Falacias del europeísmo

*Blog I. Cómo me metí a historiador / Jesús Salas Larrazábal: http://gaceta.es/pio-moa/meti-historiador-jesus-salas-larrazabal-20042016-0019

Programa del domingo pasado en Cita con la Historia fue sobre la División Azul. El del próximo domingo tratará el diálogo de la Iglesia con el marxismo a raíz del Concilio Vaticano II. En Cadena Ibérica, FM 99.3   domingos de 16.00 a 17.00, y miércoles de 22,00 a 23,00 Ver www.citaconlahistoria.es

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Por europeísmo se entienden cosas distintas, desde la conciencia de unas raíces culturales comunes hasta la pretensión de unificar políticamente Europa en una federación o similar. En el primer aspecto, es evidente que Europa se forjó culturalmente como el continente cristiano en pugna, durante siglos, con invasiones paganas o islámicas, creando una civilización que se ha extendido por gran parte del mundo. Pero el actual europeísmo busca, paradójicamente, anular esas raíces en una especie de  neorreligión laicista, a menudo muy hostil al cristianismo. Se asocia además a la pretensión de crear una superpotencia con el correspondiente nacionalismo, que sustituiría a las naciones históricas y acabaría con ellas en un plazo más o menos largo. Asimismo los idiomas serían paulatinamente desplazados (ya lo están siendo, aceleradamente) por una hegemonía irrestricta del inglés. Los argumentos principales para justificar esa deriva son que de ese modo  se acabaría con las guerras dentro de Europa, como demuestra que no haya vuelto a haberlas según ha ido aumentando la unidad económica y política; y que en un mundo “globalizado” solo puede competirse mediante grandes unidades políticas y económicas; y que la nueva Europa tendría un papel ejemplarmente pacífico en el mundo.

   Creo que los tres argumentos son falacias justificativas. No es cierto que el proceso europeísta en Europa occidental haya impedido nuevas guerras  europeas, pues la causa real de la ausencia de ellas después de la II Guerra Mundial ha sido la tutela de Usa y su paraguas atómico. Tampoco es cierto que esos países, al parecer ansiosos de unificarse,  se hayan mostrado especialmente pacíficos. Francia mantuvo largas, duras y finalmente desastrosas guerras coloniales. Lo mismo, aunque algo más atenuadamente, Holanda, Portugal e Inglaterra. Aún son recientes las guerras en  la extinta Yugoslavia, es decir, en Europa, que la UE no ha impedido, sino en cierta medida atizado. Y ahora mismo, los países de la UE participan  o atizan  guerras en Siria, Mali, Afganistán, hace muy poco en Libia, aparte de su responsabilidad en las espeluznantes matanzas de Ruanda, etc. No quiero decir con ello que esas contiendas e intervenciones estén más o menos justificadas en algunos casos; solo quiero señalar que  considerar a la UE como un factor que impediría las guerras no pasa de ser una peligrosa fantasía publicitaria. El mundo dista de ser una balsa de aceite, y, precisamente por los intereses “globales” de la UE,  está interviniendo y previsiblemente seguirá haciéndolo allí donde esos intereses se vean amenazados 

   Por otra parte, el europeísmo actual se ha ideado como remedio a las tradicionales pugnas francoalemanas, causantes de guerras muy sangrientas, y no deja de resultar una ironía que los antiguos rivales se pongan de acuerdo para asegurarse el predominio sobre el resto del continente. Pues la UE  abarca además a países muy disímiles y difícilmente podría articularse y  funcionar  sin la hegemonía de  sus dos principales potencias, Alemania y Francia. Hay además un elemento de  fraude esencial en la pretensión del europeísmo de representar a Europa. La UE no es Europa, solo una parte de ella. Europa incluye, por ejemplo, a Rusia, muy difícil de integrar en el conjunto y que ha tenido sus propias guerras; y muchos quieren  extenderla a Turquía, un país de cultura ajena a la europea y con sus propios conflictos.

