¿Fue justificada la rebelión del 18 de julio contra el Frente Popular? / “Gritos y golpes”

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En relación con el libro de Viñas y cia.  planteé en el artículo anterior la cuestión clave para entender la república: ¿por qué la derecha defendió la legalidad republicana en octubre del 34 y  en cambio se sublevó en pésimas condiciones en julio del 36?  La razón, que los prejuicios impiden ver a Viñas y cia.,  es, en lo esencial, muy simple: en las elecciones de febrero de 1936 se hicieron con el poder los mismos que habían organizado o colaborado con el asalto a la república en octubre del 34. Y lo hicieron con un programa revanchista  que anulaba de hecho la legalidad anterior, con vistas a transformarla en un régimen parecido al del PRI mejicano, eliminando “legalmente” la posibilidad de que la derecha volviera al poder en ningún caso. Con el agravante de que las fuerzas decisivas del Frente Popular, ante todo el PSOE, tenían objetivos mucho más radicales  todavía.

En la mitología izquierdista, lo que ocurrió fue aun más simple: unos militares se alzaron  para derrocar mediante un golpe a un gobierno legítimo, salido de las urnas. Pues bien, empecemos por aquellas urnas del 16 de febrero de 1936. En cuanto se dieron a conocer unos primeros resultados favorables a las izquierdas, las turbas tomaron las calles coaccionando el recuento, amedrentando a las autoridades y reponiendo a las autoridades detituidas o procesadas por colaborar en la insurrección de octubre del 34.  No solo lo denuncia Gil-Robles y otros derechistas, Azaña lo resume brevemente: “Los gobernadores de Portela (encargados de garantizar la pulcritud de los recuentos) habían huido casi todos, nadie mandaba en ninguna parte y empezaron los motines” Y Alcalá-Zamora explica en sus memorias,  rescatadas hace unos años: Manuel Becerra (…) conocedor como último ministro de Justicia y Trabajo de los datos que debían escrutarse, calculó un 50% menos las actas, cuya adjudicación se ha variado bajo la acción combinada del miedo y la crisis.   Es decir, el recuento electoral se hizo sin garantías.  Y la segunda vuelta electoral ya no tuvo lugar bajo el gobierno de  Portela, como legalmente debiera haber ocurrido, pues Portela había huido a su vez: la presidió el Frente Popular instalado ya en el gobierno. Desde el poder, las izquierdas achacaron  irregularidades a la victoria derechista de Granada y Cuenca, e hicieron repetir las elecciones  en circunstancias, bien documentadas, de auténtico terror y arbitrariedad, con los resultados que eran de esperar. Y, erigiéndose en juez y parte, el nuevo poder procedió a una “revisión de actas” para despojar a las derechas de numerosos escaños en las Cortes.

Estos datos, aquí resumidos, están indiscutiblemente probados. No voy a extenderme sobre la virulencia de la campaña electoral, con llamamientos de exterminio por parte de las izquierdas, varios muertos y amenazas de toda índole, así como avisos de líderes del Frente Popular de que no reconocerían una victoria electoral derechista  (lo he tratado, como lo demás, en El derrumbe de la II República, para quien quiera más detalles). Así pues, ni la campaña electoral ni las elecciones mismas corresponden a lo que normalmente entendemos por  democracia. De donde quienes tienen por democráticas unas elecciones en tales condiciones no son demócratas ellos mismos.

Cuando se habla de legitimidad política, se suele señalar la de origen y la de ejercicio. El origen del gobierno –más bien régimen, como veremos—del Frente Popular, es claramente fraudulento. Aun así, la mayor parte de la derecha reconoció las elecciones, atemorizada y con esperanza de que Azaña cumpliese sus promesas de moderación expresadas al acceder al gobierno. Pero no  habría tal moderación, y la ilegitimidad de origen no se compensó con una legitimidad de ejercicio, sino al contrario. Se abrió entonces un violento y sangriento proceso revolucionario, con cientos de muertes, quema de iglesias, obras de arte, registros de la propiedad y periódicos y sedes derechistas,  depuración del aparato del estado y sumisión de los jueces a los sindicatos,  agresiones permanentes en todas las escalas de gravedad,  invasiones de fincas, actos ilegales desde el gobierno o el Parlamento, como la revisión de actas, la destitución de Alcalá-Zamora… No voy a extenderme ahora al respecto, pues he tratado el asunto en el libro mencionado y en artículos. Baste citar de nuevo a Azaña al cabo de solo un mes de gobierno: Hoy nos han quemado Yecla: 7 iglesias, 6 casas, todos los centros políticos de derecha y el Registro de la Propiedad. A media tarde, incendios en Albacete, en Almansa. Ayer, motín y asesinatos en Jumilla. El sábado, Logroño, el viernes, Madrid, tres iglesias. El jueves y el miércoles, Vallecas… Han apaleado a un comandante, vestido de uniforme, que no hacía nada. En Ferrol a dos oficiales de artillería; en Logroño acorralaron y encerraron a un general y cuatro oficiales. Creo que van más de doscientos muertos y heridos desde que se formó Gobierno (menos de un mes antes), y he perdido la cuenta de las poblaciones en que se han quemado iglesias y conventos. Con «La Nación» (periódico de derechas) han hecho la tontería de quemarla. Y era solo el comienzo de una escalada que culminaría con el asesinato de Calvo Sotelo. Azaña calificó en varias ocasiones de «tonterías» la quema de iglesias, bastantes de ellas de un alto valor artístico, o de periódicos derechistas. Y lejos de moderarse como había insinuado al principio, anunció muy pronto que el poder no saldría ya de manos de la izquierda, presidió la orgía de desmanes de aquellos cinco meses entre febrero y julio,  y orquestó la destitución de Alcalá-Zamora, a quien quería sustituir como presidente de la república.

