-
Entradas recientes
Archivos
- julio 2026
- junio 2026
- mayo 2026
- abril 2026
- marzo 2026
- febrero 2026
- enero 2026
- diciembre 2025
- noviembre 2025
- octubre 2025
- septiembre 2025
- agosto 2025
- julio 2025
- junio 2025
- mayo 2025
- abril 2025
- marzo 2025
- febrero 2025
- enero 2025
- diciembre 2024
- noviembre 2024
- octubre 2024
- septiembre 2024
- agosto 2024
- julio 2024
- junio 2024
- mayo 2024
- abril 2024
- marzo 2024
- febrero 2024
- enero 2024
- diciembre 2023
- noviembre 2023
- octubre 2023
- septiembre 2023
- agosto 2023
- julio 2023
- junio 2023
- mayo 2023
- abril 2023
- marzo 2023
- febrero 2023
- enero 2023
- diciembre 2022
- noviembre 2022
- octubre 2022
- septiembre 2022
- agosto 2022
- julio 2022
- junio 2022
- mayo 2022
- abril 2022
- marzo 2022
- febrero 2022
- enero 2022
- diciembre 2021
- noviembre 2021
- octubre 2021
- septiembre 2021
- agosto 2021
- julio 2021
- junio 2021
- mayo 2021
- abril 2021
- marzo 2021
- febrero 2021
- enero 2021
- diciembre 2020
- noviembre 2020
- octubre 2020
- septiembre 2020
- agosto 2020
- julio 2020
- junio 2020
- mayo 2020
- abril 2020
- marzo 2020
- febrero 2020
- enero 2020
- diciembre 2019
- noviembre 2019
- octubre 2019
- septiembre 2019
- agosto 2019
- julio 2019
- junio 2019
- mayo 2019
- abril 2019
- marzo 2019
- febrero 2019
- enero 2019
- diciembre 2018
- noviembre 2018
- octubre 2018
- septiembre 2018
- agosto 2018
- julio 2018
- junio 2018
- mayo 2018
- abril 2018
- marzo 2018
- febrero 2018
- enero 2018
- diciembre 2017
- noviembre 2017
- octubre 2017
- septiembre 2017
- agosto 2017
- julio 2017
- junio 2017
- mayo 2017
- abril 2017
- marzo 2017
- febrero 2017
- enero 2017
- diciembre 2016
- noviembre 2016
- octubre 2016
- septiembre 2016
- agosto 2016
- julio 2016
- junio 2016
- mayo 2016
- abril 2016
- marzo 2016
- febrero 2016
- enero 2016
- diciembre 2015
- noviembre 2015
- octubre 2015
- septiembre 2015
- agosto 2015
- julio 2015
- junio 2015
- mayo 2015
- abril 2015
- marzo 2015
- febrero 2015
- enero 2015
- diciembre 2014
- noviembre 2014
- octubre 2014
- septiembre 2014
- agosto 2014
- julio 2014
- junio 2014
- mayo 2014
- abril 2014
- marzo 2014
- febrero 2014
- enero 2014
- diciembre 2013
- noviembre 2013
- octubre 2013
- septiembre 2013
- agosto 2013
- julio 2013
- junio 2013
- mayo 2013
- abril 2013
- marzo 2013
- febrero 2013
- enero 2013
- diciembre 2012
- noviembre 2012
- octubre 2012
- septiembre 2012
- agosto 2012
- julio 2012
- junio 2012
- mayo 2012
- abril 2012
- marzo 2012
- febrero 2012
Sitios de interés
El reino hispanogodo comparado con otros de Europa occidental
El reino hispanogodo fue uno de los que resultaron de la caída de Roma, por lo que resulta ilustrativo compararlo a grandes rasgos con otros contemporáneos. Paralelo al de España fue el francés de los merovingios, que duró desde 496, año de la conversión de Clodoveo al catolicismo, hasta 752, en que fue sustituido por los carolingios. Clodoveo extendió su poder por casi toda la Francia actual y parte de Alemania, puso su capital en París, expulsó a los visigodos de las Galias a España, y su conversión, primera entre los reyes germánicos, hizo de Francia “la hija primogénita de la Iglesia”, también dicha predilecta. Podría ser el equivalente a Leovigildo, pero no lo fue. Al morir, en 511, repartió el reino entre cuatro hijos, con guerras entre ellos cuajadas de asesinatos (las reyertas ocasionadas por las rivalidades entre Fredegunda, amante y luego esposa de uno de los reyes, y Brunegilda, visigoda y esposa de otro, supera a cualquier novela gótica). Los reyes merovingios no mejoraron al hacerse católicos, incluso empeoraron, y el cronista Gregorio de Tours en su Historia de los francos, describe un tiempo de crimen, impiedad, corrupción y luchas feroces, apenas atenuadas por el clero.
