Blog I. Premio a los terrorismos islámico y etarra: http://gaceta.es/pio-moa/premio-terrorismo-islamico-etarra-carta-zapatero-ii-07042016-1954
**”Cita con la Historia” Este domingo trataremos la expansión y caída del comunismo en el siglo XX, un proceso histórico decisivo. Anterior, sobre el GRAPO y la Transición. www.citaconlahistoria.es
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Ochenta años después de la invasión musulmana de España comenzaban los asaltos vikingos (también conocidos como normandos y rus) con la matanza de los monjes de Lindisfarne monasterio de origen irlandés en Nortumbria, al noroeste de Inglaterra. El reino de Nortumbria, una vez cristianizado con el antes mencionado rey Edwin, se había convertido en un centro de civilización y cristianización, también del continente. El pillaje y destrucción de Lindisfarne conmocionó a la cristiandad, y en adelante las incursiones se harían más y más audaces, hasta convertirse en invasiones con verdaderos ejércitos, que amenazaron y en parte destruyeron los reinos cristianos de Irlanda e Inglaterra, y el propio Imperio legado por Carlomagno.
Los vikingos mezclaban la piratería con el comercio y la colonización, y durante dos siglos tuvieron en vilo la subsistencia de la civilización cristiana en el oeste de Europa. Arrasaron innumerables monasterios, llevando a su fin el monaquismo irlandés y de Nortumbria. Instalaron bases en el este de Irlanda para asaltar más cómodamente a Inglaterra y a Francia, descendiendo asimismo desde Dinamarca. En 844 atacaron la Península ibérica, siendo rechazados en La Coruña. Quizá parte de los mismos atacaron Lisboa y Sevilla, ciudades musulmanas, y desde el sur de Francia subieron por el río Ebro, entraron en territorio vascón y capturaron al rey de Pamplona García Íñiguez, del que obtuvieron un alto rescate. En 968 volvieron a incursionar sobre Galicia (a la que llamaban Jakobsland, por la tumba de Santiago) causando un gran estrago, matando o esclavizando a monjes y sacerdotes y quemando las bibliotecas monásticas. Y así otras incursiones. Sin embargo se trató siempre de acciones menores comparadas con las que sacudieron las Islas británcias y Francia y Germania.
Los vikingos también saltaron de isla en isla por las escocesas, Islandia y Groenlandia hasta la Península del Labrador, en América, donde su breve estancia fue repelida por los indios. Estas correrías eran llevadas a cabo por daneses y noruegos principalmente, mientras que los suecos, llamados varegos, se internaron por los grandes ríos rusos desde el mar Báltico, llegando al mar Negro, desde el que atacaron al Imperio bizantino.
Aunque se les recuerda fundamentalmente como piratas devastadores, implantaron al mismo tiempo rutas comerciales duraderas en torno a Europa: por el Atlántico y los ríos rusos e incluso en el Mediterráneo. Y su herencia política fue de extraordinariamente importancia para el futuro europeo: puede considerárseles los fundadores de Rusia y de Inglaterra. Los suecos se asentaron en las ciudades de Nóvgorod y Kíef (Rus de Kíef, hacia 883), y pronto se eslavizaron, creando un verdadero imperio del Báltico al Negro. Más tarde, desde Francia, donde se habían instalado en la región de Normandía (que les debe su nombre) y adquirido la lengua francesa, invadieron Inglaterra en 1066, instalando allí un poder duradero, origen de la historia posterior de la isla, pues hasta entonces la unificación de la parte inglesa de Gran Bretaña había sido precaria y poco duradera y en gran parte sometida a los daneses. En el Mediterráneo, consiguieron imponerse en un largo proceso en el siglo XI y XII en Sicilia, expulsando a los sarracenos, y en el sur de Italia, aunque ello no tendría transcendencia histócica comparable a los dos casos anteriores.
La “era vikinga” duraría dos siglos, hasta el XI, cuando sufrieron derrotas importantes y, sobre todo, se cristianizaron: una vez más, la Iglesia logró conquistar a sus destructores y mantener la civilización, aunque a un alto coste. La necesidad de luchar contra enemigos tales barbarizó en buena medida a los mismos eclesiásticos, cuyos obispos y abades monásticos en el Imperio sucesor de Carlomagno, se convirtieron en señores feudales a meudo de una brutalidad considerable, que daría lugar a nuevas reformas. Los vikingos profesaban la religión germánica con su gusto por el combate y la aventura y su desdén por la “muerte de buey” propia de los sedentarios que fallecían de achaques por la edad. Su individualismo era extremo. Según testimonios árabes, el padre de un recién ancido colocaba a este una espada entre las manos: “No tendrás más herencia que lo que ganes con la espada”. Los jefes solían ser quemados junto con sus posesiones, incluyendo, al parecer su mujer y concubinas, una costumbre que se mantendría en La India. Claro está que ello no podía ser la conducta común en la comunidad vikinga, que de otro modo no habría podido acumular riqueza, pero constituía un acicate para realizar todo tipo de empresas. Una vez cristianizados, sus tradiciones orales serían pasados a escrito en prosa, sobre todo en Islandia y con toda probailidad por monjes: las sagas, muy inspiradoras de conductas y literatura posterior en Escandinavia y Alemania.