De nuevo, quienes consideran normal y democrático aquel proceso demuestran con ello no ser demócratas. Por tanto el Frente Popular (al principio no se le llamaba así, sino coalición de izquierdas) careció radicalmente de legitimidad de origen y de legitimidad de ejercicio. El programa de los republicanos de izquierda consistía en anular políticamente a las derechas,  al modo de Méjico (con cuyo régimen simpatizaban); y los mucho más potentes revolucionarios obreristas aspiraban a aplastar a lo que llamaban “la burguesía” para imponer un régimen de estilo soviético.  Los “¡Viva Rusia!” se extendieron como réplica a los “¡Viva España!”. Para aumentar la confusión, no había solo un designio revolucionario obrerista, pues anarquistas y socialistas  rivalizaban y a veces se asesinaban entre sí, aparte de los asesinatos a derechistas, respondidos a veces por estos.

A su vez, los separatistas catalanes, que no se habían integrado formalmente en el Frente Popular, llevaban adelante una política a un tiempo de colaboración con las izquierdas y presecesionista. Y el PNV constataba “la descomposición del Estado español” “Estrago inmenso de su organización social, batida por la inmoralidad y la anarquía” “convulsiones epilépticas de un pueblo moribundo”, un panorama prometedor, siguiendo la orientación de Sabino Arana: Tanto nosotros podemos esperar más de cerca nuestro triunfo, cuanto España se encuentre más postrada y arruinada. Los separatismos no resultaban tan amenazadores como los impulsos revolucionarios, pero formaban parte del problema de la época y ya en la guerra se unirían todos.

Repito por enésima vez la evidencia: el Frente Popular se compuso, de hecho o de derecho, de  stalinistas, socialistas exacerbados, anarquistas, golpistas republicanos y separatistas catalanes, más el ultrarracista PNV. Y no por casualidad todos estos “demócratas”  terminaron bajo la protección de Stalin. En la guerra, la cuestión de la democracia no representó ningún papel. Se trató de la lucha entre quienes querían implantar un régimen revolucionario y destruir la cultura cristiana y la integridad nacional, y quienes defendían la continuidad de la nación y de su ancestral cultura católica. Ese fue el contenido esencial de aquella contienda

Por terminar: he sostenido que la rebelión del 18 de julio del 36 es la más justificada desde la rebelión contra Napoleón en 1808. Cuando  los useños se rebelaron contra el yugo inglés, necesitaron justificar tan grave resolución con argumentos sólidos: Inglaterra les sometía a un yugo tiránico imponiéndoles impuestos y negándoles la correspondiente  representación. Su guerra de independencia lo fue también, en parte, civil, pues muchos colonos preferían seguir  sujetos a Inglaterra. Me parece claro que la rebelión cívico-militar (pues así fue, como admite Viñas y señaló abundantemente Ricardo de la Cierva) de 1936 en España, estuvo más justificada todavía.

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Opiniones en twitter sobre “Sonaron gritos y golpes a la puerta:

Estoy releyendo #Gritosygolpes de Pío Moa. Es muy entretenida, pero hoy se hacen novelas entretenidas como churros

Encuentro en la novela de Moa un importante trasfondo filosófico e histórico. Las novelas entretenidas suelen ser triviales, esta no lo es.

Lástima que twitter no dé para una opinión bien explicada. Pero #Gritosygolpes me recuerda a #Guerraypaz de Tolstoi. Tiene aire de clásico.

La escena final de #Gritosygolpes resume el desconcierto de la vida, de cualquier vida. Y el lado generador del mal. Alberto, hijo del mal.

El personaje Paco en #Sonarongritosygolpesalapuerta me parece especialmente grandioso. Ninguno parecido en la novela española actual

En el epílogo, #Gritosygolpes contrasta una juventud tempestuosa con una madurez mediocre y frustrada en los hijos ¿Fracaso vital?

Pero veo más que fracaso. No es novela derrotista. El valor y el “élan” juvenil permanecen sobre desfallecimientos y fallos posteriores.

(Arsenio López Gan)

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Ángel Viñas y cia. descubren el Mediterráneo e ignoran el Atlántico

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(con ruego de difusión)

Ángel Viñas y otros historiadores más o menos lisenkianos han publicado un libro sobre Los mitos del 18 de julio, título que recuerda algún otro. De las distorsiones dialécticas y extraños olvidos de don Ángel y varios de sus compañeros me he ocupado en diversos artículos (se hallan fácilmente en Internet).  Están empeñados en convencernos de que II República y Frente Popular fueron lo mismo y de que Stalin defendió una supuesta democracia republicana en España mientras las democracias reales la abandonaban.  Da cierta pereza meterse a fondo con esta nueva producción, jaleada, no podía ser menos, por El País  y similares.

