Rajoy parece imitar a Zapatero. Alcance histórico de la guerra civil

Blog de gaceta.es: Preparando otro genocidio / Lo típico y lo verosímil: el atentado contra Companys

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Recordaré que cuando Zapatero estaba en pleno proceso de  colaboración con la ETA  señalé que Rajoy colaboraba asimismo, lo que motivó un considerable escándalo a derecha e izquierda. Pensé que después de ganar las elecciones cambiaría de actitud, pero ya fue indicativa su agresividad contra Rosa Díez, que le exigía ilegalizar a la terminal etarra Amaiur, como exige la ley en cualquier país civilizado. Ahora está dando nuevos pasos en seguimiento de Zapatero. Alguno habla de que sigue la política antiterrorista de Zapatero. Al revés, se trata de una política proterrorista, anticonstitucional y contraria a todo derecho, consistente en premiar políticamente los asesinatos etarras con el pretexto de una paz que los criminales no lograron nunca alterar de modo importante. Y, precisamente, cuando la ETA había sido llevada al borde del precipicio, en palabras de uno de sus dirigentes. En un país realmente democr´atico y que se respetase a sí mismo, todos esos políticos ir´´ian a la cárcel por, de entrada, colaboración con banda armada.

En relación con la ETA ha habido dos orientaciones: la llamada salida política, contraria al estado de derecho y que ha alimentado al terrorismo durante largos años; y la vía legalista, aplicada por Mayor Oreja- Aznar y que llevó a la ETA “al borde del precipicio”, como recordaba uno de sus dirigentes. Posición de la que salieron los terroristas gracias a que la “salida política” dio un paso de gigante al convertirse en colaboración estricta  con los asesinos por parte de un gobierno delincuente apoyado por unas Cortes asimismo delincuentes. La cuestión la he examinado varias veces y merece más análisis.  En la colaboración del PSOE con la ETA existen profundas afinidades políticas entre ambos: socialistas, antiespañoles o indiferentes a España, etc. ¿Cuáles son las afinidades del PP? En principio ninguna, excepto que la carencia de principios de ese partido le permite cualquier deriva. Habrá que seguir con eso.

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Las raíces de la guerra civil se encuentran en la ruina de la Restauración. Esa ruina no solo afectó al concepto de la nación española, sino también al liberalismo propio de aquel régimen. La crisis del liberalismo cundiría por casi toda Europa después de la I Guerra Mundial, que, al enfrentar a potencias básicamente liberales (incluso la Rusia zarista –no el Imperio otomano—iba liberalizándose), sería interpretada por muchos como el fracaso histórico de  aquel ideario, entendido por unos como disfraz formalista de la explotación burguesa y por otros como un sistema suicida por permitir la expresión y asociación de fuerzas contrarias a él, o por desarraigar a los individuos y diluir la sociedad. Cobraron auge partidos que invocaban una democracia antiliberal, más “auténtica”. El triunfo de la revolución soviética, y pocos años después el del fascismo en Italia, abrieron nuevos rumbos a la historia europea.

En España, el proceso comenzó, pues,  algo antes,  con el “desastre” del 98, visto a su vez, de forma confusa, como fracaso liberal. Entonces se instaló una informal alianza entre separatistas, socialistas, anarquistas, republicanos y regeneracionistas. Sus ideas y fines diferían mucho, pero todos compartían el concepto negativo del pasado hispano, la aversión al liberalismo y el objetivo de echar abajo la “España oficial”, supuestamente “podrida”, la “necrocracia”, es decir, la Restauración.

El primer fruto de aquella alianza sui generis fue el hundimiento de la Restauración, después la II República, y por fin el Frente Popular y la guerra. Entre el hundimiento de la Restauración y la  república medió la corta dictadura de Primo de Rivera, de gran éxito económico (modernizó notablemente al país) y político (eliminó la pesadilla marroquí y, mientras duró, también el terrorismo y los separatismos, tres cánceres del régimen anterior); pero fracasó en el intento de establecer una alternativa estable al régimen liberal y a los impulsos revolucionarios-separatistas.

La república, pues, representó el triunfo de las fuerzas nutridas por el 98, dándoles la ocasión de demostrar sus virtualidades. Llegó con las elecciones municipales de abril de 1931, y aunque enseguida se tiñó de izquierdismo, su principal fautora fue la derecha. Esta (Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura) unificó a los republicanos en el Pacto de San Sebastián y, tras urdir un golpe militar, fallido, los incitó a tomar el poder después de las citadas elecciones; simultáneamente, la derecha monárquica, en plena quiebra moral, dio un autogolpe empujando a renunciar al rey Alfonso XIII so pretexto de aquellas elecciones… ganadas por los monárquicos. Solo después de eso tomaron las izquierdas impulso, manifiesto en una gran quema de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza, provocando un comienzo de resistencia en pequeños sectores derechistas.

Según la leyenda, el gran enemigo de la república fue la derecha, que la saboteó desde en todo momento, pero no es cierto. Sus primeros enemigos fueron los comunistas, débiles entonces, y los anarquistas, mucho más potentes, que mantuvieron al régimen en inestabilidad permanente con su “gimnasia revolucionaria”. Y los socialistas, el partido más fuerte y mejor organizado con su sindicato UGT,  solo aceptaron la “república burguesa” transitoriamente, mientras favoreciera su designio de dominar en exclusiva el país bajo el membrete de “dictadura proletaria”. Los separatistas catalanes obtuvieron una autonomía que, de forma semejante al PSOE, no veían como solución al problema que ellos mismos creaban, sino como un paso hacia la secesión;  los separatistas vascos no tuvieron estatuto, por derechistas, y fracasaron en su intento de imponerse en Navarra. Entre los republicanos, los más votados eran los de Lerroux, antaño radicales y evolucionados hacia la derecha; los republicanos de izquierdas, divididos en grupos discordantes, ganaron fuerza aliándose con el PSOE. Todo ello volvía al régimen muy volátil ya de entrada. Paradójicamente, sería la derecha organizada en la CEDA, al aceptar –sin entusiasmo– tal república, la que pudo aportarle cierto equilibrio.

Azaña, el más destacado líder republicano y jefe del gobierno en el primer bienio, diseñó una estrategia basada en los sindicatos y el PSOE  (“el hombre natural en la bárbara robustez de su instinto”),  a los cuales debía dirigir la “inteligencia republicana”  para acometer un “programa de demoliciones” de la herencia cultural y política anterior. Pronto constataría la negativa de los robustos bárbaros a dejarse guiar por una “inteligencia” que, por lo demás, resultó harto escasa. Las memorias de los políticos de la época muestran, entre otras cosas, esa penuria de inteligencia;  Azaña mismo tacha a los demás políticos republicanos de botarates y corruptos*. Caída la Restauración, solo unía a aquellas fuerzas el odio a la Iglesia. En casi todo lo demás, la acre disparidad de fines e intenciones  auguraba un tiempo convulsivo, como así fue: crecieron las violencias, las insurrecciones ácratas y la delincuencia, mientras fracasaban por ineptitud las reformas agraria, militar y educativa, y pronto el estatuto catalán.

Por ello la izquierda, dominante en el primer bienio, perdió desastrosamente las elecciones de diciembre de 1933, abriendo una posibilidad de rectificación. Sin embargo, las izquierdas y separatistas, demostrando su falta de espíritu democrático, replicaron a las urnas con intentos de golpe de estado y maniobras desestabilizadoras, hasta llegar en octubre de1934 auna insurrección concebida textualmente como guerra civil, apoyada por casi todos ellos y organizada por el PSOE y el nacionalismo catalán, el uno para imponer su “dictadura proletaria” y el otro como avance secesionista. El golpe fracasó dejando 1.300 muertos y enormes destrucciones, pero las divisiones y flojedad de las derechas esterilizaron la ocasión de asentar una república viable.

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La insurrección del 34 fue el verdadero comienzo de la guerra civil, su “primera batalla” en palabras de G. Brenan. Y no solo ni tanto porque las izquierdas la planearon como tal, sino porque su derrota no les indujo a rectificar sus posturas. Imposibilitados de volver a las armas, reaccionaron con una propaganda radicalísima y básicamente falsaria sobre supuestos crímenes de la represión derechista*. Esa propaganda tuvo  máxima trascendencia para la historia posterior, porque polarizó el ambiente social, cargándolo con unos odios hasta entonces menos fuertes: precisamente una causa mayor del fracaso de la insurrección del 34 fue que, salvo en la cuenca minera asturiana, la población no secundó los llamamientos de los insurrectos.

A su vez el derechista Alcalá-Zamora, presidente de la república, llevado de una no menos radical insensatez, dividió a las derechas, arruinó al partido de Lerroux, expulsó del gobierno a la CEDA –el partido más votado– y forzó unas elecciones anticipadas para el 16 de febrero de 1936, en un clima  de furias desatadas. La campaña electoral fue simplemente feroz, con las izquierdas, unidas en lo que se llamaría Frente Popular,  amenazando con el exterminio de la derecha y con no reconocer las votaciones si no les favorecían. El recuento de votos fue falseado en medio de coacciones tumultuarias, certificadas por el propio Azaña. El Frente Popular proclamó su victoria mientras el gobierno nombrado por Alcalá-Zamora huía, y la segunda vuelta electoral se hizo ya bajo el poder izquierdista. Las cifras de votos no fueron publicadas, hecho que, por sí solo y al margen de las otras violencias, descarta aquellas elecciones como democráticas y legitimadoras**. Por tanto, el gobierno resultante no fue en ningún momento legítimo.

Más que un gobierno, el Frente Popular resultó un nuevo régimen en construcción, que aniquiló la Constitución republicana. Azaña, de nuevo jefe del gobierno, anunció que la izquierda ya no abandonaría el poder y procedió a una “republicanización del estado” consistente en una “revisión de actas” para expulsar arbitrariamente de las Cortes a numerosos diputados de derechas; en destituir ilegalmente a Alcalá-Zamora –gracias a cuya escasa cordura mandaba ahora el Frente Popular— de la presidencia, cargo ambicionado por Azaña; en una depuración política de los organismos estatales, expulsando de ellos a los derechistas; en la anulación de la independencia judicial y su sumisión a los sindicatos; en la censura sistemática en la prensa; y medidas parejas que daban el golpe de gracia a la república, ya herida de muerte por la insurrección del 34, cuyos autores ocupaban ahora el poder de forma ilegítima.

Tal  “programa de demoliciones” desde el poder espoleó a los revolucionarios en la calle y los campos. Una ola de ocupaciones de fincas y atentados causó en solo cinco meses entre 300 y 400 muertos, incendio de cientos de iglesias, algunas de gran valor artístico, de sedes y periódicos derechistas y registros de la propiedad; menudearon las agresiones a militares y las huelgas salvajes mientras el paro aumentaba al galope… Las víctimas eran en gran mayoría derechistas y la policía perseguía a su entorno, en lugar de a los asesinos. Hasta el socialista Indalecio Prieto se asustó, y las descripciones de Madariaga y  muchos otros exponen la furia del proceso revolucionario*.

En tal situación, algunos militares, dirigidos por Emilio Mola, conspiraron para, mediante un golpe rápido, imponer un directorio militar republicano que normalizara al país. No se trataba de un golpe contra un gobierno legítimo y democrático, como ha insistido, contra toda evidencia, la propaganda e historiografía de izquierdas, sino de una reacción frente a un sangriento curso de tendencia totalitaria, cuyas raíces lejanas cabe encontrar en el 98 y la resultante descalificación de España y del liberalismo.

El asesinato del líder de la oposición Calvo Sotelo a manos de policías y milicianos socialistas rompió las últimas contenciones, y el golpe comenzó el 17 de julio. Pero, al no imponerse, derivó a una guerra civil que reiniciaba la interrumpida en 1934.

La propaganda, en especial la de la Komintern, ha creado un enorme y persistente  equívoco al presentar la guerra como una pugna entre democracia y fascismo. Basta ver los componentes (de hecho o de derecho) del Frente Popular para calibrar su carácter: los grupos decisivos eran los marxistas del PSOE y los anarquistas de la CNT, y en el curso de la guerra los stalinistas se convirtieron en el partido más fuerte; además estaban los débiles republicanos de izquierda, que ya en la república habían intentado golpes de estado tras perder las elecciones de 1933; más los nacionalistas catalanes, tan golpistas como los otros republicanos, y los separatistas vascos, de un racismo exacerbado no lejano del nazi. El bando izquierdista-separatista se autodefinió a menudo como “rojo”, bastante adecuadamente, o como republicano, falsamente porque el Frente Popular destruyó, precisamente, la legalidad de la II República. Los rebeldes se llamaron “nacionales”, por defender la nación española y su herencia cristiana. Tuvo carácter conservador y autoritario, incluyendo tendencias similares a las fascistas, pero minoritarias,  por parte del grupo Falange. Esta, aunque con peso considerable, nunca tuvo un papel semejante al del partido fascista italiano o del nazi alemán, y solió llevar las perder en sus roces o choques con otros sectores como los católicos o los militares.  Así, la democracia no movió a ningún bando –aunque el izquierdista la invocase con plena falsedad–, porque después  de la experiencia republicana casi nadie creía en ella. Lo que se jugaba era más básico: la supervivencia nacional y cristiana. El levantamiento del 18 de julio de 1936 no se hizo contra ninguna democracia, debe insistirse, sino contra un proceso revolucionario abierto de orientación totalitaria.

