–Ud se presenta en las redes sociales como historiador, novelista y analista político. Pero solo ha escrito esa novela Sonaron gritos y golpes a la puerta…
– También me atribuyen otra, yo creo que con bastante razón: El erótico crimen del Ateneo. Es una parodia de novela negra. Pero aunque solo fuera una, es suficiente. Otra cosa es que sea buena o mala, eso no puedo decidirlo yo. Pero creo que original sí es.
– Debe de ser imposible o casi escribir una novela realmente original a estas alturas. Deben de haberse escrito millones de novelas con todos los temas y tramas posibles, y cada año, solo en España, se escriben cientos o miles, y no creo que haya nadie que las lea todas, o siquiera una parte importante de ellas. ¿Cómo puede decir que es original? Además, su novela, que yo sepa, no ha tenido repercusión mediática.
– Ciertas las dos cosas: nadie puede leer todo lo que se escribe en un año, solo eso ya le llevaría la vida entera o más. Y cierto que mi novela no ha tenido apenas repercusión mediática. Siendo buenos podríamos pensar que, precisamente por ser tanto el material publicado, solo una parte mínima de él puede acceder al privilegio de recibir reseñas y críticas en los medios, por lo que mi novela estaría entre las del montón. Y siendo malicioso, cabe sospechar que ocurre lo mismo que con mis libros de historia, rodeados de un silencio sepulcral en casi todos los medios, a pesar de que son libros innovadores, como señalaba Stanley Payne: yo no escribiría un libro de historia para repetir lo archisabido con más o menos detalles particulares. En todo caso, mi novela no es “del montón”. Es más, yo creo que no ha recibido atención no solo por venir de un servidor, sino precisamente porque choca un tanto en el medio literario actual. Los críticos habituales no acaban en clasificarla y eso les repele. Ha sido reseñada en diversos blogs de internet, nada más, siempre con “muy buenas calificaciones”.
– Dejémoslo así. ¿En qué consistiría su originalidad?
– Para empezar, si usted repasa los suplementos culturales o literarios de los últimos cuarenta años se asombrará de la enorme cantidad de “obras maestras” literarias que se han producido y de las que nadie se acuerda. Pero ahora mismo, antes de que usted y mi amigo llegaran, estaba leyendo la presentación de novelas para el verano. Son muchas, pero prácticamente todas tremendamente banales. Le leo: “Una novela sobre el amor, sobre la necesidad de que cada cual edifique su vida a partir de lo que tiene…” “Cinco amigas, un viaje a Fiji y un nuevo comienzo…” “Daniel Sullivan y Claudette Weiss son una pareja atípica: él es de Nueva York y tienen dos hijos en California, pero vive en la campiña irlandesa; ella es una estrella de cine…” “Un nuevo y extraño enemigo ha irrumpido desde las estepas y lo arrasa todo a su paso. Nadie sabe quiénes son ni de dónde proceden. Ningún historiador, ningún geógrafo los ha descrito antes…” “Una novela que consigue trasladarnos a la Barcelona y al París del siglos XIX, llena de personajes ficticios y reales…” “Un joven degusta las mieles del abandono erótico en un triángulo fogoso del que solo la juventud posee el secreto…”
– Vale, vale, sí puedo estar de acuerdo con ud en que no vivimos precisamente una gran época literaria, aquí ni fuera. Pero no me ha contestado.
–Bien, mi novela puede describirse en varios planos. El más íntimo y por así decir esquelético es este: un adolescente, Alberto, contempla el asesinato de su padre y el apresamiento de su madre y hermana, que seguramente serán también asesinadas. Consigue huir y en compañía de un amigo piensa vengarse del asesino, pero este se sitúa pronto en una posición inalcanzable para ellos. Diez años después, de manera inopinada, lo tiene a su alcance y le ocasiona la muerte, después de llegar a saber que es realmente su padre biológico. ¿Conoce alguna novela, por lo menos novela actual, con esta trama o parecida?
