Blog de gaceta.es: Preparando otro genocidio / Lo típico y lo verosímil: el atentado contra Companys
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Recordaré que cuando Zapatero estaba en pleno proceso de colaboración con la ETA señalé que Rajoy colaboraba asimismo, lo que motivó un considerable escándalo a derecha e izquierda. Pensé que después de ganar las elecciones cambiaría de actitud, pero ya fue indicativa su agresividad contra Rosa Díez, que le exigía ilegalizar a la terminal etarra Amaiur, como exige la ley en cualquier país civilizado. Ahora está dando nuevos pasos en seguimiento de Zapatero. Alguno habla de que sigue la política antiterrorista de Zapatero. Al revés, se trata de una política proterrorista, anticonstitucional y contraria a todo derecho, consistente en premiar políticamente los asesinatos etarras con el pretexto de una paz que los criminales no lograron nunca alterar de modo importante. Y, precisamente, cuando la ETA había sido llevada al borde del precipicio, en palabras de uno de sus dirigentes. En un país realmente democr´atico y que se respetase a sí mismo, todos esos políticos ir´´ian a la cárcel por, de entrada, colaboración con banda armada.
En relación con la ETA ha habido dos orientaciones: la llamada salida política, contraria al estado de derecho y que ha alimentado al terrorismo durante largos años; y la vía legalista, aplicada por Mayor Oreja- Aznar y que llevó a la ETA “al borde del precipicio”, como recordaba uno de sus dirigentes. Posición de la que salieron los terroristas gracias a que la “salida política” dio un paso de gigante al convertirse en colaboración estricta con los asesinos por parte de un gobierno delincuente apoyado por unas Cortes asimismo delincuentes. La cuestión la he examinado varias veces y merece más análisis. En la colaboración del PSOE con la ETA existen profundas afinidades políticas entre ambos: socialistas, antiespañoles o indiferentes a España, etc. ¿Cuáles son las afinidades del PP? En principio ninguna, excepto que la carencia de principios de ese partido le permite cualquier deriva. Habrá que seguir con eso.
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Las raíces de la guerra civil se encuentran en la ruina de la Restauración. Esa ruina no solo afectó al concepto de la nación española, sino también al liberalismo propio de aquel régimen. La crisis del liberalismo cundiría por casi toda Europa después de la I Guerra Mundial, que, al enfrentar a potencias básicamente liberales (incluso la Rusia zarista –no el Imperio otomano—iba liberalizándose), sería interpretada por muchos como el fracaso histórico de aquel ideario, entendido por unos como disfraz formalista de la explotación burguesa y por otros como un sistema suicida por permitir la expresión y asociación de fuerzas contrarias a él, o por desarraigar a los individuos y diluir la sociedad. Cobraron auge partidos que invocaban una democracia antiliberal, más “auténtica”. El triunfo de la revolución soviética, y pocos años después el del fascismo en Italia, abrieron nuevos rumbos a la historia europea.
En España, el proceso comenzó, pues, algo antes, con el “desastre” del 98, visto a su vez, de forma confusa, como fracaso liberal. Entonces se instaló una informal alianza entre separatistas, socialistas, anarquistas, republicanos y regeneracionistas. Sus ideas y fines diferían mucho, pero todos compartían el concepto negativo del pasado hispano, la aversión al liberalismo y el objetivo de echar abajo la “España oficial”, supuestamente “podrida”, la “necrocracia”, es decir, la Restauración.
El primer fruto de aquella alianza sui generis fue el hundimiento de la Restauración, después la II República, y por fin el Frente Popular y la guerra. Entre el hundimiento de la Restauración y la república medió la corta dictadura de Primo de Rivera, de gran éxito económico (modernizó notablemente al país) y político (eliminó la pesadilla marroquí y, mientras duró, también el terrorismo y los separatismos, tres cánceres del régimen anterior); pero fracasó en el intento de establecer una alternativa estable al régimen liberal y a los impulsos revolucionarios-separatistas.
