¿Fue Ansón lameculos de Franco?

 Blog I: Educación para la ciudadanía y totalitarismo / Fallos en Sonaron gritos…  http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Ansón titula “lameculos de El Pardo” a los que calificaban el régimen franquista de meramente autoritario y no totalitario. Creo que comete dos graves errores.  Yo he explicado muchas veces que el franquismo, aunque utilizó el término  “totalitario”, nunca lo fue, sino meramente autoritario, lo cual me convertiría en un lameculos, de creer a Anson. Este quiere indicar que en aquel régimen “atroz” solo los lameculos podían prosperar en la política o sus aledaños; y de ser  un régimen totalitario, tal sería el caso, sin duda. Pero ocurre que yo no debo ningún favor al franquismo –cosa lógica, ya que lo combatí con todas mis fuerzas–, mientras que él sí prosperó. Y mucho.  Él se jacta de su oposición a Franco, pero hay que suponer que la disimulaba con auténtico virtuosismo, como casi todos los antifranquistas a posteriori. La disimulaba hasta el punto de que el régimen “totalitario” le permitió dirigir órganos de prensa, obtener premios de periodismo  e incluso le obsequió con el cargo de subdirector de la Escuela Oficial de Periodismo, donde se preparaban los periodistas del régimen. Cargos, evidentemente, solo accesibles a lameculos bien acreditados. Por cierto, era director entonces Emilio Romero, a quien, si hemos de seguir el criterio ansoniano, le corresponde asimismo el título. Y no recuerdo que se llevaran mal entre ellos. Por entonces yo era delegado de la Escuela y entre otros actos subversivos por cuenta del PCE, organicé una huelga, creo que la primera del centro, y pude comprobar que tanto el director como el subdirector colaboraban muy bien, primero para impedirla y después para asfixiarla. Hicieron bien, así lo veo ahora, pero, ¡hay que ver su devoción de entonces al orden constituido…  atroz y totalitario!

La carrera de Ansón guarda notables paralelismos con la de Cebrián. Los dos hicieron carrera dentro del insufrible franquismo y su prensa totalitaria. Solo después de muerto Franco se les notó aquel abnegado antifranquismo del que  hacen gala y que entonces guardaban en la intimidad. Pese a sus semejanzas, los dos periodistas se detestaban cordialmente, a  juzgar por las diatribas que se dirigían. Ansón acusaba al otro  hasta de facilitar a la policía totalitaria tomas de televisión de las reuniones del PCE en el exterior. Pero una vez ambos en la RAE, deben de  haberse reconciliado. Y parece que un fruto de esa reconciliación –y este es el segundo error–  ha sido la definición del franquismo, por la RAE, como régimen totalitario. Con lo cual desprestigian a la RAE tanto como creen prestigarse de “demócratas” a sí mismos. Unas autoridades académicas se supone que debieran saber distinguir entre totalitarismo y autoritarismo, pero al ignorarlo o pretender ignorarlo, dejan una lamentable impresión de insapiencia o de corrupción (en este caso intelectual) ciertamente poco ejemplar. Como ocurre hoy con tantas otras instituciones antaño renombradas. Por lo demás, solo tendrían que remitirse a la célebre entrevista a Solzhenitsin en TVE en 1976, que tantas ronchas levantó entre el antifranquismo español, incluso de derecha, tan admirador o al menos respetuoso gacia el sistema del GULAG.

No es del todo falso que Ansón fuera un poquito antifranquista,  aunque los totalitarios no se lo tomasen en consideración. Él era devoto de Don Juan, hombre oportunista que unas veces estaba con Franco y otras, cuando creía que iba a caer, en contra. Ansón escribió sobre el frustrado aspirante al trono, a quien él llama Juan III, un libro donde no lo deja precisamente bien, al relatar intrigas  del mismo o en torno al mismo,  que rondarían, si es que no caían, en la alta traición. Traición no a Franco, sino a España. He reproducido la más grave de ellas en Años de hierro. No sé si el poco antes finado Don Juan habría disfrutado especialmente con la biografía que le hilvanó su ardiente partidario.

En fin, el donjuanista afirma también que Preston ha escrito “la mejor y más objetiva biografía de Francisco Franco”. El increíble aserto sugiere que el título de lameculos responde a una auténtica vocación, siempre siguiendo la lógica del ilustre periodista y miembro de la RAE. Pue no creo que este vaya a obtener nada de Preston, de quien dudo sea recíproco el aprecio que el periodista le profesa.

Sobre Ansón  y sus peculiares ideas, que él llama liberales, he escrito unos cuantos artículos. Como he dicho, le debo cierta gratitud porque en momentos difíciles para mí me permitió escribir de vez en cuando en ABC. Pero una cosa es la gratitud personal y otra el lameculismo ante ciertas actitudes, aunque sea por omisión.

****http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/ay-vilches-descerebrados-contra-delincuentes-delincuentes-contra-el-valle-de-los-caidos-9818/

****http://blogs.libertaddigital.com/presente-y-pasado/rasgos-del-franquismo-marxismo-de-baratillo-5701/

 

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Baroja sobre Galdós /Santos Juliá defiende a los pobres

Blog I: Carta abierta al Consejo de Europa / Juicio a los gallegos. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Estoy releyendo el tomo Final del siglo XIX y principios del XX, de las  memorias de Pío Baroja tituladas  Desde la última vuelta del camino. Y  me sorprendo de haber olvidado casi todo, pese a haberlo leído hace menos de diez años. Cuando uno quiere meter en la memoria demasiadas cosas  ocurren estas otras, aparte del problema de la edad. En fin, les transcribo lo que el novelista dice del otro novelista, ya lo juzgarán ustedes como prefieran:  

“Era una manifestación espontánea (…) Galdós, dirigiéndose a mí, me dijo: “Acompáñeme usted a casa”. Salimos y, sin ser advertidos por nadie, tomamos un coche. Este fue por la calle del Príncipe en medio del vocerío de ¡Viva Galdós! y ¡Muera el clericalismo! Los manifestantes estaban muy ajenos de pensar que el autor de Electra  paseaba entre ellos. Galdós se escondía en el fondo del coche y fumaba sin decir palabra (…) “Yo me voy al extranjero. Yo no tengo nada que ver con estas algaradas”, dijo, a todas luces muy molesto (…) Tengo que reconocer que la actitud de Galdós no me fue completamente simpática. Tanta pusilanimidad me pareció excesiva. Yo creo que cada hombre debe responder de sus acciones y de sus ideas, siempre que sean las suyas (…)

Galdós fue uno de los escritores que me mostró más simpatía. Sin embargo, yo creo que, no por ingratitud, sino por un fondo un tanto ético, no correspondí del todo (…)

Después (una mujer que había sufrido un vahído) contó que era la mujer del secretario de Galdós. Esta mujer habló bastante mal de Galdós, y dio a entender que tenía motivos para quejarse de su conducta con su marido y con ella. Yo pregunté  después, y alguien me dijo que Galdós hacía trabajar a su secretario y se entendía con su mujer. Si esto era cierto, no era cosa muy digna. Explotar a marido y mujer, valiéndose de que estaban en la miseria, era bastante feo. (…)

Comenzamos a hablar de Galdós, y Bonafoux lo puso por los suelos. Se había portado, según él, de una manera indigna con una muchacha abandonada que vivía en Santander y que tenía un nombre judío. “Yo le traeré a usted al bar mañana cartas de esa muchacha”  Efectivamente, al día siguiente me trajo cartas, en las que se veía que Galdós se había portado de una manera un poco fea y mísera con esta chica. Yo comprendo que un hombre, llevado por la pasión, haga cualquier cosa; pero una seducción hecha en frío, con dinero y con engaño, me parece desagradable. Yo no sé si, hablando de esto, dijo o lo escribió el crítico Gómez de Baquero, que se podía tomar impunemente todo lo que estaba en el  comercio. ¿Pero en qué comercio? ¿En el de París, en el de Pekín o en el centro de África? Una señora argentina me decía hace poco que en Buenos Aires se podía comprar una muchacha en los barrios pobres. Si se puede comprar lícitamente una mujer o un chico, hay que creer que la civilización no es nada, y que no pasa de ser una farsa desagradable.