– Así, de pronto, qué le voy a decir. No se me ocurre…
–El asunto no es caprichoso. Alguien ha dicho que tiene algo de tragedia o de mito griego, una cosa muy ajena a la tradición literaria española. El relato parte de un trauma brutal y termina con otro, y va subtendido por una trama amorosa, y este es otro plano de la obra, y creo que también muy poco frecuente en la novelística, no solo española: una hermana de su amigo, Carmen, está enamorada de Alberto, que tiene hacia ella una actitud digamos neurótica. No es que se aleje de la chica, siempre a medias, porque esté obsesionado con vengar a su familia. Nada de eso; pero por efecto del asesinato se aleja de la sociedad normal, rechaza la vida familiar que representa Carmen, y como resultado inconsciente del trauma de aquel crimen, busca en la acción y el peligro una vía de escape, junto con su amigo, Paco, que se le parece pero es mucho más acentuadamente hombre de acción y sin neuras. Por lo tanto, los dos colaboran con la Quinta Columna en Barcelona y de paso procuran lucrarse con la evasión de perseguidos por el Frente Popular. Tras un intermedio de tedio en Madrid, llegada la paz, los dos van a Rusia, a la División Azul, donde los amigos se separan tras otro episodio amoroso que termina muy mal. Y finalmente, tras la muerte de Paco que se queda en Rusia, Alberto se introduce en el maquis por cuenta de la Falange, sin ser falangista, para desarticular unas partidas.
– Un acción, me parece, poco verosímil y excesivamente violenta.
– Se equivoca. Hubo por entonces bastantes que participaron en la guerra civil, en la campaña de Rusia y contra el maquis, alistándose allí donde hubiera acción y peligro de muerte. ¿Por qué? Podríamos pensar que en el caso de Alberto, y este es un nuevo plano, se trataba de una huida de Carmen y en el fondo de sí mismo y todo lo que Carmen representaba, a pesar de sentirse atraído por ella. Vuelvo a decirle: ¿conoce alguna novela con estos digamos planos en la literatura actual?
– Hoy la literatura me parece que va más por terrenos psicológicos y por vidas más normales… o más anormales. La literatura de acción y aventuras es casi siempre superficial y tosca, para adolescente más bien.
– De nuevo va usted mal si piensa en una simple novela de aventuras y de acción. Observe esto, o hágalo cuando lea la novela, si le apetece: el trauma inicial empuja a Alberto a una vida al margen de la sociedad; y el trauma final, descubrir que ha causado la muerte de su padre real, vamos, de su padre biológico, aunque difícilmente podríamos llamarle su padre real, vamos, ese nuevo trauma, no menos brutal, le introduce definitivamente en la vida normal de la que huía. Acepta la vida familiar, quizá anodina, tampoco lo sabemos, productiva en un sentido corriente, al lado de Carmen. ¿Tiene esto coherencia psicológica? Yo diría que sí.
– Ahí no le puedo decir nada. Las novelas en su mayoría tratan de personas corrientes y sus problemas psicológicos, o bien de aventuras un poco forzadas, ahí le doy la razón. O con ese tremendismo y truculencia que gusta tanto en la literatura norteamericana y en otras por imitación… Sus personajes, los de su novela son desde luego anormales.
– Pero no he querido dar soluciones moralistas o aleccionadoras. Así que no sabemos si su vida con Carmen constituye una liberación o no. Él se hace profesor de filosofía en una universidad, en parte por inclinación, en parte por recuerdo de su amigo Paco, con quien desde casi la infancia solía sostener todo tipo de discusiones filosóficas. Carmen les llamaba “filósofos de perra gorda”, porque sus problemas le aburrían. Pero, falto del estímulo de su amigo, su carrera universitaria es gris, habiendo perdido la frescura de las cuestiones y limitándose a repetir lo que está en el programa, por así decir. ¿Ha acertado al cambiar de vida? No queda claro. Ello coincide además con la entrada de España en un período más anodino después de las luchas anteriores.
– Creo que su novela ha sido clasificada como histórica.
–No, para nada. Es una novela sin más, aunque se desarrolla claramente en una etapa histórica muy definida, este es otro plano del asunto, sin más. Observe que la nueva vida del protagonista se cimenta en la negación y olvido de sus avatares anteriores, una negación quizá neurótica. Es siendo anciano, muerta Carmen, cuando se percata de que quizá la etapa más valiosa de su vida ha sido aquella de juventud, extremadamente violenta, que ha dejado voluntariamente en el olvido durante tanto tiempo; pero tampoco está seguro de ello, ¿quién sabe en qué consiste el valor de la vida? Se dará cuenta de que dista mucho de ser una novela católica, o ideológica, en las que siempre queda clara, aunque sea implícitamente, una solución moral. Literariamente, eso no funciona bien. Como autor, no doy una solución, tampoco la conozco. Y el anciano pasa revista a sus tres hijos, a quienes no ha contado casi nada de sus viejas peripecias, cosa por otra parte común en las familias de derecha, que querían olvidar la guerra. Dos de ellos, chico y chica, se han convertido en “ejecutivos agresivos” muy típicos y tópicos, y el tercero, el más querido, se había hecho comunista en la universidad le había dado muchos disgustos, había huido al extranjero. A la muerte de Franco había vuelto, había intentado hacer carrera en el PSOE, como tantos ex comunistas, pero su espíritu no es el del trepador y termina en un instituto como profesor de matemáticas, amargado y mediocre. Vuelvo a preguntarle: ¿se trata de una novela original o no?