Por lo que he podido ver en resúmenes, el libro de Viñas y demás quiere desmontar unos mitos consistentes básicamente en que  a) Contra el pretendido legalismo de Franco, este ya pensaba en anular las elecciones del 16 de febrero antes del recuento de votos; b)  Contra la idea de una rebelión  exclusivamente militar,  existía una “trama civil”, sin la cual  aquella “habría sido un desastre”; c) Frente a la idea de que fue Franco quien gestionó la ayuda italiana,  en realidad ya había contactos con Mussolini de tiempo atrás, con peticiones de armamento y  otras; d) Contra el mito de que se pretendía un golpe blando, se buscaba “una violencia extrema” y “una guerra teóricamente breve”, como probarían los contratos de armas con Mussolini;  e) Según el mito,  el levantamiento del 18 de julio fue una cruzada católica, pero lo cierto es que  Mola preveía la continuación de la república con separación de Iglesia y estado, y  solo posteriormente se habló de cruzada; f) No había secesionismo, sino un autonomismo limitado, lo cual haría caer por tierra la “patraña” del peligro de una “España rota”;  g) Otra pretensión mítica, la del peligro comunista, quedaría en evidencia ante la pequeñez del PCE, que además había dado en 1935 un giro prorrepublicano;  h) Contra el infundio de una persecución religiosa durante la república, se afirma que no pasó de una “posible iconoclastia” por la quema de templos y símbolos,  pero sin asesinatos.

Y apuntan los autores que “algunos historiadores”  (citan a Payne, Bennassar y Beevor) cometen el error “de utilizar como fuentes la prensa y las memorias”.

Así pues, la sublevación del 18 de julio (comenzada el 17 en Melilla, como se sabía de siempre  y  acaba de narrar en detalle Miguel Platón),  con todos sus enormes riesgos y la fortísima posibilidad de ser derrotada (casi certeza ya el día 20, al quedar en manos del Frente Popular la abrumadora mayoría de la aviación, la marina, las fuerzas de orden público, la mitad del ejército de tierra,  la industria, las principales ciudades, etc.), se produjo sin uno solo de los motivos aducidos por los rebeldes: ni había peligro comunista, ni separatista, ni persecución religiosa: solo una república burguesa, reformista y democrática. Por tanto, los rebeldes buscaban acabar precisamente con esa república. ¿Y por qué?  ¿Por puro odio vicioso a la democracia? La respuesta se ha dado mil veces: porque las reformas de las izquierdas beneficiaban al pueblo tanto como ponían en peligro los privilegios e intereses de la “oligarquía reaccionarias”, de los banqueros, terratenientes, la Iglesia, jerarquía militar, etc.

Ahora bien, se dan cuatro circunstancias esenciales que Viñas y cia “olvidan”: 1) La república fue traída, en rigor, por derechistas católicos que organizaron  el Pacto de San Sebastián, y por la entrega pacífica del estado a los republicanos por parte de los monárquicos en un auténtico autogolpe.  2) En 1933, después de haber experimentado la reformas populares de las izquierdas (tan criticadas por el propio Azaña), la masa del pueblo votó al centro derecha, es decir, según estos autores, a la oligarquía financiera y terrateniente y la jerarquía militar y eclesiástica;  3) Al año siguiente,  en octubre, los principales partidos de la izquierda (PSOE, Esquerra, sectores anarquistas, PCE e izquierdas republicanas) se sublevaron  o apoyaron la sublevación contra la república, es decir, contra una Constitución y legalidad republicanas que las mismas izquierdas habían impuesto, y no por consenso; y 4) Las derechas no habían replicado al asalto izquierdista a la república con un contragolpe  “fascista” o “reaccionario”, sino con la defensa de aquella legalidad izquierdista que aspiraban a cambiar, cierto, pero dentro de las normas legales. Estos cuatro y decisivos hechos me parecen hoy completamente clarificados, gracias en cierta medida a mis investigaciones, y bastan para echar por tierra toda la mitología de “clase” de “pueblo”, de “oligarquías, etc.  Por tanto, ni las reformas izquierdistas beneficiaban al pueblo ni este las apreciaba tanto como Viñas y demás suponen, ni el grueso de la derecha pensaba en destruir la república  sino que, por el contrario, la defendió contra un brutal asalto izquierdista.

Entonces se plantea inevitablemente la gran cuestión: ¿por qué en 1934 la derecha no aprovechó las ventajas de estar en el poder para liquidar de una vez, en un contragolpe, a la república y a la izquierda, y en cambio en 1936 se rebeló desde fuera del poder, con tantas perspectivas de fracasar, algo de lo que recelaba especialmente Franco? ¿Qué había cambiado entre esas dos fechas? He investigado esta cuestión, la verdaderamente decisiva para entender los hechos, en mi reciente monografía El derrumbe de la II República. Historia de un proceso trágico.El señor Viñas y sus acompañantes podrían reflexionar al respecto. Ya iré tratando estos asuntos, que son el Atlántico ignorado por los descubridores del Mediterráneo.

Pues  debo señalar  ahora que  sus descubrimientos, no aportan nada especialmente novedoso. Sobre el punto a):  Franco, como muchos otros, se alarmó por la violencia callejera e impositiva que condicionaba y distorsionaba  el recuento de votos, como reconoce el propio Azaña y vuelve a señalar Alcalá-Zamora en sus memorias; por lo demás, diversos líderes izquierdistas y el propio Azaña habían anunciado su intención de no respetar una comicios desfavorables para ellos.

Punto b): por supuesto, no es nada nuevo que existía una “trama civil”, como existía una masa de población asustada  por el violento proceso revolucionario abierto tras las fraudulentas (ya hablaremos de eso) elecciones de febrero del 36.

Punto c) Son sabidos de antiguo los tratos entre los monárquicos –muy minoritarios en la derecha—y Mussolini;  y es probable que Mussolini no confiara en ellos, dada su ineficacia. Está bien añadir nuevos datos, lo cual no contradice  la gestión de Franco.

