Gibraltar y la ETA. Tenaza contra España.

Los versos de Fray Josepho, siempre ingeniosos y bien medidos, deberían tener mucha más  difusión de la que tienen. Cada lector puede difundirlos por su cuenta, merece mucho la pena.

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El caso de Gibraltar tiene bastantes analogías con el de la ETA. En ambos se trata del enquistamiento de un tumor antiespañol protegido especialmente por la izquierda y con intervención extranjera. La ETA, con toda probabilidad habría desaparecido ya en el franquismo si no hubiera dispuesto del “santuario” francés y de la colaboración de los antifranquistas. Después, una vez clarificado en la transición que la ETA no iba a dejar sus hábitos, en lugar de tratarla como la organización de asesinos profesionales que en el fondo es, lo fue como un grupo político al que debía buscarse una salida acorde. Aunque esta deriva nefasta fue comenzada con Suárez, la incrementó al máximo el PSOE con Felipe González, aun si en un momento determinado creó el GAL, mientras seguía con la salida política,  ambos contrarios al estado de derecho. Sin embargo, la ETA siempre siguió siendo un grupo socialista, antifranquista y antiespañol (no es que el PSOE sea esto último abiertamente, pero tampoco le importa mucho el asunto),  de grandes afinidades con aquel gobierno. Y con Zapatero, la colaboración con los asesinos alcanzó su máximo (el PSOE tiene su propio historial terrorista, no debe olvidarse).

Algo semejante ocurrió con Gibraltar: en tiempos de Franco, la colonia se veía acosada por el cierre de la verja y convertida en una carga cada vez más pesada para una Inglaterra en decadencia. Suárez, en esto, mantuvo la situación, aunque otro anglómano lamentable, Leopoldo Calvo Sotelo, quiso meternos en la OTAN por las buenas, sin advertir que ello podría ser una buena oportunidad para presionar a Usa y a Inglaterra sobre el fin de la colonia. Tuvo que llegar Felipe González para abrir la verja y entrar en la OTAN  sin contraprestación alguna, convirtiendo la colonia en un espléndido negocio para Londres y para los llanitos. En ese negocio entran todo tipo de tráficos ilícitos y perjudiciales para España, algo así como cuando los británicos convirtieron Hong Kong en la sede de los negocios del opio contra China.  Aznar, convertido a la anglomanía, tampoco hizo nada al respecto, aunque las vulneraciones e insolencias de la colonia sobrepasaban al problema de Perejil. Posteriormente, Zapatero, con el Moratinos y la Trini, y como en relación con la ETA, llevó la sumisión a la colonia a límites de auténtica traición.

Ahora parece que el gobierno está tomando algunas medidas. Creo que entre ellas debería haber una advertencia clara del cierre de la verja, a fin de que  los cientos de españoles que trabajan para los llanitos tengan tiempo para ir buscando otros trabajos si fuera preciso. En todo caso, por lamentable que resulte, el posible desempleo de unos cientos de personas no pesa demasiado cuando el país soporta casi seis millones de parados.  Aunque, por supuesto, para los anglómanos serán mucho más importantes esos cientos que los cerca de seis millones restantes. En realidad, no les importan unos u otros, solo lamentan el posible perjuicio para Inglaterra, a la que adoran lacayunamente.

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Tenaza contra España.

Desde hace bastantes años, España y su democracia –alcanzada por evolución interna y no por intervención exterior como casi todo el resto de Europa— sufren el acoso de la alianza izquierdista-separatista, cuyos puntos de contacto ideológico he explicado reiteradamente.  Mucha gente cree, que, de un modo u otro, el PP defiende a España y su cultura, pero no es así. Por una parte, sigue apoyando y subvencionando la cultureta titiritera, uno de cuyos rasgos definitorios es, precisamente, la corrosión constante de todo lo que España signifique o haya significado en la historia. Y mucho más grave aún resulta su anglomanía, que podría resumirse en lo siguiente: “defendemos a España siempre que se anglosajonice”.  Y colaboran al proceso con entusiasmo digno de mejor causa. No es solo Hope Aguirry, por supuesto.

Así, entre la izquierda y la derecha forman una tenaza con un objetivo común, manifiesto o implícito: el desgarramiento de España unos,  la disolución de la nación en “Europa” y la cultura anglosajona los otros. Que el país haya soportado la mordida de esa tenaza durante tantos años indica que la sustancia nacional y cultural de España es realmente sólida. Pero si no hay una reacción consciente, viva y clara, las cosas irán a mucho peor, inevitablemente. Por eso, entre otras cosas, es preciso un nuevo partido.

 

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Rajoy o la miseria. Otro partido (III) Por qué crece el separatismo

Blog gaceta.es: ¿César Vidal ultraizquierdista?/ Realismo cutre / Comprar productos españoles / El gato Rodolfo

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Ha explicado Rajoy sobre la ETA: Tiene que disolverse, lo demás es su problema, y ha añadido:  Las víctimas siempre en la memoria. Admite que tal vez se han explicado mal, pero yo creo que por la boca muere el pez y, por el contrario, se han explicado él y los suyos quizá mejor de lo que desearían. La explicación ya la dio al replicar con la mayor dureza a la exigencia de Rosa Díez –absolutamente democrática–, de ilegalizar Amaiur; y al seguir con el plan diseñado entre el delincuente Zapatero y los delincuentes etarras en relación con los presos. Lo de “las víctimas en la memoria” revela que él, Rajoy, no se considera víctima, y lo ha aclarado el miserable Oyarzábal, uno de sus “hombres” allí. La víctima de los chanchullos entre la ETA y el PSOE ha sido la sociedad española en pleno y el estado de derecho, pero no el PP, al parecer. Para Rajoy, que sigue la política de Zapatero, si acaso algo atenuada, la AVT es un incordio para su política, y hacia ella combina el halago retórico con la maniobra para desctivarla (hay mucho “ultra” en ella, ha venido a decir Oyarzábal.

