Veinte años de guerras revolucionarias y napoleónicas habían alterado el mapa político europeo, y aún más, como se vería, el ideológico. Para volver a la normalidad se reunió entre noviembre de 1814 y junio de 1815 el Congreso de Viena, auspiciado por uno de los estadistas más brillantes, el austríaco Metternich. El objetivo venía a ser una continuación de las paces de Westfalia y Utrecht, con pretensión de garantizar una paz permanente: restaurar las fronteras anteriores, así como el principio de no injerencia — vulnerado sin contemplaciones por el mesianismo revolucionario y bonapartista—y el equilibrio de poderes que la Francia republicana y napoleónica habían alterado hasta casi someter al resto del continente a su poder y concepción ideológica.
Se suponía que los desastres causados por aquellas guerras debían haber alecccionado a los europeos para detestar las ideas revolucionarias y permitir la vuelta de las aguas a su cauce. Sin embargo los cambios partían de la evolución ilustrada del siglo anterior, y habían sido demasiado profundos. En realidad, del Congreso salió otra Europa, con nuevas fronteras y aceptación de injerencias e invasiones, ahora no por parte de los revolucionarios, sino de las monarquías para salvaguardar el orden. El Sacro Imperio, tan importante en los avatares europeos durante casi mil años, pasó a la historia en 1806, cuando su último emperador, Francisco II, derrotado por Napoleón, lo suprimió para evitar que Bonaparte se hiciera con el título y pasó a llamarse solo Emperador de Austria. Se creó una Confederación alemana, dominada por Prusia, que se extendía por Renania, Westfalia y parte de Polonia. El Imperio austríaco abarcaba la parte sur de la Confederación y, fuera de ella, Hungría, tierras eslavas e italianas. Holanda y Bélgica, algo mutiladas a favor de Prusia, formaban un nuevo estado para frenar el expansionismo francés. Italia quedaba dividida en siete estados, entre ellos los pontificios, restaurados después de su abolición por franceses. Irónicamente habían sido los antepasados francos, Pipino el Breve y Carlomagno quienes los habían creado un milenio antes. Francia mantenía básicamente sus fronteras anteriores y las bases de su fuerza. Al margen de Viena, Noruega pasó del dominio danés al sueco, por presión inglesa y tras una breve guerra sueco-noruega. Rusia, que se consideraba libertadora de Europa y en cierto modo lo era, retenía Finlandia y gran parte de Polonia.
Quedaban así cinco grandes potencias, Rusia, Prusia, Austria, Francia e Inglaterra transformada en Reino Unido por inclusión –mal aceptada—de Irlanda, rodeadas de países venidos a menos. Rusia, Prusia y Austria formaron una Santa Alianza comprometida a garantizar la paz bajo los preceptos cristianos y reivindicando un derecho de intervención contra nuevas posibles revoluciones. Al mismo tiempo los tres países citados, más Inglaterra, formaron la Cuádruple Alianza para vigilar a Francia y mantener la paz. De estos acuerdos vendrían varias intervenciones, una de ellas en España para liquidar el llamado Trienio liberal y restaurar el absolutismo de Fernando VII. Parece que estos arreglos encerraban semilas de nuevos conflictos graves, pero distintos tratadistas (Kissinger y otros) lo consideran modélico, por haber fundado la paz europea más duradera hasta la guerra mundial de 1914. Sin embargo no fue del todo así. Las grandes monarquías,
Uno de los efectos de la revolución fue el nacionalismo, la doctrina democrática que negaba la soberanía a un monarca o grupo social y la desplazaba “al pueblo”, a la nación. Hasta entonces había existido la Europa de las naciones y la Europa de los imperios, pero ahora se volvía imparable la presión para derruir los imperios convirtiendo en nuevas naciones a sus diversas comunidades culturales. Tanto el Imperio otomano como el austríaco, (austrohúngaro desde 1867) o el ruso iban a experimentar constantes tensiones internas por esa razón. Grecia fue el primer país en emanciparse, en 1828, ayudado por Rusia, Inglaterra y Francia. Prusia se convirtió en el epicentro del nacionalismo alemán, hasta conseguir la unificación (salvo a Austria) después de dos guerras victoriosas, una contra Austria en 1866, y otra contra Francia, en 1870. A continuación se proclamó el II Reich (Imperio, considerando como I Reich al Sacro Imperio), bajo la dirección del canciller Otto von Bismarck y con Guillermo I como Kaiser (César). La denominación no ocultaba su realidad como efectiva nación alemana unificada por primera vez en la historia, aunque Austria persistiese fuera, a la cabeza de un multinacinal Imperio de verdad, el Austrohúngaro.
