Desde Maquiavelo: la justicia y la violencia

Blog I: ¿Se defenderá la nación? http://www.gaceta.es/pio-moa/defendera-nacion-22042014-1840

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La  justicia y la violencia

   En nombre de un principio de realidad opuesto a idealizaciones vanas, El príncipe  da por resueltas algunas cuestiones que, sin embargo, han sido y serán objeto de constante debate. Entre ellas, la justicia y la violencia.  El criterio de Maquiavelo  en esa obra es que la justicia deriva, resulta un producto  de la determinación y voluntad del príncipe,  y así cualquier violencia ejercida por este se justifica si tiene éxito. El poder y la violencia aparecen como un arte que, bien entendido y practicado, debe conducir al éxito. La única limitación, aparte de la torpeza en el uso de esa arte, depende del destino, concebido vagamente como una fuerza o conjunto de fuerzas  más allá de la voluntad humana. El hombre fuerte puede jugar con el destino mediante la inteligencia y la osadía,  aunque solo en cierto modo, pues la fuerza del destino permanece oscura. (Hitler, político en gran medida maquiavélico observó poco antes de suicidarse: “Sé que mañana millones de hombres me maldecirán. Así lo quiso el destino”).

    Claramente, la concepción de El príncipe  rompe con la tradición del pensamiento político cristiano e incluso el de los principales clásicos grecolatinos. Hasta entiende la religión como  un instrumento útil al poder, por cuanto  propicia la sumisión y la paz entre los súbditos, pero sin mayor autonomía o proyección transcendente. Y lo mismo que la tradición, la justicia. En el concepto tradicional, expuesto, por ejemplo, por Isidoro de Sevilla, la justicia no es lo que hace el poder, sino lo que lo justifica: “Serás rey si obras con justicia, y si no, no”. He aquí otro gran problema del pensamiento político: ¿consiste la justicia en una entidad inmaterial que moldea el ejercicio del poder (concepción ligada a la idea de derecho natural, de carácter religioso) o bien es el ejercicio del poder el que crea la justicia en forma de leyes, derechos y sentencias? En la práctica parece ser lo último. El mantenimiento del orden social parece el sentido y justificación última del poder, pero nuestra mente percibe inmediatamente el orden como justo o injusto. Sin embargo, ¿qué criterio seguir al respecto? ¿Podemos definir como justo un orden que simplemente asegura la cohesión y sostenimiento de la sociedad? El problema se ha planteado con las Leyes de Núremberg nacionalsocialistas. Las mismas serían justas, tanto por haberse formulado según prescripciones legales aceptadas como porque  no alteraron significativamente el orden de la sociedad alemana, eufórica además al estar superando la depresión económica y la sensación de humillación y derrota después de la I Guerra Mundial.  Como se ha observado a menudo, los partidarios del derecho positivo y contrarios a la idea de  un derecho natural, como el pensador judío Kelsen, encontrarían serias dificultades para condenar aquellas leyes raciales.

   Kelsen, desde luego, admitía un contenido moral en la justicia, pero en la práctica ese contenido se diluía en el derecho establecido por el príncipe. Claro que en este caso el príncipe sería “el pueblo”, pues Kelsen postulaba la democracia.  Este pensador elaboró una serie de ideas para asegurar  la legitimidad de las medidas democráticas, pero en último extremo la legitimidad radicaría en la voluntad del “pueblo”, o más propiamente de quienes se  considerasen sus representantes. Voluntad que, falta de un referente como una justicia trascendente a la propia voluntad, o el derecho natural, resultaría finalmente arbitraria y daría lugar a convenciones sin otro fundamento que las convenciones mismas. La dialéctica pueblo/poder, que trataremos al hablar de la democracia, básicamente sustituye a un príncipe por otro.

    El problema tiene relación con el de la violencia. Desde siempre, toda forma de poder y todo “príncipe” han tratado de estabilizarse y obrar con la menor violencia posible, incluso sin ninguna violencia; y en nuestro tiempo la condena moral de la violencia está generalizada en amplios medios. Pero ninguna forma de poder consigue esa estabilidad pacífica, al ser la inestabilidad un rasgo esencial del poder. Y en realidad condenar la violencia es condenar la historia real, pues todas las naciones y todas las formas de poder han nacido con una gran dosis de violencia. Por remitirnos a la época históricamente reciente, piénsese en la Revolución francesa, las independencias americanas, las revoluciones europeas de los siglos XIX y XX, las guerras mundiales, las descolonizaciones del siglo XX, las guerras de Irak, Siria y tantas otras. Cuando la violencia no ha cundido de forma abierta,  ha sido la amenaza de ella la que ha disuadido de aplicarlas:  así en la Guerra fría o en diversas descolonizaciones, una vez las potencias colonizadoras fracasaron en sus intentos de aplastar las rebeliones. Y todos los estados, todos los poderes se apoyan en la violencia, como amenaza o como práctica directa: no otra cosa significan los ejércitos y las policías. Así, condenar la violencia por principio solo podría hacerlo quien se situase por encima de la realidad humana y como juez de ella, una pretensión vanidosa y por ello básicamente necia. Por lo demás, la condena es un acto moral basado sobre la negación de la realidad, y por tanto sin raíces en ella

