Blog de www. gaceta.es: Visita a Vigo / El tesoro de los templarios / De Cela a Tolstoi / A. Celentano y Françoise Hardy
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Constantemente vemos comentarios referidas a las “víctimas del terrorismo”. Según unos, no deben influir en la política llamada antiterrorista y menos aún dictarla. Según otros, “hay que tenerlas en cuenta”. Pero se crea la impresión de que las víctimas son un grupo de personas dignas de compasión por lo que han sufrido, cuando su alcance político es mucho mayor, porque la víctima principal del terrorismo ha sido la sociedad, ha sido España, la democracia y el estado de derecho. Esta es la víctima fundamental, y no tanto de los etarras como de los políticos. La AVT nació contra una situación de simpatía o permisividad moral y política hacia la ETA muy extendida, al menos en la superficie de la sociedad, cuando las víctimas directas eran enterradas y tenían funerales de tapadillo, ya bajo Suárez, mientras se las procuraba olvidar cuanto antes en aras de la “salida política” y el país entraba en estado de abyección. Luego, afrontando al PSOE en el poder, que hacía todo lo posible por marginarlas mientras concedía subvenciones a las lesbianas bolivianas y similares, la AVT consiguió ir cambiando poco a poco la percepción de mucha gente, antes estragada no por los terroristas sino por los políticos –de izquierda y derecha– y por los medios de comunicación tipo El País o Interviú (lo he examinado condensadamente en La Transición de cristal).
Cuando llegó como llegó al poder Zapatero – el político más infame desde la Transición, el cual en un país medianamente normal tendría que enfrentarse a los jueces por sus muchas fechorías, cien veces más graves que las de Urdangarín, Roldán y similares –, encontró a la ETA prácticamente derrotada, “al borde del abismo”, como ha dicho un líder batasuno. Y se apresuró a sacarla de tal situación, tanto por su infantil ambición de ganar un premio Nobel con la farsa de la paz como, sobre todo, por la profunda afinidad ideológica entre él y la ETA, una evidencia invisible para la muy baja calidad general del análisis político en España. Y en el proceso advertí de que Rajoy iba por el mismo camino, eso sí, tirando algunos pellizcos de monja al PSOE, con vistas a explotar a los votantes de derecha: vuelta a la tradición de los “politicastros” de la Restauración.
Rajoy ha demostrado una vez más que es muy poco hombre para una crisis tan fuerte. Y el PP, salvo excepciones, es simplemente un partidos de señoritos ansiosos de poder y de cargos, que varía entre las fechorías anglómanas de Hope Aguirry (pronunciar esdrújula) y el puro y simple desinterés por España y por una democracia que nunca han comprendido más allá de la tontería de “entrar en Europa” u “homogeneizarnos con Europa”, máxima profundidad de prensamiento al que llegó Suárez y del que no han pasado sus sucesores. En esto también se asemejan a la ETA: no es que sean antiespañoles, al menos subjetivamente, como los terroristas. Es que la cuestión les es indiferente más allá de sus anhelos de figurar y ocupar poltronas. Ahí reside el secreto de sus últimas medidas proetarras.
*** Dice Hope Aguirry que tenemos una deuda con los que dieron su vida por la libertad y por España. Ella, lacaya, parece tenerla con Anglosajonia. Y quiere hacérnosla pagar a todos.
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El régimen llamado franquista por el nombre de su dirigente Francisco Franco, duró hasta el referéndum de reforma de 1976: unos 38 años desde el final de la Guerra Civil y 41 desde su comienzo. Quizá no haya habido en España, desde Felipe II, un régimen más hostigado y denostado desde el exterior y, aunque poco masivamente, desde el interior. Hostilidad que nunca logró derrocarlo, ni siquiera doblegarlo. Se le hacen cuatro acusaciones: a) Haberse rebelado contra un régimen democrático y un gobierno legítimo; b) Haberse impuesto gracias a la ayuda de la Alemania nazi y la Italia fascista y a un genocidio; c) Haber organizado una indiscriminada represión de posguerra contra los vencidos; d) Haber instaurado una dictadura totalitaria de corte fascista. También suele achacársele el hambre de posguerra y haber sido “apestado” entre las naciones. Sobre él no podría construirse nada, como venían a decir los rupturistas, pues solo habría legado sangre, pobreza e ignorancia.