Punto d):  Nadie pretendía un golpe “blando” ni “europeo”(¿?). Se buscaba un golpe muy violento al principio a fin de paralizar la  resistencia y  hacerlo menos sangriento finalmente. Esto, que tanto indigna a los historiadores izquierdistas (si el golpe es de derecha)  también lo pretendía el PSOE en sus instrucciones para la insurrección de octubre, planteada directamente como guerra civil y no como golpe, según he documentado en Los orígenes de la Guerra Civil.

 Punto e): Tampoco aquí dicen nada nuevo. La sublevación del 18 de julio fue inicialmente republicana, luego la dinámica de la lucha y la sangrienta persecución religiosa de las izquierdas le dieron en parte el carácter de cruzada por mantener la civilización cristiana en España. Por cierto, Besteiro habla de “cruzada antikomintern” y ocasionalmente los del bando izquierdista se atribuyen también el término “cruzada”

Punto f): Los partidos “nacionalistas” son por naturaleza separatistas: parece que Viñas y cia no han leído  sus proclamas y aspiraciones (podría aconsejarle Una historia chocante, sobre esa cuestión). Cosa distinta es que, no sintiéndose con fuerza para imponer la secesión, los separatistas buscasen instrumentos intermedios con vistas a ir fortaleciéndose hasta conseguirla. Así, los estatutos con los que Azaña pensaba resolver la cuestión, eran para los separatistas catalanes (y luego para el PNV) solo un paso táctico en su estrategia. Ahora mismo la cosa está clarísima con Mas en Cataluña.  Uno no sabe si estos historiadores son singularmente romos en sus análisis o  toman por romos a los demás.

Punto g):  Con el PCE pasaba algo semejante: su doctrina buscaba conquistar el poder por las armas, pero el fracaso de sus insurrecciones en Europa,  el éxito de los nazis en la utilización de las normas democráticas y el temor de Stalin a que Hitler le atacara, llevaron a la táctica de los Frentes Populares con el objetivo de fortalecerse movilizando y dirigiendo (y engañando)  a todos los antifascistas, para orientarlos al totalitarismo. Se ve que  nuestros historiadores no han leído el informe de Dimítrof, tan explicativo, en el VII Congreso de la Comintern.  O desconocen la doctrina esencialmente totalitaria de los comunistas. Que unos historiadores desconozcan o pasen por alto esos documentos  no revela un nivel académico  demasiado alto.

Punto  h) La persecución religiosa durante la guerra  tuvo carácter técnicamente de genocidio: intento de exterminar a un determinado grupo social así como a una cultura, la  cristiana católica, que casualmente es la base de la cultura española en la historia.  No es cierto que no se matase a clérigos y católicos antes de julio del 36: durante la revolución de octubre del 34 fueron asesinados varios religiosos en Asturias y Cataluña. Por otra parte, suena a pura y cínica mala fe minimizar como “iconoclastia” la quema de cientos de iglesias, bibliotecas, centros de enseñanza y obras de arte valiosísimas ya casi desde el comienzo de la república.

Y una observación metodológica: utilizar la prensa de la época y las memorias de los  protagonistas no tiene nada de “equivocación”: son fuentes  de enorme valor, sobre todo si se contrastan entre sí. He escrito un libro, Los personajes de la República vistos por ellos mismos,  comparando las memorias de los polóiticos más relevantes de entonces. El método es sumamente fructífero y hace falta mucha cerrazón mental para ignorarlo.  Claro que existen otras fuentes utilizables, en especial los archivos. Pero también hay que saber  utilizar estos. Ya señalé en alguna ocasión la curiosa mezcla de miopía e interpretación arbitraria aplicada por Santos Juliá, por ejemplo, al archivo de Largo Caballero en la Fundación Pablo Iglesias, el cual estudié a fondo para mi trilogía sobre la Guerra Civil.

Para terminar, los autores de Los mitos del 18 de julio  exponen ufanos sus títulos como profesores universitarios y similares, sin darse cuenta de que no dejan muy honrada, precisamente, la universidad. Y como observó Stanley Payne a Javier Tusell, en Usa –y en otros países—los mejores historiadores son a menudo personas ajenas al profesorado universitario.

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La extraña pasión por la Guerra Civil española / Sobre la culpa y una tragedia

Blog I: Cómo y por qué cayó la II República. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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La pasión suscitada en gran parte del mundo por la guerra civil española, siempre ha llamado la atención, porque no han despertado el mismo interés  otras muchas contiendas civiles –y no civiles–  del siglo XX, incluida la mucho más dura que permitió asentar el comunismo en Rusia. Se ha atribuido ese interés a la situación política europea del momento y al choque en España de las ideologías que trataban de imponerse en una Europa muy inestable.  Y sin duda ello es cierto,  pero por otra parte nuestra guerra tuvo y proyección ideológica incomparablemente menor  que la rusa, y escasa  trascendencia internacional, pues Francia, y sobre todo Inglaterra, se empeñaron en evitar que rebasase nuestras fonteras, lo cual coincidía de lleno con el designio de Franco. Así, las aspiraciones contrarias de Negrín y de Stalin se frustraron. Tampoco tuvo relevancia estratégica general, por la decisión de Franco de permanecer neutral en caso de guerra entre el eje Roma-Berlín y el eje París-Londres. Es decir, se trató de una guerra circunscrita, política y militarmente, al territorio español, y por tanto, ella o su resultado, influirían muy poco en los sucesos posteriores del continente (su presentación como el prólogo a la Guerra Mundial es una invención de la propaganda soviética). Cuando el poeta inglés Auden  caracteriza a España como “un trozo de África pegado a la inventiva Europa” expresa una notable ignorancia histórica y cultural, pero también un prejuicio fuertemente arraigado al norte de los Pirineos, pero no del todo falso. Sin ser África, la posición excéntrica de nuestro país con respecto a los sangrientos conflictos europeos del siglo XX, le permitió entre otras cosas librarse de ellos.