  Los razonamientos sobre la violencia, entonces, han tratado de distinguir entre la ejercida de forma justa y la injusta o ilegítima. Ha tendido a considerarse justa la violencia en defensa propia, la defensiva;  e injusta la agresiva u ofensiva. Viene a ser la postura predominante en la Escuela de Salamanca, y la cuestión fue abordada en profundidad  sobre una práctica concreta con motivo de la conquista de América, particularmente en la polémica que dio lugar a la paralización momentánea de dicha conquista. Los argumentos de Las Casas, aunque especiosos por lo que se refiere a sus descripciones de los hechos, respondían a la postura mencionada. Contra él argumentó Ginés de Sepúlveda según es sabido. Pero la clave reside en si puede considerarse justa la agresión, y en qué condiciones. Desde un punto de vista “maquiavélico” o incluso positivista, la violencia agresiva  sería un hecho muy frecuente en la historia, y por ello mismo quedaría justificado frente a idealizaciones ilusorias, sin contenido real. El criterio a aplicar sería la victoria: el vencedor establece la ley y con ella la justicia.

  Además,  resulta a menudo muy difícil distinguir entre agresión y defensa.  Cuando varias de las colonias inglesas de América  emprendieron la guerra para liberarse de su metrópoli, ¿practicaron una violencia agresiva o defensiva? Por supuesto, trataron de justificarla alegando graves injusticias previas  por parte de Inglaterra. Lo mismo cabe decir de la mayoría de las guerras: siempre pueden encontrar justificación en otras agresiones sufridas anteriormente,  hasta remontarnos a Caín y Abel. Es fácil encontrar, además, justificaciones para la agresión.  Ginés de Sepúlveda legitimaba la conquista de América por el atraso civilizatorio de los indios, manifiesto entre otras cosas, en las costumbres injustas y violentas de estos: los españoles, aunque fuera inicialmente por la violencia, les aportaban una cultura y moral superiores. Y cuando el nuevo estado useño surgido de una guerra de independencia, llevó a cabo guerras casi de exterminio contra los indios, se justificó asimismo en la superioridad de civilización.  En los siglos XIX y XX se justificaron la guerras ofensivas como consecuencia natural de superioridades e inferioridades raciales, como necesarias contra la explotación del hombre, etc. Los ejemplos podrían multiplicarse hasta el día de hoy.

Tiene relevancia el dato de que ninguna violencia, desde el poder o desde la rebelión contra él,  se realiza sin invocar la justicia y su derivado el derecho. De ahí podemos sacar dos conclusiones opuestas: o que esas invocaciones son puro ilusionismo bajo el cual se oculta la realidad de la única justicia posible: el éxito; o, por el contrario, que la exigencia de justicia está profundamente arraigada en el ser humano por encima de todos los avatares, como una especie de ley divina que pese a todas las frustraciones moldea la realidad, según expone la tragedia de Antígona. La elección por una postura u otra tiene carácter moral, va más allá del puro raciocinio o criterio de utilidad.

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Maquiavelo y la lucha por el poder

Blog I: Ateísmo, ciencia y totalitarismo: http://www.gaceta.es/pio-moa/ateismo-ciencia-totalitarismo-20042014-1714

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Lucha por el poder

   Dada la atracción del poder,  la lucha por conseguirlo y mantenerlo desempeña un papel crucial: aumenta su inestabilidad, la cual, en círculo vicioso, favorece tal lucha. Maquiavelo  estudió las condiciones de ambas facetas en una obra clásica, El príncipe. A menudo leemos que este libro funda la ciencia política al separarla de connotaciones morales o religiosas. En realidad, suena algo inapropiado  hablar de  ciencia política,  mejor correspondida por el concepto más amplio de “pensamiento”;  y el pensamiento sobre el poder es muy anterior a Maquiavelo. Además,  El príncipe solo teoriza el poder en un plano restringido, no de su naturaleza sino de su práctica. Por otra parte,  ninguna obra de este género puede ser amoral (y probablemente tampoco arreligiosa). El hombre es inevitablemente un ser moral, ha de elegir a cada paso entre distintas opciones que caracteriza como buenas o malas, o como mejores o peores. Cuando se califica de inmoral a una persona o un acto se está diciendo, en realidad, que su moralidad  difiere de la comúnmente aceptada, o  que trae malas consecuencias, etc.  Y amorales solo son los animales, pero no las personas, salvo, en todo caso, los enfermos mentales. Al calificar de “amoral” a El príncipe, se indica de hecho  que sus principios morales chocan con los admitidos, al menos teóricamente, por los cristianos.  Pero la obra propone su propia moral, basada, en opinión de su autor, en los hechos de la realidad y no en idealidades ficticias.

