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80 aniversario de unas elecciones fraudulentas que abrieron paso a la guerra
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Democracia orgánica y franquismo
*Este domingo hemos tratado la evolución militar de la guerra civil en cuatro etapas bastante definidas: https://www.youtube.com/watch?v=VXACg934MrI
*El próximo domingo trataremos sobre la expulsión de los judíos de España en 1492
* Blog I: La gran cuestión moral de nuestro tiempo: http://gaceta.es/pio-moa/gran-cuestion-moral-15022016-1922
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Y ya que nos centramos en el caso especial de España, haremos una breve exposición sobre el régimen franquista, que se definió como “democracia orgánica”. En ella los votos no iban a los partidos, tildados de montajes “artificiales”, sino que se ejercía a través de los organismos “naturales” como la familia (donde se nace), el municipio (donde se vive) o el sindicato (donde se trabaja), o las corporaciones profesionales y culturales. El sindicato vertical agrupaba a obreros y empresarios, y en los municipios se elegían los concejales, pero el alcalde, sin sueldo, era designado desde el gobierno. La institución superior de las Cortes, con 556 “procuradores” sin sueldo, se componía de representantes de los tres “tercios”; sindicatos, municipios y familias (este, desde 1967), más presidentes de los consejos supremos de Justicia y Economía, rectores de universidad, representantes de las Reales Academias y del CSIC, de colegios de abogados, médicos e ingenieros, arquitectos, agentes de Bolsa, científicos, etc., más personas distinguidas en los ámbitos militar, eclesiástico o administrativo y “los cuarenta de Ayete” designados directamente por Franco. Como puede observarse, se trataba de combinar la elección desde abajo con la presencia de personas a las que, por sus tareas culturales o administrativas, se les atribuía una visión más amplia de los intereses generales. El principio electivo, que podía dar el poder a oligarquías demagógicas, se contrapesaba con lo que podía llamarse una “oligarquía natural” meritocrática, menos dada, se esperaba, a veleidades populacheras.
En teoría, el voto orgánico, al ejercerse en ámbitos conocidos por las personas, por estar integradas en ellos, tenía ventajas sobre el voto inorgánico demoliberal, ejercido por masas anónimas de individuos aislados que eligen a personas y aparatos de poder de los que saben muy poco y a menudo erróneo. Hannah Arendt, en su estudio sobre el totalitarismo, achaca a la democracia liberal la producción de individuos desarraigados a partir de la propia concepción de los Derechos del Hombre, fundados supuestamente en la misma naturaleza humana. Con ellos, el individuo quedaba único dueño de sí mismo y árbitro de su conducta frente a la religión, la historia y la costumbre, contrarias supuestamente a “la naturaleza”. Pero esos derechos serían abstractos y sin garantía real, pues el estado, que debe asegurarlos, tiende también a vulnerarlos. Además, los individuos quedan así atomizados y aislados, manipulables y por ello propensos a seguir a demagogos fuertes y seguros que prometen paraísos totalitarios. Ortega, en La rebelión de las masas, hace una fuerte crítica del mismo tipo de individuo, el “hombre masa” “vaciado de su propia historia”, “falto de un “dentro”, de intimidad y vida personal”, que “tiene solo apetitos, cree que tiene solo derechos y no cree que tiene obligaciones” y víctima probable de cualquier demagogia.