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Simultáneamente cundió en las dos zonas el terror contra los enemigos, con miles de homicidios. La crítica a los nacionales por este hecho ha sido intensísima, justificándose las matanzas de las izquierdas como una reacción espontánea y descontrolada al terror contrario, y aun así reconducida luego a la legalidad por las humanitarias autoridades de izquierda. Los nacionales, en cambio, habrían organizado una represión sanguinaria, deliberada y permanente desde el poder. Estas versiones han sido desmentidas con datos y argumentos*: hay semejanzas entre los dos bandos en cuanto al número de víctimas (algunas más por parte de los nacionales, aunque la intensidad con respecto al territorio dominado fuera mayor en los rojos) y en los dos casos la mayor furia se alcanzó en los primeros meses (en el bando nacional, antes de la asunción de la jefatura del estado por Franco) y fue en parte espontáneo y en parte organizado por el poder; la represión posterior siguió cauces más o menos legales. Pero aparte de estas semejanzas hay fuertes diferencias cualitativas casi nunca mencionadas:

a)  Fue la izquierda la que comenzó el terror. El pistolerismo ácrata y sus complicidades socialistas y republicanas habían sido una causa mayor en la quiebra de la Restauración. Al llegar la república, el terrorismo recomenzó con la llamada quema de conventos y pronto con nuevos atentados y asesinatos. Y la rebelión izquierdista-separatista del 34 causó muertes y destrucciones sin precedentes… hasta  la llegada del Frente Popular.

b) El terror rojo en 1936 nacía de un cultivo propagandístico del odio durante largos años y de la seguridad en la victoria, que lo justificaría; mientras que el terror nacional explotó entonces, por el resentimiento acumulado ante las continuas agresiones sufridas con impotencia desde tiempo atrás, y por la necesidad de asegurar la retaguardia en los meses iniciales, cuando la victoria era muy incierta. Fue un terror de respuesta.

c) Los rojos no solo asesinaron a derechistas,  también lo hicieron entre ellos, hecho poco investigado  pero sobre el que abundan informes y testimonios de anarquistas,  socialistas y comunistas, unos contra otros. Añádase la activa intervención  de la policía secreta soviética al margen o por encima del gobierno español.

d) La crueldad roja superó en mucho a la nacional (familias enteras quemadas vivas o exterminadas a golpes, sacerdotes arrastrados por tranvías o mutilados salvajemente, torturas “científicas” en las checas…)

e) Aunque la propaganda de izquierda califica de genocidio la represión nacional, no hay rastro de ello: alcanzó a menos de un 2% de los más o menos comprometidos con el Frente Popular.  Sí fue un genocidio la persecución contra la Iglesia, pues trató de exterminar al clero y de arrasar la cultura cristiana en España.

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Al principio, la victoria del Frente Popular pareció garantizada, pues quedaron en sus manos la totalidad de las reservas financieras, casi toda la industria, las principales ciudades y la mayoría de la población, el grueso de la aviación y la marina, la mayor parte de los cuerpos policiales y casi la mitad  del ejército de tierra. Por ello debe aclarar por qué terminaron ganando los sublevados. Una explicación corriente es que Francia e Inglaterra mantuvieron una “no intervención” que favoreció a los nacionales, los cuales habrían logrado más ayuda de Alemania e Italia que el Frente Popular de la URSS. En realidad, Francia también ayudó significativamente al bando rojo, cuyo gobierno gastó en esa ayuda (sobre todo soviética, aunque también de otras procedencias) entre vez y media y el doble que sus enemigos, por más que una gran corrupción lastró su eficacia.  Con un gasto superior, las cifras de armas recibidas (aviones, tanques, cañones, etc.) son bastante similares a las del bando nacional, por lo que, en conjunto, no pudieron ser decisivas, aunque sí en algún momento concreto.

Hay que señalar varias etapas en la intervención exterior. En un primer momento fue muy poco voluminosa en los dos bandos. Franco logró, con barcos y aviones españoles  (primer puente aéreo de la historia, al parecer), trasladar a la península pequeñas unidades de Marruecos, que bastaron para asegurarle Andalucía occidental y avanzar para unir las dos zonas rebeldes, del sur y del centro-norte, un notable éxito estratégico.   Pronto algunos aviones enviados por Alemania e Italia le permitieron reforzar el puente aéreo. Los rojos disponían de mucha más aviación, más alguna venida de Francia. Fue al llegar los nacionales ante Madrid, en noviembre del 36, cuando resultó decisiva la intervención exterior, en concreto la soviética, que inició una escalada con gran número de aviones y tanques técnicamente superiores a los contrarios, brigadas internacionales y asesores para crear un ejército regular. La guerra, que habría durado entonces 4-6 meses, pudo haber acabado allí de dos maneras: con la toma de la capital por los nacionales o con la destrucción de estos por la gran superioridad roja. No ocurrió una cosa ni la otra, pero la intervención soviética determinó, de modo inmediato, el paso de una guerra de pequeñas unidades (“columnas”) a una de grandes ejércitos y la escalada en la ayuda italiana y alemana (Cuerpo de Tropas Voluntarias y Legión Cóndor), y la continuación de la contienda durante casi dos años y medio más.

Pero lo esencial de la intervención externa no es el aspecto cuantitativo, sino el cualitativo, condensable en dos puntos: 1) Hitler no había emprendido aún su carrera de matanzas en masa, mientras que Stalin ya tenía sobre sí muchos millones de personas exterminadas directa o indirectamente. Desde ese punto de vista, la ayuda recibida por los nacionales fue mucho más “limpia” que la de sus contrarios. 2) Franco mantuvo plena independencia con respecto a Hitler y Mussolini, mientras que Stalin ejerció un verdadero protectorado sobre el Frente Popular por tres medios: su control de los recursos financieros españoles, enviados a Rusia por el gobierno rojo; sus asesores y policía política, que gozaron de un poder que nunca tuvieron en el bando nacional los alemanes e italianos; y sobre todo por el Partido Comunista español, que se convirtió  en el más fuerte del Frente Popular, hegemónico en el ejército y la policía*.

Los fines de la intervención alemana e italiana fueron, por una parte, impedir un país revolucionario a la entrada del Mediterráneo y asegurarse un amigo a espaldas de Francia; por otra, distraer a la opinión de maniobras políticas en Centroeuropa y como ocasión de adiestrar a sus tropas. La Unión Soviética creía que más bien pronto que tarde estallaría una  guerra “imperialista” en Europa, similar a la I Guerra Mundial, y su estrategia trataba de que la misma se produjese entre las democracias y los países fascistas, y no entre estos y la URSS. España le ofrecía una excelente ocasión para promover ese enfrentamiento, que no consiguió. Simultáneamente trataba de hacer de España un país títere al estilo de los que impondría más tarde en Centroeuropa. Por todo ello, la guerra española cobró una apasionada proyección por Europa, Usa, Hispanoamérica y Filipinas, estas últimas debido a los vínculos históricos. Pues parecía jugarse en ella, de un modo u otro, el destino de Europa*.

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Las causas de la victoria nacional son otras, y no solo militares. Fue una guerra muy original, porque los dos bandos hubieron de afrontar tres grandes problemas, poco subrayados en la mayoría de los historiadores: poner en pie un nuevo estado pues el anterior se había hundido a raíz del alzamiento de julio del 36; organizar un ejército en regla, por la misma razón; y asegurar la unidad política entre fuerzas dispares. Resolver estos problemas sobre la marcha y por así decir bajo el fuego, exigió una destreza organizativa de primer orden, en la que Franco superó netamente a sus enemigos: estableció un aparato estatal ligero y algo primario, pero eficiente, creó un nuevo ejército de estilo conservador, pero aguerrido y disciplinado, y unificó a los suyos sin apenas efusión de sangre. El bando rojo solo llegó a unificarse a medias y con grandes coacciones, asesinatos y alguna pequeña guerra civil interna en mayo del 37; por lo mismo, su nuevo estado funcionó con grandes roces,  y su ejército, en cuya organización se adelantó al contrario y aplicó mayores innovaciones, solo logró  eficacia, más que nada defensiva, a costa de un disciplinarismo casi terrorista.

Y también la conducción militar de Franco fue superior a la de sus enemigos, pese a contar estos con asesores soviéticos de primera fila, como demostrarían luego en la lucha con Alemania. Franco no tuvo una sola derrota, aparte de la parcial de Guadalajara, aunque cosechó algunos fracasos –sin ser derrotado—. El ejército rojo fue capaz de lanzar ofensivas peligrosas incluso cuando parecía tener perdida la guerra. Pero una y otra vez los nacionales supieron parar los ataques y convertirlos en desastres para los atacantes. También cabe señalar que el bando nacional registró numerosos hechos de heroísmo (el del Alcázar de Toledo es el más conocido, pero hubo muchos más), inexistentes en el bando rojo salvo algunas resistencias enconadas.

El curso de la guerra puede resumirse así desde el bando nacional: partiendo de una inferioridad material casi desastrosa, los rebeldes, con fuerzas muy reducidas, vencieron al Frente Popular en Guipúzcoa y, sobre todo, lo llevaron al borde del hundimiento en Madrid, pero aquí fueron rechazados. Entonces se aplicaron a poner en pie un ejército masivo en toda regla, y luego de nuevos fracasos en el Jarama y Guadalajara en invierno y primavera de 1937, optaron por atacar la franja del norte cantábrico, de gran valor estratégico y económico por su industria pesada y de armamento, sus minas, ganadería, etc. La lucha allí se complicó por tener que afrontar ofensivas rojas en el centro y Aragón sobre todo por Brunete y Belchite, que fueron repelidas, y Franco obtuvo en el norte victorias aplastantes, alguna de ellas gracias a la traición de los separatistas vascos a sus aliados del Frente Popular. Hacia finales de octubre de ese año, su victorioso ejército era por primera vez algo superior materialmente al contrario.

Entonces, mientras se preparaba de nuevo para conquistar Madrid, Franco debió hacer frente a una ofensiva roja por Teruel, que triunfó en un primer momento, para ser a continuación doblegada y convertida en catástrofe para sus enemigos, y los nacionales llegaron al Mediterráneo en abril de 1938, aislando a Cataluña de Valencia. Por entonces, la tensión en Europa subía de punto con la unión de Austria a la Alemania hitleriana, a mediados de marzo, y en Francia el gobierno izquierdista de León Blum planeó intervenir en España a favor del Frente Popular, aunque no se atrevió a realizarlo, limitándose a facilitar a los rojos gran apoyo logístico. El peligro internacional movió a Franco a orientar su ofensiva sobre Valencia, en lugar de sobre Cataluña, que tenía mayor valor estratégico pero podía provocar la intervención francesa. El avance a Valencia fue lento, por la dura resistencia, y el 25 de julio, el bando rojo lanzó a retaguardia nacional la gran ofensiva del Ebro. En principio, la concentración del ejército rojo en el Ebro ofrecía la posibilidad de embolsarlo a su vez por retaguardia, pero la operación no solo era difícil, sino que, nuevamente, podía animar las amenazas francesas. Franco prefirió destruir a su enemigo en el mismo Ebro, después de lo cual Cataluña caería previsiblemente como fruta madura. Fue la batalla más larga (casi cuatro meses) y sangrienta de la guerra, y a su final el ejército rojo había sufrido un desgaste irrecuperable, mientras el nacional conservaba su potencia.

Así, la ocupación de Cataluña emprendida con precaución a finales de 1938,  resultó muy fácil, en gran medida  porque la población, harta del dominio revolucionario, daba la bienvenida en todas partes a los de Franco. Estos entraban el 26 de enero de 1939 en Barcelona, entre una multitud que los aclamaba. Otra masa de barceloneses, de grado o forzada por las tropas vencidas, pasaba a Francia, donde sería recluida en campos de concentración: la gran mayoría de los huidos retornaría a España meses después.

Quedaba por ganar una extensa zona en el centro-sureste de la península, donde los frentepopulistas disponían aún de un ejército cifrado en más de medio millón de hombres, buenos puertos y una armada poderosa. Franco, en lugar de arrojarse sobre ella, esperó a que los desmoralizados enemigos pelearan entre sí, como ocurrió. El 28 de marzo, los nacionales entraban a Madrid aclamados como en Barcelona, y enseguida ocuparon toda la zona sin disparar un tiro. El 1 de abril Franco emitía su célebre y lacónico mensaje. “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.

