Doble problemática del separatismo / Excluir nuestro idioma de la ciencia.

Blog I: ¿Qué se jugaba España en los años 40? / Rec. Cómo me hice marxista: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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El problema del separatismo tiene dos soluciones. La primera es administrativa: suspender las autonomías que vulneran la ley, como vienen haciendo desde el principio la catalana y la vasca, hasta ponerse abiertamente, la primera, fuera de la legalidad. Rajoy, un Zapatero bis, incluso con menor enjundia, dice que aplicará la Constitución. Por el contrario, la está pisoteando junto con Mas. Si la aplicara, ya habría suspendido la autonomía.  La suspensión no exigiría tanques ni soldados ni nada por el estilo: bastarían unos pocos guardias civiles. La resistencia pasiva que pudiera encontrar luego podría causar graves perjuicios a Cataluña, con lo que los catalanes verían quiénes los causan.

Pero hay un problema más de fondo y que no puede resolverse con la misma facilidad: el ambiente creado por los separatistas y terroristas a lo largo de tres décadas.  No solo la UCD les entregó todos los medios de poder, empezando por la enseñanza, para que sembrasen adecuadamente el odio y desprecio a España desde la escuela, sino que  los sucesivos gobiernos han respondido a la permanente agresividad separatista con pasividad culpable, que de hecho ha sido colaboración. Los separatistas han tomado buena nota de la abyección de la casta política española y han obrado en consecuencia. Ese ambiente creado solo podría ser disuelto mediante campañas de explicación histórica y política con todos los medios de la ley. Mientras tanto, será un cáncer para la democracia y para España.

Uno de los más bellacos y funestos personajes de estos años habla ahora de federalismo. Vano remedio. El problema ha sido y sigue siendo doble: por un lado hay en en varias regiones unos partidos desleales a España y a la democracia, parásitos de unas libertades que nada les deben, y ningún arreglo satisfará sus ansias. Y por otro lado los partidos supuestamente nacionales no son menos desleales. Y todos ellos profundamente corruptos intelectual, económica y moralmente. Ya no hay solución dentro de este sistema en putrefacción, que debió ser democrático y nació con graves taras, las cuales, en lugar de corregirse, se han agravado hasta llevarnos a una crisis extrema.  

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Excluir el español de la ciencia (en octubre de 2007)

Un caso del que puedo dar fe: en nuestras universidades, y con pretensiones científicas, se ha enseñado y se enseña que el Frente Popular, compuesto por los partidos que destrozaron la legalidad republicana, representaba a la república. Y que representaba a la democracia aquel conglomerado de estalinistas, marxistas radicales, anarquistas, racistas y golpistas. Sobre este absoluto disparate se ha querido construir, y últimamente oficializar, la historia de España desde los años 30, enseñada en la mayoría de las universidades sin apenas contradicción. Una ciencia a la lisenka. La resistencia a poner en cuestión, simplemente a poner en cuestión, un dislate tan evidente y fenomenal ha sido y sigue siendo fanática, con decisión de ignorar cualquier tesis que lo discuta y hasta de dar “un escarmiento” a los disidentes. Y así estamos.

No creo que sea un caso aislado. En general, el nivel técnico en España es bastante aceptable, pero no así el científico, que, con muy contadas excepciones, oscila entre la mediocridad y la práctica nulidad. Se trata de un fallo en la misma concepción de la enseñanza, fallo sin duda remediable aunque no fácilmente, pues su posible remedio choca con la desesperada resistencia de una universidad deforme, repleta de intereses creados y con mentalidad a tono. Muy propio de esa mentalidad son las soluciones simplonas. Por ejemplo, renunciar al idioma español y “hacer la ciencia” en inglés. No hay duda de que la ciencia que hagan en inglés será de tan baja calidad como la que hacen en español, probablemente peor todavía, pues es de suponer que estos señores se expresarán en su idioma materno con mayor soltura que en uno extranjero.

Así, uno de esos insignificantes científicos patrios, Javier López Facal, ha escrito un artículo en El País defendiendo que en España se obligue a emplear el inglés en las universidades y en los centros de investigación, empezando por el CSIC. Nadie le impide emplearlo a él, si le da por ahí, pero el hombre tiene mucha más ambición y, muy propio, apela de inmediato a la imposición burocrática: Al fin y al cabo, ya la Ley 30/1980 de medidas para la reforma de la función pública y el más reciente Estatuto básico del empleado público de 29 de marzo de 2007 reconocen que los profesores universitarios y los científicos podrán dotarse de normas específicas debido a sus peculiaridades laborales. Pues bien, señor legislador, una de esas peculiaridades es, precisamente, que deben realizar su trabajo en inglés, por lo que habría que desactivar ya todas las triquiñuelas administrativas que hacen del español la única lengua reconocida por la Administración.

Obsérvese: “Deben realizar su trabajo en inglés”. El Estado español, la administración española, sostenida con el dinero de todos los ciudadanos para fomentar o facilitar la cultura española, debe tomar medidas a fin de liquidar nuestro idioma como idioma científico y suplantarlo por un idioma extranjero. Paso clave para eliminar el español como idioma de cultura superior, tanto por la importancia creciente de la ciencia como porque la argucia usada al respecto –la comodidad de usar una sola lengua– vale para cualquier otra cosa, sea la literatura, la economía, el pensamiento o el arte. En fin, una estafa gigantesca a la ciudadanía, pero en nombre de la ciencia, no se equivoquen.

