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Recuerdos sueltos
Con el paso de los años la memoria pierde mucha precisión, y para recordar cuándo entré en el PCE he debido recurrir a De un tiempo y de un país, mis viejas memorias de aquel tiempo, por entonces más frescas. Tuvo que ser en el verano de 1969, en Vigo, cuando ya llevaba dos cursos en la EOP. Yo había decidido estudiar periodismo entre otras cosas porque solo duraba tres años, pero justo cuando me matriculé los habían ampliado a cuatro, lo que siempre me pareció excesivo.
Por entonces yo era el único miembro del PCE en la escuela y me organizaba en una célula llamada “de centros asimilados”, que incluía las escuelas de Cine, Bellas Artes y no sé si alguna más, posiblemente Arquitectura, porque en cada una de ellas solo había uno o dos militantes. El total de afiliados al partido en la Complutense estaba en unos 120, y tras la desarticulación del Sindicato Democrático de Estudiantes trataba de atraerse , con éxito limitado, a los estudiante no comunistas en una “Junta de Estudiantes”, naturalmente “democrática”. Los comunistas siempre tenían la palabra “democrática” en la boca. Había unos cuantos grupos más, todos marxistas y más radicalizados que el PCE, al que tachaban de “revisionista”, pero mucho menores, con entre tres o cuatro y treinta o cuarenta miembros. Aparte de ellos estaban algunos grupos “ultras”, como FES o Defensa Universitaria, cuya actividad, en contraste con la de los comunistas, era insignificante y su discurso muy pobre y simple. La Universidad Complutense contaba ya con más de 40.000 alumnos, por lo que las cifras de los antifranquistas podrían parecer insignificantes, pero se movían constantemente distribuyendo octavillas, colocando grandes carteles en las facultades, promoviendo asambleas que solían terminar en manifestación, y haciendo frecuentes llamamientos a huelgas. Estos llamamientos no solían ser seguidos, pero tenían relativo éxito en ocasiones, quizá una entre diez, aunque solo con eso merecían la pena. Las asambleas rara vez reunían más de un diez por ciento del alumnado de un centro, pero con 150 asistentes y menos era posible organizar una protesta.
Las manifestaciones, en las que participaba también cierto número de los que ya entonces se llamaban “progres”, algo despectivamente ( en mis dos primeros cursos de la EOP yo podría ser catalogada vagamente como tal) , seguían esta mecánica: se salía de la facultad gritando consignas como “Libertad!” “¡Franco asesino!” “¡Abajo la dictadura!” “¡Obreros y estudiantes!” y similares. No tardaban en aparecer los “grises”, si es que no estaban esperando fuera, y recibían todo tipo de denuestos: “¡Desertores del arado!”, “¡Hijos de puta!” “¡El teniente se acuesta con tu mujer!” , “¡luchamos por vuestros hijos!”, y otros por el estilo. Entonces la manifestación se dividía en tres partes: unos pocos, entre veinte y treinta, nos acercábamos lo más posible a los guardias para arrojarles piedras, otro grupo más nutrido, de hasta cien, permanecía detrás gritando, y normalmente se formaba otro grupo aún mayor y a mayor distancia que se dedicaba a contemplar la escena por curiosidad. De pronto la policía recibía orden de cargar y la gente salía corriendo en desbandada, y algunos rezagados recibían una buena cantidad de porrazos. La mayoría de las manifestaciones se hacía en el espacio entre las facultades de Letras, más raramente entre las de Ciencias, también ante los comedores baratos (15 pesetas la comida) que seguían llamándose “del SEU”, el sindicato falangista que había desaparecido un par de años antes, o en Medicina, enfrente de los comedores. Inmediatamente, o bien antes, los organizadores avisaban a la prensa, que normalmente daba versiones exageradas de los sucesos.
