sector hegemónico de la Iglesia obró como factor de perturbación política y promoción de grupos comunistas, separatistas y terroristas. Con ello, las carencias intelectuales del régimen se agravaron.  Problema añadido, y no menor precisamente, era la vejez del Caudillo, a quien todo el mundo consideraba irreemplazable.  En la clase política se abrió paso la idea de que, de un modo u otro, era precisa una transición sin traumas a un sistema  homologable a los de la CEE. Algunos trataron de retener las esencias de un franquismo sin Franco,  pero no solo estaban en minoría sino que, por las razones dichas, tenían poco futuro. La semejanza con la Restauración parece clara, con la diferencia de que el pragmático franquismo, como última hazaña, logró una transición sin traumas. Aunque adoleciente, de modo característico, de escasa enjundia intelectual. No es casual que abandonase tan pronto la lucha por las ideas, confiado en que el peso de los hechos económicos y sociales mantuviera las aguas en su cauce evitando viejas epilepsias.

Y tampoco es casual que la gran mayoría de las amenazas que han deteriorado tanto la democracia, provengan del antifranquismo: terrorismo y colaboración con él, separatismos, corrosión de la independencia judicial, oleadas de corrupción, etc.  La solución no está en una imposible vuelta al régimen anterior, sino en una regeneración nacional y democrática, construyendo sobre su invalorable legado.

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Gran entrevista: http://vinamarina.blogspot.com.es/

 

 

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Racionalidad socialdemócrata / Violencia “de género”.

Blog I: Gibraltar, PP-PSOE  y otros problemas / Un personaje positivo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gibraltar-psoe-pp-y-otros-problemas-carmen-personaje-positivo-20130227#comments

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Racionalidad  socialdemócrata

Al empezar la Guerra Civil española, Europa estaba dividida en tres bloques ideológicos aspirante cada uno a imponerse sobre todo el continente: el fascista-nacionalsocialista, el comunista y el demoliberal. Más un tercero de regímenes autoritarios  que se contentaban con mantenerse en sus propios límites nacionales.

Los países demoliberales heredaban el liberalismo del siglo XIX, democratizándose, lo que en general trajo consigo la alternancia en el poder entre partidos liberales o conservadores, por una parte, y otros que cabría llamar en general socialdemócratas. La socialdemocracia apareció como una corriente marxista revolucionaria, agrupada en la II Internacional, que por diversas razones pasó de la oposición frontal al sistema llamado capitalista, a una acción dentro de él, propulsando reformas. Ello les permitió entrar en el juego, básicamente liberal, de la alternancia en el poder siguiendo reglas de juego liberal-democráticas. Los revolucionarios consecuentes consideraron esa línea colaboración o traición al ideal primigenio y fundaron la III Internacional o Komintern, que agrupó a los partidos que se denominaron comunistas.

Dos factores habían empujado a la socialdemocracia en dirección al reformismo. Por una parte en el siglo XIX las reiteradas insurrecciones de tipo socialista o ácrato-comunista habían fracasado, impotentes frente al aparato de los estados liberales u otros, por lo que  muchos vieron conveniente una estrategia de avances sucesivos, aprovechando las ventajas legales que permitían los regímenes liberales. La socialdemocracia constató  además que algunas predicciones de Marx, como el empobrecimiento progresivo del proletariado,  no se cumplían, porque el sistema burgués, a pesar de sus crisis recurrentes, seguía generando una riqueza de la que los obreros recibían una participación en aumento. Esta participación creciente podían atribuírsela los socialdemócratas a sí mismos, a su  acción sindical y política,  lo que fundaba con más fuerza la estrategia de reformas sucesivas.

Sin embargo seguía tratándose de partidos con objetivos que podríamos llamar revolucionarios, aunque variase el modo como los perseguían. Esas reformas respondían a una racionalidad que no escapaba a las corrientes totalitarias o mesiánicas anteriores. Lugar común en la socialdemocracia era que, en definitiva, no existía un pensamiento independiente: la gente  pensaba según ideologías derivadas en última instancia del régimen económico, de  los regímenes explotadores que habían caracterizado la historia del hombre. El espíritu humano estaba, por tanto, condicionado de modo esencial por la realidad de la explotación burguesa, y por ello la mayoría sería incapaz de adoptar un punto de vista científico mientras los sistemas explotadores no hubieran sido muy debilitados por una evolución a plazo más o menos largo, ya que no por la fuerza desnuda.  Tanto el fascismo-nazismo como el marxismo se suponían basados en la ciencia, lo  que excluía la disparidad de ideas y opiniones sobre un mismo asunto: así como la ley de la gravedad, una vez descubierta, no depende de opiniones particulares ni las admite, así debía ser también con la política y la sociedad, una vez descubiertas las leyes que rigen el desarrollo social.