Don Benito debía de ser un hombre un poco lioso y hasta trapacero, porque, por lo que pude yo notar, le hicieron víctima de reclamaciones y chantajes. Otra cosa no muy halagüeña me contó un escritor desdichado, Modesto Pérez  (…) Un amigo suyo, y quizá él, le habían dicho a Galdós que había alguien que iba a escribir un artículo hablando de los líos que había tenido, y cuando iban a verle, Galdós sacaba la cartera y cogía un billete y se lo daba.

Galdós sabía muy bien que en su España, como en la nuestra, no había nada ni nadie que se pudiera sostener por sí mismo, y que se necesitaba la solícita mano del autor para defender su obra. Galdós, cuando publicaba un libro, agasajaba a los críticos, escribía cartas a los directores de los periódicos de Madrid y de provincias, algunas manuscritas, haciéndose el humilde. Yo he visto dos o tres de estas cartas.  Tambén le parecía abusivo que los curas hablasen mal de sus libros. Yo le dije “A mí eso me parece perfectamente natural y legítimo, que ellos hablen mal de lo que les parece y que sus enemigos puedan hablar, igualmente, mal de lo que crean malo. Eso es el liberalismo”.

En muchas conversaciones pude comprobar que en cuestión de delicadeza con las personas, don Benito no era un hombre que tuviera muchos escrúpulos. Esto hacía que estuviera expuesto al chantaje de mucha gente (…) Yo creo que esta falta de sensibilidad ética hace que los libros de Galdós, a veces con grandes perfecciones técnicas y literarias, fallen. Es lo que hace principalmente que sus obras no estén a la altura de las de un Dickens, de un Tolstoi o de un Dostoiewsky. No hay llama. No hay el hervor generoso de un espíritu. Porque en literatura se puede ser un cínico y un degenerado, como Paul Verlaine; se puede ser un satánico como Baudelaire; se puede ser un ególatra como Nietzsche; pero no se puede ser un cuco que disimule ante el público sus pequeñas artimañas y sus intrigas. Parece esto una manifestación de ingratitud; pero si lo es, también es una manifestación de sentido de la justicia.

Después vi algunas veces a Galdós. Hablamos de la técnica de sus novelas, de los pueblos castellanos y de otras cosas que a él le interesaban. Se veía que los pintoresco de España, el dinero y las mujeres, era lo que más le interesaba a él; pero de las mujeres no le interesaba su espíritu, sino su vida y hasta sus trampas. (…)

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Santos Juliá defiende a los “pobres”

Para ser historiador, a Santos Juliá le falla mucho la memoria, empezando por la de su pasado clerical, que nunca menciona pese a ser un dato muy importante para entender su trayectoria, y aun más relevante cuando muestra tan poco interés en señalarlo, pues nos ayuda a entender algunas de sus actitudes intelectuales. Juliá, afectado por la crisis posconciliar, se pasó a la izquierda, hasta convertirse en historiador oficioso del PSOE y biógrafo de Azaña, siempre con su curiosa desmemoria, que le lleva a omitir datos significativos. Quizá por esta deficiencia, y no por mala intención, ensalza a personajes como Prieto, o pinta un Azaña inconciliable con los propios diarios del personaje.

Recientemente ha escrito contra la beatificación de numerosos mártires cristianos causados por el Frente Popular, muchos de ellos directamente por los socialistas, y lo ha hecho apoyándose en el intelectual católico francés Maritain: “Es un sacrilegio horrible masacrar a sacerdotes –aunque fueran fascistas, son ministros de Cristo– por odio a la religión; y es un sacrilegio igualmente horrible masacrar a los pobres –aunque fueran marxistas, son cuerpo de Cristo– en nombre de la religión”. Pero un historiador con no más que un mediano sentido crítico no puede emplear de ese modo la sentencia de Maritain oponiendo sacerdotes y “pobres”. Los sacerdotes eran asesinados por el mero hecho de ser sacerdotes, pero, ¿de dónde saca Maritain que los pobres sufrían matanzas por el hecho de serlo?

Esto es una sandez muy propia de la propaganda estalinista, y su falsedad salta a la vista no ya de un historiador, sino de cualquier persona con sentido común. Ello aparte, los muertos por el terror de los nacionales durante la guerra ascendieron a unos 70.000, según los cálculos más solventes de Martín Rubio: ¿tan pocos pobres había en España? Como sabe todo el mundo, cayó entonces gente acomodada, de clase media y “pobres”, pero ninguno de estos últimos lo fue por su posición social, sino por considerárseles enemigos políticos, por venganzas personales, etc. Lo mismo vale para el terror del Frente Popular (unas 60.000 víctimas, más proporcionalmente que sus contrarios, al haberse ejercido sobre un territorio menor), que sacrificó igualmente a gran número de pobres –obreros y campesinos– desafectos.

La persecución de los sacerdotes y muchas monjas, masacrados a menudo con sadismo escalofriante, se emparenta cualitativamente con el Holocausto perpetrado por los nazis contra los judíos, pues en ambos casos las víctimas eran asesinadas simplemente por ser judíos, o clérigos en el caso español.

Un historiador serio debe tener en cuenta otro detalle que Juliá también olvida, y que ayuda a explicar la evidente falsificación del intelectual francés: la preocupación por su país no dejaba de pesar en sus juicios, y él estaba alarmado por la influencia que pudieran lograr en España los alemanes e italianos en detrimento de los intereses franceses, y por ello trataba de convencer al Vaticano de que Franco era un títere de Hitler. Pudo tratarse de una mentira inconsciente, pero desde luego faltaba a la verdad, y escondía que, por el contrario, el Frente Popular sí fue dominado por Stalin de modo decisivo desde el envío a Rusia del oro español.

Casualmente, nuestro historiador no se pregunta por las causas de aquellos horrores, nada excepcionales en el siglo XX. Por poner un ejemplo, en Leningrado, una sola ciudad, murió el triple de gente que en toda la guerra española y en el mismo tiempo. Por poner otro, la guerra ruso-finlandesa igualó en solo tres meses el total de caídos en España entre los frentes y la retaguardia. Sin embargo, la cuestión de las causas de la guerra es la decisiva y definitoria para entender los sucesos.

Pues bien, Juliá y otros muchos profesionales a la lisenka mantienen la tesis de que los nacionales se sublevaron contra la democracia y el progreso de los “pobres”, causando así la guerra y las atrocidades consiguientes. Una tesis en resuelta oposición a la evidencia misma: el Frente Popular se componía de los mayores enemigos concebibles de la democracia, y de ellos jamás sacaron los pobres otro beneficio que lo que Besteiro llamaba “envenenamiento de las conciencias”. Fue el Frente Popular quien destruyó la legalidad republicana, arruinando las bases de la convivencia y ocasionando la guerra civil, que el PSOE venía intentando desde finales de 1933. Hay que insistir sin tregua en este dato perfectamente documentado, porque los lisenkos insisten con increíble pertinacia en difundir la propaganda estalinista como “memoria histórica”.