Hasta 613, con Clotario II, no se recobró cierta unidad, que volvió a descomponerse al fallecer su hijo Dagoberto, en 639. Las escasas fuentes sobre el siglo VII muestran dispersión del poder entre duques y mayordomos de palacio, con reyes insignificantes (rois fainéants, holgazanes o inútiles) El mayordomo Pipino el Joven derrotó en 687 a sus rivales, y aunque no asumió la realeza, actuó como tal. Murió en 714, habiendo visto la ruina del reino de Toledo. Su muerte desató una guerra civil entre los partidarios de su nieto y los de su hijo bastardo Carlos Martel (Martillo). Finalmente, Pipino el Breve, hijo de Martel, se coronaría rey deponiendo oficialmente a los merovingio en 751, con apoyo de la Iglesia. Para entonces el reino franco había recobrado fuerza bastante para derrotar a los lombardos en Italia y dar al Papado amplios territorios,
La historia de Italia en este período fue aún más accidentada. Tras deponer al último emperador romano, en 476, el hérulo Odoacro se declaró rey de Italia. Doce años después los ostrogodos, al mando de Teodorico, invadieron el país y acosaron a los hérulos hasta Rávena, donde, en 492, tras llegar a un acuerdo de reparto de poder, el propio líder ostrogodo asesinó a Odoacro en un banquete, tras hace un brindis (se dice que Odoacro gritó: “¿Dónde está Dios?”). Teodorico, llamado el Grande, trató de romanizar a los ostrogodos –aunque estos mantuvieron sus leyes–, aprovechó las estructuras imperiales y fundó su propio imperio, con sede en Rávena, que se extendía al otro lado del Adriático y de hecho sobre la España visigoda, e influía en los demás reinos germánicos. Y siendo arriano se mostró muy dispuesto a colaborar con Roma, aunque al final de su reinado inició persecuciones en represalia por las del Justiniano en Constantinopla contra los arrianos. Pudo ser el Leovigildo de Italia, pero a su muerte, en 526, el poder ostrogodo decayó entre luchas internas, y solo nueve años después los bizantinos iniciaron la conquista de Italia en una larga “Guerra Gótica” que devastó al país: en 553, el reino ostrogodo había caído: solo había durado sesenta años.
A su vez, el poder bizantino (exarcado) sobre el conjunto de la península solo duró quince años, pues una nueva invasión germánica, la de los lombardos, ocupó pronto el norte de Italia y fue extendiéndose por el sur a lo largo del siglo VII. Los bizantinos retuvieron varias regiones hasta 751, cuando el último exarca fue asesinado por los lombardos. Estos no establecieron un poder único ni siquiera donde dominaban, pues su poder era difuso entre duques y señores territoriales, sin ningún designio general. Finalmente los francos de Pipino, a petición del papa, rechazaron a los lombardos
En cuanto a Inglaterra, apenas hay fuentes de los siglos V y VI. Se sabe que las legiones romanas abandonaron la isla, lo que aprovecharon los pictos de Escocia para atacar al sur, cuyos celtas llamaron en su auxilio a los sajones, que se quedaron. Anglos sajones y jutos fueron penetrando e imponiéndose a los celtas en prolongadas luchas, que debieron de dar lugar a la leyenda del Rey Arturo, de tan fuerte proyección literaria, muy posterior. A comienzos del siglo VII comenzó la cristianización de la isla. Los invasores, en un grado de barbarie más acentuado que los godos y los francos, carecían de cualquier designio unitario. Así, crearon siete reinos en continua pugna entre ellos, con hegemonía poco duradera de uno u otro. La sucesión de reyes por medio del asesinato fue aquí, como en todos los reinos germánicos, bastante habitual.
Todas las sociedades presentan tensiones disgregadoras e integradoras, y en las germánicas de entonces, las disgregadoras solían ser mucho más fuertes que las contrarias, como vemos. El caso de España fue más bien la excepción, con un tenaz empeño por asegurar la unidad política, sin que las frecuentes reyertas oligárquicas llegaran a impedirla o invertirla. En la formación de España actuaban tres fuerzas principales: el episcopado, la monarquía y la nobleza, en inestable equilibrio. Tanto el episcopado como los reyes –a partir de Leovigildo– pugnaron por consolidar una nación hispana abandonando los moldes germánicos y adaptándose a un modelo cultural y jurídico esencialmente latino, aun si teñido de germanismo. No haría igual la oligarquía nobiliaria, principal factor de disgregación.