En Italia, la casa de Saboya abanderó el nacionalismo italiano, y apoyada por Francia mantuvo guerras entre 1848 y 1870 contra Austria, otros estados y finalmente el Papado, que terminaron con la unificación de Italia el mismo año en que se declaraba el Imperio alemán. Por primera vez desde la caída de Roma, Italia, por la que tanto habían contendido otros, especialmente Francia y España, y el Sacro Imperio, se convertía en una nación soberana monárquica. Su dato más significativo fue el traslado de la capital a Roma, liquidando los Estados pontificios, tachados del mayor obstáculo a la nación italiana, lo que alimentó un fuerte anticatolicismo o anticlericalismo. De este modo, la Europa de las naciones, limitada durante tanto tiempo al frente atlántico, se ampliaba hacia el centro, sobre la ruina del Sacro Imperio y de las ancestrales divisiones de Italia.
La eliminación de los Estados pontificios seguía la dirección de Westfalia, con raíces muchos más hondas en la revolución luterana y aun antes. Recluido el papa en algunos edificios, parecía el principio del fin de la Iglesia, pero no iba a ser así. La masa de la población en Italia, como en España, Francia, gran parte de Alemania, etc., seguía siendo católica, y esta realidad no podía ser ignorada. Más aún, el catolicismo siguió expandiéndose por territorios protestantes. El papa Pío IX, bastante liberal al principio, había tenido que huir disfrazado de la revolución de 1848 en Roma; a la vuelta cambió de orientación, renovó el dogma proclamando la Inmaculada concepción de María, convocó el Concilio Vaticano I, que adoptó la infalibilidad del papa en cuestiones de moral, cuando se pronunciase ex cathedra, un hecho muy infrecuente. Su antecesor Pío VII, asistente a la coronación de Bonaparte, había restaurado a los jesuitas después que en 1773 hubieran sido suprimidos por Clemente XIV, atendiendo a las presiones de países católicos que encontraban a la orden perjudicial para sus políticas absolutistas. Con Pío IX, a pesar de la pérdida de los Estados pontificios y de su reclusión, el catolicismo iba a experimentar una expansión mayor, con la participación de viejas órdenes renovadas, como los benedictinos, y otras nuevas, como los salesianos.
Los procesos políticos en Europa fueron acompañados por una acumulación acelerada de inventos técnicos y avances científicos y médicos. Desde mediados del siglo cundió la llamada “segunda revolución industrial”, en la que el textil cedió a la siderurgia, se explotaron nuevas energías como la electricidad o el petróleo, se extendió el telégrafo, luego el teléfono, se multiplicaron los ferrocarriles y los barcos de vapor, nació el automóvil, la explotación agraria aumentó su productividad, etc. Las grandes empresas tenían sus propios laboratorios e innovaban constantemente, y las universidades se pusieron al servicio de la ciencia y la técnica. Las condiciones materiales de vida mejoraron en conjunto, y se abrían perspectivas de eliminar el hambre y la miseria, al menos para grandes masas. Sindicatos y mociones parlamentarias prohibieron el trabajo fabril de los niños, restringieron el de las mujeres en las labores más duras o insanas, y redujeron los horarios de labor.
El equilibro de poderes de Viena permitió a Inglaterra desentenderse en gran medida de los asuntos europeos – permaneciendo vigilante contra la posible preponderancia de algún país— y dedicarse a su imperio, que aumentaba sin cesar. Los intentos imperiales ingleses en América no habían sido brillantes: en Canadá se habían impuesto a los franceses en un territorio muy vasto pero inhóspito y poco rentable de momento; había perdido las más productivas trece colonias, y realmente beneficiosas eran solo Jamaica y Barbados. Y los ataques por Centroamérica y Argentina habían sido repelidos.
Más suerte había tenido en Asia con la conquista, a finales del siglo XVIII y durante el XIX, del enorme subcontinente indio, equivalente a la mitad de Europa, desplazando a los competidores franceses, holandeses y portugueses (esto retuvieron unas pequeñas zonas). Hizo la conquista la Compañía de las Indias Orientales (British East India Company), cuyas exacciones provocaron la Gran Hambruna de Bengala, en 1770, causando la muerte a unos 10 millones de nativos. Ello provocó críticas en la metrópoli. Uno de sus negocios principales, y también de los holandeses desde las islas de la Sonda, fue el cultivo del opio, vendido principalmente en China. El emperador Tao Kuang lo prohibió y destruyó numerosos envíos, debido a los estragos que causaba. La Compañía, indignada por tal ultraje al libre comercio, movió al gobierno de Londres a una primera guerra en 1839 y a otra, con apoyo franvés, en 1850. Ambas duraron varios años. Triunfaron los comerciantes, e Inglaterra impuso a China la cesión de Hong Kong.