– Supongo que sí, pero me extraña que no sustente ninguna tesis.
– No hay una tesis explícita. Ni tampoco implícita, al menos claramente. Creo que la vida no se sustenta en tesis, por eso todas las obras literarias de tesis naufragan. Vamos, en mi opinión.
De manera directa o indirecta relacionamos estrechamente la felicidad con el placer y la desdicha con el displacer. Por eso parece poco clara la relación entre virtud y felicidad, ya que el cultivo de la virtud suele ser fatigoso y a veces enfrenta al individuo con el medio social que aprecia poco los ejemplos virtuosos, como en el ejemplo del Evangelio.
En esta línea encontramos que el placer físico más intenso es seguramente el placer sexual, por lo que en principio podríamos identificar la felicidad con la sexualidad. Y, en efecto basta para ello comprobar la inmensa masa de producción artística –desde canciones populares a relatos, poesía, música, pintura, etc.,– que trata la felicidad desde el punto de vista de la relación sexual, o a la inversa. La expresión del placer sexual se utiliza a su vez como imagen de otras manifestaciones como el éxtasis religioso.
Sin embargo nadie o casi nadie habla de la prostitución o de la masturbación o de la práctica ocasional como muestras de felicidad, sino más bien de lo contrario, como algo decepcionante y “sucio” en un sentido que podría analizarse. Más bien se entiende la felicidad como amor sexual o sexualidad amorosa, que en algunos extremos encuentra el ápice en la sensación misma de amor, sin su consumación física (como en Dante). Del mismo modo el arte ha tratado en innumerables obras la desdicha íntima de un amor sexual no logrado. Se dice que el amor sexual es amoral, pero desde luego no es así.
Como decíamos, la sexualidad está ligada a la reproducción de la especie, lo cual importa por lo mucho que difiere de la nutrición, referida solo al mantenimiento de los individuos. Así como los actos y medios de obtener la nutrición son claramente conscientes y racionales, los sentimientos y actos que produce la sexualidad parecen provenir de una fuerza ajena al individuo, son muy difíciles de controlar, y la satisfacción, no solo física, que producen, la relacionamos con la idea de felicidad más que cualquier otra actividad humana.
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Dicho de otro modo: “Qué importancia tiene el dato de si la palabra Reconquista se usó en uno u otro momento? Lo importante es si se adecua al fenómeno que describe. Aquí estamos usando constantemente expresiones como “Edad Media” referentes a un tiempo histórico, cuando los europeos de la época no tenían la menor idea de vivir en esa época. Pero, a diferencia de Reconquista”, el término “Edad Media” es una solemne estupidez en su perfecta inadecuación. Todas las edades son medias y antiguas con respecto a otras. Y todas contemporáneas y modernas con respecto a sí mismas. Pero a nadie se le ocurre decir que “la Edad Media es un mito” porque la expresión sea disparatada. El nivel de la universidad española, excepciones de rigor –pocas– aparte.
En 711 una invasión procedente de África empezó a transformar profundamente el panorama político y cultural de la Península Ibérica. Hasta entonces Hispania o Spania, era un estado de religión cristiana, lengua y derecho latinos, integrado en la civilización eurooccidental como uno de los reinos más consolidados surgidos del derrumbe del Imperio romano de occidente. A partir de entonces se iría imponiendo una nueva cultura: religión islámica, lengua árabe, derecho musulmán o sharia e integración en una civilización asiático-africana. España desapareció para convertirse en Al Ándalus.
No era la primera vez en la historia en que la Península ibérica, por su situación geográfica, estuvo muy cerca de entrar en el ámbito africano-oriental. Lo mismo había ocurrido cosa de diez siglos antes durante las guerras entre Roma y Cartago. La península había quedado incluida en el área de influencia de Cartago, una potencia justamente africana-oriental, y de no ser por la victoria de Roma en la II Guerra Púnica su destino habría sido muy otro que el que conocemos. La disyuntiva quedó resuelta entonces con bastante rapidez, aunque después le costase a Roma largos y penosos esfuerzos por imponerse en Iberia. Y esa disyuntiva que, por simplificar, podríamos definir como “o África o Europa”, volvió a plantearse a principios del siglo VIII con la invasión musulmana, de apariencia definitiva.