En la unificación de España, el elemento decisivo fue la política de Leovigildo, coronada por su hijo Recaredo. La unidad política exigía, antes o después, la religiosa, pero la religiosa no exigía la política, y así hubo un momento en que el país pudo quedar dividido en cuatro reinos, uno arriano y los demás católicos: el suevo, el bizantino y la Bética de Hermenegildo
Creado en presente y pasado
451 Comentarios
La transcendencia histórica de Leovigildo
Como la revisión es uno de los principios básicos de la historiografía, de vez en cuando encontramos lagunas curiosas, como la importancia transcendental de la batalle de Lisboa en 1589, a la que nunca se dio su importancia, como si hubiera sido poco más que una escaramuza. O consideremos la importancia de Leovigildo en la formación de España, que muy rara vez ha sido valorada adecuadamente:
La situación iba a cambiar de manera radical en un momento de grave crisis del reino, con la ascensión de Leovigildo al trono, en 568. Los reyes anteriores habían sido política y militarmente mediocres, sin más horizonte que conservar el poder y un ten-con-ten con el episcopado y la aristocracia hispanorromana, dentro de una hostilidad mutua. Pero desde su ascensión al trono, Leovigildo emprendió una serie de exitosas campañas en las que demostró una destreza militar fuera de lo común. Empezó en 570 expulsando a los bizantinos de la costa atlántica del sur; dos años después los alejaba del valle del Betis, reduciéndolos a una estrecha cinta costera del estrecho de Gibraltar a Alicante, más Baleares. A continuación sometió bolsas rebeldes entre las actuales Cáceres y Zamora, y derrotó a otras de Asturias y Cantabria, a quienes arrebató en 574 la estratégica fortaleza de Amaya, su capital. Dos años después repelía ofensivas de los suevos año y luego venció una rebelión en torno a las fuentes del Betis (Oróspeda), y algo más tarde, en la misma zona, una sublevación campesina. A principios de los 80 rechazó unas incursiones de vascones, reduciéndolos a las montañas y fundando las ciudades de Vitoria y Olite. Antes había fundado asimismo la ciudad de Recaredópolis o Recópolis, en honor de su hijo Recaredo, y de la que quedan ruinas, en Guadalajara Debe señalarse que el único reino germánico capaz por entonces de fundar ciudades era el godo de España, lo que implica una potencia técnica y económica considerable.
Su brillante carrera militar prosiguió en los años 80 con una lucha en dos frentes, contra ofensivas de los suevos y de los francos, En 583 venció a su hijo Hermenegildo, que, pasado al catolicismo, se había rebelado contra él en la Bética, ayudado por los bizantinos, poniendo el peligro su labor unificadora. Aprovechando la lucha entre padre e hijo, los suevos intentaron ofensivas, así como los francos, por lo que le fue preciso luchar en varios frentes, ayudado por Recaredo, derrotando siempre a sus enemigos. Su mayor victoria, que casi completó la unificación política de la península, fue la conquista definitiva del reino suevo del noroeste, en 585.
Leovigildo reinó quince años extraordinariamente activos, y murió de muerte natural, caso infrecuente en sus antecesores. Sus campañas muestran un designio tenaz y enérgico por crear la unidad de toda Hispania, conseguida salvo por una franja que persistía en poder bizantino. Sin embargo toda esa agitación habría quedado como una simple sucesión de éxitos guerreros si no hubieran sido subrayados de otros designios de más vasto alcance, en particular tres: pasar del estado bárbaro a un estado moderno (según la época); unificar las leyes para todos los habitantes, godos y no godos; y acercar el arrianismo al catolicismo para superar la división religiosa.
Para formar un estado nuevo, se inspiró en el modelo bizantino: usó por primera vez corona y manto, contra la tradición germánica, emitió moneda con su efigie (antes se usaba la ficción de los emperadores de Constantinopla), saneó las finanzas, rompió definitivamente con los ostrogodos y dio a Toledo, de forma también definitiva, la calidad de capital, realzándola con edificios relativamente suntuosos como un palacio y una basílica arriana. Asimismo trató de romper con la tradicional elección de los reyes por la oligarquía nobiliaria, causa de una permanente inestabilidad, y de imponer en cambio la sucesión hereditaria, cosa que logró en su hijo Recaredo. Con todo ello reforzaba la autoridad monárquica sobre los siempre revoltosos nobles, y de paso hizo ejecutar a los más rebeldes y expropiando sus bienes para el tesoro real.
Los nobles, en frecuentes querellas entre sí, constituían el asiento del poder político: disponían de séquitos armados y clientelas políticas, poder territorial, derechos y privilegios tradicionales. Su número es desconocido, pero se dice que otro rey posterior, Chindasvinto, hizo ejecutar o desterrar a 700 de ellos, lo que indica un número considerable. La oligarquía se dividía entre []maiores e inferiores (o mediocres, o humiliores). Los primeros incluían a los fideles o gardingos –el grupo más próximo al rey, muy variable al cambiar los reyes y que, junto con los prelados más próximos al monarca formaban un órgano consultivo, el Aula Regia o Senatus—, y a los seniores o viri illustres, que copaban altos cargos: seis duques o duces, uno por cada provincia: Bética, Lusitania, Gallaecia, Cartaginense, Tarraconense y Narbonense (la estructura administrativa romana se mantuvo); y condes o cómites, a cargo de circunscripciones menores, hasta unas ochenta. Junto a esta aristocracia, que en algunas épocas debió de quedar diezmada por las represiones, existía otra hispanorromana, sin poder político directo, compuesta de terratenientes y potentados urbanos que retuvieron cierta autonomía y probablemente fueron mezclándose poco a poco con la nobleza germánica.