Otra amenaza que asoló a Europa occidental en el siglo X fueron las invasiones magiares, pueblo procedente de Siberia, que avanzó destructivamente desde el este por Polonia, Alemania, Francia y norte de Italia, llegando incluso a España. Una oración significativa de la época decía “De las flechas de los magiares líbranos, Señor”. Fueron a su vez cristianizados y darían origen a Hungría.
La “era vikinga”, complicada con los movimientos magiares y la continua hostilización sarracena, siendo finalmente contenida, tuvo un efecto profundamente desmoralizador sobre el occidente cristiano. La caída del imperio de Carlomagno fragmentó más y más el poder, acrecentando el de los señores feudales, que a menudo contribuían a la confusión mediante guerras particulares entre ellos, y nombraban obispos y abades dentro de sus familias o a su conveniencia. A su vez, obispos y abades se convertían a menudo en jefes políticos y militares, y algunos murieron en combate contra los vikingos. La instrucción y cultura del clero y de los monjes descendió aniveles ínfimos en gran parte del territorio, y la regla de San Benito apenas era observada. El pueblo bajo sufría especialmente de aquella permanente inestabilidad, y las costumbres se degradaron en una nueva barbarie. Cientos de monasterios con sus bibliotecas fueron sometidos a pillaje y quemados. Los daneses cristianizados volvieron al paganismo tras una breve conversión, y lo mismo ocurrió con los eslavos de Polonia y Centroeuropa, resentidos por el despotismo de los germanos que los habían cristianizado con violencia.
Degradación parecida y aún más acentuada sufrió la misma Roma. Entre mediados del siglo IX y mediados del XI el Papado sufrió el llamado “Siglo de hierro” o “Siglo oscuro”, en realidad más de un siglo y medio, en el que se sucedieron casi medio centenar de papas. Al contrario que el Patriarcado de Constantinopla, subordinado de hecho al emperador bizantino, el Papado se mostraba siempre reacio a la tutela o intromisión política y administrativa del poder imperial. Además, los papas siempre habían aspirado a convertirse en el centro doctrinal de la Cristiandad y no unos más de los patriarcas. El papa Zacarías ya había roto la costumbre de dar cuenta de la elección papal a Constantinopla pero con Carlomagno se había establecido prácticamente la dependencia política de la Santa Sede. Con la disgregación del Imperio de Carlomagno, el Papado se libró de la tutela imperial, pero solo para caer bajo el poder más inmediato de las pervertidas familias nobiliarias de la propia Roma, y convertirse en juguetes de sus querellas. Durante aquellos casi dos siglos se sucedieron cerca de medio centenar de papas, a veces vivían tres y hasta cuatro papas simultáneamente, riñendo entre sí. Algunos papas solo lo fueron por unos días, incluso algunas horas, otros fueron encarcelados por sus rivales, o asesinados directamente, o envenenados. Hubo papas hijos de papas o de otros clérigos, algunos fueron acusados de practicar la magia o tener pacto con el diablo. Durante un período de “pornocracia” dos mujeres, madre e hija, como jefas de hecho de uno de los clanes, pusieron y quitaron papas a su gusto. La madre amancebó a su hija con un papa sexagenario, del cual tuvo un hijo a quien haría papa a su tiempo. Otro convirtió la sede “en un burdel, regalando objetos sagrados a sus amantes. Un episodio excepcional, pero indicativo del envilencio clerical y social fue el “Sínodo horrendo”: uno de los papas exhumó el cadáver de su antecesor para someterlo a juicio y condenarlo: despojaron al difunto de sus ropajes, le cortaron los tres dedos de bendecir y lo tiraron a una fosa común, de la que volvieron a desenterrarlo para echarlo al río Tíber. Tal situación duraría hasta 1049, cuando el papa León IX inició una corrección a fondo.
Se hace difícil de explicar el hecho de que la naciente civilización eurooccidental resistiera a tales calamidades y terminara reponiéndose. La causa obvia radicó en la reacción de algunos dirigentes clericales y políticos ante la contemplación de la ruina. Así, Otón I consiguió refundar en 962 el Imperio carolingio, que en adelante se llamaría Romano-Germánico, la entidad política más extensa de toda Europa y que perduraría casinueve siglos, hasta principios del siglo XIX, cuando fue disuelto por Napoleón. Significativamente, Francia, origen del imperio carolingio, quedaba fuera del nuevo. Otón recuperó el cesaropapismo de Carlomagno y, ante la degradación del papado, se atribuyó el poder de nombrar papas, lo que causaría interminables querellas y violencias entre el poder político y el religioso. Asimismo, en medios monásticos creció la conciencia de la necesidad de reforma. Ya a principios del siglo IX, Benito de Aniano, de origen hispanogodo, propugnó la vuelta a la pureza de la regla de San Benito, al principio con cierto éxito, pero no sería hasta finales del siglo X cuando desde la abadía de Cluny se aplique la reforma con extraordinario éxito. Para entonces las amenazas exteriores de vikingos, magiares y sarracenos habían descendido en gran manera.
España, salvo, quizá, los condados de la Marca, fue poco afectada por esta etapa de degradación eclesiástica y política. Fue poco afectada por las incursiones vikingas, las magiares apenas la tocaron, y la lucha permanente contra Al Ándalus absorbía las energías e imponía una disciplina considerable. Se estaba creando, además, una sociedad bastante diferenciada y más libre, debido a la necesidad de repoblar las tierras ganadas a los moros, para lo que los reyes debían ofrecer fueros y ventajas diversas. Incluso se desarrollaría una caballería villana, fenómeno excepcional.
