¿Una vida sin finalidad? / Salida a la crisis económica

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¿Una vida sin finalidad?

La noción de sentido está ligada a la de finalidad, y es esencial en la vida humana. Todo lo que hacemos conscientemente, lo hacemos para algo, y puede definirse la perturbación mental como pérdida de sentido de finalidad o inadecuación entre la conducta y los fines.

Por otra parte, cuando el resultado de nuestros actos satisface la finalidad perseguida, tenemos una sensación de placer, o de éxito,  de satisfacción en cualquier sentido, o de felicidad. Pero nuestra vida está llena de éxitos que conducen al fracaso, de placeres que anteceden el dolor, etc.  Y también ocurre al revés. Asimismo, muchos éxitos no dependen tanto de nuestro esfuerzo como de azares imprevisibles. Teniendo en cuenta estos condicionantes, sorprende la  extraordinaria potencia del sentimiento del yo, que tiende a considerarse imprescindible y situarse por encima de todo.

La vida corriente se presenta así como una selva o laberinto donde hemos de desenvolvernos con la  vista puesta en las consecuencias y en el medio o largo  plazo, más que en los placeres o éxitos momentáneos.  Creo que ahí se encuentra la base de la moral: una línea de conducta no ya para los sucesos de cada momento, sino para la vida en su conjunto, suponiendo que en determinadas circunstancias, muchas renuncias  momentáneas  traerán recompensas mayores o una mayor felicidad. El equilibrio entre renuncias y aprovechamientos de la ocasión es sin embargo difícil.

Por analogía con las finalidades que dan sentido a nuestras acciones cotidianas,  tendemos a pensar que nuestra vida, en su conjunto, debe tener asimismo una finalidad, esto es, un sentido (Creo recordar que uno de los “panteras negras”,  Eldridge Cleaver o George Jackson, escribió sobre su sorpresa al constatar que nadie sabía para qué estábamos aquí, habiendo dado antes por hecho que algunas personas más enteradas sí lo sabían). Y la moral debe de expresar ese sentido de alguna manera. Pero aquí encontramos una dificultad: así como cada cual entiende y decide la finalidad de sus actos conscientes (tenga éxito en ellos o no), ¿quién podría decidir la finalidad del total de nuestras vidas? ¿Quién o qué les daría ese sentido que nuestra psique exige? No podemos ser nosotros mismos los jueces, ni cada uno ni todos juntos. A menudo oímos a  políticos o intelectuales afirmar que debemos “hacernos dueños de nuestras vidas” de “nuestro destino”, de “nuestro porvenir”, etc. Es difícil concebir majadería mayor. Y sin embargo expresa un profundo anhelo humano, y por eso tiene tanto efecto en la gente poco reflexiva, a la que suele llevar a desastres mayores o menores. Ni nuestra venida al mundo, ni la época y el lugar o la familia en que hemos nacido, dependen de nuestra elección o voluntad; ni dependen de nosotros una multitud de sucesos, relaciones con otras personas, casualidades etc., que sin embargo tienen un peso decisivo en nuestras trayectorias vitales, y ante los cuales nuestra decisión suele contener muchos errores; ni morimos, salvo excepciones,  porque queramos, más bien al contrario. Por tanto es evidente que lo principal, el fondo de nuestras vidas escapa a nuestra elección.

Así, nuestra vida está claramente determinada por  fuerzas que nos superan por completo, si bien dentro de esa situación permanece un ámbito al cual llamamos libertad, donde la moral debe imponer cierto orden. Pero, dado lo limitado de nuestra capacidad para prever las consecuencias algo lejanas de nuestros actos,  y nuestro  desconocimiento de las fuerzas misteriosas que nos han depositado en el mundo, la moral se nos presenta igualmente como un mandato superior: no podemos hacerla cada cual a su gusto, porque ello haría imposible la vida en sociedad, y por tanto también la vida individual. Tampoco puede ser una convención entre la gente basada en ideas más o menos generales: esto sería más propiamente la ley. Las leyes son convenciones que nunca se cumplen del todo, pueden ser contradictorias, cambian con el tiempo, a veces de modo radical,  y no infrecuentemente son consideradas injustas. Ello establece una relación sutil entre ley y moral, reflejada magistralmente en la tragedia Antígona, cuando esta dice a Creonte que para ella las leyes eternas de los dioses están muy por encima de las leyes que él pueda dictar, con mayor o menor legitimidad.

Es fácil ver que la pretensión de  “ser los dueños de nuestro destino”, de “nuestra vida” solo pueden conducir a la arbitrariedad y finalmente a la desesperación, como en la frase de Macbeth. Aunque hoy se quiera, en nuestras sociedades, sustituir el ruido y la furia por una historia de pesada diversión banal, también  contada por un idiota y sin significado, sin sentido. El ideal de Imagine, de Lennon. A esas fuerzas que gobiernan el ser y el destino de los humanos se las ha distinguido como “los dioses”  o, de forma más concentrada, como Dios.

Y más aún, el mundo entero debe tener asimismo una finalidad, relacionada con la de la vida humana, pues no puede concebirse a esta como algo radicalmente distinto del mundo. El mundo en que nacemos, nos movemos y morimos.