Por sorprendente que resulte, dada la amplitud con que han sido difundidas y creídas estas acusaciones, los datos reales no apoyan ninguna de ellas*. De las dos primeras acusaciones me ocupé en el capítulo anterior, aquí trataré ahora las últimas.
La represión de posguerra se ha presentado insistentemente como un crimen sin apenas parangón, un “holocausto” o “genocidio” comparable al practicado por los nacionalsocialistas durante la II Guerra Mundial. Se dan para él cifras entre cien mil y doscientas mil y más víctimas. Sobre todo ello cabe hacer algunas observaciones:
a) Tales cargos son mantenidos ante todo por grupos stalinistas, marxistas o simpatizantes, y separatistas. Importa especificarlo porque la tendencia de todos ellos a exagerar o mentir sin rebozo, está perfectamente acreditada, y por tanto no pueden tomarse sus afirmaciones sin una fuerte reserva crítica.
b) Casi toda la represión de posguerra se hizo mediante juicios, por lo que existe amplia documentación en los archivos, aunque, curiosamente, no ha sido investigada de modo exhaustivo. Las cifras más realistas de ejecutados oscilan entre veintitrés y treinta mil, según han documentado Ramón Salas y A.D. Martín Rubio, cifra alta, pero muy baja tanto en relación con la población española como con los seguidores del Frente Popular, lo que excluye por completo la noción de genocidio u holocausto.
c) Aunque suele enaltecerse a los ejecutados como víctimas por motivos políticos, la mayoría fue procesada por delitos graves, a menudo atroces. Ello fue posible porque los jefes rojos huyeron a tiempo, abandonando a su suerte a miles de sicarios y chekistas, gran parte de los cuales cayó en manos de sus enemigos. Este dato incuestionable suele oscurecerse afirmando que los tribunales no ofrecían garantías. Sin duda eran menos garantistas que los actuales, pero lo eran más que los franceses o italianos de la posguerra mundial y mucho más que los tribunales “populares” del bando izquierdista-separatista durante la Guerra Civil.
d) Debe entenderse esta represión en el contexto de las guerras revolucionarias del siglo XX en Europa, como ha estudiado Stanley Payne*, y entre las cuales fue muy inferior a la aplicada por los regímenes socialistas. Dado el sesgo comunistoide de la revolución en España, si esta hubiera vencido habría aplicado la represión propia de los gobiernos marxistas. Y las persecuciones entre las izquierdas dejan suponer lo que habría esperado a las derechas si hubieran perdido la guerra.
e) Tampoco fue una represión más dura que otras registradas en Europa occidental. Fue comparativamente mayor en Finlandia en 1918, por ejemplo; y en España tuvo la particularidad de hacerse mediante tribunales, al contrario que en Francia o Italia al final de la II Guerra Mundial, que allí también fue civil — mucho menos intensa que la española– donde hubo pocos juicios y muchos asesinatos, un mínimo de 10.000, probablemente muchas más.
f) La represión de posguerra, por tanto, debe entenderse en el contexto de una guerra revolucionaria como otras de Europa, sin ser particularmente dura y sí más legalista que casi todas las demás. Su comprensión se ampliará con el terror durante la Guerra Civil, examinada en el capítulo anterior
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Sobre el carácter general del régimen franquista Orwell, tras criticar a las izquierdas a partir de su experiencia personal, afirmaba que el triunfo de Franco traería males aún mayores: “No solo era un títere de Italia y Alemania, sino que estaba ligado a los grandes terratenientes feudales y representaba una rancia tradición clérico-militar. El Frente Popular podía ser una estafa, pero Franco era un anacronismo. Solo los millonarios o los románticos podían desear su triunfo”*. Así, del franquismo solo podía esperarse una brutal explotación de los trabajadores, oscurantismo, oposición a la industrialización y atraso general. Esta idea ha persistido y persiste sin el menor respeto a los hechos. Cuando murió Franco, España era la novena potencia industrial del mundo, se había acercado a la renta per capita media de la Europa opulenta más que nunca antes desde al menos las guerras napoleónicas: un 80%, porcentaje que tardaría muchos años en recuperar, y solo pasajeramente. El hambre había desaparecido por primera vez en la historia del país ya en los primeros años 50 y el analfabetismo había retrocedido a niveles marginales, mientras la universidad se había masificado.