Obviamente este argumento no hace mella en nuestros facales, pues lo consideran expresión de un patriotismo español que ellos tienen muy superado y del que se burlan con arrogante frivolidad: para realizar su designio, dice el articulista, “hay que proceder con mucha cautela, porque las lenguas comparten con algunas otras invenciones humanas, como Dios, la Patria o la Revolución, la capacidad de generar unas intensidades emocionales que pueden llegar a conducir a la gente, en especial a los varones, a dejarse matar o, preferentemente, a dar muerte a sus prójimos”. Buenas tonterías y lugares comunes para un científico. El señor Facal, va de suyo, también supone que la religión cristiana obstruye la ciencia. ¿Deberán nuestros facales su mediocridad a la Iglesia? ¿Se convertirían en grandes científicos si la Iglesia desapareciera? Vaya usted a saber.

Que se burle del patriotismo español no quiere decir que el señor Facal no sea patriota: lo es, algo así como un oficioso e innecesario patriota de Usa, con los correspondientes anhelos de imposición. La hegemonía del inglés en la ciencia y en otras cosas no ha caído del cielo, se la han ganado a pulso Usa e Inglaterra dedicándole grandes empeños e inversiones, productos de un espíritu definido y una voluntad tenaz. Ese envidiable espíritu, audacia y visión a largo plazo son por completo ajenas a nuestros facales, cuyo espíritu romo y aldeano toman por cosmopolitismo y lo exhiben con satisfecha prepotencia. Pues su visión apenas va más allá de su pedestre interés particular, de su plato de lentejas, sentido, eso sí, con la mayor intensidad emocional. Los anglosajones saben defender muy bien sus intereses sin precisar la oficiosidad de nuestros mediocres, pero tampoco van a desdeñar su ayuda. Los facales son más peligrosos que los separatistas, a quienes complementan muy bien en su aversión a cuanto suene a español (se estremecen, como diría el Corruto).

Dejemos de lado la otra argucia de que a los científicos les interesa que los lean, y si no escriben en inglés no les leerán. Como sabemos desde hace muchos siglos, los idiomas no son tan estancos entre sí que impidan la traducción, y un trabajo en español puede ser vertido al inglés y viceversa con esfuerzo escaso, sobre todo en la época de Internet. Por otra parte, nuestro idioma no es insignificante: lo hablan cerca de 400 millones de personas, según se dice, y cabe suponer que entre tanta gente pueda tomar forma un mundillo científico relevante si se aplica una política adecuada y orientada a largo plazo. Quiero decir que, entre otras cosas, la enseñanza y el trabajo científico debieran plantearse en relación con todo ese enorme ámbito, y no restringirse a España.

En el terreno científico la presencia del mundo hispánico es muy poco significativa, lo cual nos plantea un reto de gran envergadura: o procedemos a liquidar nuestra propia cultura a plazos cortos, como pretenden los facales, o imitamos a los useños, que, según expresión propia, suelen reaccionar a las patadas en el trasero que reciben de la realidad con esfuerzos redoblados por ponerse a la altura. El ámbito cultural hispánico procede de la iniciativa y el esfuerzo de nuestros antepasados; quizá no estemos a la altura de ellos, como los griegos actuales no lo están de la Grecia clásica, pero en todo caso constituye nuestra herencia y responsabilidad histórica. Renunciar a nuestro idioma y a nuestra cultura por algunos platos de lentejas no nos va a salvar de nada, al contrario. Claro que, volviendo al principio, si se hubiera escrito en inglés toda esa historia de chiste que enseñan en nuestras facultades, por ejemplo, tampoco se habría perdido gran cosa.

 

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Torrente, héroe socialista / Lo malo de Tusell

****La fiscalía superior de ¿justicia? investigará al coronel Alamán por defender este la Constitución y la unidad de España.  Garzón no es un caso excepcional, por cierto: magistrados al servicio del delito. La podredumbre. ¿No habrá reacción contra ella? ¿Responderán algún día de sus fechorías?

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Blog I: Conveniencia de conocer la historia / Rec. Primer viaje a dedo: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Torrente, el héroe socialista (En LD, octubre 2004)

He estado viendo cosa de media hora de Torrente 2. La película tiene algunos detalles graciosos pero en conjunto su humor es tan chocarrero y falto de inteligencia que se entiende su éxito en la España del botellón y la telebasura. Sin embargo no carece de algunos valores evidentes, como exposición descarnada de unas actitudes cada vez más extendidas.

¿Qué actitudes? El protagonista aparece como “el héroe español”, asimilado al “facha”, caricaturizado de forma grotesca, y sin embargo con un fondo de verdad que percibimos cada día: se trata de un personaje hedonista (muy pedestremente  hedonista), macarra (muy macarra) y chorizo (muy chorizo), cualidades tan en alza en la sociedad española. Falla, en cambio, su adscripción a los “fachas”, cuando las vemos reflejadas, de forma teórica y práctica, precisamente en las conductas socialistas. Quitando la fraseología y simbología con que su director se empeña en identificar políticamente al personaje, nada cuesta imaginarse al propio director, a los titiriteros en general o al Gobierno en el papel de Torrente. Ellos son Torrente, y han ofrecido una caracterización de sí mismos espléndida en su estilo, incluyendo su sal ultragorda. Torrente es, en realidad, el héroe socialista.

Entre los socialistas hay de todo, como en cualquier grupo humano, pero los Torrente, los Prieto o Negrín, los González, Guerra o Zapatero, siempre se han impuesto en el partido sobre los Besteiro y sus discípulos. Me venía esto a la cabeza según repasaba algunos trozos de Años de hierro, mi nuevo libro sobre los años 40 en España, y comparaba la actuación de los socialistas y los comunistas en aquella dura etapa. Los comunistas, a pesar de sus aspiraciones, imponen respeto por su espíritu de lucha en las condiciones más adversas, cuando el fusilamiento constituía un final muy probable de su carrera clandestina.

