El patriotismo de Ángel Viñas / ¿Fue por Helena la Guerra de Troya?

I Blog: Donjulianismo de la izquierda / ¿Un héroe, Casanova?: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El historiador lisenkiano Ángel Viñas ha escrito un artículo en El País en defensa de Negrín (¡a ver!), con expresiones como estas contra quienes ponen en duda las virtudes de su defendido: “Desde las babosidades de Manuel Aznar y Joaquín Arrarás hasta las engañifas más recientes se ha distorsionado el pasado. También algún autor-basura se las ha apañado para presentar bajo nuevos envoltorios las ‘pruebas’ de la ‘connivencia’ de Negrín con los siniestros designios de Stalin.” Bien, nada que objetar al tono empleado. Me parece bien que el señor Viñas desahogue sus sentimientos. No tan bien, en cambio, que se limite a expresarse como podría hacer un matón de tasca, sin explicar los motivos de sus insultos, como cabría exigir a quien va de intelectual por la vida. Pero a ese nivel nos tiene acostumbrados la progresía.

Según Viñas, “las bases documentales preservadas en los archivos” permiten afirmar que “las principales acusaciones que con mayor frecuencia se han dirigido contra Negrín son desmontables“. Pero veamos cómo las “desmonta” él, empezando por la primera acusación (ya iremos viendo las otras): “Envió por las buenas el oro del Banco de España a Moscú. Falso. Empezó a venderlo el Gobierno Giral a los pocos días de la sublevación. Los franceses adquirieron una cuarta parte. El franquismo no tuvo más remedio que aguantarse. Negrín contó con una autorización del Consejo de Ministros del 6 de octubre de 1936, que dejó la operación en sus manos y en las de Largo Caballero en su calidad de presidente del Gobierno.” Y ahí deja la cosa, una bonita manipulación.

Pero nadie dice que enviara el oro “por las buenas”, pues un acto tan extraordinario hubo de tener por fuerza poderosas razones. ¿Por qué dejó Negrín lo principal de las reservas españolas en manos de un sistema totalitario, terrorista y financieramente opaco, ajeno a las garantías propias del sistema internacional, con lo cual el Frente Popular perdía, como así ocurrió, el control sobre sus fondos? Los responsables de la fechoría lo han explicado a posteriori aludiendo a la actitud hostil de las democracias, pero se trata de evidentes pretextos. Como el mismo Viñas reconoce, una cuarta parte del oro –y casi toda la plata– fue negociada en países democráticos, con una dosis enorme de corrupción pero sin trastorno ni robo por parte de las autoridades de esos países. No, el envío a Moscú obedeció a otra razón, que por lo demás salta a la vista de cualquier persona libre de anteojos lisenkianos: a que el Gobierno de Largo Caballero era revolucionario, no democrático, y sus principales líderes se identificaban, con más o menos intensidad, con el totalitarismo staliniano. Varios de esos líderes, como Largo, Prieto y Negrín mismo, habían organizado el asalto a la república en octubre de 1934, planeado como una guerra civil para implantar la “dictadura proletaria”, o sea, del PSOE. ¿Por qué “olvida” Viñas estos datos, sin los cuales todo se vuelve un galimatías? ¿O puede refutarlos con “bases documentales preservadas en archivos? A la espera quedamos.

El Frente Popular perdió así el control sobre las reservas y sobre el grueso del suministro de armas. Con ello, la política y el destino de la España izquierdista quedaban a merced de Stalin, en un grado como ni remotamente sucedió con Hitler o Mussolini en el bando contrario. Además, Moscú disponía en España de un partido agente, el PCE, radicalmente stalinista y pronto convertido en el partido más potente; y también de unos asesores militares con influencia muy superior a la de los especialistas alemanes o italianos en el otro bando. Como señala Stanley Payne, ello no significó el dominio absoluto del Frente Popular por Moscú, pero sí una clarísima hegemonía que solo sería desafiada en el último momento, cuando la derrota estaba a la vista y el propio Stalin se había desentendido de sus protegidos-dominados.

Estos datos son absolutamente cruciales. Cualquier historiador que no los valore debidamente demuestra una ineptitud o una decisión manipuladora radicales. Pero Viñas, como los historiadores lisenkos en general, no es que no los valoren, es que ni los toma en cuenta. Apenas me ha interesado el debate sobre si el Kremlin estafó más o menos dinero a España, mi impresión es que no debió de haber mucho de ello, pues Stalin perseguía objetivos de mayor enjundia. Lo importante fueron las consecuencias políticas: el envío del oro, combinado con la fuerza del PCE y otros hechos, hizo perder al Frente Popular su independencia, convirtiéndolo en satélite de Moscú. De aquella situación salvaron a España los nacionales, como reconocieron Marañón o Besteiro. Justificar la supeditación al Kremlin constituye lo que normalmente se llama traición al país, un poco como ocurrió con los afrancesados. Que los socialistas se identifiquen con estos, y ahora con Negrín, solo expresa su auténtica manía antiespañola y su vocación de vender el país a quien sea. Tiene su gracejo nuestro historiador cuando habla con desdén del “hipernacionalismo de boquilla del franquismo”, como si él profesase un patriotismo real y no de boquilla.

En lugar de los alcances políticos de la inmensa fechoría, Viñas se fija en si el acuerdo al respecto fue tomado con algún rastro de legalidad por el Consejo de Ministros. Salvando las distancias, es como si nos preocupásemos de si la decisión de exterminar a los judíos fue tomada por los nazis siguiendo tales o cuales requisitos legales. Historiografía fina.

(en julio de 2008, LD)

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 ¿Fue por Helena la Guerra de Troya?

Ya en tiempos antiguos los bárbaros solían mofarse de los griegos por atribuir estos la guerra de Troya a rivalidad por una mujer; y con cierto pasmo oigo en un video a una veterana profesora universitaria asegurar que se trató de una “guerra comercial”, de la que incluso da detalles. ¿Cómo puede saberlo? Por una racionalización muy simple: “Todas las guerras son comerciales”, aclara.