La república, pues, representó el triunfo de las fuerzas nutridas por el 98, dándoles la ocasión de demostrar sus virtualidades. Llegó con las elecciones municipales de abril de 1931, y aunque enseguida se tiñó de izquierdismo, su principal fautora fue la derecha. Esta (Niceto Alcalá-Zamora y Miguel Maura) unificó a los republicanos en el Pacto de San Sebastián y, tras urdir un golpe militar, fallido, los incitó a tomar el poder después de las citadas elecciones; simultáneamente, la derecha monárquica, en plena quiebra moral, dio un autogolpe empujando a renunciar al rey Alfonso XIII so pretexto de aquellas elecciones… ganadas por los monárquicos. Solo después de eso tomaron las izquierdas impulso, manifiesto en una gran quema de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza, provocando un comienzo de resistencia en pequeños sectores derechistas.
Según la leyenda, el gran enemigo de la república fue la derecha, que la saboteó desde en todo momento, pero no es cierto. Sus primeros enemigos fueron los comunistas, débiles entonces, y los anarquistas, mucho más potentes, que mantuvieron al régimen en inestabilidad permanente con su “gimnasia revolucionaria”. Y los socialistas, el partido más fuerte y mejor organizado con su sindicato UGT, solo aceptaron la “república burguesa” transitoriamente, mientras favoreciera su designio de dominar en exclusiva el país bajo el membrete de “dictadura proletaria”. Los separatistas catalanes obtuvieron una autonomía que, de forma semejante al PSOE, no veían como solución al problema que ellos mismos creaban, sino como un paso hacia la secesión; los separatistas vascos no tuvieron estatuto, por derechistas, y fracasaron en su intento de imponerse en Navarra. Entre los republicanos, los más votados eran los de Lerroux, antaño radicales y evolucionados hacia la derecha; los republicanos de izquierdas, divididos en grupos discordantes, ganaron fuerza aliándose con el PSOE. Todo ello volvía al régimen muy volátil ya de entrada. Paradójicamente, sería la derecha organizada en la CEDA, al aceptar –sin entusiasmo– tal república, la que pudo aportarle cierto equilibrio.
Azaña, el más destacado líder republicano y jefe del gobierno en el primer bienio, diseñó una estrategia basada en los sindicatos y el PSOE (“el hombre natural en la bárbara robustez de su instinto”), a los cuales debía dirigir la “inteligencia republicana” para acometer un “programa de demoliciones” de la herencia cultural y política anterior. Pronto constataría la negativa de los robustos bárbaros a dejarse guiar por una “inteligencia” que, por lo demás, resultó harto escasa. Las memorias de los políticos de la época muestran, entre otras cosas, esa penuria de inteligencia; Azaña mismo tacha a los demás políticos republicanos de botarates y corruptos*. Caída la Restauración, solo unía a aquellas fuerzas el odio a la Iglesia. En casi todo lo demás, la acre disparidad de fines e intenciones auguraba un tiempo convulsivo, como así fue: crecieron las violencias, las insurrecciones ácratas y la delincuencia, mientras fracasaban por ineptitud las reformas agraria, militar y educativa, y pronto el estatuto catalán.
Por ello la izquierda, dominante en el primer bienio, perdió desastrosamente las elecciones de diciembre de 1933, abriendo una posibilidad de rectificación. Sin embargo, las izquierdas y separatistas, demostrando su falta de espíritu democrático, replicaron a las urnas con intentos de golpe de estado y maniobras desestabilizadoras, hasta llegar en octubre de1934 auna insurrección concebida textualmente como guerra civil, apoyada por casi todos ellos y organizada por el PSOE y el nacionalismo catalán, el uno para imponer su “dictadura proletaria” y el otro como avance secesionista. El golpe fracasó dejando 1.300 muertos y enormes destrucciones, pero las divisiones y flojedad de las derechas esterilizaron la ocasión de asentar una república viable.
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La insurrección del 34 fue el verdadero comienzo de la guerra civil, su “primera batalla” en palabras de G. Brenan. Y no solo ni tanto porque las izquierdas la planearon como tal, sino porque su derrota no les indujo a rectificar sus posturas. Imposibilitados de volver a las armas, reaccionaron con una propaganda radicalísima y básicamente falsaria sobre supuestos crímenes de la represión derechista*. Esa propaganda tuvo máxima trascendencia para la historia posterior, porque polarizó el ambiente social, cargándolo con unos odios hasta entonces menos fuertes: precisamente una causa mayor del fracaso de la insurrección del 34 fue que, salvo en la cuenca minera asturiana, la población no secundó los llamamientos de los insurrectos.
