España es diferente (I)

Con Luis del Pino: https://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2017-12-09/involucion-permanente-el-proces-se-internacionaliza-120078.html

“Una hora con la Historia”. Las hazañas de Zapatero que cambiaron la historia: https://www.youtube.com/watch?v=c_8u6sjZEx8

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En el franquismo, con el auge turístico que no lograba impedir la hostilidad política casi general en Europa, se inventó el lema “España es diferente”, que enfurecía a los progres de entonces. Sin embargo, el contenido del lema era muy real, como he expuesto en Los mitos del franquismo. España era muy diferente del resto de Europa occidental, y voy a exponer por qué y en qué.

1. Casi toda Europa del oeste debe su actual democracia a los bombardeos del ejército useño. España la debe a una evolución social autónoma desde el desastre de la II República a la transición (dejando aparte que en la actualidad la democracia  ha degenerado  y tiene demasiado de farsa corrupta, y no por el franquismo o su herencia, sino por lo contrario).

2. La neutralidad española en la guerra mundial fue, por motivos geoestratégicos, una bendición para los anglosajones, que les ahorró  un río de sangre y sacrificios, por decirlo con moderación. Es una deuda que tienen ellos y el resto de Europa con España. Deuda que  pagaron, por cierto, con  chantajes y amenazas.

3. Casi toda Europa occidental debe su reconstrucción al Plan Marshall. España se la debe a sí misma, con sus propias fuerzas. Fue una reconstrucción realmente brillante, por esa razón y porque los datos lo demuestran: contra lo que pretenden muchos supuestos expertos, ya en los años 40 España superó ampliamente los índices de preguerra. Y eso partiendo no solo de una guerra civil sino de una sociedad que ya en la república había retrocedido en todos los órdenes económicos (también contra lo que insisten las propagandas).

4. La reconstrucción de España, a diferencia de la de Europa occidental, tiene aún otro mérito: se realizó en medio de una hostilidad exterior que cabe calificar de criminal, porque trataba de aislar al país y provocar hambre masiva. Y de un maquis que no era más que el intento de volver a la guerra civil mediante una guerra de guerrillas generalizada, y que no triunfó porque el pueblo no quería volver a la situación de preguerra.

5. En Europa occidental había después de la guerra un clima de ruina, no solo material, sino moral. Frente al sabotaje conjunto de los países demócratas, comunistas y dictaduras varias agrupados en la ONU, España se mantuvo firme  en un espíritu que reconoció Ortega y Gasset cuando volvió a España. El lema popular en la manifestaciones “Si ellos tienen UNO (siglas de ONU en inglés), nosotros tenemos dos”, aun con un toque algo vulgar, lo define. España aceptó los sacrificios impuestos y no se dejó intimidar.

6. Otra deuda que tiene Europa occidental con España es la contribución directa e indirecta para frenar el expansionismo soviético. De haber triunfado aquí el Frente Popular, los europeos se habrían visto atrapados en una tenaza comunista desde el este y desde el oeste. Y la aceptación de bases useñas hizo de España, junto con Inglaterra, la única retaguardia que habría permitido una contraofensiva en caso de que los tanques soviéticos empezasen a rodar hacia Alemania y Francia. Otra deuda que no se quiere reconocer, pero muy real.

7. España tampoco debe su paz desde entonces –la más larga de su historia y más prolongada que la del resto de Europa–, a las operaciones del ejército useño, sino a sí misma, a haber derrotado las fuerzas guerracivilistas en la guerra civil y en el maquis. Mientras que los países más fuertes de Europa occidental, y entre ellos los que más había colaborado con los nazis, como Holanda, Suecia o Francia, siguieron hostigando a España y apoyando a comunistas y terroristas en nuestro país.

8. Al revés que otras potencias europeas, España descolonizó con bastante destreza y escasos disturbios, sin enfangarse en largas guerras, por lo demás perdidas por esas potencias

9.  España, partiendo de unos niveles bajos heredados de un largo pasado, y sobre la base de la reconstrucción previa, fue capaz de acercarse con rapidez a los niveles económicos de  los países más desarrollados.

10. España no solo se colocó entre los dos o tres países de Europa con mayor esperanza de vida al nacer, sino que llegó a estar bastante mejor que prácticamente todos los demás en los índices de salud social: droga, alcoholismo, delincuencia, población penal, fracaso matrimonial o familiar, violencia doméstica, aborto, suicidios, embarazo de adolescentes, etc.

–España es mucho más acreedora que deudora, sea de Europa occidental o de Usa. Y los  logros mencionados, y más que pudiéramos señalar, hacen de España una considerable excepción en la historia europea del siglo XX. Y todos fueron  alcanzados bajo otro régimen excepcional, el franquismo.  Por eso es necesario aclarar algunas cuestiones básicas sobre él.

a) El franquismo surgió de la quiebra de las democracias en casi toda Europa después de la I Guerra Mundial. Aquí, la quiebra se superó en una guerra civil proporcionalmente poco sangrienta, pese a las leyendas. En el resto solo pudo superarse con la intervención de una potencia no europea, mediante una guerra muchísimo más brutal que la española, y dejando la mitad del continente en manos de regímenes totalitarios.

b) El franquismo, durante la guerra y siempre, defendió la unidad nacional de España, la cultura cristiana, raíz principal de la europea, la propiedad privada y la libertad personal frente a las fuerzas representadas en el Frente Popular, que atacaban todos esos valores en nombre de otros pretendidamente superiores sobre los que no vamos a extendernos.