De acuerdo con esta racionalidad se formulaba más o menos explícitamente, el designio totalitario de una sociedad de abundancia en la que el ser humano vería realizadas sus potencialidades  de modo objetivo,  lo que excluiría las opiniones, ideas y tendencias  diversas, por acientíficas o supersticiosas.

De modo que la política socialdemócrata  dentro del sistema demoliberal debía entenderse como una lucha persistente para arrastrar a las mayorías y eliminar progresivamente ideas a instituciones burguesas, liberales o religiosas, que se opusieran al “progreso humano”, hasta imponer el socialismo.  Creo que fue Tocqueville quien mejor expuso, adelantándose a los hechos, el ideal socialdemócrata, que él llamó “despotismo democrático”: Un poder inmenso que busca la felicidad de los ciudadanos, que pone a su alcance los placeres, atiende a su seguridad, conduce sus asuntos procurando que gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) Un poder tutelar que se asemejaría, a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero que, por el contrario, sólo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia”.

Ni que decir tiene que este programa acabaría con el liberalismo, pero este lo admitía siempre que no recurriera a la violencia revolucionaria; y en la creencia de que el propio juego demoliberal iría limando y cambiando muchas  de esas actitudes totalitarias.

En España, el PSOE, estuvo próximo a abandonar la II Internacional y entrar en la Internacional Comunista, pero no llegó  a hacerlo. Sin embargo, dentro de la Internacional Socialdemócrata era probablemente el partido europeo más extremista, inclinado a  una línea de violencia que causaría la destrucción de la legalidad republicana.

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Algunos datos sobre la violencia de “género”:  http://apfsib.org/node/793

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Angustia utilitaria y fe / Propuesta de programa de reformas.

Blog I: Gibraltar, problema grave / Suárez y el 23-f / La mujer-objeto http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Al igual que los animales, el hombre parte de una relativa adaptación al medio traducida en instintos y costumbres espontáneas; pero, al revés que aquellos, su percepción del mundo y de sí mismo es a la vez mucho más amplia y aguda, y de ahí la angustia, al no ser capaz de explicar ni al mundo ni a sí mismo. La angustia, por tanto, se da en dos planos: ante el mundo, la vida y el destino humano en general, y  ante los azares y peligros de la vida concreta y cotidiana. En este segundo aspecto, el individuo constata a cada paso las dificultades de la existencia: las complejidades del trato con los demás individuos, su dependencia fundamental del grupo, dependencia en conflicto más o menos  fuerte con  las tendencias particulares de su individualidad, con su personalidad; sufre avatares imponderables en su día a día, etc. Seguramente esto es también una fuente de religiosidad, si bien en un plano inferior, utilitario: la impotencia ante los sucesos desdichados, desde las enfermedades al hambre, los cambios de fortuna, lo azares ligados a la sexualidad, le impulsan a inclinarse ante  las incomprensibles fuerzas superiores y rogarles protección u ofrecerles sacrificios para obtener su favor. Una reacción en parte relacionada con la debilidad de la técnica. Por el contrario, cuando las cosas van acordes a sus deseos, las personas tienden a olvidar a los espíritus o a los dioses y a atribuirse a sí mismas, a su inteligencia  o fuerza, los bienes de que disfrutan. Si bien la sociedad, por medio de la moral,  recomienda evitar cualquier tipo de soberbia y no olvidar la variabilidad de la fortuna, tan frecuentemente constatada a lo largo de la vida.

El ser humano, pues, puede plantearse cuestiones vitales a las que le es imposible contestar, y ante la angustia derivada, ha de recurrir a la fe. Esta es una necesidad tan perentoria que cuando la razón opera sobre los mitos, destruyendo su coherencia externa o literal, debe buscar algún sucedáneo, como el poder de la ciencia o de la propia razón, a pesar de que esta fracasa claramente en su intento de someter la vida a su capacidad explicativa y encontrarle un sentido  (más bien crea la impresión contraria);  y la ciencia ni siquiera se plantea los problemas de la religión o de la filosofía, siendo la fe en ella un contrasentido.

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Propuesta de  programa básico para una regeneración del país:

a)      Integridad nacional.