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Salida a la crisis económica

Tengo la impresión de que la salida de la crisis, a corto plazo, pasa por una importante quita en la deuda, tanto pública como sobre todo privada. Hay una razón económica: esa deuda no puede pagarse, y menos si el país se va empobreciendo con medidas como las que vienen tomándose. Y hay una razón política-moral: si nos hemos endeudado a lo loco, otros han prestado también a lo loco, incitándonos a un derroche que parecía generar riqueza para todos. Así que todos hemos pecado y todos debemos pagar.

Pero a medio y largo plazo, lo esencial es el saneamiento de la economía, entendiendo por tal la corrección de los factores que la han distorsionado, creando las célebres burbujas. Y creo que el saneamiento pasa por salir del euro antes de que nos  echen o que esa moneda se hunda, como parece muy posible. La salida del euro corregiría un grave error (¡la entrada nos garantizaba una prosperidad sin fin!) y nos devolvería la soberanía, sin la cual difícilmente acometeríamos un saneamiento independiente. Traería sacrificios,  pero ya los estamos sufriendo sin otra perspectiva que la de perder más y más soberanía en beneficio de las potencias que realmente deciden y por su peso pueden decidir en la UE. Creo que la UE misma es un error, incompatible con la realidad histórica y cultural europea: nunca debió pasarse de la CEE.

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Dos propuestas sobre la crisis:

http://www.farodevigo.es/opinion/2012/12/02/entender-europeseta-electronica/720458.HTML

http://www.farodevigo.es/opinion/2013/03/24/europesetas-electronicas-complementarias-euro-estimularan-credito-efec-tos-colaterales-perversos/779357.html

 

 

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La economía como ciencia del intercambio / Una clave de la historia de España.

 

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Recapitulando en estas notas un tanto anárquicas sobre la crisis económica,  creo que podemos proponer algunos puntos básicos

1.- La economía es el estudio de los intercambios de bienes y servicios dentro de la sociedad humana o cultura.

2.- El intercambio implica la propiedad particular (aunque sea más o menos colectiva en una comunidad) producción de esos bienes y servicios

3.- Implica la producción previa de esos bienes y servicios

4.- Implica también condicionantes culturales y valoraciones de diversos tipos

5.- Cada parte hace el intercambio con la expectativa de un ingreso con ganancia

6.- La ley básica de la economía sería que el ingreso no debe ser inferior al gasto de producción.

7.-  El gasto precede al ingreso. Es decir, el intercambio se basa en expectativas

8.- Las expectativas se apoyan por una parte en la experiencia y por otra en la esperanza del beneficio.

Por ahora puede quedar la cosa así. Cada punto debe ser explicado.

1.- La sociedad humana difiere de las animales, entre otras cosas, en la profunda individuación de sus miembros. Ello se manifiesta, incluso en las  culturas más primitivas, en lo que podríamos llamar desigualdad productiva y retributiva (aunque hay desigualdades improductivas o contraproductivas): las considerables diferencias naturales entre los individuos dan lugar a una división de tareas, con el consiguiente intercambio que beneficia más o menos al conjunto.  Parece que las exigencias más básicas son la alimentación y el vestido. La primera se ha realizado normalmente mediante la caza, la pesca y la recolección. La división más primaria debió de ser de tipo sexual: la caza y la pesca corresponderían a los varones, y la recolección a las mujeres, aunque seguramente no de modo muy rígido. Por otra parte, los hombres necesitan comer más que las mujeres, y de ahí una diferenciación retributiva. Pero tanto en un caso como en otro parece haber habido desde el principio otras diferencias. Generalmente la cohesión del grupo se aseguraba mediante un poder concedido a los jefes así como mediante la labor de  brujos o chamanes, que recaería en personas a las que se suponía especialmente expertas en ese campo (perturbados en algunos casos). Entre las mujeres también se establecían jerarquías espontáneamente. La diferencia de dotes  e inclinaciones entre los individuos debió de dar lugar muy pronto a la especialización de algunos, por ejemplo en la confección de armas,  herramientas, vestidos, etc. La idea de una “comuna primitiva” en la que todos hacían de todo y se repartían por igual los productos no es probable que haya existido nunca.

Así, tuvo que haber siempre un intercambio, por primario que fuese, dentro de los grupos más primitivos, y asimismo un trueque con grupos vecinos. El intercambio, desarrollado en comercio propiamente dicho con la invención del dinero, es el objeto real de los estudios económicos, pues la producción está supeditada a él. Aunque el capitalismo produce masivamente mercancías, es decir productos destinados al cambio previo al consumo, ello ocurre también, aunque de modo más primario, en las sociedades más primitivas.

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***Sobre la espiritualidad de la materia: Los objetos de que estamos rodeados son enormemente diversos, pero nuestra mente busca algo común a todos, que permita ordenarlos y en alguna medida comprenderlos. De ahí surge la idea de “materia”. Pero la idea surge como contraste con otra parecida, la de “espíritu”, que la complementa. La primera no tiene, en apariencia, finalidad, pero la segunda consiste precisamente en la finalidad y la intención.  A ese nivel de abstracción, puede considerarse el espíritu como un derivado de la materia, es decir, algo asimismo sin intención ni finalidad; y a la inversa, puede pensarse en la materia como producto del espíritu creador (en el principio fue el verbo, es decir, el orden intencional). Suponer que el espíritu deriva de la materia da al primero los rasgos atribuidos a esta: sinsentido en general. Pero al mismo tiempo el concepto de materia es típicamente espiritual: pretende adjudicar a todas las cosas una especie de esencia común, a fin de dar un orden y un sentido a su desconcertante multiformidad.