c) Para asegurar aquellos valores fue preciso restringir, nunca anular del todo, las libertades políticas –pero no las personales–, porque de otro modo no se habría podido superar la profunda crisis de la república y el Frente  Popular. No fue un régimen fascista ni totalitario, tuvo que hacer frente en condiciones muy duras a la conjunción de regímenes comunistas, demócratas y dictaduras varias que siempre le mostraron odio y hostilidad. Cabe caracterizar al franquismo como autoritario y en proceso de liberalización conforme el país se iba estabilizando y alcanzando elevados índices de desarrollo económico. Fue esto lo que hizo posible una transición “de la ley a la ley”, de la legitimidad franquista a la democrática, sin mucho trauma. Transición progresivamente traicionada luego, aunque eso lo veremos en otro artículo

   En suma: por primera vez en dos siglos España, los españoles,  tuvieron muy fuertes razones para sentirse orgullosos de sí mismos, confiados en sus propias fuerzas.

    En Los mitos del franquismo me ha interesado dejar claras una serie de cuestiones casi nunca tratadas, porque los que podríamos llamar apologistas de aquel régimen, se centran casi siempre en demostrar que las críticas que se hacen al mismo son erróneas o exageradas, pero dando por supuesto que los críticos tienen cierta autoridad moral para hacerlas. Es decir, les dan explicaciones. Esto es un error. La propaganda antifranquista nace de los únicos que realmente lucharon contra él, comunistas y terroristas, y ha sido aceptada dentro y fuera de España, por fuerzas liberales y (más o menos) democráticas, quizá como reflejo condicionado de la alianza entre ellos para derrotar a la Alemania nazi. Pero es hora de ir viendo las cosas con más objetividad.

 

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“Adiós a un tiempo” (V) Los deseos y la realidad.

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Adiós a un tiempo: Recuerdos sueltos, relatos de viajes y poemas de [Moa, Pío]

–Ud se queja a menudo de que los medios periodísticos y académicos no le dan la cancha que, según usted, merecería, y ese resentimiento…

–No me quejo, constato un hecho y el carácter de ese hecho en relación con la cultura y la democracia.

–… Permita que siga: sin embargo en su libro de recuerdos “Adiós a un tiempo” no se percibe ese resentimiento que otras veces le asoma.

–No se percibe porque no existe. No es que esté contento con ese vacío y silenciamiento, claro está,  pero tampoco me afecta especialmente. Tengo la certeza de que mis libros abordan temas que otros no  abordan, y que los abordan mucho mejor que prácticamente todos esos intelectuales, historiadores y académicos que aprovechan su posición para intentar silenciarme. Con ello revelan solamente su extrema mediocridad. Pero es lo que hay, es el panorama actual de la cultura española, y qué le vas a hacer.

Podría decirse que muestra usted un exceso de soberbia, como Azaña…

–¿Es soberbia? Si digo que mis libros son mejores no es por autoadularme  o autoconsolarme, es porque he tenido que leer muchos libros de esa gente, los he criticado, he demostrado sus errores, y más aún, su falta de seriedad y de honradez intelectual. Ellos no han podido hacer lo mismo con los míos ni remotamente. No aguantan un debate medianamente serio. No los descalifico porque me sienta herido, ni mucho menos, es por la experiencia de muchos años. Y como he llegado a conocerlos, sé lo que puedo esperar de ellos. Lo que me duele de verdad es otra cosa…

–Caramba, habla usted como si nada pusiera dolerle.

–Me duele que el enorme esfuerzo que he hecho en estos años haya movido tan poca reacción entre los que manifiestan estar de acuerdo. Y es un problema no solo por eso, es la incapacidad del elemento conservador para… Vea usted las quejas sobre el cine acerca de la guerra civil. Es una auténtica porquería casi todo él, pero al mismo tiempo denota un intento de hacer arte, de transformar unas ideas, por erróneas o estúpidas que sean, en arte. Y eso es muy grave, no por lo que haga la izquierda o los progres, sino por lo que no hacen otros. Es como la campaña de los abuelitos: es normal que la izquierda saque los suyos a troche y moche, aunque mientan  desaforadamente. Lo que no debiera ser normal es que los del PP y similares se cisquen en las tumbas de sus propios abuelos y muchos otros intenten imponer un olvido fraudulento al respecto. Por supuesto, tampoco las personas que podrían compartir mis análisis parecen capaces de promover una acción política. Esto me preocupa mucho. Algunos incluso justifican su ineptitud con citas evangélicas o algo por el estilo, que los hijos de la oscuridad son más astutos o más hábiles que los de la luz. En fin, monsergas. Incluso he escrito una novela que no tiene nada que ver con la literatura actual y que ha sido muy apreciada por al menos algunos de sus lectores, pero de ahí… nada. Tampoco mis enfoques de la historia han generado escuela. Los jóvenes que estudian, aun apreciando mis libros, se someten tranquilamente a lo que entienden como una dictadura de profesores  peor que mediocres, porque lo absolutamente fundamental para ellos es aprobar la asignatura. Eso me asombra. En mis tiempos había más rebeldía, al menos por parte de algunos, una minoría, por más equivocada que estuviese. Pero la mentalidad predominante hoy es la del pesebre. Todo esto me duele o me preocupa, pero es lo que hay, hay que reconocer la realidad.  Pero cambiemos de tercio, si le parece.