   Por lo demás, el argumento del tamaño como factor de peso y competitividad, puede valer para pensadores de “la economía lo es todo”.  Pero encontramos países tan pequeños como Suiza, Noruega, Israel o Singapur más competitivos, proporcionalmente, que la Unión Europea. Y dentro de esta son muy claras las diferencias entre Grecia y Suecia, entre Alemania e Italia o entre Francia y España.  Medidas unificadoras como el euro han causado un auténtico desbarajuste. España estaba saliendo de la crisis dejada por el PSOE y saneando su economía perfectamente con su peseta, y la entrada en el euro, presentada con total irresponsabilidad como garantía de prosperidad sin fin, volvió a enfermar la economía hasta conducir a la crisis actual.

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Oratores, bellatores, laboratores.

 Blog I Fin de mi trabajo como historiador: http://gaceta.es/pio-moa/trabajo-historiador-17042016-1703

Hoy en Cita con la Historia reponemos la sesión sobre la División Azul. www.citaconlahistoria.es

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     A lo largo de aquellos tumultuosos siglos fue cobrando forma una sociedad nueva, muy distinta de la romana. No fue algo planeado, sino producto espontáneo de las  duras circunstancias, que tan en primer plano habían colocado al clero y a los guerreros. El sistema fue racionalizado en la división en tres estamentos o estados, los oratores o clérigos, bellatores o guerreros,  y los laboratores o trabajadores. Los primeros  procuraban con sus rezos la salvación de la sociedad; los segundos la defendían por la fuerza de sus enemigos; y los terceros aseguraban el sustento común. La división no era rígida: los laboratores podían ser llamados a actuar como bellatores, y lo mismo hacían a veces los oratores, los cuales también obraban como laboratores en los monasterios.

   Como hemos visto, los clérigos desempeñaron el papel clave organizando a las poblaciones mediante los obispados y la malla de monasterios extendida por toda Europa, salvaguardando en lo posible el legado grecolatino y expandiendo su fe, la enseñanza y la civilización en general. Pero, por más que predicasen la paz  y convenciesen a muchos, los oratores no habrían subsistido sin la acción guerrera, que rechazaba a los agresores foráneos y protegía los avances misioneros. A su vez, los bellatores, por su mera dinámica, solo habrían causado una incesante formación y destrucción de reinos bárbaros como, por lo demás, ocurrió en parte. Los pequeños ejércitos privados de los nobles movilizaban a sus campesinos cuando hacía falta, sirviendo como medio limitado de promoción social.

    Y, aun con frecuentes abusos, los trabajadores fueron mejorando su situación al debilitarse la esclavitud  y sobre todo en los períodos de paz, que se harían más largos desde finales del siglo X, cuando el Occidente entró en una nueva edad, más estable. La masa de este tercer estamento la componían  los campesinos, libres o siervos, e incluía también a los artesanos y comerciantes.  La especialidad del campesino era el trabajo físico, desdeñado por los nobles, aunque no por los monjes;  y los reducidos a servidumbre de la gleba mantenían  con los terratenientes una relación contractual. A menudo oprimidos y exprimidos, tenían no obstante derechos y al menos existían obligaciones mutuas con los señores.  Los siervos no podían moverse de su tierra sin permiso del amo, pero este debía protegerlos, no podía expulsarlos ni tenia derecho de vida o muerte sobre ellos. A cambio podía exigirles servicios, a menudo onerosos. El siervo  trabajaba sus campos y los del amo, retenía parte de los  frutos de este y mantenía una autonomía limitada, por contrato hereditario. La servidumbre constituía un avance  sobre la esclavitud y contribuía a aumentar la producción, al interesar al siervo en ella.  Había campesinos libres, pero sujetos a cargas, en especial militares. Estas relaciones nacían de la extrema inseguridad de la época: los nobles y otros señores brindaban protección y legalidad a cambio de servicios o de servidumbre