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 Una clave de la historia reciente de España

(En LD, 29-I-2002)

La revolución francesa, al contrario que la norteamericana, invocó los derechos humanos para aplastar los derechos de los ciudadanos, alzó la bandera de la tolerancia para destruir a los discrepantes, y la de la libertad para practicar el terror y el genocidio. Así lo vieron Burke o el intelectual alemán F. Von Gentz, cuyo estudio comparativo saludó calurosamente el presidente norteamericano. J.Q. Adams, porque anulaba la “infortunada imputación” de una identidad básica entre ambas revoluciones. Basta considerar la historia convulsa del continente europeo en los siglos XIX y XX y la mucho más estable y productiva de los países anglosajones, para apreciar la diferencia.

Suele llamarse a la revolución francesa cuna del orden democrático actual, pero también se la puede considerar fuente del desorden de los revolucionarismo totalitarios y los hipernacionalismos, hijos del jacobinismo galo. El terror, el genocidio, la guerra total, rasgos del siglo XX, se cocieron en la teoría y la práctica jacobinas.

En España podemos observar la diferencia entre el liberalismo conservador, promotor de una convivencia aceptable y de casi toda la construcción de un estado moderno –como ha mostrado el historiador Seco Serrano en un reciente libro–, y el liberalismo jacobino, siempre epiléptico, capaz de poner en peligro la propia subsistencia de la nación. Lo último queda probado por las dos grandes ocasiones del jacobinismo: el sexenio inaugurado con la revolución de 1868 y la II República. Paradójicamente, muchas de las medidas propugnadas por los jacobinos (exaltados, progresistas, republicanos) eran razonables y sensatas, pero el espíritu violento, irrealista hasta la alucinación, con que las aplicaban término por justificar los peores recelos de la sociedad hacia la democracia, en cuya bandera se envolvían con desparpajo los exaltados. Las experiencias jacobinas han contribuido siempre a retrasar el reloj de la historia española.

Hace unos años, Julio Cerón escribía sobre la transición posfranquista, que fue una obra maestra de consenso y sensatez en muchos aspectos. Él se quejaba, supongo que en broma, por la pérdida de la tradición política española de arrebato, alucinación y chifladura. No es una tradición española, sino jacobina. Opino que la diferenciación entre liberalismo conservador y jacobino nos da una clave fundamental de la historia de España en los siglos XIX y XX, idea intuida por algunos, pero aún no desarrollada como merece.

 

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Batallas decisivas que no lo fueron / Amigos de la guerra civil

Blog I: El doble secreto de la Transición / El PSOE, de problema a pesadilla http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/doble-secreto-transicion-20130529  

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El ataque a Teruel por el ejército rojo, en diciembre de 1937,  fue, como sus ofensivas anteriores, en especial las de Brunete y Belchite, un intento por arrebatar la iniciativa a los nacionales, pero esta vez alcanzó su objetivo, y la ciudad cayó después de una heroica resistencia. El éxito fue explotado masivamente por la propaganda izquierdista internacional y suponía un grave revés, al menos en principio, para los nacionales, apenas dos meses después de haber coronado la toma de la franja cantábrica. Franco pudo haberse concentrado, a pesar de todo, en el objetivo de Madrid, pero debió de suponer que era peligroso  atacar al ejército enemigo del Centro, que ya había probado su capacidad defensiva, mientras a su espalda otro ejército rojo, el de Levante, acababa de demostrar su potencia.  Y seguramente se percató de que si lograba desbaratar quienes habían  conquistado Teruel, podría descender con bastante facilidad sobre el Mediterráneo, relativamente próximo: con ello cortaría en dos al territorio del Frente Popular y aislaría Cataluña y la parte de Aragón en manos izquierdistas.  En todo caso eso es aproximadamente lo que se propuso. Hasta entonces había frenado las ofensivas contrarias sin intentar invertirlas (salvo en Brunete), pero ahora haría lo contrario.

Y una vez más, el “mediocre” general batió a sus enemigos: envolvió Teruel en una maniobra de flanqueo para, una vez recuperada y sin dar  tiempo a reponerse al ejército contrario, emprender una contraofensiva por Aragón y hacia el Mediterráneo. La rapidez con que  volvió a desplegarse y atacar sorprendió por completo a sus adversarios. En una campaña muy maniobrera, los nacionales ocuparon todo Aragón y Lérida, y más al sur avanzaron por el Maestrazgo, cortaron en pedazos a las tropas contrarias, impidiéndoles coordinarse, y  alcanzaron el Mediterráneo por Castellón el  15 de abril de 1938, prácticamente en el séptimo aniversario de la instauración republicana. En menos de mes y medio Franco había destruido cuantiosas tropas enemigas y hecho decenas de miles de prisioneros a un coste mínimo en bajas propias. Y además había ocupado un extenso territorio y aislado las tres provincias catalanas aún en manos de la izquierda y los separatistas.