Pero creo detectar otro factor  explicativo del  apasionamiento por nuestra guerra civil: la peculiaridad histórica de España, un tanto enigmática para las mentalidades  ultrapirenaicas. Un conflicto similar al nuestro, aunque fuera mucho más sangriento, que se hubiera producido en Bulgaria, Polonia, Finlandia  o la misma Italia, habría despertado probablemente menos  interés. De hecho, la Guerra Civil griega llamó poco la atención de escritores, partidos y  masas europeos, pese a jugarse allí una importantísima baza estratégica de la Guerra Fría. Ahora bien, España tenía la peculiaridad de haber sido la vanguardia de la expansión europea,  con la historia naval seguramente más destacada del mundo; había contendido con notable éxito y simultáneamente contra los poderes  protestantes, Francia y la superpotencia otomana y había desplegado una cultura potente y de notable originalidad. Su decadencia posterior, arrastrada hasta el siglo XX,  su incapacidad para mantenerse a la altura de las potencias europeas punteras, no dejaba de despertar curiosidad, como un dato extraño, difícil de entender. Además, el bando nacional reivindicaba aquella gran época del país y aspiraba a recuperarla, cosa bastante improbable pero que no dejaba de suscitar alguna inquietud.  De manera quizá poco consciente, las pasiones suscitadas en Europa y América por la guerra de España tenían probablemente relación con el peculiar pasado y significación del país.

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Recuerdos sueltos: Sobre la culpa y una tragedia

En invierno-primavera de 1969 me fui recuperando lentamente en Vigo de una situación personal desastrosa que me había hecho vivir un verdadero tormento los meses anteriores, con una insoportable sensación de culpa. Esta se presenta, generalmente, como un dolor psíquico asimilable, según algunos, al dolor físico que nos advierte  de acciones que no debemos realizar, como acercarnos demasiado al fuego.  La culpa  tendría así una función digamos salutífera, al frenar a la psique  ante conductas por así decir inapropiadas o peligrosas. Claro que la “advertencia” llega a menudo después, y no antes de la acción, y muchas personas parecen soportar muy bien, como sin enterarse y hasta jactándose,  unas conductas  que a otros les horrorizan o torturan por dentro. Y posiblemente la culpa exista en todas las culturas, pero reviste muchas formas, de modo que unos mismos actos son considerados  intolerables en unas y admisibles en otras.  Así el infanticidio o, actualmente, el aborto, cuya masiva difusión se justifica en nombre de “los derechos de la mujer”: haber abortado provoca a muchas mujeres una aguda y persistente sensación de culpa, pero no a las que se consideran “liberadas” y “progresistas”. A su vez, los políticos proabortistas no demuestran  excesivo pesar al respecto, como tampoco hacia sus corrupciones,  preocupados más bien por la denuncia y salida a la luz de ellas, como el rey Midas. Además, la culpa, por su carácter penoso, tiende a ser rechazada y proyectada sobre otros, acusados de ser los “verdaderos” responsables de las situaciones o las acciones culposas.

Esta digresión viene al caso porque, en definitiva, ¿qué es la culpa? Diversas corrientes psicológicas actuales tienen a considerarla algo enfermizo, producto de convenciones sociales sin base real alguna: a menudo la curación psíquica se presenta como la liquidación de la culpabilidad, sobre todo en corrientes próximas a la socialdemocracia. Nadie debería sentir culpabilidad por sus conductas, cualesquiera fuesen, con el único límite de  las normas legales. La ley castigaría a los transgresores, los cuales podrían considerarse perturbados psíquicos y en cualquier caso el mero hecho del castigo burocrático evitaría aquella indeseable sensación: el castigo equivaldría a un pago especial por una acción especial, sin más trascendencia, cara negativa de cualquier acto de comercio. Normalmente la culpa tiene relación con la moral, pero una vez esta se concibe como una mera convención social, tiende a ser sustituida por la ley, más precisa. Todo se reduce finalmente a convenciones sin nada detrás o por encima, lo cual tiende a trivializar al máximo la vida y sumir en el ridículo la figura de Antígona.  Pero la culpa existe, por proteica y convencional que llegue a expresarse; y eliminarla, si ello fuera posible, podría reducir al hombre a la más completa servidumbre. Además, ¿qué ocurre cuando no hay posibilidad de proyectarla? ¿O cuando  la ley no llega a cubrir determinados actos?  Pues, pese a la tendencia de la ley a reglamentarlo todo, no resulta creíble que pueda hacerlo con todos los aspectos de la vida humana.

Pero, en fin, a lo que iba. La culpa suele presentarse como  una sensación desagradable, más o menos llevadera, pero también volverse absolutamente insufrible. La  que había experimentado antes de aquel invierno-primavera había llegado a hacerse física: me era imposible descansar. Si me sentaba, a los pocos minutos debía levantarme; si me levantaba, buscaba echarme en una cama o banco, donde solo resistía otros pocos minutos. El remordimiento, sin forma clara, me oprimía como una tenaza calentada al rojo. No podía llorar ni permanecer quieto. Hablar con alguien me aliviaba pero solo unos momentos, porque era incapaz de seguir ninguna conversación, por simple que fuese. Al despertarme por la mañana anhelaba la llegada de la noche para poder dormir, con pastillas. Intentaba leer para escapar al tormento, pero apenas entendía nada y me cansaba antes de terminar una página. Me empeñé, no sé por qué, en terminar, sin éxito, una historia de la China contemporánea. No tuve éxito y casi ningún provecho fuera del vago recuerdo de algunos nombres. La televisión me cansaba más aún, no podía soportarla y eso que era bastante mejor que lo que hoy ofrece. Recuerdo también la letra de una canción no muy animadora que  oía entonces por la radio: Por qué /crecer/ Por qué/ envejecer / Por qué los niños tienen que dejar / de jugar… U otra de un optimismo sencillo: “Con la primavera en la ciudad / todo ha cambiado de color… Fue seguramente la experiencia más aniquiladora psíquicamente que he pasado en mi vida. Algo de ello he aprovechado para Sonaron gritos y golpes a la puerta, aunque sin explayarme al respecto: cuando Alberto cae en una profunda depresión por la muerte de Carmen, o cuando Paco se siente incapaz de soportar la culpa por el desastre que ha provocado con la traición a su amante Irina.