Contra una opinión corriente, la idea de democracia orgánica tiene carácter más bien izquierdista. En España parte de la Institución Libre de Enseñanza, inspirada en el filósofo alemán Karl Krause; uno de sus promotores fue el intelectual socialista Fernando de los Ríos, miembro de la ILE. Teorizador destacado fue también Salvador de Madariaga, que en su obra Anarquía o jerarquía, quiere salvar el liberalismo a costa de la democracia. Según él, el sufragio universal movilizaba a masas ignorantes de la política y en el fondo desinteresadas de ella, lo que las inclinaba a seguir a dictadores. Votaban, además a pequeñas listas de personas seleccionadas secretamente por la “gente parcial e irresponsable” de los partidos: “Todos sabemos a qué descrédito ha llevado este sistema a los Parlamentos” . Por ello proponía limitar el voto a quienes demostrasen interés político, por ejemplo mediante “servicio voluntario a alguna institución pública de enseñanza o de beneficencia”. Sin embargo su voto sería solo municipal. Luego, los concejales elegirían a los diputados regionales, estos al Parlamento y este, en fin, al gobierno, con lo cual se impondría una jerarquía de los mejores o más expertos. Habría además un Consejo Económico Nacional. A su juicio, “El modo de regir un país para su máximo rendimiento en orden, salud física y mental y prosperidad se va haciendo cada vez materia menos opinable y más cognoscible por el estudio y la reflexión”, una idea que recogerá Fernández de la Mora y conducente a alguna forma de tecnocracia. Ya hemos visto también que comunistas y nazis partían de concepciones no alejadas en la forma, aunque sí en el contenido: con ellos la política pasaba a convertirse en ciencia, que eliminaba cualquier oposición o división de opiniones. Aunque conocemos los frutos de tales concepciones, el problema teórico del contraste entre la minoría más o menos sapiente y la masa más o menos ignorante, es real y permanente.
La democracia orgánica tiene sin embargo varias dificultades, porque el poder queda dividido en dos estratos, uno limitado al nivel sindical y municipal, que difícilmente puede tratar los intereses generales de la nación, y otro superior para el conjunto nacional, que en realidad queda autónomo y de casi imposible control para los ciudadanos. Por otra parte no impide conflictos internos a todos los niveles, como observaba el sociólogo J. J. Linz. Este tipo de democracia permitiría en principio una mayor efectividad en cuanto a logros prácticos para la sociedad, evitando las querellas y obstrucciones de partido, pero al mismo tiempo, y por ello mismo, debería restringir, incluso drásticamente, las libertades políticas, a fin de impedir las oposiciones juzgadas perturbadoras. Finalmente la oligarquía o élite más especializada en la política sería la que decidiera qué corporaciones tendrían derecho a representación, sobre todo cuando intentasen crearse algunas nuevas de acuerdo con la evolución espontánea de la sociedad.
La democracia orgánica franquista, pues, aspiraba a armonizar las dos fuerzas: la de la masa mayormente ignorante, excepto de sus intereses más particulares (municipales, familiares o sindicales), pero afectada por el poder y con algo que decir sobre él; y la minoría mucho más experta y con más amplia visión, pero inclinada a la demagogia por la necesidad de ganar los votos de los insipientes. El problema es real y nunca resuelto del todo en ningún sistema.
Definiendo la esencia de la democracia como consentimiento popular, es obvio que el franquismo dispuso de un consentimiento muy mayoritario hasta el final, pero es más dudoso que el mismo brotara a través de la democracia orgánica. Probablemente había tres fuentes de tal consentimiento: el prestigio y la adhesión a Franco (la misma oposición le mostraba un respeto supersticioso, dando por sentado que nunca conseguiría derrocarle ni cambiar nada esencial mientras viviera); la sensación de que el régimen representaba efectivamente la unidad nacional frente a injerencias externas o presiones balcanizantes; y el hecho real de la reconstrucción del país en su primera etapa y el extraordinario desarrollo económico en la segunda. Había un elemento más, negativo: el recuerdo de la república y el Frente Popular, disuasorio para la gran mayoría. Porque los mecanismos prácticos de democracia orgánica nunca despertaron demasiado interés en la población.