Yagüe y otros habrían querido ocupar Cataluña, un objetivo al parecer fácil en aquellos momentos,  en lugar de rodearla por Castellón: de ese modo toda la zona centro se encontraría rodeada y aislada del resto de Europa por tierra y prácticamente por mar, lo que habría decidido su caída en plazo no muy largo. Pero Franco optó por la decisión que parece militarmente menos provechosa. Creo que solo puede entenderse  por el carácter no solo militar, sino también político, de su estrategia. En contra de lo pretendido por historiadores poco serios, le interesaba terminar la guerra cuanto antes, lo mismo que a Negrín y los suyos les interesaba alargarla. Pero manejarse en las condiciones europeas de aquellos meses requería una extrema cautela.  Así como Negrín trataba de  involucrar a Francia e Inglaterra en el conflicto, Franco buscaba justamente evitarlo. Por ello debía tener muy en cuenta el fuerte caldeamiento de la olla europea debido a la unión de Austria  a Alemania en el mes de marzo y al envenenado  problema de los Sudetes. Francia solo podía recelar del triunfo, en su propia retaguardia, de un bando apoyado por Alemania. Por esa razón y por simpatía con las izquierdas españolas le convenía mucho más la victoria del Frente Popular, y la llegada de los nacionales a su frontera por Cataluña podía decidirla a intervenir. La razón de esta y otras decisiones que tomó Franco a lo largo de 1938, consiguiendo victorias importantes pero sin explotarlas a fondo, parece que solo puede tener relación con sus informes y sospechas sobre las actitudes francesas. Por ello, también, una vez llegado al Mediterráneo, no giró hacia el norte, hacia Barcelona, sino hacia el sur, hacia Valencia, un objetivo militarmente inferior.

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En LD,

Amigos de la guerra civil

Un sector importante de la izquierda siempre ha sido propenso a la guerra civil. Por remontarnos sólo a 1933, el grupo dominante del PSOE vio en ella la bendita antesala del socialismo soñado. En consecuencia, organizó muy en serio la contienda, la ensalzó sin hipocresía (no como la Ezquerra catalana, que la preparaba sin nombrarla) y la desencadenó en octubre de 1934, contra un gobierno legal y democrático de centro derecha. Los comunistas han sentido la misma atracción. Lenin definió el marxismo como una escuela de guerra civil, y trató de “pedantes redomados o momias sin sentido común” a quienes deploraban tal experiencia bélica, como recordó el líder de la Comitern, Dimitrof, justo cuando planteó, en 1935, la nueva táctica de los frentes populares.

La primera fase de la pugna española, en octubre del 34, fracasó. Al comienzo de la segunda etapa, en 1936, las izquierdas tuvieron al principio todas las de ganar, hasta que perdieron la franja cantábrica, a causa de la incompetencia militar de Franco –a ese tipo de izquierda le encanta la idea de haber sido derrotada por un inepto–. En ese momento la guerra pudo haber terminado. Azaña y otros muchos lo deseaban, pero los amigos de la guerra civil impusieron una resistencia a ultranza, con el aún muy importante apoyo soviético. Azaña creía que tal obstinación multiplicaba las penalidades y el derramamiento de sangre y enconaba los odios sin esperanza de éxito. En cambio, los socialistas de Negrín y los comunistas tenían una esperanza, enlazar con la ya próxima guerra mundial. Entonces las penalidades y la sangre aumentarían, pero el Frente Popular obtendría por fin la victoria. Alcalá-Zamora cuenta cómo, tras la derrota y con la contienda mundial en marcha, numerosos exiliados deseaban “el monstruoso horror de un resurgimiento de la guerra civil complicada con la externa. Era inútil cuanto yo les dijera sobre el loco crimen que eso suponía”.

Terminada la guerra mundial, los comunistas creyeron posible resucitar la civil por medio de acciones guerrilleras, el llamado “maquis”. Trataban de imponer un gobierno parecido al del Frente Popular, como paso intermedio a un régimen de tipo estalinista. Fracasaron, sobre todo, porque la población rechazaba nuevas violencias civiles. Pues bien, ¡incluso ahora los amigos de la guerra civil siguen en sus trece! En diversas comunidades se empeñan, a menudo con éxito y con apoyo del PP, en exaltar oficialmente al “maquis” estaliniano como una lucha por la libertad. Es difícil imaginar algo más necio, marrullero y contrario al espíritu de la democracia. Pero la realidad, como de costumbre, supera a la imaginación.

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El espíritu y la materia / Sobornos y neutralidad de España en la SGM

Blog I: Tres derechas en España / Argumento contra la democracia http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/tres-derechas-espana-argumento-democracia-20130527

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El espíritu y  la materia.

El 29 de septiembre de 2006 escribí este artículo:

La materia tiene todos los rasgos de un ente espiritual. Nadie ha logrado –ni presumiblemente logrará– verla, tocarla, olerla, oírla o gustarla. Lo que se presenta a nuestros sentidos es una inmensa cantidad y variedad de fenómenos y cuerpos, y solo por una abstracción mental, esto es, espiritual, decidimos que ellos son expresiones de “la materia”. ¿Un fantasma?