De los socialistas no cabe decir lo mismo: pasivos en el interior, se dedicaban en el exilio a pelearse por los tesoros sacados de España, expoliados muy literalmente a todos los españoles, hasta a las familias pobres que empeñaban sus escasas pertenencias de valor en los montes de piedad (esto es puro Torrente). Conviene leer los documentados libros de Olaya para conocer los niveles casi inverosímiles de la corrupción socialista durante la guerra, hasta con la compra de armas-chatarra a altísimos precios y comisiones, pagados con su sangre por los soldados del frente, muchos de ellos también socialistas.

Debe reconocerse a nuestros torrentes dos hazañas considerables: consiguieron pasar por honrados (“Cien años de honradez”) gracias al olvido de la historia por la población española; y a continuación han logrado torrentizar a buena (mala) parte de esa misma población. A su modo torrentesco, pueden sentirse satisfechos. Y sin embargo nadie ha dirigido una película que, con alguna finura, cante proezas tales, buen indicio del páramo artístico en que ha decaído el país.

 

Lo malo de Javier Tusell (abril 2008)

Todos tenemos nuestro lado mejor y nuestro lado peor, y Stanley Payne ha conocido, sin duda, el mejor de Tusell, de quien fue amigo y a quien dedica su último libro Franco y Hitler. En el aspecto personal nada puedo decir, pues solo traté a Tusell en una ocasión, con motivo de un congreso de la UNED sobre la oposición a Franco en el que, como de costumbre, se pasaba por alto el punto clave historiográficamente: el carácter antidemocrático de dicha oposición. Y se intentaba dar relieve excesivo a hechos poco más que anecdóticos de la oposición no comunista, tan limitada e inefectiva hasta el surgimiento de la ETA, mejor dicho, hasta sus primeros asesinatos (los cuales, digamos de pasada, tanto apoyo nacional e internacional valieron a los terroristas: desde el Gobierno francés hasta un sector nada desdeñable de la prensa legal dentro de España, pasando por casi toda la oposición a Franco, comunista y no comunista, y por una parte creciente del clero vasco –y no vasco–; creo que nunca unos asesinatos, sórdidos por demás, han reportado rentas políticas tan altas, lo que retrata bien a determinadas fuerzas políticas y eclesiales).

Mis discrepancias con Tusell, que él convirtió en choque, debieron de producirse con la publicación de Los orígenes de la guerra civil, aunque no recuerdo que él dijera algo públicamente. El libro suscitó auténtica furia, sorda pero muy perceptible, en un ambiente intelectual y universitario que parecía ganado de modo irrevocable por el “progresismo”, así llamado convencionalmente. Para él, la república fue la gran maravilla democrática frustrada por los reaccionarios, asesinos de la libertad y próximos al nazismo en ideas y crímenes. El maniqueísmo había llegado a extremos grotescos, reviviendo la propaganda de la Comintern: el Frente Popular, auténtico destructor de la república, al menos de la república demoliberal del principio, aparecía como continuador de ella, de sus esencias democráticas y populares; las izquierdas habían cometido errores aquí y allá, debidos casi siempre a su carácter conciliador, por no tener en cuenta el salvajismo de nuestros reaccionarios y fascistas; o bien había cometido excesos, bien comprensibles, ante los brutales abusos de la derecha.

Obsérvese que en la historiografía franquista, por lo común mucho más veraz, la decisiva cuestión de la democracia apenas aparece, debido a que, tras la experiencia republicana, casi toda la derecha creyó que en España no podía funcionar la democracia liberal. Su crítica a las versiones de izquierda se basaba en las convulsiones –muy reales– causadas por los republicanos y las izquierdas en general. Entre otras cosas estas versiones consideraban la “revolución de Asturias” como un precedente de la guerra civil, no como su comienzo real, aceptaban la continuidad básica entre la república y el Frente Popular y no tenían problema en transformar el viejo término “rojos” en “republicanos” para el bando contrario. Pero el torrente de datos de los historiadores pro franquistas fracasaba ante las historias de izquierda: el Frente Popular era la república, la legalidad y la democracia, y por tanto la sublevación franquista o fascista cargaba con toda la responsabilidad de los desmanes y crímenes, incluso de los cometidos por las izquierdas como reacción frente a los verdaderos culpables.

Mi libro dejaba en claro, precisamente, que no solo la mayoría de las derechas se había comportado con grande y a veces excesiva moderación, sino que las izquierdas habían rechazado el veredicto de las urnas en noviembre de 1933, habían intentado golpes de estado y sus principales partidos habían emprendido el camino de la guerra civil, explícita en el caso del PSOE, implícita en el de los nacionalistas catalanes. Y que su fracaso en 1934 sólo le había llevado a unir fuerzas en un Frente Popular sin cambiar sus actitudes, desatando a continuación un proceso revolucionario.

Por lo tanto mi estudio quería demostrar, y creo haberlo conseguido, que quienes destruyeron la república concebida como democracia no fueron las derechas, sino las izquierdas, cuyas posteriores reivindicaciones de la república y la democracia entran en los turbios y confusos ámbitos de la superchería demagógica. Ello derribaba la columna central de la historiografía izquierdista-separatista y nos obligaba a mirar la guerra y sus consecuencias con una óptica muy distinta.