Desde la perspectiva del Frente Popular, la conducción de la guerra estuvo mediatizada por las desavenencias internas. Al principio, todos creían tan segura la victoria que se ocupaban más de prepararse a disputar la parte del león en el botín que a dirigir eficazmente la lucha. Los comunistas fueron la excepción. Cuando los nacionales avanzaban sobre Madrid en verano del 36, el gobierno inepto de Giral fue sustituido por el del socialista  Largo Caballero “el Lenin español”. Este gobierno huyó a Valencia, pero entre tanto había logrado la hazaña de integrar en él a todas las fuerzas antinacionales, hasta a los reacios anarquistas. Largo acometió en serio la consigna comunista de crear un ejército regular en sustitución de las milicias (Ejército Popular de la “República”), recibió la asistencia de Stalin a cambio del envío del grueso de las reservas de oro a Moscú, y cuando los nacionales llegaron ante Madrid estaba en condiciones de destruirlos. No lo consiguió, pero retuvo la ciudad y luego paró tres ofensivas nacionales sucesivas. El “Ejército Popular” no era una quimera.

Sin embargo la unidad política alcanzada por Largo resultó  endeble. El descontento de los anarquistas crecía, los comunistas iban haciéndose con la hegemonía en el ejército y los soviéticos trataban de imponer una tutela contra la que terminó por rebelarse el “Lenin español”. La pugna se resolvió con una miniguerra civil intraizquierdista en Barcelona, ganada por los adversarios de Largo, quien fue sustituido por el también socialista Negrín, mucho más identificado con los comunistas y con los soviéticos: como principal responsable de la entrega del oro español a Moscú, era muy consciente de la dependencia política que ello traía consigo.

Al desviar Franco sus esfuerzos de Madrid al norte cantábrico, los rojos tuvieron la ocasión de contraatacarle en el centro, donde habían adquirido una gran ventaja. Lo hicieron sucesivamente por las inmediaciones de la capital y  por Brunete, Huesca y Belchite pero, sorprendentemente, su superioridad en infantería, artillería, carros y aviones chocó contra unas resistencias encarnizadas y no logró ni aniquilar a su enemigo ni apenas distraerle de su ofensiva norteña. Al perder la franja cantábrica, Negrín hizo un esfuerzo titánico para reclutar una nueva masa de tropas y atacó y tomó Teruel. Pero este triunfo solo prologó una gran derrota frentepopulista, cuyo territorio quedó partido en dos, lo que aumentó el desánimo y las rivalidades políticas internas. Azañistas, separatistas catalanes y vascos, y algunos socialistas conspiraban en pro de una paz separada o de compromiso a costa de los comunistas y haciendo intervenir a otras potencias, con posible división del país. Negrín los intimidó con despliegues de tropas en Barcelona, al paso que jugaba propagandísticamente la baza internacional de una oferta de paz de la el propio Azaña se burló, teniéndola por añagaza desesperada.

Las posibilidades militares de Negrín eran muy escasas, pero él buscaba alargar la guerra lo más posible, deseando que las tensiones europeas desembocasen pronto en una nueva guerra mundial, y así una intervención francesa e inglesa en España le librasen de una completa derrota. Por ello, lejos de desalentarse, reforzó la represión contra sus aliados, amedrentó a Azaña, consiguió más ayudas soviéticas e hizo un supremo esfuerzo con la ofensiva del Ebro. Durante la misma, sus esperanzas de guerra europea estuvieron cerca de cumplirse en septiembre de 1938, por la crisis de Munich,  pero no tuvo esa suerte. Ante el siguiente y rápido avance nacional por Cataluña, los jefes frentepopulistas escaparon a Francia llevando consigo enormes tesoros expoliados concienzudamente por Negrín desde el mismo año 1936*. Azaña dimitió y el gobierno rojo quedó en posición comprometida.

Negrín y los comunistas trataron de resistir en la zona centro, pero allí muchos anarquistas, socialistas y republicanos detestaban la tiranía comunista y terminaron por preferir la previsible venganza de los nacionales. Intentaron un acuerdo con Franco, que les exigió la rendición incondicional. En marzo estalló una nueva y sangrienta guerra civil entre las propias izquierdas, Negrín, sus amigos y los jefes comunistas huyeron, y de este modo revelador terminó la contienda para los rojos.

Cabe decir que la guerra europea estallaría solo cinco meses después. Pero los que la esperaban para salvarse en España se habrían llevado la inmensa sorpresa de que empezaba con un pacto amistoso entre los nazis y los soviéticos, que en España se habían enfrentado amargamente a través de los bandos en pugna.

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¿Qué significó históricamente la Guerra Civil? Para los revolucionarios una tremenda derrota,  y lo contrario para quienes deseaban salvaguardar la nación y el cristianismo. Aunque el tópico afirma que las guerras civiles son estériles, esta, que fue provocada por las izquierdas, tuvo carácter fundacional, como la de Secesión en Usa y otras: abrió el período de paz más largo y en muchos aspectos más fructífero que haya disfrutado el país desde la invasión napoleónica y creó el espíritu necesario para afrontar retos tan graves como los embates de la  guerra mundial y el aislamiento posterior, y para asegurar una evolución hacia una democracia no traumática en vez de una nueva república. De ningún modo fue estéril y puede considerarse el hecho más trascendental de la historia de España desde la invasión francesa, cuyo ciclo histórico vino a cerrar… si los desafíos actuales causados por el resurgimiento de la alianza izquierdista-separatista no reabren los viejos odios y convulsiones.

Desde el punto de vista internacional, una victoria roja habría complicado en extremo la situación europea, creando un foco revolucionario prosoviético a espaldas de Francia, intolerable para las democracias, y causando probablemente la desmembración del país, lo que habría enredado aún más la situación. Además, habría arrastrado inevitablemente al país a la guerra mundial. Y, al contrario, se temía que la victoria de Franco convirtiese a España en satélite de Alemania e Italia; pero Franco mantuvo celosamente la independencia nacional, como Churchill y otros supieron prever. Lo cual resultó inesperadamente –para muchos– una bendición para los Aliados en su guerra contra el III Reich, ya que una España beligerante al lado de Hitler habría empeorado grave y quizá decisivamente la posición anglofrancesa primero e inglesa después durante 1940, 41 y 42.  El hecho de que la guerra mundial la ganasen las democracias aliadas con el totalitario Stalin hizo que el significado de la victoria nacional se distorsionase masivamente por la propaganda, acompañada de todo tipo de amenazas contra el franquismo. El cual, no obstante, fue capaz de afrontar el temporal y capearlo.



* En Los personajes de la República vistos por ellos mismos he contrastado las memorias de los líderes, comparándolas con los sucesos conocidos, formando así una especie de autorretrato revelador.

* La he analizado a fondo, creo que por primera vez, en El derrumbe de la República y la guerra civil.

** Las memorias de Alcalá-Zamora, robadas por el Frente Popular, se han publicado recientemente, y dan datos sobre las intensas coacciones y hasta cierto punto sobre las votaciones no publicadas.

* Ver Los documentos de la primavera trágica, recogidos por Ricardo de la Cierva. He expuesto el proceso con detalle en El derrumbe de la República y la  Guerra Civil, Madrid, 2001

*Véase Ramón Salas Larrazábal, el primero en sacar la cuestión de la propaganda para incluirla en la investigación científica; o  Ángel David Martín Rubio;  también El terror rojo, de Julius Ruiz. Yo he expuesto en Los crímenes de la Guerra Civil  la falsedad de los asertos propagandísticos.

* Ver, por ejemplo, mi polémica en 2003  con el profesor Moradiellos en la revista digital El Catoblepas, fundada por  Gustavo Bueno.

* Stalin estaba sovietizando el Frente Popular al paso que trataba de atraerse a las democracias, una política contradictoria en apariencia, que ha dado lugar a especulaciones sobre el “buen Stalin”, ansioso de llegar a un acuerdo con Francia e Inglaterra para defender la “democracia” española y frenar a Hitler. En realidad, Stalin buscaba la confrontación entre las democracias y los fascismos, que él consideraba en el fondo potencias burguesas e  imperialistas por igual.

* La realidad de este expolio bien organizado fue reconocida por el propio Negrín en cartas cruzadas con el también socialista Indalecio Prieto, que en Méjico y de acuerdo con el presidente Cárdenas, le había birlado, literalmente, gran parte del tesoro, transportado allí en el yate Vita. También el PNV estuvo cerca de apoderarse de él. Lo he tratado en Los mitos de la Guerra Civil y en otros trabajos.

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Europeísmo e internacionalismo en la crisis española. El caso Repsol YPF según Roberto Centeno

Blog de Gaceta.es: Comunistas y socialistas / Sobre “Sonaron gritos… “/ Guernica / Búblichki

*En “Sitios de interés” (en esta página, a la derecha): Blog de Sebastián Urbina.

* La opinión de Roberto Centeno sobre el asunto Repsol YPF:  http://www.cotizalia.com/opinion/disparate-economico/2012/04/23/repsol-una-gestion-manifiestamente-mejorable-6931

*Hope Aguirry (pronunciar en esdrújula) sigue con sus desmanes contra España. ¡Hay que estudiar en inglés, dice, para alcanzar cualquier puesto en la misma España. La patriota inglesa.

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Los enemigos que el regeneracionismo intentaba anular eran, pues, el pasado español en general, y el régimen liberal de la Restauración en particular. Su objetivo, como remedio a los males que a su entender arrastraba España desde tres, cuatro y hasta trece siglos atrás, se cifraba en una palabra: “europeización”.  Esta era una consigna difundida amplísimamente desde los republicanos exaltados de Lerroux hasta muchos políticos de la misma Restauración. Fue Ortega y Gasset quien lo definió de la forma más radical con su célebre frase: “España es el problema y Europa la solución”. Una frase sin sentido lógico, pero que podría interpretarse como que, siendo España una especie de enfermedad o desvarío histórico, necesitaba una cura de “Europa”. Él mismo hablaba de poder moverse por Europa “sin sentir vergüenza de ser español”.

Claro que España siempre había estado en Europa, salvo, parcialmente, mientras Al Ándalus predominó en la península; pero Ortega decidió que se había “tibetanizado”, esto es, aislado de las corrientes europeas, ya a fines del siglo XVI,  mediante una “radical hermetización hacia el exterior” (aunque no le importaba sugerir que había ocurrido por obra de una dinastía “extranjera”, esto es,  los europeos Austrias). Esta ocurrencia contradecía toda  evidencia histórica. Las influencias del exterior crecieron desde finales del siglo XVI, y no hubo apenas contrapartida de influencia española hacia el exterior, debido a una decadencia cultural que se profundizaría o no se remediaría en los siglos XVIII y XIX. En el XVIII, la orientación más general de la cultura y política hispanas había sido  una Ilustración de corte francés, con solo una resistencia defensiva y no creativa. Las corrientes del XIX (romanticismo y reacciones a este, y sus variantes, incluido el racismo, el liberalismo, el realismo o los utopismos) también marcaron la cultura hispana, que creaba poco de original, aunque aportase un tono  peculiar a los influjos transpirenaicos.

Lo que cabría decir de aquellos siglos, especialmente del XIX, es que España había perdido originalidad e impulso, se había retrasado en economía y cultura respecto de los países punteros de Europa –aunque no del conjunto continental–. Pero el retraso y las convulsiones decimonónicas, muy desusadas en los siglos anteriores, nacieron precisamente de una intervención “europea”, esto, es francesa e inglesa en la Guerra de Independencia. Desde cualquier punto de vista, la frase de Ortega, aparte de su carácter ilógico, carecía del menor rigor histórico, por lo que poco de constructivo podía aportar. Y sin embargo las élites intelectuales, en gran parte, la aceptaron como un programa concentrado. Sus frutos, desde luego, no serían especialmente jugosos.

Y si, como hemos visto, su noción del pasado hispano era en extremo arbitraria y  distorsionada — asombrosamente distorsionada para provenir de personas cultas–, su idea de Europa no era precisamente mejor. La mayoría de los intelectuales españoles de entonces tenía ideas harto primarias sobre el pasado y la actualidad de Europa, que para ellos se reducía a Francia, en primer lugar, más Inglaterra y Alemania. Por extraño (y revelador) que resulte, aquel fervor europeísta no generó un solo estudio o análisis mínimamente serio sobre el objeto de tal devoción. Ni siquiera libros de viaje de algún interés. Se trataba, más bien, de un deslumbramiento ingenuo y provinciano, con rasgos de pensamiento mágico. Será inútil buscar en los regeneracionistas un esfuerzo intelectual superior a estas concepciones simples y tópicas o, menos todavía, algún rastro de una percepción crítica de los problemas y conflictos que no tardarían en despeñar a la Europa más desarrollada en la salvaje  I Guerra Mundial.