No tiene menos gracia su insistencia en que la ETA entregue las pistolas y se disuelva. La lógica de esa exigencia es: “Os hemos vuelto a legalizar; disponéis de gran cantidad de dinero público para vuestros fines;  vuestros presos saldrán, tan pronto lo permita la protesta pública, convertidos en héroes populares; por vosotros hemos dado tal “autogobierno” a las Vascongadas que estas van convirtiéndose en estado asociado  más que en autonomía… En suma, os hemos convertido en una potencia política hasta con proyección internacional,  y la secesión la vislumbran muchos en el horizonte.  ¿Qué más queréis?” Quizá los etarras o parte de ellos se den por satisfechos, vistas las perspectivas que se les abren; y quizá no. Después de todo, ¿por qué iba la ETA a disolverse y dejar las pistolas si gracias a ellas ha conseguido tan enormes ventajas políticas?  La cosa es cómica (tristemente) y reveladora de la miseria de nuestros gobernantes. Recuerda una escena de la Anábasis, cuando el rey persa trata de intimidar a los griegos y les manda emisarios para que entreguen las armas. Los griegos replicaron: “¿Pide el rey las armas como quien puede exigirlo o como señal de amistad? Si como lo primero, ¿por qué en lugar de pedirlas no viene a tomarlas? Y si quiere persuadirnos amistosamente, diga entonces qué beneficios obtendremos”. Por lamentable  que suene, aquí los griegos son los etarras y el corrupto rey persa, el gobierno. El gobierno dice que los etarras “deben” dejar las armas que él no es capaz de arrebatarles. Al mismo tiempo se ha mostrado amistoso concediendo muchos beneficios a los asesinos; pero estos podrían no contentarse y esperar más todavía de unos politiquillos tan endebles.

 ****Basagoiti: ‘Solo un PP fuerte puede impedir la alianza PNV-Batasuna’. ¿Quiere decir que un PP “fuerte” resultaría para el PNV un socio más apetecible que Batasuna? Hay una forma de impedir que la ETA y el PNV vuelvan a formar pareja de hecho (homosexual, por supuesto): volviendo a ilegalizar a la terminal de la ETA. ¿O cree que fue un error su ilegalización por Aznar? ¿O que la ilegalización  atentaba contra la democracia? Bajo los embrollos del lenguaje de estos politicorros, la realidad.

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Otro partido (III) Por qué crece el separatismo.

Al margen de la urgencia de la crisis económica –que resalta otras crisis–  el problema principal de España consiste en la fuerza de las tensiones disgregadoras, alimentadas activamente por los separatistas y terroristas, y pasivamente (o menos activamente,) por PSOE y PP; y combinadas con otras tendencias supuestamente cosmopolitas — en realidad anglosajonizantes–, que quitan todo valor a España. Ustedes recordarán un “argumento” esgrimido por muchos de estos contra los separatismos: “¡Si todos esos nacionalismos –por supuesto el español también—son cosa del pasado! ¡Y máxime ahora que hemos entrado en Europa!”. Sin un predominante sentimiento patriótico y democrático español, no hay forma de afrontar los graves riesgos de la situación actual, y las posibilidades de un desastroso fracaso histórico son muy grandes, cosa que alegra a los antiespañoles y  no preocupa a los “cosmopolitas”.

Para entender el problema conviene examinarlo en su desarrollo. Ya vimos algo a partir de la crisis moral del 98, pero ahora importa la raíz más actual del esas tensiones. Al comenzar la transición, los sentimientos separatistas eran muy escasos en Vascongadas y en Cataluña. Desde entonces, sin embargo, no han hecho más que crecer — si bien a un ritmo bastante inferior al deseado por sus líderes– y como un factor, también, de deterioro de la democracia en el que el terrorismo ha desempeñado un papel clave, directo e indirecto. El separatismo dista mucho de ser mayoritario, como comprueban las encuestas y se revela en hechos como el escaso apoyo al nuevo estatuto catalán o a sus referéndums secesionistas. Pero tiene a su favor otros factores: es dinámico, siempre a la ofensiva, mientras que el natural y tradicional sentimiento español apenas se manifiesta más que en formas defensivas, con poco espíritu y a menudo con claudicaciones, empezando por el uso de la terminología secesionista.

Esta corriente  parte del nefasto Suárez y la han empeorado los gobiernos socialistas. Suárez renunció desde el primer momento a la lucha por las ideas e hizo concesiones desmesuradas, empezando por una Constitución que permite una progresión indefinida en las autonomías, con la meta de la secesión. En cuanto a los socialistas, no solo consideraban a los separatistas compañeros de lucha (aunque fuera una lucha irrisoria) contra el franquismo, sino que compartían con ellos una visión negativa de España y su historia, por lo que no solo no tenían argumentos contra el separatismo, sino que compartían muchos de los de estos. Sin esas coincidencias sería imposible entender la evolución de España en los últimos decenios.

Toda fuerza política avanza con facilidad si halla poca  resistencia, y esto es lo que ha ocurrido en estos años. Desde el principio, los partidos nacionales han facilitado casi todo a los separatistas “moderados”, en parte por pura sandez e ignorancia histórica, en parte por creerlos un obstáculo a la ETA, cuando ocurría justamente lo contrario. Puede decirse que el terrorismo etarra ha sido la clave expansiva, por activa y por pasiva, del separatismo en estos años. El hecho de que la manifestación más elevada del separatismo sea el asesinato por la espalda debía haber desautorizado y hundido en la máxima miseria moral a esos movimientos, pero y sin embargo los ha reforzado.  Por una causa esencial: la debilidad, cuando no cooperación, mostrada por los partidos supuestamente nacionales, tanto en el terreno de la política práctica como de las ideas, y la impresión de debilidad del estado que transmitían a la población.

No se trata, por tanto, de un proceso ineluctable, pues su clave se encuentra precisamente en los partidos nacionales. Cuando Aznar, presionado por Mayor Oreja y contra la opinión predominante de los arriolos, adoptó una política más justa –sin serlo del todo—con la ETA, el apoyo a esta y a Herri Batasuna mermó hasta llevar a los asesinos “al borde del abismo”. Y los separatistas “moderados” estaban asimismo muy asustados . Cuando el delincuente Zapatero invirtió esa política, la popularidad del separatismo de un tipo y otro ha aumentado. Además, esa transformación política afectó asimismo al PP, con pésimos resultados electorales en Vascongadas e inconcluyentes en Cataluña. ¿Por qué sucedió así? Porque gran número de gente percibió que la parte débil era precisamente el estado, y que volvían a crecer enormemente  las posibilidades separatistas de ganar la partida, que tanto habían bajado con Aznar. Ninguna idea se mantiene largo tiempo si no cuenta con expectativas de éxito, y nunca el separatismo había tenido tan favorables expectativas… gracias a los partidos “nacionales”.