   La realidad viene a quedar definida en El príncipe sobre juicios típicamente morales como estos: “Los hombres, en general, son ingratos, cambiantes, hipócritas, cobardes ante el peligro y ávidos de lucro”;  “Un hombre que siempre quiera hacer profesión de bueno fracasará inevitablemente entre tantos que no lo son”.  Etc. La moral propuesta  podría concretarse así: puesto que los hombres son generalmente  malvados, el bien común  consiste en el mantenimiento del estado que –implícitamente–  establece el orden entre ellos. El poder resulta un arte basado en esos principios, que quien aspira a mandar debe tener muy en cuenta, so pena de fracasar. Así, esa maldad intrínseca, o al menos fuerte tendencia a la maldad,  del ser humano, impone que el príncipe emplee la violencia más cruel siempre que lo exija la conquista o conservación del poder. Pero, tratándose de un arte, el uso de unas u otras prácticas debe seguir ciertas reglas, so pena de que la crueldad se vuelva contra el poderoso. El príncipe no debe vacilar en recurrir a la mayor violencia, en traicionar sus pactos y juramentos pero sabiendo que ello, si no se emplea adecuadamente, puede labrar su ruina. Al respecto expone diversos ejemplos históricos sobre el buen y mal uso de la crueldad.

   Así, el poder tiene su moral, que en parte coincide con normalmente aceptada y en parte no: “El príncipe debe aprender a no ser bueno, y a practicarlo según la necesidad”. “Es más seguro ser temido que ser amado”, no obstante lo cual resulta muy peligroso hacerse odioso, y para evitarlo el príncipe debe respetar las propiedades y las mujeres del pueblo. “Está bien mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo a conciencia; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si fuera preciso”. “Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”.

    Propiamente,  El príncipe es un manual práctico cuyo objetivo final sería la independencia de Italia. Pero lo importante de él son precisamente sus implicaciones morales, de mucho mayor alcance. Implicaciones contradictorias. Así, no podría admitir como malas –según concede– las atrocidades o transgresiones del poderoso, a menos que estas perjudiquen al bien supremo de conquistar y retener el poder. Pero si en el poder consiste la bondad que refrenaría la maldad natural de los hombres y establecería un orden en la sociedad, ¿quién podría ser un príncipe adecuado, ya que este, como hombre, solo puede resultar tan malvado como los demás? El poder sería así un ejercicio vano de maldades, sin más sentido que satisfacer la voluntad, o más propiamente la vanidad del príncipe empeñado en imponerse sobre el vulgo. En nueva contradicción, la potencia de esa voluntad, presentada como un fin en sí misma, chocaría con la necesidad de no herir en exceso a los gobernados, para no hacerse odioso a ellos. Esa limitación es lo que de mucho antes se ha considerado la Justicia y su derivación el Derecho, los cuales no aparecen en Maquiavelo como algo que debería servir el príncipe, sino como embelecos útiles que él debería saber usar para asegurar su mando. Es decir, desaparece  la moral tradicional, aplicable en principio a todos los hombres, y es sustituida por la moral del poder,  del poderoso, la cual pierde toda referencia ajena, con lo cual gira en el vacío. Añádase que, siendo los consejos de Maquiavelo accesibles a todos los príncipes o aspirantes a serlo, el resultado solo puede ser una lucha incesante y sin reglas, de todos contra todos, lo cual impediría, desde luego, y entre otras cosas, la unificación e independencia de Italia. Y esta situación era, en parte, la que vivía Italia bajos los diversos príncipes renacentistas, y una de las causas principales de que los “bárbaros” dominasen el país. Por bárbaros entendía a franceses, alemanes y españoles, pero si no hubiera sido por el dominio de  estos últimos, Italia habría caído con gran probabilidad bajo el imperio turco.  

   En todas las formas de moral encontramos contradicciones profundas, derivadas de la inclinación humana al mal,  por lo que han fracasado los intentos de crear una moral racional.  Otra salida sería creer a los hombres buenos por naturaleza; pero ello haría innecesario el poder y propiamente equivocada la historia real de la humanidad. Un ser humano bueno por naturaleza, incapaz de mal, perdería entonces su naturaleza moral, asemejándose a los animales. Lo cual nos reconduce al carácter del poder, aludido en el primer artículo.