A su vez, el materialismo, base de algunas ideologías revolucionarias, es una actitud espiritual: el espíritu que se niega a sí mismo en casos extremos, o que se coloca, modestamente, en posición secundaria ante la materia. Este materialismo reduce el espíritu a la consciencia, y finalmente al problema de qué es lo primero y qué lo derivado: la materia o la consciencia. Así expuesta, la cuestión no admite dudas: la consciencia derivaría del mundo material, sería en último extremo una forma peculiar del funcionamiento de la materia, algo así como un espejo de esta, creado por ella misma (aunque deberíamos preguntarnos entonces por qué ese espejo suele ofrecer visiones tan erróneas o deformadas de su objeto: la materia parece algo bromista).

El problema tiene que ver con el sentido del mundo. Siendo la materia lo primero, la tarea de la consciencia consistiría en entender la materia cada vez más claramente, prescindiendo de otros espíritus que no sean la consciencia misma y su manía investigatoria. Pero, ¿y si esa investigación nos lleva a concluir que el mundo y la vida carecen de cualquier sentido discernible? Mala suerte, aunque entonces también habría que decidir de dónde viene esa necesidad psicológica del sentido. Si no viene de la materia, ¿de dónde?

El sentido es un problema porque no se nos ofrece con claridad. Al examinar el mundo, lo mismo podemos concebirlo como un todo ordenado a un fin que como una mezcla de orden y caos sin finalidad alguna. Encontramos indicios y hasta pruebas de una cosa y de la otra. Por eso el sentido es asunto de fe.

Pero siendo el materialismo una actitud del espíritu, decía, no puede prescindir del sentido, y por tanto de la fe. Por ejemplo, el ser humano y su consciencia aparecen para un materialista como el resultado de una evolución imprevisible e innecesaria. La consciencia se presenta como resultado de una acumulación gigantesca de cambios genéticos al azar sin finalidad alguna, y posiblemente no existiría en todo el universo más que en la Tierra. Bueno, pues aun así el materialista tendrá que encontrarle algún sentido: la adaptación al medio… aun si el espíritu humano tiende más bien a adaptar el medio a sus deseos sin sentido. Una forma peculiar de fe, en fin”.

Dicho de otro modo: el espíritu es el sentido, el para qué, la finalidad de las cosas, incluido el hombre. La ciencia prescinde de finalidades, de paraqués y hasta de causas, de porqués, concentrándose en los “cómos”, en exponer los modos y relaciones de las cosas, de la materia. Ello no niega ni afirma el sentido, pero a su vez es producto del sentido, del espíritu. ¿O resultará que toda esa manía investigatoria, ese afán incansable por saber, carece de finalidad, alguna? ¿Sería una broma más de la materia?

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La “Caballería de San Jorge” y la neutralidad española en la guerra mundial

La cuestión de los sobornos ingleses a generales españoles durante la II Guerra Mundial resurge de vez en cuando, como el Guadiana, no sé si con alguna intención oculta. En el libro  Años de hierro lo traté: “Con Hoare como nuevo embajador, Churchill mataba dos pájaros de un tiro: impresionaba favorablemente a Madrid y alejaba a un político proclive a la paz con Berlín, y por tanto molesto para su línea de resistencia. Cadogan, alto funcionario del Foreign Office, expresó su cálida esperanza de que los alemanes o los italianos asesinasen a Hoare en España. El embajador tenía práctica de espionaje y acciones clandestinas. Durante la I Guerra mundial había usado fondos secretos para sufragar el periódico de Mussolini Il popolo d´Italia,  ayudando así, inopinadamente, al surgimiento del fascismo. En 1935, como secretario del Foreign Office, había maniobrado en secreto con Francia (Pacto Hoare-Laval), para ceder a Italia la mayor parte de Abisinia, debiendo dimitir al salir a la luz el hecho. Ya en Madrid, Hoare aceptó un plan de su agregado naval, Hillgarth, para sobornar a treinta altos mandos españoles y usarlos contra el sector belicista. La operación correría a través del financiero Juan March y de una cuenta en la Swiss Bank Corporation. Los sobornos vendrían, pretendidamente, de empresarios españoles ansiosos de paz, para no dar a los militares la impresión de servir a un país extranjero.

“March, negociante sin muchos escrúpulos, conocido como El último pirata del Mediterráneo, ya en la I Guerra Mundial había tratado indistintamente con ingleses y alemanes, no dudando, según se dice, en estafar a ambos para aumentar su ganancia. Al comenzar la II Guerra, ideó aprovechar los mercantes alemanes retenidos en puertos españoles para ponerlos bajo bandera neutral y traficar con América. Ello beneficiaría al comercio español, al inglés y al alemán, pues ofreció a cada uno de ellos, con ignorancia del contrario, transportarle mercancías de tapadillo. Y beneficiaría sobre todo a Juan March. El negocio no llegó a cuajar, pero ilustra las destrezas del financiero. Los ingleses desconfiaban de él, pero utilizaron sus servicios bajo la impresión de que no podían permitirse desperdiciar ninguna oportunidad. Entre los generales sobornados estarían Varela, Kindelán, Orgaz, Ponte, Vigón, Solchaga, Tella, Barrón, Espinosa, Yagüe… Algunos nombres chirrían, como el de del muy germanófilo Yagüe.  El principal de todos ellos habría sido Aranda, héroe de la resistencia de Oviedo en 1936.