   Esta división social se extendió por todo el oeste europeo, con variantes secundarias no siempre irrelevantes. Fue formulada conscientemente por Alfredo el Grande de Inglaterra a finales del siglo IX, como racionalización de un estado de hecho. Ya Isidoro de Sevilla expresa una idea parecida, en la que la sociedad se sostendría dividiendo  a sus miembros según misiones básicas jerarquizadas. En San Agustín, la división social reflejaría de modo muy imperfecto el orden perfecto de la Ciudad de Dios. El sistema recuerda el de castas creado por los arios en La India, aunque aquí no se trataba de verdaderas castas, pues aunque lo común era que quien naciera en un estado social permaneciera en él, había posibilidades de cambio y promoción, en particular a través del clero. Como este era célibe, debía nutrirse de los otros dos órdenes y principalmente del tercero, más numeroso; además, la prédica cristiana de  igualdad y dignidad personal contribuía a ello. Dentro del clero, los puestos dirigentes solían ocuparlos personas de origen noble, pero también los alcanzaban algunos de origen pobre. Otro modo de promoción fue el comercio, muy arriesgado debido al bandidaje y las exacciones de los nobles, pero que permitía a los traficantes con suerte adquirir  fortuna e influencia. Los judíos tenían una ventaja particular, porque  sus pequeñas comunidades dispersas por varios países les permitían formar una red de contactos e informaciones ad hoc.

    La división en tres funciones no revela a quienes realmente ejercían el poder. Este recaía en una oligarquía compuesta del rey y los nobles bellatores, más, no siempre en segundo término, de los  obispos y grandes abades, el nombramiento de los cuales se disputaban el Papado y los reyes. Los laboratores solo podían compartir algo de poder si la buena suerte comercial les permitía convertirse en potentados  y prestar dinero a los poderosos, cosa muy poco frecuente. Las ideas entonces predominantes consideraban un abuso o usura el préstamo de dinero a interés, que llevó a muchos a la ruina. La condena de tal práctica contribuía a mantener la sociedad con pocos cambios.

   En conjunto, aquella división trifuncional, racionalizada, daba  estabilidad y sentido  a la sociedad, por lo que, a pesar de todas las conmociones, injusticias y abusos, permanecería,  más o menos modificada y con crisis y variaciones territoriales, hasta finales del siglo XVIII, en que la Revolución francesa dio comienzo a un nuevo orden.

El sistema, conocido como feudalismo, creaba una aguda rivalidad entre el gobierno monárquico y el de los señores. El disperso poder señorial limitaba el del monarca o del emperador, impidiéndole hacerse absoluto; pero a su vez pesaba duramente sobre  los laboratores, “el pueblo”, que prefería por lo común el poder monárquico, más suave y alejado. Esta tensión iba a caracterizar largo tiempo la historia europea. 

   De este modo, la naciente civilización ofrecía tres fuertes tensiones: entre el poder religioso y el político, manifiesto, entre otras cosas, en las pugnas entre el Papado y el Imperio por nombrar (y controlar) los altos cargos eclesiásticos; y dentro de la religión, entre la fe y la razón heredada de la cultura grecolatinal poder político; y en el ámbito político, entre los monarcas y los señores feudales. Esta triple  tensión se manifestaría en conflictos a menudo sangrientos, pero también en un extraordinaria florecimiento cultural e intelectual cuando el cese de las invasiones diese lugar a un largo período más pacífico y próspero.

   La Edad de Supervivencia, entre los siglos V y XI, quedaría nebulosamente en la memoria colectiva como un tiempo en que a la estrechez de la vida práctica se superponía un mundo de empresas arduas y gloriosas, de predestinación, hadas, príncipes, amores y tragedias, que no dejaría de inspirar, recurrentemente, la cultura europea, como contrapunto de la fe cristiana y del racionalismo grecolatino. Época de milagros, épica, magia y leyendas mezcla inextricable de mito y realidad, de cristianismo y paganismo. Parte de aquel mundo, sería recogida o recreada siglos después por poetas y monjes deseosos de salvarlo del olvido, en cantares de gesta, sagas,  narraciones célticas, ya aludidas. Todas ellas introducen un ambiente semionírico de sentimientos intensos y peculiar atractivo. El acervo de cantos y relatos legendarios de la Hispania goda, que sin duda existió, se perdió irremediablemente con la invasión árabe, quedando como un eco las narraciones posteriores sobre  la pérdida de España, la traición de Don Julián y del obispo Oppas, la violación de Florinda la Cava por Don Rodrigo, otras en torno a Covadonga o Roncesvalles, etc.   