España, pues, desapareció, pero no del todo. Muy pronto surgieron en las regiones más inaccesibles del norte de la península reductos que reivindicaban, desde el principio o desde muy pronto, la España “perdida”. Y cerca de ocho siglos más tarde, los descendientes de aquellos rebeldes del norte tomaban el reino de Granada, último bastión islámico en Iberia. La lucha había sido muy prolongada, llena de altibajos y alternativas, períodos de paz y de guerra abierta, y finalmente la península volvía a llamarse España, con una cultura cristiana, romana e integrada en la civilización eurooccidental. Dadas las circunstancias de aquella larga pugna, lo más probable habría sido que la derrota del islam se hubiera acompañado de la dispersión de la península en varios estados y naciones poco amigas entre sí, al modo de los Balcanes. Pero terminó unida, con la excepción menor de Portugal, lo que no deja de ser un dato revelador, aunque sorprendente.
A ese largo proceso se le ha llamado Reconquista, y el nombre ha originado un sinfín de discusiones. Muchos han puesto en duda la existencia de tal cosa, tachándola de “mito”. Ortega y Gasset, por ejemplo, dice que un proceso tan largo no puede ser llamado Reconquista, aunque no explica por qué su duración lo invalidaría. Otros (Olagüe) niegan incluso la realidad de una invasión islámica suponiendo que una gran masa de españoles se habría convertido pacíficamente al islam. Otros insisten en que lo que realmente hubo fue la formación de varios reinos “cristianos”, en general enemigos entre sí y sin la menor idea de un propósito común de volver a formar España. Los historiadores Barbero y Vigil han sostenido que los reinos cristianos no reconquistaron nada, sino que utilizaban el recuerdo del reino visigodo para inventarse una legitimidad ficticia. De hecho, en numerosos departamentos de historia, y entre políticos y periodistas, el término “Reconquista” es denostado o incluso prohibido a los alumnos. Recientemente Peña, un catedrático de historia, ha sostenido que el término Reconquista es ilegítimo porque no se usó en la época sino a partir de principios del siglo XIX, para legitimar la ideología de una nación antes inexistente. Así, critica a Sánchez Albornoz por decir que Pelayo empezó a fundar la nación española, cuando no existía entonces la noción de España como unidad política, y menos como noción de patria. Para colmo de males, Franco habría utilizado el término nefando, lo que acabaría de desacreditarlo. En resumen, la Reconquista habría sido un mito “nacionalista”, incluso “franquista”, “y sin utilidad alguna para analizar el pasado medieval. Es hora de que le confinemos al lugar que le corresponde: al rincón de los fósiles culturales, donde duermen los mitos gastados el sueño de sus mejores -o más inquietantes- recuerdos”.
Dejando aparte a Olagüe, que se basa en interpretaciones un tanto peregrinas y sin sustentación documental, el fondo de todo el debate puede concretarse en este punto: ¿es el término Reconquista adecuado para definir un proceso histórico? Los hechos indiscutibles son que antes de la invasión árabe la península estaba ocupada por un estado europeo, cristiano, latino, etc; que durante un largo tiempo fue sustituido por otro radicalmente distinto, Al Ándalus; y que finalmente Al Ándalus fue derrotado y expulsado de la península por unos reinos que se consideraban españoles y reivindicaban con más o menos claridad el reino hispanogodo anterior. Y que este proceso se dirimió fundamentalmente por las armas. ¿Cabe llamar reconquista a este proceso? Obviamente sí, se haya inventado antes o después (también se llama Edad Media a una larga época que nunca se llamó así cuando existió, por ejemplo). Pueden buscarse otros términos, como “reeuropeización”, “recristianización”, “relatinización, “recuperación”… pero son menos expresivos y no implican el carácter bélico del fenómeno: a la larga, la victoria de los reinos españoles y finalmente de España, implicaba la desaparición de Al Ándalus, y viceversa.