Por entonces predominaban en el continente regímenes liberales más o menos democratizados, y la propia Rusia seguía ese camino; pero a los europeístas hispanos eso no les subyugaba, ya que lo mismo ocurría con España. Veían que su “Europa” gozaba de un orden social, riqueza y expansión popular de la cultura superiores a los de España, no tenían claro si esa ventaja provenía de un mayor aporte racial ario, de una mayor humedad climática, de una menor influencia del clero y de los militares, del espíritu protestante, o de todo ello junto, y parecían creer que lo mismo se alcanzaría aquí con poco más que derrocar la liberal Restauración. Luego, la guerra mundial tampoco les procuró mayor lucidez ni les indujo a algún análisis. Al revés, la mayoría de ellos deseó  meter a España, al lado de los franceses, en una contienda que, en el fondo, ni nos iba ni nos venía. En “Las razones de la germanofilia”, un belicoso Azaña maldecía la neutralidad que adormeciendo el espíritu público, halagando su amor a la quietud, le hacía creer que eso era una solución, una política, un refugio seguro contra los trastornos de la guerra. ¿Es que nosotros somos ajenos a la guerra? ¿Vivimos los españoles en la luna? ¿0 disfrutamos de un privilegio tan extraño que no siendo ajenos a la guerra ni los pueblos más cultos ni los más salvajes, ventilándose en ella el porvenir así de los franceses y prusianos como el de los hotentotes, podremos nosotros flotar en una especie de vacío moral, sustrayéndonos a las leyes de la mecánica social y política del mundo? Todo ello después de afirmar –con plena falsedad– que España carecía de ejército y que la neutralidad solo reflejaba la impotencia del país.

Aquel desdén hacia una España interpretada con tópicos simples o absurdos, y devoción  hacia una “Europa” mal conocida o entendida, han marcado a generaciones de intelectuales y políticos españoles desde entonces, y es a un tiempo causa y efecto de la debilidad político-cultural de España, debilidad que aspiraba a subsanar.

La elaboración europeísta no solo reflejaba una notable atonía intelectual, sino que, paradójicamente, trataba de destruir al régimen que, modesta pero eficazmente, estaba cumpliendo sus deseos, es decir, modernizando o “europeizando” a España, superando los pronunciamientos y guerras civiles del siglo XIX, consiguiendo suficiente calma política, mediante cierta armonía entre las corrientes liberales y con la Iglesia para sustentar un progreso económico continuado. Una crítica legítima podría achacar al régimen lentitud y timoratería, y numerosos yerros de detalle, y proponer  mejoras diversas, a las que la Restauración, por lo demás, estaba abierta. Pero aquellas corrientes que tomaban auge después del 98 no hablaban de reformas sino de aniquilar a la que llamaban gratuitamente “necrocracia”. Claro está lo predicaban con la esperanza de abrir paso a grandes mejoras… de las que podría dudar cualquier espectador imparcial, por su vaguedad y frecuente absurdo.

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En el fondo de aquel ataque a la historia de España y el beato y acrítico europeísmo latía una especie de patriotismo dolorido: deseaban que el país se pusiera rápidamente al nivel de Francia y se revolvían contra aquello que a su juicio –muy superficial, como hemos visto– impedía tal ventura. En cambio la actitud de los movimientos obreristas, que también desde el 98 crecieron, tenía un fondo distinto.  Desde luego, aceptaban la Leyenda Negra y la idea de la inferioridad histórica de España, y quizá por ello algunos regeneracionistas como Ortega o Azaña los consideraban un factor de modernización y progreso. Claro está que estos autores solo conocían muy por encima la doctrina revolucionaria (marxista o anarquista) e intenciones de tales movimientos. Pero los obrerismos consideraban los achaques atribuidos a España como algo natural y no esencialmente distinto del resto de Europa, pues todos esos países estarían regidos por el principio de la explotación del hombre por el hombre, ya fuera una explotación  capitalista, feudal o esclavista, según se retrocediese en el tiempo. No dejaban de compartir un europeísmo particular, más diluido y de peor intención, por cuanto creían que en los países punteros de Europa maduraban más rápidamente las concisiones para hacer la revolución, mientras que en España la misma quedaba más alejada, debido al menor desarrollo del capitalismo en España, y la persistencia de rasgos que llamaban “feudales”.  Su idea orientador consistía en la explicación de la historia por la “lucha clases”, que debía abocar al socialismo y al comunismo.

Por consiguiente, uno de los principios clave de aquellos revolucionarios consistía en la negación de todo patriotismo. “Los obreros no tienen patria”, afirmaba un dogma marxista, porque las naciones no eran, en definitiva, más que una especie de patraña ideológica creada por las distintas burguesías a fin de configurar un mercado exclusivo para sus mercancías. Ellos se dirigían a “la humanidad” en abstracto, llamada a emanciparse más pronto que tarde  de sus taras, oscurantismos y opresiones gracias, gracias sobre todo a la acción subversiva del “proletariado”, la clase social interesada, por sus propias condiciones de vida, en abolir la explotación y la opresión, y en organizar la economía al servicio de la colectividad y no de unos pocos capitalistas. De ahí que aquellos movimientos que decían representar a los obreros o al “pueblo” se agruparan dentro de movimientos más vastos, “internacionalistas”. La Primera Internacional fracasó por las pugnas entre los líderes Marx y Bakunin, entre socialistas y anarquistas; una Segunda Internacional, marxista, derivaría hacia posturas solo a medias revolucionarias, con graves disputas en su seno entre los menos extremistas, que quedarían con el nombre de socialdemócratas, y los más raciales.

Los partidarios de Marx estaban representados en España por el PSOE, y los anarquistas se englobaban en la poderosa CNT (Confederación Nacional de Trabajadores). Un motivo de discordia entre ellos era la idea de un socialismo bajo la “dictadura del proletariado”  como etapa intermedia  hacia el comunismo integral. Marx lo consideraba necesario para extirpar los últimos restos de capitalismo y de las ideologías anejas a él, desde la religión a las tendencias, y costumbres, derecho burgués, en un proceso más o menos largo después de haber conquistado el poder. Bakunin y los suyos opinaban que el comunismo nacería de un golpe: el aplastamiento revolucionario de los poderes burgueses haría brotar de forma natural una nueva naturaleza humana más libre y auténtica, una sociedad idílica,  teorizada de forma muy vaga. Por ello, una “dictadura del proletariado”  solo sería otra forma de opresión y perpetuaría esta, incluso agravándola a extremos nunca vistos. Para el comunismo no hacía falta otra preparación que el mismo proceso de lucha contra la burguesía.

Esta retórica parecía ofrecer una explicación  bastante clara –presumía de científica–, de la evolución de la historia humana y de su marcha hacia la emancipación total, y muchos enemigos de ella encontraban gran dificultad en desbancarla, máxime cuando en 1914 estallaba en la civilizada Europa una conflagración cruelísima, achacada a los intereses de las burguesías nacionales. Pero, inesperadamente, la guerra puso de manifiesto unos intensos sentimientos patrióticos en todas las capas sociales, incluida desde luego la de los obreros, a pesar de decenios de propaganda marxista o marxistoide contra las patrias y las naciones. El patriotismo contagió a los propios dirigentes revolucionarios, que, por convicción o por temor de verse aislados de sus propios seguidores, votaron en cada país los créditos y medidas de movilización que la guerra exigía. Hubo al efecto muy pocas excepciones.

Una de esas excepciones tuvo la máxima repercusión histórica: el líder bolchevique ruso Lenin llamó a transformar “la guerra imperialista en guerra civil”. Ciertamente, la doctrina de la lucha de clases constituía en realidad un llamamiento a la guerra civil generalizada. Como nueva paradoja, el Alto Estado Mayor alemán, enfrentado a Rusia,  consideró muy interesante la postura de Lenin, esperando que este destruyese la retaguardia rusa: por ello le facilitó el traslado desde Suiza, donde vivía exiliado, a San Petersburgo, y sufragó gran parte de la masiva propaganda que los bolcheviques realizaron para minar y desorganizar el ejército de su país. El resultado, inesperable para los dirigentes alemanes, como para casi todo el mundo, fue que los bolcheviques tomaron el poder y luego, tras una terrible guerra civil, asentaron el primer estado socialista de la Tierra bajo la dictadura del “proletariado”, es decir, del propio partido comunista o bolchevique. El Imperio ruso se transformó en Unión Soviética.

El nuevo estado se presentó como “la patria del proletariado” y fundó una Tercera Internacional o Komintern (Internacional Comunista), rompiendo con el reformismo de la socialdemocracia. La Komintern agrupaba a partidos comunistas en numerosos países, dirigidos con mano de hierro desde Moscú: esos partidos debían defender a la “patria del proletariado” por encima de sus propias patrias. En España se produjeron pugnas dentro del PSOE, saldadas con escisiones;  el PSOE permaneció al margen de la Tercera Internacional, pero dentro de la Segunda se significó como uno de los partidos más extremistas. El mismo año de la revolución rusa, 1917, protagonizó en España un  golpe revolucionario combinado con huelga y terrorismo. Estuvieron mezclados en él los anarquistas, los republicanos, separatistas catalanes y militares regeneracionistas; aunque estos últimos se echaron atrás  y ayudaron a reprimir la intentona, que fracasó.

Marx sostenía que cuestiones teóricas o filosóficas de difícil aclaración se resolvían por el “criterio de la práctica”, decidiéndose por el propio desarrollo histórico. Durante años pareció que la construcción del socialismo en la Unión Soviética demostraba en la  práctica la posibilidad y necesidad de un socialismo comino del comunismo; pero pronto surgieron dudas, y a partir de su experiencia en España durante la Guerra Civil, el socialista moderado Julián Besteiro definió la práctica comunista como “la aberración política más grande que quizá han conocido los siglos”. Los regímenes marxistas ocasionarían unos cien millones de víctimas mortales en los países donde se asentaron, entre hambrunas y matanzas directas. Conocidas pronto muchas de estas realidades, las izquierdas en España y Europa solían descartarlas como “propaganda burguesa”, o justificarlas como un coste necesario en pro de una sociedad muy superior.

En cuanto al anarquismo, sería España el país del mundo en que tomaría mayor impulso, manifiesto en un terrorismo que causó muerte y heridas a cientos de personas, incluyendo dirigentes políticos de la Restauración. Así contribuyeron decisivamente a la ruina de régimen, provocando el golpe y dictadura de Primo de Rivera, en 1923.

Estos revolucionarismos que, como los regeneracionistas, deseaban destruir la Restauración, obraron contra ella de forma mucho más directa, masiva y violenta que los retóricos Ortega, Azaña y demás. Lo cual no significa que la acción regeneracionista fuera menor: al corroer moral y políticamente a la Restauración, privaron a esta de una defensa adecuada frente al acoso sufrido de todas partes. Si el sistema liberal no perseguía a aquellas fuerzas y les permitía expresarse, organizarse, ganar votos, ayuntamientos y actas de diputado, todas ellas se convirtieron en perseguidoras inclementes de aquel régimen y, de un modo u otro, de la propia nación española.

De este modo, los separatistas denigraban a España en nombre de superioridades “raciales” y diferencias regionales exaltadas artificialmente; los regeneracionistas en nombre de una “europeización” o semejanza deseada con Francia; los revolucionarios en nombre de una revolución que debía liberar al ser humano de sus males seculares. Y todos ellos recogían la herencia de la Leyenda Negra. Este fondo común les permitiría unir fuerzas  durante el siglo XX contra la España “realmente existente”, a pesar de las diferencias y odios entre ellos mismos. Su enemigo común fue cualquier movimiento que reivindicase la herencia y las tradiciones históricas del país, motejadas de “cavernarias”, en comparación con las maravillas de progreso que prometían y se prometían todos ellos. Por ello diagnosticó el célebre diario El Sol a finales de 1935, pocos meses  antes del reinicio de la guerra civil, “Los españoles vamos camino de que nada nos sea común”.

 

 

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Héroes y víctimas: S. Payne critica a Preston. Errores del rey

Blog gaceta.es: ¿Cela en “Sonaron gritos…”?/ Gibraltaradas / ¿Y la dos? 

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Hace algún tiempo, Preston me retaba a que demostrase mentiras suyas en cada página de su libro sobre el “Holocausto” español. Ya he demostrado muchas manipulaciones de Preston en su biografía de Franco o en su libro sobre la destrucción de la democracia en España, y no es cuestión de dedicar el mismo esfuerzo a cada obra que saca, máxime cuando ya el título de la última es una falsedad total: en España no hubo nada semejante a un holocausto o un genocidio… con la excepción de la persecución religiosa, que sí tuvo todos los rasgos, efectivamente, de un genocidio, personal y cultural y cuya calificación olvida Preston.