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14 de abril de 1931: golpe de estado monárquico contra la monarquía

En la madrugada del 12 al 13 de  abril de 1931,  los miembros del “gobierno provisional” republicano salían contentos de la Casa del Pueblo de Madrid, donde habían seguido la jornada electoral. Miguel Maura caminaba con Largo Caballero y Fernando de los Ríos, el cual dijo que el triunfo en las capitales de provincia les daba esperanzas para las elecciones generales previstas para octubre. Maura miró a Largo y “con asombro vi que asentía. Recuerdo la vehemencia con que les hice ver el error en que estaban, anunciándoles que  antes de cuarenta y ocho horas estaríamos gobernando”. Me llamaron iluso y nos despedimos. Al día siguiente  seguía sin convencer a sus compañeros “Me miraban como a un pobre iluso o a un demente que soñaba despierto. Puedo afirmar que durante todo el día 13, el único del Comité que creyó y obró seguro de la victoria definitiva, fui yo, a pesar de los rumores y las alarmantes noticias, en su totalidad falsas, que los correligionarios despistados nos traían sobre la inminente reacción del rey y del ejército contra nosotros”.

    En realidad, el gobierno estaba resuelto a no tolerar las indecisiones de los republicanos. A medianoche  del 12 al 13  los ministros se reunieron informalmente en Gobernación con el general Sanjurjo, jefe de la Guardia civil. Según Lerroux, Romanones le preguntó si podría responder de sus fuerzas para controlar posibles desórdenes. Sanjurjo respondió : “Hasta ayer por la noche podía contarse con ella” “Todo estaba perdido”, asegura Romanones. Berenguer, ministro de la Guerra,  faltó a la reunión, pero no mostró menos resolución que los otros. Sin consultar a sus colegas envió un telegrama a las autoridades militares de provincias  haciéndoles notar la “derrota de las candidaturas monárquicas en las principales circunscripciones” e instándolas a “seguir el curso lógico que les impone la suprema voluntad nacional”. En suma, antes de que amaneciera, Romanones, Sanjurjo y Berenguer, llevados de un vehemente deseo de “acatar la voluntad nacional” habían desahuciado por su cuenta y riesgo al régimen que teóricamente defendían, y que casualmente había ganado las elecciones.  

  Al amanecer del día 13, Romanones acudía a palacio: “Yo no acertaba con la fórmula de afirmar que todo estaba perdido, que no quedaba ya ni la más remota esperanza y, sin embargo, hablé con claridad suficiente, interrumpiéndome el rey con la frase: “Yo no seré obstáculo en el camino que haya que tomar, pero creo que aún hay varios caminos”. Y observa Maura con justeza: “Ya en la mañana del 13, antes de que el Gobierno hubiese deliberado y antes de que la calle mostrase síntomas de efervescencia, el Romanones  estaba decidido a forzar las etapas para que el monarca abandonase la lucha”. Y por la tarde Aznar hacía su famosa declaración sobre el país que se acostaba monárquico y se levantaba republicano, que en la práctica era un llamamiento a los republicanos a tomar la calle.   

Por la tarde del día 13 se formaron grupos  partiendo del Ateneo y de la Casa del Pueblo, que trataban de congregar a más gente mostrando un telegrama falso, según el cual el rey había huido precipitadamente a hacia París. La consigna de “¡Ya se fue”! ¡Ya se fue!” iba congregando por la calle a más y más gente, que afluyó a la Puerta del Sol y al Palacio de Oriente. Apenas hubo incidentes, porque las fuerzas de orden público permanecieron pasivas.   

A primera hora de la mañana del 14,  Romanones enviaba al rey  esta nota: “Los sucesos de esta madrugada hacen temer a los ministros que la actitud de los republicanos pueda encontrar adhesiones  en elementos del Ejército y fuerza pública (…) y  se produzcan sangrientos sucesos. Para evitarlo (…) podría V. M. reunir hoy al Consejo (…) y el mismo reciba la renuncia del rey, para hacer ordenadamente la transmisión de poderes”. La nota tiene un aire intimidatorio, y observa de nuevo Maura: “Los sucesos de esta madrugada… ¡No sé cuáles pudieron ser, porque ninguno digno de ser recordado había surgido en el curso de la noche! Pero era lógico que  había que apoyar en algo extraordinario el argumento que motivaba la nota”.  