Sostener que todas las guerras son comerciales o por motivos económicos revela ese marxismo de baratillo tan extendido también en la derecha, y queda en el nivel de la tontería. Cierto, las guerras tienen un componente económico, como lo tienen casi todas las actividades humanas. Por ejemplo, el arte, y hasta ahora a nadie se le ha ocurrido (¿o sí?) explicar las obras artísticas por el dinero que cobró o dejó de cobrar el artista, o la física por el ansia de los científicos de ganarse unos duros, como aseguraba Aparicio, el pastor de Porriño. Además, en una guerra suele haber poco que ganar y mucho que perder, casi siempre comporta muy graves riesgos y a menudo perjuicios económicos: perjuicios absolutos para quienes mueren en el empeño. Desde luego, no faltan aquellas dirigidas principalmente al dominio económico o comercial, como la de Sadam Husein contra Kuwait, las que opusieron a Holanda y a Inglaterra durante largo tiempo, las guerras del opio, etc. Pero, por venir a estos días, desde el punto de vista comercial, judíos y árabes sacarían más beneficios evitando el enfrentamiento. Lo mismo cabe decir de las guerras de Sudán, de Yugoslavia, o la de Afganistán, la de Vietnam, la de Corea… Ni la Reconquista ni las Cruzadas ni la Guerra Civil española o la rusa o la finlandesa fueron motivadas por la economía, aunque tuvieran su lado comercial, necesario para sostener los ejércitos.

Las motivaciones de las guerras son muy variadas, a menudo muy embrolladas; y desde luego caben entre ellas casos como el de la Guerra de Troya. En Nueva historia de España me he extendido algo en las contiendas entre los reinos francos causadas por las rivalidades en torno a Fredegunda y la visigoda Brunegilda, en las que el motivo económico resulta difícil de discernir.

Está claro que los relatos de Troya son ficticios en parte importante. Quizá la historia de Helena sea una invención o, de existir, solo un pretexto para otros objetivos. Pero realmente no lo sabemos. Nos queda el arte y el encanto de la epopeya, y haríamos tan mal en reducirlos a intereses comerciales como en explicar las teorías intelectuales por el mero apetito de dinero de sus autores. Aunque deseen ganarlo, evidentemente.

(Publ. junio de 2010 en LD)

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Parásitos de las libertades / ¡Hurra por Inglaterra!

****Los días 10 y 11 de octubre, de 19,30 a 21,00 impartiré un seminario sobre masonería.   La primera sesión versará sobre la naturaleza de la masonería, entre la leyenda y la realidad; la segunda, sobre su influencia histórica en España. Universidad Tomás Moro, c. Fortuny 39, Madrid. Información e inscripciones: 914 327 681.

****Blog I:  Trece rosas y muchas jetas / “Los catalanes nos quieren gobernar”: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Parásitos de las libertades

Una servidumbre del sistema de libertades es la necesidad de soportar a quienes lo utilizan con el fin de destruirlo. Los marxistas lo explicaban así, más o menos: “La burguesía consiente libertades hasta que el movimiento obrero cobra fuerza y amenaza su poder. Entonces viene la dictadura, el fascismo”. El comunismo, claro, llama “movimiento obrero” a un conjunto de reivindicaciones y conflictos sociales admisible en el sistema de libertades, pero que aquél se empeña en empujar contra el propio sistema y en pro de la dictadura, empleando la demagogia.

Bastantes enemigos de los totalitarismos caen en la trampa lógica de admitir el dominio de los comunistas, por ejemplo, si éstos alcanzasen mayoría de votos. Debido confusiones parecidas, la resistencia a los totalitarios ha sido a menudo vacilante. Pero las libertades políticas son un logro humano alcanzado penosamente en los últimos siglos, resultado de la creciente complejidad de las organizaciones sociales y de la reflexión ética y política. Un logro siempre amenazado y parasitado por quienes desean algún tipo de despotismo como solución simple a los problemas y conflictos propios de sociedades tan complejas como las actuales. La anulación de las libertades no puede someterse a votación, como no puede someterse a votación un supuesto derecho al robo. Es preciso tolerar a grupos liberticidas, pero si alguno de éstos conquistase o estuviese cerca de conquistar el poder, la rebelión o una enérgica actuación preventiva sería legítima y obligada, por mucho que aquellos consiguiesen gran número de votos, como los consiguió Hitler en su momento.

Tenemos ahora ante nosotros una situación semejante. En Vascongadas gobierna un partido, el PNV, con aspiraciones totalitarias visibles ya en su pretensión de representante único y auténtico de “los vascos”. Bajo ese gobierno, el asesinato se ha convertido en instrumento político aceptado (el PNV lo ha explotado sistemáticamente para avanzar en su dominación social), y la democracia apenas subsiste. Algo parecido, aunque con menor intensidad, cabe decir del nacionalismo catalán. Ello es, en parte, el fruto envenenado de muchas claudicaciones y concesiones equivocadas por parte de quienes debieran haber actuado con más energía y convicción. Por suerte, está habiendo una reacción del Gobierno y de quienes, defendiendo la libertad contra el crimen, defienden también el honor de los vascos frente a quienes usurpan cínicamente su nombre e intereses.

Hoy, tras un siglo de existencia de los nacionalismos vasco y catalán, podemos observar un panorama global. Esos nacionalismos han surgido y crecido en los períodos de libertades, parasitándolas y, junto con otros partidos, desestabilizando el sistema y llevándolo a crisis sucesivas que acabaron por dos veces en dictadura, una de ellas tras una cruenta guerra civil. Bajo las dictaduras de Primo de Rivera y de Franco, en cambio, los nacionalismos apenas hicieron oposición o resistencia. La excepción de la ETA tiene especial significado, porque su brutalidad terrorista nacía de una combinación de nacionalismo y marxismo-leninismo.