Bien, hablamos antes de la presencia de la muerte en sus recuerdos…

–Sí, pero ¿cómo está presente? No me parece que sea de manera triste o lúgubre…

–Tampoco alegre, aunque la muerte no proporciona a nadie mucha alegría.

–No, está presente porque está presente en la vida. Por ejemplo, visitando el gran cementerio de Atenas, mi hija, que tenía entonces diecisiete años, comentaba “qué paz se respira aquí”, o algo por el estilo. Y es verdad, pero no es toda la verdad. El hombre percibe allí su destino: puede aceptarlo, puede rebelarse, puede desesperarse, puede evadirse de la sensación, que es lo que hace casi todo el mundo, porque le hace sentirse mejor, y, fíjese: todas esas reacciones valen exactamente lo mismo, es decir, nada. Ahí sigue la figura de la muerte, impertérrita ante nuestras reacciones sean las que sean. En mis recuerdos está presente como un hecho objetivo, lo constato y no emito juicios, porque ninguno sirve. Es un tema muy poco popular en España,  que no cosechará muchos lectores, porque vivimos en la cultura del ji-jí jo-jó, pero, en fin… Creo que ya hemos hablado de eso.

También están presentes las canciones.

–Sí, y también en mi novela. ¿Por qué? Porque las canciones marcan las épocas,  les dan un ambiente que no puede expresarse simplemente con palabras, solo con alusiones.

Son canciones extrañas a los ambientes españoles, varias de ellas rusas, esa de los pastelillos de la NEP, o la del cochero que apresura los caballos…

– Es cierto, pocos aquí se identificarían con esa. Ni siquiera con “sous le ciel de Paris”, que en otro tiempo se escuchó en España algo, no mucho, tampoco.  Realmente mi juventud lo que vivió fue el paso de la canción propiamente española a una imitación de la anglosajona, que hizo estragos. No porque la canción anglosajona fuera mala, tiene música popular excelente,  y su éxito en casi todo el mundo es por algo. Lo digo porque su efecto sobre la española fue muy negativo, en mi opinión.  Es parte de ese proceso por el que la cultura española se está convirtiendo en un apéndice algo grotesco de la anglouseña. Por ahí empezó la cosa. Y por el cine. Y hoy no hay españolete cosmopaleto que no se presente en las redes en inglés o introduzca palabros ingleses a troche y moche en su habla… Y lo hacen por desprecio inconsciente, pero evidentísimo, de su propia cultura.

Podríamos dividir su libro en recuerdos de infancia, de juventud y de digamos madurez o hasta de vejez, ¿no? ¿Se siente usted la misma persona a través de todos los cambios y recuerdos’

–Buen tema. Ya hablaremos. Pero voy a insistir sobre lo que decía al principio. Tengo un programa de radio “Una hora con la Historia”. Por razones obvias, es poco visto, pero aún así no tendrá menos de quince mil seguidores. Constantemente hago llamadas a que lo apoyen difundiéndolo, aportando económicamente, formando tertulias de discusión… Sin apenas resultado. ¿Cuánta gente cree ud que colabora económicamente? ¡ochenta y tres personas! Y lo hacen desde el principio, sin apenas aumento. ¿Qué conclusiones sacar de ahí? ¿Que no hay nada que hacer?  Pues hay que hacerlo, a pesar de todo.

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España y Europa (IV) La periferia y el centro de Europa.

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P. Dice usted que nunca España fue más España que en ese siglo y medio “de oro”. Sin embargo, incluso en esa época mostraba ya retraso con respecto a los países más avanzados de Europa.

R.  Se ha tendido a explicar la historia de Europa mediante un centro, que sería grosso modo Francia, Inglaterra y Alemania, y una periferia en la que se incluiría a España, al menos desde mediados del siglo XVII. Pero incluso antes. El argumento es que España representaba una cultura tradicionalista, mientras que en el centro de Europa se desarrollaban elementos “modernos” o “modernistas”.  En mi opinión el concepto de “modernidad” es  muy ambiguo. Generalmente se lo presenta con los rasgos de  subjetivista, materialista, igualitarista, frente a la tradición de jerarquía social, catolicismo y monarquismo.  Yo creo que se trata de una confusión. Las evoluciones llamadas modernas culminarían en la Ilustración y la sustitución parcial del cristianismo por las ideologías, como expongo en el libro. Pero ese es otro tema. Como dije, en el siglo y medio largo que va desde los Reyes Católicos a Felipe IV, España no fue solo la potencia principal de Europa  en lo político y militar y  también propició una especie de revolución económica, sino que, como me interesa señalar especialmente, creó una cultura propia con injerto principalmente italiano, pero de gran originalidad. Lo he resumido en que España fue entonces más España que nunca, y eso puede decirse porque desde entonces su originalidad y creatividad se vinieron abajo en gran medida, quedando reducidas a un casticismo de bajo nivel, no despreciable, pero de bajo nivel.

P. La pregunta sigue en pie: en esa época brillante, según usted, España cultivaba ya los gérmenes de su atraso posterior. Por ejemplo la expulsión de los judíos. 