Desde luego, los historiadores “progres” percibieron el peligro y optaron al principio por el ninguneo. Podían permitírselo, al dominar abrumadoramente en la universidad y en los medios de masas, también bajo Aznar, por supuesto; pero Los orígenes tuvo una difusión inesperada para un tema antes relegado al terreno de los muy especialistas. Por eso al ninguneo le sucedió el ataque directo, dejando en evidencia una lamentable deshonestidad intelectual. Sabiendo el terreno previamente ganado a las versiones franquistas, insistieron en identificarme con ellas y, en un esfuerzo por limitar la difusión del libro, mintieron sin el menor escrúpulo asegurando que mis fuentes se limitaban a Arrarás o a Ricardo de la Cierva, y cosas similares. Resultado: un debate imposible.

Pues bien, Tusell, tras el fracaso del ninguneo, tuvo que salir también a la palestra, y lo hizo, muy significativamente, con ocasión de Los mitos de la guerra civil. Mejor dicho, con ocasión de la entrevista que me hizo Dávila en TVE-2 con tal motivo. Como se recordará, la entrevista dio lugar a que las mafias sindicales de UGT y CCOO organizaran un acoso repugnante, “frentepopulista”, es decir, antidemocrático, contra Dávila, e incluso presionasen en las Cortes para impedir la libertad de expresión. Pues bien, Tusell no solo no reaccionó contra el intolerable acoso, sino que colaboró con él, mediante un artículo en El País cuya pretensión básica consistía en que los medios de masas debían reservarse para él y los de su cuerda, y cerrarse a personas como yo, porque, afirmaba sin el más ligero asomo de demostración, mis puntos de vista no se sostenían. Y tanto que se sostenían. Como que El País me negó el derecho de réplica y el muy poco honrado y muy poco demócrata intelectual, en lugar de protestar por ello, no dudó en beneficiarse escandalosamente, insistiendo en sus peticiones de censura. La democracia consistiría en que ellos mandasen y hablasen, y los demás se abstuviesen, por las buenas o por las malas.

Debido a este choque hay un elemento personal en mi escaso aprecio intelectual por Tusell, pero lo considero secundario. Este historiador representa una tendencia pro totalitaria más fuerte de lo que parece en la derecha, visible en este dato: su enemistad absoluta, “erradicadora”, como decía una discípula suya, hacia Ricardo de la Cierva; y su admiración y homenajes hacia Tuñón de Lara, el gran reintroductor en España de la propaganda estalinista disfrazada de historiografía. En esa afinidad electiva ha llegado a presentar el expolio de las obras del Museo del Prado como “salvamento” de las mismas, siguiendo la propaganda marxista más evidentemente falsa para cualquier historiador algo serio. Esas actitudes lo explican todo.

Y tengo la impresión de que la influencia de Tusell sobre Payne debilita un
poco su por lo demás excelente estudio Franco y Hitler. En Años de hierro hacía alguna observación al caso, pero de estos y otros asuntos trataré en próximos artículos.

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La persistente colaboración gubernamental con el terrorismo

Blog I: Combate contra la historia / De comunista a teóloga http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

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Por la boca muere el pez

****Annie Bottle compara a Carrillo con Fraga, apoyando una calle de Madrid para el primero. La sindéresis. Sin más comentarios.

****Si en este “estado de derecho”  los etarras son premiados, también los proetarras. Esta señora  con la presidencia de la CNMV, un puesto suculento Y  merecido, sin duda: http://www.youtube.com/watch?v=xzNzc8U8Gh4

****Torres-Dulce: “No toleraré humillaciones a las víctimas”. Buen chiste. ¿O es que va a procesar a Rajoy?

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Carta abierta a un farsante (de plena actualidad hoy: Columna publicada el 02-06-2005)

Ha dicho usted, señor Zapatero, que “lo heroico no es la guerra, sino la paz, y la inmensa mayoría ansía la paz”. Obviamente, entre esa inmensa mayoría no están los terroristas, no está Al Qaeda ni está la ETA. ¿Lo está usted? Creo que tampoco, pese a su palabrería. También Hitler solía invocar la paz, y no digo usted y él equivalgan, sino que las invocaciones demagógicas cuestan muy poco y pueden encubrir propósitos demenciales. Usted no está por la paz porque nadie que colabore con el terrorismo, que le haga el juego o claudique ante él puede estarlo. Ni Arzallus, ni Setién, ni Ibarreche, ni Uriarte ni Carod ni usted cuentan entre los partidarios de la paz. Le voy a recordar algunos hechos, de significación infinitamente superior a las palabras.

1.- Usted premió a los autores de la matanza de Madrid dejando a los iraquíes, en lo que de usted dependía, a merced de los asesinos y los tiranos, mereciendo los plácemes de un organizador de la matanza, El Egipcio. No contento con lo hecho, usted incitó a otros países a seguir su siniestro ejemplo. Usted ha adquirido, señor Zapatero, una parte de responsabilidad en los asesinatos indiscriminados del terrorismo islámico, al proporcionar a éste la mayor victoria política en su estrategia de “cuarta generación”. ¿Qué palabras pueden ocultar tal evidencia?

2.- Usted ha echado por tierra toda la obra del gobierno de Aznar, de los ministros Mayor Oreja, Rajoy o Acebes, que habían respondido al terrorismo con la única política aceptable: aplicar la ley a los asesinos sin admitir sus pretextos demagógicos. Única actitud aceptable para una democracia, pues la llamada negociación o diálogo supone reconocer el asesinato como una forma de hacer política. Los anteriores gobiernos habían logrado poner a la ETA contra las cuerdas, por primera vez desde la Transición.