Bien, pues tuve la suerte en aquellos meses de  1969 de que también permaneciera en Vigo, no recuerdo por qué causa,  mi amigo Santiago Montenegro, en lugar de ir a Madrid, donde estudiaba ingeniería de Caminos, como yo Periodismo. Habíamos sido compañeros de clase en los Maristas hasta que en quinto de bachillerato me fui al Instituto, y  manteníamos una buena relación. Con él charlaba a menudo de mil temas: del futuro profesional, de las aspiraciones en la vida,  de sucesos corrientes. O, cuando yo estaba en mejor forma,  de política (el año anterior había sido el del mayo francés, la “primavera de Praga”, la ofensiva del Tet en Vietnam… y en los círculos politizados de la universidad –mucho  más reducidos de lo que luego se ha dicho—había bastante efervescencia. Hacíamos excursiones, como una al aeropuerto de  Peinador y otra al otro lado de la ría, desde Cangas o tal vez Moaña, hasta el final de la península, por Hío o Aldán, no recuerdo bien. Ahora la costa está llena de casas, pero antes las aldeas  y pueblos de la península estaban claramente separados entre sí por bosques y cultivos, y todavía podían verse carros de vacas. Con todo ello disfrutaba mucho y volvía “a mi ser”, como suele decirse.

En algunas de estas excursiones venía otro compañero de los Maristas, lo llamaré Ricardo, que  había dejado los estudios sin pasar a la universidad y había hecho formación profesional. Era un chico ingenuo, aficionado a las excursiones, bienintencionado; daba impresión de persona estable y equilibrada, cosa que convenía mucho a mi restablecimiento. Apenas tenía preocupaciones políticas o en general intelectuales. Charlando mientras andábamos,  nos contó una vez que tenía una novia  de la que estaba enamoradísimo. Estos temas no se tratan entre amigos más que en forma superficial o incluso burlesca, y el hecho de que lo mencionase de forma natural indicaba la profundidad de su sentimiento. La chica iría a la universidad de Santiago  al año siguiente, creo.

Cuando llegó el otoño  me encontré lo bastante  bien para continuar en la Escuela Oficial de Periodismo de Madrid. Por entonces había ingresado en el Partido Comunista  y me presenté y fui elegido a delegado del centro, sin otro objetivo real que el de  hacer propaganda y agitación contra el régimen. Veía a Santi ocasionalmente y perdí todo contacto con Ricardo, que había quedado en Galicia. De modo que fue varios años después cuando me enteré, creo que por el mismo Santi, de que Ricardo se había quitado la vida tirándose por la ventana de un piso alto, tras pedir perdón en una carta de despedida.  Al parecer, su novia había entrado en la universidad en ámbitos progres, le habían surgido “inquietudes”  que el novio, hombre poco complicado, no compartía ni siquiera le interesaban; o, en otra versión no  incompatible, se había vuelto un tanto casquivana, y había roto con él. También he oído un rumo de algún asunto de drogas por medio, en el que no creo mucho, porque la droga solo por entonces estaba entrando, y en círculos reducidos.  Es posible que la pérdida de la persona de la que estaba tan enamorado quitara a Ricardo todo aliciente para seguir viviendo. Es sabido que se dan esos casos. Pueden obedecer a alguna perturbación psíquica o simplemente a que algunas personas son especialmente sensibles a ciertas situaciones  vitales, como las hay especialmente sensibles a la música, por ejemplo. En mi memoria, Ricardo se presenta, ya lo he dicho, como un joven equilibrado y tranquilo, sin complicaciones.

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Por qué la Iglesia llevó las de perder con el marxismo

Blog I:  Gibraltar, retrato de una casta política http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/gibraltar-retrato-una-casta-politica-20130708

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Cuando en los años 60 se planteó en la Iglesia el “diálogo con el marxismo” –con oposición o renuencia de un sector eclesiástico que pasó entonces a segundo término – el marxismo, en sus diversas facetas, se extendía con fuerza por el mundo, en forma de regímenes de ese carácter o de corrientes de opinión muy influyentes en medios intelectuales, universitarios y juveniles. La orientación “dialogante” nacía, probablemente,  de la impresión de un avance del marxismo y retroceso del capitalismo y de la consiguiente necesidad de congraciarse con quienes parecían triunfadores a medio o largo plazo. En España, la Iglesia (la parte de ella que llevaba la voz cantante) procedió a auxiliar a separatistas, comunistas y terroristas contra el régimen de Franco. De lo cual recibió un premio  posiblemente merecido: el desprecio radical por parte de  sus beneficiados, que veían en esa política lo que realmente era: una demostración de debilidad  política, y sobre todo doctrinal. Los inspiradores del poco inspirado diálogo no percibieron que el comunismo estaba llegando al límite de su impresionante fuerza expansiva, cuando  el ápice de sus triunfos lo empujaba a un fracaso radical.

