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Algo sobre la democracia
Si ud no conoce los rasgos esenciales de la historia europea, no podrá entender la historia de España. https://www.amazon.es/Europa-P%C3%ADo-Moa-ebook/dp/B01M28JKGS/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1478110398&sr=8-1&keywords=pio+moa+europa … …
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En La guerra civil y los problemas de la democracia en España he intentado exponer algunas cuestiones al respecto, eliminando algunos mitos. Puesto que la democracia es una forma de poder, conviene señalar que el poder surge de forma espontánea e inevitable en toda sociedad humana. Hoy muchos intelectuales se muestran hostiles al poder, en abstracto, y los teóricos anarquistas y algunos liberales aseguran que todo poder es malo porque constriñe la libertad de los individuos, y se podría prescindir de él, bastaría con deshacerse de los poderosos. Esta idea es muy común entre numerosos intelectuales que normalmente viven del poder como funcionarios o como subvencionados. No hay que hacerles mucho caso, desde luego.
En segundo lugar, aunque el poder adopta diversas formas, en todos los casos es ejercido por una pequeña minoría, es decir, es siempre oligárquico. Se justifica por la necesidad de mantener el orden y la paz en la sociedad, genera al mismo tiempo una dosis mayor o menor de descontento entre los gobernados, por muchas causas, y se apoya en la violencia, a cuyo monopolio aspira, para reprimir el descontento o la subversión. Y es autoritario, porque si no impusiera su autoridad se vendría abajo. Su legitimidad proviene de su capacidad para mantener la paz social y del respaldo, nunca completo, que le ofrezca la población.
En tercer lugar, la forma de poder que denominamos democracia es históricamente muy reciente, lo que no significa que los regímenes y estados anteriores fueran ilegítimos. La democracia es la formulación última hasta ahora de una preocupación sostenida desde sus orígenes por el pensamiento político occidental: la evitación de un poder despótico. Por su propio carácter oligárquico, el poder tiende a hacerse despótico. El pensador germano italiano Robert Michels expuso la ley de hierro de la oligarquía, sea en democracia o en autocracia, según la cual, este tiende, efectivamente, a divorciarse del pueblo y obrar en su beneficio particular. No obstante, esta tendencia no es absoluta y siempre se ha buscado la manera de contrarrestarla de diversas maneras, ya en Grecia y en Roma, o en Europa desde San Isidoro al menos. La democracia es la forma más tardía. Uno de sus rasgos básicos es el sufragio universal, que no fue impuesto en Usa en 1856, con exclusiones, y más tarde, incluso entrado el siglo XX, en otros países. El sufragio femenino es posterior, y en la mayoría de los países data del siglo XX.
En cuarto lugar, la democracia no implica poder, sino consentimiento del pueblo. El pueblo no puede ejercer el poder, porque no es un todo homogéneo… y porque no tendría sobre quién ejercerlo. Aunque desde Aristóteles distinguimos entre monarquía, aristocracia y democracia, cada una de ellas con posibilidades de degenerar, la verdad es que todo régimen algo estable reúne las tres características: es oligárquico, pues lo ejerce un número escaso de personas; es monárquico porque a la cabeza de la oligarquía siempre hay una persona, llámese rey o presidente o de otro modo (a veces dos, solución poco funcional, como en la república romana o en Esparta); y es democrático en la medida en que una masa suficiente del pueblo lo respalda o consiente. Siendo así, parece que no podríamos distinguir las actuales democracias de las monarquías de otros tiempos o de regímenes totalitarios. Pero hay alguna diferencia. Lo que distingue a las democracias actuales es que el consentimiento popular es más activo y explícito, así como el descontento, y se expresa mediante votaciones regulares.