La Compañía, auténtico subestado, llegó a dominar India, Birmania, Singapur y Hong Kong, pero en 1857 los cipayos — tropas indígenas a su servicio– se rebelaron, dando lugar a atrocidades por ambas partes. Los ingleses quemaron pueblos, masacraron a sus habitantes y ejecutaron a muchos prisioneros a cañonazos, atándolos a las bocas de las piezas. Después de esto, la Compañía fue disuelta y Londres asumió directamente la administración del territorio, con mayor humanidad y esfuerzo civilizador. Aquel enorme y poblado territorio se convirtió en “La joya de la corona” inglesa o británica. Por él se habían desarrollado civilizaciones y culturas variadas en una historia intensísima, y su población era mayoritariamente hinduista, con fuertes incrustaciones musulmanas. Los ingleses, interesados en el lucro, mantuvieron el sistema de castas implantado por los arios veinticinco siglos antes, al que simplemente añadieron una nueva casta aun más radica por encima de las demás y sin mezcla con ellas, la de sus propios funcionarios, comerciantes y militares.
Por más que el estado británico se denominase “Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda”, esta última podía considerarse una posesión imperial. Su población, casi toda católica, había sido despojada de sus tierras ya por Cromwell, reduciendo a los naturales a jornaleros y aparceros, alimentados casi exclusivamente de patatas. Como observó el reformador y viajero francés Gustave de Beaumont, la isla había sido reducida a “una nación de pobres”. En 1845 comenzó una plaga que arruinó la cosecha de patatas y desató un hambre masiva que en cuatro años causaría en torno a un millón de muertos y obligaría a emigrar a dos millones. El hambre afectó, en menor medida, a Escocia y otros lugares. Irlanda producía abundantes alimentos, que se siguieron exportando a Inglaterra: los propietarios defendieron sus almacenes de los hambrientos con guardias armados y la emigración, hacinada en barcos insalubres, rindió grandes ganancias a los armadores. Indignó en toda Europa que tal catástrofe ocurriera al lado mismo del país entonces más rico del mundo. Fue una especie de genocidio, motivado, de un lado, por un acentuado desprecio a los irlandeses, y de otro por el criterio economicista que hacía de la riqueza y la rentabilidad una virtud moral por encima de todas. Los irlandeses, nunca sumisos de buen grado el yugo inglés y la privación de derechos para los católicos, hicieron su descontento más radical, abocando a un activo nacionalismo.
Hasta entonces el único continente no explorado a fondo había sido África, con sus inmensos desiertos y selvas. En el último cuarto del siglo XIX, la exploración y colonización de aquellos territorios, con riquezas mineras y otras, precisadas por una Europa industrial, dio lugar a una competición entre potencias. El inglés Cecil Rhodes concibió el magno proyecto de dominar la franja central del continente desde Egipto a Suráfrica, instalar en él numerosos colonos británicos y construir un ferrocarril desde El Cairo a El Cabo, todo lo cual se realizaría. No menos interés tenía para Londres el canal de Suez, una de las mayores obras de ingeniería jamás acometidas por el hombre y debida al francés Fernando de Lesseps en 1869. El canal, con Gibraltar y Malta, aseguraba el dominio inglés del Mediterráneo, y acortaba enormemente la ruta entre Inglaterra y sus posesiones en India y el Índico. La Conferencia de Berlín, en 1884, decidió los términos del reparto de África para evitar guerras. Francia se quedaría con el Magreb, casi todo el Sahara, Madagascar y regiones del África Negra, Inglaterra con la gran franja mencionada (salvo Tangañika, que pasaba a Alemania junto con otras regiones); Italia con el Cuerno de África, Portugal con Angola y Mozambique y otras menores, y el rey de Bélgica con el Congo, donde desplegaría una colonización de extrema crueldad. España recibiría pequeños trozos. El reparto indicaba también que la supremacía inglesa ya estaba siendo cuestionada por Francia y Alemania, y se sucederían los incidentes, sin llegar al conflicto abierto.
Aunque el tráfico de esclavos fue perseguido por los ingleses, continuó largo tiempo por parte de los árabes. Se aplicaron otras medidas civilizatorias, como cierta instrucción elemental para los negros, mucho más tarde también alguna superior, algún esfuerzo cristianizador; pero los negros fueron considerados, en general, humanos deficientes o atrasados. Algunos fueron exhibidos en jaulas en Europa y Usa.