Pero Stanley Payne ha venido a dejar en claro unas cuantas cosas fundamentales en su reseña del libro de Preston publicada en el Wall Street Journal. Básicamente, el carácter puramente  propagandístico de la versión de Preston sobre el origen y gestación de la guerra, o de la pretensión de que los rojos defendían la democracia, o del tradicional supuesto según el cual el terror rojo fue “espontáneo” y el nacional planificado, argucia sobre la que invocan los simpatizantes del Frente Popular una supuesta superioridad moral de este. Señala Payne que las atrocidades comenzaron simultáneamente y en gran escala en los dos bandos, y no fueron las de izquierdas una respuesta a las de derechas, como también se pretende a menudo. Debiera indicar, a mi juicio, que el terror rojo empezó bastante antes de julio de 1936, en rigor en mayo de 1931 con la famosa quema de conventos, aulas y bibliotecas, y continuó después con muchos cientos de asesinatos  hasta su culminación en el de Calvo Sotelo, por lo que sí puede considerarse que el terror nacional fue, en gran medida, una respuesta al de sus enemigos. Por supuesto, subraya Payne, las cifras demuestran la completa irrealidad de las acusaciones de genocidio por parte de la derecha (no tan claro de la izquierda, en mi opinión): solo fue fusilada al terminar la guerra un 0,8% de los izquierdistas detenidos  en total por los nacionales. Esto no tiene nada que ver con algo tipo Pol Pot o Hitler, como sugiere Preston. No menos curioso es que este afirme querer situar su “holocausto español” en un amplio contexto histórico, cosa que no hace en ningún momento (Payne lo ha tratado en su La Europa revolucionaria): “Si se hubiera preocupado de estudiarlo, el señor Preston se habría enterado de que la represión realizada por el gobierno democrático de Finlandia en 1918 fue equivalente a la española, fuera la de los “buenos” izquierdistas o de los “malos” derechistas”.

Es posible, claro está, hacer un libro de historia exponiendo hechos reales y al mismo tiempo  manipulando su contexto e interpretándolos en sentido irreal. Generalmente, Preston manipula los hechos, y además los presenta en un contexto ficticio o fuera de contexto.

http://online.wsj.com/article/SB10001424052702303302504577325594229771470.html

Otro interesante aspecto de la reseña de Payne es su comentario sobre el cambio del énfasis historiográfico, que ha pasado de los héroes a las víctimas. No debe extrañar, porque los héroes de la guerra, casi exclusivamente, han sido nacionales, mientras que sus contrarios apenas pueden presentar un solo episodio que quepa calificar de heroico. Estos, por consiguiente han centrado su artillería propagandística y seudohistoriográfica en las víctimas, pretendiendo que estas murieron sin otra culpa que la de ser “honrados republicanos”. En general, en Europa, los héroes han sufrido desde hace muchos años el desprecio y olvido por parte de los intelectuales y los medios de masas. Solo que la palabra “víctima” ha diluido su contenido moral hasta no significar casi nada. La ley de falsificación histórica, por ejemplo, equipara bajo el mismo concepto a los chekistas y a Besteiro, así como a los asesinos etarras. El victimismo tiene la ventaja de que, si no se le desenmascara, despierta automáticamente sentimientos de solidaridad con las supuestas víctimas y de repulsión con los supuestos victimarios, y de ahí su explotación propagandística. El intento de la izquierda de equiparar bajo ese epígrafe a los criminales más sádicos con los inocentes refleja, por otra parte, el nivel  moral de nuestra desdichada izquierda.

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Errores del rey

Creo que solo el rey y su entorno pueden derribar la monarquía, como ocurrió con la de Alfonso XIII. Y actualmente Juan Carlos, y por tanto la monarquía, están perdiendo a chorros el prestigio de que largo tiempo gozaron. La institución fue resucitada, hecho único en la Europa del siglo XX, y lo fue por Franco. Combina la legitimidad franquista con la derivada de la transición, y de ahí su popularidad. No es que Juan Carlos hiciera muy bien su papel después de Franco, ni eligiera con mucho acierto al encargado político de pasar a la democracia, es decir, Suárez; pero partía con un capital político de tal envergadura (la prosperidad y la reconciliación alcanzadas previamente), que sus errores han tardado mucho en hacerse evidentes con un país en plena crisis política y económica. Juan Carlos se parece mucho a Suárez como persona simpática y habilidosa, de cultura escasa, más lista que inteligente y un tanto frívola, como viene demostrando.

Admitamos que la tarea del rey fue desde el principio muy difícil. Debía mantener un equilibrio cambiante entre unas derechas que debían ser respetadas y unas izquierdas naturalmente antimonárquicas y de tendencias montaraces. Tarea para personas con visión de futuro, con verdadera talla de estadista, cosa que nunca ha sido Juan Carlos, a pesar de la propaganda laudatoria de que ha disfrutado largos años. Probablemente fue su consejero Sabino Fernández Campo quien libró al monarca de los peores traspiés, pero con el tiempo estos han aumentado, no siendo el peor de ellos su infidelidad conyugal a la reina, que sí ha sabido siempre estar en su sitio.

Uno de los errores de Juan Carlos ha sido abusar excesivamente de la derecha y querer congraciarse, también excesivamente, con la izquierda. Gil-Robles, en plena degradación política allá por 1944, recomendaba a Don Juan que, para asentar la monarquía, debía buscar el apoyo de la izquierda, ya que la derecha le respaldaría “por la cuenta que le tiene”. La mala lección parece haber perdurado, y la frivolidad de Juan Carlos le ha llevado a ganarse muy serias enemistades en la derecha sin que, por supuesto, haya obtenido de la izquierda y los separatistas –tradicionalmente unidos—la menor lealtad auténtica. Por el contrario, una y otros han jugado al chantaje permanente, utilizando la “defensa” de la monarquía para socavar la democracia y a España.

No soy monárquico, sino simplemente demócrata. Pero creo que Franco vio en la monarquía un elemento de continuidad histórica y de estabilidad política. Lo sigue siendo, a pesar de las numerosas meteduras de pata del rey. Una república no tiene por qué ser mala, aducen muchos. Muy cierto. Pero la experiencia histórica debe contar, y las dos repúblicas habidas han llevado al país al borde de la desintegración; y, por desgracia, basta oír y leer a los republicanos de ahora mismo para recordar cómo describían a los de su tiempo Azaña y otros:  http://libros.libertaddigital.com/el-personal-republicano-1276231219.html

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Hope Aguirry, patriota inglesa / El 98 (III) El regeneracionismo y España.

Blog de gaceta.es: “Sonaron gritos y golpes a la puerta”. Recuerdos sueltos: Un hombre de mundo.

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Señor Moa: Veo en el metro unos grandes anuncios en que se afirma, más o menos, que si un niño quiere llegar a algo, alcanzar alguna buena profesión, debe estudiar en inglés. No inglés, (u otro idioma), sino EN inglés. Son anuncios de la Comunidad de Madrid y de una tal institución Trinity. Confirma todo lo que viene usted diciendo sobre esta autocolonización que nos imponen nuestros políticos con una propaganda desvergonzada. También cuando le veo en Intereconomía, me molesta mucho que de vez en cuando suelten un “Now everibody” o cosa por el estilo. ¿Es que son idiotas? Le quita seriedad y le añade lacayismo, como usted dice. Otra crítica: en el programa de Esparza salen de vez en cuando unos aplaudiendo y gritando a la americana. Yo creía que era un programa serio, y eso lo convierte en una bobada al estilo de la telebasura. Veo a menudo la BBC y creo que nunca harían semejantes cosas en un programa que pretende ser serio. Parece que en España hay una inclinación siempre a caer en lo chabacano. Le quita seriedad incluso cuando habla usted. También creo que alguna vez habló usted sobre los abusos de la publicidad. ¿Por qué no recoge un tema que tienen abandonado todos los demás? Gonzalo Gómez Pérez.

Pues sí, doña Hope Aguirry es una patriota… inglesa. Tiene algunas ideas claras en cuanto a las autonomías y otras cuestiones, más o menos claras en economía, pero esas virtudes las echa a perder con su anglomanía obsesiva. Dice defender a España frente a los separatismos, pero su programa real tiende a disolver a España en Anglosajonia. Recuerda a los afrancesados: tenían algunas buenas ideas reformistas, pero en definitiva pretendían hacer de España un satélite de Francia (en parte, solo en parte, lo  era desde Felipe V), incluso cediéndole  el país al norte del Ebro. Eso los convertía en agentes del ocupante y los descalificaba totalmente.  Hace poco, doña Hope hablaba de Gibraltar como “objetivo irrenunciable”. Eso solo son palabras si a cambio se gibraltariza el conjunto del país. Por otra parte, la frase solo puede significar algo si se acompaña de un plan de medidas concretas y progresivas, hasta el cierre de la verja y del aeropuerto (sus vuelos vulneran el espacio aéreo español) si fuera preciso. Los ingleses saben muy bien lo que significan las palabras vacuas, y se ríen y chulean de ellas, como vienen haciendo.

En lo de Intereconomía estoy bastante de acuerdo. Creo que debieran corregir esos fallos. Y de la publicidad, es decir, de cierta publicidad ofensiva, habrá que hablar más, desde luego, porque la publicidad comercial no es neutra y contribuye extraordinariamente a conformar mentalidades.

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EL REGENERACIONISMO Y ESPAÑA.  

Si la crisis del 98 dio impulso a los separatismos, no lo dio menos a un peculiar nacionalismo español, el llamado “regeneracionismo”, que también tenía algunos precedentes. Descubrían estos que el pasado español no debió ser como realmente fue, sino que en algún momento nefasto se había “desviado”,  en lugar de haber seguido los rumbos que cada opinador creía más acertados. Unos denunciaban la orientación euroamericana tomada a finales del siglo XV por España, la cual, argüían, debiera haberse volcado en África, su campo de expansión “natural”. No faltaba quien llevaba el origen de la desviación hasta el siglo VI, con la conversión del rey godo Recaredo al catolicismo, engendrador de la nefasta alianza entre la oligarquía y el clero. Dentro del racismo de los tiempos —harto diluido en España, excepto en los nacionalismos catalán y, sobre todo, vasco—, se escuchaban avisos deprimentes sobre la escasez del elemento “ario” en el país, con lo que los males tendrían muy difícil remedio. Regeneración de un país estropeado desde siglos atrás era el lema clave. Tales pintoresquismos pasaban por ejercicios intelectuales de enjundia.

El regeneracionismo se extendió entre un amplio sector de la intelectualidad, que incluía a muchos de los más influyentes escritores de la época o posteriores, hasta convertirse casi en un lugar común.  Sin conformar una doctrina precisa, funcionó más bien como un conjunto nebuloso de tópicos a menudo incoherentes, pero que han venido pesando hasta hoy mismo. Podría resumirse en tres puntos fundamentales: modernización del país, rechazo hacia el pasado español y condena del  régimen liberal de la Restauración, considerados, este y la historia anterior como rémoras que mantenían a España en el atraso y la impotencia. No faltaba en ese movimiento una inclinación por medidas de fuerza, a un dictador imbuido de tales ideas.

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Expondré brevemente opiniones de varios de los principales representantes o teorizadores, si así quiere llamárseles, del regeneracionismo. Costa, perturbado por el Desastre, proponía, para remediar los males del país, la consigna “Escuela y despensa”, que sonaba razonable y a la vez demasiado simple,  por cuanto no definía bien cómo se llenaría la despensa ni qué se enseñaría en la escuela. Por lo pronto, se enseñaría una versión que, si bien exaltaba algunos rasgos históricos de España, la presentaba como un fundamental extravío hasta desembocar en “una nación frustrada”, hecho deplorable que le inducía a “fundar España otra vez, como si no hubiera existido”; imaginaba el pasado de España como el de un país guerrero e improductivo, y proponía echar “doble llave al sepulcro del Cid, para que no vuelva a cabalgar”. Al margen del acierto o error de sus recetas –fundamentalmente agrarias en un país que iba industrializándose–, el pasado y el presente hispanos resultan en Costa caricaturizados hasta extremos pueriles. Fracasó en su intento de encabezar un vigoroso  movimiento político, pero sus ideas, o lo más vagoroso de ellas, hallarían amplio eco entre políticos e intelectuales.

Azaña, que por entonces iniciaba su carrera, descalificaba con énfasis aún mayor a la España histórica, que aspiraba a sustituir por unos esquemas un tanto  retóricos. Esa descalificación constituye la base de su pensamiento político. En El jardín de los frailes se mofaba: “España era la monarquía católica del siglo  XVI (…) Ganar batallas y con las batallas el cielo; echar una argolla al mundo y traer contento a Dios”, creando un prototipo humano con un “intelecto ergotista y alma fanática de un vate hebreo”. La época de mayor poder e influencia de España se reduciría, según afirmaba en su errático discurso Los motivos de la germanofilia,  a un  imperio donde “no hubo más que mendigos y frailes, aliñado con miseria y superstición”. La historia de España se habría torcido  definitivamente con la derrota de los Comuneros de Castilla en el siglo XVI (una idea tópica muy extendida por los republicanos y la masonería desde el siglo XIX). Por suerte, y gracias a tales aclaraciones, “Los españoles están vomitando las ruedas de molino que durante siglos estuvieron tragando”.

Todavía más claro es su discurso programático Tres generaciones del Ateneo, de 1930, cuando pasó a intervenir de lleno en la política (y lo hizo promoviendo un golpe militar). Comparó el pasado español con una sífilis hereditaria, por lo que “Nada puede hacerse de útil y valedero sin emanciparse de la historia”; “Ninguna obra podemos fundar en las tradiciones españolas”. Así, aquella enferma herencia histórica requería “una empresa de demoliciones”, dirigida por “la inteligencia republicana”, que buscaría el apoyo y el impulso en los sindicatos revolucionarios, “el hombre natural en la bárbara robustez de su instinto”. Advirtió que “Si agitan el fantasma del caos social, me río”,  y que “no seré yo quien siembre desde esta tribuna la moderación”.  En suma, aspiraba a que “el presente y su módulo podrido se destruyan” mediante una alianza entre la inteligencia y lo que él mismo reconocía como barbarie. Este discurso condensa una estrategia y pensamiento político, y explica también una gran causa de las convulsiones del país en los años 30. En Los personajes de la República vistos por ellos mismos expuse con cierto detenimiento la evolución de las actitudes e ideas de Azaña, a menudo malinterpretado tanto por sus admiradores como por sus denostadores.