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Tom Burns, De Juana Chaos, P. Iglesias… de acuerdo: la culpa es del franquismo
“Cita con la Historia”: próximo domingo, trataremos la evolución militar de la guerra civil, desde un comienzo prácticamente desesperado para los nacionales, dada la enorme superioridad material del Frente Popular. www.citaconlahistoria.es
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Está claro que la actual democracia marcha francamente mal: balcanización cada vez más amenazante, corrupción rampante de los partidos, crisis económica y envilecimiento de las condiciones de trabajo, competencia de demagogias entre partidos, intentos de subsumir la cultura española como apéndice de la anglosajona y de disolver la nación española como una región manejada por la burocracia de Bruselas, permanencia de Gibraltar como humillante injuria permanente de un país supuestamente amigo, desprestigio de la justicia , hispanofobia general… Podríamos seguir. No, el balance de cuarenta años es peor que mediocre, es sencillamente amenazante para la permanencia de España como una nación unida en que podamos convivir unos y otros en libertad. Y de nada vale desviar la mirada o perderse en el frívolo e indecente cotorreo que quiere pasar por análisis político en la mayoría de los medios de difusión.
¿Cuál es la causa de estas miserias? Dicen tenerlo claro los más variados personajes y partidos políticos. La ETA, gentes del PSOE, también del PP, los de Podemos, los separatistas, etc., aseguran que la raíz de los males está en el franquismo, que pesa como una pesadilla deformante sobre la democracia. Últimamente ha querido “teorizarlo” el periodista inglés Tom Burns, desde un enfoque pretendidamente liberal. Una de las maldiciones del liberalismo español ha sido su frívola querencia por los partidos totalitarios y balcanizadores, ya denunciada por el abuelo de Burns, Gregorio Marañón, bien arrepentido de sus devaneos republicanos.
Uno podría tomar en consideración la tesis si, efectivamente, el franquismo hubiera permanecido de alguna manera. Pero con toda evidencia no ha sido así: su aparato estatal fue desmantelado y prácticamente todos los políticos, desde De Juana Chaos o Josu Ternera hasta Soraya o Rajoy, pasando por Pujol, Mas, Zapatero, Felipe González, Villalobos, Aido, Cospedal, Guerra, Aznar, el juez delincuente Garzón, etc., etc., no digamos los viejos como el héroe de Paracuellos o Arzallus, han presumido de antifranquismo. Es más, han hecho de su antifranquismo un sello demostrativo de su espíritu supuestamente democrático. Si algo demuestra el hecho de que terroristas, socialistas, derechistas en general corruptos, separatistas y otros se declaren y obren como antifranquistas, es que la causa real de los males de la democracia reside precisamente en el antifranquismo
La distorsión de la historia ha sido tan gigantesca que se ha querido presentar a la ETA como herencia de aquel régimen, cuando el grupo terrorista es precisamente, herencia del antifranquismo, no solo por su declarado carácter sino porque todos los antifranquistas, de izquierda y de derecha, en España, resto de Europa o Argelia, la han hecho grande. Vivimos, como decía tan acertadamente Julián Marías, inmersos en la mentira profesionalizada. Y subvencionada con dinero todos, una corrupción más, y muy de fondo.
Según el señor Burns, en el franquismo el poder lo controló siempre la misma persona y lo administró un partido único. Ni hubo partido único, pues el Movimiento era un aparato pequeño y con escaso presupuesto, ni Franco “controlaba” en exclusiva el poder. La cúpula del franquismo tuvo siempre una calidad profesional –y creo que también moral, tampoco es muy difícil– superior a lo que vino después, y por algo dejó un país próspero, con abundante clase media y políticamente moderado. Y sigue el señor Burns: La España de la Hoja del Lunes pasó a tener la oferta plural de la información digital, pero la gobernanza de su ciudadanía siguió en manos de un estamento político sellado, compacto y endogámico. Es como decir que la Inglaterra de la masiva prensa sensacionalista y semipornográfica pasó a la época digital. Como en todo el mundo, por lo demás. En cuanto al “estamento político”, el primer partido salido directamente del franquismo, la UCD, saltó en pedazos en pocos años; el PSOE cuyos dirigentes habían militado en la oposición –es verdad que una oposición “de cuento”—, hubo de rehacer sus cuadros dirigentes. En fin, un estamento que, lejos de continuar al del franquismo, se ha definido por su decisión de romper radicalmente con él en palabras y hechos. Por lo demás, estamentos así existen en todos los países. En Inglaterra, la clase política siempre fue enormemente oligárquica y clasista, salida principalmente de Oxford y Cambridge.
