La debilidad intelectual del catolicismo

*Es evidente que lo que más conviene a las mujeres es el patriarcado: viven más que los hombres, se suicidan mucho menos, hay poquísimas mujeres presas, pocos accidentes laborales, pocos trabajos duros, sonríen mucho más…

**D. Pío ¿y no será porque somos más fuertes y más valientes, porque delinquimos menos, cuidamos mejor nuestra salud, somos más precavidas y más diligentes al trabajar..? Y también hay muchos hombres que nos tratan muy bien sin que eso tenga nada que ver con lo que vd. dice.

*Pues no, doña Carolina: en este terrible patriarcado lo lógico sería que las mujeres delinquieran más, vivieran menos, se suicidaran mucho más, trabajaran en los oficios más duros, estuvieran siempre tristes… ¿Por qué no es así?

*El aborto es la bandera, la consigna y el gran tema del feminismo: odian a la mujer…

*Trabajé en Inglaterra en los años 65 y 66, y las mujeres en las fábricas recibían menor salario que los hombres por el mismo trabajo. En España eso ya no existía.

*Atenea es LA diosa de LA sabiduría (sophia), que es a lo que aspira LA filosofía. #acabemosconelmachismo #8deMarzo

*Mire, déjese de idioteces: no hay una sola mujer filósofa algo destacada, por mucho que se quiera exagerar el papel de alguna.

*”Una mujer filósofa es como un perro que anda a dos patas. Realmente  no lo hace bien, pero lo interesante es que lo consigue” (Dr. Johnson)

*Solo faltaría que los hombres tengamos que sentirnos culpables de serlo porque se les antoje a unas cuadrillas de histéricas y demagogos baratos.

*A pesar de las quejas feministas, los hombres tratamos muy bien, en general, a las mujeres: viven más, se suicidan mucho menos, hay muchísimas menos en la cárcel, hay muchas menos indigentes en la calle, tienen muchísimos menos accidentes laborales….

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El historiador José Manuel Cuenca Toribio, uno de los mayores especialistas, entre otras cosas, en la evolución contemporánea de la Iglesia española, ha publicado en la editorial Almuzara Marx en España. El marxismo en la cultura española del siglo XX. Por cultura debe entenderse la alta cultura, más concretamente la universitaria, siempre de gran proyección política. Como aclara en el prólogo,  el libro complementa el anterior Iglesia y cultura en la España del siglo XX, donde  estudiaba el esfuerzo de la Iglesia por contrarrestar el influjo creciente del liberalismo, “neutro o  alejado de la tradicional cosmovisión cristiana” (o abiertamente contrario a ella: en el liberalismo hay corrientes diversas en este y otros asuntos). Su investigación concluía, con pesimismo,  que a pesar de todos los recursos con que la Iglesia “libró  el recio combate”, lo perdió en lo principal, de modo que  “en vísperas de la contienda civil la Iglesia  institución daba por perdida la batalla, refugiándose de modo acentuado e irrefrenable en una mentalidad de gueto”.

Sin embargo, el triunfo de los nacionales en la guerra civil  le dio “la oportunidad inesperada de recobrar la iniciativa” lanzando una ofensiva intelectual en todos los frentes, con el respaldo abierto del poder político. Y nuevamente el empeño, pese a todas las ventajas, fracasó. La Iglesia no logró la hegemonía intelectual frente a las ideologías contrarias, de modo que ya en vísperas del Vaticano II  era ya “un aparatoso fósil” la visión de una España constitucionalmente católica ”reserva espiritual de Occidente”, etc.  El nuevo enemigo de la concepción católica fue entonces el marxismo. El humanismo cristiano que alimentara las facetas más vivas del fragoroso nacionalcatolicismo de posguerra  debió plegar banderas ante el triunfo del ideario progresista-marxista, dueño ya en la “década prodigiosa” de los resortes y claves principales de la espectacular evolución cultural de España del tardofranquismo (y desde la Transición…) el modelo cultural  (…) se inspiró y transitó por la educación, el arte y las letras españolas –el cine, la literatura, el periodismo, la televisión, la radio, la escuela y la universidad– con toda desenvoltura  y eficacia, sin atalayarse en el horizonte señal alguna de modificación o cambio.

La conclusión es pesimista: la Iglesia en España (no solo en España) perdió primero la batalla intelectual contra el liberalismo y a continuación contra el marxismo. Es cierto que el propio liberalismo ha perdido a su vez muchas batallas, no frente a la Iglesia, sino frente al marxismo en sus variadas corrientes; y que, como quien no quiere la cosa, ha ido impregnándose de socialdemocracia desde la II Guerra Mundial, contra las protestas de los liberales más “puros”. Lo asombroso es la pervivencia y capacidad transformista del marxismo, con que el pueden identificarse mejor o peor gran parte de los movimientos culturales hoy día, dándose de paso una amalgama ideológica en la que todos participan de todo. Todos, incluida la Iglesia. El marxismo fracasó clamorosamente ya casi desde el principio, con las terroríficas hambrunas y represiones en las que se asentó. Y con la caída de la Unión Soviética  casi todo el mundo pensó en su evaporación de la historia, donde triunfaba absolutamente la idea de la democracia (más o menos) liberal  liderada por Usa, también ajena a la cosmovisión católica. Luego la historia ha transcurrido por vías imprevisibles, como siempre, y la omnipotencia supuestamente adquirida por el nuevo gran sistema mundial se ha relativizado mucho.