Durante sus últimos trece años, España creció más velozmente que cualquier otro país de Europa, incluso del mundo, excepto Japón. Para rebajar este éxito histórico, suelen destacarse los años 40 y 50, tachados de paupérrimos y estancados debido a una política “autárquica” solo cambiada en 1959. Pero de nuevo los datos difieren. En los años 40 y parte de los 50, España sufrió primero las restricciones impuestas por Inglaterra, y después el aislamiento internacional. Los años 1941-42 y 1946 registraron un hambre intensa, aunque inferior a la del Frente Popular en 1938 y a la de muchos países europeos en guerra. Aun así, la economía creció: los índices de consumo de energía, escolarización media y superior, descenso del analfabetismo, superaron ampliamente los de la república. Respecto de esta, el número de teléfonos se multiplicó por dos, el turismo por tres y los kilómetros volados por líneas aéreas españolas por seis; mejoró la atención médica, la mortalidad descendió y la infantil cayó desde un 35 por mil al 12 en 1950, y la expectativa de vida saltó desde 50 años a 62; la estatura media de los reclutas aumentó en tres centímetros, por la mejor nutrición. El número de maestros mejoró notablemente con respecto a la república, con relación más racional de alumnos por maestro. El de alumnos de enseñanza media casi se duplicó, y el de alumnas más aún. El paisaje agrario cambió con la construcción de pantanos y una ambiciosa repoblación forestal*. Se dice que la renta de preguerra no se recuperó hasta 1951, 1953 o aún más tarde, pero debió de hacerlo en los años 40, frente a mil obstáculos exteriores.
La mejoría continuó a ritmo creciente durante los años 50, según se iba venciendo el aislamiento impuesto. El racionamiento terminó en los primeros años 50, al mismo tiempo que en Inglaterra; pero esta no solo partía de un nivel técnico e industrial muy superior, sino que recibió la tajada del león en el Plan Marshall, negado a España, y le fue perdonada gran parte de la deuda contraídas durante el conflicto mundial, cuyo pago la habría asfixiado. Al terminar la década, la economía española sufría considerables desequilibrios –como ocurre cíclicamente en todas las economías– y fue precisa una estabilización y liberalización económica, que aprovechó la extraordinaria labor realizada, sin la cual difícilmente habría sido posible el crecimiento entre 1961 y 1975.
El desarrollo económico (y educativo y en otros órdenes) tiene la mayor relevancia porque es mayor que el de cualquier otra época antes o después desde principios del siglo XIX y porque tiende a medirse el valor de un régimen por el de su economía. Y tiene interés también porque su oposición, no solo la marxista, solía despreciar las libertades “burguesas”, tachadas de meramente “formales”, y atender más al lado “material”. Lo que vuelve paradójicas sus acusaciones al franquismo. Ese criterio marxistoide había cundido en amplios círculos intelectuales y políticos europeos, por el papel vencedor de la Unión Soviética en la Guerra Mundial y porque el PCE fue el único, insistamos, en luchar permanentemente contra Franco. El caso Solzhenitsin mostró cómo hasta personajes derechistas sentían gran respeto por la URSS.