R. Bueno, para empezar la expulsión de los judíos correspondió a una especie de política bastante general en Europa, en todas partes se los veía como un elemento foráneo y parasitario, inasimilable, no digo que fuera justo, pero era así. La particularidad era que los judíos eran más numerosos en España, sin serlo mucho tampoco, y que hasta entonces gozaban de una situación mucho mejor que en el resto de Europa. La expulsión suscitó una gran aprobación en toda Europa, y se hizo en condiciones mucho más humanas que como se había hecho en Francia o Inglaterra. Pero esa no es la cuestión real. Se ha dicho que la expulsión de los judíos marcó el comienzo de la decadencia de España, al privarla de sus elementos más productivos. Eso se oye mucho. La realidad es más bien la contraria: España se convirtió en la primera potencia de Europa al mismo tiempo que expulsó a los judíos. No es que se convirtiese en primera potencia por haber expulsado a los judíos, es que no hay la menor relación entre una cosa y la otra.

P. Dejando aparte el problema de los judíos, la Inquisición y demás, me refiero al excesivo peso del catolicismo, de la Iglesia en España  

R. Ese es el fondo de la tesis de la modernización: España optó por defender el catolicismo mientras en gran parte de Europa se abandonaba o se perseguía o se dejaba en segundo término. Y ahí radicaría la causa de nuestro atraso posterior. En mi opinión, se trata de una distorsión enorme de la realidad. La defensa del catolicismo frente al protestantismo fue brillante, y no me refiero solo a los aspectos políticos, militares, incluso educativos por los jesuitas, sino más bien el aspecto intelectual, que culminó en el Concilio de Trento.

P. Pero no negará usted que aquellos países que repudiaron el catolicismo, como Alemania o Inglaterra u Holanda, o que lo fueron dejando cada vez más en segundo término como Francia, son los que desde mediados del siglo XVII llevan la batuta por así decir, del despliegue cultural, del pensamiento, la ciencia, la técnica, mientras España quedaba atrasada. ¿No es inevitable ver ahí una relación con el catolicismo?

R. Creo que no, o que debe matizarse mucho. El problema entraña otros aspectos que no deben pasarse por alto. España se defendía y defendía a Europa del avance otomano, mientras la “Europa modernista” la apuñalaba por la espalda, por decirlo así. Hay una relación que no es meramente intelectual, que es una relación de fuerza y que terminó agotando a España.  Creo que Trento fue un extraordinario logro intelectual, aparte del contenido religioso, es decir, el catolicismo fue muy bien defendido en el plano intelectual. Y no hay que olvidar que en el siglo XVI España gozaba a una enseñanza superior más numerosa que en el resto de Europa, cosa que casi siempre se olvida. La cuestión es: ¿por qué aquel catolicismo que dio el derecho internacional, la poesía mística, importantes teólogos, y que impregnó todo el arte y la literatura, etc., va quedando anquilosado después de Trento? ¿Es España o es el catolicismo lo que falla? Si es el catolicismo, no lo sé, pero España falla, desde luego, deja de producir cultura de primer orden como antes y queda rezagada  de lo que llaman el centro cultural y político europeo.

P. Se lo cuestionaré de otro modo: puede entenderse que luchando contra tantos enemigos y en tantos frentes cualquier potencia termina agotándose militar y políticamente, pero ¿por qué ese agotamiento fue también cultural? ¿Por qué fue una cosa con la otra?

R. Eso es ya más difícil de explicar.  No tenía por qué haber sido así. En realidad cuando empieza la decadencia en el siglo XVII hay un verdadero esplendor cultural, hasta Calderón y Velázquez, pero se va apagando. En el siglo siguiente, España pierde su genio y su originalidad, el XVIII es un siglo francés en España. Todavía da un Goya, pero en conjunto se entra en el casticismo, que ya es otra cosa. Feijoo tiene su importancia, pero comparado con lo que se da en Francia, Alemania o Inglaterra, España queda a la cola, como una imitación descolorida, y  los ataques de algunos a la Ilustración, aunque  a veces tienen enjundia, quedan a un nivel bajo.  Julián Marías apreciaba que por lo menos los ilustrados españoles no habían cometido los dislates intelectuales de los demás, pero es muy flaco consuelo. Tampoco “cometieron” sus aportaciones más que como seguidores medianos, obstaculizados además por un catolicismo sin brillo.  Marías ve el reinado de Carlos III como el paradigma de lo que sería una España plena, por decirlo así. Pero una de las hazañas de Carlos III fue dar un golpe tremendo a la enseñanza, con la expulsión de los jesuitas, en lo que no dejaba de seguir también un modelo francés. Siempre ha sido muy conflictiva y difícil la relación entre España y ese centro de Europa, que fue el centro desde el siglo XVII militar, política, económica e intelectualmente. Aunque identificar a Alemania, Inglaterra y Francia  como si fueran básicamente iguales,  con el criterio de la “modernidad” es abusar bastante de la historia.