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El gran éxito del progre-marxismo, sea en forma de lucha de sexos, de leyes LGTBI, multiculturalismo, etc., y cifrado en una perpetua falsificación de la historia, es más sorprendente en España por cuanto el marxismo español –como, por lo demás, el liberalismo– siempre ha disfrutado de un nivel intelectual muy bajo. Como expone documentadamente Cuenca, no ha habido teóricos, ni  en general ideólogos ni propiamente intelectuales de enjundia en el marxismo español. En compensación, su número de agresivos mediocres en la universidad y fuera de ella ha sido y sigue siendo enorme, dando lugar a quejas y denuncias, pero no a algo como contraofensivas generales. Y pese a esa mediocridad,  en el “diálogo con los marxistas” propugnado por el Vaticano II, ganaron netamente los marxistas, de los cuales prácticamente ninguno se hizo católico, en contraste con los muchos, muchísimos católicos, empezando por clérigos,  que se hicieron más o menos marxistas, un “marxismo cristiano”, por así decir. Digamos que tras la caída del muro de Berlín se han desarrollado otros eclecticismos cristiano-liberales cuya potencia intelectual tampoco deslumbra.

Hay que decir que el propio Cuenca Toribio, católico,  sufre de miedo ante los “agresivos mediocres”. Obsérvese esta cita: Entre 1980 y 1985 la Facultad de Geografía e Historia contaba aún en plantilla con algunos catedráticos de reconocido prestigio y una adscripción ideológica diversa, pero ajena al marxismo (…) A su lado destacaba una generación más joven de profesores (…) identificados con el materialismo histórico (…) Les rodeaba una aureola de innovación  transgresora  y apuesta por las últimas tendencias mundiales que los hizo muy atractivos a ojos de los alumnos. Nosotros veíamos en ello al prototipo de “intelectual comprometido”, que tanto se llevaba por entonces y sus textos eran leídos y considerados hasta el extremo; algunos nos daríamos cuenta, dolorosamente más tarde, de su verdadera aportación científica (…) (…) El doctrinarismo marxista entre estos penenes era algo dominante y lo transmitían sin ningún rubor, al igual que transmitía como mérito sus carreras frente a “los grises”  (…) siempre con el insufrible diccionario de Marta Harnecker en la mano y con otros tópicos marxistas extraídos de Godelier, de Kovaliof y del indescriptible “Las venas abiertas de América Latina” de Eduardo Galeano, ocultaban con ese telón progresista , acompañado del mayor desparpajo, una ignorancia abismal y una holgazanería investigadora de proporciones (…) Pasado el tiempo les hemos visto acaparar todos los cargos académicos posibles, defender la endogamia universitaria y disputar ferozmente las cátedras sin ningún complejo ni rubor. Frente a ellos, maestros vocacionales y suficientemente preparados  (…) aparecían como versos sueltos empeñados en apartarnos del pensamiento único, de la demagogia y la mediocridad. 

¿Quién escribe esto? No lo sabemos, porque la cita corresponde a “un prestigioso catedrático de instituto y descollante publicista, hoy establecido en Asturias, D. L. A.” Parece que vivimos en una atmósfera de miedo, que el propio Cuenca comparte al echar agua al vino de un testimonio ciertamente veraz, con adjetivos disculpatorios.

El resultado ha sido la mediocridad y confusión en que se debate la universidad (no solo la española); pero el tema crucial de estos libros de Cuenca  es la crisis intelectual del catolicismo, sobre todo después del Vaticano II, que pareció frenarse con Juan Pablo II y Benedicto XVI, pero que de nuevo se está acentuando con el papa actual, un hijo típico y entusiasta de aquel concilio.

Sí, el marxismo en sus múltiples disfraces ha sido una plaga para la universidad española. Pero solo ha podido imponerse porque el cuerpo de la institución, y dentro de él la Iglesia, estaba enfermo de impotencia intelectual, acentuada pero no originada en el Vaticano II. La polémica de los años 40 y 50 en torno a Ortega y Unamuno, símbolos convencionalmente liberales, quedó en nada al llegar los tiempos de Pablo VI. Y luego ya no hubo polémica con el marxismo, sino “diálogo”. Ya sabemos lo que ocurrió, y Cuenca nos lo explica bastante bien.