En quinto lugar, la democracia solo puede ser liberal, por cuanto las votaciones regulares requieren normas y garantía de libertades de expresión, organización, etc., sin las cuales no habría competencia electoral entre partidos, es decir, entre oligarquías, y cierta separación de poderes, de modo que los ganadores de unas elecciones no puedan utilizar los poderes legislativo y judicial en su beneficio y contra los demás. Churchill resumió sus ventajas en una frase célebre: La democracia es el peor de los sistemas políticos exceptuando todos los demás conocidos hasta ahora”. Una democracia estable y bien organizada tiene, efectivamente, muchas ventajas: permite la alternancia en el poder sin convulsiones, asegura a las minorías la posibilidad de expresarse y defender sus intereses y permite más libertades políticas que otros regímenes. Pero ello no ocurre sin serios problemas. Pues es cierto que la democracia ha dado buenos resultados en los países anglosajones, pero no siempre en otros países, como ocurrió aquí con la república, o en la mayor parte de Europa en los años entre las dos guerras mundiales; y que no se puede imponer por la fuerza, como ahora se intenta en diversos países, generando caos y guerras civiles.
Tampoco las libertades y la pureza electoral se consiguen nunca del todo, pues, por ejemplo, aunque se dice que existe igualdad de condiciones legales entre partidos y líderes, ello no es así en realidad: unos disponen de grandes medios y otros de medios escasos. Y aunque se supone que los ganadores de las elecciones representan a todo el pueblo, a quien representan realmente es a sus votantes. Y tampoco es esto muy cierto, pues la mayoría de los votantes desconocen el programa del partido al que votan y solo tienen un conocimiento publicitario de sus líderes. Por otra parte, los ganadores tampoco necesitan, generalmente, tener una mayoría del pueblo. Las mayorías absolutas del PSOE o del PP no han superado, en realidad, el 30% del cuerpo electoral.
La democracia tiene muchos otros problemas, algunos de los cuales puede resumirse en otra frase de Churchill “El mejor argumento contra la democracia son cinco minutos de charla con el votante medio”. Es decir, el votante medio tiene ideas muy precarias de los problemas políticos, económicos y culturales a abordar, no obstante lo cual puede decidir quiénes gobernarán, lo que abre las puertas a las demagogias, una de la posibilidades de que la democracia degenere. La tendencia a la demagogia, unida a la corrupción, es hoy bien visible en España.
Hay otra tendencia degenerativa más profunda y es la que Tocqueville llamó “despotismo democrático”, por el cual se mantienen las formas externas de la democracia, pero su contenido tiende a esterilizar la libertad e iniciativa de las personas: un poder minucioso, regular, previsor y benigno que se ocupa de que los ciudadanos gocen con tal de que no piensen sino en gozar, un poder tutelar que se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril, pero que, al contrario, persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia”. Creo que no hay que ser un lince para percibir esa tendencia en España y en la UE, con unas oligarquías empeñadas en intervenir y reglamentar hasta los aspectos más íntimos de las personas, últimamente incluso los sentimientos: no se puede expresar odio a las instituciones o grupos que esas oligarquías designan como elementos privilegiados de sus intereses.
Todo esto es tratado más ampliamente en el libro y no me extiendo. En resumen, las democracias son regímenes históricamente recientes, que responden a la preocupación ancestral por impedir el despotismo del poder, que tienen muchos problemas técnicos y fuertes tendencias a degenerar. Nuestros políticos apenas son conscientes de todo ello, y esa es una de las razones por las que la democracia española, nunca muy asentada, tiende a convertirse, peligrosamente, en bananocracia, valga la expresión.
Creado en presente y pasado
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La acción humana
Blog I: cómo los actuales partidos españoles podrían fundirse perfectamente en uno solo, con un ala más radical y otra un poco menos: http://gaceta.es/pio-moa/los-partidos-democracia-espana-21112016-1612
**Cita con la Historia: El GRAPO durante la transición: https://www.youtube.com/watch?v=d44DKSJ2EXM
** El problema político clave desde la guerra civil es el de la democracia: La guerra civil y los problemas de la democracia en España
**Por qué Franco es el estadista español más importante en siglos: http://gaceta.es/noticias/franco-los-mejores-estadistas-dado-espana-20112016-0137
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La condición humana consiste en una incertidumbre radical, no solo sobre el sentido general de su vida, sino también sobre el curso de ella. Radical no significa absoluta, pues mejor o peor vamos orientándonos, significa que en sus aspectos más profundos existe esa incertidumbre. Omar Jayam insiste en ello una y otra vez: Nadie puede recordar su nacimiento ni saber cuándo morirá, y Los sabios y filósofos más ilustres han caminado entre las tinieblas de la ignorancia. / Sin embargo eran las lumbreras de su época./¿Qué hicieron?/ Pronunciaron algunas frases confusas y luego se durmieron.