A su vez el derechista Alcalá-Zamora, presidente de la república, llevado de una no menos radical insensatez, dividió a las derechas, arruinó al partido de Lerroux, expulsó del gobierno a la CEDA –el partido más votado– y forzó unas elecciones anticipadas para el 16 de febrero de 1936, en un clima de furias desatadas. La campaña electoral fue simplemente feroz, con las izquierdas, unidas en lo que se llamaría Frente Popular, amenazando con el exterminio de la derecha y con no reconocer las votaciones si no les favorecían. El recuento de votos fue falseado en medio de coacciones tumultuarias, certificadas por el propio Azaña. El Frente Popular proclamó su victoria mientras el gobierno nombrado por Alcalá-Zamora huía, y la segunda vuelta electoral se hizo ya bajo el poder izquierdista. Las cifras de votos no fueron publicadas, hecho que, por sí solo y al margen de las otras violencias, descarta aquellas elecciones como democráticas y legitimadoras**. Por tanto, el gobierno resultante no fue en ningún momento legítimo.
Más que un gobierno, el Frente Popular resultó un nuevo régimen en construcción, que aniquiló la Constitución republicana. Azaña, de nuevo jefe del gobierno, anunció que la izquierda ya no abandonaría el poder y procedió a una “republicanización del estado” consistente en una “revisión de actas” para expulsar arbitrariamente de las Cortes a numerosos diputados de derechas; en destituir ilegalmente a Alcalá-Zamora –gracias a cuya escasa cordura mandaba ahora el Frente Popular— de la presidencia, cargo ambicionado por Azaña; en una depuración política de los organismos estatales, expulsando de ellos a los derechistas; en la anulación de la independencia judicial y su sumisión a los sindicatos; en la censura sistemática en la prensa; y medidas parejas que daban el golpe de gracia a la república, ya herida de muerte por la insurrección del 34, cuyos autores ocupaban ahora el poder de forma ilegítima.
Tal “programa de demoliciones” desde el poder espoleó a los revolucionarios en la calle y los campos. Una ola de ocupaciones de fincas y atentados causó en solo cinco meses entre 300 y 400 muertos, incendio de cientos de iglesias, algunas de gran valor artístico, de sedes y periódicos derechistas y registros de la propiedad; menudearon las agresiones a militares y las huelgas salvajes mientras el paro aumentaba al galope… Las víctimas eran en gran mayoría derechistas y la policía perseguía a su entorno, en lugar de a los asesinos. Hasta el socialista Indalecio Prieto se asustó, y las descripciones de Madariaga y muchos otros exponen la furia del proceso revolucionario*.
En tal situación, algunos militares, dirigidos por Emilio Mola, conspiraron para, mediante un golpe rápido, imponer un directorio militar republicano que normalizara al país. No se trataba de un golpe contra un gobierno legítimo y democrático, como ha insistido, contra toda evidencia, la propaganda e historiografía de izquierdas, sino de una reacción frente a un sangriento curso de tendencia totalitaria, cuyas raíces lejanas cabe encontrar en el 98 y la resultante descalificación de España y del liberalismo.
El asesinato del líder de la oposición Calvo Sotelo a manos de policías y milicianos socialistas rompió las últimas contenciones, y el golpe comenzó el 17 de julio. Pero, al no imponerse, derivó a una guerra civil que reiniciaba la interrumpida en 1934.
La propaganda, en especial la de la Komintern, ha creado un enorme y persistente equívoco al presentar la guerra como una pugna entre democracia y fascismo. Basta ver los componentes (de hecho o de derecho) del Frente Popular para calibrar su carácter: los grupos decisivos eran los marxistas del PSOE y los anarquistas de la CNT, y en el curso de la guerra los stalinistas se convirtieron en el partido más fuerte; además estaban los débiles republicanos de izquierda, que ya en la república habían intentado golpes de estado tras perder las elecciones de 1933; más los nacionalistas catalanes, tan golpistas como los otros republicanos, y los separatistas vascos, de un racismo exacerbado no lejano del nazi. El bando izquierdista-separatista se autodefinió a menudo como “rojo”, bastante adecuadamente, o como republicano, falsamente porque el Frente Popular destruyó, precisamente, la legalidad de la II República. Los rebeldes se llamaron “nacionales”, por defender la nación española y su herencia cristiana. Tuvo carácter conservador y autoritario, incluyendo tendencias similares a las fascistas, pero minoritarias, por parte del grupo Falange. Esta, aunque con peso considerable, nunca tuvo un papel semejante al del partido fascista italiano o del nazi alemán, y solió llevar las perder en sus roces o choques con otros sectores como los católicos o los militares. Así, la democracia no movió a ningún bando –aunque el izquierdista la invocase con plena falsedad–, porque después de la experiencia republicana casi nadie creía en ella. Lo que se jugaba era más básico: la supervivencia nacional y cristiana. El levantamiento del 18 de julio de 1936 no se hizo contra ninguna democracia, debe insistirse, sino contra un proceso revolucionario abierto de orientación totalitaria.