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Tendencia expansiva e inestabilidad del poder

Blog I:  Libia, Gibraltar y Suiza. http://www.gaceta.es/pio-moa/libia-gibraltar-suiza-19042014-1809

   **Domingo: Cita con la historia. Sobre la División Azul. Radio Inter, de 4 a 5 de la tarde.

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Tendencia expansiva  e inestabilidad del poder

  De estas condiciones  derivan naturalmente tanto el impulso expansivo como la inestabilidad del poder. Dado que el poder político no tiene, en principio, un ámbito de aplicación delimitado,  tiende a expandirse y regular o controlar todas las acciones sociales,  y ello porque las difes  se manifiestan en toda actividad humana, haciendo peligroso, en principio, dejar amplias zonas de esa actividad a la espontaneidad individual. La tendencia expansiva, hacia el totalitarismo,  se ha manifestado a lo largo de la historia, a menudo como remedio a las crisis, a veces alimentadas en círculo vicioso por el mismo ejercicio del poder. Un ejemplo clásico es el de las reformas de Diocleciano,  quien, en respuesta a una situación próxima al colapso del Imperio romano,  duplicó la burocracia, sujetó a los campesinos a la tierra,  hizo hereditarios numerosos oficios e intentó regular los precios por ley.   En nuestra época, los sistemas comunistas han ido mucho más allá al ocupar el estado prácticamente toda la sociedad, incluyendo la economía. Aquí entenderé por totalitarismo una situación en la que el estado es ocupado por un partido, como en la Alemania nacionalsocialista; o una sociedad ocupada por un estado a su vez dominado por un partido, como en la URSS.

     La expansividad del poder  nace también de sociedades exteriores, bien por constituir estas  una amenaza que es preciso  desbaratar, bien por la tentación que suponen sus riquezas.  De ello son prueba todos los imperios. Pero se trata de hechos derivados de la existencia en el mundo de muchas sociedades o culturas y poderes distintos.  Más endógeno es otro factor expansivista: el carácter siempre limitado e irregular de la obediencia que suscita, incluso en los regímenes más absolutistas y violentos; como también en aquellos donde la mayoría de la población se siente beneficiada e identificada con el estado. Pues las órdenes y las leyes rara vez son cumplidas de modo estricto y uniforme, y en general  son burladas en mayor o menor grado,  por ignorancia o por resistencias  abiertas o disimuladas, como consecuencia de las difes propias de la cultura. Esa desobediencia, activa o pasiva,  es inadmisible para el poder, que reacciona  con distinta intensidad, según la considere un delito amenazador o una simple falta más o menos tolerable o tolerada.  Cuando la desobediencia se extiende, lo cual puede suceder por muchas razones y no siempre de modo subversivo,  el poder retrocede o replica con una mayor ampliación.  

   Con esto hallamos otra faceta del poder, sobre todo estatal: la presencia de un aparato de violencia para doblegar las voluntades contrarias o rivales y castigar en lo posible la insubordinación o el sabotaje. Esta violencia se  considera necesaria y legítima para evitar las violencias particulares nacidas de los mis conflictos propios de la cultura, pero nunca alcanza por completo su objetivo. Percibimos así  una tensión entre la obediencia y el mando, nunca aceptado del todo ni por todos.  Y esta es una de las razones por las que el expansivismo del poder va acompañado de una inestabilidad intrínseca, que cuando se acentúa deriva en revoluciones, guerras civiles o derrocamientos.

   También por otras causas sufre inestabilidad el poder. Dado que quienes lo ejercen son siempre pocos, su nombre apropiado es oligarquía. La oligarquía constituye un grupo social particular, especializado en la gestión del poder. Podría pensarse entonces en una oligarquía cerrada y más o menos unánime en sus criterios y aspiraciones, pero no es así. Las mismas difes (diversas aspiraciones e intereses personales, talentos, gustos, etc.) que crean en la sociedad corrientes de opinión, asociaciones, partidos, grupos  de afinidad y oligarquías, siguen operando en el seno de todas ellas. Es decir, no existen grupos sociales  perfectamente homogéneos y estables, y las oligarquías tampoco lo son. En las oligarquías, ello es perceptible en una dinámica particular, quizá imposible de reducir a leyes, consistente en tensiones, intrigas, rivalidades, luchas por el mando de intensidad variable, que coadyuvan a su inestabilidad.