¿Tiene todo esto remedio? En cualquier caso lo primero es constatar la situación real.

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Los robos del PSOE en la guerra civil sobrepasan todo lo imaginable. Comisión de la verdad sobre el PSOE en “Una hora con la Historia”: https://www.youtube.com/watch?v=yewN3B9OjVs&t=1449s

 

 

 

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De la putrefacción del sistema a la alternativa.

Los robos del PSOE en la guerra civil sobrepasan todo lo imaginable. Comisión de la verdad sobre el PSOE en “Una hora con la Historia”: https://www.youtube.com/watch?v=yewN3B9OjVs&t=1449s

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El  golpe separatista catalán ha sido efecto lógico de una larga tradición disgregadora e hispanófoba actuante desde principios del siglo XX. Al llegar la transición, el separatismo apenas existía, pero fue promovido y financiado a conciencia por todos los gobiernos posteriores, de UCD, PSOE y PP, en connivencia con los propios separatistas, vulnerando la Constitución y, sobre todo, la unidad nacional e intereses de España. A tales políticas delictivas las han llamado “diálogo”, prostituyendo un noble concepto. Entre todos ya habían reducido a marginal la presencia del estado en Cataluña y Vascongadas, entre otros desmanes. La complicidad entre gobiernos y separatistas es nueva en la historia y no debe olvidarse al analizar la situación del país, pues permite entender la clase de políticos y partidos que lo desgobiernan.

   Esta larga complicidad se formalizó y amplió con Zapatero en tres grandes movimientos: la “Operación rescate” de la ETA para sacarla de la ruina y convertirla en una potencia política a costa del estado de derecho, junto con la imposición de nuevos estatutos disgregadores solo demandados por los políticos; todo ello combinado con la también ilegal entrega sistemática de soberanía a la burocracia de la Unión Europea y de la OTAN, y la desidia, llamémosla así, sobre Gibraltar. La segunda operación zapateril  son las leyes LGTBI, que pretenden imponer a la sociedad las ideas e intereses de minorías sexualmente afectadas, con amenazas contra las libertades so pretexto de “odio”, tratando de regular desde el poder hasta los mismos sentimientos de las personas. Y la llamada “ley de memoria histórica”, que falsifica radicalmente la historia, amenaza las libertades políticas más elementales e invierte la decisión popular del referéndum de 1976, de avanzar a la democracia “de la ley a la ley”, es decir desde la herencia del franquismo y no contra ella. Estos movimientos u operaciones, asumidas hoy por todos los partidos, salvo excepciones menores, convierten el sistema salido de la transición en una democracia fallida. Y la raíz de su fracaso se encuentra precisamente en la conculcación del mensaje popular del  citado referéndum de 1976.

    En estos movimientos, que parecían imparables, el golpe separatista ha sacado a la luz varias realidades de calado histórico que permanecían semiocultas. La primera es que la secesión abierta de Cataluña ha resultado prematura, “no había bastante agua en la piscina”, como confiesa algún delincuente golpista. El propio gobierno cómplice ha hecho lo que ha podido por dejarlo impune y seguramente continuará en la misma política de “diálogo”.

   La segunda realidad es la ruptura del sistema de dos grandes partidos corruptos e hispanófobos en connivencia con los separatismos, que se había ido imponiendo desde la transición. Tanto el PSOE como, sobre todo, el PP, han recibido un duro castigo en Cataluña, que probablemente se extenderá al resto del país. En cambio ha surgido un tercer partido, Ciudadanos, igualmente zapateril, pero que por haberse opuesto al separatismo, aunque de modo ambiguo y oportunista, crece con rapidez. Mientras que Podemos, inflado artificialmente por el PP para recuperar votos del miedo, ha perdido impulso. Es posible que la simbiosis PP-Podemos se hunda, lo que  está dejando ya un amplio espacio que puede ocupar una alternativa real.

   La tercera realidad, y más importante, es que se ha despertado una reacción patriótica de amplitud inesperada. Los partidos, políticos y medios de masas corruptos, creían haber dormido o extinguido ese sentimiento, que ahora no saben cómo manejar.

   Estas tres realidades certifican el final del sistema creado en la Transición sobre la anulación insidiosa del referéndum del 76. Sistema que llevaba varios años pudriéndose sin encontrar salida. Todo el problema político del momento consiste en encauzar el movimiento popular para que no vuelva a ser inutilizado por unas fuerzas políticas en putrefacción, pero todavía dueñas de amplios recursos y con experiencia de manipulación de la gente. La situación histórica demanda una salida que debe sintetizarse en un lema: MÁS ESPAÑA Y MÁS DEMOCRACIA.

    Desde este blog proseguiré examinando la situación y proponiendo medidas prácticas en pro de una alternativa radical y viable.