Una historiografía especialmente mediocre ha gastado enormes energías en crear discusiones bizantinas buscando cinco pies al gato. Pero la discusión terminológica encierra otro problema, también en gran medida bizantino: el de la nación, confundiendo nación con nacionalismo. Peña decide por su cuenta, dogmáticamente, que en tiempos de Pelayo no existía la noción de España como unidad política y menos aún de patria. La realidad es que existía desde mucho antes, desde Leovigildo y Recaredo, como está perfectamente documentado. ¿Era una nación el reino hispanogodo? Depende de cómo se quiera definir la palabra “nación”. Si la definimos según las ideas de la Revolución francesa, es decir, como un estado cuya soberanía radica en la nación, en el pueblo y no en el antiguo “soberano” o monarca, entonces está claro que no existieron naciones anteriores en Europa. Sin embargo el término, con otra concepción política, es mucho más antiguo. Lo que cambia es el depósito teórico de la soberanía, el nacionalismo aportado por la Revolución francesa. Y posiblemente dentro de algún tiempo la idea teórica de la nación cambie nuevamente, con lo que veríamos a muchos aficionados a Bizancio sostener que las naciones anteriores eran ficticias, inexistentes. Estos galimatías han dado lugar a ideas tan estrafalarias como que España no existe hasta la Constitución (nacionalista) de Cádiz, con lo que seguiría sin existir, porque dicha Constitución nunca fue realmente aplicada. Y ello a pesar de que España es abundantísimamente mencionada, dentro y fuera del país, desde muchos siglos antes; y no como definición meramente geográfica, según pretenden algunos, sino claramente cultural y política.
Una definición más clara, más acorde con la historia y menos propensa a disputas verbalistas, explica la nación como una comunidad cultural bastante homogénea y con un estado propio, cosa que existía en la península desde Leovigildo y Recaredo. Hay, por lo tanto, que excluir la idea de que Pelayo y los suyos partían de la nada y sin ningún objetivo político, como si se tratase de las antiguas tribus astures dedicadas a la rapiña de las tierras adyacentes. Otra idea muy divulgada y poco aceptable es la de que España se forma en la Reconquista, que en tal caso no debería llamarse así. Los reinos que luchaban por expulsar poco a poco a los invasores tenían muy claro el precedente hispanogodo. Indudablemente España tomó forma como comunidad cultural con Roma, y como nación, es decir, con un estado propio, desde Leovigildo. No era un estado “moderno”, claro, pero era un estado bastante centralizado, con leyes propias, ejército, aparato fiscal, etc., y reconocido como tal por otras potencias. Aunque los documentos sobre la reivindicación de la España perdida hispanogoda sean algo posteriores a Pelayo, es difícil creer que no la tenía en mente cuando construyó a su vez un embrión de estado para irlo expandiendo a costa de Al Ándalus. Sin el precedente hispanogodo, la Reconquista sería muy difícil de imaginar, y lo más probable habría sido que la península se integrase definitivamente en el Magreb o se balcanizase.
La obstinación de muchos historiadores y políticos en negar la evidencia y buscar complicaciones artificiosas tiene, por lo demás, un origen bastante obvio y que debe señalarse: la intención de negar legitimidad a la existencia histórica de España, incluso negándola. Una tendencia que cobró fuerza en el “Desastre” del 98 y dio lugar a la célebre denuncia de Menéndez Pelayo sobre los “gárrulos sofistas” que denigran por sistema lo que hizo España en la historia y hasta su misma existencia nacional. Esto merece un análisis aparte.
En su enjundioso ensayo Historia y Literatura J. M. Cuenca Toribio recoge, a través de la correspondencia, la evolución política de Jorge Guillén y especialmente la de Pedro Salinas, considerados a menudo los poetas cumbre de la generación del 27, de una trayectoria vital parecida y por otra parte muy amigos. Guillén fue el menos politizado, aunque se acercó a la Falange y luego se alejó de ella en un sentido liberal. Según Cuenca, a los dos les distingue básicamente un talante liberal, en lo personal y lo político, que le llevaría a un antifranquismo cerrado.