En otros tiempos los nacionalismos obraron en combinación con grupos revolucionarios. Hoy, estos últimos son secundarios, y los primeros se han convertido en el principal riesgo de desestabilización. El reto actual consiste en derrotarlos sin sacrificar a ello las libertades. No es nada imposible, si los partidarios de la democracia, y de la unidad española que la cobija, actúan con energía e ideas claras

( Publ. en LD, enero de 2004, poco antes de que el delincuente Zapatero pasase a colaborar amplia y activamente con los asesinos. Un crimen por el que nadie le ha hecho rendir cuentas. En España, política se ha convertido en sinónimo de delito)

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¡Hurra  por Inglaterra!

Como ha explicado el ministro de Economía inglés: “Si hubiéramos firmado el tratado -si David Cameron hubiera roto su palabra con el Parlamento y los ciudadanos, cediendo sin conseguir las contrapartidas que pedía-, hubiéramos sentido toda la fuerza de esos tratados europeos, es decir, del Tribunal europeo, la Comisión europea y el resto de esas instituciones aplicando los tratados y usándolos para socavar los intereses británicos y del mercado único”. Es decir, ha hecho una declaración de democracia y de independencia no solo económica sino política, frente al rebaño de políticos europeos dispuestos a hacer caso omiso de sus conciudadanos y renunciar a sus derechos de primogenitura a cambio de un plato de lentejas o, más propiamente, a la promesa de un plato de lentejas que quizá sea solo un espejismo o resulten estropeadas y poco nutritivas. Un dilema eterno el de la primacía de los derechos o de las lentejas; pero suele ocurrir que quienes ponen en primer lugar las lentejas terminen perdiéndolas, además de la dignidad.

Ustedes recordarán que los políticos nos metieron en el euro sin contar para nada con la opinión pública y, peor todavía, engañándola groseramente con promesas de estabilidad y prosperidad eterna. Ante la crisis en que ha desembocado el invento, ¿han visto ustedes a alguno de esos políticos analizar sus propias actuaciones, dimitir, responsabilizarse al menos, entonar un mea culpa? Ni uno. Ha habido sustituciones, impuestas por las presiones del gobierno alemán y, en menor medida, el francés, los que realmente mandan en la UE. Se supone que en una democracia los políticos tienen responsabilidad en los éxitos o los fracasos de sus países, pero solo en Islandia parecen habérsela exigido. Lo cual plantea serias dudas sobre la clase de democracia, de control popular que tenemos, al margen de la pérdida sistemática de soberanía a manos de unas burocracias opacas y unos diputados “elegidos” por casi nadie y que, sin embargo, votan en Bruselas  ley tras ley que afecta a nuestras vidas.

En la mentalidad creada desde hace muchos años, todo gira en torno a las lentejas. ¿Hay más lentejas? Entonces todo va bien, aunque la democracia y la salud social se deterioren y las sociedades envejezcan a gran ritmo. ¿Que las lentejas se echan a perder? No importa, no hay que pensar en derechos o soberanía, porque, aseguran, complicaría las cosas y sería mucho peor.

Suiza y Noruega están fuera de la UE. Ni por ello se empobrecen –al contrario–, ni se aíslan, ni pierden prestigio –también al contrario–, y mantienen su independencia y soberanía sin hacerlas depender de Berlín, París o Bruselas. España tiene su propia experiencia: nunca creció de manera tan rápida y sana como en los últimos quince años del franquismo, fuera de la CEE. La entrada en la CEE, luego UE, nos fue presentada por los demagogos como la maravilla de las maravillas. Pero trajo consigo pérdida de independencia, ninguna ayuda en nuestros conflictos con Marruecos o Gibraltar, y un ritmo de crecimiento económico mucho más bajo, insano y dependiente, con frecuentes altibajos. Esta no es la primera gran crisis que sufrimos: en los últimos años del felipismo hubo otra parecida. “Europa nos protege de nosotros mismos”, aseguran los cretinos. Cómo protegernos de estos?  (en diciembre de 2011)

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Unión Soviética, comunismo y revolución en España

Blog I:  Universidad y talibanes laicistas / Secreto del antifranquismo / ¡Alerta al BNG y al pueblo gallego! : http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El libro, de Radosh y otros, España traicionada, dejó en evidencia —una vez más— la absurda falacia de convertir a Stalin en adalid de la “república” abandonada en cambio por las democracias reales. Aunque casi nadie osa hoy enaltecer a Stalin, ese discurso, de inspiración soviética, sigue manteniéndose por la mayor parte de los historiadores “progres” —a quienes bien podría denominarse neostalinianos— si bien sustituyendo la figura del tirano soviético por la de Negrín, que tras unas décadas de olvido ha vuelto a gozar de gran predicamento.

Negrín fue, indiscutiblemente, el hombre de Stalin, valedor de la estrategia soviética que prolongó una guerra perdida, aumentando innecesariamente las víctimas y que, no contento con esto, pretendía resistir hasta meter a España en la guerra mundial, lo cual hubiera multiplicado por dos o tres las víctimas ya muy numerosas del enfrentamiento civil. Tales designios, siguiendo en esto a Alcalá-Zamora, a Azaña y al sentido común, sólo cabe calificarlos de funestos por no decir criminales, y sin embargo resultan muy del gusto de la historiografía “progresista”, tan escandalizada en cambio por las víctimas del franquismo.