  Lo anterior lo copio de mi libro  Los personajes de la República vistos por ellos mismos. Si hubiéramos de personalizar los elementos más decisivos de aquellas jornadas los encontraríamos en Miguel Maura y el conde de Romanones.  Maura olió enseguida la quiebra política y moral de la monarquía y arrastró a sus colegas del “gobierno provisional” a tomar el poder, que, como él señala, “nos regalaron”. Romanones, fue quien desde dentro del gobierno intimidó principalmente  al rey para que se marchase (sin contar la extraña conducta de Berenguer, Sanjurjo, Aznar y otros). Solo La Cierva advirtió al monarca: “El Rey se equivoca si piensa que su alejamiento y pérdida de la Corona evitarán que se viertan lágrimas  y sangre en España. Es lo contrario, señor”.  Maura había sido monárquico hasta poco tiempo antes, y Romanones parecía un pilar de la monarquía. ¿Por qué obró de esa manera?

 El socialista y masón distinguido Juan Simeón Vidarte expone en sus memorias una pista casi nunca citada, pero interesante, ya que no demostrativa: ”Cuando salimos en unión de Marcelino Domingo de su despacho, le pregunté a éste si don Gregorio [Marañón] era o había sido masón, ya que con tanta libertad se habló con él del trabajo en las Logias. Domingo me informó de que Marañón fue iniciado en secreto por su suegro Miguel Moya, cuando éste era Gran Maestre. Estas iniciaciones constan en un libro especial que lleva la Gran Maestría, y sólo figuran en él los nombres simbólicos. El caso del ilustre médico y escritor era semejante al del conde de Romanones, quien también había sido iniciado en secreto por Sagasta y quien siempre cumplió bien con la Orden (…) “Ya comprenderá usted, terminó Domingo, que muchas veces nos interesa que no se sepa que son masones algunos políticos de nuestra confianza”. Fallecidos, lo mismo el conde de Romanones que el querido y admirado doctor Marañón, me encuentro en libertad para revelar estos secretos” (Vidarte: No queríamos al rey. Grijalbo, 1977. Páginas 227-8).   

Se de ello lo que fuere, es cierto que la masonería  consideró la II República como un régimen propio. También lo es que Marañón criticaría la frivolidad  de quienes, como él mismo, habían contribuido a traer aquel caos. Con la experiencia de lo hecho, llamaría a los  líderes republicanos “cretinos criminales”,  en quienes “Todo es  latrocinio, locura y estupidez”, “estupidez y canallería”,  “Horroriza pensar que esta cuadrilla hubiera podido hacerse dueña de España (…). Y aun es mayor mi dolor por haber sido amigo de tales escarabajos y por haber creído en ellos”.    

En cualquier caso, la república nació con plena legitimidad, ya que fueron los monárquicos quienes dieron un golpe de estado contra la monarquía,  despreciando y engañando a sus propios votantes y regalando el poder a los republicanos.  Con ello  retrataron su falta de fe en sí mismos,  y realmente la monarquía quedó tan desprestigiada que si no fuera por Franco  habría tenido muy pocas posibilidades de volver. Un caso único en el siglo XX, tanto el modo como se hundió como su reinstauración.  

¿Cuál es la razón de aquella asombrosa quiebra moral? Principalmente la legitimidad. Los republicanos esgrimían la bandera de la democracia, que en el siglo XX se ha ido convirtiendo en la única legitimidad generalmente aceptada, mientras que los monárquicos y la derecha, aunque liberales, desconfiaban de ella, si bien la aceptaban (la Restauración  fue uno de los primeros regímenes de Europa en adoptar el sufragio universal, y la CEDA aceptó igualmente la república, si bien a disgusto). Lo chusco, por así decir, del caso es que lo que llamaban democracia las izquierdas era algo directamente opuesto a lo que normalmente se entiende por tal. De modo extremadamente simple, la democracia consistiría en que mandaran ellos, pues para eso eran “el pueblo”. Los monárquicos se sentían sin respaldo político-moral, sencillamente. En un libro próximo, para la Feria del Libro, La guerra civil y los problemas de la democracia en España, abordo estas cuestiones, que creo nadie ha abordado algo en serio todavía. 