Durante la dictadura de Primo de Rivera no se descubre en ellos apenas preocupación salvo por un exabrupto de Salinas como “¡Este asco de situación política, por llamarlo de algún modo”. Escrito el 15 de noviembre de 1923, apenas inaugurada la dictadura, no sabemos si se refiere a esta o al nada envidiable panorama previo. A los dos les ilusionó la república, como a tantos otros –pero no “al pueblo”, como suele decirse sino solo a una parte de él–. A los dos les repugnó, sin embargo la politización obsesiva de la vida española. Escribe Guillén: “Resulta que por Real Decreto de don José Ortega y Gasset publicado en La Gaceta solar de Madrid, el deber de todo hombre que no sea un señorito o un frívolo es aceptar su destino y ser político. A partir de ahí todo el papanatismo pseudo-literario español ha dado media vuelta. Se acabó ya todo interés por las actividades espirituales que no desemboquen de modo inmediato en lo que ellos llaman política. Tú sabes que el español llama política a una vacación total de la inteligencia y del libre juicio combinada con una libertad absoluta de los humores. Ya Nueva España, autorizado órgano de la alcantarilla como siempre, declara que los escritores españoles no admiten más distinción que esta: los que están con la reacción y los que están con la revolución…”
Por su parte, Salinas no se engañaba sobre la calidad del personal republicano: “Estaré todo el día entre ese elemento odioso llamado las autoridades y que denota lo fácil que es gobernar un país cuando se deja regir por semejantes idiotas. (…) Prefiero cien veces la gente del pueblo, no adulterada, ignorante, espontánea si tiene finura natural, a estos pseudo-todo; pseudo intelectuales, pseudo educados, pseudo gobernantes”. En otra carta se refiere a la política republicana, “Esa cosa innoble, inferior, humillante y envilecedora en que se revuelcan con fruición tantas gentes que parecían estar al otro lado y que además nos señalan con el dedo a los que no hozamos como ellos”. Pese a lo cual intentó alguna breve labor política.
Llega la guerra y he aquí cómo cambian sus posturas. El “fascismo” es el mal absoluto, de modo que aquellos políticos que, en definitiva, habían llevado al país al conflicto armado, quedaban justificados. Como gran parte de la vida de ambos transcurrió fuera de España, en universidades inglesas y useñas, no se vieron afectados directamente, pero Salinas especialmente termina loando a los comunistas que defienden ¡la democracia! Es más, resultan ser los más eficaces y consecuentes defensores de la democracia. Cuando se encuentra con Guillén en Usa, cuenta: “Yo tenía miedo: temía que la larga estancia en territorio franquista hubiese, sin querer él, dado algún color a Jorge. No ha sido así. No ataca, no denigra al franquismo, pero se siente muy bien lo que yo exijo, como mínimo, a todo español: que no está ni puede estar con los fascistas, que se da cuenta de toda la barbarie y crueldad de ese bando y que ha vivido entre ellos sin mancharse. Y cuando yo hablé con toda franqueza y bastante fuego contra Franco y su gente, encontré en él una aprobación tácita, pero visible” El pueblo luchaba por la libertad y los más nobles ideales contra la ferocidad fascista, mientras las democracias se hacían las suecas: “Salvo España, que con una heroica locura está ganándose la vida, los demás países, en mayor o menor grado, han vendido por cuatro dineros sus derechos a llamarse guías y faros de la humanidad” ¿A quién habrían vendido esos supuestos derechos? ¿Quién les habría pagado? ¿Franco? No lo aclara, naturalmente.
Terminada la guerra, expresa optimismo en marzo de 1940…: “De la lectura de Arriba se saca la conclusión de lo mal que anda todo. La Falange desesperada, rabiosa, dando dentelladas a diestro y siniestro, desconfía de medio mundo, insulta y amenaza, síntoma de debilidad y recelo. Esto no puede sostenerse. La monstruosidad ingénita del movimiento lo condena al no ser, al no poder ser”. El poeta no era un gran analista político. Y descubre la solución en la intervenció anglo-francesa que imponga “una monarquía templada, con amnistía amplia y un programa reconstructivo bajo la paternal protección de la finanza inglesa”. Según él, la Falange quería hundir al capitalismo, y por tanto “Es muy natural que este se defienda con la restauración monárquica que me parece muy factible”, golpe militar contra Franco o invasión mediante.
Pronto vino la desilusión. En 1945, la aparente inacción de los vencedores de la guerra mundial le indigna: “Que dejen sufrir a España en silencio, pero que no acrezcan la ignominia con sus frases infames, condenas de boquilla para uso de la galería de papanatas liberales, mientras por debajo sostienen al tiranuelo y sus crímenes”. Parece que le habría gustado una invasión de su país. El poco posterior aislamiento no le causa ninguna queja, cuando España se había librado por los pelos de una hambruna colosal. “No creo , escribe en 1948, que haya en toda la historia de España ser semejante a Franco, en infamia y satánica ceguera. ¡Y ahora va a pedir Argentina que le admitan en las Naciones Unidas!”.