Por lo que respecta al PP rajoyano,  empecé a comprenderlo (a comprender su vileza y falta de principios)  cuando, en 2005, publiqué Contra la balcanización de España. El año anterior había publicado Una historia chocante, sobre los nacionalismos vasco y catalán, un estudio en profundidad, creo que el primero sobre ambos juntos y en estrecha relación con la historia de España desde el 98: un libro de 670 páginas de letra más bien pequeña.  Me pareció necesario completarlo con otro destinado al gran público, mucho más pequeño, manejable y fácil de leer, que abordase la cuestión no desde el punto de vista histórico, sino de la actualidad.  En él planteaba: “Nos encontramos ante un desafío histórico entre las fuerzas balcanizantes y las unificadoras, entre las que ansían el regreso a la atomización medieval –y amenazan la democracia usurpando el nombre del Islam o de los pueblos catalán y vasco—y (los contrarios)  ¿Puede balcanizarse nuestro país? ¿Desmembrarse en estados minúsculos, atrapados por la discordia y el resentimiento, insignificantes en el contexto internacional y objeto de las intrigas de otras potencias? (…) Este país puede permitirse el optimismo y la esperanza, pero nunca la frivolidad al respecto”.

Creí que el PP, aunque fuera de modo no oficial, utilizaría este libro como instrucción para los suyos y como medio de propaganda.  Lo creía porque,  al igual que casi todo el mundo, consideraba al PP el partido nacional, defensor de España frente a los separatismos;  y que sus torpezas en ese sentido nacían solo de la falta de un argumentario  contundente tras el vacío ideológico de Suárez, completado luego por Fraga, como he explicado en La Transición de cristal. Pues bien, “Contra la balcanización, un estudio expuesto con la mayor claridad, con referencia a asuntos que aparecían constantemente en la prensa, y sobre el mayor problema que afronta la sociedad española, apenas tuvo difusión: en torno a los 15.000 ejemplares, suma ridícula que por sí misma inutilizaba el mensaje. Y por supuesto, el silenciamiento en casi todos los medios más o menos de derecha. Empecé a comprender que el argumentario no era lo único que faltaba al PP, y que este era más bien un partido sin ideas ni deseos de tenerlas, cuya mayor preocupación consistía en el poder por el poder, con los cargos y prebendas anejos.

No hay, por tanto, ningún misterio en el auge de los separatismos: han tenido casi todo a su favor. El problema principal se encuentra en la debilidad administrativa del estado y, sobre todo, en la debilidad político-ideológica del PP (el PSOE ha sido un buen aliado objetivo y subjetivo, de esos movimientos).  Debilidad que con Rajoy se ha acentuado al máximo, precisamente en la estela marcada por Zapatero.

España es un caso peculiar: ninguno de los grandes partidos se considera realmente español, y todos tienen una idea negativa de la historia, pasada o reciente, de España, y procuran no exhibir la bandera nacional. Actualmente UPyD presenta una alternativa. Pero es preciso otra en un ámbito de ideas diferente, de modo que se vaya clarificando la charca que es hoy la política en España. La alternativa es el desastre.

 

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Otro partido (II). Sobre la cultura

Blog Gaceta.es: Leyes en inglés / “Embassy”/ Corruptódromo/ La mala vía.

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El descontento y el desconcierto de gran parte de la población con respecto a los partidos y al mismo sistema partidocrático actual es bien visible, acompañado muy a menudo de cansancio y desinterés. Pero se trata de actitudes difusas y a menudo contradictorias. Un partido que quisiera aprovechar ese descontento correría un grave riesgo de diluirse rápidamente entre tendencias diversas y opuestas si desde el principio no expone con la mayor claridad unos objetivos programáticos. Estos, a mi juicio, se  condensarían en dos: unión nacional y democracia, entendiendo por esta la democracia liberal.

He aquí algunos puntos programáticos que propongo a los lectores, que seguramente sabrán criticarlos o proponer otros más:

a) Reforma de la Constitución en al menos cuatro puntos: establecimiento claro de las competencias nacionales y regionales, incluyendo en las primeras la enseñanza de modo irrenunciable, y acabando así con la progresiva disgregación de España permitida por una ley en buena parte absurda; garantía de la independencia judicial, que debiera acompañarse de una poda de leyes innecesarias; elección aparte para el presidente, eliminando la improcedente unidad entre legislativo y ejecutivo; eliminación de los artículos sobre derechos irreclamables y por tanto demagógicos como los de la vivienda y el trabajo y garantía del mercado único.

b) Prohibición de todo partido que no condene clara y explícitamente el terrorismo en general y a la ETA en particular, y no obre en consecuencia.

c) Reforma de la ley electoral para acomodarla al principio “un hombre, un voto” y eliminar la influencia excesiva de partidos minoritarios.

d) Reducción del aborto a los casos específicos de peligro grave para la madre o malformación grave del feto.

e) Control estricto sobre la inmigración, en particular la de origen musulmán, dada la gran dificultad para compatibilizarla con una sociedad democrática.

f) Política exterior en la que la recuperación de Gibraltar y la presión por una vuelta de la Unión Europea a la Comunidad Económica Europea sean puntos importantes. Política cultural y científica orientada a la promoción y solidaridad con el mundo hispano en general.

g) Garantía y promoción de la iniciativa particular, la competencia y el espíritu de empresa, y control sobre el poder excesivo adquirido por las grandes corporaciones y la banca (uno de los problemas de la economía española es la escasez de empresas intermedias entre las pequeñas y las grandes).

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Me sugería un lector, hace tiempo, que desarrollase algunas ideas expuestas en Nueva historia de España acerca de la cultura y la sociedad en general. Probaré a hacerlo aquí. Cultura viene a ser el contenido de las sociedades humanas que las diferencia radicalmente de las sociedades animales, y que tiene que ver con la consciencia y con la intensa individuación propias de las primeras. No obstante, la palabra se usa en sentidos distintos, aunque emparentados. Así, alude a lo que tienen de común las sociedades humanas (la cultura) a lo que diferencia unas de otras (“las culturas”), o a los aspectos más elevados de ellas (alta cultura, se dice a veces: arte, ciencia, religión, pensamiento…), en relación con los cuales se habla de “una persona culta”, por contraste con la persona “inculta” o trivial. Para especificar,  propongo llamar “culturias” a las culturas diversas, y cultoria a la alta cultura. Culturia indica diferenciación sobre una base común, y cultoria tiene un sentido de actividad, viene a ser el factor más dinámico y transformador de dicha base común. Así, hablaríamos de la culturia española o de la alemana como algo que las diferencia , y de cultoria en general o referente a cada país, como la alta cultura. No sé si estos términos son muy afortunados o si se podrían encontrar otros mejores, pero tienen la ventaja de que derivan y emparentan con el concepto básico. Un ejemplo: la cocina es común a todos los pueblos, pero cada uno tiene su cocina particular, y existe también la alta cocina, que tiende a refinar, experimentar  y crear platos nuevos, etc. Los neologismos encuentran siempre una oposición de principio, aunque si provienen del inglés suelen ser aceptados fácilmente. De todas formas, quizá estas distinciones sean innecesarias porque el contexto suele aclararlas. Valgan como propuesta.