Cuando salió el libro citado, que con documentos secretos soviéticos destruye buena parte del montaje historiográfico neoestalinista, creí que los historiadores de esa tendencia, hoy predominantes incluso en publicaciones de derechas, se verían en serios aprietos para digerirlo. Pues nada de eso. Lo han liquidado tranquilamente mediante una combinación de displicencia, interpretación forzada de sus datos y descaradas tergiversaciones. ¡Un modelo de rigor y honradez intelectual! Y ahora aplican el mismo bicarbonato al libro de Stanley Payne Unión Soviética, comunismo y revolución en España, publicado recientemente por Plaza y Janés: algunas reseñas insustanciales que eluden cuidadosamente la cuestión principal implicada.

Como observa Payne, “Realmente no tiene excusa el modo en que los historiadores han malinterpretado y tergiversado persistentemente durante más de sesenta años la postura comunista” (p. 182). En verdad, no era difícil un elemental análisis crítico, distinguiendo entre la propaganda exterior comunista, deliberadamente ambigua o engañosa, y los principios reales e internos de esa política, expuestos con claridad meridiana en sus documentos. Pero ese análisis ha resultado tarea excesiva para esos historiadores. ¿Por mera incapacidad intelectual? Podríamos creerlo si no fuera porque esos mismos intelectuales, tan aparentemente ciegos, han derrochado energías para descalificar como “franquistas” o “fascistas” las aclaraciones sobre la política real de la Comintern. Ha sido, pues, y sigue siéndolo, una actitud deliberada por parte de los progres neostalinianos, y dentro de ella entra el semivacío hecho a la obra de Payne, como a las de Radosh, R. de la Cierva, C. Vidal, Martínez Bande y tantos otros…

“Para el gobierno soviético, la Comintern y los comunistas hispanos —señala Payne— lo que realmente se estaba dando en la zona republicana no era la democracia burguesa que todos ellos proclamaban con fines propagandísticos en el ámbito internacional, sino la democracia de nuevo tipo, exclusivamente izquierdista, o estadio superior de la revolución democrática, la república popular proclamada por la doctrina frentepopulista en 1935 y por la política soviética en cierto nivel desde 1924” (p. 182). Sin entender este aspecto fundamental, la historiografía se degrada en propaganda, y eso es justamente lo que ha venido ocurriendo a lo largo de tantos años.

El PCE fue un partido revolucionario, aunque su táctica no concordara con la de otros revolucionarios, en especial los anarquistas, y lo era ya antes de recomenzar la guerra en julio del 36. “Los historiadores —aún muy numerosos— que siguen describiendo al PCE como una fuerza moderada sencillamente no han prestado atención a las propias políticas del partido, claramente anunciadas” (p. 373). En verdad, resultaría muy instructivo, y algo cómico, comparar los documentos y actos comunistas de preguerra con su omisión tosca y sin embargo exitosa, por parte de tantos historiadores.

Determinar con claridad el carácter de la política comunista es absolutamente clave para entender la Guerra Civil, pues esa política fue un elemento decisivo, por no decir el decisivo, de la contienda en el bando izquierdista tanto por la fuerza alcanzada por el partido como por la tutela soviética sobre el Frente Popular. Los comunistas querían construir una “democracia popular” al estilo de las impuestas después de la guerra mundial en numerosos países del este europeo. ¿En qué medida lograron su propósito? Payne estima que, aunque alcanzaron un predominio militar y policial, y con Negrín, también un predominio político, “La Tercera República continuaba siendo un estado soberano, y no un mero satélite de la Unión Soviética” (p. 387).

No estoy muy seguro de que pueda llamarse soberano a un estado tan dependiente de la URSS en su suministro de armas, gracias a la entrega del oro español, y en el que ningún partido, fuera del comunista, tenía algo parecido a una estrategia o una política de mediano alcance. El PCE era el único que sabía realmente lo que quería y se había trazado un plan para conseguirlo… al servicio de Stalin, no de España. Los demás izquierdistas le temían, a menudo le odiaban, pero no tenían otra alternativa que seguirle, eso sí, entre constantes quejas, maniobras y sabotajes. Negrín era explícito cuando informaba a Stalin sobre tales zancadillas, lamentando que “aún” no había llegado el momento de ajustar cuentas a los díscolos. Pero eran sólo díscolos, no llegaban a rebeldes. En definitiva sólo podían optar por Stalin o por Franco, y, como se sabe, terminaron decidiéndose por Franco, mediante la rendición incondicional.

Un rasgo de la historiografía sobre nuestra guerra, que muestra cuánto la condiciona la propaganda, es el uso de los términos “república” y “republicanos”, identificando a un bando con el régimen instaurado en 1931. Payne, desde luego, no cae en esa trampa. En febrero de 1936 la victoria electoral del Frente Popular, es decir, de los mismos partidos alzados contra la legalidad democrática en octubre del 34, ponía a la república en trance de rápido hundimiento, y así ocurrió en los meses siguientes. Al alzarse a su vez la derecha, en julio, y repartir la izquierda armas a las masas, se derrumbó lo poco que quedaba de la república de abril del 31.

¿Cómo llamar al régimen reconstruido sobre esa ruina en la zona izquierdista? Payne, siguiendo a Bolloten, lo denomina “Tercera República”. “Esa República revolucionaria de la Guerra Civil constituye un tipo de régimen único que no tiene equivalente histórico exacto”. Así es, desde luego, aunque quizás la dificultad de caracterizarlo obedece en buena medida a que no llegó a estabilizarse, razón por la que, por mi parte, he preferido llamarle “Frente Popular”, sin más. Iba camino de convertirse en una “democracia popular” al estilo de las de Europa del este, pero el proceso no llegó a culminar. El régimen se caracterizó por una ardua lucha interna entre sus principales fuerzas, anarquistas, socialistas de distintas tendencias, comunistas y, en menor medida, los viejos jacobinos, y los nacionalistas catalanes y vascos. Mezcla tan explosiva sólo pudo mantenerse, y con dificultad, gracias a la presión del enemigo común y a la política comunista-soviética… pero es de lo más significativo que terminase en una guerra civil dentro de la Guerra Civil.