3.- Ahora, en cambio, la ETA ha recuperado el terreno perdido. Ha vuelto a ser legalizada y empapela las Vascongadas con mensajes de arrogancia triunfalista; se le ha entregado el censo de los ciudadanos en las Vascongadas, convirtiéndose el gobierno en colaborador informativo de los asesinos y contra los ciudadanos; se le promete participación en la reforma del estatuto, que, tras la amplísima autonomía actual, sólo puede consistir en pasos abiertos a la secesión; en honor de los pistoleros se ha liquidado el Pacto Antiterrorista. La ETA, en plena euforia, se permite de nuevo amenazar a los ciudadanos con campañas de bombas que de momento “sólo” causan heridos, como advertencia al gobierno contra cualquier paso atrás en el camino de las concesiones ya realizadas por usted a cambio de nada. ¿A cambio de nada, he dicho? ¡A costa del estado de derecho, de la ley y de la libertad en las Vascongadas y en toda España! El mensaje que usted transmite a los ciudadanos es que el terrorismo paga ¡y tanto que paga!; y que la ley y la democracia son impotentes frente a tal colusión de un gobierno con los criminales.

4.- Los extraordinarios beneficios otorgados por usted a los terroristas redundan, lógicamente, en el intento de dividir y desacreditar a sus víctimas más directas. Los ataques solapados y ruines de su gobierno a esas víctimas forman ya un largo rosario. La reciente negativa al homenaje a Miguel Ángel Blanco en Ermua, o los intentos de impedir y luego estorbar la manifestación convocada para este sábado, constituyen otros tantos actos de homenaje de usted y su gobierno a los asesinos.

No voy a seguir, señor Zapatero, porque se me hace mala sangre. Su verborrea, su demagogia vacua, de vieja españolada, me produce repulsión. Usted ha colaborado con el terrorismo islámico, y colabora con el terrorismo interno y con el separatismo, usted se alía con tiranos y demagogos tercermundistas, todos ellos tan pacíficos como usted mismo, que para llegar al poder organizó campañas de agitación y violencia callejera, expandiendo por toda España el clima social hasta entonces restringido a las Vascongadas, donde las largas complicidades con los pistoleros han arruinado prácticamente la democracia. ¿Qué palabrería puede borrar estos hechos, ocurridos ante los ojos de quien no quiera cerrarlos?

El fondo de toda esta peligrosa locura es fácil de detectar. Para usted ni la unidad de España ni la democracia son valores importantes o siquiera respetables. Por esas mezclas de azar y conspiración, tenemos al cargo de los destinos de España a un personaje como usted. Me pregunto, no sin angustia: ¿dónde está el Besteiro que, con la experiencia del pasado, se lance con decisión a interrumpir esta nueva deriva siniestra en el PSOE?

 

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Autorretrato de una casta política / Carrillo, el perdedor sin gloria.

Constato en twitter la presencia de un tal Pío Moa Rodríguez. Se trata de un estafador que utiliza mi nombre, no se con qué objeto. Supongo que habrá medio de saber quién es. En twitter figuro como PioMoa1

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Blog I: Franco derrotó a Carrillo / Iliada y cambio de valores  / Sous le ciel de Paris

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Se dice que hay anécdotas que son categorías. Así, el antifranquismo quedó perfectamente autorretratado con ocasión de la visita de Solzhenitsin a España en 1976 http://revista.libertaddigital.com/un-autorretrato-del-antifranquismo-1275320937.html. Retratado en toda su profunda vileza.

Ahora, con motivo del fallecimiento de Carrillo, se ha retratado toda una casta política (siempre con las excepciones de rigor): la que ha llevado a España a la ruina y pérdida de soberanía que experimentamos. De izquierdas o derechas, todos se han volcado en elogios al finado, se ha hablado de dedicarle una calle (lo ideal sería ponérsela en Paracuellos). Se le ha homenajeado como “demócrata”,  lo que revela que ellos no son demócratas o no tienen ni idea de lo que sea eso: lo prueba, además, la partitocracia que han creado, sin efectiva división de poderes, con una Constitución que es papel mojado (baste señalar su exigencia de que los partidos funcionen democráticamente: ni uno solo lo hace), etc.

Se ha falsificado la historia para presentar a Carrillo  como artífice de una reconciliación que en realidad ya había logrado el franquismo, en el plano popular, durante los años 40. Esto lo supo muy bien Carrillo cuando fracasó en su empeño de volver a la guerra civil mediante el maquis: el empeño fracasó porque, a pesar de las condiciones aparentemente favorables, el pueblo nunca secundó al maquis.. El pueblo de derechas detestaba al comunismo,  el de izquierdas había experimentado las delicias del Frente Popular y si no le gustaba Franco mucho menos volver a aquellos años de hambre, tiranía, expolios y persecuciones entre las propias izquierdas.    Desde luego, la muerte de un personaje cuyas mayores fechorías datan de mucho tiempo atrás no debiera ser ocasión para un arreglo de cuentas  o cosa por el estilo. Pero la indiscreción, la frivolidad y la mezcla de ignorancia y mala fe  de estos políticos charlatanes –y ojalá solo fueran charlatanes–, con su repulsivo torneo de falsos elogios obliga a poner las cosas en su sitio, si no queremos que este país se hunda más y más en la podredumbre.