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Simultáneamente cundió en las dos zonas el terror contra los enemigos, con miles de homicidios. La crítica a los nacionales por este hecho ha sido intensísima, justificándose las matanzas de las izquierdas como una reacción espontánea y descontrolada al terror contrario, y aun así reconducida luego a la legalidad por las humanitarias autoridades de izquierda. Los nacionales, en cambio, habrían organizado una represión sanguinaria, deliberada y permanente desde el poder. Estas versiones han sido desmentidas con datos y argumentos*: hay semejanzas entre los dos bandos en cuanto al número de víctimas (algunas más por parte de los nacionales, aunque la intensidad con respecto al territorio dominado fuera mayor en los rojos) y en los dos casos la mayor furia se alcanzó en los primeros meses (en el bando nacional, antes de la asunción de la jefatura del estado por Franco) y fue en parte espontáneo y en parte organizado por el poder; la represión posterior siguió cauces más o menos legales. Pero aparte de estas semejanzas hay fuertes diferencias cualitativas casi nunca mencionadas:
a) Fue la izquierda la que comenzó el terror. El pistolerismo ácrata y sus complicidades socialistas y republicanas habían sido una causa mayor en la quiebra de la Restauración. Al llegar la república, el terrorismo recomenzó con la llamada quema de conventos y pronto con nuevos atentados y asesinatos. Y la rebelión izquierdista-separatista del 34 causó muertes y destrucciones sin precedentes… hasta la llegada del Frente Popular.
b) El terror rojo en 1936 nacía de un cultivo propagandístico del odio durante largos años y de la seguridad en la victoria, que lo justificaría; mientras que el terror nacional explotó entonces, por el resentimiento acumulado ante las continuas agresiones sufridas con impotencia desde tiempo atrás, y por la necesidad de asegurar la retaguardia en los meses iniciales, cuando la victoria era muy incierta. Fue un terror de respuesta.
c) Los rojos no solo asesinaron a derechistas, también lo hicieron entre ellos, hecho poco investigado pero sobre el que abundan informes y testimonios de anarquistas, socialistas y comunistas, unos contra otros. Añádase la activa intervención de la policía secreta soviética al margen o por encima del gobierno español.
d) La crueldad roja superó en mucho a la nacional (familias enteras quemadas vivas o exterminadas a golpes, sacerdotes arrastrados por tranvías o mutilados salvajemente, torturas “científicas” en las checas…)
e) Aunque la propaganda de izquierda califica de genocidio la represión nacional, no hay rastro de ello: alcanzó a menos de un 2% de los más o menos comprometidos con el Frente Popular. Sí fue un genocidio la persecución contra la Iglesia, pues trató de exterminar al clero y de arrasar la cultura cristiana en España.
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Al principio, la victoria del Frente Popular pareció garantizada, pues quedaron en sus manos la totalidad de las reservas financieras, casi toda la industria, las principales ciudades y la mayoría de la población, el grueso de la aviación y la marina, la mayor parte de los cuerpos policiales y casi la mitad del ejército de tierra. Por ello debe aclarar por qué terminaron ganando los sublevados. Una explicación corriente es que Francia e Inglaterra mantuvieron una “no intervención” que favoreció a los nacionales, los cuales habrían logrado más ayuda de Alemania e Italia que el Frente Popular de la URSS. En realidad, Francia también ayudó significativamente al bando rojo, cuyo gobierno gastó en esa ayuda (sobre todo soviética, aunque también de otras procedencias) entre vez y media y el doble que sus enemigos, por más que una gran corrupción lastró su eficacia. Con un gasto superior, las cifras de armas recibidas (aviones, tanques, cañones, etc.) son bastante similares a las del bando nacional, por lo que, en conjunto, no pudieron ser decisivas, aunque sí en algún momento concreto.