Para Stalin, observa Payne, la guerra española fue una buena inversión, pese a la derrota. “Desde una perspectiva financiera, la empresa no le costó nada a Stalin. De hecho, y dada su deshonesta contabilidad, es posible que incluso obtuviera beneficios económicos. Además, la relación entre medios y fines se abordó de manera sumamente eficiente. Prácticamente sin coste alguno, sin emplear nunca a más de 3.000 militares y personal relacionado, y con una pérdida en vidas humanas inferior a 200 (poco menos que insignificantes desde el punto de vista de Stalin), la URSS ayudó a prolongar la resistencia republicana durante dos años y medio, lo que permitió a los comunistas alcanzar una posición predominante que, aunque incompleta, no tuvo entonces ni tendría en el futuro parangón en ningún otro país de Europa occidental” (p. 390).

No debe olvidarse que, después de todo, “la URSS fue la única potencia que había estado interviniendo sistemáticamente en los asuntos españoles antes del inicio de la Guerra Civil, manejando su propio partido político dentro del país y, finalmente, alcanzando cierto éxito en ello” (165). El libro de Payne es el más clarificador escrito hasta la fecha sobre un tema tan fundamental para la comprensión de la guerra y de la misma II República. Sus aportaciones ayudarán a eliminar la pertinaz y voluntaria ceguera al respecto, impuesta durante tantos años.

Stanley G. Payne. Unión Soviética, comunismo y revolución en España (1931-1939).

(mayo de 2004 en La Ilustración liberal)

 

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(III-b) Europa y Usa / Discrepancias sobre un mismo personaje.

Blog I: Ansón, Franco y el catalán / ¡Ah, traidores…! http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/anson-franco-y-catalan-ah-traidores-20121001

Los días 10 y 11 de octubre, de 19,30 a 21,00 impartiré un seminario sobre masonería en Universidad Tomás Moro, c. Fortuny 39, Madrid. Información e inscripciones: 914 327 681.

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Declaración de principios (III-b) Europa y Usa

Por lo que respecta a Europa, el grueso de ella fuera de  Rusia, está integrada en la Unión Europea, y es en ella donde con mayor intensidad ha intentado aplicarse el esquema de Fukuyama. Y donde también ha fracasado, sumiendo a la UE en una crisis profunda de efectos por ahora impredecibles, mientras el mundo se vuelve a su vez también más incierto para la receta que igualaba economía y politica. Hay que señalar que esa política se basaba en supuestos falsos, como el de que la unidad económico-política europea garantizaba la paz y la prosperidad del continente desde la II Guerra Mundial y lo haría en lo sucesivo.  La garantía real nunca fue ese proceso de unidad, sino la tutela militar de Usa, el comercio con esta y la progresiva renuncia de las naciones europeas a desempeñar un papel independiente en el mundo, lo que intentan compensar algunos mediante la unión política. Esta, con ambiciones de superpotencia, no corresponde ni a la historia real ni a la diversidad cultural y de intereses dentro del propio continente. La unidad efectiva solo podría articularse con la hegemonía de hecho, si no de derecho, del Eje Berlín-París, las dos naciones más potentes y capaces de decidir.  Hegemonía que no admitirá Inglaterra, aunque países dirigidos por castas serviles como España la acepten de momento con entusiasmo. Pero hay y habrá siempre conflictos de intereses que podrían dar lugar a rupturas, así como presiones exteriores, de Rusia en primer lugar. El Mercado Común fue una buena idea, posible como se ha demostrado y que no iba contra la realidad histórica y cultural del continente. La unión política es ya una mala idea como creo que se está demostrando.

Y es mala especialmente para España, que aparece como el típico aliado-lacayo debido a la colonia de Gibraltar y a la más que dudosa lealtad de París o Londres hacia nuestro país en relación con Marruecos. Por no hablar del perpetuo interés de Inglaterra en mantener una España débil. La secesión de Portugal se debió en gran medida a Inglaterra, que también ha aspirado a erigirse en protectora de Cataluña, pretensión no abandonada del todo. Máxime si Madrid adopta una postura enérgica por el conflicto de Gibraltar. En fin, una posición de lacayo en completo desacuerdo con la historia y el peso político y económico de España, que solo puede mantenerse gracias al servilismo de una casta política bien definida por el coronel Alamán como falta de patriotismo y de sentido del honor. Y huera de pensamiento democrático, por cierto. Esa casta ha llevado al país a una situación insostenible interna y externa, por lo que cabe esperar que no dure demasiado. De momento la muy deficiente democracia española sufre un proceso de auténtica putrefacción cuya salida es muy arriesgado predecir. A mi juicio, España debería imitar a Inglaterra marcando claramente la prioridad de sus intereses sobre los del eje francoalemán o cualesquiera otros: “más España” en lugar de “más Europa”, frase esta última que falsea la realidad: esa Europa contradice la realidad europea. Y un país que no se hace respetar  nunca  será respetado.

Con Usa ocurre algo diferente: a su intervención bélica ha debido la Europa occidental su democracia y su paz;  y luego, en buena medida, al Plan Marshall el despegue de su prosperidad. Una deuda impagable. Luego, durante la Guerra Fría, trató de contener en todo el mundo el empuje comunista, aunque no pudo impedir que este se impusiera en China, Corea del Norte, Cuba, Vietnam y otros lugares: fue una larga campaña con victorias y derrotas que terminó en la caída de su principal enemigo, la URSS. En la nueva situación, Usa ha debido afrontar la radicalización musulmana,  nuevas formas de terrorismo y amenazas redobladas hacia Israel, mientras decae de su posición de absoluta primacía en el mundo de hace solo unos años. Hasta ahora, la mayoría de las intervenciones bélicas de Usa contra el auge islámico (Beirut, Somalia, Afganistán o  Irak)  han fracasado o parecen abocadas al fracaso, muy costoso en términos económicos y probablemente aún más en términos políticos. Su nueva orientación con respecto a los países musulmanes, apoyando ficticias “primaveras árabes”, no parece destinada a mejor éxito que las anteriores intervenciones directas, y de momento ha llevado a la destrucción de varios regímenes prooccidentales en el mundo islámico, desde el del sha de Irán.