Queda esto: los Santos Juliá desvirtúan la espeluznante persecución religiosa con argumentos especiosos, han pretendido durante años que la Iglesia pidiera perdón a sus torturadores y ahora se oponen a que honre a sus mártires. ¡Imaginemos que en Alemania se hiciese hoy algo semejante con los judíos! El envenenamiento de las conciencias prosigue, con las mismas falsedades de los años 30. Juliá y compañía no revelan el menor sentimiento por lo que entonces hizo el Frente Popular, y uno queda con la sospecha de que repetirían, si hubiera ocasión. Después de todo siguen demostrando una vocación en verdad fanática por la defensa de “los pobres”.

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Ni tribunal ni constitucional: parodia de la justicia

Blog I: Una feminista y el amor (y II) / El euskera, idioma distinguido http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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1.- Los órganos sexuales en el hombre y la mujer son distintos y complementarios. En los homosexuales no, por eso deben buscar otros canales o instrumentos en su sexualidad.

2.- La sexualidad moldea también el cuerpo de forma distinta en el varón y la mujer. El ser humano es probablemente el mamífero con un dimorfismo sexual más acentuado.

3.- La diferencia y complementaridad también se manifiestan en el temperamento y rasgos psíquicos. Los homosexuales suelen fingir en sus relaciones el papel del marido y la mujer.

4.-  En el ser humano, la relación sexual tiende a ser estable (amor) y fértil (procreación y continuidad de la especie). En los homosexuales lo primero es más difícil y lo segundo imposible:  el amor estéril.

5.- La relación  estable y en principio fértil se ha institucionalizado en el matrimonio, algo imposible para los homosexuales, por mucho que finjan papeles masculinos y femeninos.

6.- Tradicionalmente, homosexuales y partidarios del “amor libre” rechazaban el matrimonio. Ahora los homosexualistas intentan desacreditarlo, como a la familia, “igualando”  lo inigualable.

7.-Esa igualación solo puede hacerse trivializando el sexo, sobre la base de que cualquier forma de desahogo (más que satisfación) sexual es igual que otra.

8.- La homosexualidad es un hecho natural, en el sentido de que se da en la naturaleza. Como muchas deficiencias, genéticas o no, que nos afligen, unas u otras, a todos los mortales. Pero natural no significa necesariamente normal o deseable.

9.- La sexualidad, homo o normal, es asunto privado de cada persona y no debe justificar persecuciones.

10.- Deja de ser privado cuando se pretende igualar por ley  cualquier forma de sexualidad, hacerlo motivo de orgullo y “educar” a los niños en tal “sapiencia”. Esto es homosexualismo, que atenta, entre otras cosas,  contra el más obvio sentido común.

11.- Los homosexualistas llevan su desvío hasta tratar de impedir por ley que los homosexuales que quieren cambiar o curarse, lo hagan. Atentando contra los derechos más elementales del individuo.

12.- Los homosexualistas usurpan la representación de todos los homosexuales e intentan perseguir por ley a  quienes los critiquen o  señalen sus peligrosas sandeces. Mientras ellos escarnecen a cuantos no les siguen la corriente.

14.-  El matrimonio homosexual, en fin,  no es ni puede ser más que una parodia malintencionada del auténtico, tal como la sentencia del “tc” es una parodia de la justicia.

14.- La sentencia del “tc” es una tropelía más en la larga serie de ellas cometida por ese “tribunal” desde la sentencia de Rumasa, legitimadora del expolio.

15.- A. Recarte ha advertido que el “tc” no es más que el instrumento de la casta política para cambiar la Constitución saltándose los trámites constitucionales. De la corrupta casta política que ha arruinado al país, añado.

16.- Javier Rubio lo ha sintetizado así: “el “tc” está para hacer constitucional lo que es anticonstitucional”. Al servicio de la casta

17.- Alguien bien documentado debería escribir un libro con las tropelías de ese tribunal contra la justicia, la nación española, la Constitución y la democracia.

18.- La indispensable regeneración democrática debe contar estre sus puntos la eliminación de semejante “tribunal”  y la inhabilitación de quienes han desacreditado la justicia.

 

****http://revista.libertaddigital.com/matrimonio-como-parodia-1276229266.html

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Seidman no da en el clavo / Masonería (y X): alguna conclusión.

Blog I: Una feminista y el amor / Azaña y Guernica / Viaje a Grecia : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Apenas leo ya libros sobre la Guerra Civil, contentándome con las reseñas.  Pues creo que sus cuestiones clave están clarificadas desde hace tiempo: causas y modos del naufragio republicano y  origen de la guerra civil; el papel de las principales corrientes políticas en el proceso  prebélico y bélico, así como de la intervención extranjera; el carácter de los dos bandos y de los retos que hubieron de afrontar (recomponer un ejército y un estado, organizar la economía, aparte de la conducción típicamente militar) y de la represión efectuada; el desarrollo mismo de la contienda; el carácter del régimen ganador. Siempre quedan flecos y detalles, pero en lo esencial no hay grandes dudas para cualquier persona  que haya leído algunos libros esenciales con unos y otros enfoques. Cosa distinta es que la inercia de versiones izquierdistas mantenga una multitud de mitos, a menudo ridículos y contradictorios, en los que sin duda entran también intereses profesionales concretos. Creo haber contribuido de forma notoria al esclarecimiento de estas cuestiones.

Ahora, un amigo me ha pasado el libro de Michael Seidman, La victoria nacional, y según la he hojeado he podido asombrarme de la tenacidad con que muchos autores se aferran a sus prejuicios. El autor tiene a bien no citarme ni de pasada. Esto lo hacen muchos que sacan partido de mis estudios para detallar o ampliar tales o cuales aspectos, generalmente con contradicciones y deficiencias de análisis (por ejemplo, Álvarez Tardío o Fernando del Rey y sus editados, según lamentaba Rob Stradling en una reseña). Este no es el caso de Seidman, que indudablemente no se ha molestado en leer mis libros. Y creo que ha hecho mal, porque se habría ahorrado un cúmulo de errores, varios de los cuales iré mencionando. Hay cierta tendencia en alguna historiografía anglosajona a autoalimentarse despreciando la española con arrogancia injustificada.  Así, he leído a Hugh Thomas afirmar que fue el primero en reducir a estimaciones razonables la cifra mítica de un millón de muertos (que todavía he oído repetir a una profesora universitaria de historia): el sociólogo Villar Salinas ya estableció en 1942 unas cantidades más aproximadas que las de Thomas. Y no fue un estudio perdido, porque fue premiado en concurso por la Academia de Ciencias Morales y Politicas. Por cierto que  Villar fue citado a menudo después por autores,  españoles y extranjeros, que no lo habían leído, como demostró Ramón Salas Larrazábal en su libro Pérdidas de la guerra. Este libro ha sido superado en aspectos concretos pero no en el enfoque y valor general.  He reproducido en el blog algunas críticas mías a R. Carr, a A. Beevor y otros, y reproduciré más en un libro de próxima aparición, Ensayos polémicos.