Ante tales realidades angustiosas, ¿qué hacer? Disfrutar en lo posible: Ven a mí, amada /Quiero pedir a la embriaguez que me haga olvidar que no sabemos nada. Idea en la que insiste una y otra vez. Claro está que Jayam no era muy consecuente. De serlo, apenas habría dedicado un breve esfuerzo inicial a exponer el hecho, y todo el resto de su actividad a la embriaguez y el amor erótico o a actividades más prácticas. Pues además fue un científico notable, por más que tampoco le satisficiera: Me incliné sobre los secretos del universo y volví a la soledad/ envidiando a los ciegos que hallé por el camino, porque no habían tenido que molestarse en vano por ver lo invisible.
Reacción clásica es el carpe diem horaciano, solo que la mayoría de los días no se dejan disfrutar demasiado y traen consigo a menudo más penas que alegrías o una mezcla gris de ambas, y ese dato solo puede ser sometido en parte, o incluso en nada, por nuestras decisiones y deseos de pasarlo bien. Mucho se ha insistido en que, ya que tales cuestiones radicales nos angustian y escapan a las capacidades de nuestra razón, lo sensato es despreocuparse de ellas y tratar de ser feliz. Pero también aquí encontramos la incertidumbre de lo que podría significar la felicidad, algo muy subjetivo y difícil de definir, y que a menudo choca con las aspiraciones felicitarias de otros. En definitiva, en el trasfondo de la actividad humana permanece siempre la conciencia, clara o difusa, de la cuestión enigmática, a la que tanto razonamiento han dedicado los filósofos: ¿cómo debo actuar en la vida, sea para ser feliz, para “realizarme”, etc.? Algo que a su manera peculiar expresó Unamuno, por ejemplo, en Del sentimiento trágico de la vida, dándole una solución sui generis.
La sensibilidad hacia la propia condición varía mucho de unas personas a otras –como pasa con la música, la ciencia, etc.–, desde quienes enferman de angustia vital hasta quienes apenas difieren de los animales, con todas sus energías acaparadas por las exigencias prácticas o convencionales de la vida. Pero incluso en estas personas emerge un atisbo de consciencia dolorosa en ocasión de grandes desgracias, enfermedades graves o muerte próxima.
No obstante dentro de toda la inseguridad que acompaña a la existencia humana parece haber algo cierto desde hace siglos, algo a lo que aferrarse: el dinero. Sin dinero la vida se vuelve sumamente penosa, por lo que tratar de ganar el máximo de él para procurarnos los mayores placeres posibles podría ser un modo bastante racional de enfocar la vida y darle un sentido. No es lo que propone Jayam, al menos directamente, pues cree que la embriaguez y el amor son necesarios para olvidar la condición humana. Aunque para embriagarse también se precisa dinero. Muchos dicen que ganar dinero es la ocupación más provechosa, inocente y agradable para todo el mundo. Claro que ganar dinero o retenerlo exige mucha atención y tensión, un esfuerzo considerable, a menudo absorbente, que llega a impedir el disfrute. Muchos que lo han heredado, por evitar esa tensión, lo derrochan, lo que termina por causarles más pena que gloria. Y no pocas veces la lucha de intereses por el dinero conduce a desgracias terribles.
En fin, la angustia subyacente a la condición humana es muy fuerte, y podría paralizar a la psique, impidiéndole desenvolverse en la vida práctica. La acción humana, por lo tanto, exige tener resuelto de un modo u otro el problema del sentido de la vida. Eso ocurre también con la obtención de dinero, aunque en este caso, como en otros, la concentración de la energía en ese objetivo puede ser también un modo de huir de la angustia fundamental, adormeciéndola.
Creado en presente y pasado
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El antifranquismo, cáncer de la democracia. Por una democracia profranquista.