Lo más  prodigioso de esta casta política es su capacidad  para mentir y tergiversar la historia u olvidarla por conveniencias inmediatas, unida a su capacidad para traer la ruina y seguir impertérrita en sus cargos, con sus prebendas y sus corrupciones. ¡Y tan ufanos de su servicios al país! Disponen de un inmenso aparato mediático de engaño desvergonzado, y en él fían su destino. Pero alguien o álguienes tienen que decir unas cuantas verdades mientras ello sea posible, simplemente por respeto a la verdad y a España.

Quizá el elogio más “categorial” haya sido el de Rajoy. Carrillo, ha dicho, ha mantenido “sus profundas convicciones” durante toda su vida. No deja de ser una loa apreciable en un país donde el cambio de chaqueta sin explicaciones ni aclaraciones, acompañado a menudo de falsificación de la propia biografía, ha sido de rigor entre los políticos. Pero conviene recordar que la “profunda convicción” de Carrillo era el marxismo, la ideología más totalitaria y más genocida del siglo XX. Y que el líder comunista la aplicó a fondo mientras pudo. Cuando no le fue posible, se volvió “reconciliador”, como si la reconciliación dependiera de él, y aceptó gran parte del legado de Franco: la propiedad privada y la economía de mercado, la bandera nacional, la monarquía y otras cosas. Las aceptó, no en un gesto de magnanimidad, sino porque nadie mejor que él sabía que su partido carecía de fuerza para cambiar la situación y temía quedarse en la clandestinidad mientras el PSOE  cosechaba sin esfuerzo el fruto de los sudores y sangres del PCE  durante cuarenta años. Se dio cuenta pronto, también, de que su historial antifranquista no iba a impresionar precisamente al grueso de una ciudadanía que, insisto, llegaba a la Transición reconciliada, lo que permitió a unos políticos mediocrísimos realizar una evolución política sin demasiados traumas. Evolución que se plasmó en una democracia llena de deficiencias, degenerada pronto en partitocracia. La misma partitocracia que ahora llama al líder comunista reconciliador y demócrata, repito. Con lo cual se retrata.

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Carrillo o el fracaso sin gloria.

Hay fracasos gloriosos y perdedores con más autoridad moral que los ganadores. No es el caso de Carrillo, me parece. En 1934 emprendió una juvenil carrera terrorista con vistas a una guerra civil (así la llamaba el PSOE), que impusiera en  España un régimen al estilo del de Stalin. Fracasaron el terrorismo y la guerra civil, momentáneamente. Carrillo trató entonces de “bolchevizar” al PSOE, que ya estaba bastante bolchevizado, y ese fue uno de los factores que llevó al Frente Popular, el cual, tras unas elecciones fraudulentas, destruyó la legalidad republicana y propició de nuevo la guerra civil. Reanudada esta, el líder de las Juventudes Socialistas  se pasó pronto al PCE, el partido instrumento de Stalin en España (y orgulloso de su condición de instrumento), y dentro de él se ocupó de organizar el terror en Madrid, debiéndose a su liderazgo la mayor matanza de prisioneros de la guerra. No asomó por el frente, pero tampoco fue esa la causa de que los rojos perdieran la guerra.

La izquierda española ha sido tan guerracivilista que, no contenta con la contienda general, organizó otras dos pequeñas guerras civiles entre ellas mismas, derrumbándose finalmente en medio de tiroteos y asesinatos en Madrid. Carrillo huyó oportunamente, bajo la protección de la Komintern, el instrumento internacional del stalinismo. Hacia el fin de la II Guerra Mundial creyó que las condiciones habían madurado para emprender de nuevo la guerra civil, mediante el maquis. Nuevo fracaso, acompañado de la purga y liquidación de bastante comunistas por el aparato carrillista. Cambio de estrategia: ahora se trataba de infiltrarse en sindicatos, medios intelectuales, periodistas, etc., con vistas a una Huelga Nacional Pacífica y consignas similares que derrocaran a Franco. Volvió a comprobar que la población se sentía reconciliada sin necesidad de sus consignas, y casi nadie respondió a sus llamamientos. No tendría el gusto de fusilar a Franco, como reconoció que era su anhelo de “reconciliador”.

Y así llegó la Transición: su partido era el más numeroso, mejor organizado y disciplinado de la oposición antifranquista. Quería la “ruptura” para volver a una especie de Frente Popular,  pero pronto supo  su jefe que seguía siendo demasiado débil y hubo de  aceptar muchas cosas que iban contra toda su historia y le repugnaban hasta lo más íntimo. Creía poder explotar las ventajas de la legalidad para avanzar hacia el socialismo mediante un nuevo invento: el eurocomunismo. Pero tampoco funcionó. Como recuerda Ricardo de la Cierva, desde muy pronto Juan Carlos pensó en legalizarle, lo cual fue finalmente un acierto.

Por otra parte, los mismos que elogiaban su (forzada) moderación le estaban haciendo la cama: la derecha había apostado por el PSOE como barrera contra el PCE (sobre el Partido Socialista hay un documentado libro de Enrique Domínguez Martínez-Campos: El PSOE, ¿un problema para España?). Y los socialistas, que no habían dado un palo al agua durante el franquismo, con el que incluso habían colaborado algunos de sus dirigentes , se convirtió en el gran partido de la izquierda. Muy antifranquista, por supuesto. Me gusta citar la anécdota que cuenta el mismo líder del PCE en sus memorias: con motivo del caso Flick, asunto de corrupción del PSOE, se formó una comisión parlamentaria, en la cual la cual “tuvo que comparecer el representante de Flick, que se llamaba Von Brauchitsch. En su interrogatorio intervine con la siguiente pregunta: Tengo entendido que el señor Flick fue condenado por el Tribunal de Nuremberg como criminal de guerra nazi. Y creo que usted es hijo del que fue jefe del Estado mayor de Hitler. Me supongo que ideológicamente no existe afinidad alguna entre ustedes y el PSOE. Entonces, ¿cómo se explica que ustedes financiasen al PSOE? El señor Von Brauchitsch no vaciló en su respuesta: Tratábamos de cerrar el paso al comunismo. Y el partido mejor situado para hacerlo era el PSOE” (p. 608).