La cultura tiene así un doble carácter: se diferencia horizontalmente, por así decir, en culturias, nacionales o locales (nunca plenamente diferenciadas, aunque sí lo bastante para reconocerlas); y  verticalmente en cultorias, es decir, en creaciones y manifestaciones superiores, que también suelen tener carácter particular. La cultoria impregna la cultura y la mueve, por así decir,

La cultura tiene un amplio contenido: religioso, moral, político y económico. No son compartimentos estancos, sino estrechamente interrelacionados, pero aún así  distinguible cada uno. La religión nace del sentimiento del mundo y de la vida, en particular del destino humano, e incluye primordialmente el mito y el rito, pero también sus derivados: el arte, el pensamiento en general, la ciencia, el folklore. Se compone en gran medida de creencias, y da lugar a saberes parcialmente seguros. La política abarca las formas de organización interna de la sociedad,  las de convivencia, defensa y ataque frente a otras sociedades, y las tensiones y evoluciones derivadas. La economía atañe a la supervivencia social y atañe a la técnica y a la distribución de los bienes escasos dentro de cada sociedad.

Como digo, aunque son aspectos diversos, están íntimamente relacionados. Quizá el hilo que los relaciona a todos sea la moral, concebida como conjunto de normas y creencias resistentes, pero no estáticas, que conforman la conducta de los individuos.

 

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Enfermedad de nuestra democracia. Hace falta otro partido (I).

Blog de gaceta.es: De la UE a la CEE / “Estudiar en inglés” / El abuelito de Zapatero

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****Basagoiti: “Digo a los vascos que tienen al PP si quieren una clara oposición a Bildu”. Este señorito sinvergüenza, ¿es tonto o nos toma por tontos a los demás?

****Dice Hope Aguirry (pron. esdrújula), en plan descalificatorio, que las televisiones públicas recuerdan a “los tiempos de Franco”. Buena necedad de la anglómana. En el franquismo, la televisión, aun distando de ser una maravilla, era diez veces más decente, educativa, seria y española que las que vinieron después, públicas y privadas. Se afirma como un dogma que la competencia entre distintas empresas mejora el producto, pero no siempre es cierto. La competencia entre las televisiones públicas y las privadas se ha centrado en ver cual es más indecente, basurienta, frívola y antiespañola. La anglomanía de Hope le impide ver la evidencia  y la lleva a la demagogia. Estos antifranquistas de pandereta pretenden ignorar que la democracia viene del franquismo, no de ellos, quienes no hacen otra cosa que aprovecharla, por no decir parasitarla. En algunos aspectos, Hope es mucho más positiva que la mayoría de sus colegas del PP, pero su  anglomanía contamina todo lo demás y lo inutiliza. Al modo de los afrancesados que hacían el caldo gordo a los invasores del país. El antifranquismo ha sido una enfermedad de nuestra democracia. Más aún, ha sido y es su peor enfermedad.

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Es necesario otro partido.

He sugerido que una posible solución para el país consistiría en el hundimiento del PSOE, esa plaga histórica, y la división del PP en dos, ya que en él entran corrientes muy dispares, solo disimuladas por la rivalidad con los socialistas. Desde luego, el PSOE ha hecho méritos más que suficientes para ir “al basurero de la historia”, como decían los marxistas; pero esa solución no es posible, porque el PP cree que el juego político en España debe desarrollarse entre él y el PSOE, y correrá en auxilio de este cada vez que se encuentre en serio peligro. Ya lo hizo Aznar con su “pasar página”, lo hizo Rajoy con su seudooposición y más ahora: basta contrastar su actitud hacia los socialistas con su dureza contra UPyD, en el que ve un peligro de nuevo reparto de votos. PSOE y PP solo toleran, fuera de ellos, a los separatistas catalanes y vascos como parte de ese juego seudodemocrático en el que la corrupción y el engaño a la opinión pública desempeñan un papel esencial. Y al fondo la ETA, por supuesto, el condicionante, tan poderoso como inconfesado, de la política española en los últimos 35 años. Un juego que ha llevado al país a una crisis nacional, democrática y económica sin precedentes (escrito hace cinco años: http://www.libertaddigital.com/opinion/pio-moa/el-enmafiamiento-de-los-partidos-40023/)

Una democracia no puede funcionar sin diversidad de alternativas. En los años pasados, el PP demostró no ser alternativa a la política de Zapatero, quien pudo proseguir una y otra vez sus desmanes sin otra oposición que algunos pellizcos de monja. Quedaba la esperanza de que su “bajo perfil”, como llaman a la ausencia de verdadera política, fuera un engaño a las izquierdas para desmovilizarlas, aunque siempre creí que a quien se pretendía engañar, en realidad, era a los votantes del propio PP; y que tampoco se trataba de “complejos”, pues esos políticos piensan así (si cabe hablar de pensamiento), como unos progres o socialistas algo descafeinados.  ¿Cambiaría Rajoy desde el poder? Lo alcanzó no gracias a alguna idea o alternativa clara, sino a una crisis económica que le “cayó” al PSOE como pudo haberle caído al PP, más cuatro promesas embusteras sobre impuestos y demás. Por lo que vamos viendo, sigue igual, lo único que cabe esperar es que las derechas sean algo menos agresivas y “ocurrentes” que el PSOE, solución insuficiente para una situación cada vez más dramática.

La crisis múltiple actual requiere un programa de reformas en profundidad, que la mayoría del país estaría dispuesto a aceptar si se explica su necesidad de forma clara.  Pero no aparece el partido ni los líderes capaces de estudiar los problemas  más allá de la simple queja, y avanzar soluciones. Y sin embargo, ello es necesario. La crisis retrata un final de ciclo caracterizado por el fracaso de la Transición que, iniciada como una reforma “de la ley a la ley”,  ha terminado bajo Zapatero en la ruptura pretendida en 1976 por los antifranquistas… que eran también antiespañoles y nada demócratas. Además, las condiciones son excelentes: existe un descontento  difuso, pero generalizado, una escasísima confianza en los políticos, que los ciudadanos ven como parte del problema y no de la solución, y unos conflictos a todos los niveles, generados por los partidos actuales.