“Londres gastaría la alta suma de trece millones de dólares en esta empresa, a la que llamó Caballería de San Jorge, por la imagen del santo en las monedas de oro, usadas en otras ocasiones para fines semejantes. Dos millones de dólares, cifra fabulosa, habrían ido a los bolsillos de Aranda. Es difícil decir hasta qué punto sirvieron aquellos militares a los británicos, pues varios de ellos mostraron notable germanofilia o prepararon planes de entrada en guerra al tiempo que informaban al gobierno de la supuesta incapacidad española para hacerlo en aquellos días”.

¿Qué hay de todo ello? Aranda vivió hasta su muerte con una modestia que hace difícil creer en la enorme suma supuestamente recibida. Por su parte, altos cargos ingleses tenían la sospecha de estar tirando el dinero, en palabras de uno de ellos: “Esa gente con la que tratamos, o parte de ella, es venal,  y por tanto capaz de vendernos (a los alemanes)”. Eden, que dirigía la cartera de Asuntos Exteriores, también mostraba escepticismo sobre el rendimiento de aquellas costosas operaciones. Cabe, además, la presunción de que March cobrara su intermediación con más generosidad de lo estipulado.

Para hacerse idea de las intrigas disparatadas de la época, véase otro ejemplo: Eden había expresado  su “caluroso deseo” de la eliminación (en principio política) de Serrano Súñer e incluso de Franco. Y al parecer los generales supuesta o realmente sobornados no estaban dispuestos solo a presionar en pro de la neutralidad: en noviembre del mismo año (1941) en que tenían lugar estas maniobras, el sustituto momentáneo de Hoare en Madrid, Yencken,  informaba a Londres de una conjura militar para  deponer y hasta fusilar a Franco y a Serrano Súñer. El agregado militar inglés en Madrid creía que prácticamente todos los generales, excepto los tres más incompetentes (Saliquet, Serrador y Moscardó), estaban  comprometidos en  la conspiración, a cambio de cuyo servicio pedían a la embajada inglesa una generosa ayuda económica. Ayuda que Londres no estaba en condiciones de otorgar, por lo que el agregado calificaba la demanda de  wishful thinking. Los supuestos conjurados pedían también que el gobierno inglés controlase la prensa de su país para que no exteriorizara alegría por el proyectado golpe, a fin de no alarmar a los alemanes. Esto y los sobornos dejan la impresión de una serie de engaños mutuos aprovechando el agudo temor de Londres a que España, con Alemania, cerrase el estrecho de Gibraltar.

No hay constancia de que los generales presionaran especialmente contra la entrada en guerra. Como fuere, la decisión solo podía tomarla Franco y, por todo lo que sabemos, influyeron en ella sobre todo los informes de Carrero Blanco, de segura incorruptibilidad.  Pero ya en septiembre de 1940, antes del encuentro de Hendaya, Franco tenía clara su estrategia, y la especificó a Serrano Súñer para las conversaciones de este en Berlín: “Hay que considerar dos casos: guerra corta y guerra larga” En el primer caso, no habría problema en abandonar  la neutralidad. En el segundo solo podía pensarse en ello hacia el final de la contienda, cuando supusiera los mínimos sacrificios para España a cambio de los máximos beneficios. Y entendía que precisamente la  guerra iba para largo. Esta concepción guió su política, tan extraordinariamente beneficiosa para España… y, sin buscarlo expresamente, para Inglaterra, a la que libró de un revés extremadamente grave.

En resumen, si la caballería de San Jorge desempeñó algún papel real, solo pudo ser anecdótico y en un contexto de mutuas artimañas entre Londres, algunos generales españoles y el propio March.

Creo que este último sería el único que podría suministrar información fidedigna sobre el rocambolesco asunto. Por cierto, parece que los useños lo consideraban  agente germano o algo por el estilo.

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El genio militar de Franco / “El primer día de la guerra”.

Blog I: La aculturación de España / ¿Neutralidad informativa? http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/aculturacion-espana-neutralidad-informativa-20130522

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El genio militar de Franco

Es curioso como no solo los adversarios, sino también los partidarios de Franco, se han empeñado en rebajar su capacidad militar, hablando de mentalidad colonial, de guerra subdesarrollada o tercermundista, de constantes errores aquí y allá, de que si los alemanes o los italianos le criticaban esto o lo otro…(alemanes e italianos estuvieron siempre equivocados en sus críticas). La realidad, insisto, es que sin Franco  los nacionales habrían tenido la mayor probabilidad de perder la guerra. Hemos visto cómo, a base de audacia e ingenio, logró superar la situación inicial, prácticamente desesperada,  y estuvo muy cerca de concluir la contienda en pocos meses con la máxima economía de esfuerzos.  En una segunda fase, visto que sus enemigos habían construido en el centro un ejército que demostró ser imbatible en aquellos momentos, cambió de orientación hacia el norte cantábrico, asumiendo el riesgo, nada insignificante, de debilitar su frente en el centro, donde también frustró  reiteradas embestidas de sus contrarios. Al culminar victoriosamente la ocupación de la franja cantábrica, Franco adquirió, por primera vez, la superioridad no solo cualitativa sino también cuantitativa.