La manifestación más grande que recuerdo fue la organizada con motivo de un recital de Raimon en la entonces facultad de Económicas y hoy creo que Filosofía B. Resultó un festival de consignas comunistas del más variado tipo, Raimon dedicó una canción al Che Guevara, etc. El recital fue autorizado y no había policía a la salida, por lo que se organizó una manifestación que subió dando gritos hasta la altura de Medicina, donde dos jeeps de la policía se bastaron para dispersarla. Previamente, los asistentes se habían dividido entre una masa de mirones y otra menor de verdaderos participantes. La he contado en otro lugar y no insistiré ahora. Manifestación importante fue también la realizada con motivo de la visita de Servan Schreiber, director de la revista francesa L´Express, que acababa de publicar su ensayo El desafío americano y venía a promocionarlo en España. Quiso hacer un poco de demagogia antifranquista en la universidad (aunque se había entrevistado antes con Fraga, creo) y la experiencia le salió muy mal. Acudieron entre 1.000 y 1.500 estudiantes, gran parte de ellos a oírle, pero la masa progre consideró que su libro era tecnócrata, o imperialista o no recuerdo bien qué, y apenas le dejó abrir la boca, interrumpiéndole con las consignas y gritos de rigor. La policía no se presentó hasta mucho después, cuando el “agente del imperialismo” o lo que fuera, había llevado su merecido. La revista Triunfo publicó algunas fotos (en una aparezco yo) ¡tratando al pobre ensayista de provocador!
El gobierno reaccionaba a veces excesivamente a manifestaciones o huelgas, cerrando tales o cuales facultades, incluso la universidad entera, lo que venía de perlas a los grupos agitadores. La policía no demostraba mucha efectividad, a pesar de que la mayor parte de los líderes estudiantiles, por consigna del PCE de “ganar la legalidad” o algo así, actuaba en las asambleas muy a la luz y eran bien conocidos. Algunos fueron detenidos o se les prohibió el acceso a la universidad, y como solían ser de buenas familias, a veces iban a estudiar a universidades prestigiosas de Usa. Los comunistas utilizaban las detenciones para promover una mayor agitación protestando contra la “represión franquista”. También se solía informar a los corresponsales extranjeros, para dar la mayor repercusión a los sucesos.
Otras acciones consistían en la quema pública de periódicos cuando su modo de informar no nos satisfacía, o en los llamados “comandos” o “manifestaciones relámpago”. Quedábamos de acuerdo, sin publicidad, grupos de entre cincuenta y doscientos estudiantes, y “saltábamos” en medio de una calle importante, cortándola y tirando panfletos, avanzábamos cien o doscientos metros y nos disolvíamos. A veces se rompían escaparates de tiendas de aspecto consumista, o se arrastraban coches aparcados para estorbar el tráfico, o se volcaba alguno demasiado ostentoso y “capitalista”. La policía casi siempre llegaba tarde y no lograba detener a nadie. Luego solíamos informar a la prensa por teléfono presentándonos como simples testigos y exagerando los hechos, a fin de crear la impresión de que el régimen no lograba controlar la protesta social. Alguna prensa era favorable, como los tres periódicos del Opus Dei (Madrid, Nuevo Diario y ¡El Alcázar!, por entonces), también a menudo el Ya y revistas como Cuadernos para el Diálogo y Triunfo. En De un tiempo y de un país he expuesto estos métodos y las rivalidades entre grupos que surgían de ellos.
Como decía, éramos unas ínfimas minorías, y sin embargo nuestra agitación sin apenas respuesta de una masa pasiva y de una derecha torpe, y la explotación de los medios, creaba una impresión de que la universidad era nuestra. Es más, se han escrito libros con títulos como La universidad contra Franco siguiendo la tónica de la propaganda marxista. Recuérdese que aquel régimen no tuvo oposición democrática digna de reseña seria, sino que la realmente actuante fue siempre totalitaria.
Hay que tener en cuenta, además, que movimientos universitarios parecidos se extendían por toda Europa, unos más y otros menos controlados por los comunistas, pero todos simpatizantes o desinteresados de lo que había tras el muro de Berlín. En Italia, Francia, Alemania, algo menos en Inglaterra y más en Usa con motivo de la guerra de Vietnam, la agitación era incesante y causaba algunos muertos. En España nunca llegó, ni de lejos, a los niveles de esos países, por no hablar del “mayo francés”; pero el hecho de oponerse a un régimen “fascista” le daba una especial popularidad fuera de España y, como pasaba con los asesinatos de la ETA, comenzados en el 68, toda la oposición antifranquista colaboraba con entusiasmo a embellecer y y dar máxima propaganda las algaradas estudiantiles.