Este domingo en “Cita con la historia”, en la serie de España en Europa, trataremos la opuesta dinámica europea y española en los años 30: en la mayor parte de Europa, las democracias liberales estaban en crisis, a consecuencia de la I Guerra Mundial, agravada por la Gran Depresión y por su incapacidad para frenar los movimientos revolucionarios y subversivos de la época. El resultado fue la instauración de regímenes dictatoriales o autoritarias, fascista en el caso de Italia. En cambio, en España la evolución fue al revés: del régimen autoritario de Primo de Rivera se pasó a un intento de democracia liberal. Ello habría podido marcar un ejemplo para el resto de Europa, pero ocurrió lo contrario: confirmó los temores de que, salvo en circunstancias especiales, la democracia “burguesa” genera una revolución antiburguesa frente a la cual es impotente. En el programa explicaremos por qué. www.citaconlahistoria.es
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Este domingo hace cuarenta y un años que murió Franco. Dentro del ínfimo nivel del análisis político corriente en España, hablar de una democracia profranquista sonará a oxímoron, y alguien me preguntaba como argumento definitivo contra Franco: “¿Se votaba en España cada cuatro años para elegir los gobiernos?” Respondí a la necedad: “No había posibilidad de elegir entre un corrupto y otro corrupto, un pro separatista y otro pro separatista, un demagogo barato y otro demagogo barato. Y la gente no lo echaba de menos”. Porque es evidente que nuestra democracia ha ido deteriorándose hasta un grado que recuerda los dicterios de Marañón contra la “estupidez y canallería” de los republicanos, o del propio Azaña contra aquella política de los suyos “incompetente, de codicia y botín sin ninguna idea alta”.
Aunque todos los partidos y políticos se proclaman demócratas, la palabra es usada en un sentido mágico, significando cosas distintas, incluso opuestas, según las utilicen unos políticos u otros. Si queremos escapar del círculo mágico de la palabrería debemos referirnos a los hechos. ¿Puede decirse que una democracia se consolida mediante una maniobra de rescate de la ETA, que estaba, según propia confesión, al borde del precipicio, para recompensar sus crímenes con legalidad, dinero público y convertirla en una potencia política? ¿Acaso no destruye esto el estado de derecho y los principios de una convivencia civilizada? ¿Puede considerarse democrática una ley llamada de memoria histórica que intenta imponer desde el poder una determinada visión del pasado, cosa típica de los totalitarismos, una visión que exalta además, como víctimas a miles de asesinos, y torturadores chekistas? ¿Una ley que deslegitima la propia transición, la democracia comenzada entonces y la monarquía? ¿Es acaso democracia apoyar y financiar unos separatismos que tratan de desintegrar la nación? ¿Es democracia el incumplimiento sistemático de la Constitución en varias regiones españolas, y la no menor prevaricación de gobiernos que no hacen cumplir la ley, y por ello tampoco no la cumplen? ¿No es esto una forma de delincuencia institucionalizada mucho peor que otra plaga que arrastra el sistema, el de la corrupción de los partidos? ¿Tiene algo que ver con la democracia la entrega de la soberanía española “a grandes toneladas” como decía Margallo, a la burocracia de Bruselas, como si la soberanía fuese una mercancía propiedad de los gobiernos de turno? Y así podríamos seguir largo rato, con las leyes de género, el abortismo, etc.
Una democracia funciona a base de partidos, y por tanto podría llevar al país a la disgregación y a la ruina si por encima de los partidos no existieran unas leyes y unos principios y valores generalmente compartidos. Por ejemplo, el patriotismo es indispensable, porque sin él lo único que se impone son los intereses de los partidos, que por su propia dinámica tienden a la disgregación. Y en España llevamos décadas de ataque de un lado y de otro al patriotismo español, ataque fundado precisamente en la falsificación de la historia. En vísperas de las elecciones del 16 de febrero, el diario El Sol advertía lúgubremente: “Vamos camino de que nada nos sea común a los españoles”. En la actualidad diversas fuerzas tienden a repetir la misma jugada. Es cierto que ahora no se da la violencia de aquellos años, pero la situación tiende a pudrirse y la frivolidad ante ella está de sobra.