 

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¿Acaso sé quién soy?

https://www.youtube.com/watch?v=yewN3B9OjVs&t=1446s

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¿Me traje yo a mí mismo a este mundo?

¿Me di yo mis instintos, mis impulsos?

¿Decidí yo vivir en este lugar y este tiempo?

¿Fabriqué yo acaso  los vientos y corrientes

 que me llevan de aquí para allá, las ocasiones

que modelan mi peregrinaje?

¿Y adónde peregrino?

¿Pues quién soy yo? Me llaman con un nombre y respondo,

¿Y qué saben de mí quienes me llaman?

¿Y qué sé yo?

Ni siquiera ese nombre me lo he dado

¿De qué soy dueño? ¡De nada!

Y sin embargo, oigo y digo, ¡soy responsable de mi vida!

¿Quiere eso decir algo? Si algo significa, jamás lo entenderé.

Y me insisten, me insisto: “eres responsable de tus actos.

Te han dado medios para desenvolverte,  

te han dado talentos, ¿los has desperdiciado?

Se te pedirán cuentas, aquí o en otro mundo”

Percibo ese aquí, si no es un espejismo, del otro mundo no sé nada.

¿Y qué o quién es ese yo, ese que dice saber o no saber?

¿Alguien me ha hecho, alguien me ha puesto

en eso que llaman tiempo y lugar?

Yo no he sido, ¿Quién es ese alguien?

¿Alguien me ha empujado  a encontronazos

con otros yoes sonámbulos, con eso que llamamos circunstancias?

Ese yo dice, digo: “no todo es sufrimiento y angustia,

también sientes satisfacción, belleza, amor…”

¿Mas qué importa eso, el placer y el dolor?

Sobre todo ello permanece

la pregunta burlona de la esfinge: “¿qué o quién eres tú, sonámbulo?”

¿Y por qué han de pedirme cuentas? ¿Quién?

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Javi alzó la voz: “Eso de que la naturaleza es sabia, es una de las tonterías mayores que se dicen por ahí. ¿Por qué es sabia? No para de hacer estupideces, yo os digo que es sencillamente absurda, ilógica. Un ejemplo: resulta que está interesada, parece ser, en que la especie humana siga existiendo, no sabemos por cuánto tiempo, y para eso nos ha dotado de órganos reproductores. Vamos a ver: ¿se puede ser más necio? Eso, desde un punto de vista lógico y  económico es de lo menos rentable que hay, es una complicación totalmente innecesaria que trae millones de problemas. ¿Por qué no lo ha hecho más simple, más funcional, menos embrollado, sencillamente creándonos inmortales? Es que uno se desespera con tanta necedad…

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memoria suelen tener lagunas o recuerdos mezclados.

Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

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En tuíter:

* ¿Tienen la mujeres una vida más difícil? Viven más tiempo, cometen muchos menos suicidios, hay muchísimas menos en la cárcel, tienen muchísimos menos accidentes laborales, hay muchas menos mujeres pobres que hombres pobres…

*Y qué hay de la brecha salarial  entre los obreros de la construcción  y los políticos y periodistas, pese a que los obreros hacen cosas de verdadera utilidad y los otros se dedican a hacer demagogia y engañar a la gente? Pues ya ven.

* ¿Y la brecha salarial entre una vigilanta de los aparcamientos y una jefa de alguna empresa? ¿Es que esa brecha no cuenta?

*”Al menos mil niños muertos este año en la guerra civil siria”. Agradézcanlo a Arabia Saudí, Catar y la OTAN, promotores y financiadores de la guerra civil

*Es esencial que en la construcción, minas, barcos, cuidado de carreteras etc., se consiga la igualdad, con leyes y cuotas para conseguir la paridad. La mujer al poder.

*Los separatistas son bandas de cacos. El problema, D. Alejo, es que los partidos “nacionales” también lo son.

*Las feministas pretenden convertir a las mujeres normales en unas estúpidas, guarras e histéricas como ellas.

*Feminismo en acción: pic.twitter.com/CMsORS3cp0

 

 

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Un funeral laico

Yo, aunque sé que doña Ermesinda pasaba por ser muy atea, sé muy bien que hace años no era así, me lo ha dicho muchas veces mi mujer, ¿no es cierto María  Antonia?… Sí, claro, no invento,  como veis. Yo también hablé con ella varias veces, muchos de vosotros no me conoceréis, me llamo Julio, era muy amigo de D. Leopoldo, el difunto marido de la señora… Pero les dio a los dos por aficionarse a leer “El País” y mira que yo se lo advertía, no me hicieron caso y, claro, se volvieron muy agnósticos, como le dicen. Pero yo estoy seguro de que quien tuvo retuvo, y que aunque encargó un funeral no religioso, un funeral laico, ella  agradecerá que oremos por su alma, así que, si no importa a la concurrencia, rezaré un rosario, y espero que todos me acompañéis.