Hay que señalar varias etapas en la intervención exterior. En un primer momento fue muy poco voluminosa en los dos bandos. Franco logró, con barcos y aviones españoles (primer puente aéreo de la historia, al parecer), trasladar a la península pequeñas unidades de Marruecos, que bastaron para asegurarle Andalucía occidental y avanzar para unir las dos zonas rebeldes, del sur y del centro-norte, un notable éxito estratégico. Pronto algunos aviones enviados por Alemania e Italia le permitieron reforzar el puente aéreo. Los rojos disponían de mucha más aviación, más alguna venida de Francia. Fue al llegar los nacionales ante Madrid, en noviembre del 36, cuando resultó decisiva la intervención exterior, en concreto la soviética, que inició una escalada con gran número de aviones y tanques técnicamente superiores a los contrarios, brigadas internacionales y asesores para crear un ejército regular. La guerra, que habría durado entonces 4-6 meses, pudo haber acabado allí de dos maneras: con la toma de la capital por los nacionales o con la destrucción de estos por la gran superioridad roja. No ocurrió una cosa ni la otra, pero la intervención soviética determinó, de modo inmediato, el paso de una guerra de pequeñas unidades (“columnas”) a una de grandes ejércitos y la escalada en la ayuda italiana y alemana (Cuerpo de Tropas Voluntarias y Legión Cóndor), y la continuación de la contienda durante casi dos años y medio más.
Pero lo esencial de la intervención externa no es el aspecto cuantitativo, sino el cualitativo, condensable en dos puntos: 1) Hitler no había emprendido aún su carrera de matanzas en masa, mientras que Stalin ya tenía sobre sí muchos millones de personas exterminadas directa o indirectamente. Desde ese punto de vista, la ayuda recibida por los nacionales fue mucho más “limpia” que la de sus contrarios. 2) Franco mantuvo plena independencia con respecto a Hitler y Mussolini, mientras que Stalin ejerció un verdadero protectorado sobre el Frente Popular por tres medios: su control de los recursos financieros españoles, enviados a Rusia por el gobierno rojo; sus asesores y policía política, que gozaron de un poder que nunca tuvieron en el bando nacional los alemanes e italianos; y sobre todo por el Partido Comunista español, que se convirtió en el más fuerte del Frente Popular, hegemónico en el ejército y la policía*.
Los fines de la intervención alemana e italiana fueron, por una parte, impedir un país revolucionario a la entrada del Mediterráneo y asegurarse un amigo a espaldas de Francia; por otra, distraer a la opinión de maniobras políticas en Centroeuropa y como ocasión de adiestrar a sus tropas. La Unión Soviética creía que más bien pronto que tarde estallaría una guerra “imperialista” en Europa, similar a la I Guerra Mundial, y su estrategia trataba de que la misma se produjese entre las democracias y los países fascistas, y no entre estos y la URSS. España le ofrecía una excelente ocasión para promover ese enfrentamiento, que no consiguió. Simultáneamente trataba de hacer de España un país títere al estilo de los que impondría más tarde en Centroeuropa. Por todo ello, la guerra española cobró una apasionada proyección por Europa, Usa, Hispanoamérica y Filipinas, estas últimas debido a los vínculos históricos. Pues parecía jugarse en ella, de un modo u otro, el destino de Europa*.
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Las causas de la victoria nacional son otras, y no solo militares. Fue una guerra muy original, porque los dos bandos hubieron de afrontar tres grandes problemas, poco subrayados en la mayoría de los historiadores: poner en pie un nuevo estado pues el anterior se había hundido a raíz del alzamiento de julio del 36; organizar un ejército en regla, por la misma razón; y asegurar la unidad política entre fuerzas dispares. Resolver estos problemas sobre la marcha y por así decir bajo el fuego, exigió una destreza organizativa de primer orden, en la que Franco superó netamente a sus enemigos: estableció un aparato estatal ligero y algo primario, pero eficiente, creó un nuevo ejército de estilo conservador, pero aguerrido y disciplinado, y unificó a los suyos sin apenas efusión de sangre. El bando rojo solo llegó a unificarse a medias y con grandes coacciones, asesinatos y alguna pequeña guerra civil interna en mayo del 37; por lo mismo, su nuevo estado funcionó con grandes roces, y su ejército, en cuya organización se adelantó al contrario y aplicó mayores innovaciones, solo logró eficacia, más que nada defensiva, a costa de un disciplinarismo casi terrorista.