El islam, tantos siglos peligroso para Europa, pasaba, en el norte de África bajo dominación francesa, italiana e inglesa; y lo mismo el sur del continente: el sur de Arabia, zonas de Persia y las partes musulmanas de India, a Inglaterra; Indonesia o Islas de la Sonda bajo Holanda, con algún enclave portugués; Indochina, bajo control francés. El Imperio otomano permanecía, mutilado y estancado. A finales del siglo, Filipinas y las últimas posesiones españolas del Pacífico serían ocupadas por Usa, que también había forzado a Japón a abrirse al comercio exterior. Solo China era un bocado demasiado grande, pero aun así perdería varias guerras con los europeos y useños, que le ipondrían condiciones comerciales y privilegios, provocando crisis y revueltas internas. Por el norte, Rusia consolidaba su poder sobre Siberia y el Asia central, y descendía hacia la India inglesa, con peligro creciente de choque.
El Imperio inglés llegaría a ser el más grande de la historia, con casi 30 millones de kilómetros cuadrados, incluyendo zonas tan vastas, pero de momento inhóspitas y poco productivas como Canadá o Australia, donde gran parte de los indígenas fueron exterminados. A pesar de todo, la cultura inglesa, aun sin mezclarse, ejercería un influjo civilizador sobre las culturas coloniales; también influiría en Hispanoamérica y en la misma Europa, reforzado por el empuje creciente de Usa. A lo largo del siglo, y más aún en el siguiente, iría compitiendo y desplazando el prestigio cultural francés. Así, Inglaterra creó un ámbito cultural propio que continúa creciendo en la actualidad a través de Usa. Solo el ámbito hispano podría comparársele en número de hablantes, pero a diferencia del dinamismo anglosajón, la cultura hispana no ha logrado reponerse plenamente de su crisis de finales del siglo XVII.
Por lo que respecta a Francia, había vuelto la monarquía, pero ya no el absolutismo, y las tensiones revolucionarias persistían, abocando en 1848 a una II República, bastante desordenada, que en solo cuatro años dio paso a un II Imperio bajo Napoleón III, sobrino del anterior. Un año después, el previsto choque entre Rusia e Inglaterra se produjo en el mar Negro, por la ambición de San Petersburgo de controlar los accesos del mar Negro al Mediterráneo, a costa del Imperio turco, llamado “el enfermo de Europa”. Inglaterra rechazó la intervención y formó coalición con Francia y los otomanos, que en la Guerra de Crimea, muy sangrienta para todas las partes, consiguió frenar a los rusos. Francia salió de allí prestigiada como “árbitro de Europa”; no así Inglaterra, cuyo ejército había demostrado la necesidad de una reforma en profundidad. Francia volvía a exhibir robustez interna y capacidad de intervención exterior. Durante el siguiente decenio y medio, el país se estabilizó, creó una pujante industria y expandió sus colonias por África y Asia, a pesar de que su intento de satelizar a Méjico acabó en desastre. De ahí el origen del término “Latinoamérica”, que se extendió por difuminar el origen hispano.
Entre tanto, Prusia no cesaba de fortalecerse también, para alarma de Francia. En 1870 teminó por desatarse la guerra entre ambas, por causa de la sucesión a la corona española, que París y Berlín querían favorable a cada uno. En menos de un año, los franceses fueron aplastados sufriendo gran número de bajas mortales. De resultas, el Imperio dio paso a una III República, y Francia quedó por un tiempo fuera de combate.
Con motivo de la victoria en la guerra franco-prusiana se constituyó el II Reich, o más propiamente la nación alemana, con exclusión de Austria, como quedó dicho. La nueva Alemania no dejaría de fortalecerse ante la creciente inquietud de Inglaterra, con la que la vitalidad y energía germanas iban rivalizando o superando industrial, comercial y culturalmente. Dato clave del auge alemán fue una reforma universitaria, promovida a principios de siglo por Wilhelm von Humboldt, que apostaba decididamente por la libertad intelectual, haciendo de la investigación y la ciencia, mediante laboratorios, seminarios y departamentos específicos, el objetivo central de la universidad. El sistema alemán se extendería a otros países europeos y a Usa. Hasta entonces, la universidad había sido la columna vertebral de la alta cultura europea, muy ligada al cristianismo y sus iglesias. Durante este siglo, más aún que en el anterior, la religión cristiana fue perdiendo peso universitario a favor de religión que hemos llamado prometeica. No solo en ciencia y técnica destacaría la Alemania renovada: también, notablemente, en el pensamiento, la música, las artes en general