   El féretro con la difunta presidía, es un modo de hablar,  la reunión, sobre una mesa de aspecto algo endeble. Ante la propuesta del rosario, los presentes respondieron con murmullos de protesta y desaprobación.

–¡No vamos a estar aquí una hora con un rosario, hay que desalojar pronto la sala! –anunció con energía el empleado de la funeraria– Hay más muertos esperando.

–Bueno, pues por lo menos un padrenuestro.

   Tampoco esta propuesta suscitó el menor entusiasmo entre el público, visible y mayoritariamente adepto a las creencias progresistas de la ocupante del ataúd. No obstante lo cual, D. Julio, impertérrito, se dispuso a comenzar su oración.

   Los asistentes se sentaban en dos hileras de sillas. En la de D. Julio parecía haber poca oposición a su iniciativa, pero en la otra el disgusto se manifestaba en un tono que iba superando el tono respetuoso y de bajo volumen propio de tales ocasiones. Una chica joven, algo gruesa, se levantó a su vez.

–Yo creo que es una inconveniencia y una falta de respeto a doña Ermesinda. Ella no quería saber nada de supersticiones y zarandajas de curas. Y ya que usted se llama Julio, yo me llamo María Asunción, aunque todos me conocen por Choni. Ya pasó el tiempo del patriarcado en que los señores eran los que decidían todo, y… bueno, hemos traído aquí un cedé, música de violines, que es bien bonita y acompañará mejor que esos rezos oscurantistas…

   La hija de la difunta, mujer de mediana edad y bastante bien parecida, explicó su condición y aclaró que se llamaba Jennifer (Yeni o Lleni), innecesariamente pues todos los asistentes la conocían. Alzó la voz al señalar que era amiga de Choni, a quien aprobó vigorosamente,  miró aviesamente al tal Julio y con el disco de los violines en la mano fue al aparato reproductor que se hallaba al lado del ataúd. Sonó una música suave y amansadora, y de pronto los violines dieron paso a unos sonidos estridentes y muy molestos, tras los cuales se hizo el silencio. Jennifer (Yeni o Lleni), algo nerviosa, manipuló el aparato, apretó el enchufe y tocó algunas teclas, pero nada. Aún más nerviosa, llamó la atención al empleado, el cual dio algunos golpecitos al chisme y la música volvió a inundar suavemente la sala. Pero la alegría duró poco. De nuevo volvieron los chirridos, esta vez mucho más fuertes,  taladraban los oídos.  “¡Quiten ese ruido infernal!” rugió alguien.  Yeni o Lleni, sin disimular su cabreo, se precipitó al trasto,  lo desenchufó y le dio una patada que lo trasladó bajo la mesa del ataúd.

–¡Es la  jodía técnica coreana! ¡Y luego dicen que tal y cual!”–gruñó explicativamente  dirigiéndose al público.

   Choni comentó en voz audible para sus próximos: “Claro, qué iba a pasar, con el tío ese de los rosarios y los padrenuestros. Y menos mal si no se nos hunde el techo encima”. Sonaron unas risas que querían ser apagadas, pero no lo fueron, tal vez debido a la excelente acústica del local. Hubo miradas de reproche, confundidas con nuevas risas que se contagiaron a buena parte del público hasta estallar en carcajadas.

  D. Julio creyó llegado el momento de imponerse.

–¡Señoritas y señores! ¡Estamos en un funeral, no en una sesión de circo! Es una vergüenza…

–¡Venga ya, tío carca! ¡A tu funeral tendríamos que asistir! –dijo el joven que se sentaba al lado de Choni, un tipo con rastas que debía de ser su novio o algo así, porque le pasaba protectoramente la mano sobre el hombro sin que ella se opusiera.

– Así que empezaré el rosario, digo el padrenuestro, les guste o no, por el descanso de su alma. ¡Hay que tener respeto!

   Ante el anuncio, Choni volvió a ponerse en pie como por un resorte, con un papel en la mano.

Julio comenzó: “Padre nuestro…” Pero Choni le interrumpió con voz potente, leyendo el papel: “Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo, lleno de aventuras…”. Julio alzó la voz más todavía: “…santificado sea tu nombre…”. La chica continuó con brío redoblado:  “…hazte con hermosas mercancías, nácar y coral, ámbar y ébano, y toda suerte de perfumes sensuales…” “…El pan nuestro de cada día dánosle hoy…”

   D. Julio tenía la voz grave, y aunque hacía un esfuerzo por gritar, la voz aguda y algo chillona de Choni sonaba más alta, y el resultado era un barullo. A Julio trataban de seguirle una minoría, mientras que su contrincante leía sin acompañamiento,  porque nadie conocía de memoria el poema de Kavafis que acostumbra leerse en los funerales laicos. La gente se iba encabritando, empezaron la cruzarse insultos y el barullo se convertía en alboroto. El empleado gritaba a su vez, para poner orden, pero solo contribuía al guirigay. “… Y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros…” “Ten siempre a Ítaca en tu mente, mas no apresures nunca el viaje…”.