Como prueba de su asombroso aserto, Burns afirma que la democracia española se distinguió por el hiperliderazgo, la jerarquización del mando, el dirigismo y la aversión a la transparencia y a la rendición de cuentas. Bueno, en todas partes ocurre. Pensemos en el hiperliderazgo de Margaret Thatcher, en la jerarquización clasista tradicional de la política inglesa. En cuanto a la aversión a la transparencia y la rendición de cuentas, se dan en todos los partidos del mundo. Para evitarlos están las oposiciones y la prensa. En España, como en otros países, parte de la prensa ha descubierto las corrupciones de los partidos y les ha obligado a rendir cuentas. No es que la prensa en España (o en Inglaterra) sea un prodigio de objetividad y honradez, pero algo es algo.
Dice también Burns que la constitución del 78 se hizo excluyendo normas de fluidos mecanismos correctores para su continua puesta a punto y mejora. Una constitución no puede estarse “mejorando” continuamente. Y la experiencia, que no parece decir nada al señor Burns, es que todos los partidos han presionado desde entonces para acentuar los rasgos balcanizantes e hispanófobos, por lo que debemos agradecer que no se haya modificado gran cosa, pese a sus evidentísimos defectos y a haber sido conculcada mil veces. Las modificaciones las ha hecho un más que deplorable Tribunal Constitucional para “hacer constitucional lo que es anticonstitucional”.
En fin, los “análisis” de siempre. En la transición se abrió un dilema: o basarse en la espléndida herencia social y económica legada por aquel régimen, o la “ruptura”, el rechazo a esa herencia para enlazar con la “legitimidad” del Frente Popular, es decir, con la miseria y los odios del pasado. El pueblo demostró masivamente en el referéndum del 76 que estaba por lo primero, pero el rupturismo no ha cesado de avanzar con sus ímpetus disgregadores, su enorme corrupción no solo ni principalmente económica, y con las demás taras hoy tan evidentes. Hasta culminar en la ley de memoria histórica que pretende convertir en víctimas a los chekistas y asesinos del Frente Popular. Y de la ETA.
Contrariamente a estos análisis, creo que la regeneración de la democracia pasa por recuperar la verdad histórica frente a una falsificación sistemática que deforma y envenena el presente. Y que sin ello, todo seguirá yendo a peor
Cabe señalar que el señor Burns es caballero de la Orden del Imperio Británico, (Esperanza Aguirre también es “Dama comendadora”), diseñada para premiar a servidores o agentes distinguidos de dicho imperio. El imperio de Gibraltar, casualmente. Quizá esto ayude a entender el curioso antifranquismo del señor Burns. Después de todo, Franco convirtió el peñón en una ruina para Inglaterra.
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Arcadi Espada patina
Los comentarios de Arcadi Espada son a menudo inteligentes y honrados, pero en él siguen pesando los estereotipos creados por más de cuarenta años de propaganda comunista aceptada y adoptada por toda la izquierda que no combatió al franquismo y por gran parte de la derecha que cree poder “dar imagen” de demócrata usando al franquismo de chivo expiatorio.
Así, en el conflicto generado por los cambios de nombres de las calles, señala el carácter radicalmente irreconciliable y totalitario de los cambianombres, su estúpido empeño en cambiar la historia… pero tiene que hacerlo atacando, faltaría más, al régimen de Franco.