Y también la conducción militar de Franco fue superior a la de sus enemigos, pese a contar estos con asesores soviéticos de primera fila, como demostrarían luego en la lucha con Alemania. Franco no tuvo una sola derrota, aparte de la parcial de Guadalajara, aunque cosechó algunos fracasos –sin ser derrotado—. El ejército rojo fue capaz de lanzar ofensivas peligrosas incluso cuando parecía tener perdida la guerra. Pero una y otra vez los nacionales supieron parar los ataques y convertirlos en desastres para los atacantes. También cabe señalar que el bando nacional registró numerosos hechos de heroísmo (el del Alcázar de Toledo es el más conocido, pero hubo muchos más), inexistentes en el bando rojo salvo algunas resistencias enconadas.
El curso de la guerra puede resumirse así desde el bando nacional: partiendo de una inferioridad material casi desastrosa, los rebeldes, con fuerzas muy reducidas, vencieron al Frente Popular en Guipúzcoa y, sobre todo, lo llevaron al borde del hundimiento en Madrid, pero aquí fueron rechazados. Entonces se aplicaron a poner en pie un ejército masivo en toda regla, y luego de nuevos fracasos en el Jarama y Guadalajara en invierno y primavera de 1937, optaron por atacar la franja del norte cantábrico, de gran valor estratégico y económico por su industria pesada y de armamento, sus minas, ganadería, etc. La lucha allí se complicó por tener que afrontar ofensivas rojas en el centro y Aragón sobre todo por Brunete y Belchite, que fueron repelidas, y Franco obtuvo en el norte victorias aplastantes, alguna de ellas gracias a la traición de los separatistas vascos a sus aliados del Frente Popular. Hacia finales de octubre de ese año, su victorioso ejército era por primera vez algo superior materialmente al contrario.
Entonces, mientras se preparaba de nuevo para conquistar Madrid, Franco debió hacer frente a una ofensiva roja por Teruel, que triunfó en un primer momento, para ser a continuación doblegada y convertida en catástrofe para sus enemigos, y los nacionales llegaron al Mediterráneo en abril de 1938, aislando a Cataluña de Valencia. Por entonces, la tensión en Europa subía de punto con la unión de Austria a la Alemania hitleriana, a mediados de marzo, y en Francia el gobierno izquierdista de León Blum planeó intervenir en España a favor del Frente Popular, aunque no se atrevió a realizarlo, limitándose a facilitar a los rojos gran apoyo logístico. El peligro internacional movió a Franco a orientar su ofensiva sobre Valencia, en lugar de sobre Cataluña, que tenía mayor valor estratégico pero podía provocar la intervención francesa. El avance a Valencia fue lento, por la dura resistencia, y el 25 de julio, el bando rojo lanzó a retaguardia nacional la gran ofensiva del Ebro. En principio, la concentración del ejército rojo en el Ebro ofrecía la posibilidad de embolsarlo a su vez por retaguardia, pero la operación no solo era difícil, sino que, nuevamente, podía animar las amenazas francesas. Franco prefirió destruir a su enemigo en el mismo Ebro, después de lo cual Cataluña caería previsiblemente como fruta madura. Fue la batalla más larga (casi cuatro meses) y sangrienta de la guerra, y a su final el ejército rojo había sufrido un desgaste irrecuperable, mientras el nacional conservaba su potencia.
Así, la ocupación de Cataluña emprendida con precaución a finales de 1938, resultó muy fácil, en gran medida porque la población, harta del dominio revolucionario, daba la bienvenida en todas partes a los de Franco. Estos entraban el 26 de enero de 1939 en Barcelona, entre una multitud que los aclamaba. Otra masa de barceloneses, de grado o forzada por las tropas vencidas, pasaba a Francia, donde sería recluida en campos de concentración: la gran mayoría de los huidos retornaría a España meses después.
Quedaba por ganar una extensa zona en el centro-sureste de la península, donde los frentepopulistas disponían aún de un ejército cifrado en más de medio millón de hombres, buenos puertos y una armada poderosa. Franco, en lugar de arrojarse sobre ella, esperó a que los desmoralizados enemigos pelearan entre sí, como ocurrió. El 28 de marzo, los nacionales entraban a Madrid aclamados como en Barcelona, y enseguida ocuparon toda la zona sin disparar un tiro. El 1 de abril Franco emitía su célebre y lacónico mensaje. “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.