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Aún más trascendental que el éxito económico fue el político. El franquismo no tuvo oposición democrática. Los pocos demoliberales publicaban con escasas restricciones y, salvo algunas quejas, vivían confortablemente sin hacer oposición significativa (Ortega y Gasset, Marañón, Julián Marías, Areilza en su última etapa, etc). También pocos y poco molestados, los socialdemócratas propendían –como algunos demoliberales— a tratar con los comunistas y a hacer el caldo gordo a la ETA. La oposición real fue la comunista y –solo en los últimos siete años de Franco— la ETA, marxista-separatista: en un país de 36 millones de habitantes, los presos políticos al comenzar la transición sumaban unos centenares, comunistas o terroristas o ambas cosas casi todos. Pero el daño mayor al régimen provino, en sus diez últimos años, de sectores eclesiásticos tras el Concilio Vaticano II. Al haber sido la Iglesia un pilar esencial del franquismo, su distanciamiento empujaba a este a la caída antes o después. No debe suponerse, empero, una oposición eclesiástica democrática. Sectores de la Iglesia desempeñaron un papel muy importante en la promoción del comunismo (a través del “diálogo con los marxistas”) y del terrorismo, en contra de sus propias tradiciones, así como de diversos separatismos, incluidos los de carácter más totalitario. Por más que simultáneamente jugasen a una evolución demoliberal, que ponían en peligro con tales devaneos.
En definitiva, los diversos elementos de la oposición antifranquista reunían cuatro rasgos: a) Salvo los católicos, eran débiles, en especial los no comunistas; b) No eran demócratas; c) Solían girar en torno a iniciativas comunistas y defender tiranías como la de Fidel Castro; y d) Algunos eran terroristas y la mayoría simpatizaba con la ETA. Resultaría chocante que de ella pudiera surgir una democracia. Y no surgió, por cierto.
A partir de la guerra mundial, y según disminuían las amenazas externas e internas, el franquismo se fue liberalizando. En 1974 lo expresaba el pensador polaco, ex stalinista, Leszek Kolakowski, en polémica con laboristas ingleses muy beligerantes contra Franco (y muy poco contra el totalitarismo soviético)*: “Te enorgulleces de no ir de vacaciones a España por razones políticas. Yo (…), he estado allí dos veces. Me sabe mal decirlo, pero aquel régimen (…), ofrece a sus ciudadanos más libertad que cualquier país socialista (tal vez excepto Yugoslavia) (…) Los españoles tienen las fronteras abiertas (no importa por qué motivo, que en este caso son los treinta millones de turistas que cada año visitan el país), y ningún régimen totalitario puede funcionar con las fronteras abiertas. Los españoles no tienen censura previa (…). En las librerías españolas pueden comprarse las obras de Marx, Trotski, Freud, Marcuse, etcétera. Igual que nosotros, los españoles no tienen elecciones ni partidos legales pero, a diferencia de nosotros, disfrutan de muchas organizaciones independientes del Estado y del partido gobernante. Y viven en un país soberano”.
Kolakowski se quedaba corto. En España había sin duda mucha más libertad política que en la Yugoslavia de Tito, y, sobre todo, mucha más libertad personal, como ya observó Julián Marías. Si las fronteras estaban abiertas no se debía al turismo: lo estuvieron siempre, excepto los momentos en que Francia –que no Franco– las cerró. Y el país era más soberano, sin duda, que después de la transición.
Para entenderlo, debemos distinguir entre régimen totalitario y autoritario. La irritación antifranquista contra Solzhenitsin se debió, justamente, a que el gran escritor señalaba esa crucial diferencia: la admirada o respetada Unión Soviética era un país totalitario donde el estado ocupaba toda la sociedad; el franquismo fue solo autoritario, de propiedad privada (rescatada de los revolucionarismos de los años 30), estado pequeño (menor que los estados socialdemócratas de Europa occidental, en crecimiento galopante), ejército poco costoso y muy considerable seguridad jurídica. Sin ser un sistema demoliberal, se le parecía mucho más que las ideas de la oposición. Siempre hubo en su seno una vacilación entre considerarlo un régimen definitivo, superador de la democracia y el comunismo, o bien una reacción a una grave crisis histórica, y por tanto destinado a diluirse según la crisis se superase. Esta última concepción predominó al final y, visto en perspectiva, el franquismo ha resultado una cura necesaria después de la larga época de convulsiones y demagogias que echaron por tierra a la Restauración y luego la república, con el breve intermedio ordenado de la dictadura primorriverista.