Uno de esos valores básicos que debieran ser ampliamente compartidos es el respeto a la verdad histórica, que en España viene siendo pisoteada sistemáticamente desde hace cuarenta años. Y la verdad histórica es que la democracia, o la posibilidad de una democracia sana, se debe al franquismo. En tres sentidos:
Primero: Fue organizada desde el franquismo y por personajes del franquismo, empezando por Juan Carlos; y hecha “de la ley a la ley”
Segundo: No podía venir de la oposición antifranquista que siempre fue totalitaria (comunista y terrorista). No existió oposición democrática real y los pocos demócratas vivían y prosperaban tranquilamente, aunque se quejaran, y no había ninguno en la cárcel.
Tercero: El franquismo creó las condiciones para una democracia que funcionase: prosperidad, amplia clase media, y sobre todo olvido de los odios políticos que hundieron la república. Hizo posible una convivencia en paz y libertad que fortaleciese y no amenazase de nuevo la existencia de la nación.
No es que Franco desease la democracia liberal. Estaba convencido de que esta repetiría la nefasta experiencia republicana y precisamente eso fue lo que trató de evitar siempre. Pero gracias a haber derrotado un proceso totalitario, sorteado la guerra mundial, vencido al maquis y al criminal aislamiento que trataron de imponer a España; gracias a un largo periodo de paz y prosperidad y reconciliación (no hay que confundir la reconciliación popular, muy cierta, con la reconciliación de los políticos en la transición, hecha sobre bases falsas), gracias a ello se crearon las condiciones básicas sin las cuales no puede sostenerse una democracia. Él era consciente de que el régimen no se mantendría, porque lo había declarado católico y la Iglesia lo había abandonado. Los elementos falangistas, carlistas y propiamente monárquicos eran secundarios en su ideología. El historiador inglés Paul Johnson ha descrito a Franco, con toda razón, como uno de los políticos más inteligentes del siglo XX, añadiendo que alguna vez los españoles le harían justicia. Creo que el momento de hacerle justicia debió llegar con la misma transición, pero en todo caso ya va siendo más que hora, no debe aplazarse más.
A la muerte de Franco se abrió, pues, la posibilidad de avanzar sobre lo mucho construido antes, pero no debe olvidarse que “la estupidez y la canallería”, y la mentira, son fuerzas poderosas en la historia. Se identificó democracia y antifranquismo, la multitud de arribistas sin escrúpulos llegados a la política optó por identificarse con el Frente Popular, adoptar la propaganda “democrática” desplegada por los comunistas, y atacar la memoria del franquismo, es decir, de una de las épocas más fructíferas de nuestra historia en al menos dos siglos. Y quienes debían haber defendido la memoria de Franco no lo hicieron o lo hicieron muy mal, dejando el terreno libre a sus enemigos, que lo eran también de la verdad: “la economía lo es todo” y “miremos al futuro” (sin sacar ninguna lección del pasado y privando a los españoles de su historia) han sido las consignas de una derecha que también ha querido hacerse la demócrata volviéndose cada vez más antifranquista retrospectiva. La democracia estará enferma mientras no sea capaz de hacer justicia a Franco y a su régimen.
He dedicado Los mitos del franquismo “a quienes respeten la verdad y sientan la necesidad de defenderla”, aun sabiendo que la verdad absoluta es inalcanzable; y algunos tratamos de mantener el programa de radio “Cita con la Historia” como combate contra la llamada “memoria histórica”, nombre involuntariamente irónico. Decía Cicerón que la verdad se corrompe tanto por la mentira como por el silencio, y en España tenemos un ejemplo sobresaliente. Se ha corrompido la verdad y la democracia. De todo esto debemos seguir hablando, debemos insistir mucho, afrontando el matonismo ideológico de un antifranquismo grotesco; porque la mentira y el silencio han avanzado demasiado, pervirtiéndolo todo.
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De Ortega a Bergamín en aquella posguerra “tan mala”
**Este viernes presento en el Casino de Madrid La guerra civil y los problemas de la democracia en España. A las 19,00. Exigen chaqueta y corbata, creo.