La obra de Seidman trata la economía de la guerra desde el punto de vista que él llama social.  No descubre nada nuevo al sostener que la economía de los nacionales fue mucho más sana y eficiente que la de sus contrarios, y que la gente común estaba mucho mejor alimentada, aunque detalla muchos datos antes poco atendidos  o dispersos en diversas obras. Sin embargo ya cae en serios errores de enfoque en su introducción. Por ejemplo, ,   cuando afirma que “las calorías tienen tanto sentido como la cultura”. ¿Quiere decir que para elaborar su libro fue tan importante lo que comía como lo que escribía? ¿O que cualquiera que comiera bien podría elaborarlo igualmente? Las calorías, en general, dependen de la cultura mucho más que a la inversa, y fue la cultura (concepción general y capacidad organizativa) lo que permitió a los nacionales alimentar mucho mejor a su zona. El desenfoque se acentúa cuando, por subrayar su punto de vista,  desestimar un tanto los aspectos políticos de la guerra y  aborda los militares en términos del abastecimiento. En una guerra la conducción militar es lo esencial, y a ella se subordinan los demás aspectos, por supuesto el abastecimiento y tantos más. Aunque sea cierto que un ejército mal provisto tiene dificultad –pero no imposibilidad– de alcanzar victorias. Los nacionales, en pésimas condiciones (lo que suele llamarse actos heroicos) llegaron a frustrar ofensivas de sus contrarios. Es decir, en el análisis de una guerra no tienen el mismo sentido o valor  la economía ni el abastecimiento que la organización del ejército y la conducción de los líderes. Ni se pueden poner en el mismo plano las proteínas que las fuerzas morales, ideológicas y políticas en juego. En la victoria nacional influyó su habilidad para alimentar mejor a la población, pero no fue eso lo esencial ni cabe ponerlo en  el mismo plano.  La población en el Frente Popular –se sabe desde hace mucho– estuvo harto peor alimentada, pero su ejército dispuso siempre de alimentos suficientes. Y no son pocas las guerras perdidas por los más ricos y mejor abastecidos.

Seidman llama a su enfoque “historia social”, “un examen de la experiencia propia  de los hombres y las mujeres corrientes en cada lado de los conflictos”. No me parece muy acertado. Esas experiencias son demasiado variadas, y es peligroso, o más bien ilícito, atender a algunos testimonios o datos dándoles un valor de muestra, generalmente según la ideología del historiador. La historia social solo puede hacerse a partir de estadísticas como las de mortalidad, suicidios, deserciones, población penal, hambre, ejecuciones, etc. Y eso, en líneas generales y a veces muy detalladas, está ya hecho, aunque Seidman le haga algunas contribuciones estimables.

Tampoco parece muy matizada la comparación que hace con otras guerras civiles, en particular la rusa y la china las cuales confirman, a su juicio, “ la pauta o las causas generales del siglo XX de que las revoluciones sociales o proletarias  surgen en naciones subdesarrolladas o atrasadas”. Pero todos los países de Europa del este, los de Asia (no digamos La India), o Latinoamérica,   compartían  ese rasgo de atraso o subdesarrollo, y en ellas no hubo guerras civiles ni revoluciones parecidas a esas tres, aunque sí mucha agitación comunista y a veces fascista. Las guerras española, rusa y china  se parecerían en esto: surgieron en  “países agrícolas carentes de una burguesía dinámica, implicaron a potencias extranjeras y duraron aproximadamente tres años”. No estoy muy seguro de que la comparación no requiera matices importantes. Rusia, y sobre todo China, eran mucho más agrarios que España,  y la Rusia anterior a la I Guerra Mundial era, con todo, quizá  el país con mayor ritmo de crecimiento industrial del mundo. En España, el crecimiento económico fue muy fuerte justamente hasta la llegada de la república, en que prácticamente se hundió. Incluso limitar la guerra civil china a la posterior a la SGM es falso: la guerra civil se arrastraba desde los años 20. Aun sin contar las enormes diferencias del trasfondo histórico y cultural entre las tres, las diferencias son mayores que las semejanzas.  

Acierta Seidman, en cambio, cuando afirma que “El caso de España es excepcional si consideramos las revoluciones más significativas y las guerras civiles de varios años de duración. Es el único en que los contrarrevolucionarios derrotaron a los revolucionarios”. Es un dato obvio que aquí ganaron los nacionales, pero no solo ni principalmente por su abastecimiento. Y no es del todo excepcional: en Grecia ocurrió lo mismo, y también en Finlandia, aunque en esta última la guerra fue breve.

Especula algo gratuitamente el autor al afirmar que la “contrarrevolución” de los nacionales “tuvo su fundamento en el campo, no en la ciudad”, o que “la España nacional no fue tanto un régimen bonapartista como un producto de la reacción rural”. Esto suena algo asombroso:  me parece que los dirigentes y la inmensa mayoría de los mandos políticos y militares nacionales procedían de la clase media urbana. Ello aparte de la importancia dada desde el primer momento por el régimen a la industrialización del país.

También suena extraño leer que  “Las fuerzas de Franco no ganaron porque manipulasen los símbolos nacionales mejor que sus enemigos”. Decir que los manipulaban, cuando las izquierdas los pisoteaban con auténtica furia, es una forma curiosa de hablar. Y desde luego, no ganaron por eso solamente,  pero sí en gran medida, porque los sentimientos nacionales fraguaron en una disciplina, empeño y capacidad de resistencia en las condiciones más difíciles, que sus contrarios nunca tuvieron.  Y al decir que los nacionales “se negaron de manera inflexible a separar la identidad nacional de la religiosa”, podría haber señalado que la persecución –realmente genocida—del Frente Popular a la religión y a la cultura cristiana en general, lo hizo inevitable. De otro modo el aserto queda vacío.

Peor aún cuando afirma: “Sus enemigos (del régimen nacional) siguieron siendo los de la Iglesia: izquierdistas, masones, judíos y protestantes”. El desenfoque resulta algo grosero: los protestantes no contaron en la práctica, porque había muy pocos y algunos sufrieron persecución también por las izquierdas; los judíos eran enemigos solo en el plano retórico: muchos judíos de Marruecos ayudaron a Franco… aunque casi todos los judíos extranjeros apoyaron a los revolucionarios, y bastantes de ellos engrosaron las Brigadas Internacionales. La enemiga a los masones fue más sistemática: también ellos, en su mayoría apoyaron a la revolución dentro y fuera de España, por lo que no es de extrañar que el franquismo les mostrase poca gratitud. El caso de los izquierdistas fue mucho más serio, incomparablemente más, y ponerlo en el mismo plano que el de los restantes no habla muy bien del criterio de quien lo hace. Y debiera señalar también que, entre los izquierdistas, los enemigos principales fueron los marxistas, en su vertiente socialista y, sobre todo, comunista. Con los republicanos la represión fue mucho menor.

También explica Seidman que el régimen ordenó a la prensa “actuar en defensa de los intereses de la nación y convertirse en un instrumento de la Nueva España”. No sé si en la Inglaterra o la Usa en guerra se ordenaron cosas parecidas, pero dudo mucho que se hubieran permitido informaciones y comentarios contrarios a los intereses de esos países en aquellas circunstancias.  En fin, la crítica que hace a Rafael Abella como cronista de la cotidianeidad parece acertada a medias, puesto que Abella es más bien un cronista anecdótico, cuyos datos, al carecer de valor estadístico, tienen un interés muy relativo; y lo mismo, me temo, cabrá decir de los de Seidman, que trataré en otro artículo.