La posición de España en relación con Usa fue muy beneficiosa en el pasado. Franco la contrapesó para mantener la independencia del país contra la tendencia a menudo irresponsable y absorbente de la CEE. Y sirvió a la lucha contra el comunismo, sin por ello supeditar la política de Madrid a la de Washington (en casos como Cuba o Vietnam). Posteriormente, los políticos autodenominados democráticos socavaron la autonomía española tanto frente a Usa (por ejemplo en las guerras del Golfo y Afganistán) como en frente a la UE (en la que aspira la casta política a diluir  nuestro país).  Sin duda España puede y debe contrapesar la amenaza absorbente de la UE con una relación más intensa con Usa, aun sin identificarse con sus aventuras bélicas salvo casos muy especiales. Máxime cuando el mundo islámico es tan importante para España, por razones económicas y por ser foco de amenazas potenciales. El modelo establecido por Franco, de alianza y colaboración desde la independencia,  sigue siendo básicamente el más favorable a los intereses hispanos.  La presencia de importantes bases militares useñas en España debe ser el límite de la colaboración militar, y podría usarse como presión para el recobro de  Gibraltar. Máxime cuando la OTAN no garantiza las ciudades españolas en el norte de África. Con estas condiciones, la aproximación a Usa puede beneficiar y servir para mantener la independencia de España, aunque probablemente las relaciones no serían tan fáciles en cuanto a Hispanoamérica.

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El personaje Paco.

Aunque  las reseñas y comentarios sobre Sonaron gritos, publicados en estos blogs, tratan el argumento en general y poco los personajes (se habla más de los femeninos), me ha llamado la atención la disparidad de  juicios suscitada por uno de estos, Paco, el amigo de Alberto, que atrae el segundo a “aventuras de alto riesgo”, en palabras de Aquilino Duque (premio nacional de Literatura en 1975). Para este, Paco es  elgran motor del relato y, como casi todos los que desfilan por sus páginas, presenta profundos claroscuros, unos claroscuros dignos de personajes de novela rusa (…) Al desmovilizarse la División Azul  y volver nuestro antihéroe a España, el otro, el hombre de acción por excelencia, nihilista radical, se quedó a luchar en la Legión Azul, cuando nada sorprendente hubiera sido que desertara y se pasara a los soviéticos. La cruz de hierro, aunque sea de segunda clase, gradúa de héroes a estos jóvenes de familia modesta que viven para contarlo y que como tales sienten escasa simpatía por los burgueses. Por algo dijo Sombart que el héroe es el que lo da todo a la vida y el burgués el que va a ver lo que saca de ella, aunque para ello tenga que aliarse con el demonio si es preciso”. (http://vinamarina.blogspot.com.es/2012/07/una-novela-dantesca.html)

Más escueta, la profesora Isabel Hernández considera a Paco “el mejor carácter masculino, se parece a los héroes de Grecia. Sentí que lo mataras”. “Es para mí el mejor sin desmerecer al protagonista Berto. Es un carácter muy bien creado, con sus reflexiones sobre el amor, el sentimiento trágico de la vida y al mismo tiempo su sentido del humor”. ( http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/amor-sonaron-gritos-borja-riquer-sufre-20120528).

El novelista Luis Segura también presta más atención a los personajes femeninos, pero señala que  aunque ningún personaje es del todo buena persona, “siento simpatía por Alberto y Carmen, y también pena por Paco, un héroe olvidado maldito por el amor (…)  La pareja que hacen Alberto y su  amigo Paco es emotiva y única, pero no indisoluble, como nada en esta vida. Las discusiones filosóficas que mantienen, hablando de lo divino y lo humano, muestran sobradamente la densidad intelectual del autor de Sonaron gritos y se disfrutan enormemente”. (http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/05/sonaron-gritos-y-golpes-la-puerta-de.html).

Curiosamente las discusiones a que se dedican ocasionalmente los dos protagonistas y otros en las tertulias madrileñas o en el frente, le parecen a Aquilino Duque la parte más floja de la novela, mientras que los otros dos comentaristas citados las encuentran muy sugestivas. Alguien más decía que encontraba la acción “fea” y los diálogos “hermosos”.

Estas discrepancias y otras muestran hasta qué punto se escapa una novela y sus personajes de las manos (o de las intenciones) de su autor. Realmente concebí a Paco y  Alberto como dos personajes de acción y al mismo tiempo amigos de especular sobre lo divino y lo humano, mezcla poco frecuente pero no irreal. Dentro de ello, los dos son muy distintos. Alberto un tanto neurótico, inseguro y atormentado, Paco, seguro de sí mismo,  aventurero con pocos escrúpulos, tanto en el amor como en  las acciones “de alto riesgo”, es asimismo más ambicioso y más brillante en lo intelectual. El primero ama también la aventura, pero sufre mucho con ella, solo disfruta de cierta sensación de plenitud una vez pasada felizmente.  Intenté definirlos en numerosos episodios. Uno de ellos aquel en que Paco mata de forma innecesaria, es decir, asesina, a un soldado enemigo. Lo hace llevado por la tensión del momento, no por brutalidad o sadismo, pero en cualquier caso su acto no le preocupa ni le remuerde. En la misma escena, Alberto, llevado de un impulso inconsciente, salva de la misma suerte a otro soldado. Y ese otro, que resulta ser otra, va a ser la causa de que la estrecha amistad entre los dos, cimentada en tantos riesgos compartidos,  esté muy cerca de terminar catastróficamente, en un pequeño infierno de celos y venganzas dentro del infierno bélico general. Pero quizá esto es lo que yo quería presentar, y otra cosa lo que salió. Por otra parte la ironía de la pasión repentina de Paco, que siempre había rechazado la pasión amorosa con buenos argumentos, “surgió” sin premeditación en el relato.