Según Espada, el franquismo nació de una victoria militar y se basó en la extinción o arrinconamiento de una parte de los ciudadanos. Convendría señalar contra quiénes fue esa victoria. Lo fue concretamente contra las fuerzas que aspiraban, unas, a disgregar España y las otras a establecer un régimen totalitario de signo soviético. En cuanto a la extinción, fueron fusilados fundamentalmente chekistas y personas complicadas en atrocidades semejantes a las del Estado Islámico ahora mismo. En las democráticas Francia o Italia, la “extinción o arrinconamiento” de una parte de los ciudadanos, fue bastante más drástica que en España.
Contradiciéndose, Espada afirma que el franquismo no promovió la reconciliación de los españoles, a diferencia de lo que hizo en 1956 el Partido Comunista. Es decir, el partido más totalitario y asesino de la historia del siglo XX resulta democrático a fuer de reconciliador, y el franquismo todo lo contrario. Como he explicado en Los mitos del franquismo,la reconciliación fue una realidad ya en los años 40, como comprobaron los comunistas en su intento de volver a la guerra civil mediante el maquis: la gente no quería saber nada de irreconciliables ni del pasado “democrático” de la república, tan poco conciliadora. Por esa razón, una vez derrotado el maquis, la táctica del PCE cambió a la “reconciliación”. Que no era otra cosa que reconciliación de la sociedad con los comunistas para aislar y destruir a los vencedores de la guerra. Así de simple. El señor Espada ha demostrado en otras ocasiones no dejarse llevar por las frases bonitas de los politicastros, pero aquí lo hace a fondo.
Hasta su mismo final, el franquismo mantuvo aparte a muchos españoles. ¿A muchos? Obviamente fueron muy pocos, incluso diría que poquísimos, y precisamente los irreconciliables, porque el franquismo no tuvo más oposición real que la de comunistas y terroristas. E incluso muchos reconocidos comunistas, como Tamames, Sacristán, Castilla del Pino, etc., pudieron hacer sus carreras profesionales sin trabas y prosperar eln el aparato funcionarial del régimen. Así es la realidad histórica, que nos quieren ocultar tantos antifranquistas retrospectivos. El hecho es que casi nadie, salvo los comunistas y gente en torno, quería la vuelta a una “democracia” como la caótica república o el salvaje Frente Popular, pues tal era la experiencia histórica con que contaba la población.
En fin: La vergüenza es un asunto clave. Los españoles no se avergonzaron abrumadoramente de Franco como los alemanes de Hitler. Cierto, Hitler dejó a Alemania en ruinas después de cometer terribles crímenes masivos. Franco dejó un país próspero, culto e industrializado, después de vencer todos los intentos de volver a la guerra civil y al pasado y de desafiar un aislamiento exterior realmente criminal, pues pretendía hambrear a la nación. Un país apto para una democracia no convulsa. Solo los locos o los idiotas (pero por desgracia hay muchos) podrían avergonzarse de Franco. El cual dejó, sobre todo, un país que había superado los odios de la república, es decir, un país muy, muy mayoritariamente reconciliado, como comprobamos en su tiempo los (pocos) que efectivamente luchamos contra el franquismo. La reconciliación popular no llegó con la transición, como se insiste con el mayor descaro, sino que la transición fue posible gracias a la reconciliación previamente lograda. Quienes se reconciliaron entonces, sobre bases en gran parte falsas, como se viene demostrando, fueron los profesionales del poder. Unos profesionales, debe decirse, de talla política y moral no precisamente destacada.
Desde luego es duro luchar por la verdad histórica en un país estragado durante varias décadas por la “mentira profesionalizada”, que decía Julián Marías. Pero precisamente por eso hay que insistir.