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Masonería (X)

A todo lo anterior pueden hacerse varias observaciones:

a)      La masonería, claramente, dista mucho de ser una inocua  sociedad filantrópica. Su intromisión en la política es constatable por la abundancia de hijos de la luz en numerosos acontecimientos y puestos decisorios. Más difícil resulta especificar el modo concreto como se ha producido su intervención, debido al secretismo de la orden.

b)       También encontramos masones en partidos y posiciones dispares y hasta opuestos, sin faltar algunos choques sangrientos entre ellos. Masones como Lerroux evolucionaron de un extremismo proterrorista a una acción moderada y patriótica. Por ello no es fácil creer en una acción ordenada desde un órgano central masónico y cumplida disciplinadamente por sus miembros. Sin embargo, pese a discrepancias y enfrentamientos, cabe discernir en la Fraternidad  una orientación general, siendo uno de sus rasgos el anticristianismo. Esa orientación puede ejercerse a través de consignas o por tendencias generadas de modo natural a partir de  sus principios religiosos o seudorreligiosos,

c)      No es probable que la Masonería esté en la matriz de  los numerosos fenómenos revolucionarios o anticristianos de nuestro tiempo, pero sin duda  constituye uno de los factores que los impulsan.

d)     Los rasgos anticatólicos y antidemocráticos (desde la propia concepción de sociedad secreta) se han manifestado de forma especialmente aguda en la historia de España e Hispanoamérica.

e)      Así como la masonería en Inglaterra y Usa, quizá en Francia, no parece haber obstaculizado el progreso y desarrollo de sus países, y de algún modo quizá haya  contribuido a ellos, en España e Hispanoamérica ha tenido efectos claramente contrarios,  ocasionando todo género de convulsiones y crímenes.

¿A qué obedece el  nefasto efecto de la Masonería en España e Hispanoamérica?  Creo que entra ahí el papel de defensora del catolicismo desempeñado por España durante dos siglos frente al islamismo y el protestantismo. Para combatir y denigrar a España se utilizó a fondo la Leyenda Negra, tanto más efectiva por la decadencia sufrida por el país desde mediados del siglo XVII y luego por el semihundimiento del XIX (debido en parte no desdeñable a la misma acción masónica). En las grandes campañas europeas como las arriba comentadas en defensa del terrorismo anarquista, de Ferrer Guardia, de Macià, en torno a la supuesta represión de Asturias, etc., el argumento típico era siempre el de “la España inquisitorial, oscurantista, asesina, etc.”. No hay datos sobre el papel masónico en otras campañas de enorme repercusión en la época de Franco, como las orquestadas por la ejecución del chekista Julián Grimau o en defensa de la ETA en 1970 y 1975,  pero es razonable suponer que la orden no fue ajena a ellas.

Encontramos de preferencia a masones en las corrientes y partidos izquierdistas (republicanos, anarquistas, socialistas, separatistas), cuyo común denominador ha sido la negación o denigración de las tradiciones, la historia y la cultura de España. No se ha querido trabajar evolutivamente sobre esas tradiciones, sino abolirlas o arrasarlas. No por azar la Guerra Civil presenció un plan de genocidio,  realizado en amplia medida,  de la cultura católica y sus representantes. Muchos miles de personas fueron asesinadas  simplemente por ser clérigos o católicos practicantes, e incendiados o destruidos de otras formas miles de  edificios religiosos (templos, monasterios, bibliotecas, centros de enseñanza y hasta las cruces de los cementerios). Se trataba de aniquilar toda una cultura y un pasado, y sustituirlos por consignas generales, a veces sugestivas pero exaltadas, abstractas y vacías. Más vacías aún en manos de personajes de tan escasa talla intelectual y moral como los retratados por Azaña, Marañón y tantos más.

No se puede atribuir a la Masonería toda la responsabilidad por las convulsiones de los siglos XIX y XX en España  e Hispanoamérica, pero creo que sí una parte considerable de ella.

 

 

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Menéndez Pelayo, hoy / Masonería (IX) LA II REPÚBLICA

 Blog I: Una juventud enferma en una sociedad enferma / Acabar con Santiago Matamoros: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Marcelino Menéndez Pelayo es uno de los pocos  intelectuales  españoles de los siglos XIX y XX que realmente pueden llamarse grandes y originales, al margen de las opiniones políticas.  Por eso, precisamente,  el centenario de su muerte ha pasado casi inadvertido, silenciado. No podía ser de otro modo en un país estragado por el embuste financiado desde el poder, en que una izquierda  zafia y sectaria, horra y enemiga del pensamiento, se combina perfectamente con una derecha para la  cual “la economía lo es todo” (aunque haya sido incapaz de ver las nefastas  consecuencias económicas  de medidas como la entrada en el euro).  Este sí es un páramo cultural. La izquierda ve a Menéndez Pelayo como enemigo. Y a la derecha simplemente no le preocupa.

Entre las excepciones a este  olvido debe señalarse el  libro, sintético y muy legible,   Menéndez Pelayo, genio y figura, con tres ensayos escritos por Aquilino Duque, César Alonso de los Ríos  e Ignacio Gracia Noriega. Los cuales vienen sufriendo a su vez cierto ostracismo por parte de los cantamañanas subvencionados que  copan o parecen copar –y trivializar– la vida cultural española.

Menéndez Pelayo se alzó en su tiempo contra versiones pesimistas e indocumentadas  del pasado español, divulgadas por, entre otras, la sectaria Institución Libre de Enseñanza, inspirada en un filósofo alemán de tercera fila, como lamentaba Croce compadeciéndose de España. El sectarismo y medianía intelectual de la ILE son ciertos, pero, como recuerda con algún sarcasmo  Aquilino Duque,  “ya es sabido que frutos del sectarismo laico fueron el Instituto Escuela, la Residencia de Estudiantes, la Junta de Ampliación de Estudios y actividades de extensión cultural como las Misiones Pedagógicas o la Universidad Internacional de Verano de Santander”.  No está nada mal. Que surjan iniciativas diversas y que contiendan y debatan entre sí es necesario. Sin ello, la vida intelectual se apaga. Por otra parte, fue Jiménez Fraud, un distinguido institucionista, quien interesó al propio Duque en la figura del gran polígrafo. Quien fue, a su vez, hombre vehemente pero en permanente evolución fruto del estudio,  y todo lo opuesto a un sectario.

Una de las manifestaciones más necias de la hispanofobia, que ya entonces se extendía de la mano de muchos intelectuales,  fue la negación, precisamente, de la época en que España alcanzó su mayor plenitud.  Un cantamañanas enfático  como Castelar  podía permitirse tiradas como esta: “No hay nada más espantoso, más abominable, que aquel gran imperio español que era un sudario que se extendía sobre el planeta. No tenemos agricultura, porque expulsamos a los moriscos. No tenemos industria, porque arrojamos a los judíos. No tenemos ciencia, somos un miembro atrofiado de la ciencia moderna. Encendimos  las hogueras de la Inquisición, arrojamos a ellas a nuestros pensadores, los quemamos y después ya no hubo de las ciencias en España más que un montón de cenizas”. Por lo visto, el charlatán creía que todos los españoles  habían sido tan ineptos como él, una vez expulsados moriscos y judíos. Sin duda el pesimismo nacional podría justificarse si se contemplaban a sí mismos, pero lo proyectaban alegremente sobre el pasado, y en especial sobre el mejor pasado español.   Lo de Castelar y similares tuvo enorme éxito y lo vemos reproducido en Ortega, en Azaña, en Costa o ahora mismo en una izquierda con una idea de la historia de España tan negativa como falsa y una derecha de la talla intelectual del propio Castelar.

Don Marcelino se alzó contra estos dislates apoyado en una erudición pasmosa, inigualada. Para empezar, en la famosa polémica sobre la ciencia en España puso las cosas en su punto. Se le reprocha, y es verdad, que al recordar las figuras del gran siglo de España mezclara auténticos talentos con otros que no lo eran tanto;  y en cambio se deja pasar el enfoque radicalmente falso de sus contradictores, que solo puede producir esterilidad, valga la paradoja. En definitiva, señala Alonso de los Ríos, el polígrafo montañés fue “el primer definidor de la conciencia nacional”.  Una conciencia que iba a recibir una tremenda sacudida con motivo del “Desastre del 98”, cuando todos los tópicos negativos sobre el pasado cobraron singular impulso y los separatismos, identificados literariamente con las antiguas tribus prerromanas,  empezaron a hacer su agosto.