“¡Cabrones, habéis venido a sabotear un funeral laico y progresista! ¡Marcharos a vuestras putas iglesias!” –rugía el presunto novio de Choni, y otros a su alrededor lanzaban improperios semejantes, respondidos con brío por algunos de la minoría: “¡Masones, ateos, os condenaréis, os van a dar por saco cuando muráis!”. “¡Os manda Rajoy a joder un acto contra el patriarcado!” “Pero qué acto ni qué leches, es un funeral, ¿no os da vergüenza?” “Doña Ermesinda era una mujer feminista y atea, no una princesita beatona” “¡Respetad el alma de doña Ermesinda!”

  Y llegó lo inevitable: empujones, golpes y chillidos de las mujeres.  El novio de Choni se abalanzó sobre D. Julio, quien le rechazó con ambas manos;  el rastas resbaló y fue a caer con la espalda contra una pata de la mesa del féretro, el cual osciló y cayó al suelo. De pronto se hizo el silencio y la calma. Por milagro, la caja no cayó encima del novio, pero se abrió y la cabeza de doña Ermesinda asomó por un lado. Todos la miraron fascinados. Parecía contemplar la escena con severidad tras sus ojos cerrados.

–¿Ven ustedes como son unos salvajes? – refunfuñó el empleado— Menos mal que no se ha roto la caja, si no tendrían ustedes que pagar otra.  Y ahora, váyanse de una vez, que hay más trabajo, a ver si podemos incinerarla en calma.

   Salieron todos cariacontecidos. Choni sollozaba y su presunto novio la consolaba mientras liaba un porro: “¡Si son unos malditos fachas, cuándo desaparecerán de la faz de la tierra! Los mayores de cincuenta años vienen todos del franquismo, están estragados. ¡Habría que matarlos a todos!”. Yeni o Lleni, la hija, los acompañaba con expresión muy contrariada, tratando de contener las lágrimas. Reponiéndose, comentó “A mí, los funerales es que me dan dentera, ya el de mi padre fue un horror. Y total, para qué” “Eso, total para qué –apostilló el novio—Nadie va a resucitar por eso. Habría que suprimir los funerales, aunque lo hagas laico, eso viene de los curas, qué cosa tan siniestra, te quitan alegría”

  La hija cambió de tono:  ”Bueno, ahora a lo práctico a ver el testamento. Con tal de que no nos haya gastado alguna broma pesada… Con mamá  nunca sabías a qué atenerte”. “Tu madre era una veleta, ya sé que está mal decirlo, ahora que está muerta, pero lo mismo en el último instante…”, opinó Choni. “No, no, en eso era firme, no veas cómo hablaba de los curas…Aunque quién sabe…”. D. Julio, que iba detrás, trató de bromear: “Mira que si deja todo el dinero a un seminario o a un convento de monjas…”. Le lanzaron una mirada asesina y se alejaron de él. Julio trató de responder confusamente a su mujer y un amigo que le reprochaban haber sido imprudente: “¿Es que en este país ya no se puede rezar en un funeral? ¡Faltaría más!” “Sí, pero ya sabes cómo son estos, son unos fanáticos, más vale no provocarlos…”.

 El empleado los miraba desde la puerta: “Con tal que no se líen ahora a hostias… Ahí afuera, por mí que hagan lo que les salga de…”. Pero no hubo tal, y todos se fueron a sus coches, como si ya nadie recordase lo pasado.

 

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¿Fue un fracaso la guerra civil?

Uno no tiene más remedio que reírse con las trapacerías del PSOE en sus gigantescos robos. Pero fue más bien una tragedia: https://www.youtube.com/watch?v=yewN3B9OjVs

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Últimamente se está poniendo de moda, a partir del PP, hablar de la guerra civil como “un fracaso”. La idea va ligada a otra también muy del PP, que he examinado  en  La guerra civil y los problemas de la democracia: la de que fue un enfrentamiento por así decir “sin ton ni son”, entre  pequeñas minorías de “canallas y sádicos sayones”, como dice Pedro J, que empujaron  por la fuerza a  luchar a una gran mayoría de españoles que simplemente “pasaba por allí”. Estas frases expresan la bien acreditada inanidad intelectual de la derecha española, combinada con un sentimentalismo menos inocente de lo que parece.

     La pandilla “intelectual” del PP juega con ese sentimentalismo de origen izquierdista y volteriano según el cual los pueblos son pacíficos y las guerras solo interesan a “los de arriba” o a minorías embrutecidas. Por ahí ya van mal, porque la mayoría del pueblo entiende al PP precisamente como “los de arriba”. Pero, en fin, todo el mundo está de acuerdo en que las guerras son malas por sí mismas, como lo son también las operaciones quirúrgicas, aunque no por eso las calificamos de fracasos, salvo que salgan mal. Siguiendo por ahí también podemos decir que las paces son un fracaso, porque suelen terminar en guerras, o que la vida es un fracaso radical, porque termina en la muerte. No hay como ponerse profundo para alcanzar altas cimas del pensamiento.  