  El ejercicio del poder está sometido a mil presiones de intereses muy varios,  que lo hacen difícil, poco previsible  y no pocas veces peligroso y  atormentador para quienes lo ostentan; no obstante lo cual ejerce una  atracción  especialmente intensa sobre muchas personas. La causa de esa atracción radica en las fuertes recompensas, desde las más triviales de la posición social y económica  hasta las  menos tangibles  pero no menos atrayentes para el ego: el placer de mandar y saberse obedecido, la impresión de estar por encima del vulgo, de alcanzar la relativa inmortalidad de la fama,  de “pasar a la historia”, etc. Obviamente, no deben subestimarse otros motivos,  mejor o peor mezclado con los citados, como el afán de de servir a los intereses más amplios de la sociedad, el sentimiento de responsabilidad hacia ella, el amor a la propia patria y cultura. De modo que hasta el tirano menos escrupuloso aspira a pasar a la historia como benefactor del pueblo.  Pero esa atracción no la sienten solo personas capacitadas y responsables, sino también otras más dominadas por la vanidad y el ansia de bienes materiales, según enseñan el pasado y el hoy. Cuando estas personas predominan, la lucha por el poder se vuelve un ejercicio  sumamente corruptor de la sociedad, y puede expulsar a los mejores.

   No solo los oligarcas o profesionales del poder sienten la atracción de este, sino también, aunque de modo más diluido, la mayor parte de la sociedad, en forma de corrientes de apoyo  a tal o cual fracción oligárquica. De esas corrientes surgen, sobre todo en momentos revolucionarios, nuevas oligarquías siempre sujetas, a su vez,  a divisiones y luchas  internas causadas por las difes.   Cabe distinguir dos tipos de inestabilidad: la de las formas o instituciones, y la del ejercicio mismo del poder. Es decir, un poder institucionalizado, llámese estado nacional, imperial, confederal,  democracia, monarquía… suele ser duradero, si bien  termina por entrar en crisis revolucionarias, fenómeno típico en la historia, si bien poco frecuente. Pero  dentro de esas formas duraderas de poder, la lucha entre los diversos grupos o clanes oligárquicos suele imponer alternancias a menudo violentas. Así, una forma de poder puede durar largos siglos, pero dentro de ella las tensiones o abiertas luchas por el mando son constantes y en algunos períodos llevan a la sociedad a la convulsión y el caos. Una tercera fuente de inestabilidad, de carácter exógeno, viene de las presiones y agresiones de otras sociedades.

En España, una época especialmente inestable fue la visigoda, producto de una monarquía electiva (por los nobles). De ahí que tratara de estabilizarse haciéndose hereditaria, sin éxito definitivo. El poder fue más expansivo en el siglo XVIII, con los Borbones, que en los dos siglos anteriores de los Austrias; y en los dos períodos resultó internamente muy estable, lo que ayuda a explicar el éxito político y militar de España durante la mayor parte de aquellos tres siglos. La época de los Reyes Católicos-Austrias  nació a su vez de un período de inestabilidad especialmente acusada, con Enrique IV.   El siglo XIX es una época de duras luchas por el poder, con la inestabilidad consiguiente. En el siglo XX, la descomposición de la Restauración dio lugar a una dictadura poco férrea o expansiva, y esta, a su vez, a una república  muy inestable que intentó  un reforzamiento del poder, sin éxito ante las tendencias revolucionarias, las cuales suponían a su vez una expansión ilimitada del poder. El franquismo puede considerarse una etapa expansiva, si bien harto peculiar, pues su estado fue siempre pequeño. Por el contrario, el tamaño del estado en la democracia se ha multiplicado por seis, índice de un poder expansivo, aunque más inestable que el anterior. Basten estas someras indicaciones, aplicables en unas u otras proporciones a todos los países  como rasgos connaturales al poder

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Sobre la naturaleza del poder

 Blog I: Cómo salvó Rusia a Inglaterra: http://www.gaceta.es/pio-moa/rusia-salvo-inglaterra-12042014-1714

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Naturaleza del poder.

   Muy esquemáticamente podemos definir el poder como la capacidad de unos pocos, generalmente encabezados por uno solo, para hacerse obedecer por la mayoría. Esos pocos forman siempre  y necesariamente,  una oligarquía (literalmente, “poder de pocos”), lo que ha originado muchas confusiones, al oponer oligarquía a democracia, a monarquía o, en un sentido cualitativo,  a aristocracia. En cualquier tipo de régimen, es una oligarquía la depositaria del mando.

  Visto  así, el poder colisionaría con aspiraciones sociales profundas como la igualdad y la libertad, a las cuales restringiría u oprimiría en función de intereses particulares, injustificables racionalmente y sostenibles solo por la fuerza.  Ese enfoque  preside ideologías como el anarquismo o el comunismo, algunas formas de liberalismo y cientos de ensayos, obras literarias, películas, etc., que achacan al poder una perversión intrínseca, incluso el mal por excelencia. Y sin embargo hallamos el poder, con unas u otras formas, en todas las sociedades, y por cuanto sabemos del pasado, siempre fue así: las sociedades primitivas contaban con sus jefes, chamanes, personas distinguidas, etc.

