Una hora con la Historia: El Cid, ¿héroe o mercenario? https://www.youtube.com/watch?v=v465-dv-HTI
De la intentona revolucionaria de 1917 salieron conmocionados y divididos los enemigos de la Restauración. Cambó y Lerroux, que se habían creído al borde de la victoria, volvieron rápidamente a una política de orden, hasta el punto de que Cambó sería ministro de Fomento al año siguiente. El hecho de que los republicanos, con más votos y seguidores que los socialistas, apenas se movieran en la huelga revolucionaria, causó una gran decepción en el PSOE, cuyos militantes se consideraron vendidos, y parte de los dirigentes resolvió no mover más un dedo por una alternativa y unos políticos al fin y al cabo burgueses, tan explotadores como los demás. El PSOE había creído utilizar a aquellos burgueses, empujándolos a que tomaran el poder para condicionarlos desde fuera, y se encontraban con que los utilizados habían sido ellos: “seducidos y abandonados”, podría decirse. Prieto era el principal animador de la colaboración que había permitido al PSOE acceder a las Cortes, pero Besteiro, Largo Caballero y otros adoptaron una desconfianza rayana en hostilidad a los republicanos.
Sin embargo, su derrota fue todo menos decisiva. Los jefes socialistas podían haber sido condenados incluso a muerte. Lo fueron a cadena perpetua cuatro de ellos, Besteiro, Largo, Saborit y Anguiano, pero tras unos meses y el habitual indulto estaban de nuevo libres, y varios de ellos en las Cortes. Había obrado el milagro una intensa campaña de agitación en la calle, auspiciada por una Alianza de Izquierdas, que los presentaba como héroes del progreso y la libertad, injustamente reprimidos. En las elecciones de febrero de 1918 , apenas siete meses después de los sucesos, salieron diputados los cuatro, además de Pablo Iglesias y Prieto que ya lo eran. Apenas les aplicaron la amnistía, en mayo, ya exigían cuentas en las Cortes, con inaudita, por la represión del movimiento revolucionario. Un indignado Dato les replicaba: “Los autores de un movimiento revolucionario que tenía por fin derribar al régimen, los que se lanzaron o lanzaron a los demás por caminos de perturbación, considerando que la amnistía no es el perdón sino una apoteosis del delincuente, vienen aquí a acusar a aquellos gobernantes que en los días negros y amarguísimo del mes de agosto, tuvieron que defender el orden social. Vosotros, deteniendo proyectos de ley que a esas clases trabajadoras se refieren habéis pasado sesiones y sesiones hablando ¿de qué? ¿De aquello que puede unirnos para una colaboración común tan indispensable en los momentos por que la Nación está atravesando? No; para sembrar aquí rencores, para establecer antagonismos, para continuar aquí la obra revolucionaria de que estáis encargados”.
En la derrota del movimiento revolucionario había sido decisiva la hábil táctica de Dato, que había neutralizado con flexibilidad a los militares, disuelto y dejado en ridículo la Asamblea de Diputados y reprimido con firmeza y escasa dureza el movimiento revolucionario. Sin embargo, pese a tan excepcional servicio, más apreciable entre unos gobernantes y políticos cuya más destacada cualidad era la maniobra intrigante y una mediocridad extrema, el régimen se infligió una derrota a sí mismo echando a Dato del poder en noviembre del 17, apenas tres meses después del levantamiento. Cambó se atribuye el dudoso mérito por haberle creado un ambiente hostil hasta hacer que “el rey Alfonso XIII lo expulsara del poder”. A ello contribuyó una fuerte campaña de agitación callejera de las izquierdas. Según Romanones, el rey lo relevó por presión de las juntas militares, cuyo ejemplo de insubordinación se extendió a otros organismos del estado, amenazado así de colapso.