** El próximo domingo trataremos en “Cita con la Historia” la época de la II República española en el contexto europeo.
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Puesto que el franquismo ha sido demonizado desde la izquierda y la derecha, muchos echarían en cara a Ortega estas frases que sonaban a felicitación al régimen de Franco, y él mismo procuró después algún distanciamiento. En su Autobiografía apócrifa de Ortega, José María Carrascal pone en su boca estas palabras, que no sé si proceden de algún documento de Ortega o de la inventiva del propio Carrascal (Gibraltar): “Yo quería simplemente advertir a los españoles de la importancia y gravedad que se nos ofrecía dentro de la reconstrucción de Europa (…) Lo de la indecente salud era la simple constatación de un hecho: España había aguantado sin desplomarse lo que le había caído encima en los últimos años: revolución guerra, dictadura (…) Pero se hacía necesario volver a la normalidad lo antes posible (…) Se entendía que no podía ser una normalidad muy distinta de la imperante en los países europeos de nuestro entorno”. Esta es una interpretación claramente distorsionada, la haya hecho Carrascal u Ortega con posterioridad. España no había aguantado una dictadura, si así la queremos llamar, sino que la seguía aguantando, y casualmente aquella dictadura había derrotado a la revolución, y gracias a ella el país se había librado de una guerra mucho peor que había dejado enfermos a los países del entorno europeo. Y gracias a ella había ganado España la salud con la encontraba Ortega. Es difícil que el ejemplo a seguir para España consistiese en imitar a aquellos países del entorno, visiblemente enfermos. Gracias a la dictadura podía volver también Ortega a su patria y a su trabajo intelectual, como lo hizo muy productivamente. Este es el significado claro y evidente de las frases de Ortega en aquel momento, aun si más tarde pensó otra cosa. Y tienen más valor por haber sido pronunciadas en un ambiente internacional de hostilidad a España. Por lo demás, Ortega fue más liberal que demócrata, sintió siempre gran desconfianza hacia la democracia.
Cuando Ortega habla de salud no se refiere, evidentemente, a la economía, que por entonces afrontaba una situación difícil. Y cuando hablaba de una Europa enferma no se refería al hecho de encontrarse económicamente paralizada y más o menos llena de ruinas. Se refería al aspecto moral. En medio de las dificultades, el ambiente que predominaba en España era animoso y contento de haber superado trances tan duros, como se demostraría en su capacidad para afrontar los problemas, mientras que en el resto de Europa era más bien lúgubre y derrotista, sin asidero espiritual en su historia reciente. Para olvidarla, precisamente, se centraron todos los esfuerzos en la economía.
Las palabras de Ortega resultan más interesantes por cuanto contradicen sus puntos de vista anteriores, que hemos analizado al hablar del regeneracionismo. Unas opiniones político-históricas que eran realmente una cadena de disparates, achacando a España una historia “anormal”, “enferma”, ausencia de élites, una tibetanización o aislamiento voluntario que nunca ocurrió, como hemos empezado a hacer notar en esta serie, negación de la existencia de la Reconquista, etc. Tales disparates tuvieron sus consecuencias políticas, favoreciendo entre otras cosas a los separatismos y los movimientos revolucionaios. Ortega se convirtió, junto con Marañón y Pérez de Ayala, en uno de los principales promotores intelectuales de la liquidación de la monarquía, y los tres fueron llamados por esa razón “los padres espirituales de la república”. Su celebérrimo y absurdo artículo “El error Berenguer”, que terminaba con el lema en latín “Hay que destruir la monarquía” marcó época. Había en él, como en Azaña y otros, una dosis de frivolidad y superficialidad de análisis y cierta pedantería y gusto por las frases redondas, que les impedía ver la realidad. Como llegaría a reconocer Marañón, esa frivolidad intelectual había ayudado a traer la revolución, a la que luego se vieron totalmente incapaces de poner freno. En definitiva, si Ortega encontraba a España con una salud casi indecente se debía precisamente al régimen instaurado sobre la derrota de una revolución totalitaria, y que había salvado al país de la guerra mundial, no a las iniciativas intelectuales y políticas de los “padres espirituales de la república”.