La creación de un estado avanzado en relación con el anterior fue acompañada de un cambio jurídico importante, el Codex Revisus (revisaba el de Eurico). No se conservan ejemplares de este código, por eso algunos lo han dado por inexistente, pero hay referencias a él en San Isidoro y en el posterior Liber iudiciorum. Se le atribuye unidad territorial con aplicación igual para godos e hispanorromanos, así como la abolición de la prohibición de matrimonios mixtos, concomitante con lo anterior. Esta derogación tenía algo de revolucionaria, pues implicaba la disolución progresiva de la población goda en la hispanorromana, incluso, a más largo plazo, la de la nobleza, aunque esta resistiese con más tenacidad, por el orgullo de su herencia de sangre.
En lo religioso, Leovigildo aspiraba a un país arriano, pero su ejemplo no cundía en el pueblo (el ejemplo y decisión del monarca siempre influía mucho sobre la población, hasta ser decisivo en muchos casos. Eso proponían precisamente los protestantes, y de ahí las conjuras hugonotes en Francia para apoderarse de la familia real) , que oponía una resistencia pasiva frente a sugerencias, amenazas y algunas persecuciones no sangrientas; y en cambio existía la tendencia contraria, hacia el catolicismo en medios godos, como indica el caso de Hermenegildo y sus seguidores. Solo en esto fracasó Leovigildo, a pesar de que trató de acercar ambas creencias e hizo reconocer la divinidad del Hijo, pero no la del Espíritu santo. Pese a este fracaso, prácticamente el único en su carrera, el reino godo se había convertido en hispano o hispanogodo. Y su hijo Recaredo culminó la labor de su padre: en 587 se hizo bautizar católico y presionó a los obispos arrianos para que siguiesen su ejemplo. Lo consiguió, no sin resistencias y conspiraciones, por lo que excluyó a los arrianos de los cargos públicos e hizo destruir sus textos.
Y en mayo de 589 comenzó el decisivo III Concilio de Toledo, con 72 prelados de Hispania y protagonismo especial de Leandro, obispo de Sevilla y organizador de la asamblea. A demanda de un prelado, los nobles allí presentes abjuraron públicamente de su herejía como también los obispos arrianos de Barcelona, Valencia, Palencia, Lugo, Viseu, Tuy, Tortosa, Oporto y quizá Pamplona. Tras algunas conjuras y alguna revuelta menor, el arrianismo quedó definitivamente vencido.
El III Concilio de Toledo tiene máxima transcendencia en la historia de España: prácticamente convertía a esta en una nación como comunidad cultural con un estado propio. El catolicismo se hizo oficial con “alianza del trono y el altar”, como era habitual en los estados civilizados de entonces. El rey nombraría los obispos e influiría a la Iglesia, a cuyos rangos superiores accederían nobles germánicos. Una última conspiración de oligarcas que pretendían matar al rey, fue, como las anteriores, descubierta a tiempo, y la nueva situación se hizo irreversible. La conversión de los visigodos causó sensación en todo Occidente, por tratarse del reino probablemente más fuerte y mejor organizado; y el más culto después de Italia. Aunque las riendas políticas seguían principalmente en manos de la nobleza tervingia, el estado nacía con moldes culturales, políticos y religiosos hispanorromanos. El siguiente concilio se celebró 44 años más tarde, pero después se hicieron más frecuentes, casi uno cada cuatro años de promedio.
Los concilios eran una institución original, inexistente en el resto de Europa, y se los ha valorado como un embrión de gobierno representativo, precursor lejano de los parlamentos. A ellos asistían obispos y nobles, y en ellos se tomaban decisiones religiosas y políticas. Los nobles se retiraban tras la discusión de los asuntos políticos. Los acuerdos o cánones, firmadas por todos los asistentes, adquirían carácter legal y obligatorio mediante la sanción real. Su transgresión acarrearía, en principio, graves penas. El poder necesitaba la sanción moral y religiosa de la Iglesia, que presionaba para acabar con las violencias y arbitrariedades de los nobles y reyes, e imponer respeto a la ley, sin llegar a conseguirlo de todo. Un caso destacado fue el XIII Concilio (683), que condenó los juicios basados en torturas y estableció el habeas corpus, en principio para los nobles, y en menor medida para los hombres libres. El habeas corpus suponía ser juzgado en presencia y por iguales, que el reo podía rechazar si los consideraba enemigos, es la base de los derechos que se desarrollarían mucho después en Europa. Otros concilios legislaron contra la mutilación de esclavos o contra los judíos, alternando normas muy duras con otras más benévolas, o contra la inmoralidad del clero, y muchas otras cuestiones.
La época iniciada por Leovigildo dio lugar a una exaltación del ideal de España, cuya expresión más conocida es la célebre Loa de Isidoro de Sevilla,. “De todas las tierras que se extienden desde el mar de Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, ¡oh sacra y siempre venturosa España, madre de príncipes y de pueblos! (…) Natura se mostró pródiga en enriquecerte; tú, exuberante en frutas, henchida de vides, alegre en mieses…”. Desde luego, había en Europa países más fértiles, pero España era uno de los más ricos, ordenados y prósperos, y la Loa expresa un ambiente de optimismo y grandes esperanzas. Isidoro vivió adulto en el tiempo de Leovigildo y Recaredo, y 35 años más. Significativamente entiende al país, figuradamente, como matrimonio entre el pueblo godo y el hispanorromano.