Cabe hacer aquí varias observaciones generales: a) Se trató de un movimiento que buscaba la destrucción del régimen con el muy probable fin de meter a España en la guerra europea como satélite de Francia e Inglaterra; b) El ataque fue derrotado gracias a la decisión y destreza de Dato; c) El éxito de Dato fue convertido por el propio régimen en derrota al ceder a las presiones de sus enemigos; d) El régimen demostró así que se encontraba en la agonía por falta políticos de calidad, de ideas y de respaldo intelectual; e) A su vez, el fracaso revolucionario de sus enemigos demostró su debilidad, pero también su capacidad de hacer la vida muy difícil a cualquier gobierno, aprovechando las debilidades de este; f) Este mismo esquema o patrón de desarrollo político iba a aplicarse posteriormente hasta conducir a la guerra civil, implícita en las mismas concepciones marxistas del PSOE.
Hay en todo ello un aspecto ideológico-psicológico, según el cual diversas fuerzas, y particularmente el PSOE, se atribuían el derecho de aniquilar violentamente al régimen liberal, y negaban a este todo derecho a defenderse, considerando tal defensa una especie de acto criminal.
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El título Adiós a un tiempo tiene una sugerencia un poco lúgubre, como si ud diera su vida por concluida.
No, no es así, nadie sabe cuándo le va a tocar. Es porque, aparte de la edad, tengo la impresión de que se han acabado muchas cosas no solo para mí. Tengo 70 años, de los cuales veintiocho en el franquismo, es decir, la infancia y juventud, y el resto en el actual régimen, que ha evolucionado muy mal, de modo que actualmente vacilo en llamarlo democracia, aunque mantenga algunos rasgos democráticos. Esos años dan una perspectiva que no tienen las personas criadas en el régimen actual. Es decir, la dan si uno se molesta en analizar la experiencia, de otro modo, no.
Pero su libro no es de análisis
Por supuesto, es otra cosa. Acaso un acercamiento a la época a través de sucesos personales. Cada persona tiene una biografía particular y única, y al mismo tiempo parecida a la de tantos otros, muy condicionada por las circunstancias históricas y sociales del entorno. Por eso puede ser interesante lo que cuente de sí mismo y de la época y ambiente que le correspondió. Mucha gente que no vivió el franquismo lo entiende como un período lóbrego y tenebroso, imagen perfectamente ajena a la realidad. Es una visión fabricada por la propaganda contraria, que fue esencialmente comunista. De modo que mucha gente mira esa época con las lentes de la propaganda comunista, que para mayor falsedad se disfraza de demócrata. Pero lo curioso es cómo gente que sí vivió aquello ha terminado “recordando” cosas inexistentes. Por ejemplo, la cantidad de tipos que decían haber corrido delante de los grises en la universidad, cuando realmente éramos muy pocos… Pero eso resulta una anécdota cómica al lado de otros “recuerdos”, que ahora subvenciona el gobierno, para más inri.
Tampoco es un libro político, o la política asoma muy poco en el libro
Sí, los recuerdos de infancia y juventud no tienen nada que ver con la política. Y los extractos de mis memorias comunistas tampoco son propiamente políticas, más bien exponen los costumbrismos y reacciones personales en la lucha antifranquista, la vida clandestina y demás. Son recuerdos de ambiente, digamos.
Se dice que la vida viene muy condicionada por las lecturas, sobre todo en la adolescencia y juventud.
Y en la infancia. Desde luego es así, por lo menos para los que han leído mucho por su cuenta. Yo leía bastante literatura italiana, Salgari cuando era niño, después a Papini, Guareschi y otros. Alguna rusa, especialmente Dostoievski. Useña, muy poca, Mark Twain… venezolana de Rómulo Gallegos, argentina de autores que no recuerdo ahora, junto con el Martín Fierro… El Zorba de Kazantzakis… En cambio poca francesa y española, ahora solo me vienen a la memoria Los cipreses creen en Dios, Jardiel Poncela… Uno se pone a hacer memoria y no para. Pero sobre todo inglesa: los “guillermos” de Richmal Crompton, Wodehouse, Maugham, Greene, Stevenson, policíacas de Agatha Christie y de Edgard Wallace, ya no me acuerdo de tantas… A través de ellas llegué a sentir gran admiración por Inglaterra. Se decía lo mucho que leían los ingleses, las tiradas de la prensa, por ejemplo… Cuando fui allí comprobé que la prensa de gran tirada era pura porquería sensacionalista… Pero bueno… Como puede verse, tiraba sobre todo a obras de aventuras o de humor. Sin embargo tres me impresionaron especialmente: Crimen y castigo, de Dostoievski, sobre todo la primera parte, me dio una extraña sensación de haber vivido yo mismo el crimen de Raskólnikof; Inglaterra me hizo así, de Greene, una imagen tan deprimente de frustración e inutilidad; El cero y el infinito, de Koestler me acercó al ideal comunista, como más tarde La noche quedó atrás, de Jan Valtin, pese a ser obras netamente anticomunistas. Hasta los quince años leí mucha novela, después cada vez menos y me he pasado bastantes sin leer ninguna.