Como ya señalamos también en otra sesión del programa, las ideas político-históricas de Ortega se habían concretado también en su no menos celebérrima frase “España es el problema, y Europa la solución”. Lo que él entendía por España, es decir, una historia enferma, anormal y demás, era tan irreal como lo que él y los demás regeneracionistas entendían por Europa, que para ellos se limitaba a Francia, Alemania e Inglaterra, como si el resto careciera de interés o de importancia; e incluso sobre esos tres países, que conocían mal, fueron incapaces de elaborar algún análisis, algún pensamiento concreto y fiable, o al menos algún libro de viajes interesante. “Europa” era una palabra mágica de significado impreciso que servía más bien para denigrar por contraste a España, la cual no se comportaba como ellos querían. Esa frivolidad intelectual ha sido y sigue siendo un grave problema para nuestro país. En la actualidad la palabra mágica es “democracia”, pero se trata de intelectuales carentes de toda cultura democrática, como demuestra el hecho de que no hayan denunciado con un mínimo de energía derivas tan antidemocráticas como la ley de memoria histórica, la recompensa a la ETA por sus asesinatos, las leyes de género y similares. La experiencia llevó al propio Ortega a reaccionar durante la guerra civil contra la frivolidad de tantos intelectuales europeos que firmaban manifiestos a favor del Frente Popular.
La salud de aquella España se aprecia en otros autores. Voy a leer un artículo de Aquilino Duque, premio nacional de literatura, sobre Bergamín, el católico pro revolucionario, procomunista y finalmente proetarra. Se titula “La España de Franco en unas cartas de Bergamín”, en Libertad Digital:
“Cuando a finales de los años 60 Max Aub volvió a España después de un largo exilio, parece ser que dijo estar apenado no ya por la falta de libertad, sino más bien por el hecho de que no se notara esa falta. De sobra sabía él que la versión oficial de España entre los exiliados tenía que ver muy poco con la realidad. Poco antes había pasado por Roma, donde yo vivía, y su mujer, que por cierto se llamaba Perpetua, como el ama del cura don Abundio en Los novios de Manzoni y a quien él llamaba Peua, me dijo que ella solía ir a Valencia, donde tenía familia, pero que durante su estancia se negaba a salir a la calle para no ver aquella realidad con la que el exilio no quería enfrentarse.
Uno, en cambio, que no tuvo miedo a enfrentarse a esa realidad fue Bergamín, cuando, diez años antes, en febrero de 1959, volvía a pisar las calles de Madrid y escribía a María Zambrano, entonces en Roma, animándola a que siguiera su ejemplo. “Madrid me tiene verdaderamente encantado (…) La realidad supera siempre a los sueños. Y es tanta la afirmación de la vida y la verdad de la realidad española que, para nosotros, supera todo. No acabaré nunca de decirte –no puedo expresarlo enteramente– lo que es para mí esta resurrección madrileña, esta pura alegría. No hago más que darle las gracias a Dios por esta Gracia”.
Como quiera que yo fui testigo de esta “resurrección”, no me pillan por sorpresa estos desahogos epistolares, pero me satisface que confirmen el testimonio que doy de ella en Mano en candela. No exageraba yo, pues, cuando escribía al hablar de ese Bergamín “que estaba feliz”. Hay que agradecerle a Editorial Renacimiento la publicación –con el título de Dolor y claridad de España*– de estas cartas de Bergamín a la Zambrano, en edición de Nigel Dennis.
Ya Dennis se encarga de recordarle al lector, apoyándose para ello en otra carta de Bergamín a Justino de Azcárate, que no es oro todo lo que reluce, y que hay otra realidad mucho menos grata. Tampoco esto es una novedad para el que esté familiarizado con la vida y la obra de un personaje tan sinuoso y helicoidal. En la carta a Azcárate hay un juicio negativo que puede valer para los españoles y los gobernantes de todas las épocas, pero en las cartas a la Zambrano hay un pasmo ante una realidad madrileña muy concreta en el tiempo que supera con mucho la realidad pretérita. Y lo expresa así: “(…) Creo que en todo ha ganado, aumentado ahora. En todo. Hasta en sus gentes. Es extraño el cambio que percibo en la realidad española, y no, ni mucho menos, para peor”.