No importa aquí definir el franquismo en términos jurídicos o ideológicos, sobre lo que sigue habiendo debate. Cabe resumir, en cambio, su balance, no solo en economía: a) Libró a España de la guerra mundial, auténtica hazaña histórica cuando el furioso oleaje europeo azotaba al barco hispano por las dos bandas. Ello demostró que, contra la idea propagandística, Franco nunca fue un títere de Hitler y Mussolini. La beligerancia española, deseada por parte del régimen y por los exiliados, habría podido cambiar, quizá, el curso del conflicto en 1940-41, y traído al país destrucciones y muertes peores que las de la guerra civil; b) Franco completó su proeza desafiando a los Aliados vencedores (URSS, Usa e Inglaterra) que, con total injusticia, intentaron aislarle para hambrear a la población y así derrocarle. Y de paso derrotó también al maquis, que buscaba reanudar la guerra civil y justificar una intervención militar exterior.
Pero el logro mayor del franquismo fue la superación de los odios políticos que hundieron la república. No fue demasiado difícil, pues la gente había conocido el Frente Popular y su revolución: la mayor hambre del siglo XX, con destrucción de un inmenso patrimonio histórico y artístico, despotismo, terror, sangrientas querellas entre las propias izquierdas y huida final de los jefes al extranjero con enormes tesoros expoliados. La imagen corriente de una posguerra con media España humillada y resentida, ansiosa de revancha, queda desmentida por el fracaso del maquis, que no arraigó entre la población, pese a unas condiciones en principio tan favorables como la pobreza, incluso el hambre de la época y la presencia al otro lado de la frontera, al norte y al sur del país, de las tremendas fuerzas ganadoras de la II Guerra Mundial y hostiles a Franco: muy pocos deseaban repetir la experiencia republicana y revolucionaria.
A partir de ahí, los odios e incluso los recuerdos de la república fueron diluyéndose. Se popularizó el dicho “¡esto es una república!” para señalar una situación caótica. Y los grupos antifranquistas tuvieron escaso arraigo hasta el final, debido a que sus viejas retóricas marxistas, republicanas y separatistas no calaban en la gente (esta fue, incidentalmente, la causa confesada de que la ETA emprendiera la vía del terrorismo*). La reconciliación nacional efectiva permitiría, precisamente, evitar el trauma de una ruptura y avanzar de forma evolutiva a una democracia, conseguida solo a medias y amenazada, debe insistirse, por quienes hacen gala de su odio al franquismo.
Otra faceta de aquella época es lo que he llamado “salud social”: la delincuencia y población penal fueron quizá las más bajas de Europa; apenas cundió la droga cuando esta hacía estragos por Europa; eran bajos o muy bajos los índices de prostitución, abortos, fracaso escolar, violencia doméstica, suicidios, enfermedades de transmisión sexual, telebasura… Y altos los de estabilidad familiar, esperanza de vida (una de las más largas del mundo) y otros datos probatorios de bienestar no solo material.
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Tales éxitos, nunca vistos en dos siglos, no han amortiguado, sin embargo, unas inquinas y acusaciones tanto más asombrosas cuanto que proceden de partidos y personajes que han demostrado una violencia o colaboración con ella, corrupción y sesgos totalitarios más que notorios; o de personajes prosperados y privilegiados en el franquismo. Inquinas con poco curso a la muerte de Franco, sentida como una pérdida por la mayoría de la población, según testimoniaban las encuestas y la masiva asistencia a su capilla ardiente. Con todo, el antifranquismo ha ido tomando cuerpo y logrado éxitos políticos notables, hasta el punto de que la defensa de aquel régimen y la misma exposición veraz de la transición se han convertido en motivo de exclusión política, censura en los medios y casi de muerte civil. Tal fenómeno requiere una explicación.