Claro que el mal no venía solo de quienes, considerándose progresistas y europeos, tenían a gala menospreciar ignaramente a su propio país: recoge Gracia Noriega  el episodio del fracaso de Menéndez Pelayo cuando disputó la presidencia de la Academia de la Historia al “candidato aristocrático, el ampuloso teólogo Alejandro Pidal… Pero a la Academia le interesaban los títulos, no la historia, y don Marcelino obtuvo tan solo tres votos, lo que fue para él más que una decepción, una ofensa”. Lo de los títulos, unido al corporativismo gremial, tan propios de la derecha,  siguen  pesando  como una losa sobre la cultura española.

“Hizo en solitario lo que no fueron capaces de hacer cientos”, resume Gracia Noriega, y por eso ya en vida  fingían menospreciarle los  “escritores de medio pelo” que le llamaban “pedantón insoportable”. Otros, que le debían más de una idea, le obsequiaron con un turbio silencio. “Ortega ni siquiera reconoce la existencia  de Menéndez Pelayo. ¿Y Unamuno? Mantiene unas tesis radicalmente distintas sin entrar en debate (…) ¡La envidia española! Incluso en Unamuno. ¿Cómo crear una cultura española en estas condiciones?”, lamenta Alonso de los Ríos.

Luego, fue  natural que los franquistas, o muchos de ellos, volvieran a ensalzar e hicieran suyo  al magnífico intelectual, tan superior a sus detractores. Como es natural que los posfranquistas –convertidos a un antifranquismo de chicha y nabo en su mayoría–  lanzaran contra el contra él toda su  metralla  de ninguneos.

¿Qué queda de don Marcelino?  Queda la mayor parte de su obra, de la que han bebido tantos sin citarle. En cambio se suele citar con irrisión su síntesis de España  martillo de herejes, luz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio, esa es nuestra grandeza. Ciertamente esa –entre otras— fue la grandeza de España, algo inaplicable  a estos últimos siglos, en la que la grandeza solo puede venir del esfuerzo intelectual y cultural de los que Menéndez Pelayo fue, precisamente, el gran ejemplo. Del enfrentamiento al páramo cultural generado en estos años por la progresía y por una derecha vacía de ideas. Termina Aquilino Duque: “Menos mal que la Historia no es irreversible, que tiene corsi e ricorsi. Yo no lo creía, hasta que la caída del Muro de Berlín me lo hizo ver, y en estos años de crisis podemos comprobar que Fukuyama se pasó de hegeliano. Por eso no pierdo la esperanza de que los arévacos y los vettones vuelvan a sus cavernas y las ratas del Mayo francés a las alcantarillas.”

(Menéndez Pelayo, Genio y Figura. Aquilino Duque, César Alonso de los Ríos, Ignacio gracia Noriega. Ediciones Encuentro)

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LA MASONERÍA Y LA II REPÚBLICA    

A pesar de sus logros  en casi todos los aspectos, Primo de Rivera no logró instaurar una alternativa política a la Restauración, y el resultado final fue la llegada de la II República. Los republicanos, al principio pocos y desavenidos, fueron  unificados en el Pacto de San Sebastián por los derechistas no masones Miguel Maura y Alcalá-Zamora, y su primera decisión  consistió en imponerse mediante un golpe militar. Cuenta Vidarte en el tomo de sus memorias No queríamos al Rey (p. 255 y ss), que un implicado, Fermín Galán, animó a la Cámara de Maestros de las logias informándola de  que no había habido “nunca tan gran número de militares comprometidos como en esta ocasión”.  Luego “se destacó desde el primer banco en que estaba sentado, extendió la mano sobre la Biblia –abierta encima del ara por el evangelio de San Juan, según costumbre— volviose hacia el Venerable Maestro y declaró: “Juro solemnemente ante el Gran Arquitecto del universo y ante vosotros, mis hermanos, que el día que reciba las órdenes del Comité revolucionario, proclamaré la república en Jaca y lucharé por ella aunque me cueste la vida”. Como  es sabido, se adelantó algo al plan y fue fusilado después de haber  matado a su vez a varias personas. Los republicanos le  convirtieron junto con otro golpista fusilado, en un héroe sui generis.

Sobre el modo, en general bien conocido, como cayó la monarquía, hay algún punto oscuro, en especial la llamativa  actuación de Romanones. De hecho, la república llegó por un golpe de estado llevado a cabo por los monárquicos contra su propio régimen: después de una elecciones municipales que habían ganado, despreciaron a sus votantes y entregaron el poder sin resistencia ante unos primeros alborotos en las calles de algunas ciudades. Sobre Romanones,  instigador de la claudicación del rey, vuelve a explicar Vidarte: Cuando salimos en unión de Marcelino Domingo de su despacho, le pregunté a éste si don Gregorio [Marañón] era o había sido masón, ya que con tanta libertad se habló con él del trabajo en las Logias. Domingo me informó de que Marañón fue iniciado en secreto por su suegro Miguel Moya, cuando éste era Gran Maestre. Estas iniciaciones constan en un libro especial que lleva la Gran Maestría, y sólo figuran en él los nombres simbólicos. El caso del ilustre médico y escritor era semejante al del conde de Romanones, quien también había sido iniciado en secreto por Sagasta y quien siempre cumplió bien con la Orden (…) Ya comprenderá usted, terminó Domingo, que muchas veces nos interesa que no se sepa que son masones algunos políticos de nuestra confianza. Fallecidos, lo mismo el conde de Romanones que el querido y admirado doctor Marañón, me encuentro en libertad para revelar estos secretos” ( No queríamos al rey. Pp. 227-8). Digamos que Marañón, uno de los “padres espirituales de la República”, terminó por considerarla un “fracaso trágico”, y a sus políticos como “desalmados mentecatos”, lamentando doloridamente haber sido amigo de tales “escarabajos”. Y apoyó a Franco.

Ricardo de la Cierva considera la II República como el tercer período de apogeo de la masonería. Y no cabe duda de que lo fue, por lo menos al principio. Baste señalar el dato, recogido por  Gómez Molleda, de que de los 470 diputados en las primera Cortes, eran masones nada menos que 151, bastantes más que los del partido más votado, el PSOE, que alcanzó 115. Todos los partidos de izquierda estaban muy masonizados: los partidos Radical, Radical Socialista y Acción Republicana de Azaña y Republicano Federal  oscilaban en torno al 50% de hijos de la Viuda en sus escaños (muchísimos menos en sus bases, obviamente, lo que nos da un indicio de la utilidad de una sociedad secreta).  Los demás, entre el 21% de  los nacionalistas gallegos y el 35% del PSOE.  En los partidos de derecha, la proporción era mínima o inexistente. Además, de los seis jefes de gobierno de la república antes del Frente Popular,  cinco era masones con un grado mayor o menor de compromiso. En las organizaciones masónicas cundió el entusiasmo, llegando a considerar  como suya a la república,   y la Gran Asamblea de la Gran Logia Española  propuso a la izquierda una serie de medidas  como la “expulsión de las órdenes religiosas extranjeras” y “la escuela única, neutra”, privando a millares de familias de una enseñanza religiosa que deseaban, y otras medidas de rasgos totalitarios como “Trabajo obligatorio controlado por el Estado y repartido a medida de las fuerzas y aptitudes de cada uno”, dando a los políticos la potestad de determinar las fuerzas y aptitudes de cada cual. Asimismo pedía un “Estado federal”.