Algunos lo creen, a pesar de todo, imposible, pues los poderosos aparatos y medios de los grandes partidos se encargarían de asfixiar cualquier iniciativa. La historia demuestra otra cosa: desde la guerra mundial,  la democracia cristiana y el partido comunista se habían hecho connaturales a Italia casi como parte del paisaje, y sin embargo bastó una ofensiva de algunos jueces contra la corrupción para destruir a los poderosos democristianos, mientras los comunistas se diluían por lo  que ellos llamarían “contradicciones internas” y por efecto de la caída del muro de Berlín. Ahora asistimos en Grecia a un proceso que podría barrer a los corruptísimos partidos tradicionales, que muchos entendían como pilares de la democracia, cuando eran, son aún, simples beneficiarios de ella. Cierto que en Italia surgió un personaje como Berlusconi, y en Grecia pueden salir partidos demagógicos al estilo de los latinoamericanos. La historia plantea retos que es preciso afrontar, y que pueden afrontarse de forma equivocada, pero aún hay tiempo para que no sea ese el sino de España.

 

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¿Quiénes son las víctimas? / Significación histórica del franquismo.

Blog de www. gaceta.esVisita a Vigo / El tesoro de los templarios / De Cela a Tolstoi /  A. Celentano y Françoise Hardy

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Constantemente vemos comentarios referidas a las “víctimas del terrorismo”. Según unos, no deben influir en la política llamada antiterrorista y menos aún dictarla. Según otros, “hay que tenerlas en cuenta”. Pero se crea la impresión de que las víctimas son un grupo de personas dignas de compasión por lo que han sufrido, cuando su alcance político es mucho mayor, porque la víctima principal del terrorismo ha sido la sociedad, ha sido España, la democracia y el estado de derecho. Esta es la víctima fundamental, y no tanto de los etarras como de los políticos. La AVT nació contra una situación de simpatía o permisividad moral y política hacia la ETA muy extendida, al menos en la superficie de la sociedad, cuando las víctimas directas eran enterradas y tenían funerales de tapadillo, ya bajo Suárez,  mientras se las procuraba olvidar cuanto antes en aras de la “salida política” y el país entraba en estado de abyección. Luego, afrontando al PSOE en el poder, que hacía todo lo posible por marginarlas mientras concedía subvenciones a las lesbianas bolivianas y similares, la AVT consiguió ir cambiando poco a poco la percepción de mucha gente, antes estragada no por los terroristas sino por los políticos –de izquierda y derecha– y por los medios de comunicación tipo El País o Interviú (lo he examinado condensadamente en La Transición de cristal).

Cuando llegó como llegó al poder  Zapatero – el político más infame desde la Transición, el cual en un país medianamente normal tendría que enfrentarse a los jueces por sus muchas fechorías, cien veces más graves que las de Urdangarín, Roldán y similares –, encontró a la ETA prácticamente derrotada, “al borde del abismo”, como ha dicho un líder batasuno. Y se apresuró a sacarla de tal situación, tanto por su infantil ambición de ganar un premio Nobel con la farsa de la paz como, sobre todo, por la profunda afinidad ideológica entre él y la ETA, una evidencia invisible para la muy baja calidad general del análisis político en España. Y en el proceso advertí de que Rajoy iba por el mismo camino, eso sí, tirando algunos pellizcos de monja al PSOE, con vistas a explotar a los  votantes de derecha: vuelta a la tradición de los “politicastros” de la Restauración.

Rajoy ha demostrado una vez más que es muy poco hombre para una crisis tan fuerte. Y el PP, salvo excepciones, es simplemente un partidos de señoritos ansiosos de poder y de cargos, que varía entre las fechorías anglómanas de Hope Aguirry  (pronunciar esdrújula) y el puro y simple desinterés por España y por una democracia que nunca han comprendido más allá de la tontería de “entrar en Europa” u “homogeneizarnos con Europa”, máxima profundidad de prensamiento al que llegó Suárez y del que no han pasado sus sucesores. En esto también se asemejan a la ETA: no es que sean antiespañoles, al menos subjetivamente, como los terroristas. Es que la cuestión les es indiferente más allá de sus anhelos de figurar y ocupar poltronas. Ahí reside el secreto de sus últimas medidas proetarras.

*** Dice Hope Aguirry que tenemos una deuda con los que dieron su vida por  la libertad y por España. Ella, lacaya,  parece tenerla con Anglosajonia. Y quiere hacérnosla pagar a todos.

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El régimen llamado franquista por el nombre de su dirigente Francisco  Franco, duró hasta el referéndum de reforma de 1976: unos 38 años desde el final de la Guerra Civil y 41 desde su comienzo. Quizá no haya habido en España, desde Felipe II,  un régimen más hostigado y denostado desde el exterior y, aunque poco masivamente, desde el interior. Hostilidad que nunca logró derrocarlo, ni siquiera doblegarlo. Se le hacen cuatro acusaciones: a) Haberse rebelado contra un régimen democrático y un gobierno legítimo; b) Haberse impuesto gracias a la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista y a un genocidio; c) Haber organizado una indiscriminada represión de posguerra contra los vencidos; d) Haber instaurado una dictadura totalitaria de corte fascista. También suele achacársele el hambre de posguerra y haber sido “apestado” entre las naciones. Sobre él no podría construirse nada, como venían a decir los rupturistas, pues solo habría legado sangre, pobreza e ignorancia.

Por sorprendente que resulte, dada la amplitud con que han sido difundidas y creídas estas acusaciones, los datos reales no apoyan ninguna de ellas*. De las dos primeras acusaciones me ocupé en el capítulo anterior, aquí trataré ahora las últimas.