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La evolución mundial / Historia y novela

Blog I: Educación sexual / Calzadas romanas: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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DECLARACIÓN DE PRINCIPIOS  (III-a) La evolución mundial

Ninguna política puede ser estrictamente nacional, ya que las corrientes e intereses exteriores siempre influyen en ella. Y no porque estemos en un mundo “global”, pues siempre ha sido así. Muy a menudo la evolución de un país ha sido rota o cambiada radicalmente por sucesos acontecidos muy lejos de él. Por lo que se refiere a España, su formación como comunidad cultural provino de decisiones tomadas muy lejos de sus costas, en Roma y Cartago. Más lejano aún, en la desértica Arabia, ocurrió el chispazo del incendio que casi invirtió por completo el resultado de la II Guerra Púnica, y que durante varios siglos lo invirtió realmente en gran parte de Iberia. El protestantismo surgido en Alemania condicionó fuertemente la política española durante más de un siglo, y la Revolución francesa tuvo el efecto de quebrar, a través de la invasión napoleónica, la evolución interna del país. En el siglo XX, las convulsiones europeas estuvieron muy cerca de causar una catástrofe interna en España. Etc.

En 1989- 1991 terminó la Guerra Fría por implosión de uno de los contendientes, un suceso histórico notabilísimo y completamente inesperado para prácticamente todo el mundo.  Historiadores, analistas y políticos juzgaban el régimen soviético como indefinidamente duradero, y casi de pronto, en un proceso rapidísimo, se vino abajo toda una enorme construcción juzgada casi inamovible. El prodigioso hecho pareció preludiar el triunfo absoluto de la democracia liberal en todo el mundo, a la que no parecía haber alternativa,  y con ella el fin de la Historia,  en expresión de Fukuyama: se generalizaría “un tiempo triste. La lucha por el honor, la disposición a arriesgar la vida por un fin abstracto, la lucha ideológica mundial con sus virtudes de audacia, valor, imaginación e idealismo, será reemplazada por el cálculo económico, la inacabable resolución de problemas técnicos, la preocupación por el medio ambiente  y la satisfacción de las complicadas exigencias consumistas. No habrá arte ni filosofía, solo  la perpetua vigilancia  del museo de la historia humana”. Y, sin decirlo, regímenes de modelo anglosajón, con el inglés como idioma político y cultural.

El análisis de Fukuyama parecía bien fundado en el derrumbe de la URSS. Por cierto que algo así preveía ya mucho antes Fernández de la Mora ante la supuesta caída de las ideologías, de la que el derrumbe de la URSS podría considerarse el último episodio:  el estado se ocuparía de cuestiones técnicas fundamentalmente, y en eso consistiría la política. Sin embargo la profecía no se ha cumplido, como sabemos, y hasta podría establecerse esta ley de las profecías históricas: “Siempre fallan”.  Unas ideologías han sido sustituidas por otras, si bien con un alcance intelectual o filosófico mucho más limitado que el marxismo. La tendencia economicista-tecnocrática se ha desarrollado sobre todo en la Unión Europea, en mucha menor medida en Usa; pero en ambas surgen corrientes políticas e ideológicas muy variopintas, y el mundo se ha vuelto en varios sentidos más complicado. Otro analista, Huntington, respondiendo en cierto modo a Fukuyama, predicó un choque de civilizaciones, las cuales distinguió en gran medida por su componente religioso, y ese conflicto sustituiría al ideológico y al nacional. Algo de ello  parece ocurrir entre la civilización islámica y la occidental cada vez menos cristiana, mientras que China y la India van conformándose como dos colosos con sus propios intereses y necesidades que darán lugar a “rozamientos” de alcance muy difícil de predecir. No obstante, en el interior de cada una de esas civilizaciones proliferan los conflictos, también ideológicos y nacionales.

La complejidad y variedad de los movimientos que conforman el mundo actual, y el seguro surgimiento de otros hoy inexistentes o poco importantes aún, vuelve imposible la predicción y un cálculo seguro.  Con todo, no queda más remedio que especular, en el buen sentido de la palabra, con las corrientes más evidentes, cosa que puede hacerse sin demasiado error, en principio,  en el corto e incluso el medio plazo. Dentro de este conjunto de evoluciones, a España le afectan fundamentalmente las  de Europa, América (de modo distinto Usa e Hispanoamérica) y el Islam. Sin olvidar que los acuerdos y desacuerdos entre Rusia, China y Occidente pueden repercutir a su vez sobre nosotros. Ahora mismo, como ocurrió en la Guerra Fría, la pugna se libra sordamente por países interpuestos como Siria, y según transcurran las cosas, la situación en Oriente Medio-Próximo, con Irán e Israel,  puede ponerse al rojo vivo, lo que afectaría inevitablemente a nuestro país, tal como le afectó la Guerra del Yom Kipur, que desencadenó la crisis del petróleo en 1973, y probablemente en mayor medida.

Es preciso decir que en todos los conflictos entran factores económicos, tecnológicos, militares (aunque sea como presión o amenaza), ideológicos y otros, todos los cuales se integran en proporciones y modos diversos, en las políticas de las potencias. Por ello el análisis es siempre complicado y la predicción incierta. La inclinación a considerar la política un mero reflejo de conveniencias o necesidades económicas, tan extendida en la izquierda y la derecha, solo vuelve el análisis más primario e incierto.

Así pues, por lo que respecta a España, intentaré trazar algunas líneas elementales en relación con Europa, Usa, Hispanoamérica y el Islam, particularmente el magrebí.