 Como recuerda Ortega, debemos diferenciar entre asociación y sociedad. La primera se forma por voluntad de sus miembros, mientras que la sociedad “no se constituye por acuerdo de voluntades. Al revés, todo acuerdo de voluntades presupone la existencia de  una sociedad, de gentes que conviven, y el acuerdo no puede consistir sino en precisar una u otra forma de convivencia en esa sociedad preexistente” (Meditación de Europa,  Madrid, 1966).  Pues bien, el poder existe no solo en las sociedades, también en las asociaciones, desde peñas de alpinismo u orquestas a empresas comerciales. Incluso grupos informales, como tertulias o comunas, suelen tener alguna “voz cantante”. Cabe afirmar, pues, que todo grupo humano genera una u otra forma de poder. Aquí trataremos el de las sociedades formadas espontáneamente desde nuestros más remotos abuelos, el poder político, aunque sea muy anterior a la polis y a la civilización. 

   Por tanto, el concepto del poder como imposición arbitraria por la fuerza y contra aspiraciones humanas esenciales, tiene algo de falso, y así  lo indican otros datos: los regímenes comunistas, aspirantes a construir a plazo medio o largo  una sociedad sin poder (sin estado), lo  han intensificado a grados inauditos. Y aunque los anarquistas  no han conseguido establecer ningún régimen estable, menudean en sus asociaciones las luchas por el poder, enconadas por la inexistencia o precariedad de las reglas. Las asociaciones que han querido funcionar al modo ácrata, se han disuelto o tendido a imponer poderes absolutos.

    Debemos concluir, entonces, que  el poder  responde a una necesidad profunda de todo grupo humano. Y es fácil descubrir su origen: los hombres solo pueden subsistir en estrecha interdependencia, esto es, en sociedad, pero al mismo tiempo están profundamente individuados, diferenciados en deseos, aspiraciones,  ideas, caracteres,  talentos, sentimientos, etc., a las que por simplificar y emplear una palabra más comprensiva llamaré difes. Las diferencias individuales o difes causan conflictos, máxime al subtenderlas un sentimiento del yo muy susceptible de exaltarse; y crean diferencias de posición social, corrientes sociales opuestas, asociaciones diversas, etc.  Es decir,  la convivencia humana provoca tensiones con peligro de disgregación social, hecho bien visible en la historia y la vida corriente. Por ello son precisas normas mejor o peor acatadas y medios o fuerzas para hacerlas efectivas, si la sociedad ha de subsistir;  pues las difes, abandonadas a su dinámica, destruirían las sociedades y con ellas a sus individuos. Cabe definir entonces el poder como el instrumento de orden que permite a un grupo permanecer y actuar como conjunto frente a  los impulsos disgregadores internos y a la presión de grupos ajenos. Un poder inexistente o mínimo exigiría en los humanos una uniformidad  similar a la de las sociedades regidas por el instinto, como las de las abejas o las hormigas. Ello explica por qué los experimentos para abolir el poder lo han intensificado al máximo, condición necesaria para alcanzar esa uniformidad sin apenas difes, en un hombre nuevo “liberado” de las atormentadoras diferencias propias de la individuación humana.

Esta definición nos orienta hacia otro aspecto de la condición humana: por encima de las variedades o difes que distinguen a unos individuos de otros y mueven su conducta,  existe la necesidad de la cohesión social, ya que el individuo no puede vivir sin ella.  Esta necesidad, pese a constituir un interés general muy fuerte,  no es sentida por los individuos de forma tan directa y urgente como sus intereses particulares, y de ahí muchos fenómenos sociales relacionados con el poder. Puede decirse que el poder político resulta, finalmente, de la dialéctica entre la dispersión resultante de la disparidad y choque de difes, por un lado, y la  necesidad de cohesión social por otro. En definitiva, el poder político es la fuerza que mantiene el orden y estabilidad en la cultura, en la sociedad humana expuesta por su propia naturaleza conflictiva a la disgregación  o al aniquilamiento.