No menos drástico se mostraba Ortega y Gasset, que desde pronto despuntó como el intelectual más prestigioso, con fuerte influencia sobre otros como Américo Castro, Pérez de Ayala, Marañón, etc. De la Semana Trágica de 1909 en Barcelona, Ortega concluyó que “España no existe como nación”. El país llevaba al menos tres siglos y medio de “descarriado vagar”, bajo los efectos de una “enfermedad” que afectaba tanto a las clases gobernantes como al conjunto, por lo cual “¿No es cruel sarcasmo que  (…) se nos proponga seguir la tradición nacional?”. Y proponía algo tan extraordinario como “quemar en un grande, doloroso incendio (…) la España que ha sido, y luego, entre las cenizas bien cribadas, hallaremos como una gema iridiscente la España que pudo ser” (OOCC, I, Madrid, 1946, p. 272 y ss). Retórica tan grandilocuente como vacua, cuyo sentido es imposible vislumbrar, fuera de algún programa como el de Azaña. Ortega desarrolló sus ocurrencias en su España invertebrada, colección de dislates no muy disímil de los de Arana o Prat de la Riba, si bien con tono más moderado.

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En fin, las antaño consideradas hazañas y glorias hispanas, como el descubrimiento de medio mundo, las conquistas y colonización de América, la evangelización, la fundación de ciudades y universidades, el establecimiento de relaciones entre todos los continentes habitados, la Reforma católica, la contención de los expansionismos turco, protestante y francés, etc., pasaban a ser miradas con desprecio o con burla, o simplemente ignoradas. Para ellos, y con divergencias de matiz, España habría sido el país de la Inquisición y de los genocidios, de la miseria, el oscurantismo y la superstición, y las supuestas glorias debieran más bien avergonzarnos. Los “buenos” habían sido, precisamente, los enemigos de España, empezando por los cultos y refinados musulmanes y siguiendo por los franceses y los protestantes (generalmente no incluían a los otomanos). La cultura del Siglo de Oro suscitaba despego, excepto algunos autores prestigiosos, en particular Cervantes, a quienes se pretendía convertir en precursores de las ideas de los regeneracionistas.  A tales tiradas no replicaba casi nadie, como hubo de lamentar Menéndez Pelayo con su acerba crítica a los “gárrulos sofistas”.

Salta a la vista la semejanza de este peculiar nacionalismo español con el vasco y el catalán. El motivo común a todos era el desprecio o el odio hacia la España histórica, de la que derivaba el desprecio y odio implícito en Arana y Prat de la Riba a la Cataluña o las Vascongadas reales, que durante siglos no solo habrían soportado una horrible opresión, sino que se habrían identificado abyectamente con sus supuestos opresores, al sentirse españoles los vascos y los catalanes.  También se asemejaban los estilos de todos ellos, entre plañideros y amenazantes, y sus tonos exagerados y un tanto megalómanos, de parva sustancia intelectual. Pero de las mismas premisas (la inexistencia de España como nación o, en cualquier caso, su existencia como una nación “anormal”, “enferma”, “desviada”), los separatistas sacaban una conclusión contraria, y quizá más lógica, que los regeneracionistas: había que acabar cuanto antes con la pesadilla, es decir, con una España que seguramente no sería regenerable.

Los regeneracionistas tenían harto mayor talla intelectual que los separatistas, aunque esa talla menguaba cuando bajaban al terreno político e histórico. También eran menos absorbentes y exaltados que los Arana, Prat o Cambó. Y resultaban chocantes como cuando Costa repudia al Cid: el espíritu de este les habría venido muy bien para llevar a cabo la inmensa tarea que al parecer se proponían: nada menos que fundar o refundar una nación que tan honda huella había dejado en la historia humana. Comparadas con ese objetivo, las pretensiones de Prat o de Arana sonaban a modestas y llevaderas empresas provinciales. Pero la pasión retórica de los regeneracionistas no iba en serio: se limitaban a juguetear imaginativamente con ella, autoerigidos en jueces del pasado y del porvenir, o adoptaban poses de desengaño y pesimismo; y se preocupaban más de “arreglarse la vida” como funcionarios que en consagrarse a su imaginaria misión. Al contrario que Prat o Arana, respondían al tipo clásico del “señorito”,  un tanto frívolo, más bien que al de hombre inspirado o al hombre de acción.

Frente a las construcciones imaginarias ya examinadas, la nación española no precisaba invenciones, porque la huella de su pasado estaba presente en medio mundo, en los numerosos países hispanohablantes, en los nombres hispanos extendidos por el Pacífico y por América, en la expansión católica, etc. Y hechos como la eclosión cultural del Siglo de Oro o la defensa española de Europa frente al expansionismo otomano, de la Europa católica frente a la expansión protestante o la recuperación posterior, no eran mitos, sustentaban un sentimiento nacional que pocos creían necesario sistematizar en doctrina. Y sin embargo quedó claro que la inercia histórica no bastaría frente al enconado ataque de los movimientos que tomaron cuerpo tras el 98.  Hacía falta una alternativa  apoyada en el pasado y respetuosa con él, y al mismo tiempo adecuada a los nuevos tiempos. La cual no se produjo, en gran medida por aquella especie de traición de los intelectuales.

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Como quedó indicado, la primera fase de la regeneración consistiría en acabar con aquel régimen liberal, que para Costa se resumía en dos rasgos totalmente negativos: oligarquía y caciquismo. Mandaba en el país una “minoría absoluta, que atiende exclusivamente a su interés personal, sacrificándole el bien de la comunidad”. A esa minoría la calificó de “necrocracia”, poder de lo muerto, de lo inútil, losa aplanadora de las energías populares. Y las había aplanado hasta el punto de que el pueblo había perdido la voluntad, era incapaz hasta de “leer periódicos”, y carecía de “ciudadanos conscientes”. Por tanto, era preciso un dictador ilustrado, enérgico y altruista, un “cirujano de hierro”, que sacase al país del marasmo. Había que “declarar ilegítima la Restauración”. Azaña no le iba a la zaga en sus invectivas, que resumía en la frase: “He soñado destruir todo ese mundo”. Ortega habla de “estos años oscuros y terribles”, de una “España oficial” empeñada en asfixiar a “la España vital”. Define como “el gran corruptor” o “maestro de corrupción” a Cánovas, fundador de aquel régimen y político muy respetado en toda Europa. Por contraste, el epiléptico período anterior a la Restauración solía ser mirado con simpatía, como una edad “vitalista”. Escritores y artistas como Valle-Inclán, embellecían incluso el terrorismo anarquista o aplaudían a un socialismo que realmente no entendían, como ocurrió con Ortega o Unamuno.

Ciertamente las críticas de unos y otros a la Restauración,  centradas en la corrupción electoral y municipal, la escasa atención a la enseñanza, la desprotección de los trabajadores manuales, etc., no dejaban de tener algún fundamento. Pero solían ser ataques exagerados, faltos de verdadero análisis y enfocados desde fáciles utopismos que ignoraban la evolución del país, las dificultades reales y la necesidad de tiempo y calma para mejorar; todo lo cual entrañaba un grave riesgo de guerra civil en beneficio de unas soluciones vagas o estériles. Por cierto, se hablaba a menudo, con toda frivolidad, de la conveniencia de una guerra civil.

Pues la Restauración había superado la inestabilidad política generada por los constantes pronunciamientos, golpes de estado y guerras civiles, la debilidad cultural y el estancamiento o escasa prosperidad económica del período anterior. La conciliación entre conservadores y liberales aportó al país un crecimiento sostenido, por primera vez desde el siglo XVIII, una industrialización lenta y parcial, pero sostenida y en auge, una reducción, aunque menos rápida de lo posible y necesario, del analfabetismo,  un renacimiento cultural importante con desarrollo científico, por primera vez en largo tiempo. Había sido uno de los primeros en Europa en establecer el sufragio universal y proporcionaba también libertades cívicas, que permitían fundar y desarrollar las más diversas tendencias políticas. El achacado caciquismo era producto más bien de un país agrario y sin experiencia democrática (fenómenos semejantes existían en Inglaterra, Francia o Usa, por ejemplo), y era fácilmente superable, como demostraron bien pronto los partidos republicanos y nacionalistas regionales, entre otros. Lo que parece más lógico y razonable habrían sido unas críticas y propuestas reformistas, en lugar de destructivas, animadas por un radicalismo intelectualmente endeble. Defectos de los que también adolecía su posición hacia la España histórica.

Tales actitudes no dejaban de tener serias consecuencias. Aquellos intelectuales habían sido mimados, dentro de las posibilidades, por el régimen, habían gozado de una educación privilegiada, viajes de estudio al extranjero, etc., y en cambio se rebelaban bajo consignas irrelevantes, dejando a la Restauración sin respaldo intelectual y moral frente a las corrientes ácratas, marxistas, separatistas y republicanas exaltadas, con las que, de hecho se alineaba aquella intelectualidad. Y un régimen privado de tal respaldo no puede durar demasiado.

Así, la Restauración terminó hundiéndose en 1923. Pero debe señalarse que su capacidad de resistencia desde el 98 fue notable, pese a tan adversas circunstancias, lo que indica que fue mucho más que un mero montaje “artificioso”, “corrupto”, “irreal”, “podrido”, “inane” “muerto”, como lo calificaban sus contrarios. Y su caída final iba a demostrar que las alternativas propuestas solo empeorarían la crisis española, arrastrándola hasta la guerra civil.

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Otra faceta del problema es la suposición,  invocada a menudo, de que el mero surgimiento de estos movimientos y  su persistencia demostrarían que, en definitiva, España era una “nación fallida”. El liberalismo habría intentado a lo largo del siglo XIX “construir” una nación, y fracasado en el empeño. Claro que, a su vez, el empeño  por destruir la nación española lleva más de un siglo fracasando, de modo que el problema, obviamente, no puede plantearse así.

La nación española existe, como he señalado, desde Leovigildo, y como comunidad cultural desde Roma. El liberalismo no ha aportado ninguna nación nueva, sino el concepto nacionalista de la misma, esto es, la soberanía popular y otros rasgos como la unidad de mercado o las libertades públicas. Lo que ha resultado débil no es la nación, sino ese nacionalismo, y la causa la encontramos a su vez en la debilidad liberal. A lo largo del siglo XIX, el liberalismo hispano derrotó al tradicionalismo feudalizante del Antiguo Régimen, consiguió una básica unidad de mercado y unas libertades públicas. Su problema consistió en no haber obtenido una aceptación muy amplia, en gran medida porque llegó asociado, en una mentalidad popular extendida, a las devastaciones de la  invasión napoleónica, al anticristianismo nacido de la Revolución francesa, con su terror y matanzas, e incluso a la conducta de los aliados protestantes ingleses, que causaron graves saqueos, destrucciones y violaciones. Por eso muchos entendieron el liberalismo y sus programas como antiespañoles, esto es, extranjerizantes y antirreligiosos. Antes de la invasión francesa, España se iba recuperando de una larga decadencia, proceso que la agresión quebró bruscamente, por lo que mucha gente miraba la época anterior como un modelo apropiado para mantener a España en paz y en progreso. Aunque aquel sistema resultaba ya atrasado y anacrónico.

A todo ello se añadió el largo período de luchas entre los propios liberales, por medio de golpes y pronunciamientos militares que nada tenían que ver con un fracaso de “la nación” y sí con deficiencias del propio liberalismo. Tal situación, superada por la  Restauración, volvió a degenerar desde el 98 con movimientos como los mencionados, que iban a causar continuas convulsiones hasta su derrota en 1939. Después, en la Transición resurgieron algunos, en particular el socialismo y el separatismo bajo la forma terrorista de la ETA, que han impedido la estabilidad y desarrollo de la democracia, hasta llevarla a la nueva crisis actual. Decir que ello demuestra el fracaso de la nación española es como decir que una estafa demuestra el fracaso del estafado.

Nota: las citas  aquí expuestas están documentadas en mis libros Los personajes de la República vistos por ellos mismos ( capítulos “La marca del 98” y “El problema de España”), y de  Una historia chocante (capítulos “Sabino Arana, el fundador, Prat de la Riba, el sistematizador” y “Los retos del siglo XX”).

 

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Efectos del 98 (II) Razones del separatismo

Blog de gaceta.es: De botarates y revolucionarios: 14 de abril y 1 de abril

(antes): El inglés y el páramo cultural. Ayn Rand: ideario dudoso.