  Desde luego, todas las guerras son un fracaso para los perdedores y un éxito para los vencedores.  Pero también puede decirse que son un fracaso general, en el sentido de que, por explicarlo en términos económicos, los costes son mayores que los beneficios. Pero ¿es esto siempre así? La guerra de independencia de Usa es vista como un gran éxito por los useños, ya que alumbró un país de enorme fuerza expansiva y que llegaría a ser primera potencia mundial en casi todos los terrenos. Y de la posterior Guerra de Secesión puede decirse algo parecido. En cambio la guerra de España contra la invasión francesa, aunque un éxito en sí misma (para los españoles, claro, no para los franceses), dejó un país profundamente dividido y abocado a guerras civiles y pronunciamientos. El coste fue inevitable, pero los beneficios muy escasos. O consideremos la guerra civil rusa tras la revolución comunista: fue un éxito para los rojos, pero a Rusia la metió en una paz nada deseable, signada por una tiranía sin precedentes, cortada luego por una guerra contra la invasión alemana, que también fue un éxito para los rojos pero no cambió la lúgubre paz anterior. En fin, ¿fueron  un fracaso las guerras médicas o las púnicas, o tantas otras? De manera inmediata, depende de la perspectiva, es decir, de los vencedores o de los vencidos, y de manera más general, de sus consecuencias. 

  También pueden calificarse las guerras civiles de fracasos de la convivencia cívica. Esto no pasa de ser una perogrullada, como decir que una batalla es un choque de dos fuerzas armadas. Pero pasar de la perogrullada exige algo más que declamaciones sentimentales. Exige explicar por qué fracasó y qué se jugaba en la guerra misma. Y esto es lo que ocultan los “intelectuales” del PP. Sobre cómo fracasó la convivencia no hay duda. En Los orígenes de la Guerra Civil mostré concienzudamente cómo el PSOE quería y buscaba deliberadamente una guerra civil “a la soviética”, cómo la preparó en la propaganda y en los hechos, y cómo después de su fracaso en el 34 persistió en las mismas ideas e intenciones; cómo los separatistas catalanes se declararon “en pie de guerra”, y la prepararon después de las elecciones de 1933;  Y cómo  la insurrección del 34 fue apoyada por prácticamente toda la izquierda republicana y por parte de los anarquistas, incluso por el partidillo del botarate Miguel Maura.  Está clarísimo así de dónde partió el impulso a la guerra civil.

   Ahora bien, eso no acaba con la cuestión. Hay que entender por qué las izquierdas querían la guerra civil, con más o menos deliberación  o entusiasmo. Y también por qué la derecha se opuso a ese camino con tan poca energía que finalmente no fue posible evitarla. El PSOE quería la guerra por dos razones: porque aspiraba a un régimen de tipo soviético que, según creían o querían creer, iba a acabar con las injusticias sociales, con “la explotación del hombre por el hombre” e inaugurar para España una nueva era de paz y felicidad. Y en segundo lugar creían que las condiciones históricas estaban maduras para dar el paso, cosa que los comunistas, más prudentes, dudaban; si bien se unieron al PSOE e incluso reclamaron la responsabilidad del movimiento de octubre cuando los socialistas, con típica cobardía, negaron haberlo dirigido. Así, existía en la sociedad un impulso revolucionario que era al mismo tiempo guerracivilista

     En cuanto a las derechas, fueron incapaces de oponerse debido también a su debilidad intelectual o ideológica o como quiera llamársele. No sabían nada de marxismo, que era la gran ideología de la época en muchos países, tenían una visión muy roma y elemental de la historia, y ante todo querían mantener la paz, aceptando incluso una república dominada por unas izquierdas que atacaban sin tregua todo aquello que tradicionalmente distinguía a la derecha: la religión católica, la integridad nacional, la propiedad privada, la familia cristiana, la libertad personal, etc. Por ello no adoptaron en ningún momento una política enérgica y resuelta ante los desmanes y provocaciones contrarios, con lo cual  estos se hacían cada vez más graves. Y después de haber vencido el asalto de octubre del 34, las derechas  entraron en una fase de descomposición política. De hecho, el impulso final a la guerra no provino de las izquierdas, sino de las derechas, concretamente de gentes como Alcalá-Zamora, máximo responsable del empujón final al enfrentamiento armado, como Largo Caballero lo había sido antes. Si a algo recuerda la actitud claudicante de la CEDA tras haber ganado las elecciones, y sobre todo de Alcalá Zamora, Portela y compañía con sus turbias maniobras tras la victoria sobre los revolucionarios en 1934,  es precisamente al PP actual.