La represión de posguerra se ha presentado insistentemente como un crimen sin apenas parangón, un “holocausto” o “genocidio” comparable al practicado por los nacionalsocialistas durante la II Guerra Mundial. Se dan para él cifras entre cien mil y doscientas mil y más víctimas. Sobre todo ello cabe hacer algunas observaciones:

a)      Tales cargos son mantenidos ante todo por grupos stalinistas, marxistas o simpatizantes, y separatistas. Importa especificarlo porque la tendencia de todos ellos a exagerar o mentir sin rebozo, está perfectamente acreditada, y por tanto no pueden tomarse sus afirmaciones sin una fuerte reserva crítica.

b)      Casi toda la represión de posguerra se hizo mediante juicios, por lo que existe amplia documentación en los archivos, aunque, curiosamente, no ha sido investigada de modo exhaustivo. Las cifras más realistas de ejecutados oscilan entre veintitrés y treinta mil, según han documentado Ramón Salas y A.D. Martín Rubio, cifra alta, pero muy baja tanto en relación con la población española como con los seguidores del Frente Popular, lo que excluye por completo la noción de genocidio u holocausto.

c)      Aunque suele enaltecerse a los ejecutados como víctimas por motivos políticos, la mayoría fue procesada por delitos graves, a menudo atroces. Ello fue posible porque los jefes rojos huyeron a tiempo, abandonando a su suerte a miles de sicarios y  chekistas, gran parte de los cuales cayó en manos de sus enemigos. Este dato incuestionable suele oscurecerse afirmando que los tribunales no ofrecían garantías. Sin duda eran menos garantistas que los actuales, pero lo eran más que los franceses o italianos de la posguerra mundial y mucho más que los tribunales “populares” del bando izquierdista-separatista durante la Guerra Civil.

d)     Debe entenderse esta represión en el contexto de las guerras revolucionarias  del siglo XX en Europa, como ha estudiado Stanley Payne*, y entre las cuales fue muy inferior a la aplicada por los regímenes socialistas. Dado el sesgo comunistoide de la revolución en España, si esta hubiera vencido habría aplicado la represión propia de los gobiernos marxistas. Y las persecuciones entre las izquierdas dejan suponer lo que habría esperado a las derechas si hubieran perdido la guerra.

e)      Tampoco fue una represión más dura que otras registradas en Europa occidental. Fue comparativamente mayor en Finlandia en 1918, por ejemplo; y en España tuvo la particularidad de hacerse mediante tribunales, al contrario que en Francia o Italia al final de la II Guerra Mundial, que allí también fue civil — mucho menos intensa que la española– donde hubo pocos juicios y muchos asesinatos, un mínimo de 10.000, probablemente muchas más.

f)          La represión de posguerra, por tanto, debe entenderse en el contexto de una guerra revolucionaria como otras de Europa, sin ser particularmente dura y sí más legalista que casi todas las demás. Su comprensión se ampliará con el terror durante la Guerra Civil, examinada en el capítulo anterior

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Sobre el carácter general del régimen franquista Orwell, tras criticar a las izquierdas a partir de su experiencia personal,  afirmaba que el triunfo de Franco traería males aún mayores: “No solo era un títere de Italia y Alemania, sino que estaba ligado a los grandes terratenientes feudales y representaba una rancia tradición clérico-militar. El Frente Popular podía ser una estafa, pero Franco era un anacronismo. Solo los millonarios o los románticos podían desear su triunfo*.  Así, del franquismo solo podía esperarse una brutal explotación de los trabajadores, oscurantismo, oposición a la industrialización  y atraso general. Esta idea ha persistido y persiste sin el menor respeto a los hechos. Cuando murió Franco, España era la novena potencia industrial del mundo, se había acercado a la renta per capita media de la Europa opulenta más que nunca antes desde al menos las guerras napoleónicas: un 80%, porcentaje que tardaría muchos años en recuperar, y solo pasajeramente. El hambre había desaparecido por primera vez en la historia del país ya en los primeros años 50 y el analfabetismo había retrocedido a niveles marginales, mientras la universidad se había masificado.

Durante sus últimos trece años, España creció más velozmente que cualquier otro país de Europa,  incluso del mundo, excepto Japón. Para rebajar este éxito histórico, suelen destacarse los años 40 y 50, tachados de paupérrimos y estancados debido a una política “autárquica” solo cambiada en 1959. Pero de nuevo los datos difieren. En los años 40 y parte de los 50, España sufrió primero las restricciones impuestas por Inglaterra, y después el aislamiento internacional. Los años 1941-42 y 1946 registraron un hambre intensa, aunque inferior a la del Frente Popular en 1938 y a la de muchos países europeos en guerra. Aun así, la economía creció: los índices de consumo de energía, escolarización media y superior, descenso del analfabetismo, superaron ampliamente los de  la república. Respecto de esta, el número de teléfonos se multiplicó por dos, el turismo por tres y los kilómetros volados por líneas aéreas españolas por seis; mejoró la atención médica, la mortalidad descendió y la infantil cayó desde un 35 por mil al 12 en 1950, y la expectativa de vida saltó desde 50 años a 62; la estatura media de los reclutas aumentó en tres centímetros, por la mejor nutrición. El número de maestros mejoró notablemente con respecto a la república, con relación más racional de alumnos por maestro. El de alumnos de enseñanza media casi se duplicó, y el de alumnas más aún. El paisaje agrario cambió con la construcción de pantanos y una ambiciosa repoblación forestal*.  Se dice que la renta de preguerra no se recuperó hasta 1951, 1953 o aún más tarde, pero debió de hacerlo en los años 40, frente a mil obstáculos exteriores.

La mejoría continuó a ritmo creciente durante los años 50,  según se iba venciendo el aislamiento impuesto. El racionamiento terminó en los primeros años 50,  al mismo tiempo que en Inglaterra; pero esta no solo partía de un nivel técnico e industrial muy superior, sino que recibió la tajada del león en el Plan Marshall,  negado a España, y le fue perdonada gran parte de la deuda contraídas durante el conflicto mundial, cuyo pago la habría asfixiado. Al terminar la década, la economía española sufría considerables desequilibrios –como ocurre cíclicamente en todas las economías– y fue precisa una estabilización y liberalización económica, que aprovechó la extraordinaria labor realizada, sin la cual difícilmente habría sido posible el crecimiento entre 1961 y 1975.

El desarrollo económico (y educativo y en otros órdenes) tiene la mayor relevancia porque es mayor que el de cualquier otra época antes o después desde principios del siglo XIX y porque tiende a medirse el valor de un régimen por el de su economía. Y tiene interés también porque su oposición, no solo la marxista, solía despreciar las libertades “burguesas”, tachadas de meramente “formales”, y atender más al lado “material”. Lo que vuelve paradójicas sus acusaciones al franquismo. Ese criterio marxistoide había cundido en amplios círculos intelectuales y políticos europeos, por el papel vencedor de la Unión Soviética en la Guerra Mundial y porque el PCE fue el único, insistamos, en luchar permanentemente contra Franco. El caso Solzhenitsin mostró cómo hasta personajes derechistas sentían gran respeto por la URSS.