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Descrédito del pudor

Blog  I. Igualdad de sexos, democracia, Iglesia. http://gaceta.es/pio-moa/igualdad-sexos-democracia-e-iglesia-carta-zapatero-rajoy-ii-12042016-1812  

“Cita con la Historia”, domingo pasado: expansión y caída del comunismo en el siglo XX: https://www.youtube.com/watch?v=CT-m76YcjoY&nohtml5=False

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Los vejetes de mi quinta y más antiguos recordarán todavía aquella canción:
Ahora que nadie nos ve
vuelve a besarme otra vez.
Rinconcito del café…


Eran tiempos más recatados, cuando el sentimiento de la intimidad, el pudor, tenía un valor hoy desechado, sobre todo en la relación sexual. En mi época de marxista discutí alguna vez si el pudor era un sentimiento natural o una actitud “ideológica”. Por supuesto, prevaleció la segunda opinión. El ser humano es social, sus actitudes y sentimientos reflejan el tipo de sociedad en que vive, responden a intereses de clase, burgueses en nuestro caso. Como por entonces se hermanaba a Marx con Freud, el pudor solía rechazarse como un prejuicio burgués y manifestación de la represión sexual. Señalaré dos paradojas, sin darles ahora vueltas: en los países socialistas el pudor, si bien excluido como una manifestación de la individualidad, reaparecía como pudibundez impuesta por el estado; y en los países occidentales, un rechazo nacido de dos ideologías en apariencia muertas, como el marxismo o el freudismo, ha triunfado tan plenamente que hoy el exhibicionismo sexual triunfa entre un completo descrédito del pudor. Para probar el último aserto basta con dar un repaso a la publicidad, la televisión, el cine y, en general, a la cultura de masas.

Sospecho, con todo, que el pudor es más natural de lo que parece. A mi hija –ustedes perdonen–, a quien nunca instruí en ese sentido, le producía desde muy pequeña un intenso desagrado el omnipresente “besuqueo”, como ella dice. Cuando sea mayor piensa hacer películas, pero mucho mejores que las de ahora, por lo pronto sin “besuqueo”. No sé si tendrá algún éxito. También los niños muestran un sentimiento de la intimidad, aunque lo que pudiéramos llamar ideología dominante lo reprima sin contemplaciones: hasta en la enseñanza, por lo menos la pública, la instrucción para los niños es jaimitesca, y por ahí andan los impúdicos profesores y politicastros metiéndoles condones en los colegios.

Supongo, por tanto, que el exhibicionismo actual es tan natural, o tan poco, como la pudibundez comunista, e igualmente impuesto, si bien la imposición en nuestras sociedades aparece mucho más difusa. Así, el pudor y el exhibicionismo reflejan la condición humana, pero no deben de ser equivalentes. El pudor –distinto del sentimiento de la privacidad– surge probablemente de la fuerte individualización propia del ser humano, mientras que el exhibicionismo enraizaría, más bien, en su animalidad y tendencia gregaria. No sería casual, así, que los insultos tradicionales a los impúdicos, especialmente en el terreno sexual, suelan hacer referencia a animales: perro o perra, puerco, zorra, etc.

 (En LD, 9-2-2003)

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¿Carlomagno, padre de Europa?

Blog I. Recuerdos sueltos: “¡No pum, pum pum, casa abajo, casa abajo!”: http://gaceta.es/pio-moa/recuerdos-sueltos-casa-abajo-casa-abajo-08042016-2048

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    La contención de los musulmanes en Poitiers facilitó una tendencia  unificadora entre los francos hasta convertirse en un imperio que llegaría a abarcar a gran parte de la Germania y la mitad norte de Italia  hacia finales del agitado siglo VIII. El principal creador del nuevo imperio fue el nieto de Carlos Martel, llamado Carlomagno, figura muy relevante en la historia europea. Este emperador  estableció relaciones muy estrechas con el Papado, siguiendo a su padre Pipino el Breve, cristianizó a los germanos paganos, a veces por medios brutales, como la decapitación de miles de sajones renuentes; expulsó y sustituyó a los lombardos en el norte de Italia y atacó a Al Ándalus: tomó Zaragoza y Pamplona pero en 778 sufrió un grave revés en Roncesvalles, donde perecieron varios de sus nobles más ilustres a manos de los vascones. Siete años después conseguiría pasar de nuevo los Pirineos y arrebatar a Al Ándalus algunos territorios, creando en ellos la Marca Hispánica, una línea defensiva de condados. De estos surgirían Aragón y, más tarde, Cataluña.