  1. Estricta y clara división de competencias, con retirada de la enseñanza y la sanidad a las autonomías, a la vista de los pésimos resultados.
  2. Homogeneidad fiscal.
  3.  Centralización estricta de las relaciones internacionales con anulación de las supuestas embajadas autonómicas .
  4. Racionalización del aparato administrativo y político, eliminando ayuntamientos pequeños, redundancias administrativas y proliferación de cargos políticos.
  5. Atención especial a la enseñanza y la promoción de la ciencia y el conocimiento de la historia.

 

b)      Medidas internacionales:

  1. Soberanía nacional, sin comprometerla en la UE. Posición ante esta similar a la de Inglaterra, contemplando la posibilidad de salida del euro.
  2. Definición de una política de paz en relación con Marruecos, teniendo en cuenta la amenaza que esta hace pender sobre la integridad nacional de España.
  3. Exigencia ante la OTAN y la UE de la reintegración de Gibraltar a la soberanía española y medidas prácticas al efecto.
  4. Definición de una política concreta y a largo plazo con los países árabes, con apoyo contra el integrismo islámico.
  5. Definición de una  política de especial cooperación con los países de origen o habla hispana.
  6. Amistad, en general, con Usa, desde una posición de independencia.

 

c)      Medidas democráticas:

  1. Garantía de la independencia del poder judicial.
  2. Reorganización de los distritos electorales al margen de las provincias, de modo que se garantice el principio de “un hombre, un voto”. Sistema uninominal
  3. Listas abiertas y funcionamiento democrático de los partidos
  4. Elecciones particulares para el ejecutivo.

 

d)     Otras:

  1. Promoción de la natalidad a fin de mantener la población sin un envejecimientos excesivo. Dos medidas probablemente útiles serían la prohibición del aborto, salvo casos extremos, con facilidades para la adopción;  y reorganización de la Seguridad Social, de modo que las pensiones tengan relación con el número de descendiente.

2. Campaña intensa de explicación de la historia de España frente a las falsificaciones corrientes que tanto debilitan  la cohesión nacional y presionan hacia la disgregación

Espero críticas y contribuciones.

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Enfoque básico de las crisis / El gran problema histórico de España

Blog I: La política del perro / Rec. suelto sobre De un tiempo y de un paíshttp://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Si  hemos propuesto como ley básica de la economía la de que los ingresos no pueden ser inferiores a los costes, las crisis podrían tener una explicación básica como épocas en que los costes superan a los ingresos  de modo bastante general. La ley se aplica tanto al individuo o empresa como a la sociedad en conjunto, y admite cierta flexibilidad, ya que una empresa no se arruina en el momento mismo en que entra en pérdidas. Incluso en los momentos de mayor prosperidad social fracasa continuamente un número muy considerable de empresas, por falsos cálculos u otras razones, pero esos fracasos se compensan con éxitos que hacen que la economía social en su conjunto prospere.  El problema surge, precisamente, cuando esto último no ocurre  y la economía general entra en recesión. Entonces el fenómeno se invierte: sigue habiendo numerosas empresas que hacen buenos negocios, pero el conjunto no.

Las crisis han existido siempre, incluso en las economías más primitivas, por su dependencia de la  meteorología. Una sequía, por ejemplo, imponía un gasto de energía excesivo para conseguir poca caza y pocas plantas comestibles, a resultas de los cual la población pasaba penurias y en parte moría.  Conforme la economía fue volviéndose más compleja, con la intervención del dinero, también las circunstancias ambientales podían traer consigo grandes crisis de subsistencias, hambrunas, etc.  Podía darse el caso, asimismo, de que una gran cosecha hundiera los precios hasta volver irrentable el esfuerzo de los productores o de muchos de ellos.

El desarrollo del dinero, de la financiación, de las expectativas a plazo relativamente largo, han complicado en extremo el problema. Se han dado muchas explicaciones de las crisis, (sobreproducción, subconsumo, y otras), pero posiblemente el problema pueda reducirse a la relación entre costes e ingresos.

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DEL ESPLENDOR A LA MEDIOCRIDAD

El gran problema histórico de España

Por Pío Moa

Supongamos que España no hubiera tenido su Siglo de Oro, en el que descubrió no solo América y el Pacífico sino el propio mundo como conjunto, desplegó una espléndida cultura y contendió victoriosamente contra enemigos más fuertes que ella, y conquistó y colonizó enormes territorios. Sin esa época su historia habría sido más normal, en el sentido de semejante a la de otros muchos países europeos u otros continentes con escasa proyección exterior.

Y precisamente por esa normalidad no habría planteado problema alguno de los que vienen atormentando la conciencia y el sentimiento de identidad de España desde hace más de un siglo. Como ocurre con los griegos modernos, el contraste entre la mediocridad actual y los tiempos gloriosos produce malestar.