 

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La lucha por la verdad histórica hoy

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  La transcendencia histórica de Zapatero es máxima. Lo que ha significado es, ni más ni menos que la inversión completa de la transición. Recordemos que esta se hizo desde el franquismo, de la ley a la ley, con reconocimiento implícito de la legitimidad franquista  y que la hicieron los franquistas, con un rey designado por Franco:  un hecho realmente insólito en el siglo XX, que una monarquía  derrocada volviera a establecerse. Recordemos que contra esa salida se articularon todas las fuerzas de la oposición en torno a un programa de ruptura, cuya sustancia consistía en declarar ilegítimo el franquismo para enlazar, implícita o explícitamente, con el Frente Popular derrotado en la guerra civil. Recordemos, cómo la opción rupturista fue completamente rechazada por votación popular en el referéndum de diciembre de 1976, lo que obligó a los rupturistas a calmarse y adaptarse, aguardando tiempos mejores. Recordemos, en fin,  cómo el mensaje popular fue progresivamente abandonado por las propias fuerzas salidas del franquismo, lo que llevó a cometer graves errores, manifiestos en una Constitución bastante defectuosa.  

  Observemos con perspectiva histórica lo que suponía la ruptura y por qué no triunfó entonces. El Frente Popular, en el que pretendía fundar la legitimidad democrática, había sido una alianza de totalitarios marxistas y stalinistas, de separatistas, anarquistas  y  golpistas de izquierda tipo Azaña. Aquella alianza había salido de unas elecciones fraudulentas, y a continuación había destruido la legalidad republicana, ya de por sí bastante caótica. Con lo cual abocó a la guerra civil, porque la ley está precisamente para que los diversos y opuestos intereses presentes en toda sociedad no degeneren en lucha abierta. En su vesania, los componentes del Frente Popular llegaron a matarse abundantemente entre ellos  al mismo tiempo que  combatían y llevaban las de perder contra los nacionales. Bien mirados los hechos, ¿cómo nadie en su sano juicio podía basar una democracia en aquella experiencia? Pues así lo pretendían los rupturistas. Y lo pretendían en gran parte por pura ignorancia de la historia, una ignorancia que se podía convertir fácilmente en tergiversación sistemática debido a que el franquismo nunca elaboró un discurso claro, más allá de algunas ideas correctas pero simples, poco elaboradas y a veces  muy toscas, que han facilitado mil equívocos. De ahí que el rupturismo, fracasado en 1976, se haya impuesto en los medios intelectuales y progresivamente en los políticos y periodísticos.

   Ha sido necesaria una trabajosa reelaboración de la historia desde los hermanos Salas Larrazábal y Ricardo de la Cierva, entre otros, centrados en la guerra civil sobre todo; en cuanto al franquismo posterior y su dimensión histórica, los estudios han sido en general muy flojos y en su gran mayoría contrarios; y sin embargo era necesario clarificar el asunto incluso más que la guerra civil. Por mi parte he contribuido con dos libros recientes: Los mitos del franquismo y La guerra civil y los problemas de la democracia. Y de modo más indirecto, con Europa, una introducción a su historia. Y también contribuyo con el programa Una hora con la historia y con breves comentarios en mi blog y en algunos órganos de radio y televisión por desgracia menos escuchados o vistos de lo que deberían.

 No hay que decir que esta reelaboración ha chocado con una oposición feroz por parte de numerosos historiadores, periodistas y políticos, que han procurado silenciarlas. El problema es que esos historiadores y demás son los que, por decirlo vulgarmente “cortan el bacalao”, es decir, disponen de una fuerte hegemonía en la universidad, los medios y la política en general. Y se explica porque durante decenios sus versiones no han encontrado apenas oposición, pues quienes realmente trajeron la democracia,  franquistas o ex franquistas, prefirieron olvidar el asunto y dejar vía libre a las versiones rupturistas. Por eso muchos de estos rupturistas llegaron a creerse sus propias versiones, a pesar de que al más elemental análisis crítico las ponía muy en duda. El franquismo quedaba como el gran mal, asimilable incluso al nazismo, y el antifranquismo como el gran bien, asimilable a la democracia. Una distorsión tan grotesca ilustra mucho sobre el clima creado en España en la política y sus grandes peligros.

    Pero esas versiones distorsionadas, una vez asentadas, han fundamentado tantas carreras académicas, periodísticas o políticas, han generado tantos intereses prácticos, que reconocer su falsedad habría requerido un grado de honradez casi sobrehumano. Por lo que la reacción más esperable era la que ha sido: aferrarse a ellas con uñas y dientes y tratar de impedir por todos los medios la circulación de versiones contrarias, con insultos, silenciamientos,  acusaciones de fascismo, de neofranquismo y similares, métodos típicamente totalitarios. Otro calificativo, el de “revisionismo”, es particularmente revelador: la revisión es una exigencia absoluta del método científico, y de lo que se trata es de que las distorsiones oficializadas se conviertan en dogmas y nadie ose revisarlas, so pena de exclusión y, en lo posible, muerte civil. Y la aportación de Zapatero ha sido instalar oficialmente, por fin, el rupturismo; y lo ha hecho, como no podía ser menos entre admiradores de los vencidos de la guerra, mediante una ley totalitaria, contraria al estado de derecho, amenazante para la libertad intelectual y exaltadora de los chekistas y terroristas fusilados después de juicio y convertidos por esta gente en víctimas del franquismo o del fascismo,

    Muchos dicen que no debemos preocuparnos porque de todas formas la verdad terminará imponiéndose. Esto es un optimismo vacuo y muy poco inteligente, porque las falsedades pueden durar larguísimo tiempo, y hacer entre tanto un daño enorme. Y las falsedades de que hablamos vienen  durando ya varias décadas y no tienen traza de disminuir, y su daño está bien a la vista. ¿Por qué se mantienen a pesar de todo? En medida muy importante por la falta de espíritu y de compromiso por parte de quienes deberían contribuir al esfuerzo contra ellas, que generalmente permanecen como meros espectadores. Esta tendencia tan extendida ya la señalaba el filósofo Julián Marías, muy preocupado por las peligrosas derivas que él percibía con claridad: “la gente se pregunta qué va a pasar, en lugar de qué puede hacer”. Y la  verdad es que todo el mundo puede hacer algo, incluso con poco esfuerzo, como no hace falta insistir en ello. Este programa de “Una hora con la historia” no está concebido como un mero ejercicio de ilustración, sino también y ante todo como un ariete contra la fortaleza de los dogmáticos que odian el revisionismo. Una vez más convocamos a nuestros oyentes para esta tarea común, divulgando el programa y contribuyendo económicamente a él.  