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Nacionalismo aquí implica separatismo, pues considera nación soberana lo que hasta entonces se había entendido como región o parte de una nación. Otra cosa es que el separatismo admita etapas, como autonomías previas. Antes del 98 predominaban regionalismos no antiespañoles, de escasa incidencia popular, o pequeños círculos nacionalistas mirados más bien como pintoresquismos. Pero después del Desastre cobraron fuerza creciente, con largas épocas de retroceso, hasta alcanzar hoy su máxima peligrosidad para España, designada como el enemigo a batir.

¿Por qué los  nacionalismos adquirieron cierta importancia en Vascongadas y Cataluña  y no en Galicia, y menos aún en Valencia, Baleares, Andalucía, Canarias, etc., donde pudieron haber explotado motivos lingüísticos u otros?  Suele explicarse por el empuje industrial  de Bilbao y Barcelona, pero el nacionalismo fue ajeno a las industrializaciones, ambas anteriores a él, y las habría arruinado al romper el mercado español, del que dependían. La burguesía catalana  mostraba un lógico celo españolista, y el nacionalismo vasco exaltó más bien una sociedad rural y bucólica. Pero los nacionalistas extrajeron de las industrias una prueba de superioridad “racial”. Muchos capitales españoles en Cuba eran catalanes, su repatriación reanimó la economía de la región y, observa Cambó,  “El rápido enriquecimiento de Cataluña (…) dio a los catalanes el orgullo de las riquezas improvisadas, cosa que les hizo propicios a la acción de nuestras propagandas”*(1). Así, los nacionalismos fomentaron ese orgullo, combinándolo con el victimismo, pero no fueron, desde luego, los causantes de aquella riqueza, solo posible por la relación con el resto de España y muy favorecida desde Madrid con un proteccionismo excesivo.

Otra explicación contradictoria con la primera estaría en la memoria de los antiguos fueros feudales. Pero su abolición en Cataluña  por Felipe V había cimentado la recuperación económica catalana, al abrirle de lleno los mercados del resto de España y de América; y de ellos quedaba en Cataluña, en el siglo XIX, poco más que un rescoldo sentimental. En Vascongadas, la abolición de los fueros (distintos para cada provincia) a causa de la última guerra carlista, en 1876  también benefició a  la industria vasca, y,  como muestra Juaristi**,  su reivindicación tuvo escaso eco. No obstante constituiría un motivo invocado posteriormente por el separatismo.

Suelen mencionarse asimismo los “hechos diferenciales” culturales e históricos. Pero ellos preexistían de largo tiempo atrás, y también en otras regiones, eran muy secundarios con respecto a los factores unitarios y no habían causado separatismos, pues vascos y catalanes se habían sentido de siempre españoles (incluso castellanos en el caso de los vascos). Como recuerda Cambó, verdadero propulsor del nacionalismo catalán, todavía en 1898, “Cuando salíamos del Círculo de la Lliga de Catalunya, encendidos  de patriotismo catalán, nos sentíamos en la calle como extranjeros, como si no nos hallásemos en nuestra casa, porque no había nadie que compartiese nuestras aspiraciones”**. Más violento, Sabino Arana  amenaza a los malos bizkaínos: “El yerro de los bizkaínos de fines del siglo pasado y del presente (…) es el españolismo”. “Nuestros padres  vertieron su sangre en Padura [se refiere a una batalla, probablemente inventada, de once siglos atrás]  para salvar a Bizkaya de la dominación española, por la libertad de la raza, por la independencia nacional (…) ¡No sabían los bizkaínos del siglo noveno que con la sangre que derramaban porla Patria, engendraban hijos que habían de hacerle traición!”. “¡Cuándo llegarán los bizkaínos a mirar como a enemigos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!”. Y así sucesivamente.

El ancestral sentimiento español de vascos y catalanes marca una diferencia clave con nacionalismos como los de Europa central, donde las minorías integradas en los  imperios austríaco, turco o ruso, como los checos, los serbios, los búlgaros o los polacos nunca se sintieron austríacos, turcos o rusos. La integración del País Vasco o de Cataluña en España tampoco procede de invasiones o conquistas, como las de aquellos pueblos centroeuropeos, o la de Irlanda, Gales, Quebec, etc.

Por tanto, los “hechos diferenciales” explican poco. Los nacionalistas trataron de exacerbarlos, pero no conducían de por sí a un impulso secesionista. No existía un caldo de cultivo favorable a los nacionalismos en Cataluña y Vizcaya, y fue preciso crearlo, lo que requirió un esfuerzo muy arduo y una astucia muy notable.  El programa lo exponen a su modo Arana y Prat de la Riba. El primero constata: “Euskerianos y maketos ¿forman dos bandos contrarios? ¡Ca! Amigos son, se aman como hermanos, sin que haya quien pueda explicar esta unión de dos caracteres tan opuestos, de dos razas tan antagónicas“. Por tanto, era preciso transformar el sentimiento de fraternidad e identidad española en otro de odio y distanciamiento. A su vez, Prat de la Riba, fundador del nacionalismo catalán después de algunos tanteos anteriores, asegura: “Son grandes, totales, irreductibles, las diferencias que separan a Castilla y Cataluña, Cataluña y Galicia, Andalucía y Vasconia. Las separa, por no buscar nada más, lo que más separa, lo que hace a los hombres extranjeros unos de otros, lo que según decía San Agustín (…), nos hace preferir a la compañía de un extranjero la de nuestro perro (…): les separa la lengua“. De creerle,  nadie entendía el español común fuera de Castilla, si acaso Andalucía o Canarias, y no se explicarían los siglos de unidad en España. Pero, según la nueva doctrina, un catalán debía llegar a preferir la compañía de su perro a la de un castellano, un gallego o un vasco.

La  tarea de transformar el sentimiento nacional español en su contrario exigía líderes entregados, y creo que el impulso separatista se debe  ante todo a ellos: unos profetas fervorosos e iluminados, consagrados en cuerpo y alma a una misión  a su juicio redentora. No hallamos en el nacionalismo gallego u otros a  personajes tan enérgicos y tenaces como Arana,  Prat de la Ribao  Cambó. Una ya larga tradición explica la historia por causas materiales cuantificables, pero en la realidad topamos con imponderables como el carácter de los dirigentes. Así, sin Lenin resulta inimaginable la revolución rusa, socialista en un país agrario, con la mayoría de los propios jefes bolcheviques vacilantes u opuestos al golpe revolucionario. Caso ilustrativo, porque son precisamente los marxistas quienes más han insistido en la primacía de las llamadas “condiciones materiales” u “objetivas”. También pudo haber fracasado el golpe de Lenin de tener enfrente a algún dirigente de mayor envergadura personal que Kérenski. En España, los líderes nacionalistas no encontraron tampoco opositores que entendiesen bien su peligro y les afrontasen con inteligencia*.

Arana y Prat de la Riba, escriben con la convicción de haber descubierto una nueva luz  destinada a alumbrar a vascos y catalanes. El joven Cambó  resolvió consagrarse a la causa nacionalista, al punto de renunciar al matrimonio en aras de ella. Tal exaltación rezuma la frase de Prat de la Riba: “La religión catalanista tiene por Dios a la Patria”.  Arana, deplorando “cuán difícil  y penosa es la labor (…) de soltar la venda que ciega los ojos de los bizkaínos!”, amenazó en un célebre discurso con que, si fracasara, “juro (…)  dejaros también un recuerdo que jamás se borre de la memoria de los hombres”. No especificó el recuerdo, aunque debía de ser terrible.

Los métodos para desespañolizar a catalanes y vascos se parecieron: una mezcla de narcisismo y victimismo, un ataque  inclemente a España o a Castilla, un memorial de agravios exagerados o inventados junto con un halago desmedido a lo autóctono: “Había que saber que éramos catalanes y que no éramos más que catalanes”, dice Prat, erradicando la “monstruosa bifurcación de la conciencia” que hacía sentirse español al catalán. Para ello combinaría “los transportes de adoración” a Cataluña con el odio a sus supuestos enemigos, los castellanos, pese a que Castilla había dejado de representar un poder  hegemónico o director. “La fuerza del amor a Cataluña (…) se transformó en odio, y dejándose de odas y elegías a las  cosas de la tierra, la musa catalana, con trágico vuelo, maldijo, imprecó, amenazó”.  Había que “resarcirse” de una supuesta “esclavitud pasada”. “Tanto como exageramos la apología de lo nuestro, rebajamos y menospreciamos todo lo castellano, a tuertas y a derechas, sin medida”.  O, como observa más sobriamente Cambó,  “El progreso del catalanismo fue debido a una propaganda a base de algunas exageraciones y de algunas injusticias”*.

A su vez opone Prat  “el gótico y el románico de nuestros monumentos”  a “la Alhambraola Giralda”, como si a Cataluña la caracterizasen el gótico y el románico, y al resto de España las reliquias árabes: “Bien mirados los hechos, no  hay pueblos emigrados, ni bárbaros conquistadores, ni unidad católica, ni España, ni nada”.  Prat y Arana se tenían por católicos fervientes, pero el segundo, superando a Prat, declama: “¡Católica España! (…) No es posible, en breve espacio, mencionar siquiera concisamente los hechos pasados y presentes que prueban (…) que España, como pueblo o nación, no ha sido antes jamás ni es hoy católica”.

El racismo, de moda en Europa, cimentó el argumentario separatistas: contra toda evidencia, vascos y catalanes constituirían razas distintas y contrarias a la española, llamada despectivamente maketa o charnega. En el separatismo vasco, el racismo se hizo obsesivo. La  raza bizkaina, instruye Arana, era “singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad  ni con la raza española, ni con la francesa (…) ni con raza alguna del mundo”, de modo que siendo “la más noble y más libre del mundo”,  sufría   “humillada, pisoteada y escarnecida por España, esa nación enteca y miserable”. Y fulminaba a sus  paisanos: “Habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa (…) con la raza más vil y despreciable de Europa”. Tan despreciable que era “el testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que  hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis  en sus rostros la expresión de la inteligencia  humana ni de virtud alguna; su mirada solo revela idiotismo y brutalidad”.

No extrañará que Arana despreciara los primeros tanteos catalanistas de acción común: “Cataluña es española por su origen, por su naturaleza política, por su raza, por su lengua, por su carácter y por sus costumbres”. “ Los catalanes, saben perfectamente que Cataluña ha sido y es una región de España”. Por tanto, señala sin piedad: “Maketania comprende a Cataluña”, y “Maketo es el mote con que aquí se conoce a todo español, sea catalán, castellano, gallego o andaluz”. No excluía “entendernos en la acción definitiva” contra España, pero aun así, “jamás confundiremos nuestros derechos con los región extranjera alguna”.

Con alguna menor intensidad, la idea de raza también nucleaba al separatismo catalán. Según su ideólogo Pompeu Gener, los catalanes pertenecerían a “la raza Aria”, frente al resto de España donde “predomina demasiado el elemento semítico, y más aún el presemítico o berber (…). Lo que ahí priva son las degeneraciones de esos elementos inferiores importados de Asia y del África (…) Nosotros, indogermánicos de origen y corazón, no podemos sufrir la preponderancia de tales razas inferiores”. “Los catalanes valemos más como hombres en camino al Superhombre”. España definiría a una población constreñida por lazos meramente políticos*.

Así pues, si España no existía, según Prat, o era tan irrisoriamente inepta y ruin como decía creer Arana, la misión que ambos se atribuían debía haber resultado muy fácil. Y difícil, en cambio, explicar dónde había estado durante siglos Cataluña, o cómo se había producido la supuesta sumisión de los vascos. Pero estas dificultades nunca les preocuparon. Como fuere, el halago exaltado a un grupo social, combinado con el señalamiento de un enemigo culpable de todos  los males, sugestiona fácilmente a mucha gente, si se insiste en ello con tenacidad *. Y así fue.

A estas campañas ayudó de forma decisiva el  “desastre” del 98, como recordaba Cambó. Así fue posible que a los pocos años Prat exagerase: “Hoy ya, para muchos, España es sólo un nombre indicativo de una división geográfica”.

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Aun con estas semejanzas y nivel intelectual poco notable en ambos secesionismos, hay fuertes diferencias entre el programa de Prat y el de Arana. El primero  anhelaba  “más que la libertad para mi patria. Yo quisiera que Cataluña (…)  comprendiera la gloria eterna  que conquistará la nacionalidad que se ponga a la vanguardia del ejército de los pueblos oprimidos (…) Decidle  que las naciones esclavas esperan, como la humanidad en otro tiempo, que venga el redentor que rompa sus cadenas. Haced que sea el genio de Cataluña el Mesías esperado de las naciones”. Y al mismo tiempo proclamaba una vocación imperialista, pues el imperialismo “es el período triunfal de un nacionalismo: del nacionalismo de un gran pueblo”.  Cataluña debía convertirse en el elemento hegemónico de un imperio ibérico extendido desde Lisboa al Ródano, para luego  “expandirse sobre las tierras bárbaras”. Un plan anacrónico y algo infantil que solo podría traer graves tensiones, incluso bélicas, con Portugal y con Francia. Aparte, ¿qué autoridad moral invocarían los nacionalistas catalanes, tras proclamarse tan radicalmente distintos, para dirigir al resto de los españoles? Prat invoca “sentimientos de hermandad”,  lo cual lo lleva por otro camino a la “monstruosa bifurcación”  de la conciencia catalana que él quería eliminar. Por otra parte, ¿y si el resto de España rehusaba el liderazgo del nacionalismo catalán? Porque Cataluña no dejaba de ser una parte menor del país, y si veía al idioma común como extranjero renunciaba al principal cauce de influencia. Sólo quedaba,  en última instancia, intentar liderar y liberar a los llamados “países catalanes”, Valencia y Baleares, muy poco entusiastas al respecto.