Porque luego de aquel siglo extraordinario España entró en una normalidad mediocre, juzgada lógicamente como decadencia, que ha persistido hasta ahora. En definitiva, se trata de explicar –si acaso ello es posible– cómo fue posible un auge prodigioso y después una decadencia lamentable (por comparación), que a menudo se considera en el plano político-militar pero que no fue menor en los demás planos.

Cabe argüir que tampoco hay mayor motivo de extrañeza, ya que todas las potencias e imperios que en el mundo han sido han tenido su época o sus épocas de apogeo y declive, ninguno ha permanecido cientos de años en la cumbre. Esto es verdad pero no aclara nada del asunto concreto. Diversos autores han explicado que el formidable esfuerzo realizado por España en todos los órdenes durante el siglo XVI agotó sus fuerzas, pero eso es evidentemente falso. Hacia el final del siglo XVII España estaba reponiéndose de la mala situación económica y de los desastres demográficos causados por las pestes, y en el XVIII su recuperación en ambos terrenos prosiguió de forma acumulativa y con muy pocas guerras significativas desde la de Sucesión (las contiendas fueron sobre todo navales, y afectaron poco a la estabilidad interna). Y sin embargo fue en ese siglo de la Ilustración cuando España perdió definitivamente lo que podríamos llamar la carrera por la cultura.

Carlos III.Ha habido una corriente reivindicadora de la Ilustración española, y en particular de Carlos III y su reinado, un tanto excesiva a mi juicio. La Ilustración en nuestro país no produjo hombres ni obras comparables a lo que produjo en Inglaterra, Francia o Alemania, tampoco a lo que generó el Siglo de Oro. Y sin que sea desdeñable su esfuerzo de modernización, fracasó en el aspecto más importante, el de la ciencia y la educación superior. En España no se creó una academia o asociación científica como las que surgieron en otros países, hasta en la atrasada Rusia, donde fundaron la tradición que ha dado forma al mundo moderno. De matemáticas, por ejemplo, solo entendían en España los marinos y los artilleros, por exigencias de su profesión. Por otra parte, la expulsión de los jesuitas tuvo efectos devastadores sobre la enseñanza, de los que no se recuperó el país hasta entrado el siglo XIX. Observa Julián Marías que el pensamiento ilustrado español tuvo cierta importancia y no cayó en las exageraciones o extravagancias del francés y otros; pero también es cierto que apenas tuvo originalidad e inauguró una tendencia persistente hasta hoy, con pocas excepciones, de intelectuales solo capaces de divulgar y a menudo vulgarizar lo que se pensaba fuera.

Hubo, aun si mediocre, una real y esperanzadora recuperación del país en el siglo XVIII, que quedó frustrada por la invasión napoleónica para dar lugar a un siglo XIX calamitoso; el país solo empezó a mejorar de forma sostenida con la Restauración, en que se incorporó, aun si muy a medias, a la revolución industrial.

Echado a pique aquel régimen por los extremismos mesiánicos fortalecidos por el desastre del 98, siguieron dos etapas de reconstrucción, las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, con el bajón intermedio –político y económico, pero no cultural– de la república y la guerra civil. El franquismo modernizó al país, lo incorporó de lleno a la revolución industrial, distó mucho de ser el páramo cultural pretendido por ciertos ignorantes y asentó la paz más larga en dos siglos, hasta hoy. Actualmente volvemos, sin embargo, a los mismos disparates que echaron abajo la república, con el agravante de que padecemos, ahora sí, una cultura de páramo, lo cual rompe con las tradiciones literarias, artísticas y de pensamiento que empezaron a afirmarse en la Restauración.

Este resumen, aunque esquemático y sin mayores matices, creo que describe grosso modo la evolución histórica española desde la Edad de Expansión europea. ¿Es posible un nuevo gran siglo para España? No puede descartarse, porque “el espíritu sopla donde quiere”; pero, a decir verdad, hay muy pocos indicios de ello, y los hay más de un proceso de descomposición moral e intelectual, además de político.

Un aspecto del Siglo de Oro al que se ha prestado insuficiente atención fue la amplitud de la enseñanza y la calidad de algunas universidades. Hoy, la enseñanza ha ganado en extensión, pero con una calidad ínfima, y no me refiero a los conocimientos específicos, que se mantienen en un nivel aceptable, sino a ese espíritu de inquietud, debate y búsqueda que caracteriza a las sociedades creativas. Un espíritu apenas existente hoy en España.

En LD, 23-F 2011)

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