Desde el reinado de Leovigildo y durante el siglo VII, el reino de Toledo también vivió un notable brillo cultural. Un hermano de Isidoro, Leandro, fundó en Sevilla la que era quizá mejor biblioteca de Occidente adquiriendo manuscritos latinos y griegos de España, Roma, África y Constantinopla. Muerto Leandro, Isidoro continuó su obra, fundó escuelas episcopales y un equipo de copistas para aumentar los ejemplares. El IV Concilio (633), por indicación suya, obligó a los obispos a instalar escuelas y seminarios, en los que debía enseñarse griego, hebrero, artes liberales, derecho y medicina. Isidoro fue realmente un intelectual de extraordinaria altura y actividad. Una de sus preocupaciones fue la de recoger lo que quedaba de los saberes clásicos en una especie de enciclopedia, las Etimologías, que serían probablemente la obra más difundida en Europa occidental durante diez siglos. La obra intenta compilar el legado clásico y el cristiano, recoge a autores que de otro modo habrían quedado ignorados (los documentos más antiguos sobre Roma son copias realizadas durante la llamada Edad Media), o reproduce a pensadores como Boecio. Engloba y amplía el sistema del trivium y el quadrivium, ideado por Marciano Capella, autor africano de los siglos IV-V, que fundaría la educación europea en los siglos siguientes y su desarrollo hasta nuestros días. El trivium (gramática, lógica o dialéctica, y retórica) enseñaba reglas de pensamiento y expresión; el quadrivium (música, aritmética, geometría, astronomía –Isidoro describió la tierra como redonda–) aportaba conocimientos científicos o prácticos. Las etimologías aborda la teología y temas eclesiásticos, historia natural, agricultura, derecho, literatura, medicina y otras muchas materias, y reintroducía a Aristóteles en la cultura occidental. Sus explicaciones caen a veces en lo pintoresco, pero sus méritos resaltan mucho más: se trata de la primera enciclopedia de la Europa occidental, hecha posible por la biblioteca creada por Leandro. Su método preludia los índices y la clasificación alfabética, de tanta difusión y utilidad posterior. Escrito con sencillez y concisión, seguía a Cicerón y Quintiliano en pro de un latín puro y elegante frente a la evolución del idioma hacia el romance.
Creado en presente y pasado
318 Comentarios
Después de la tragedia, la farsa.
Los atentados islámicos en Barcelona pueden tener consecuencias negativas para los separatistas y su “prusés”, ya que evidencian la peligrosidad de llenar la región de musulmanes, y la inseguridad creada. Para evitarlo han disparado toda su artillería en una explosión de islamofilia sentimental, y ensalzando la capacidad de los mozos para resolver el problema como las mejores policías de Europa, sin ayuda de la Guardia Civil o de la Policía Nacional. Legalmente, constitucionalmente, son estos, y el gobierno español, quienes tienen competencias antiterroristas, cumpliendo los mozos solo un papel auxiliar. Pero el repugnante gobierno de Rajoy las ha cedido a los mozos y a la Generalidad, pisoteando la ley, como parece ser su deporte favorito. De paso, los separatistas han desviado la condena de la yijad hacia España. Algo parecido ocurrió con el 11-m, cuando la chusma izquierdista –porque en España la izquierda nunca dejó de ser chusma, por desgracia– desvió la culpa de los terroristas hacia el PP. Es posible, por tanto, que los separatistas consigan su objetivo culpando de la inseguridad a “España”.
Rajoy, cuya necedad supera todos los límites, no solo ha reconocido una vez más, en los hechos, a la Generalidad como gobierno de un país independiente, sino que se ha sumado servilmente a una manifestación cuyo carácter estaba claro desde el principio, so pretexto de una “unidad” que hasta los más tontos saben falsa y falsaria. Pocas cosas más grotescas que ver a estos deleznables políticos, que han sacado a la ETA de la ruina para convertirla en potencia política, en cabeza de una manifestación proislamista, progolpista, antiespañola y antidemocrática, si es que la Constitución significa algo, que ya no. Para colmo, el hombre no se la ha ocurrido nada mejor que usar al rey de monigote poniéndolo al frente de la pantomima. Cierto que desde que Juan Carlos firmó la ley de memoria histórica, que le deslegitima, la monarquía está en la cuerda floja.
Hace años que venimos denunciando algunos la putrefacción de una democracia en la que sus enemigos usan abierta y masivamente las facilidades democráticas para destruirla, con apoyo y financiación de unos gobiernos que ni hacen cumplir la ley ni la cumplen. Gobiernos delincuentes, por tanto. Entre todos han destruido el estado de derecho haciendo del régimen una democracia fallida, que amenaza de manera cada vez más inminente con quebrar su propio suelo, que no es ni puede ser otro que la unidad de la nación española. Un amigo que volvía de Cataluña me comentaba: “No os hacéis idea del odio que han conseguido sembrar allí a España y a los españoles”. Una España que jamás ha sido defendida por el PP de Rajoy.