Cultura, civilización y estado

   Las sociedades humanas difieren de las animales  por la cultura, la cual deja en gran medida atrás el instinto, y  pueden definirse como un conjunto cambiante y variado de  idioma, creencias, ritos, costumbres, conocimientos técnicos, artes, usos, derecho…  y, por supuesto formas o tradiciones de poder. La cultura es otro nombre para sociedad humana, y el individuo recibe sus contenidos desde la cuna, sin voluntad o decisión suyas. Tendemos a describir las culturas de manera estática, como estructuras estables, pero la individuación las define mejor como redes de tensiones, causantes de cambios, luchas y acuerdos felices o desastrosos. El concepto de tensión es fundamental para entender las culturas. Al revés que las sociedades animales, que repiten generación tras generación los mismos comportamientos, la cultura se manifiesta en formas y evoluciones muy varias.

   A menudo se emplean los términos cultura y civilización en sentidos diversos. Aquí les daré un significado preciso: las civilizaciones serían culturas  complejas, alcanzadas en un determinado grado de desarrollo, es decir, dotadas de ciudades, escritura, economía agraria y comercial, ejércitos organizados,  artesanía desarrollada, enseñanza especializada…  Y con un poder organizado también de forma más compleja, en estados. El estado, aunque G. Burdeau afirma que nadie lo ha visto pese a ser una realidad, es en la práctica  un conjunto de instituciones tangibles, con sus edificios, burocracias, medios de fuerza y violencia, ocupados en la cúspide decisora por una oligarquía. Propiamente el estado no es el poder, sino  un aparato de funcionarios encargados de hacer cumplir las órdenes del reducido grupo que ostenta el mando. Lo realmente invisible e impalpable es el poder dentro del estado o sobre él, su capacidad de suscitar e imponer obediencia.  Los estados caracterizan a la civilización y definen a las naciones, aunque puedan dividirse o extenderse y convertirse en imperiales o en confederales.

   En suma, el poder es constitucionalmente tan propio de la sociedad humana como la actividad económica o espiritual o la diversión, y el estado es la construcción del poder en las  culturas complejas o civilizaciones. En una asociación, como un coro o una peña de excursionismo, el poder se limita a actividades muy precisas, fuera de las cuales no se ejerce. El poder político estatal, en cambio, tiene un ámbito más indefinido y extenso, pues abarca la cohesión de la sociedad en conjunto y  en alguna medida rige a las demás actividades sociales. 

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El separatismo avanza gracias a PP y PSOE

**La Inquisición en su contexto: http://www.gaceta.es/pio-moa/inquisicion-contexto-10042014-1825

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Nótense estos dos hechos: a) las constantes especulaciones de politicastros y periodistas de medio pelo sobre la posibilidad de secesión de Cataluña, hacen esa secesión posible

b) La discusión sobre el asunto en las Cortes acerca más todavía la posibilidad, disfrazada de “actitud democrática”.

Obsérvese también que Rajoy y Rubalcaba lo que proponen es una política de mayores concesiones y claudicación ante los separatistas, con la supuesta esperanza de que estos así se calmen. Supuesta porque después de tan larga experiencia no es posible mantenerla. Continuación de la política iniciada por Suárez y que lleva a la balcanización de España. Porque, además, ¿qué resta por ofrecer a los separatistas? El segundo estatuto catalán, aprobado por solo un 36% del electorado  ya dejaba en residual la presencia del estado en aquella región, como muy bien señaló el socialista-separatista Maragall. Ahora es cuestión, simplemente, de entregarles más y más dinero. Como dice Rajoy, “la economía –entiéndase por tal el soborno– lo es todo”.

  Ni el PP ni el PSOE defienden a España. Dicen defender solo la Constitución, como si España no existiera antes de ella. Una Constitución, por otra parte, pisoteada a conciencia por ambos partidos, en especial desde y con Zapatero.

Cataluña es España

El nacionalismo catalán (como el vasco), no es propiamente catalanista, sino antiespañol. Cataluña nunca ha sido una nación en el sentido propio de una comunidad cultural con un Estado, y no lo ha sido porque no ha querido serlo. Sólo a finales del siglo XIX apareció un nacionalismo que no podía basarse en la historia y que, por tanto, la inventó, tratando de crear mitos sugestivos basados en una mezcla de narcisismo y de victimismo. El narcisimo de ser “una raza superior” al resto de los españoles (ver el libro de Paco Caja), más “europea”, más “culta” y más rica, y el victimismo de considerarse oprimidos, fuera por Castilla o por el “Estado español”, como decidieron llamar a la nación española existente realmente desde Leovigildo y de la que siempre se habían sentido parte la inmensa mayoría de los catalanes.