Desde la perspectiva del Frente Popular, la conducción de la guerra estuvo mediatizada por las desavenencias internas. Al principio, todos creían tan segura la victoria que se ocupaban más de prepararse a disputar la parte del león en el botín que a dirigir eficazmente la lucha. Los comunistas fueron la excepción. Cuando los nacionales avanzaban sobre Madrid en verano del 36, el gobierno inepto de Giral fue sustituido por el del socialista Largo Caballero “el Lenin español”. Este gobierno huyó a Valencia, pero entre tanto había logrado la hazaña de integrar en él a todas las fuerzas antinacionales, hasta a los reacios anarquistas. Largo acometió en serio la consigna comunista de crear un ejército regular en sustitución de las milicias (Ejército Popular de la “República”), recibió la asistencia de Stalin a cambio del envío del grueso de las reservas de oro a Moscú, y cuando los nacionales llegaron ante Madrid estaba en condiciones de destruirlos. No lo consiguió, pero retuvo la ciudad y luego paró tres ofensivas nacionales sucesivas. El “Ejército Popular” no era una quimera.
Sin embargo la unidad política alcanzada por Largo resultó endeble. El descontento de los anarquistas crecía, los comunistas iban haciéndose con la hegemonía en el ejército y los soviéticos trataban de imponer una tutela contra la que terminó por rebelarse el “Lenin español”. La pugna se resolvió con una miniguerra civil intraizquierdista en Barcelona, ganada por los adversarios de Largo, quien fue sustituido por el también socialista Negrín, mucho más identificado con los comunistas y con los soviéticos: como principal responsable de la entrega del oro español a Moscú, era muy consciente de la dependencia política que ello traía consigo.
Al desviar Franco sus esfuerzos de Madrid al norte cantábrico, los rojos tuvieron la ocasión de contraatacarle en el centro, donde habían adquirido una gran ventaja. Lo hicieron sucesivamente por las inmediaciones de la capital y por Brunete, Huesca y Belchite pero, sorprendentemente, su superioridad en infantería, artillería, carros y aviones chocó contra unas resistencias encarnizadas y no logró ni aniquilar a su enemigo ni apenas distraerle de su ofensiva norteña. Al perder la franja cantábrica, Negrín hizo un esfuerzo titánico para reclutar una nueva masa de tropas y atacó y tomó Teruel. Pero este triunfo solo prologó una gran derrota frentepopulista, cuyo territorio quedó partido en dos, lo que aumentó el desánimo y las rivalidades políticas internas. Azañistas, separatistas catalanes y vascos, y algunos socialistas conspiraban en pro de una paz separada o de compromiso a costa de los comunistas y haciendo intervenir a otras potencias, con posible división del país. Negrín los intimidó con despliegues de tropas en Barcelona, al paso que jugaba propagandísticamente la baza internacional de una oferta de paz de la el propio Azaña se burló, teniéndola por añagaza desesperada.
Las posibilidades militares de Negrín eran muy escasas, pero él buscaba alargar la guerra lo más posible, deseando que las tensiones europeas desembocasen pronto en una nueva guerra mundial, y así una intervención francesa e inglesa en España le librasen de una completa derrota. Por ello, lejos de desalentarse, reforzó la represión contra sus aliados, amedrentó a Azaña, consiguió más ayudas soviéticas e hizo un supremo esfuerzo con la ofensiva del Ebro. Durante la misma, sus esperanzas de guerra europea estuvieron cerca de cumplirse en septiembre de 1938, por la crisis de Munich, pero no tuvo esa suerte. Ante el siguiente y rápido avance nacional por Cataluña, los jefes frentepopulistas escaparon a Francia llevando consigo enormes tesoros expoliados concienzudamente por Negrín desde el mismo año 1936*. Azaña dimitió y el gobierno rojo quedó en posición comprometida.
Negrín y los comunistas trataron de resistir en la zona centro, pero allí muchos anarquistas, socialistas y republicanos detestaban la tiranía comunista y terminaron por preferir la previsible venganza de los nacionales. Intentaron un acuerdo con Franco, que les exigió la rendición incondicional. En marzo estalló una nueva y sangrienta guerra civil entre las propias izquierdas, Negrín, sus amigos y los jefes comunistas huyeron, y de este modo revelador terminó la contienda para los rojos.