El legado del estadista del Marca, en sus seis años de desgobierno puede apreciarse fácilmente. Es el mismo de Zapatero, agravado: más separatismo, más terrorismo, más etarras en las instituciones, más LGTBI — el mayor corrosivo de la familia–, más abortismo, menos soberanía, más Gibraltar, un ejército cipayo de intereses ajenos, bajo mando ajeno y en lengua ajena, más colonización cultural… Todo ello en un clima de odios crecientes. La república sufrió un proceso similar, hasta ser desgarrada y destruida en una orgía de odios. Como decía entonces el periódico El sol, “vamos camino de que nada nos sea común a los españoles”. Este es el panorama que deja el PP, con la contrapartida insignificante de una leve mejora en la economía, que ni siquiera sabemos si será duradera.
La democracia ya empezó bastante mal, como expuse en La Transición de cristal, pero el legado del régimen anterior era tan espléndido (olvido de los odios republicanos, prosperidad, clase media, moderación política muy mayoritaria, amplia libertad personal y crecientes libertades políticas…) que su inercia ha continuado incluso con partidos y políticos tan demagógicos, ignorantes de la historia y en general incultos como los que hemos sufrido. Pero todo termina agotándose. Los errores de la transición no se enmendaron, sino que se han agravado, y hoy estamos en una situación de farsa política generalizada, desprestigio del estado y amenazas vitales cada vez más próximas.
Creado en presente y pasado
151 Comentarios
La moral cristiana
Espero puntualizaciones y correcciones:
La moral predicada por Jesús partía de la Biblia: “Lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe”; “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo, en estos dos mandamientos se fundan toda la Ley y los Profetas”. “Si quieres entrar en la vida eterna, cumple los mandamientos: no matar, no cometer adulterio, no hurtar, no levantar falso testimonio, honrar padre y madre y amar al prójimo como a uno mismo”. Exigía devoción “con todo el corazón, toda el alma y toda la mente” a estos arduos deberes. Respondió a un joven rico sobre si era posible un compromiso aún mayor: “Si quieres ser perfecto, vende tus bienes y da el producto a los pobres, así tendrás riqueza en el cielo; luego vuelve y sígueme”. Ese amor-fe sin formalismos debía dotar al individuo de inmensa fuerza moral frente al mundo. En el Sermón de la Montaña prometió el reino de los cielos a los “pobres de espíritu”, los mansos, los ansiosos de justicia y perseguidos por su causa, los misericordiosos, los pacíficos. La exaltación de los desdichados del mundo era algo nuevo.
El cristianismo proponía la igualdad de los hombres en un sentido espiritual, fácil de extrapolar a otros terrenos e interpretable, aunque no forzosamente, en términos políticamente subversivos, otra fuente de los más variados movimientos. Como en la doctrina estoica, implicaba un rechazo a la esclavitud, admitida, con todo, en la práctica como efecto maligno del pecado original. Indicaba una igualdad esencial entre hombre y mujer –“compañera y no sierva”– que, unidos, forman “un solo ser” o “una sola carne”, aun si con autoridad prevalente del varón; y matrimonio exclusivamente monogámico y de fidelidad hasta la muerte, con evidentes repercusiones en cuanto a la estabilidad familiar, la educación de la prole y la transmisión cultural; condena drástica de la homosexualidad, siguiendo la tradición judaica, que también en este aspecto se separaba de costumbres, a menudo mal vistas pero sin condena religiosa en el mundo politeísta. Todo ello chocaba con costumbres e ideas muy extendidas en la antigüedad.
La cuestión del amor es clave en el mensaje evangélico, que exige incluso amar a los enemigos, aunque Jesús no cesa de expresar aversión a los filisteos, y de otros dice que mejor no hubieran nacido. Por esa insistencia en el amor como clave de la moral, se la ha llamado la religión del amor. “Ama y haz lo que quieras”, resumirá San Agustín. En ninguna otra religión es el amor un tema tan central, Sin embargo el amor concreto a alguna cosa suele implicar el odio a la contraria.
La doctrina expuesta en los evangelios es poco precisa y con contradicciones, y sería San Pablo, unos veinte años después de morir Cristo – al que no conoció– quien sistematizara más la nueva religión en cartas a diversas comunidades cristianas. Con Pablo el cristianismo mantenía la Biblia hebrea como raíz y fundamento, pero rompía de modo fundamental con el judaísmo, declarando innecesaria la ley de Moisés después del sacrificio de Cristo y abolidas las ceremonias y ritos hebreos, empezando por la circuncisión. El cristianismo paulino se definía como católico, es decir universalista: “Ya no hay judío y griego, esclavo y libre, varón y mujer…” (Carta a los Gálatas). Los judíos ya no eran el pueblo elegido por Dios, y al haber preferido a Barrabás contra Jesús y exigir la muerte de este, mostrándose luego refractarios a la nueva fe, se convertían implícita o explícitamente en un pueblo réprobo.