Lo más curioso es que Bergamín elija para ilustrar sus impresiones madrileñas nada menos que un Desfile de la Victoria: “Figúrate que ayer 3 de mayo me fui, después de Misa en San Jerónimo, a ver el ‘desfile’ militar. Y lo vi. Y lo que vi en las calles, en el Prado y Recoletos, Alcalá, las plazas de Cibeles y Neptuno, fue la gente, una gente increíblemente noble, limpia, elegante, seria, casi grave: una gente, un pueblo (?) más velazqueño que goyesco (…) El ‘aquí somos otra gente’ es, no sé si por dicha o desdicha, cierto. Esto, todo esto, me parece un mundo de distinta naturaleza. Y gracia. Sorprende la delicadeza, cortesía, ritmo sosegado de las gentes. Y lo bien vestido y calzado (!) que el mundo ‘gatuno’ de Madrid se nos presenta seriamente festero. O yo no me acuerdo muy bien o antes no era así. Yo recuerdo gentes más vulgares y sucias y chillonas en estas fiestas. Ahora no (…) ¡Qué equilibrio y ecuanimidad!”
La cita es larga, y eso que va extractada, pero equivale a un tratado de sociología. Estamos hablando de 1959. Tres años más tarde vino a Sevilla, donde coincidí con él –vivía yo entonces en Ginebra–, y de lo que le escribe a la Zambrano quiero destacar sólo una frase, aunque sólo sea porque este año de centenarios también lo es de otra persona muy querida para mí a quien Bergamín hace referencia: “Los jardines del Alcázar han mejorado en sus extremos y están mejor cuidados que antes por su poeta-gitano-guardián (Romero Murube)”.
No es fácil reconocer en el pueblo madrileño de comienzos de siglo XXI (el articulo e de 2004) a aquel pueblo madrileño que sedujo a Bergamín a comienzos de los 60. Y es que, para empezar, España ya no es diferente, como decía Fraga; o, dicho de otro modo, ya no es posible decir, con Lorca y con Bergamín, “aquí somos otra gente”. A la hora de asilvestrarse, nosotros no nos quedamos a la zaga.
Tampoco Sevilla es ya tan diferente. En una lectura poética en honor de Cernuda, celebrada en el Jardín de los Poetas del Alcázar, creación en su día de Romero Murube, me comentaba Octavio Paz el deplorable estado en que encontraba los jardines, y yo le dije: “¿Qué quiere usted? Lo primero que han hecho las nuevas autoridades es destituir al conservador y meterlo en la cárcel” (fue en 1988) Ese conservador, sucesor inmediato de Romero Murube, era el arquitecto Rafael Manzano Martos, una persona a quien la nueva situación tenía especial empeño en humillar.
Volviendo al principio: la Gran Generación, que bien puede llamarse Generación Heroica, por los grandes y peligrosos desafíos que hubo de arrostrar y por haber salido vencedor de todos ellos, no ha tenido por así decir, cantores a la altura de sus méritos. Es cierto que no faltaron en los años 40 e incluso más tarde, algunos novelistas, a veces excelentes, de la guerra civil, menos de la posguerra, como Agustín de Foxá, García Serrano, Gironella, Ignacio Agustí, Emilio Romero y otros. Sin embargo su nivel literario no llega probablemente al nivel de Cela en La Colmena (su otra novela San Camilo 1936 es en mi opinión muy inferior, pretenciosa y llena de una moralina pedestre). Esto, aparte de la manipulación intencionada y la promoción masiva de obras izquierdistas o progres, ya antes de la Transición, y también en cine y series televisivas, ha hecho que el mito que ha quedado de aquella época sea precisamente el puramente propagandístico, ya que cualquiera que indague con un poco de seriedad en la época sorprende muy pronto su total inconsistencia. En cambio obras meritorias de autores como los citados han quedado hoy olvidadas intencionalmente por quienes han llegado a dominar el ambiente intelectual.
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