    Así ocurrió, en esquema, el “fracaso de la convivencia”. En definitiva, una sociedad se mantiene básicamente en paz por el respeto a la ley, que afirma un orden y equilibrio entre las fuerzas e intereses opuestos naturales en la sociedad humana. La legalidad republicana, impuesta sin consenso ni referéndum por izquierdas y separatismos, no les bastó a sus propios autores, que procuraron su destrucción revolucionaria, en el 34 y tras las elecciones fraudulentas del 36. Y la derecha, que se resignaba a aquella legalidad, pero sin considerarla suya, fue incapaz asimismo de defenderla. Cuando la ley cae, los naturales conflictos sociales se convierten en lucha abierta, o bien se impone la tiranía.

   Lo que convencionalmente llamamos derecha, pero que al final tenía poco que ver con la que había actuado en la república, terminó sublevándose, exasperada por el abuso y el terror de izquierdas y separatismos. Y no fracasó, sino que terminó venciendo, a pesar de su situación casi desesperada al principio.

    Señalado el proceso del “fracaso”, en que los intelectuales del PP prefieren no entrar demasiado, se plantea de nuevo la cuestión: ¿fue un fracaso la guerra? Lo fue para el bando rojo, cierto, y lo contrario para que el que se llamó nacional porque defendía la integridad de España. ¿Fue un fracaso para la sociedad? Depende de la perspectiva. La guerra no fue un enfrentamiento entre “canallas y sádicos sayones”, sino que cada bando defendía unos intereses y unos valores. Y lo que estaba en juego era si España iba a desintegrarse o continuar como nación unida e independiente; si iba a perdurar su cultura cristiana o esta iba a ser sustituida por un régimen de tipo soviético; si se iba a mantener la libertad personal aunque se restringiesen las libertades políticas, o se iban a anular unas y otras; si se iba a mantener la propiedad privada o no. Esto es, esencialmente lo que se jugó en la guerra civil. Perdieron los que aspiraban a disgregar a España o supeditarla a los intereses soviéticos, a erradicar la cultura cristiana, a sustituir la propiedad privada por la del estado, a establecer alguna forma de totalitarismo, etc. Salvo que uno crea que las aspiraciones de los perdedores traerían una sociedad de riqueza, felicidad y libertad casi absolutas, como pretendían, me parece que hay pocas razones para lamentar la victoria de sus contrarios.

   Pero es que además las consecuencias no pudieron ser más excelentes. Los vencedores libraron a España de la II Guerra Mundial, que habría sido para España mucho más feroz y sangrienta; derrotaron el intento del maquis de volver a la guerra civil y también el criminal aislamiento exterior; y dejaron un país próspero, reconciliado y políticamente moderado. La sociedad en conjunto no perdió, sino que ganó, y muchísimo, con el resultado de la guerra. Resultado que parasitan y corroen los políticos actuales, señaladamente los del PP… ¡invocando la democracia!

  Hay un lado moral de especial abyección en estos intelectuales políticos: su denigración implícita o explícita de aquellos que fueron capaces, en situación extrema, de rebelarse contra la tiranía más peligrosa que haya vivido España. Y que lo hicieron partiendo de una inferioridad material casi absoluta, y derrochando heroísmo en muchas situaciones. Pues bien,  muchos de ellos, casualmente, fueron padres o abuelos de los políticos que ahora hablan de fracaso y equiparan en vileza a unos y a otros. Uno comprende que las izquierdas y separatistas reivindiquen a sus abuelos, aunque sea mintiendo desaforadamente. No dejan de mostrar en ello algo de dignidad personal. Pero estos miserables peperos escupen directamente sobre las tumbas de los suyos. En fin, no hay palabras.

Recuerdo que Rajoy se jactó alguna vez de que en su familia no había habido franquistas. Seguramente porque pertenece a esa clase de gente  sin otros principios o valores que los del “vil metal” (“la economía lo es todo” sostiene el pensador). Y cree que así podrá flotar en cualquier régimen, lo que a veces consigue ese tipo de personajes, aunque no siempre les sale bien. Son de la “tercera España”, que con su majadería aparentemente bienintencionada y moralista contribuyeron a crear el caos y luego, a la hora de la verdad, escurrieron el bulto echando pestes de unos y otros o tratando de trepar aquí o allá.

   Uno de esos políticos-intelectuales del PP razonaba así hace poco:  “las calaveras no tienen ni yugo y flechas ni hoz y martillo en la frente”. Tiene que haber pensado mucho para llegar a esa conclusión. Decía  Schiller que contra la estupidez es imposible luchar. Sobre todo cuando va envuelta en esa sentimentalería barata tan típica, que quiere hacer pasar por “malos” a quienes no comparten sus  peligrosas bobadas.

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