Parecía imposible el diálogo  entre una doctrina espiritualista y la otra materialista; una construida sobre la idea de Dios y  otra sobre un ateísmo militante; una sobre la idea del pecado original  que sigue contaminando al hombre, y la otra sobre la de una inocencia humana traicionada por razones sociales y económicas las cuales, una vez identificadas y superadas, abrirían paso a una especie de  paraíso en la tierra, según letra de la Internacional. Etc. Pero había un punto prometedor de un posible acuerdo: en la doctrina evangélica, la preocupación por los pobres constituye un punto esencial, y el marxismo había encontrado en ellos (“los proletarios”) la palanca para una emancipación que muchos católicos, sin llegar a creer en tanta emancipación,  podrían interpretar como un estado de mayor justicia social. De hecho se oía a menudo que el fondo de la prédica cristiana era el comunismo, o que Jesús había sido un revolucionario social avant la lettre.  Con ese enfoque, el mal radicaba en el “capitalismo” –sea eso lo que fuere: el concepto exige bastante clarificación—, tanto para el marxismo como para bastantes corrientes católicas.

Sospecho que ahí yace la razón del fracaso eclesiástico y de la ventaja marxista. Lo que la Iglesia sostenía como una justicia solo cumplible en el más allá, el marxismo lo concebía como un programa liberador en el acá. El concepto de “los pobres”  sonaba muy primario y vago comparado con el más preciso y operativo de “clase obrera” o de “proletariado”. La “Teología de la Liberación” –una de las corrientes, no la única, propiciada por aquel diálogo— otorgaba el concepto de “pobre” un contenido muy próximo al marxista. Las semejanzas aparentes  no podían dejar de seducir a numerosos eclesiásticos y católicos de filas, máxime en un tiempo en que prestigiosos economistas afirmaban –despreciando los hechos—que los regímenes socialistas procuraban más rápido crecimiento económico que los capitalistas (Joan Robinson, por ejemplo, según creo recordar,  ponderaba la sociedad de Corea del Norte como un modelo de éxito). En cambio la doctrina tradicional de la Iglesia se asemejaba demasiado a lo que el marxismo tachaba de ideología: un sistema de creencias destinadas a justificar los intereses de las clases explotadoras y a mantener sumisas a sus víctimas con vanas esperanzas ultramundanas. Una vez situado el “diálogo” en ese plano, los católicos dialogantes se veían abocados a dejar sus creencias religiosas en el limbo de la intimidad  o al menos de la privacidad, y cada vez más amenazado. Quedaba cuestionado el papel de la religión en las sociedades actuales. Los efectos  –deserción de clérigos, caída en las vocaciones, etc.—son bien conocidos y no hace falta extenderse aquí sobre ellos.

La caída de los regímenes marxistas en Europa pudo haber redundado en beneficio de la Iglesia, y algo de eso ha habido. Pero, por una parte, no me parece que la crisis doctrinal haya sido superada, y por otra el fracaso del marxismo no ha abierto los corazones de las masas al cristianismo, sino a una creciente indiferencia y a nuevos acosos por parte de movimientos nacidos en buena parte de la descomposición marxista, como el feminismo, el homosexualismo, el ecologismo, el ultralaicismo, etc. Parece claro que la Iglesia no ha encontrado el camino para superar tal situación, a pesar de significativas correcciones de Juan Pablo II y sus sucesores con respecto a la época anterior.

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La vida está llena de extrañas complicaciones: la inestabilidad en  el norte de África y Oriente Próximo resulta beneficiosa para el turismo en España. Claro que, políticamente,  puede traer serias complicaciones. España hará muy bien en volver a la política de neutralidad que tantas ventajas le dio en el siglo XX. Política  rota solo por imperativo de la Guerra Fría, ante la amenaza soviética.

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Caminos cortados del siglo XX / Negrín y sus palmeros

Blog I: El gran problema histórico de España: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Caminos cortados en el siglo XX

Las ideologías más influyentes en el siglo XX han sido el marxismo, el freudismo y el liberalismo. El liberalismo pasó por dos grandes crisis, la posterior a la I Guerra Mundial (librada entre regímenes básicamente liberales, con la excepción del Imperio turco y, parcialmente, del ruso); y la larga depresión del 29, también terminada en guerra general, que generó la solución keynesiana; la cual no abolía el liberalismo, pero lo limitaba y expandía el estado, a veces en grado fantástico.

El marxismo “duro”, o  comunista, se impuso en pocos decenios sobre un tercio de la humanidad,  impulso nunca visto en la historia. E influyó poderosamente en casi todo el resto, tanto directamente en el plano político (partidos comunistas y durante largo tiempo socialistas) como en el plano intelectual, cambiando o matizando ideas de otras corrientes, también de la Iglesia católica. Su peso en autores y universidades de todo el mundo, permanece, a veces con fuerza insospechada (en España tenemos amplia muestra de historiadores “lisenkianos”, como en Inglaterra, Francia, etc.)

La influencia de las teorías de Freud ha sido enorme a lo largo del siglo, en los planos intelectual y artístico sobre todo. Después de la II Guerra Mundial se ha combinado, mejor  o peor con el marxismo en los movimientos juveniles, universitarios, también con ambientes liberales que a su vez orientaban ideológicamente la enseñanza y políticas sociales en diversos países “capitalistas”. Los regímenes comunistas, en cambio, rechazaron el psicoanálisis, entendido como ideología “burguesa” que aspiraba a hacer la competencia a la explicación de la historia por la lucha de clases.