Jorge Guillén visitó España en 1949 y 1951. Véase lo que es capaz de decir, impertérrito ante las contradicciones: “Aquello, claro, es un desastre. Llegué con vagos temores policíacos. No, no es por ahí (…) Entré y salí sin dificultad (…) Pero la conversación –libre como siempre—no deja de denunciar lo que todo el mundo ve y sabe: la inmoralidad general, la trampa, el fraude ¡Franco, Caudillo del Estraperlo! (…) No hay creyentes ni entusiastas, sólo oportunistas, resignados, indiferentes. Sin embargo, la crítica no cesa –permitida porque no concluye en forma organizada- (…) Viendo un café, animadísimo, dije: “Madrid, al parecer, sigue siendo una ciudad alegre y confiada”. “Sí –me respondió alguien—pero nadie está conforme con el Gobierno” España vive un presente sin futuro. Nadie quiere el menor cambio (…) La sociedad española va transformándose, a pesar de todo (…) Madrid está muy cuidado, agradable, más lujoso que antes”.
Creo que vale la pena reseñar otra opinión, esta de otro intelectual antifranquista “de principios”, José Bergamín. Desde el exilio entró en España tranquilamente en 1959 y escribía a María Zambrano, según recoge Aquilino Duque en su blog vinamarina: “Madrid me tiene verdaderamente encantado. (…) “La realidad supera siempre a los sueños. Y es tanta la afirmación de la vida y la verdad de la realidad española que, para nosotros, supera todo. No acabaré nunca de decirte – no puedo expresarlo enteramente – lo que es para mí esta resurrección madrileña, esta pura alegría. No hago más que darle las gracias a Dios por esta Gracia (…) Creo que en todo ha ganado, aumentado ahora. En todo. Hasta en sus gentes. Es extraño el cambio que percibo en la realidad española, y no, ni mucho menos, para peor.” “Figúrate que ayer 3 de mayo me fui, después de Misa en San Jerónimo, a ver el “desfile” militar. Y lo vi. Y lo que vi en las calles, en el Prado y Recoletos, Alcalá, las plazas de Cibeles y Neptuno, fue la gente, una gente increíblemente noble, limpia, elegante, seria, casi grave: una gente, un pueblo (?) más velazqueño que goyesco (…) El “aquí somos otra gente” es, no sé si por dicha o desdicha, cierto. Esto, todo esto, me parece un mundo de distinta naturaleza. Y gracia. Sorprende la delicadeza, cortesía, ritmo sosegado de las gentes. Y lo bien vestido y calzado (!) que el mundo “gatuno” de Madrid se nos presenta seriamente festero. O yo no me acuerdo muy bien o antes no era así. Yo recuerdo gentes más vulgares y sucias y chillonas en estas fiestas. Ahora no.… ¡Qué equilibrio y ecuanimidad!”
Todo ello no impedía que el católico progresista Bergamín, que había apoyado a los comunistas, incluidos sus crímenes contra elPOUM, mantuviese su antifranquismo y terminase, en plena democracia, apoyando a la ETA. Los principios son los principios.
¿No se presta todo esto a mucha cavilación?
A falta de principios, el PP abunda en maquiavelismos. Maquiavelismos de aldea, realmente, que están llevando al país al desastre. Se rigen por la ideílla de mirar al futuro sin aprender del pasado e ignorando el presente; o por el pensamiento del lector del Marca de que la economía lo es todo y que el dinero calma a las fieras. Pero extrañamente les sale al revés. Izquierda y separatistas no se calman, no hacen más que radicalizarse, volverse más audaces y atacar con mayor encarnizamiento a España en estos años en que han recibido todo del gobierno. Ahora vemos los homenajes a la ETA sin que los muy maleducados etarras den las gracias a sus benefactores ZP y Rajoy. Vemos la escalada separatista en Cataluña y Vascongadas, después de que entre PSOE y PP hayan reducido a “residual” la presencia allí del estado español común…
Ya he señalado el legado que dejan al país Rajoy y su pandilla –después de haber despachado al estado mayor de Aznar–, pero hay que insistir en ello: más y más radical separatismo; más presencia institucional y financiación de la ETA; menos soberanía, cedida “por grandes toneladas” a la burocracia de Bruselas y de la OTAN; corrupción rampante (todos los partidos se acusan de corruptos unos a otros y todos aciertan); un ejército cipayo embarcado en operaciones por intereses ajenos, bajo mando ajeno y en idioma ajeno; creciente colonización cultural por el inglés, buscando establecerlo de hecho como el idioma superior de la cultura (y de otras cosas) en España; una justicia cada vez más desacreditada