El PCE fue deshaciéndose a ojos vista en la nueva situación, y el mismo Carrillo terminó expulsado de su propio partido. Con motivo de su 90 cumpleaños, sus numerosos amigos le organizaron una fiesta y la eliminación simbólica de una estatua de Franco. Pero había algo cínico e irónico en todo ello: los mismos que le felicitaban y cantaban sus loas, empezando por el rey, habían sido los artífices de la ruina de su partido, PSOE mediante, y del hundimiento político del homenajeado. Nuevo y enorme fracaso.

Con el tiempo, Carrillo fue radicalizándose de nuevo, sobre todo bajo el gobierno rupturista e involucionista de Zapatero.    Carrillo, uno de los mayores guerracivilistas y stalinistas de España ha fallecido finalmente el “olor de santidad” laica. Quienes ahora le ensalzan sin medida ni vergüenza son, en gran medida, los que contribuyeron a liquidar su carrera política. Hay en ello algo de burla sangrienta, empeorada por el hecho de no ser del todo consciente. La política en España ha llegado a ser esto: una enorme farsa sin gracia.

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Liberalismos, Hope y García Domínguez / Desplante al general Iniesta Cano

Blog I: Carrillo-Franco: elegir lo peor. http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado

 ***Más sobre Carrillo:  http://vinamarina.blogspot.com.es/

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(Lo siento, otra vez el problema de la letra)

     Aunque no suelo estar de acuerdo con los artículos de mi amigo José García Domínguez, reconozco que tienen siempre un nivel bastante superior a la media y están muy bien trabajados. Ahora, en un panegírico de Esperanza Aguirre (Una patriota”), plantea como tesis lo que en realidad son problemas: “Cuenta Isaiah Berlin que cuando un francés sentenciaba Je suis un bon patriote durante  la Revolución no quería decir “Estoy orgulloso de mi sangre francesa”, sino “Creo en la Libertad, el más noble ideal que proclama mi país”.  Así, Esperanza Aguirre sería el paradigma, en España, de “patriota a fuer de liberal, rara avis en una derecha, la española, de muy antiguo lastrada por dos tradiciones ajenas al sentir laico, argumentativo e ilustrado”.

     Creo que García Domínguez, con Isaiah Berlin, confunde aquí varias cosas, lo que no es buena argumentación. Ni patriotismo es liberalismo, aunque algunos quisieran identificarlos (el patriotismo es muy, muy anterior), ni los revolucionarios franceses eran realmente liberales (aunque el liberalismo no es, ciertamente, una corriente única). En aquella revolución predominó el liberalismo, si así queremos llamarlo, de Rousseau, horno de los totalitarismos posteriores amasados en el Gran Terror y genocidios como el de la Vendée.

     Y el patriotismo propio de la Revolución francesa fue precisamente el  nacionalismo, es decir, la doctrina que atribuye la soberanía a la nación y no al monarca. El nacionalismo es, al menos originariamente, el patriotismo democrático, no obstante lo cual es visto como un mal mayor  por una corriente liberal.

   La corriente liberal antinacionalista guarda curiosas semejanzas con el marxismo: ambas doctrinas son antipatriotas y antinacionalistas, aunque a veces se sirvan tácticamente del patriotismo: “Los proletarios no tienen patria”. Ni los “hombres libres”, por supuesto. Excepto la patria del proletariado, o sea, la URSS. O la patria de la libertad, o sea Inglaterra-Usa para Hope. En ese sentido Hope es una patriota…anglosajona, cosa que ha olvidado García Domínguez. No en vano es Honorary Dame Commander of the Order of the British Empire, título otorgado a quienes hacen méritos especiales por el British Empire, casualmente el imperio de Gibraltar.  Y por eso doña Hope hace esfuerzos extraordinarios por gibraltarizar España introduciendo –de forma dudosamente constitucional y en todo caso fraudulenta–  el inglés  como segundo idioma, de hecho el primero, porque es el de  prestigio, el de “la libertad y la cultura” en su opinión. No dudo de que lo ha hecho pensando  en el bien de España, tal como los comunistas cuando querían satelizar el país a “la patria del proletariado”.  Ahí estaba últimamente publicitando un reloj de lujo con pulsera coloreada con la bandera española. La marca del reloj era “Toro watch”, obra de un emprendedor que quiere explotar el patriotismo y ha olvidado como se dice watch en español. Ese es el patriotismo de estas damas y caballeros. Hope está muy orgullosa de estas faenas, es de lo que más orgullosa está, ha dicho. Como Carrillo estaba orgullosísimo de servir a la vez a su idea de España y a la patria del proletariado.

     Otro rasgo de  esa corriente liberal es una especie de amoralidad de base económica, también compartida a su modo con el marxismo (digo amoralidad por entendernos. En realidad, el ser humano es siempre moral, aunque sea con una moralidad perversa). Para los marxistas, la moral es una superestructura ideológica justificativa de  la dominación de clase; para esa forma de liberalismo la moral se resuelve en el dinero. Si el vicio es rentable, por ejemplo, deja de ser vicio: Eurovegas.  Si da dinero y puestos de trabajo ¿qué objeción puede hacérsele? Se arguye que ese tipo de negocios es excelente “mientras no vulnere la ley”. Pero ahí yace  un grave problema, porque las leyes pueden cambiarse, interpretarse o crearse sin más. Y pueden crearse según esa norma básica expuesta por el pensador del PP: “La economía lo es todo”. Frase que también expone una forma de moral. Quizá no del todo aconsejable para enseñar a nuestros hijos.