¿Eran lecturas frecuentes entre los adolescentes de entonces?
No, no lo eran, la mayoría leía poco, en España siempre ha habido poca afición a leer a cualquier edad. Los estudiantes de colegios institutos preferían el cine, al que yo iba poco (mis padres decían que ya tendría tiempo cuando fuera mayor), y las charlas nunca giraban sobre temas literarios o de pensamiento: fútbol, chicas, canciones… la música anglosajona fue poniéndose de moda y desplazando a la francesa e italiana… A mí me interesaban poco esas discusiones, porque además se repetían mucho. Yo leía en la biblioteca municipal, y mi padre traía libros prestados del Mercantil, una sociedad recreativa de Vigo, una verdadera institución de la ciudad, que creo que quebró hace pocos años. ¿Ve usted? Un cambio significativo: adiós a un tiempo.
Resulta chocante que unas obras anticomunistas le inclinaran al comunismo. ¿Por qué?
¿Por qué? Cualquiera sabe. Una paradoja. Lo he pensado a veces. Creo que porque mostraban un ideal sospechosamente falso, pero que empujaba a una vida de acción y de riesgo en contraste con la anodina vida burguesa de adquirir una profesión, fuera buena o mediocre, estabilizarse, casarse, tener familia y morir de infarto o de cáncer. El propio sacrificio y riesgo de aquella vida me hacían pensar que el ideal no podía ser tan malo como lo presentaban. Ya dije que empecé a acercarme al comunismo después de una experiencia de fábrica en Inglaterra y otras similares.
¿Pretende usted ponerse como ejemplo a otras personas?
Nunca se me ocurriría, pero uno debe preguntarse a qué viene todo esto. A todo el mundo le encanta contar su vida, o lo que cree que ha sido su vida, aunque solo sea al círculo de amigos o familiares. Hay ahí algo de vanidad pueril, sobre todo porque casi siempre se olvidan los aspectos desagradables y se pinta la vida propia con bellos colores, para impresionar al prójimo, que casi nunca se impresiona porque cree su propia vida más interesante. Claro, hay quienes se recrean en sus experiencias más humillantes o sórdidas, pero siempre cabe la sospecha de que lo hacen precisamente para llamar la atención como seres excepcionales. En fin, es un impulso casi universal. Yo he procurado limitar esa vanidad en lo que he podido y no mentir a sabiendas, pero también percibo que el “conócete a ti mismo” es imposible. Nunca sabemos bien lo que somos. Basta comparar la imagen que nos hacemos de nosotros con las que se hacen los demás, y nunca estaremos bien seguros de cuál se acerca más a la realidad. Parece como si lo que hemos vivido tuviera otras claves e incluso otro relato que el que percibimos de nosotros mismos, que sería solo parcial. Siempre me llamó la atención cómo un poco de vino, sin llegar a embriagarse, puede hacer ver los propios actos con una luz distinta, más viva y brillante que la habitual, que suele ser un tanto pesada. Creo que lo digo en el libro, en relación con el recuerdo de Mick, un excelente amigo inglés que murió alcoholizado. Yo me he emborrachado muy pocas veces, y en todas me dejó tan mal sabor físico y mental que la mera idea me repugna.
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