Evidentemente, los masones militaban en credos políticos  diferentes, a veces opuestos, pero a todos ellos les unía, y era prácticamente lo único que los unía, la aversión a la Iglesia católica. Aun así, los había propicios a algún entendimiento con una religión que era la absolutamente mayoritaria entre los españoles, cosa que no podían pasar por alto sin exponerse a meter al régimen en aprietos antes de tiempo. No obstante, los sectores más extremistas irían imponiéndose. Ya la república se inauguró, antes de un mes de establecida, con la quema de más de un centenar de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos, iniciada por grupos radicales salidos del Ateneo de Madrid, donde por aquel tiempo predominaba la Masonería, y alentada por el gobierno, cuya pasividad equivalía a cooperación. El golpe tambaleó al régimen, recién nacido sin la menor oposición, y a partir de ahí el país quedó profundamente dividido. Así lo reconoció Alcalá-Zamora, a la sazón presidente del gobierno provisional y que, aunque católico, claudicó ante la presión de Azaña y otros para impedir que la fuerza pública detuviese a los incendiarios.

Sobre el problema religioso, los diputados de izquierda coincidían en el propósito de  despojar de toda influencia a la Iglesia, pero con posturas divergentes ante el peligro de empeorar la ya visible división popular. De hecho, se llegó entre bastidores a acuerdos para que la nueva Constitución respetase la libertad de enseñanza, aun si con restricciones. Sin embargo se impuso finalmente, y por sorpresa, la medida radical. Así fue disuelta la orden jesuita y a las demás se les prohibió no solo la enseñanza, sino también  cualquier actividad económica o la beneficencia, tratando de  convertirlas en indigentes. La medida contentó a muchos masones, no a todos, y  fue obra de Azaña,  que no pertenecía aún a la orden. En definitiva se trataba a los clérigos como ciudadanos de segunda, negándoseles libertad, igualdad y desde luego fraternidad. Como tendía a negárseles en  la práctica a los católicos en general y a los partidos de derechas, a los cuales el gobierno izquierdista hostilizaba de muchos modos. El mismo Azaña declaró temerariamente que España había dejado de ser católica. La política de Azaña, dedicada a un programa de demoliciones de las tradiciones católicas y españolas en general, casa muy bien con la orientación masónica, pero vuelve a demostrar que la masonería es solo una manifestación de otras inclinaciones sociales siempre presentes, no la única ni forzosamente la directiva, aunque la refuerce.

Aun así, los primeros enemigos de la República no fueron las derechas ni los católicos, sino los comunistas, que llamaron desde el primer día a derrocarla (más tarde cambiarían de táctica), y sobre todo los anarquistas, mucho más poderosos entonces,  que organizaron varias insurrecciones sangrientas, una de las cuales, la de Casas Viejas,  determinó la caída de Azaña en 1933. Los socialistas entendían la república como transición a la dictadura de su partido (del  proletariado). Los nacionalistas catalanes la aceptaban a cambio de una autonomía que miraban como un paso adelante hacia la secesión. Tanto Macià como Companys,  sus principales jefes, eran masones, así como el 37% de sus diputados. Un pequeño sector de la derecha, capitaneado por el general Sanjurjo, intentó un pronunciamiento ante el rumbo que tomaba la política. Se da la circunstancia de que Sanjurjo, jefe de la Guardia Civil en 1931,  había desempeñado un papel clave para traer la república,  pues desertó de la monarquía y se puso al servicio del gobierno provisional. Quizá la seña de identidad más precisa de la república fuera la deslealtad hacia ella por parte de sus partidos y políticos.

El primer período de la república suele  llamarse  Bienio izquierdista, y tampoco sería muy exagerado calificarlo de masónico. Con rasgos que apuntan al caos. Así, la ultraizquierda anarquista hizo un daño terrible a la coalición republicano-socialista. Y quedó marginado el Partido Radical de Lerroux,  el más masonizado entre los importantes, siendo además el partido republicano con mayor apoyo popular, con diferencia.  Sin detallar el balance desastroso del bienio, recordaré que el hambre, como índice de la miseria, aumentó hasta los niveles de principios de siglo, mientras la delincuencia y los choques políticos, sobre todo entre las izquierdas, no cesaron y las reformas fracasaban debido a la extrema ineptitud de los líderes republicanos, según denuncia una y otra vez el propio Azaña. Como consecuencia, en las  elecciones de noviembre de 1933, el PSOE  bajó de 115 a 59 diputados; el partido de Azaña, de 26 a 5; el Radical Socialista, de 59 a 4. En cambio la  católica CEDA, inexistente en las elecciones anteriores, sumaba 115 escaños;  el partido de Lerroux subía de 90 a 102, y los monárquicos de 15 a 40.  Gil-Robles, líder de la CEDA, pudo haber exigido la presidencia del gobierno, pero una timidez contraproducente e interpretada como debilidad (lo era), dejó el gobierno al partido de Lerroux, limitándose a apoyarlo.

Las izquierdas contestaron a la  derrota electoral poniéndose “en pie de guerra”, como decía la Esquerra de Companys. Azaña y otros líderes presionaron (sin éxito) al presidente Alcalá-Zamora, para que diese un golpe de estado anulando los comicios y amañando otros que les dieran la victoria. La CNT lanzó su insurrección más sangrienta. Y el PSOE decidió que había llegado el momento de lanzarse a una revolución, que planificó textualmente como guerra civil, mientras Azaña intentaba un nuevo golpe en connivencia con Companys. Por fin la CEDA aceptó entró en el gobierno y así se llegó a la insurrección de octubre de 1934, que causó enormes destrucciones y 1.300 muertos en 26 provincias, sobre todo en Asturias, bastantes en Cataluña y en Madrid.

Aquella derrota debió haber causado el derrumbe de la izquierda, pero ocurrió lo contrario: los socialistas, Vidarte en primera fila, organizaron una masiva campaña dentro y fuera de España acusando al gobierno de haber practicado en Asturias una represión de crueldad infinita. Así pasaban de acusados a acusadores.  Las denuncias, con relatos escalofriantes, cundieron de tal modo que durante decenios han sido recogidas  sin examen crítico por historiadores, incluso de derecha. Creo haber sido el primero que las ha analizado a fondo, así como sus consecuencias políticas. Desde luego, se trató de embustes y exageraciones en un 90%. La campaña guardaba estrecha semejanza con las de Ferrer Guardia, Macià y otras anteriores, contra la “España inquisitorial, oscurantista y militarista”. Vidarte explica cómo lograron engañar a millones de personas  por medio de las Internacionales socialista y comunista y de los organismos masónicos en el exterior: “La Masonería, la Segunda Internacional, la Liga de los Derechos del Hombre (creada por los masones)  informaban al mundo de los crímenes cometidos por el fascismo español. Los partidos socialistas y comunistas del mundo entero enviaron al gobierno español sus más enérgica protestas. Y el diputado socialista francés Vincent Auriol  organizó, junto con  el presidente del Partido socialista belga, Émile Vandervelde, una campaña internacional”. Auriol y Vanbdervelde eran masones. Participaron el genio de la propaganda comunista Willi Münzenberg, diputados laboristas ingleses, etc., y consiguieron que la mayoría de las logias condenaran a Lerroux, él mismo masón aunque al parecer durmiente. Esta campaña tuvo  un efecto histórico, pues devolvió la popularidad a las izquierdas y envenenó el ambiente social de un modo que explica la crueldad con que se reanudó la guerra en julio de 1936.