Para entonces, por otra parte, ya había asegurado la unificación política frente a tendencias dispersivas que en una primera etapa amenazaron la cohesión y continuidad del esfuerzo bélico. Y lo hizo sin excesiva violencia, a pesar de las tendencias suicidas y  particularistas tan tradicionales en la derecha. Este fue un logro fundamental, y él mismo lo señalaría así, pero cuya trascendencia rara vez han entendido sus comentaristas.

Sus enemigos tenían el mismo problema: aunar esfuerzos con una orientación única. Esto solo podían conseguirlo los comunistas, porque disponían de una estrategia coherente –suministrada por Moscú–, mientras que el resto del Frente Popular carecía, simplemente, de un verdadero pensamiento político-militar. Pero los comunistas se enfrentaban con dos grandes dificultades: por una parte, empezaron la guerra siendo un partido pequeño al lado de los gigantes anarquista y socialista, y con fuerza escasa en Vizcaya y Cataluña. Por tanto, debieron tratar simultáneamente de crecer y de ir metiendo en vereda a sus díscolos e ineptos aliados. A ello les ayudó mucho la dependencia de la URSS –establecida por los socialistas mediante el envío a Moscú de la mayor parte del oro del Banco de España–. Y crecieron con rapidez hasta convertirse en el partido decisivo, no dudando en tratar con mano de hierro a sus aliados, echando a Largo Caballero y a los anarquistas del gobierno mediante una miniguerra civil y más tarde expulsando del poder al poco fiable Prieto. Sin embargo nunca lograron imponerse por completo, en parte porque los demás partidos seguían siendo fuertes,  en parte por su propia estrategia: trataban  de disimular la revolución con vistas a atraer a la contienda a Francia e Inglaterra, y ello les impedía castigar hasta el final a tales aliados. Así, el problema tan bien resuelto por Franco en su zona, nunca fue resuelto por completo en la contraria, pese a la combinación de diplomacia y de represión sangrienta llevada a cabo por el PCE.

A pesar de aquella insuficiencia, los logros de los comunistas fueron muy grandes. Utilizando el miedo a los nacionales, consiguieron  mantener una unidad suficiente durante la mayor parte de la guerra. Y fueron ideas suyas la formación del “Ejército Popular”, de un funcionamiento más disciplinado y homogéneo, la explotación sin tasa de una propaganda nacionalista española (cuando comprendieron que el patriotismo era una enorme fuerza movilizadora en el bando contrario), de una represión de retaguardia más eficiente y profesional (a algo de ello me refiero en la novela Gritos y golpes), etc. Si en algo han destacado los comunistas en todas partes ha sido en poner en pie ejércitos muy difíciles de vencer y que a menudo les llevaron a la victoria. O en organizar guerrillas, y un aspecto curioso de nuestra guerra civil fue la práctica inexistencia de tal sistema por ambos bandos. Así pues, si bien el bando rojo no logró unificarse tan efectivamente  como el nacional, lo consiguió en medida suficiente para sostener la lucha casi dos años y medio más después de la crucial batalla de Madrid.

Por consiguiente,  después de la pérdida del norte, el Frente Popular hizo un esfuerzo enorme por reclutar,  instruir y armar a  una gran masa de soldados que compensaran sus grandes pérdidas en Vizcaya, Santander y Asturias. Prieto, por entonces en estrecha colaboración con los comunistas, reforzó la disciplina con normas mucho más duras que las de los nacionales y a sugerencia del enviado soviético Orlof, creó el SIM, una policía política que en la práctica se convirtió enseguida en un instrumento de los comunistas y sin ninguna restricción legal.

Por su parte  Franco, una vez ocupado el norte cantábrico, pensó nuevamente en Madrid, que, como el Alcázar de Toledo pero al revés, se había convertido en un símbolo de prestigio internacional gracias a la propaganda, sobre todo comunista. Se le ha reprochado a veces tal elección, como si fuera una obsesión personal, cuando Madrid había dejado de tener  el valor decisivo que en la primera fase de la guerra. Pero creo que es una objeción falsa. Madrid no era solo cuestión de prestigio –con ser este  factor moral tan importante–: la toma de la capital implicaba la destrucción del ejército rojo del centro, el más numeroso y mejor preparado, que ya había dado muestras de su capacidad (más defensiva que ofensiva). Pero en ese momento sus enemigos dieron nueva muestra de su capacidad de recuperación y tomaron la iniciativa atacando y ocupando Teruel, lo cual rompía el frente de Aragón, hasta entonces estático, y situaba a los rojos en posición de amenazar el despliegue contrario contra Madrid. Y de nuevo iba a demostrar Franco una extraordinaria adaptabilidad para cambiar su estrategia  en función de las circunstancias. Se oye a veces que la verdadera estrategia debe perseguir férreamente un objetivo decisivo,  sin dejarse desviar por otros secundarios. Pero ello no excluye la flexibilidad  y cambios de línea si las circunstancias lo imponen. El objetivo que Franco persiguió “férreamente”  fue la  derrota de los ejércitos contrarios y la victoria final en la guerra. Es difícil discernir cuándo un cambio de este tipo está justificado y cuándo puede ocasionar un extravío peligroso, pero al parecer  las variaciones parciales de Franco no le impidieron la victoria final. Y así comenzó la tercera fase de la contienda.