por la politización de muchos jueces, tras la “muerte de Montesquieu” hace ya muchos años; más despotismo LGTBI con sus secuelas de abortos masivos, corrosión de la justicia, dispendios corruptos y perversión de menores; Gibraltar, sacado de la ruina por Felipe González para convertirlo en un emporio de negocios opacos en beneficio de la potencia ocupante, define a la perfección el papel real internacional de España; aplicación de una llamada ley de memoria histórica totalitaria, prochekista y proetarra; más antifranquismo visceral, basado en el embuste sistemático; embrutecimiento e infantilización de gran parte del pueblo por decenios de política embustera y farsante…
Realmente no hay un solo punto en que el legado del PP sea ni remotamente positivo. Bueno, hay uno, según sus apologistas, que por lo visto creen que con él se salva todo y deja en minucias todos los negros puntos mencionados: el paro ha disminuido algo y la economía, o aspectos de ella, mejoran. Pero aun eso se viene logrando a costa de deprimir las condiciones de trabajo, los salarios y los derechos de los trabajadores, y nadie sabe si se trata de una mejoría coyuntural o a medio plazo. Aun así: lo que realmente importa al país son las amenazas a su propia existencia, cada vez más fuertes por el lado de los separatismos y de la pérdida de soberanía, que nos convierte en país lacayo. La economía no lo es todo, y mucho menos debe convertirse en disfraz que disimule la podredumbre política, social y moral de país.
Debe señalarse además otra fechoría de esta gente: la promoción de Podemos. La evidencia de que el gobierno de Rajoy seguía en todo las líneas trazadas por Zapatero estaba provocando la huida a chorros de los votantes del PP… hasta que los maquiavelos baratos encontraron la solución: dar mil facilidades mediáticas a Iglesias y su grupo insignificante de loquillos de la universidad. En realidad Podemos y el PP coinciden en casi todo, en las palabras o en los hechos: LGTBI, presencia institucional de la ETA, financiación y apoyo a los separatismos, “memoria histórica”, etc. En el fondo solo discrepan en el tono, feroche y amenazante en Podemos, hipócrita y ambiguo en el PP. Pero el tono importa mucho en política, y el de Podemos ha venido que ni pintado al PP para asustar a cientos de miles de personas conservadoras que ante la disyuntiva PP-Podemos, “eligen” amedrentados. Y ahí entramos en la extraña situación de que los dos partidos, tan similares ideológicamente, se atacan con aparente saña y n realidad viven uno del otro, viven en una simbiosis que condena la política española a un círculo vicioso y dificulta en extremo alternativas como las posibles de VOX o UPyD.
Otro objetivo maquiavelero con Podemos consistía en debilitar al PSOE para imponerle una línea de acción menos extrema y más próxima al PP. Y si con Podemos ha tenido un éxito a corto plazo, ahí el fracaso ha sido mayúsculo: el PSOE se ha radicalizado y se ha acercado más a Podemos y no al PP. Lo mismo se han radicalizado los separatismos a pesar, o mejor dicho gracias, a la política de concesiones sin principios y de sobornos del PP. Una política que ha suscitado el mayor desprecio a un gobierno abyecto.
Con todo lo cual asistimos a la posibilidad de un nuevo Frente Popular, que podría incluso ganar las elecciones sin fraude alguno, al revés que en el 36, según indican algunas encuestas. De hecho o de derecho, el Frente Popular fue en esencia una alianza de una izquierda totalitaria con los separatismos, bajo una común aversión a España y a la cultura cristiana, entre otras cosas. La situación se repite, con algunas variantes como la crisis de la Iglesia en una sociedad mayoritariamente católica pero solo de nombre, y con las defensas destruidas por Rajoy y los suyos. Y este puede ser el peor resultado de las intriguillas de los baratísimos políticos que hoy gobiernan España.
Porque para frenar el auge de semejantes fuerzas lo más inadecuado es un partido tan miserablemente vaciado de principios políticos reales como el PP. Un partido y un gobierno que solo inspira desprecio a sus competidores y desánimo y depresión a cuantos creían y siguen empeñándose en creer que es otra cosa que lo que evidentísimamente es, y aún hablan de voto “útil”. Útil para profundizar la línea de Zapatero, demoledora de la nación y de la democracia. Es más que hora de despertar a la realidad.