   En 1997, con gobierno del PP y bastante antes de la infame ley de memoria histórica, escribía Julián Marías el artículo “¿Por qué mienten?”: “En personas y grupos ha adquirido la mentira un carácter que se podría llamar “profesional”. La historia es objeto preferente de esa operación, lo que (…) encierra quizá los peligros más graves que nos amenazan. Todo lo que se haga para establecer –o restablecer—la verdad histórica me parece tan precioso como necesario. Pero, aunque existen, se cuentan con los dedos los que se entregan a fondo a esa urgente tarea”.

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Una hora con la Historia: Aznar y la ETA. La libertad en el franquismo: https://www.youtube.com/watch?v=OWGkWjPSjOs&t=3s

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Para entender a Rajoy

(Uno también peca de ingenuo, aunque poco a poco vaya entendiendo. Escrito el 16 de octubre de 2006)

El capital político acumulado por Aznar –excluyendo su pésima explicación de la guerra de Iraq y su nefasta política de medios (también otras cosas, pero bueno)–, más el descrédito del PSOE, debieran haber dado a Rajoy una gran mayoría absoluta en 2004. Pero él prescindió de aquel capital y de la crítica a fondo a las majaderías de Zapo. Se dedicó a hacer promesas como si saliera de la oposición sin un pasado reciente que las respaldara; y permitió al PSOE presentar mil ofertas como si no las invalidase su pasado también muy reciente y nunca corregido. Zapo estuvo a la ofensiva y Rajoy a la defensiva. Solo las rentas de la gestión de Aznar, a las que él no añadía nada, daban a Rajoy una victoria mínima y probablemente insuficiente para gobernar. Y al final todo lo decidió una jugada oscura y sangrienta.

Desde entonces no es que le hayan faltado a Rajoy buenas ocasiones. Por ejemplo, la nefasta Constitución europea fabricada por el corrupto etarrófilo Giscard d’Estaing. Por supuesto, Rajoy  la criticó severamente… para apoyarla al fin. En lugar de una gran victoria política compartió el fracaso de Zapo, y en la ridícula posición de peón de este.

Vino la mayor traición perpetrada por Zapo hasta ahora, el mayor precio político pagado a la ETA y el separatismo: el estatuto de Cataluña. Rajoy demostró la ilegalidad del engendro, pero aceptó discutirlo en las Cortes y a continuación lo imitó en Valencia y Baleares… de momento. ¡Y poco después se ofreció al gobierno para ayudarle a evitar un “precio político” en los chanchullos con la ETA!

Acabamos de ver la misma táctica con respecto al envío de tropas al Líbano: tras una crítica feroz… Rajoy apoya a Zapo. En torno a la investigación del 11-M, la misma llamémosle táctica: “No pero sí, o sí pero no”.

En algún momento, ya no recuerdo por qué, Rajoy  rompió estrepitosamente la relación con el gobierno… y tres días después le estaba mendigando una reunión y quejándose de enterarse por la prensa de las decisiones gubernamentales. Difícil un mayor esperpento. Y encima soportando el regodeo de Zapo y su aparato mediático: “PP, extrema derecha”. En fin, para qué seguir. ¿Qué confianza puede dar esta conducta al electorado? (Ya se ha visto que le ha dado bastante)

Y sin embargo Rajoy  no es un Piqué o un Gallardón, dispuestos a traicionar cualquier principio y a colaborar con la Infame Alianza. Él ve la realidad, parece sentir la democracia y la unidad de España, seguramente supera a Zapo en inteligencia (ja, ja, ja…). Pero no es capaz de diseñar una estrategia acorde con los hechos y con sus sentimientos, y ahí reside la diferencia. Zapo obra con una estrategia, la haya elaborado él u otros, y Rajoy no. Su mensaje, contradictorio y desalentador hasta el patetismo, cabe resumirlo así: “El gobierno realiza una política horrorosa, anticonstitucional y antiespañola, pero nosotros estamos dispuestos a colaborar con él, para evitar males mayores”.

¿Qué males mayores? Obviamente, la pérdida de poltronas, obsesión de los Arriolas y tantos otros. Penúltimas encuestas: el PSOE aventaja en varios puntos al PP. ¡Y eso viviendo todavía el PP de las rentas de Aznar, porque nada nuevo o mejor se le ha ocurrido desde entonces! Parodiando a Churchill, cabría advertirles: “Aceptáis el deshonor por conservar las poltronas, y perderéis las poltronas con deshonor”. ¿Sabrá Rajoy aprender de la experiencia?