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El primer día de la guerra. Segunda República y Guerra Civil en Melilla

El melillense Miguel Platón, uno de los periodistas españoles más destacados, ha escrito una extraordinaria –por lo minuciosa y documentada—relación de los inicios del alzamiento del 18 de julio, que en Melilla comenzó el 17. El libro presenta con una nueva luz  muchos episodios de la época, narra detalladamente las peripecias de gran número de protagonistas en mayor o menor grado, las grandes dificultades, desconexiones y a veces chapuzas de una conspiración contra el Frente Popular, desarrollada bajo la atenta mirada del gobierno, a veces despistado y a veces no. Hasta culminar en el célebre incidente de la Comisión Geográfica, donde empezó inopinadamente  la guerra. Tan  inopinadamente que Franco reprocharía a varios de sus protagonistas, seguramente en broma: “Así que ustedes son los que casi me estropean el alzamiento”. Realmente no habían tenido otra opción.

El libro es apasionante por los detalles, la descripción de las actitudes y de los personajes, la explicación del conflicto y de la intervención de numerosos azares que no estuvieron lejos de dar al traste con la sublevación. La población melillense había votado muy mayoritariamente al Frente Popular, y la tensión entre las izquierdas y los militares, en particular la Legión, era muy viva. La propaganda izquierdista había logrado convencer a las masas de que la Legión había actuado en Asturias con brutalidad sin igual contra “los obreros” –la leyenda la repiten acríticamente muchos historiadores. La he examinado en El derrumbe de la República, próximo a salir–, mientras la Legión, más razonablemente, creía  haber salvado la legalidad republicana y a la propia España (suele olvidarse que el alzamiento de julio se produjo en nombre de la república contra el Frente Popular. Solo la intervención de los requetés y la evolución de los sucesos hizo recuperar la bandera tradicional, que también había sido de la I República).

También describe Platón la represión implacable que siguió al alzamiento en Melilla. Lo cual exige tener en cuenta los antecedentes. Después de las elecciones de febrero del 36, que nadie puede en serio considerar democráticas, se multiplicaron las agresiones a derechistas, las amenazas de “aniquilamiento” de quienes las izquierdas llamaban “fascistas”, de depuración de las fuerzas armadas, etc.  Como cita  el autor del historiador Carlos Seco Serrano, “Una crispación, una tensión angustiosa, fue adueñándose de la ciudad; la paz social naufragó en un cúmulo de conflictos laborales y huelgas”. Aunque  la ciudad no llegó a sufrir la oleada de crímenes e incendios que caracterizaron el dominio frentepopulista en muchos otros lugares de España, los odios y rencores estaban a flor de piel, y por otra parte el levantamiento no se hizo por Melilla, sino por el conjunto de España. Como dijo el alcalde a un jefe falangista que protestó ante él por uno de muchos abusos de la autoridad, “O ustedes  o nosotros. Y como nosotros tenemos el poder, seremos nosotros”.  El lema implícito “o ellos o nosotros” presidió  el terror en los dos bandos.

En la represión entraban muchos factores. Diversos falangistas destacaron por su saña y carácter despiadado, consentido por el mando. Si algo dio al traste con la república fueron los odios desatados, cultivados como virtud revolucionaria por las izquierdas, los cuales tuvieron su retribución desde la derecha cuando esta por fin se rebeló. Las izquierdas habían confeccionado en 1934 listas de personas desafectas a ellas, “fascistas” en su vocabulario, para eliminarlas llegado el momento. La derecha no había hecho lo mismo, pero en una ciudad pequeña tampoco hacía falta, pues todos se conocían, y cuando cambiaron las tornas, el rencor acumulado estalló. Particularmente injustos fueron los fusilamientos del general Romerales y del comandante Seco, padre del historiador Seco Serrano. En un primer momento la represión respondió a la necesidad de asegurar una retaguardia precaria, debido a la mayoría izquierdista en la ciudad, después siguió su propia dinámica, aunque pronto se acabaron los paseos y se procuró ganarse a los votantes de izquierda con actitudes más políticas.

El libro merece mucho comentario en todos sus aspectos. Le habría venido bien un índice más detallado y un índice onomástico.  Haría pocas observaciones críticas,  menores: quizá señalar con más fuerza el carácter anómalo de las elecciones de febrero del 36,  hecho reconocido implícitamente por Azaña y más claramente por Alcalá-Zamora; o recordar que en 1930 Franco se manifestó partidario de una democratización ordenada, en carta a su hermano; o la impresión que deja de que el gobierno mantenía cierta pasividad ante la conspiración; o la suposición de cierta reciprocidad de Franco a las autoridades de Gibraltar por la actitud de estas, poco favorable al Frente Popular en los cruciales días del paso del estrecho y del bloqueo a Melilla.

(Editado por “Ciudad Autónoma de Melilla)

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