Cabe decir que la guerra europea estallaría solo cinco meses después. Pero los que la esperaban para salvarse en España se habrían llevado la inmensa sorpresa de que empezaba con un pacto amistoso entre los nazis y los soviéticos, que en España se habían enfrentado amargamente a través de los bandos en pugna.
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¿Qué significó históricamente la Guerra Civil? Para los revolucionarios una tremenda derrota, y lo contrario para quienes deseaban salvaguardar la nación y el cristianismo. Aunque el tópico afirma que las guerras civiles son estériles, esta, que fue provocada por las izquierdas, tuvo carácter fundacional, como la de Secesión en Usa y otras: abrió el período de paz más largo y en muchos aspectos más fructífero que haya disfrutado el país desde la invasión napoleónica y creó el espíritu necesario para afrontar retos tan graves como los embates de la guerra mundial y el aislamiento posterior, y para asegurar una evolución hacia una democracia no traumática en vez de una nueva república. De ningún modo fue estéril y puede considerarse el hecho más trascendental de la historia de España desde la invasión francesa, cuyo ciclo histórico vino a cerrar… si los desafíos actuales causados por el resurgimiento de la alianza izquierdista-separatista no reabren los viejos odios y convulsiones.
Desde el punto de vista internacional, una victoria roja habría complicado en extremo la situación europea, creando un foco revolucionario prosoviético a espaldas de Francia, intolerable para las democracias, y causando probablemente la desmembración del país, lo que habría enredado aún más la situación. Además, habría arrastrado inevitablemente al país a la guerra mundial. Y, al contrario, se temía que la victoria de Franco convirtiese a España en satélite de Alemania e Italia; pero Franco mantuvo celosamente la independencia nacional, como Churchill y otros supieron prever. Lo cual resultó inesperadamente –para muchos– una bendición para los Aliados en su guerra contra el III Reich, ya que una España beligerante al lado de Hitler habría empeorado grave y quizá decisivamente la posición anglofrancesa primero e inglesa después durante 1940, 41 y 42. El hecho de que la guerra mundial la ganasen las democracias aliadas con el totalitario Stalin hizo que el significado de la victoria nacional se distorsionase masivamente por la propaganda, acompañada de todo tipo de amenazas contra el franquismo. El cual, no obstante, fue capaz de afrontar el temporal y capearlo.
* En Los personajes de la República vistos por ellos mismos he contrastado las memorias de los líderes, comparándolas con los sucesos conocidos, formando así una especie de autorretrato revelador.
* La he analizado a fondo, creo que por primera vez, en El derrumbe de la República y la guerra civil.
** Las memorias de Alcalá-Zamora, robadas por el Frente Popular, se han publicado recientemente, y dan datos sobre las intensas coacciones y hasta cierto punto sobre las votaciones no publicadas.
* Ver Los documentos de la primavera trágica, recogidos por Ricardo de la Cierva. He expuesto el proceso con detalle en El derrumbe de la República y la Guerra Civil, Madrid, 2001
*Véase Ramón Salas Larrazábal, el primero en sacar la cuestión de la propaganda para incluirla en la investigación científica; o Ángel David Martín Rubio; también El terror rojo, de Julius Ruiz. Yo he expuesto en Los crímenes de la Guerra Civil la falsedad de los asertos propagandísticos.
* Ver, por ejemplo, mi polémica en 2003 con el profesor Moradiellos en la revista digital El Catoblepas, fundada por Gustavo Bueno.
* Stalin estaba sovietizando el Frente Popular al paso que trataba de atraerse a las democracias, una política contradictoria en apariencia, que ha dado lugar a especulaciones sobre el “buen Stalin”, ansioso de llegar a un acuerdo con Francia e Inglaterra para defender la “democracia” española y frenar a Hitler. En realidad, Stalin buscaba la confrontación entre las democracias y los fascismos, que él consideraba en el fondo potencias burguesas e imperialistas por igual.
* La realidad de este expolio bien organizado fue reconocida por el propio Negrín en cartas cruzadas con el también socialista Indalecio Prieto, que en Méjico y de acuerdo con el presidente Cárdenas, le había birlado, literalmente, gran parte del tesoro, transportado allí en el yate Vita. También el PNV estuvo cerca de apoderarse de él. Lo he tratado en Los mitos de la Guerra Civil y en otros trabajos.