Era y es frecuente fuera de España la identificación de Franco con el fascismo y el nazismo, pues la guerra mundial alió a Churchill y a Roosevelt con Stalin, y la propaganda marxista gozó largo tiempo de prestigio en Occidente. De ahí la simpatía y apoyo de las izquierdas y parte de las derechas europeas, de gobiernos como el francés, el holandés o el sueco, hacia los comunistas y terroristas de la ETA. No así en España, donde la gente guardaba memoria fresca de la realidad, por lo que la elaboración de una mentalidad antifranquista llevó tiempo. Izquierdas y separatistas tachaban a Franco de dictador sanguinario, pero nunca habrían convencido a mucha gente si no hubiera venido en su ayuda la mayor parte de la derecha (Suárez y su UCD), inhibiéndose de la aclaración y defensa del régimen anterior, es decir, de sus propios orígenes. Y ello pese a que el rey lo era por designación de Franco y casi todos los políticos de la UCD provenían del franquismo. Y pronto la otra derecha con más principios, la AP de Fraga Iribarne, siguió por la misma senda. Todos aceptaron la equiparación de antifranquismo con democracia, desarmándose políticamente, y de ahí las concesiones excesivas a las izquierdas y los separatismos para hacerse perdonar o disimular el pasado; y la falsificación de biografías, como hicieron también muchos líderes izquierdistas y secesionistas, “contaminados” por sus antecedentes franquistas.
La izquierda y los separatismos comprendieron y explotaron a fondo la magnífica baza que le ofrecía una derecha autodesarmada ideológicamente. Pero fueron personas muy vinculadas al régimen anterior por su carrera personal y profesional, quienes con más empeño y eficacia lo atacaron, a través del diario El País, dirigido por un personaje que, al calor de su familia falangista, se había promocionado en los medios de masas del régimen hasta ostentar altos cargos; y financiado por otro personaje, J. Polanco, que había labrado su fortuna en la intimidad de ministerios de Franco. En la misma línea operó la revista Interviú, montada por gente solo interesada en la ganancia, y que alcanzó tiradas nunca vistas mezclando la pornografía y el reportaje escandaloso con la opinión antifranquista. Cabe mencionar también, entre otros, al Grupo16, legal bajo Franco y colaborador propagandístico de la ETA, según reconoció su promotor Juan Tomás de Salas*. El país entró en un peculiar estado de farsa. No por azar el ataque a Franco lo fue también a España, hasta disimular su nombre como “Estado español”.
El proceso ha culminado con la llamada ley de memoria histórica que, partiendo de la izquierda y el separatismo, difícilmente podía ser democrática. Y no lo es: al estilo de los gobiernos totalitarios, pretende imponer por ley una falsificación grosera de la historia. Básicamente trata de deslegitimar al régimen de Franco y legitimar al Frente Popular, confundido fraudulentamente con la república. En fin, intenta imponer la ruptura no alcanzada en 1976, y de ahí la deslegitimación solapada de la transición, de la democracia y de la monarquía nacidas del franquismo. La derecha, como siempre, se ha inhibido, y el resultado ha sido un resurgimiento de odios y una involución política caracterizada por renovados impulsos secesionistas, por un mayor descrédito del poder judicial y aumento de la corrupción y la irresponsabilidad económica conducentes a una profunda crisis, entre otras plagas. La sociedad se encuentra hoy en un momento crucial, en que ha de elegir entre una regeneración democrática y nacional, y una degeneración política y económica de probable fin traumático.
* Para más datos, ver mi libro Franco para antifranquistas en 36 preguntas clave, Madrid 2009.
* Stanley Payne, La Europa revolucionaria, Madrid, 2011
* Homenaje a Cataluña, Barcelona, 2001, p. 154
* Estadísticas históricas de España, A. Carreras y X Tafunell,, 2005, Fundación BBVA.
* Publicada en España con el título Por qué tengo razón en todo
* Los primeros etarras se consideraban “víctimas de un horrible pecado colectivo” de los vascos, que no les hacían caso, y para justificar su terrorismo se decían dispuestos a cesar en él “cuando una masa de quinientos vascos sea capaz de manifestarse pública y silenciosamente por las calles”. Recojo estos y otros testimonios en el capítulo “Un terrorismo bendecido”, de Una historia chocante, Madrid, 2004.
* “La gente que estaba en este tipo de prensa, que además era la prensa que tenía más credibilidad, mayores lectores (…) de alguna manera nos habíamos sentido durante muchos años solidarios de la ETA” (citado en mi libro Los crímenes de la guerra civil, Madrid 2004, p. 253).