   Pese a su desastroso derrumbe, el Imperio romano era recordado en la mentalidad de la época como modelo prestigioso de orden y cultura, por lo que en 800,  el papa León III (a quien habían querido arrancar los ojos y la lengua sus enemigos de Roma) coronó a  Carlomagno emperador de un supuestamente renovado Imperio romano de occidente. El nuevo imperio –más bien germánico que romano, aunque la cultura latina fuera difundiéndose en la parte franca– no abarcaba a Inglaterra ni a España ni a varias regiones zonas germánicas,  y duró poco. En 843, después de varias guerras internas, tres nietos de Carlomagno lo dividieron entre ellos. Sin embargo la experiencia carolingia  no pasó en vano, sino que persistió como ideal que daría lugar, ya bien avanzado el siglo X,  al Imperio Romano Germánico, calificado de Sacro posteriormente.

    Carlomagno implantó numerosas reformas económicas, eclesiales y sociales. Perfeccionó la contabilidad regia, sustituyó la moneda basada en el oro por la de plata, prohibió la usura, y a los judíos el préstamo de dinero,  e impuso algunos controles de precios. Con él decayó la esclavitud en el campo, poco rentable en tiempos de escaso comercio, en beneficio de la servidumbre. Los siervos no podían salir del terruño sin permiso del amo y debían trabajar las tierras de este, pero tenían ciertos derechos, a diferencia de los esclavos,  y podían vivir de su trabajo.

    Más transcendentes  fueron las reformas culturales: Carlomagno, si bien iletrado, concedía  gran valor de la enseñanza y la ilustración, y estimuló las artes, la arquitectura, y la copia de manuscritos. Un logro muy relevante, comenzado algo antes, fue la unificación de la escritura en la llamada minúscula carolingia. Hasta entonces las escrituras variaban mucho y se hacía difícil entenderlas de unas zonas o monasterios a otros. La nueva escritura se hizo mucho más comprensible, por su uniformidad y porque introdujo nuevos signos de puntuación y espacios entre palabras. Su logro más característico fue la creación de la escuela palatina o academia de Aquisgrán, ciudad donde fijó su capital. Su principal inspirador, el monje inglés Alcuino de York, aspiraba a crear “una nueva Atenas”, incluso superior a la griega clásica, por incorporar la doctrina cristiana. Alcuino fue el primer director de la academia, consiguiendo reunir o interesar en ella a numerosos sabios de la época, anglosajones, germanos, italianos o españoles como Teodulfo, el más destacado después de Alcuino. La escuela educaba según el trívium y el quadrivium y era además un centro de copia de manuscritos y de producción intelectual propia. Carlomagno ordenó imitarla  a los obispos y jefes políticos de su imperio. Por todas estas razones se ha acuñado el término “renacimiento carolingio” para aquella época, aunque más que renacimiento fue una continuación y perfeccionamiento de las tareas educativas y civilizadoras emprendidas desde muy pronto por la Iglesia y amparadas por diversos reyes.

   Aunque se  reconocía de palabra  la supremacía de Constantinopla, el Occidente europeo se apartaba cada vez más de ella, tanto política como religiosamente. Se rompió la costumbre de que el nombramiento papal fuera refrendado por el emperador bizantino, y la propia coronación de Carlomagno como emperdaor de hecho de Occidente, fue vista en Constantinopla como una ilegitimidad. Carlomagno aseguró al Papado la posesión de amplios territorios en Italia central, ya donados por su padre Pipino el Breve, y la relación entre Roma y su protector imperial se hizo íntima, manteniendo la que con Clodoveo hizo a Francia la nación primogénita de la Iglesia.  El Papado trató de extender su poder sobre  los territorios que habían pertenecido al Imperio de Occidente invocando una  supuesta  donación hecha al papa por el emperador Constantino.  Esta “Donación de Constantino” era una falsificación, según se demostraría  más tarde. En cualquier caso  no tuvo más efecto que  la consolidación de los estados pontificios.