Y a Arana, desde luego, ni se le ocurría pensar en los separatistas catalanes como vanguardia de los “pueblos oprimidos” o  de cualquier otra cosa.  Su plan, al revés del de  Prat, propugnaba el autoencierro para el  “pueblo más noble y más libre del mundo”. La mayor distinción de los vascos, sería,  después de la raza, el vascuence, “broquel de nuestra raza, y contrafuerte de la religiosidad y moralidad de nuestro pueblo”, pues “donde se pierde el uso del Euzkera, se gana en inmoralidad”. Por eso, “Tanto están obligados los bizkaínos a hablar  su lengua nacional como a no enseñársela a los maketos”. Nada, pues,  de  moralizar por vía lingüística a los maketos: “Muchos son los euzkerianos que no saben euzkera. Malo es esto. Son varios los maketos que lo hablan. Esto es peor”. “Si nuestros invasores aprendieran el euzkera, tendríamos que abandonar éste, archivando cuidadosamente su gramática y su  diccionario, y dedicarnos a hablar el ruso, el noruego”. Etc.

La lengua materna de Arana era el castellano. De ella renegó, aunque la escribiera con no mal estilo, pero no debió de llegar a dominar el vascuence, como indica su creación de la palabra Euzkadi  para nombrar el espacio vasco. Según sus adeptos, “El anhelo de la raza más vieja de la tierra (…) se condensa  maravillosamente en una sola palabra, la que no acertó a sacar durante cuarenta siglos  nuestra raza del fondo de su alma, palabra mágica creada también por el genio inmortal de nuestro Maestro: ¡Euzkadi!”. El filólogo vasco Jon Juaristi califica el término de dislate, compuesto de “una absurda raíz euzko,  extraída de euskera, euskal, etc., a la que Arana hace significar “vasco”,  y del  sufijo colectivizador  -ti /-di, usado sólo para vegetales. Euzkadi se traduciría  literalmente por algo parecido a bosque de euzkos, cualquier cosa que ello sea”. Ya Unamuno criticó la “grotesca y miserable ocurrencia” de un “menor de edad mental”, que equivaldría a cambiar la palabra España por  “Españoleda, al modo de pereda, robleda…” *.

Y lejos del imperio ibérico soñado por Prat, enseñaba Arana: “aborrecemos a España no solo por liberal, sino por cualquier lado que la miremos”, y por ello, “si la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo”**.

Otra diferencia es que el nacionalismo vasco será siempre muy derechista, salvo pequeñas  variedades,  hasta que en los años 70 del siglo XX cobre fuerza la socialista ETA. En cambio  al nacionalismo catalán, también de derechas al comienzo,  le nacería pronto un sector más izquierdista, violento y radical. Con el tiempo, el catalanismo de derecha encontraría  “en el patriotismo español  la ampliación natural y complemento necesario del patriotismo catalán”*. Por el contrario,  la izquierda acentuaba  el talante separatista o al menos exclusivista. La doctrina de Prat daba al nacionalismo catalán su ambivalencia y vaivén entre la idea de hegemonizar una “Espanya gran” reducida a confederación presta a disolverse al menor pretexto, y un separatismo abierto de los llamados “països catalans”.

También difería el estilo de las propagandas: bronco el de Arana, más solapado el de  Prat, como él mismo advierte: “Evitábamos todavía usar abiertamente la nomenclatura propia, pero íbamos destruyendo las preocupaciones, los prejuicios y, con calculado oportunismo, insinuábamos en sueltos y artículos  las nuevas doctrinas”. Prat y sus seguidores cultivaron un victimismo algo quejumbroso, con sentimientos de superioridad ultrajada y conmemoración sentimental de supuestas derrotas históricas. Los sabinianos, algo menos victimistas, invocaban nebulosas victorias bélicas o “glorias patrias” contra “el invasor español” y llamaba a renovar aquellas hazañas, aunque al mismo tiempo  privaban a los vascos de otras glorias más tangibles, alcanzadas por ellos como españoles.

Las ideas de Prat y las de Arana sobre España y sobre sus respectivas regiones son el substrato permanente de ambos nacionalismos, aunque los años les hayan traído matices o aditamentos. Así, el racismo se volvió tan impopular después dela II GuerraMundial, que ambos separatismos evitan abanderarlo, por más que sigue vivo bajo apariencias externas.

Estos nacionalismos extendían al liberalismo su aversión: “antiespañol y antiliberal es lo que todo bizkaíno debe ser”, predicaba Arana, y el nacionalismo catalán fraguó en buena medida en círculos eclesiales que denunciaban el liberalismo:  su derivación izquierdista, drásticamente antieclesiástica, tomó asimismo tintes antiliberales y antidemocráticos. Una raíz  más o menos carlista en las Vascongadas como en Cataluña, derivó hacia el nacionalismo como forma de salvar lo salvable ante el triunfo liberal en el resto de España. Pero no debemos olvidar que el carlismo era muy españolista y defendía los fueros feudales como propios de España frente al centralismo traído de Francia. Y no hubo evolución nacionalista en Navarra, Álava  y otras regiones  y provincias donde el carlismo tenía profundas raíces.

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Las circunstancias propulsaron separatismos menores en Galicia y Andalucía,  más insignificantes en Canarias y otros puntos. Un converso al Islam, Blas Infante, afirmó que los árabes habían dado a la nación andaluza una edad de oro, propugnó sustituir el alfabeto por el alifato o un “alfabeto andaluz”; inventó, como Arana, una bandera, que si en el vasco imitaba a la inglesa, en el andaluz a la omeya y almohade: “Sentimos llegar la hora suprema en que habrá de consumarse definitivamente el acabamiento de la vieja España (…) Declarémonos separatistas de este Estado  que conculca (…) los sagrados fueros de la Libertad (…) Avergoncémonos de haberlo sufrido”.  Los políticos andaluces de la Transición, haciendo gala de su nivel intelectual y moral,  nombraron a Infante “padre de la patria andaluza”.

Vicente Risco, un orientador del nacionalismo gallego, propugnaba recobrar las  “raíces célticas” víctimas de la romanización, tomar a la Atlántida por “símbolo de nuestra nacionalidad”, y “oponer al mediterraneísmo el atlantismo, fórmula de la Era futura”. “Nuestro destino futuro es crear e imponer esta civilización nuestra que ha de ser la civilización atlántica”  frente a las “razas ya sin fuerza creadora”.

Si hubiéramos de resumir brevemente la naturaleza de estos movimientos diríamos que trataban de transformar el ancestral sentimiento español en aversión u odio abierto a España, o a Castilla o a otras regiones, exaltando diferencias secundarias y victimismos,  invocando unas razas imaginarias o descalificando todo lo que la España unida había significado a lo largo de la historia. Encontraron un terreno relativamente abonado en el “Desastre”, sobre todo moral, del 98, pero a pesar de que España solo existía como término geográfico, según Prat, o era un país “enteco y miserable”, según Arana, nunca lograron sus objetivos en los 120 años transcurridos, aunque sí provocar serias crisis políticas.

Queda por ver cómo unas especulaciones tan ajenas a la realidad y a menudo risibles o absurdas en su formulación, pudieron ir calando lentamente entre bastantes personas. Una causa la expone el 13 de septiembre de 1923 La Voz de Guipúzcoa ante la virulenta agitación del PNV: “¿Qué otra cosa sino sonreír puede hacerse ante quienes se proclaman víctimas de la tiranía de un Estado que les consiente vejar el nombre de la patria  u subvertir sus más fundamentales instituciones? (…) Pensamos en los payeses y en los caseros, en los hombres del agro y del taller a quienes se capta con apóstrofes, con sentimentalismos, con imprecaciones, con todo menos con argumentos. Y en este aspecto nos parece reprobable la pasividad gubernamental ante los energúmenos que dan mueras a España”. La pasividad oficial se basaba en la impresión de que aquellos energumenismos nada podrían finalmente contra la inercia de la historia real. Y en un vacío de ideas, pues, como veremos, surgió por entonces un “regeneracionismo españolista” poco menos disparatado que los separatismos. Al margen quedaba un tradicionalismo anacrónico que, si defendía lo mucho valioso que España había realizado en el pasado y criticaba, a veces agudamente, los nuevos movimientos,  estaba acartonado en esquemas más o menos integristas, incapaz de presentar alternativas adecuadas a los nuevos tiempos.

Cabe añadir que las ofensivas separatistas han resultado irrisorias cuando se les ha opuesto una acción enérgica, aunque solo fuera administrativa. En 1923, estuvieron los separatistas vascos, gallegos y catalanes estuvieron a punto de lanzarse a la “acción heroica” en concomitancia con el terrorismo ácrata, la rebelión de Abd el Krim y la extrema demagogia socialista. Fueron una de las causas de la caída de la Restauración y de la dictadura de Primo de Rivera, pero su heroísmo resultó muy limitado: el dictador apenas tuvo que aplicarse con ellos, que renunciaron enseguida a sus veleidades. En el verano de 1934 lanzaron una nueva ofensiva, esta contra la república,el PNV, la Esquerra, los socialistas y los republicanos de izquierda, que pareció culminar en guerra civil, y bastaron unos cuantos guardias de asalto para desinflar el globo. La conducta de los separatistas vascos y catalanes durante la guerra civil fue patética, ambos complotando a espaldas del Frente Popular con Roma, Berlín, Londres y París, y cometiendo mil traiciones a sus aliados. Durante el franquismo prácticamente desaparecieron, hasta la muy tardía aparición del TNV (Terrorismo Nacionalista Vasco) o ETA, de corte socialista y cuya especialidad fue el asesinato por la espalda.  Recientemente, cuando Aznar ilegalizó a Herri Batasuna, también prometían los mayores desastres y la cosa quedó en nada. Mejor dicho, la ETA fue llevada “al borde del abismo”. Los referendums separatistas catalanes no han sido votados por casi nadie, y solo una pequeña minoría aprobó el nuevo estatuto. En realidad, bastaría que un gobierno enérgico advirtiera de la suspención constitucional de la autonomía para que la “terrible amenaza” se disolviera en gran medida. Pero ya ha explicado Norman Stamps en su célebre estudio sobre las causas del fracaso de algunas democracias,  que ningún régimen constitucional  ha caído por una acción enérgica de un ejecutivo fuerte, sino por la debilidad de gobiernos incpaces de actuar con efectividad. Y la causa de la caída de la Restauración se encuentra principalmente en que, como observa Cambó, “Nadie sentía respeto por un Gobierno que, evidentemente, no era respetable” “Los dos últimos gobiernos, el de Sánchez Guerra y el de García Prieto ya no eran una caricatura: eran un verdadero sarcasmo”. El peligro actual no está en los separatismos, sino en gobiernos como los citados, que parecen volver, y en la falta o insuficiencia de respuesta en el terreno de las ideas y del análisis histórico.

Nota:   Las citas de Prat de la Riba proceden de su opúsculo La nacionalidad catalana.  Las de Arana  son fácilmente  encontrables en el resumen  Páginas de Sabino Arana, fundador del nacionalismo vasco,  Madrid, 1998, seleccionadas por Adolfo Careaga, que también selecciona otras de  De su alma y de su pluma, por el ferviente nacionalista  Manuel de Eguileor. La cita sobre la no catolicidad de España procede de las Obras Completas  del  prócer, tomo III, p. 2.009. He recogido las de Blas Infante y Vicente  Risco en Una historia chocante, pp. 179 y ss.


* F. Cambó, Memorias,  Madrid, 1987, p. 41

** J. Juaristi, El bucle melancólico, Madrid, 1998, p. 52

** Cambó, Memorias, p. 38

* Desatención continuada, pese ha ser hoy el separatismo un problema de primer orden en España. Baste señalar que el primer estudio sobre ambos nacionalismos en conjunto y relacionado con la evolución histórica de España en el siglo XX, ha sido el mío, de 2004 Una historia chocante

* Cambó, p. 41

* En La raza catalana. El núcleo doctrinal del catalanismo, Francisco Caja, Madrid 2009.  pp.85 y ss.

* El ejemplo más característico es quizá el del nazismo.

* J. Juaristi, El bucle, p. 154. M. de Unamuno, en rev. Nuevo mundo, 1-III-1918   y Ahora, 9-10-1933, ambas de Madrid.

* Citado en Arrarás, Historia de la Segunda República, II, p. 435

 

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