Así, la derecha católica y sus ocasionales aliados lerrouxistas, estos repito que muy masonizados, fueron brutal y golpistamente hostigados por las izquierdas a fin de desestabilizarlos e impedirles gobernar. ¿Podemos considerarlo una maniobra o serie de maniobras masónicas? En parte sí, muy claramente, pero tal como los autores principales del declive de Azaña fueron los anarquistas –entre quienes no faltaban masones–, el principal agente de la caída de Lerroux y de Gil-Robles fue Alcalá-Zamora, católico y ajeno a la Masonería, a la que critica en sus memorias (el museo de la Masonería en Salamanca lo presenta falsamente como iniciado). Según he analizado en varios libros, los dirigentes del PSOE fueron los responsables más directos de la guerra civil en 1934 y 1936, pero el mayor causante de ella fue Alcalá Zamora por sus manejos dudosamente legales, que le forzaron a convocar elecciones en febrero del 36.

En el derrumbe de la república hacia la guerra hay un episodio de interesantes connotaciones masónicas, la intriga para arruinar la carrera política de Lerroux y de rebote la coalición entre su partido y la CEDA: el escándalo del straperlo. Dos judíos holandeses habían inventado un juego más o menos de azar, llamado el straperlo, por los apellidos de ambos, Strauss y Perle,  y quisieron explotarlo en España. Los juegos de azar habían sido prohibidos por Primo de Rivera y la prohibición no se había revocado. Los autores hicieron algunos regalos a políticos lerrouxistas, como relojes de oro, unos sobornos de calderilla, para que facilitaran la introducción  del juego en  el casino de San Sebastián y en un hotel de Mallorca. No estaba del todo claro si el straperlo contravenía la ley, pero en los dos sitios fue prohibido rápidamente. Los straperlistas se sintieron estafados y quisieron resarcirse. Y aquí entran en juego Azaña y Prieto (este último no era masón), que instruyen a Strauss para dar el mayor alcance político al asunto presentando una denuncia. Con ella medio presionaron medio chantajearon a Alcalá-Zamora  contra Lerroux, sabiendo que ambos se tenían inquina. Alcalá-Zamora terminó destituyendo a Lerroux de la jefatura del gobierno por una corrupción de poca monta que no le afectaba directamente. Enseguida  las izquierdas desataron otra campaña de prensa para desacreditar tanto a Lerroux como, de rebote, a la CEDA y destrozar así la coalición entonces gobernante. Vidarte vuelve a darnos datos de interés: “Yo había conocido en París a Gaston Cohen Debassan, abogado muy compenetrado con nosotros y primer pasante de Henri Torrès. Recibí su visita en Madrid. Ahora me habló de un asunto que iba a traer muy graves consecuencias, el del straperlo. Me comunicó que Prieto y Azaña estaban perfectamente enterados”. Torres era el mismo que había orquestado la campaña de apoyo a Macià en 1926 y ejercía entonces de abogado de Strauss. He analizado el asunto en detalle en Los personajes de la República vistos por ellos mismos y aquí no puedo extenderme más allá de explicar sus efectos: el escándalo, muy  magnificado, enterró políticamente a Lerroux, debilitó a la CEDA y fue utilizado por Alcalá-Zamora para atacar al sistema parlamentario, excluyendo a Gil-Robles del poder, y terminar imponiendo como jefe de gobierno a Portela Valladares, también masón y sin apoyo de las Cortes.

Así, hubo masones (y no masones) en la maniobra, pero el mayor responsable fue el católico Alcalá-Zamora. El resultado final fueron las elecciones fraudulentas de febrero de 1936, en las que se arrogó la victoria el Frente Popular. El general Núñez de Prado, masón, describió así el traspaso de poderes de Portela al nuevo gobierno de Frente Popular: “Parecía una ceremonia masónica. El Gran Maestre de la Gran Logia (Portela) da posesión a su sucesor (Azaña, también masón aunque algo escéptico), delante del Gran Oriente Español (Martínez Barrio) y en presencia de dos generales masones (Pozas y el propio Núñez de Prado)” “El Gobierno parecía  haber nacido bajo nuestros auspicios”, pues contaba con siete ministros masones. Así lo relata  Vidarte en Todos fuimos culpables (p. 47).

Aquellas elecciones significaron la definitiva aniquilación de la legalidad republicana por el Frente Popular y fueron el prólogo a la Guerra Civil, a su reanudación propiamente hablando.  Durante la guerra, la gran mayoría de los masones (aunque no todos) defendió al Frente Popular aun sabiendo que este era un conglomerado de totalitarios marxistas del PSOE y del PCE, de  anarquistas, de racistas del PNV y de golpistas como Azaña o Companys. Nada remotamente parecido a un bando democrático. La propaganda en el exterior, en parte masónica, se inclinaba netamente por las izquierdas –casi todas ellas contaban con numerosos masones–. A pesar de lo cual los gobiernos de Usa, Inglaterra o Francia procuraron aislar el conflicto español, para evitar su contagio.  Franco, no es de extrañar, aumentó su aversión a los hijos de la Viuda y prohibió su actuación en España.

En Años de hierro (p. 380) extracté  unos documentos de 1942, guardados en la Fundación Francisco Franco: “El espionaje franquista accedió, por medio de una agente, a mensajes alarmantes de círculos masónicos que parecían preparar psicológicamente la mutilación del país. Uno de ellos, de una Asociación Masónica Internacional, con sede en Ginebra, instruía sobre el peligro comunista, juzgando a Inglaterra la única potencia capaz de contrarrestarlo tras la deseada derrota alemana: “La reivindicación de Gibraltar y otros puntos para España y la conservación forzosa y sin consideraciones universales de Cabo Verde, Baleares y Canarias en sus soberanías actuales, constituyen un germen de destrucción del equilibrio mundial de la paz, por ser ventajoso a todos que un arma, potente y difícilmente manejable, esté en manos fuertes y expertas y no de las naciones caducas. La fuerza de Inglaterra es garantía plena –la Historia es testigo– de conservación de la Humanidad”. Los masones peninsulares eran exhortados a superar dudas, reservando “en lo hondo del corazón el sentimiento de un pueblo para apoyar el bien de todos los pueblos y por tanto del vuestro”. Propugnaba asimismo “desprestigiar la figura del Generalísimo Franco, ahondar en el malcontento entre Ejército y Falange, muerte política de Serrano Súñer”, así como “Abrir las puertas de las cárceles en que gimen, en dantesco infierno, rebaños desdichados de hombres honrados, prisioneros de la tiranía más espantosa que registra la Historia (…) sometido todo a la voluntad despótica de un solo hombre, pigmeo-idiota, engreído por la adulación más baja y servil que haya deshonrado a la Humanidad”. Otra comunicación atribuida a Martínez Barrio animaba a los masones, si bien eludiendo detalles escabrosos”. Nuevamente encontramos el servicio a Inglaterra en un amplio sector de la Masonería, en nombre de la “Humanidad”.

Dejo aquí de lado la evolución de la Masonería bajo el franquismo y la democracia, dado el exceso de de especulación sobre ella. Sí interesa señalar su peso en el Parlamento europeo, que según algunos cálculos de difícil comprobación supera en porcentaje al que se dio en las Cortes de la II República. La idea de una Unión europea después de la II Guerra Mundial, en su origen democristiana, tomó progresivamente un tinte socialdemócrata con influjo masónico y línea predominante  anticristiana.

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