    Por  haber procurado un imperio que abarcaba la mayor parte de Europa occidental, haber puesto empeño en recoger la herencia cultural clásica y extender la cultura y  la enseñanza, a Carlomagno se le ha llamado “padre de Europa”, y la Unión Europea ha consagrado como tal su figura. Sin embargo el título no es del todo aceptable. Comparado con San Benito, la acción de Carlomagno fue geográficamente más  restringida y menos espiritual-cultural, y su proyecto político unificador, lejos de completarse,  fracasó pronto.Y sobre todo creó una estrecha unidad  político-religiosa con supremacía del emperador sobre el papa (césaropapismo) que lo asemejaba al Imperio bizantino y no caracterizaría a las tradiciones occidentales.  Otra diferencia entre el designio de Carlomagno y la historia posterior  es que una parte muy considerable  de Europa, y en diversas épocas la más creativa, la de las naciones independientes occidentales, se mantuvo y se mantendría siempre al margen de los imperios característicos del centro y este del continente. La propia Francia permanecería en lo  sucesivo fuera y hostil al Sacro Imperio Romano Germánico que en cierto modo sucedería al carolingio un siglo y medio más tarde. 

     

  Carlomagno falleció en 814, mismo año en que se descubrió en Compostela, Galicia, la tumba atribuida al apóstol Santiago, la cual iba a convertirse en un centro de peregrinación tanto español como europeo y centro de comunicación cultural durante siglos e incluso en actualidad.  Desde mucho antes, en tiempos visigodos y citada por San Isidoro,  corría la versión de que Santiago  había predicado en España. Martirizado en Jerusalén, su cuerpo habría sido trasladado a Galicia. El viejo himno O Dei Verbum, compuesto en Asturias hacia 784, probablemente por el intelectual Beato de Liébana,  proclama al apóstol “Dorada cabeza refulgente de España, defensor nuestro y patrono nacional (vernulus)”.  El fervor por el descubrimiento reforzó la confianza de los españoles en su causa  contra el islam, y despertó interés creciente al norte de los Pirineos. La ruta de la peregrinación comenzó en Oviedo a través de unos paisajes espectaculares,  dotada de albergues por los reyes; y pronto llegaron peregrinos desde Francia y otros países siguiendo la difícil ruta del litoral cantábrico. 

  El hallazgo  del sepulcro se hizo en un momento clave, de consolidación del reino de Asturias bajo el largo reinado (51 años) de Alfonso II el Casto, contemporáneo de Carlomagno y de su hijo Luis el Piadoso. Hasta Alfonso, la subsistencia de Asturias había sido precaria ante las ofensivas islámicas y diversas revueltas interiores, pero con él se consolidó el reino, ocasionando sangrientas derrotas a los árabes  y llevando su audacia hasta ocupar momentáneamente Lisboa, en 798.  Alfonso estableció la capital en Oviedo a la que quiso convertir en una nueva Toledo reforzando la tradición visigótica, y con ello la idea de la recuperación de España frente a Al Ándalus. En Oviedo nació el armonioso y delicado arte asturiano en iglesias y palacios. El rey mejoró la administración, repobló Galicia y parte de León y Castilla,  se atrajo a los vascones de Álava  y mantuvo contactos con Carlomagno. Con todo ello, el reino ocupaba en torno a un séptimo de la península,  territorio suficiente para sostenerse  en lo sucesivo frente a las acometidas de Córdoba.

   Las hazañas de Alfonso tuvieron transcendencia no solo peninsular,  al crear una barrera en expansión hacia el sur frente a los muslimes, que estos ya no lograrían romper más que parcial y ocasionalmente, alejándolos del centro de Europa. La activa lucha de Oviedo,  por entonces único reino español, obligaba  a Córdoba a concentrar  su dinamismo expansivo en el norte cantábrico. De haber sido aniquilada Asturias, Al Ándalus habría podido dirigir sus esfuerzos contra la débil cadena de condados de la Marca Hispánica, por entonces pasiva,  y más allá, nuevamente hacia Francia.  No obstante el peligro islámico persistía mediante una constante  piratería en el Mediterráneo, causa de graves destrucciones y mortandad, con incursiones sobre el litoral italiano y francés. En 846 los musulmanes llegaron a saquear Roma y hacia finales de siglo se apoderarían de Sicilia. La barrera frente al islam en la Península ibérica cobraría más valor cuando el resto de Europa occidental se viera sometido a las incursiones primero e invasiones después, de vikingos y magiares.

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