(Anteriores entregas de la declaración: https://www.piomoa.es/?p=506 y https://www.piomoa.es/?p=515)

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 Novela e historia:

   Me choca que usted,  que en el campo de la historia ha escrito libros de alta calidad, se haya pasado ahora al campo de la novela. Seguramente no está usted tan capacitado para la novela como para la historia, porque es raro que alguien tenga las dos virtudes a la vez. Pero, además, me parece un gran descenso de nivel. La novela, en fin de cuentas,  no deja de ser un fingimiento, en el fondo no es más que  una mentira agradable o entretenida, que explota las emociones. Al revés, la historia busca la verdad y por eso tiene mucho más valor, muchísimo más valor. Pero además si se mezcla la historia y la ficción en la llamada novela “histórica”,  el estropicio es peor en los dos campos… Octavio.

Resp. No me parece que puedan compararse la historia y la novela. Como usted indica, la historia busca la verdad. La busca  a partir de los datos y una argumentación atenida a ellos, cosa que no hace la novela. Pero es una equivocación igualar ficción y mentira. El Quijote es una ficción, pero expresa sobre la condición humana una verdad de tal profundidad que la mera historia no podría probablemente alcanzar. La ficción literaria se refiere a las motivaciones íntimas de las personas, algo que el ficcionador puede “adivinar” por introspección y por lo que conoce de otros a lo largo de la vida.  Un libro de historia que se dedicara a presuponer tales o cuales motivaciones personales en los políticos, por ejemplo, se vuelve por ello mismo arbitrario y generalmente  ridículo. Preston, por ejemplo, es muy dado a atribuir a  los personajes que trata, especialmente a Franco, las motivaciones personales que a él le da la gana de imponerle.  Esto solo funciona en la propaganda.

Lo que usted señala de la novela histórica es un peligro cierto, pero no un defecto consustancial. Ya he dicho que hay dos tipos de novela de ese género: aquel en la que el autor se apodera de personajes históricos reales y los maneja como mejor le parece, generalmente según sus prejuicios o manías ideológicas; y aquel otro en que los personajes son ficticios, por lo que es lícito “manejarlos”. En el  primero  (cultivado por R. Graves y muchos otros, y que se ha puesto de moda), me parece que su crítica es razonable: constituye básicamente un un fraude. Sin embargo en el teatro tiene otra virtualidad, pues sabemos de antemano que los personajes reales son tratados como personificaciones de tales o cuales conflictos  psicológicos (de carácter, etc.), así muchas obras de Shakespeare.

Al segundo tipo lo llamamos novela histórica  solo porque la acción de los protagonistas transcurre en un marco histórico real que  condiciona gran parte de su peripecia. Ahí    los personajes reales solo aparecen como parte del “paisaje” de la época.  Por ejemplo, en Sonaron gritos salen Franco y otros que sin embargo no tienen ningún papel en la trama novelística. También aparece Companys, que sí desempeña un importante papel, pero solo de forma pasiva, como objeto  de la acción, finalmente fallida, de los protagonistas y  de algunas lucubraciones de estos. Lo mismo  el entierro de Durruti como ocasión para diversas reflexiones. Algunos otros, como González Vicén, están solo muy ligeramente novelados a partir de hechos en los que participaron (González Vicén en la organización de la sangrienta emboscada al maquis en Asturias, aunque yo lo sitúo en Galicia, para no crear una impresión excesiva de reportaje en lugar de novela y porque los ambientes rurales y suburbiales gallegos me son más conocidos que los asturianos).

Siendo incomparables la novela y la historiografía, cada una puede alcanzar un nivel u otro, desde lo chabacano y deleznable hasta la máxima calidad accesible al ser humano. La mayor parte de los libros de historia, como de las novelas, tiene un nivel mediocre, inevitablemente. Los personajes de ficción pueden tener más o menos verdad al modo del Quijote, eso depende del talento del autor. Usted supone que quien es historiador no puede ser buen novelista o a la inversa, pero eso no está demostrado, aunque es verdad que los de un oficio no suelen ejercer del otro. De hecho, cuando  propuse  la novela a Ymelda Navajo le advertí que la mayoría de la gente tiene el prejuicio –a veces fundado–  de que quien destaca en un campo no puede destacar en otro, por lo que se difundiría mucho menos que mis libros anteriores.

Por lo que a mí respecta, no puedo juzgar sobre mis propios méritos literarios, como es obvio. La novela ha sido recibida con  silencio sepulcral en todos los medios importantes, sean de izquierda o de derecha. Esto podría interpretarse como indicio de que su calidad es mediocre o mala… si no fuera porque con el mismo silencio han obsequiado mis trabajos historiográficos desde Los mitos de la guerra civil,  por lo que el silencio responde a otros criterios que la calidad de la obra. Creo que soy la persona más vetada  en dichos medios, que prefieren dedicar sus grandes espacios a otro tipo de personajes. Solo he podido comentar Sonaron gritos y golpes a la puerta en Es Radio y en Intereconomía, dos medios de difusión limitada. No obstante, las reseñas en algunos blogs han sido muy propicias, incluso excelentes, por ejemplo estas tres:

http://lacuevadeloslibros.blogspot.com.es/2012/05/sonaron-gritos-y-golpes-la-puerta-de.html

http://blogs.libertaddigital.com/enigmas-del-11-m/sonaron-gritos-y-golpes-a-la-puerta-11470/

http://vinamarina.blogspot.com.es/2012/07/una-novela-dantesca.html

Otros muchos lectores me han enviado comentarios, casi todos elogiosos o mucho más que elogiosos (varios los he publicado en estos blogs). No sé si ello significa mucho o poco, porque en literatura suele ser difícil ver la calidad real de una obra, que se va decantando con el tiempo; al revés que un libro de historia, cuya calidad puede apreciarse y quedar establecida desde el primer momento, porque depende menos de la subjetividad y la moda.

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