Estas tesis hicieron chocar a Pablo no solo con las comunidades judías dispersas, sino con varios de los mismos apóstoles anteriores a él, en especial Santiago y Juan, que querían mantener la ley mosaica, y con quienes llegó a tener graves choques. Hacia el año 50 se habría celebrado el Concilio de Jerusalén, en el cual se afirmó innecesaria la circuncisión y otras normas bíblicas para los gentiles conversos, lo que indica un éxito, al menos parcial, de las tesis de Pablo. Pero pocos años después este viajó a Jerusalén, no sin recelo, a exponer sus puntos de vista a los cristianos de la ciudad, y casi fue linchado por una turba de judíos, salvándole los legionarios romanos. Hechos de los Apóstoles presenta a aquellos judíos como venidos de Asia, pero pudieron haber sido seguidores de Santiago. Por eso algunos estudiosos creen falso el previo Concilio de Jerusalén. Los hechos de los Apóstoles se atribuyen a San Lucas, autor del tercer Evangelio, un gentil a quien Pablo había convertido, y gran seguidor de este. Tanto las Cartas de Pablo como Los hechos parecen ser anteriores cronológicamente a los cuatro evangelios, aunque quizá no a una fuente de ellos, llamada Q, anterior y perdida.
Tanto Pablo como los demás apóstoles sostenían, en efecto, que Jesús era el Hijo de Dios y Mesías, redentor espiritual de la humanidad y no solo de los judíos, y no político ni militar. Pero en definitiva eran todos judíos y, salvo Pablo, querían mantener la ley mosaica en lo esencial, de acuerdo con las palabras de Jesús según Mateo: “No he venido a abolir la Ley y los profetas, sino a cumplirla”. Si bien cabe interpretar que su pleno cumplimiento en Jesús la volvía ya innecesaria. La posición de Pablo era mucho más radical que la de los otros, y más apropiada para una predicación universal.
Sintetizando mucho, la esencia de la doctrina de Pablo giraba en torno a la resurrección: “Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe”, explicó en Carta a los corintios. La resurrección significaba la victoria sobre la muerte, y desde entonces esa victoria quedaba al alcance de todos. El concepto “muerte” lo expresa Pablo de modo interpretable, ya en sentido físico y directo, ya en sentido simbólico, como muerte del espíritu dentro de la vida física, suceso que alcanzaba a toda la humanidad desde Adán y Eva. La fe en Cristo permitiría resucitar espiritualmente en la vida terrena y finalmente salvarse en el juicio final.
Desde muy pronto los evangelios y las cartas de San Pablo sugirieron interpretaciones variadas, provocando intensos y a veces violentos debates doctrinales que amenazaban diluir a la Iglesia en diversas sectas, hasta que una versión se adoptaba por mayoría, apartando a las demás como heréticas. Por lo que afectará a la Reconquista, el arrianismo, profesado por los visigodos, fue precisamente una de las herejías mayores, contra la que se convocó el Primer Concilio de Nicea, en 325, para asegurar la unidad de la Iglesia. Lo presidió Osio, obispo de Córdoba, y condenó las doctrinas de Arrio sobre el carácter de Jesús como figura no propiamente divina, sino creada por Dios. De ese concilio salió el Credo, debido probablemente al mismo Osio, resumen de la fe cristiana y por ello uno de los textos fundamentales de la historia, no solo la religiosa.
De no menor significación, el Concilio organizó también a la Iglesia en obispados y patriarcados, ostentando los patriarcas la jerarquía máxima. La organización eclesiástica tendría importancia decisiva en Europa occidental para impedir que la caída de Roma se convirtiera en una absoluta barbarie.
Los patriarcados de Nicea serían cuatro: Jerusalén, Roma, Alejandría y Antioquía, ninguno de ellos superior a los demás. Con el tiempo, por razones diversas, quedaron dos, enfrentados: el de Roma y el de Constantinopla. Roma reclamaba la primacía por ser la sede de San Pedro, a quien Jesús había nombrado la “piedra” base de su Iglesia (aunque el texto de Mateo al respecto es inequívoco, otros comentaristas han dudado de que la resolución de Jesús se refiriese a Pedro. Por lo demás, al crecer la disputa, ya caído el Imperio de Occidente, Roma estaba arruinada, mientras que Constantinopla aún brillaba como capital del Imperio romano de Oriente o bizantino. La disputa entre Roma y Constantinopla, complicada con cuestiones de doctrina daría lugar al primer gran cisma de la Iglesia, en 1054, el mayor antes de la escisión protestante y que, como esta perdura hasta hoy contra todos los esfuerzos reunificadores. Los partidarios de Roma se llamaron católicos o universalistas, y los de Constantinopla ortodoxos, es decir, fieles a la recta doctrina.
Pero, diferencias dogmáticas aparte, la disputa encierra el punto clave de la relación entre religión y poder político, entre “el poder espiritual y el poder temporal”. Jesús había establecido su separación con la frase “Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”, o al definir su reino como “no de este mundo”. Esto era nuevo, porque en todas las civilizaciones el poder y la religión iban estrechamente unidos, por lo común sirviendo la segunda al primero. Algo así pasaba en Constantinopla, pero no en Roma, sede eclesial independiente de los diversos poderes políticos del resto de Europa occidental. Esta separación entre Iglesia y poder causaría mil tensiones y conflictos, pero al mismo tiempo sería clave en el desarrollo doctrinal, el pensamiento político y la contención del poder frente a su tendencia tiránica.