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**El legado del franquismo”: https://www.youtube.com/watch?v=CH_q4cerFd4
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Democracia (y VII) Tendencias degenerativas de la democracia
**Blog I. Por la independencia y neutralidad de España: http://gaceta.es/pio-moa/independencia-neutralidad-espana-07022016-1904
**Hoy en es radio, con Luis del Pino: Fernando el Católico y la situación actual: http://esradio.libertaddigital.com/fonoteca/2016-02-07/involucion-permanente-la-crisis-politica-97312.html
** El programa de “Cita con la Historia” sobre Fernando el Católico: www.citaconlahistoria.es.
**Por qué fue legítimo el alzamiento del 18 de julio de 1936: https://www.youtube.com/watch?v=LwKjuLHSn8o
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1. Un problema derivado del mencionado desfase consiste en la necesidad de ganarse el voto de los más o menos ignaros por parte de los supuestos sapientes. Ello obliga a simplificar al máximo el discurso y hacer promesas atractivas, aunque sean contradictorias o incumplibles: en ello estriba la demagogia. La cual debe señalar también un enemigo a quien culpar, llegado el caso, del fracaso en el cumplimiento de lo prometido. Naturalmente, quien promete demasiado corre el riesgo de perder elecciones, porque la gente común, pese a sus ideas primarias, no es insensata mayoritariamente. Pero existe una fracción popular (“franja lunática”, le llaman algunos) dada a creer cualquier superchería; fracción numerosa siempre, pero susceptible de aumentar, a veces espectacularmente, en tiempos de especial incertidumbre. Esa fracción llega a volverse decisiva cuando otros votos van más o menos igualados. En la república esa fracción creció espectacularmente, sobre todo en torno a los oligarcas anarquistas y socialistas, que prometían el cielo en la tierra. Hoy presenciamos un fenómeno similar, por ahora menos intenso.
2. La necesidad de ganar el voto de los más atrasados culturalmente empuja a una carrera entre partidos por halagar las expectativas y deseos más extravagantes y dañosos. Fenómeno bien notorio en los años de la llamada burbuja inmobiliaria y financiera, asociada en España a la introducción del euro, cuyas promesas de un crecimiento estable e indefinido han desembocado en una crisis sin precedentes. Y visible, también en la actualidad.
3. Otro error relacionado con la creencia en un poder del pueblo es la identificación de las libertades políticas con “la Libertad sin más”. El hombre es libre constitutivamente. Aun en el extremo de la esclavitud puede optar por aceptarla o rebelarse, por matar al amo, por huir, por provocar una rebelión más amplia… Es ridículo pensar que el ser humano solo accede a la libertad, después de milenios de opresión, gracias a la democracia liberal. En todos los sistemas existen ámbitos de libertad personal o, en expresión de I. Berlin, de libertad negativa o ausencia de coacción o intromisión estatal para que el individuo pueda actuar o no, a voluntad. Como observa Tocqueville, incluso las tiranías del pasado dejaban ámbitos de la vida social librados a la costumbre o a la iniciativa de las personas, en los que el poder no se inmiscuía o apenas. Por el contrario, la democracia tiende a orientar y dar normas para todo tipo de acciones de las personas, incluso las más íntimas.
4. Esta inclinación llegaría a ocasiones el “despotismo democrático”, previsto también por Tocqueville en La democracia en América. Un despotismo como jamás ha existido previamente, que penetraría “en el dominio de los intereses privados más habitual y profundamente de lo que haya podido hacerlo ningún soberano en la Antigüedad”, “Un poder inmenso y tutelar que se encarga exclusivamente de que los ciudadanos sean felices y de velar por su suerte (…) Absoluto, minucioso, regular, previsor y benigno. Se asemejaría a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, al contrario, solo persigue fijarlos irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen con tal de que no piensen sino en gozar (…) de este modo se hace menos útil y más raro el uso del libre albedrío (…) Siempre he creído que esta clase de servidumbre, reglamentada, benigna y apacible, podría combinarse mejor de lo que se piensa comúnmente con algunas formas exteriores de la libertad (…) Los ciudadanos se consuelan de su tutelaje pensando que son ellos mismos quienes eligen a sus tutores” “Si semejante gobierno llegara a implantarse, no solo oprimiría a los hombres, sino que a la larga les despojaría de los principales atributos de humanidad”.
