Blog I: El estado de la nación / Propuestas fallidas http://www.intereconomia.com/blog/nacion-ideas-fallidas-20130220
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El hombre siempre ha empleado la razón en todos los niveles, con mayor o menor éxito, pero no como única forma de entender o desenvolverse en el mundo. Lo distintivo del siglo XVIII fue el culto a ella, a la razón, apoyado en los avances científicos que parecían excluir la misma noción de trascendencia. La razón ilustrada prescindía de la religión, por irracional, declarándose abiertamente atea o al menos agnóstica. Debía ser posible explicar la vida y la sociedad humanas recurriendo a la razón y no a un hipotético más allá o a una voluntad extrahumana. Un avance parcial en esa dirección fue el desarrollo de la ciencia económica, a la que pronto se atribuyeron facultades explicativas sobre el conjunto de la sociedad. La genial idea de Marx podría describirse así: dada la escasez de los bienes materiales, la lucha por ellos genera de forma espontánea la división de la sociedad en clases, matizadas por las formas de producción. Sobre esa división de raíz toman forma las superestructuras “ideológicas”, desde la religión al derecho o el arte. Y la pugna sorda o abierta entre las clases mueve la historia y le da sentido. El capitalismo ha desarrollado la producción en una escala sin precedentes, que permite vislumbrar la superación del reino de la escasez, sentando las condiciones para el comunismo. Alcanzar este exige derrocar a la clase capitalista, pues esta, al tiempo que crea las condiciones para la nueva sociedad le impide el paso, por sus intereses y modo de funcionar particulares. En un orden más difuso, se difundió el argumento sencillo de que la Revolución francesa, de carácter burgués, había conquistado la igualdad política y legal, pero que era precisa una segunda revolución, proletaria, que conquistase la igualdad económica, sin la cual la igualdad legal resultaba en gran medida ficticia.
Eran ideas tan racionales como racionalistas, ofrecían a la necesidad humana de orden y sentido una solución no solo lógica sino también sugestiva en extremo: explicaban el desarrollo histórico de la humanidad. Explicaban la naturaleza de las “tinieblas” religiosas, producto de una impotencia antes considerada connatural al ser humano, pero que los asombrosos triunfos de la técnica estaban demostrando que podía ser superada decisivamente. Explicaban además la causa profunda, “ideológica y de clase” por la que un esquema y objetivo tan razonables chocaban con la resistencia de las clases “privilegiadas”, amparadas en la irracionalidad de sus ideologías. No es de extrañar el poderoso influjo del marxismo, en sus diversas corrientes, sobre millones de personas de todos los niveles intelectuales. Ni extrañará que, cuando se impuso el bolchevismo en Rusia, despertara grandes esperanzas en todo el mundo, como un grandioso experimento digno de atención y apoyo. Incluso bastantes empresarios y banqueros ayudaron a la construcción socialista, en parte por buscar ganancias, en parte por la expectativa de que la construcción de una nueva sociedad en Rusia, señalara un futuro mejor para todo el mundo sin riesgo inmediato para ellos.
Por esa misma causa mostró tanta gente, incluso sin ser marxista, una “comprensión” extraordinariamente benévola hacia las calamidades, sacrificios y crímenes que la revolución soviética traía consigo. Después de todo, también la Revolución de Francia había necesitado el terror para romper las resistencias del antiguo orden, de modo que no cabía esperar otra cosa de la revolución proletaria, enfrentada a un caduco sistema capitalista que se resistía con uñas y dientes a morir.
El comunismo y el nazismo nacen igualmente del culto a la razón, pero sus orientaciones y lógica difieren radicalmente al menos en este punto. El nazismo apela a los “superiores” a los “mejores”, considerados desde una base racial “científica” darvinista, mientras que el comunismo apela a los “inferiores” al proletariado desposeído sobre la base “científica” de su concepción de la evolución humana, y a su derecho a imponerse de un modo u otro sobre quienes obstaculizaban esa evolución.
Generalmente se ha etiquetado al nazismo como fascismo, pero hay diferencias considerables entre ambos, no solo por sus tan diferentes efectos históricos sino también por algunas concepciones, como la racista, que en una Italia étnicamente muy mezclada tenía mucha menos importancia que en Alemania. Se asemejaban en el valor otorgado a la jerarquía, a las élites y a concepciones imperialistas –que compartían con Francia e Inglaterra, por otra parte. Los dos entrañaban también una reacción paganizante y a menudo ateoide frente al cristianismo, aunque no tan virulenta como la del ateísmo militante comunista.
Fascismso y comunismo coincidían en su intento de subvertir el “viejo orden” – en realidad no tan viejo- demoliberal, y de imponerse en el continente. Para ello precisaban en primer lugar hacerse con el poder en algunas naciones, cosa que había ocurrido después de la I Guerra Mundial y en gran medida a consecuencia de ella. Y la evolución de la historia, en gran parte definida por azares, convirtió a España en campo de batalla de las ideologías en violenta rivalidad.
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Volviendo sobre los Calicles y Sócrates de Platón, creo que Sócrates no refuta el fondo de la postura de Calicles, pues de otro modo su mito final sería innecesario y fútil. Solo refuta algunas torpezas argumentativas en que Platón hace caer a Calicles. Este solo se remite ligeramente a la realidad histórica y política, que le proporcionaría un argumento muy sólido, porque en esa realidad los conflictos de intereses o de ideas se han resuelto muy a menudo por la fuerza. Siendo esto así, sería preciso reconocer que la fuerza es un hecho natural, una ley de la naturaleza, y que en último extremo decidiría sobre la justicia de una causa. El más fuerte, por el hecho de imponerse, demostraría su superioridad y su justicia, pues la fuerza no es solo, o lo es rara vez, la mera potencia física, ya que por lo común solo triunfará si va acompañada de cualidades intelectuales y morales. El aserto vale también para la réplica de Sócrates al señalar la mayor fuerza de la multitud sobre el individuo aislado, y por tanto la capacidad de la multitud de imponer sus exigencias sobre cada individuo. Claro que la discusión simplifica demasiado el problema en conceptos como el deindividuo y de multitud, cuando la relación entre ambos es muy compleja, y la multitud se compone de individuos con distintas ideas e intereses.
Que es un problema de muy difícil solución racional lo demuestra el cuento o mito final de Sócrates, apoyado en la fe: puesto que en este mundo no hay, finalmente, justicia, o la hay en grado muy insuficiente, será preciso un poder de ultratumba para compensar la maldad que vemos campar a sus anchas en el mundo terrenal