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 (Aquí ya lo veía más claro. Escrito en mayo de 2008)

Tal como mucha gente se empeña en no entender las fuertes y evidentes bases ideológicas de la colaboración del Gobierno (o del PNV) con los asesinos etarras, otras muchas personas se obstinan en cerrar los ojos ante la carrera de Rajoy, cuya lógica no acaban de percibir. Sería muy largo repasar las muchas ocasiones en que Rajoy se ha retratado, y alguien debería estudiar con detenimiento su trayectoria en estos cuatro años de oposición. Recordaré solo algunos casos clave.

Aznar nombró a Rajoy pensando en unas elecciones prácticamente ganadas, tras las cuales se mantendría la estabilidad institucional, el pacto antiterrorista, etc. Pero Rajoy hizo dos cosas: echar a perder en pocas semanas la gran ventaja de partida sobre Zapatero heredada de Aznar, que rebajó hasta un dudoso punto y medio de ventaja en vísperas del 11-M (pudo haber perdido o quedado sin Gobierno, incluso sin la matanza); y traicionar el legado de Aznar, que prácticamente no mencionaba (como tampoco el pasado del PSOE), para, a base de promesas vacías de corte económico, presentarse como “algo nuevo”. Su oportunismo y falta de principios se manifestó también en su negativa al debate con su contrincante, calculando que clarificar las respectivas posturas ante los ciudadanos solo beneficiaría a quien por entonces parecía perdedor. Con todo ello ya dio su talla, su perfil no bajo, sino ínfimo, aunque por entonces muchos lo creímos producto de una corregible ingenuidad del principiante (si bien llevaba muchos años en la política), o de los célebres complejos derechistas, también corregibles en principio.

Algo después dejó en claro su estilo marrullero ante la Constitución europea de Giscard, permanente (y corrupto) enemigo de España. Aquella Constitución dibujaba un eje reforzado París-Berlín a expensas de los demás socios y particularmente de España, que perdía la posición alcanzada por Aznar en Niza. Por supuesto, el antiespañol Gobierno apoyó a Giscard, y Rajoy tuvo una excelente oportunidad de defender el interés de su país. Pero no lo hizo. En medio de pequeñas protestas que causaban la hilaridad del PSOE, Rajoy apoyó a Giscard y al Gobierno, contribuyendo a la infame campaña totalitaria, diseñada para mentes infantilizadas. Rajoy obró así, y no por torpeza ni complejos, sino por la misma ausencia de honradez y de principios políticos ya demostrada en su campaña electoral. Tuvo el merecido castigo cuando casi un 60% de los ciudadanos se abstuvo, castigo remachado por el fracaso del engendro en otros países europeos. Sus patéticos, pero sobre todo nuevamente deshonestos, intentos de hacer recaer sobre Zapatero las consecuencias del “error” compartido solo ponían más de relieve su indignidad. Rajoy simplemente imitaba la desvergüenza de su antagonista, pero, ahora sí, con mayor torpeza.

 La experiencia pudo servir, pero no sirvió de lección al estadista, que se encontró con la abierta complicidad del Gobierno con la ETA y los partidos antiespañoles de algunas regiones, con la inversión del pacto antiterrorista, plasmado en el anticonstitucional estatuto catalán. ¿Qué hizo este hombre de principios ante tales actos? Tratar de engañar a la opinión pública ofreciéndose servilmente a Zapatero para ayudarle “cuando los demás le hubieran abandonado” y otras declaraciones de una abyección difícilmente superable, un auténtico fraude a la ciudadanía. El referéndum sobre el estatuto catalán fue un fracaso político para sus promotores, al ser aprobado por menos de la mitad del censo. Nuevamente tuvo Rajoy la oportunidad de defender unos principios claros, y nuevamente hizo lo contrario: tras molestar a la gente con la recogida de cuatro millones de firmas, las olvidó y entró en la carrera disgregadora de la unidad nacional, con una ampliación balcanizante de los estatutos de Valencia, Baleares o Andalucía, no planteada ni querida por la mayoría de la sociedad.

Ha sido toda una carrera de claudicaciones y engaños, trufada de algunos repentes sin plan ni consecuencia, como sus rupturas con Prisa y con el Gobierno, para mendigar al poco la atención de ambos. Por terminar de algún modo, el político acabó de mostrar sus principios –su radical carencia de ellos– con sus declaraciones sobre la economía como “el todo”, con la nena angloparlante que porta, el hombre, “en la cabeza y el corazón”, y con la constante afirmación de sus “ganas de ser presidente”. El discurso de un estadista. Estadista al nivel de Zapo; tal para cual, en verdad.

Muchos erramos al principio, como dije, pensando en un político torpe o acomplejado que rectificaría. De ningún modo. Si ha seguido al Gobierno, con algunos matices, ha sido porque tiene con él cierta identificación de fondo, tal como el Gobierno la tiene con la ETA. Considera, por ejemplo, que la transformación ilegal del país en una confederación sumamente laxa y balcanizante es un hecho inevitable, al que no cabe hacer oposición; que la crítica a otras muchas disposiciones del Gobierno resulta, como piensa Gallardón, “poco moderna” y le identifica demasiado con las posturas de la Iglesia. Si nunca defendió con algún empeño a la AVT, a la COPE o a Jiménez Losantos frente a las asechanzas de los “rojos” no se debe simplemente a flojera, es que no se siente identificado con ellos. Y dentro del PP se está manifestando como hombre resuelto, con ganas de poder, está dando un auténtico golpe de partido, transformándolo al modo como Zapo transformó el Acuerdo por las Libertades y contra el Terrorismo en acuerdo con los terroristas y contra el estado de derecho. No hablo de la honradez personal de Rajoy, que aquí no viene al caso, sino de su falta de honradez política, de su oportunismo y su decisión bien demostrada de explotar la credulidad de sus votantes, de engañarlos.