5. Esta descripción concuerda con el programa socialdemócrata, una vez parte del marxismo perdió su violento ímpetu revolucionario a principios del siglo pasado y después de la crisis de los años 30-40. Y es visible en la actualidad, sin ser incompatible con el liberalismo, como se comprueba en la práctica. No precisa que todos los sectores oligárquicos vayan en esa dirección, basta con que las convencionalmente llamadas derechas tradicionales abandonen el terreno del pensamiento y no ofrezcan resistencia. Hoy, el éxito de un sistema y la felicidad de sus ciudadanos se miden por la renta per cápita, traducida en capacidad de consumo material y sexual (los negocios relacionados directa o indirectamente con la prostitución y el sexo son de los más extendidos y rentables). Cualesquiera otras consideraciones o valores se entienden como imposiciones al individuo, normas arbitrarias, sin base racional ni otro objeto que oprimir los deseos naturales de la gente en beneficio de alguna casta “reaccionaria”. Lo percibimos en las políticas de la UE, donde una burocracia casi todopoderosa y apenas representativa dicta constantemente normas y leyes para personas y naciones.
6. Tal despotismo, aunque obre con suavidad, dispone de recursos para perseguir y aplastar al disidente, silenciándole o marginándole de los medios de difusión y hasta condenándole a la muerte civil. O inventando delitos como el de “la incitación al odio”, aplicables en muchas direcciones y que pretenden coartar la libertad de expresión y regular los mismos sentimientos de las personas (la mayor incitación al odio en la UE se ejerce contra el cristianismo, pero a nadie se le ocurre considerarla delito). Y el uso de la demagogia y los grandes medios de difusión para infantilizar o embrutecer a grandes masas resalta claramente en nuestra época para quien quiera examinarlos.
7. Tocqueville señalaba que semejante perspectiva derivaba de la igualdad propia de las democracias, pero sabemos que esa igualdad es ilusoria. Lo parecía entonces en América por contraste con las entonces recientes sociedades aristocráticas europeas, basadas en el privilegio (“ley privada”). Pero la sociedad useña era inevitablemente desigual, pues su mayor igualdad ante la ley no impedía la formación de oligarquías políticas y económicas, aun si más flexibles y abiertas que las europeas. Tenía razón al estimar que un poder semejante privaría a los hombres de su humanidad, pero ¿sería ello posible?, ¿Puede impedirlo la mera diversidad de partidos? No necesariamente, sobre todo si los partidos comparten los criterios básicos (dirigir el bienestar y felicidad de los individuos) y compiten entre sí por adular al “votante medio”. Ningún sistema alcanza a satisfacer los deseos de la gente, porque son demasiado variados y exigen demasiados medios económicos, por lo que la frustración, antes o después, está asegurada. pero la tendencia existe, y puede prevalecer por un tiempo, gracias a las elecciones, y terminar en catástrofe para la propia democracia.
8. La pluralidad de partidos y su alternancia en el gobierno no basta, por tanto, para corregir el despotismo democrático. Tocqueville sugería que un modo de contrarrestarlo consiste en la formación de numerosas y variadas asociaciones ciudadanas de todo tipo, a las que no será fácil imponer un gobierno arbitrario por mucho que diga representar “al pueblo”. Probablemente. En España el asociacionismo está poco desarrollado, y ello aumenta el peligro.
9. La conclusión está clara: si no existe conciencia y vigilancia de sus peligros, la democracia puede y tiende a degenerar en su contrario, en una opresión susceptible de superar a cualquier otra, pues, como recordaba también Tocqueville, nunca se habían establecido regímenes con tal capacidad de imponer su poder sobre todos y cada uno de los ciudadanos. Dada la ausencia de un verdadero pensamiento democrático en España, estos problemas no se presentan siquiera a las mentes de los políticos, los periodistas y la gran mayoría de los intelectuales. En su boca, la palabra democracia suena a receta milagrosa para encubrir o justificar su falsificación del pasado y sus corrupciones de hoy, empezando por la corrupción intelectual.
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