Desde el primer momento, la táctica nacionalista, en Cataluña y en Vascongadas, consistió en provocar resentimientos y una literatura de odio y desprecio a España de la que he dado algunas muestras en Los nacionalismos vasco y catalán, pero que merecería por sí sola un buen estudio. El objetivo era doble: proclamarse los representantes genuinos de Cataluña y provocar, por reacción, un sentimiento de aversión en el resto de España, que, en círculo vicioso, empujara a muchos catalanes a identificarse con el nacionalismo. Hay que decir que en ello han tenido bastante éxito, debido a la ausencia de pensamiento político sobre el asunto en el resto de España, una carencia que, con pocas excepciones, pervive. Así, ha sido y sigue siendo muy frecuente en la prensa general referirse a los nacionalistas como “los catalanes” o aceptarlos como la auténtica encarnación de “Cataluña”. La torpeza, como en relación con el PNV, ha sido increíble, y adquirió nuevas cotas en la Transición gracias a Suárez y a sectores de la UCD especialmente ineptos e ignorantes de la historia, que propiciaban esos nacionalismos con la creencia de que ellos eran propiamente la derecha en esas regiones (o que, con la misma naturalidad y en compañía del PSOE, proclamaban al orate Blas Infante “padre de la patria andaluza”). No debe olvidarse que fue sobre todo en Madrid donde los desmanes separatistas encontraron respaldo cuando Jiménez Losantos, Amando de Miguel y otros denunciaron los denunciaron.

La identificación de los nacionalistas y su demagogia con los catalanes en general está llevando a algunas personas en el resto de España a aceptar la secesión, e incluso animarla, pretendiendo que desde la Transición los males del país y los ataques a la libertad vienen inspirados por los Gobiernos autonómicos catalanes. Tal posición me parece irresponsable. Los males de Cataluña son los del conjunto del país, y no habrían llegado a tanto sin la colaboración o inhibición de los partidos “madrileños”. En La Transiciónde cristal he explicado la generación de tales actitudes y no estaría de más un debate de cierta altura al respecto.

(En LD, 19-4-2011)

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No es la economía, estúpido

Si alguna posibilidad real tienen los separatistas de cumplir sus sueños, está en la inanidad política e intelectual de “Madrid”, es decir, de los dos grandes partidos que se suponen nacionales: uno, porque su desprecio a España hace el juego al separatismo; el otro porque renunció hace tiempo a la lucha de las ideas, hasta vaciarse de ellas.

Una manifestación de esa inanidad consiste en la habitual reducción del problema a la economía. Así, esgrimen el argumento “decisivo” de que la secesión de Cataluña supondría gravísimos daños económicos para esa región, al perder su principal mercado en el resto de España, y que a su vez “Madrid” podría impedirle el acceso a la UE. Los dos argumentos apenas rebasan el nivel de la tontería.

La secesión de Cataluña podría traer cierto coste económico inmediato para ella –y para el resto del país–, por el resentimiento que crearía y algún posible, aunque poco probable, boicot a los productos catalanes; pero la lógica del intercambio comercial limitaría pronto ese efecto. La gente no compra productos catalanes por amor a Cataluña, sino por interés práctico, y el desamor actual de los españoles por su propio país hace que la clase empresarial española lo sea solo geográficamente, pues culturalmente es más bien anglosajona. Cataluña no perdería de modo importante el mercado del resto de España, y en cambio entraría cada vez más en la esfera de influencia económica francesa, dirección que siguen conscientemente los separatistas.

No menos ridícula es la amenaza de impedirle entrar en la Unión Europea. Si España llegase al grado de agusanamiento que permitiese tal secesión, debería aceptar también la integración de Cataluña en la UE, un asunto insignificante comparado con la enormidad de la secesión. Y si, dentro de la nulidad política corriente, “Madrid” se enrabietase con cerrar el paso a una Cataluña separada, ya se encargarían las potencias realmente dominantes de la UE de hacerle entrar en razón “con mano de hierro en guante de seda”.

 

Y debe considerarse otro aspecto: en la estúpida casta político-intelectual española ha arraigado con fuerza indestructible la idea de que fuera de la UE no hay salvación. Pero Suiza o Noruega están feliz y prósperamente fuera, y Reino Unido mantiene dentro una posición muy especial, por poner dos casos. La propia experiencia de España, que nunca parece servir de nada a nuestros políticos, enseña que nuestro país creció mucho más rápidamente fuera de la CEE que dentro, y que la integración “en Europa” –como dicen demostrando nuevamente su sandez–, no nos ha librado de graves crisis económicas, como la actual.

Todo ello sin contar con que un país que consintiese tal secesión se hallaría sin fuerza política y moral para impedir el contagio de las tendencias disgregadoras a otras regiones. Porque el problema de Cataluña es político, cultural e histórico. Y en él entra la economía, por supuesto, pero solo de modo secundario y derivado. ¿Es tan difícil de entender?

(En LD, 5-5-2011)

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Video entrevista sobre la reedición de “Los mitos de la Guerra Civil”: bit.ly/1k97v24

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