Pese a todo, muy pocos se declaran hoy marxistas o freudistas consecuentes, aunque  retazos y retales de ambas ideologías sigan condicionando  la vida intelectual y política. Conviene explicar, así, tanto el prolongado éxito de ambas formas de pensamiento como su evidente fracaso final (o casi final). Dicho en pocas palabras, el éxito provino de su coherencia a partir de bases en principio científicas. Científicas en el sentido de que planteaban hipótesis racionales y no religiosas sobre la naturaleza humana y su evolución. Por decirlo un poco a lo bruto, Marx explicaba la sociedad humana a partir del estómago (la economía) y Freud a partir del sexo. La práctica de muchos decenios ha demostrado que ni el marxismo solucionaba los problemas del estómago ni el freudismo los del sexo y neurosis derivadas. Es más, empeoraban ambos. El marxismo creaba una sociedad carcelaria, y el freudismo agravaba la insatisfacción y descomposición social. Ha sido más bien la práctica –a costa de muchos sufrimientos—, y no tanto la aclaración teórica,  lo que ha arrumbado a ambas ideologías “al basurero de la historia”, como gustaban decir los comunistas. Así ocurre con muchas hipótesis en la ciencia. Cabe preguntarse, entonces, por el valor  de la voluminosísima y trabajosa producción intelectual y artística basada en tales hipótesis tomadas por certezas. Si vale algo esa ingente suma de obras literarias, pictóricas, de pensamiento y análisis social… Lo he sugerido en un artículo (http://www.libertaddigital.com/opinion/ideas/bibliotecas-para-nada-1276205212.html). Como en el caso referido de Castilla del Pino,  se trataría de una extraña tragedia.

El éxito de ambas ideologías traduce, sin embargo, el imperativo fundamental humano de encontrar orden y sentido en la existencia. La crisis del cristianismo desde el siglo XVIII y el prestigio de la razón y de la ciencia dieron lugar a ímprobos esfuerzos por sustituir las antiguas explicaciones religiosas. Y las nuevas explicaciones fueron acogidas, paradójicamente, con cierto fervor no muy diferente del religioso. Ello indica otro hecho: que la ciencia y la razón parecen fracasar como soluciones a la inquietud fundamental humana; lo mismo que la religión parece fracasar en tantas explicaciones que chocan con la razón. Un problema no resuelto.

En cuanto al liberalismo, ha recibido críticas radicales tanto desde el marxismo como desde diversas posturas religiosas. Puede decirse que, con todo, el liberalismo ha vencido a las otras dos ideologías, pero no sin quedar un tanto maltrecha. Quizá la tarea intelectual del momento consista en el examen crítico de la experiencia de una época tan agitada y en algunos sentidos prodigiosa como el siglo XX… incluyendo el papel, casi siempre olvidado, del cristianismo.

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El papel de Negrín (LD, 1-3-2001)

Una vieja y siempre actual polémica:

Hojeando un libro sobre la guerra civil escrito por un grupo de estudiosos, casi todos anglosajones y afines a P. Preston, me topo con la vieja polémica sobre la significación histórica de Negrín, en la que Southworth intenta rebatir a Bolloten. Como se sabe, Bolloten consideró a Negrín un agente de la URSS a efectos prácticos, cuya política llevaba a imponer en España un régimen al estilo de las “democracias populares” del este europeo. Hay en la tesis dos partes: una, la plena concordancia de la política de Negrín con la soviética, y otra, el carácter y dirección de esa política. En cuanto a lo primero, no hay ni puede haber discrepancia entre personas medianamente enteradas. Negrín, por propia convicción o por otras razones –eso es aquí lo de menos—, obró como el mejor agente posible de Stalin, entregándole el tesoro español, que puso en manos del soviético el destino del Frente Popular, y facilitando la infiltración del PCE en el ejército y la policía, dos instituciones claves y las únicas que funcionan bien bajo aquel régimen.

El fondo de la polémica, lógicamente, es la segunda parte de la tesis, aunque ello quede disimulado por la hojarasca que tan bien maneja Southworth. Para este, decir que el triunfo del Frente Popular habría llevado a una dictadura como las del este europeo, supone hacer historia-ficción. Tal vez, pero en realidad no es ese el asunto. El polemista pretende convencernos de que la política de Negrín y de Stalin no perseguían otra cosa que defender la democracia. Resultaría de ello que el Partido Comunista –siempre uno de los peores enemigos de la democracia por su ideología, fines, organización y conducta— y Stalin –uno de los tiranos más sangrientos de la historia, sino el más—, habrían defendido la libertad de España. Mejor aun, ¡ habrían sido los más consecuentes y abnegados defensores de nuestra libertad!. Tal rueda de molino requiere unas tragaderas en verdad privilegiadas, y tiene algo de admirable que a Southworth –o a Preston, que le apoya— no le produzca, aparentemente, indigestión alguna.

La tesis de Bolloten es en lo fundamental muy sólida, y el enorme cúmulo de datos, testimonios y fuentes primarias en que la apoya, probatorios de sobra. Pero su misma acumulación ofrece, de modo inevitable, puntos flacos. El método de Southworth consiste precisamente en buscar algunos detalles erróneos o testimonios dudosos, y remachar incansablemente en ellos con la pretensión de destruir la tesis entera. ¡En fin!. En un robledal puede haber algunos pinos, y los Southworth, llamando con insistencia la atención sobre estos últimos, pueden hacer creer a algunos que se encuentran en un pinar. Pero basta extender la mirada sobre el conjunto para apreciar la falacia.

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