Otro gran conflicto surgiría en el siglo XVI. De modo similar a los esenios, de las Cartas de San Pablo, en especial la dirigida a los romanos, se desprende que ninguna buena obra bastaría para justificar a los hombres, seres de naturaleza pecadora, por lo que la salvación no vendría de una vida más o menos virtuosa –vanidad en el fondo — sino de la fe en Dios y de la misericordia divina. Esta idea queda ambigua en San Pablo, pues también acepta las obras virtuosas como mérito salvífico. Pero la idea de la salvación solo por la fe llegaría a provocar una revolución y escisión profunda en el cristianismo en el siglo XVI, cuando Lutero la convirtió en clave de su dogma. Para superar la escisión se convocó el Concilio de Trento, que no logró su propósito, aunque sí establecer con más claridad las posturas católicas. Así, aunque el cristianismo parte de las predicaciones de Jesús, debe entenderse como una doctrina que ha seguido elaborándose a lo largo de los siglos, desde San Pablo, en medio de discusiones y no pocos choques doctrinales que han afectado a todos los aspectos de la sociedad, desde la política al pensamiento filosófico y la ciencia.
La cultura occidental quedaría profundamente marcada por los relatos, los ritos y las frases del relato evangélico. Muchos de sus elementos, reales o simbólicos, pasarían al imaginario colectivo con extraordinaria fuerza inspiradora y artística, así el nacimiento en el pesebre, la matanza de los inocentes, milagros como el de los panes y los peces o la resurrección de Lázaro, bienaventuranzas y parábolas como la del hijo pródigo, a veces difíciles de desentrañar, episodios como el de Marta y María, frases como “no solo de pan vive el hombre” o “quien esté libre de culpa tire la primera piedra”; “la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio”… Y especialmente el final: la entrada triunfal en Jerusalén, la última cena, el lavado de pies, el huerto de los olivos, el beso de Judas, el lavado de manos de Pilatos, la corona de espinas, la resurrección. Y la cruz, emblema identificatorio por excelencia de los cristianos, transformada de signo de suplicio infamante en símbolo de triunfo sobre el mal. El año sería regulado por la Navidad, la Pasión y otras fases del evangelio, y este sería predicado de modo permanente para ilustrar a los fieles, de preferencia los domingos, nuevo día santo para distinguirlo del sábado judaico. Los poderes políticos surgidos en Europa desde la caída de Roma, y más tarde en América, se han justificado y legitimado en las creencias cristianas, mientras que la Iglesia, aunque en parte vinculada a ellos, guardaría mejor o peor su independencia, de modo que aún hoy el Vaticano constituye un poder espiritual y en buena medida material, aun careciendo de ejército, industrias y casi de territorio propio.
Con toda su insistencia en el amor, los evangelios no transmiten un moralismo sentimental. Jesús señaló que sus prédicas desatarían la violencia. Según el Evangelio de Mateo, “No he venido a traer la paz, sino la espada, porque yo he venido a enfrentar al hijo con su padre, y a la hija con su madre, y la nuera con su suegra…”. O, en Lucas, “He venido a traer fuego a la tierra ¡y cuándo deseo ya que se abrase! (…) ¿Creéis que he venido a traer la paz al mundo? Os digo que no, sino la división. Pues en adelante estarán divididos cinco en una casa, tres contra dos y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo y el hijo contra el padre…”. Lutero lo interpretaría literalmente, como una invitación a la guerra civil. Los católicos, en general, prefieren interpretarlo como la reacción violenta que la doctrina de Jesús provocaría en un mundo culpable.
Los cristianos sufrieron una primera persecución de los judíos ortodoxos, que cesó al ser destruida Jerusalén y su templo por los romanos. A su vez, el Imperio desató persecuciones contra ellos porque negaban el culto religioso al emperador y por considerarlos “enemigos del género humano”, por sus chocantes exigencias morales.
Sin embargo, solo diez años después de la última persecución, la de Diocleciano, y casi trescientos desde el nacimiento de Cristo, un nuevo emperador, Constantino, proclamó, en 313, la tolerancia oficial al cristianismo. Ello muestra la gran lentitud con que se difundió. Y sesenta y siete años más tarde, otro emperador, Teodosio, lo declaró religión oficial, contra el paganismo. Los cristianos ejercieron cierto grado de persecución contra los paganos, menos dura que la sufrida antes, y cuando cayó Roma, fueron acusados como culpables por haber abandonado a los viejos dioses. La Iglesia sufrió los desmanes y destrucciones de las invasiones bárbaras, pero logró mantener su organización, y ese hecho permitió recuperar la civilización poco a poco. No hace falta entrar aquí en las sangrientas divisiones y querellas a partir de la Reforma protestante y en las persecuciones desde la Revolución francesa, en la rusa o, en España durante la guerra civil. De modo semejante a los romanos, las ideologías surgidas de la Ilustración, o parte de ellas, encontraron en el cristianismo, y especialmente en la Iglesia católica, el enemigo a abatir para asegurar, según sus versiones, el progreso y la libertad.
Creado en presente y pasado
306 Comentarios