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Aún más trascendental que el éxito económico fue el político. El franquismo no tuvo oposición democrática. Los pocos demoliberales publicaban con escasas restricciones y, salvo algunas quejas, vivían confortablemente sin hacer oposición significativa (Ortega y Gasset, Marañón, Julián Marías, Areilza en su última etapa, etc). También pocos y poco molestados, los socialdemócratas propendían –como algunos demoliberales— a tratar con los comunistas y a hacer el caldo gordo a la ETA. La oposición real fue la comunista y –solo en los últimos siete años de Franco— la ETA, marxista-separatista: en un país de 36 millones de habitantes, los presos políticos al comenzar la transición sumaban unos centenares, comunistas o terroristas o ambas cosas casi todos. Pero el daño mayor al régimen provino, en sus diez últimos años, de sectores eclesiásticos tras el Concilio Vaticano II. Al haber sido la Iglesia un pilar esencial del franquismo, su distanciamiento empujaba a este a la caída antes o después. No debe suponerse, empero, una oposición eclesiástica democrática. Sectores de la Iglesia desempeñaron un papel muy importante en la promoción del comunismo (a través del “diálogo con los marxistas”) y del terrorismo, en contra de sus propias tradiciones, así como de diversos separatismos, incluidos los de carácter más totalitario. Por más que simultáneamente jugasen a una evolución demoliberal, que ponían en peligro con tales devaneos.

En definitiva, los diversos elementos de la oposición antifranquista reunían cuatro rasgos: a) Salvo los católicos, eran débiles, en especial los no comunistas; b) No eran demócratas; c) Solían girar en torno a iniciativas comunistas y defender tiranías como la de Fidel Castro; y d) Algunos eran terroristas y la mayoría simpatizaba con la ETA. Resultaría chocante que de ella pudiera surgir una democracia. Y no surgió, por cierto.

A partir de la guerra mundial, y según disminuían las amenazas externas e internas, el franquismo se fue liberalizando. En 1974 lo expresaba  el pensador polaco, ex stalinista, Leszek Kolakowski, en polémica con laboristas ingleses muy beligerantes contra Franco (y muy poco contra el totalitarismo soviético)*: “Te enorgulleces de no ir de vacaciones a España por razones políticas. Yo (…), he estado allí dos veces. Me sabe mal decirlo, pero aquel régimen (…), ofrece a sus ciudadanos más libertad que cualquier país socialista (tal vez excepto Yugoslavia) (…) Los españoles tienen las fronteras abiertas (no importa por qué motivo, que en este caso son los treinta millones de turistas que cada año visitan el país), y ningún régimen totalitario puede funcionar con las fronteras abiertas. Los españoles no tienen censura previa (…). En las librerías españolas pueden comprarse las obras de Marx, Trotski, Freud, Marcuse, etcétera. Igual que nosotros, los españoles no tienen elecciones ni partidos legales pero, a diferencia de nosotros, disfrutan de muchas organizaciones independientes del Estado y del partido gobernante. Y viven en un país soberano”.

Kolakowski se quedaba corto. En España había sin duda mucha más libertad política que en la Yugoslavia de Tito, y, sobre todo, mucha más libertad personal, como ya observó Julián Marías. Si las fronteras estaban abiertas no se debía al turismo: lo estuvieron siempre, excepto los momentos en que Francia –que no Franco– las cerró. Y el país era más soberano, sin duda, que después de la transición.

Para entenderlo, debemos distinguir entre régimen totalitario y autoritario. La irritación antifranquista contra Solzhenitsin se debió, justamente, a que el gran escritor señalaba esa crucial diferencia: la admirada o respetada Unión Soviética era un país totalitario donde el estado ocupaba toda la sociedad; el franquismo fue solo autoritario, de propiedad privada (rescatada de los revolucionarismos de los años 30), estado pequeño (menor que los estados socialdemócratas de Europa occidental, en crecimiento galopante), ejército poco costoso y muy considerable seguridad jurídica. Sin ser un sistema demoliberal, se le parecía mucho más que las ideas de la oposición. Siempre hubo en su seno una vacilación entre considerarlo  un régimen definitivo, superador de la democracia y el comunismo, o bien una reacción a una grave crisis histórica, y por tanto destinado a diluirse según la crisis se superase. Esta última concepción predominó al final y, visto en perspectiva, el franquismo ha resultado una cura necesaria después de la larga época de convulsiones y demagogias que echaron por tierra a la Restauración y luego la república, con el breve intermedio ordenado de la dictadura primorriverista.

No importa aquí definir  el franquismo en términos jurídicos o ideológicos, sobre lo que sigue habiendo debate. Cabe resumir, en cambio, su balance, no solo en economía: a) Libró a España de la guerra mundial, auténtica hazaña histórica cuando el furioso oleaje europeo azotaba al barco hispano por las dos bandas. Ello demostró que, contra la idea propagandística, Franco nunca fue un títere de Hitler y Mussolini. La beligerancia española, deseada por parte del régimen y por los exiliados, habría podido cambiar, quizá, el curso del conflicto en 1940-41, y traído al país destrucciones y muertes peores que las de la guerra civil; b) Franco completó su proeza desafiando a los Aliados vencedores (URSS, Usa e Inglaterra) que, con total injusticia, intentaron aislarle para hambrear a la población y así derrocarle. Y de paso derrotó también al maquis, que buscaba reanudar la guerra civil y justificar una intervención militar exterior.

Pero el logro mayor del franquismo fue la superación de los odios políticos que hundieron la república. No fue demasiado difícil, pues la gente había conocido el Frente Popular y su revolución: la mayor hambre del siglo XX, con destrucción de un inmenso patrimonio histórico y artístico, despotismo, terror, sangrientas querellas entre las propias izquierdas y huida final de los jefes al extranjero con enormes tesoros expoliados. La imagen corriente de una posguerra con media España humillada y resentida, ansiosa de revancha, queda desmentida  por el fracaso del maquis, que no arraigó entre la población, pese a  unas condiciones en principio tan favorables como  la pobreza, incluso el hambre de la época y la presencia al otro lado de la frontera, al norte y al sur del país, de las tremendas fuerzas ganadoras de la II Guerra Mundial y hostiles a Franco: muy pocos deseaban repetir la experiencia republicana y revolucionaria.