En las filas de la derecha crece el descontento, pero un descontento sin programa, plan de acción ni liderazgo, no lleva a ninguna parte.

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(Aunque se hace largo.: Otro artículo de 2008, cuatro años antes de que Rajoy llegase al poder: ¿No es Rajoy proetarra?)

Mi comentario de ayer sobre el Rajoy pro etarra ha suscitado críticas un tanto indignadas, a derecha e izquierda, etc., acusándome de mentir, insultar o delirar. Veamos.

Un análisis político no debe partir de las palabras, sino de los hechos, o, mejor, de la relación entre unas y otros. Cuando los hechos no corresponden a las palabras o estas se contradicen demasiado, o los cambios de orientación se explican mediante buenas intenciones vacías, sabemos que estamos ante demagogos, los cuales, como también sabemos desde Aristóteles, constituyen el mayor peligro de las democracias.

Zapo nunca dirá: “vamos a entrar en chanchullos con los asesinos a costa de la unidad de España y del estado de derecho”. Dirá más bien: “vamos a dialogar con todos sin excepción”, lo que en la práctica significa lo mismo, pero engaña a mucha más gente. No dirá: “lo que nos interesa realmente es ese “diálogo” con los asesinos y extorsionadores; con los contrarios y las víctimas directas, nada de diálogo, los silenciaremos y marginaremos”. Dirá, en cambio: “Algunos extremistas de derecha rechazan el diálogo, quieren la continuidad de la violencia, no hacen más que crispar”. Y tratará de acosar a los críticos en los medios, judicialmente o de otros modos. Y así sucesivamente.

Rajoy acaba de emplear los dos términos reveladores: “diálogo” y ”con todos sin excepción”. La primera palabra ha dado buen resultado a Zapo porque la seudo oposición de nuestro futurista ha sido incapaz de explicar algo tan simple como esto: el diálogo con los terroristas implica la negación del diálogo con las víctimas y sobre todo la aceptación y premio al crimen como forma de hacer política. Esa negociación, ese “diálogo” solo puede hacerse, y se hace, a costa de la Constitución y del estado de derecho, y de la unidad de España. Rajoy, en lugar de explicarlo, trataba a Zapo de ingenuo y se ofrecía a ayudarle “cuando todos le abandonasen”. Simple exhibición de majadería, oficiosidad y servilismo, si no fuera acompañada del abandono, en la práctica, de la AVT o de quienes realmente criticaban la política de Zapo, a los cuales nunca defendió Rajoy con un mínimo de sinceridad y empeño.

Pero ha habido cosas más graves. Desde siempre, la ETA ha buscado la disgregación de España, y su designio se ha visto favorecido por unos políticos banales y a menudo venales (cuando no compartían gran parte de la ideología etarra, como sucede con Zapo). La clave del “diálogo” con la ETA ha sido el desmantelamiento de la Constitución mediante los estatutos balcanizantes, con el catalán como modelo, que reducen el estado español a “residual”, dejando un ligero barniz unitario que permita a Zapo seguir en el poder (otra cosa es que los etarras quieran eliminar incluso ese barniz, pero eso ya son disputas peculiares entre los del tiro en la nuca y los “gorrinos”). Pues bien, Rajoy, tras denunciar el estatuto catalán, entró en la carrera de las reformas balcanizantes desencadenadas por el “diálogo”, no exigidas por la sociedad y sí por camarillas de politicastros regionales. Así, el Futurista se ha sumado a la política de Zapo para complacer a los separatistas y a la ETA (su casi nula resistencia a las maniobras socialistas en el Tribunal Constitucional va en la misma dirección). Rajoy, por tanto, sigue EN LOS HECHOS, como el gobierno, una política pro etarra, y no vamos a cerrar los ojos a los hechos para abrir enormes orejas de asno a la verborrea demagógica con que se orquesta la delictiva operación.

¿Por qué obra así Rajoy? Al revés que Zapo, él no concuerda con la ETA en casi nada. Pero ansía el poder, se siente “en forma” y “con ganas” de presidir el país para llevarlo al futuro de la nena angloparlante; y le han convencido de que solo puede alcanzar tan nobles objetivos imitando la demagogia de Zapo, aceptando el diseño balcanizante del actual gobierno e integrándose en él, entrando en la competición para complacer a los secesionistas. Por el poder ha renunciado a la honradez, y quedará sin poder y deshonrado. Y de paso, posiblemente destruya su partido.

Mi comentario de ayer ha provocado críticas, con rasgado de vestiduras y tono injurioso, entre los mismos que solían tratar a Rajoy de ultraderechista: ¡Qué ternura repentina por el líder del PP, qué interés por salvar su honor, mancillado al parecer por mis palabras! ¿Cómo explicarlo? Pues porque ya casi sienten al futurista como uno de los suyos, y defendiéndole, se defienden. Navegan en el mismo barco. El barco de los farsantes.

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