A partir de ahí, los odios e incluso los recuerdos de la república fueron diluyéndose. Se popularizó el dicho “¡esto es una república!” para señalar una situación caótica. Y los grupos antifranquistas tuvieron escaso arraigo hasta el final, debido a que sus viejas retóricas marxistas, republicanas  y separatistas no calaban en la gente (esta fue, incidentalmente, la causa confesada de que la ETA emprendiera la vía del terrorismo*). La reconciliación nacional efectiva permitiría, precisamente, evitar el trauma de una ruptura y avanzar de forma evolutiva a una democracia, conseguida solo a medias y amenazada, debe insistirse, por quienes hacen gala de  su odio al franquismo.

Otra faceta de aquella época es lo que he llamado “salud social”: la delincuencia y población penal fueron quizá las más bajas de Europa; apenas cundió la droga cuando esta hacía estragos por Europa; eran bajos o muy bajos los índices de prostitución, abortos, fracaso escolar, violencia doméstica, suicidios, enfermedades de transmisión sexual, telebasura… Y altos los de estabilidad familiar, esperanza de vida (una de las más largas del mundo) y otros datos probatorios de bienestar no solo material.

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Tales éxitos, nunca vistos en dos siglos, no han amortiguado, sin embargo, unas inquinas y acusaciones tanto más asombrosas cuanto que proceden de partidos y personajes que han demostrado una violencia o colaboración con ella, corrupción y sesgos totalitarios más que notorios; o de personajes prosperados y privilegiados en el franquismo. Inquinas con poco curso a la muerte de Franco, sentida como una pérdida por la mayoría de la población, según testimoniaban las encuestas y la masiva asistencia a su capilla ardiente. Con todo, el antifranquismo ha ido tomando cuerpo y logrado éxitos políticos notables, hasta el punto de que la defensa de aquel régimen y la misma exposición veraz de la transición se han convertido en motivo de exclusión política, censura en los medios y casi de muerte civil.  Tal fenómeno requiere una explicación.

Era y es frecuente fuera  de España la identificación de Franco con  el fascismo y el nazismo, pues la guerra mundial alió a Churchill  y a Roosevelt con Stalin, y la propaganda marxista gozó largo tiempo de prestigio en Occidente. De ahí la simpatía y apoyo de  las izquierdas y parte de las derechas europeas, de gobiernos como el francés, el holandés o el sueco, hacia los comunistas y terroristas de la ETA. No así en España, donde la gente guardaba memoria fresca de la realidad, por lo que la elaboración de una mentalidad antifranquista llevó tiempo. Izquierdas y separatistas tachaban a Franco de dictador sanguinario,  pero nunca habrían convencido a mucha gente si no hubiera venido en su ayuda la mayor parte de la derecha (Suárez y su UCD), inhibiéndose  de la aclaración y defensa del régimen anterior, es decir, de sus propios orígenes. Y ello pese a que el rey lo era por designación de Franco y casi todos los políticos de la UCD provenían del franquismo.  Y pronto la otra derecha con más principios, la AP de Fraga Iribarne, siguió por la misma senda. Todos aceptaron la equiparación de antifranquismo con democracia, desarmándose políticamente, y de ahí las concesiones excesivas a las izquierdas y los separatismos para hacerse perdonar o disimular el pasado; y la falsificación de biografías, como hicieron también muchos líderes izquierdistas y secesionistas, “contaminados” por sus antecedentes franquistas.

La izquierda y los separatismos comprendieron y explotaron a fondo la magnífica baza que le ofrecía una derecha autodesarmada ideológicamente. Pero fueron personas muy vinculadas al régimen anterior por su carrera personal y profesional, quienes con más empeño y eficacia lo atacaron, a través del diario El País, dirigido por un personaje que, al calor de su familia falangista, se había promocionado en los medios de masas del régimen hasta ostentar altos cargos; y financiado por otro personaje, J. Polanco, que había labrado su fortuna en la intimidad de ministerios de Franco. En la misma línea operó la revista Interviú, montada por gente solo interesada en la ganancia, y que alcanzó tiradas nunca vistas mezclando la pornografía y el reportaje escandaloso con la opinión antifranquista. Cabe mencionar también, entre otros, al Grupo16, legal bajo Franco y colaborador propagandístico de la ETA, según reconoció su promotor Juan Tomás de Salas*. El país entró en un peculiar estado de farsa. No por azar el ataque a Franco lo fue también a España, hasta disimular su nombre como “Estado español”.

El proceso ha culminado con la llamada ley de memoria histórica que, partiendo de la izquierda y el separatismo, difícilmente podía ser democrática. Y no lo es: al estilo de los gobiernos totalitarios, pretende imponer por ley una falsificación grosera de la historia. Básicamente trata de deslegitimar al régimen de Franco y legitimar al Frente Popular, confundido fraudulentamente con la república. En fin, intenta imponer la ruptura no alcanzada en 1976, y de ahí la deslegitimación solapada de la transición, de la democracia y de la monarquía nacidas del franquismo. La derecha, como siempre, se ha inhibido, y el resultado ha sido un resurgimiento de odios y una involución política caracterizada por renovados impulsos secesionistas, por un mayor descrédito del poder judicial y aumento de la corrupción y la irresponsabilidad económica conducentes a una profunda crisis, entre otras plagas. La sociedad se encuentra hoy en un momento crucial,  en que ha de elegir entre una regeneración democrática y nacional, y una degeneración política y económica de probable fin traumático.

 


* Para más datos, ver mi libro Franco para antifranquistas en 36 preguntas clave, Madrid 2009.

* Stanley Payne, La Europa revolucionaria, Madrid, 2011

* Homenaje a Cataluña, Barcelona, 2001, p. 154

* Estadísticas históricas de España, A. Carreras y X Tafunell,, 2005, Fundación BBVA.

* Publicada en España con el título Por qué tengo razón en todo

* Los primeros etarras se consideraban  “víctimas de un horrible pecado colectivo” de los vascos, que no les hacían caso, y para justificar su terrorismo se decían dispuestos a cesar en él “cuando una masa de quinientos vascos sea capaz de manifestarse pública y silenciosamente  por las calles”. Recojo estos y otros testimonios en el capítulo “Un terrorismo bendecido”, de  Una historia chocante, Madrid, 2004.

* “La gente que estaba en este tipo de prensa, que además era la prensa que tenía más credibilidad, mayores lectores (…) de alguna manera nos habíamos sentido durante muchos años solidarios de la ETA” (citado en mi libro Los crímenes de la guerra  civil, Madrid 2004, p. 253).

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