    Sobre las corrientes del liberalismo, la historia de España en el siglo XIX ofrece un buen motivo de reflexión: contra una opinión corriente, la inestabilidad del país por entonces no se debió a la pugna entre liberales y carlistas, que en lo esencial quedó resuelta con la guerra del 33, sino a los pronunciamientos y golpes continuos entre los propios liberales, hasta que Cánovas acabó a medias con ellos. El liberalismo demanda una reelaboración, porque bajo ese nombre funcionan a menudo los conceptos más confusos.

    Finalmente, es cierto que en unos cuantos aspectos, no muchos, Aguirre ha demostrado más valor y coherencia que los demás políticos. Cosa no muy difícil, habida cuenta de la ínfima talla moral e intelectual de esa gente, y que no convierte a Aguirre en una estadista ni mucho menos, aunque algunos la quieran hacer pasar por tal. Uno de los defectos españoles es la beatería, sea de derechas o de izquierdas, que se centra en opciones o personajes generalmente mal entendidos. Probablemente las beaterías nacen de una educación en la que el sentido crítico apenas tiene lugar.

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RECUERDOS SUELTOS

Un desplante al general Iniesta Cano (publ. en mayo de 2007)

 

Este   peliagudo suceso debió de tener lugar hacia el verano de 1969, o quizá del   año anterior, no recuerdo muy bien. Por entonces yo me recuperaba de una   considerable depresión, lo que quiere decir que estaba más atontado de lo   habitual, y, no obstante, salí del aprieto con notable habilidad y hasta   elegancia, si se quiere, lo que no dejó de reconfortarme.

Iniesta Cano fue a dar una conferencia al Círculo Mercantil de Vigo. Pocos se acordarán de este general, que pertenecía al sector llamado más tarde “el búnker”, convencido de la posibilidad de un franquismo sin Franco. Tampoco tenía yo noticias de él, pero Carlos Barros, que hoy es historiador medievalista y entonces era uno de los jefes de los estudiantes del PCE en Vigo, así como activista en la Escuela de Ingenieros Industriales de Madrid, me lo advirtió: “Es un ultra, uno de los más ultras”.

El militar procedía de la oficialidad cercana a la Falange durante la Guerra Civil, y, cosa de cuatro o cinco años más tarde del suceso que voy a narrar, dirigía la Guardia Civil cuando Carrero Blanco fue asesinado. Dio entonces órdenes de imponer casi un estado de sitio; medidas que pudieron causar una involución política y que Torcuato Fernández Miranda evitó.

A Barros, o a algún otro, se le ocurrió una acción muy sencilla y eficaz: meter en la sala a estudiantes del PCE, simpatizantes y amigos –sumaríamos tal vez veinte o treinta, pues estábamos en vacaciones–, y en mitad de la conferencia levantarnos de pronto y marcharnos ostentosamente, para manifestar nuestra disconformidad. El desplante quizá saliera en la prensa, y en todo caso no dejaría de circular en rumores y comidillas.

Por entonces el PCE practicaba una política muy abierta, poco clandestina, excepto en sus círculos más altos, de modo que la infiltración policial resultaba muy fácil, y debía darse por descontado que la policía estaría al tanto; pero la represión por algo tan inocente, un simple gesto de disconformidad democrática, no podía ser grande, y en cambio daría mayor publicidad al asunto, que era precisamente lo que buscábamos: los comunistas quedaríamos como víctimas de la dictadura y abanderados de la democracia.

En realidad, el acto se desinflaría si no ocasionaba una mínima represión, y el PCE había organizado muchas veces encerronas a sus simpatizantes con el fin de explotar propagandísticamente las sanciones impuestas por el régimen. Era un arma de doble filo, porque también desanimaba a mucha gente. Por cierto, que esto de las facilidades para la infiltración sería una de las acusaciones que más adelante lanzaríamos los maoístas contra el PCE para presentarlo como “liquidacionista”, cuando no como colaborador de la policía en la tarea de maniatar al “movimiento obrero” y al “movimiento estudiantil”.

El argumento tenía alguna base real, pues la policía se metió a fondo en aquellos movimientos, pero era estúpido en cuanto a su pretensión de retratar a los “revisionistas” o “carrillistas” como colaboradores conscientes y deliberados del franquismo. No obstante, este género de acusaciones venenosas es una muy larga tradición en los movimientos marxistas.

En todo caso, el general debió de verse sorprendido ante la juventud de gran parte de su auditorio, pues la mayoría de los no muchos asistentes era de edad media-alta. En aquellos años las conferencias, en general, atraían poca audiencia. No recuerdo el tema de la disertación, me parece que ni siquiera llegué a enterarme entonces de sus palabras, pues mi atención se concentraba en cualquier incidencia que pudiera ocurrir. En un momento dado algunos de los presentes se levantaron, los demás comprometidos lo hicimos también y nos dirigimos hacia la puerta… para encontrarla bloqueada por un nutrido grupo de policías vestidos de paisano, los famosos “sociales”, o miembros de la Brigada Político Social (BPS), la policía política del régimen. Por tanto, hubimos de volver sobre nuestros pasos y tomar asiento nuevamente.

El general Iniesta no debió de encontrar de su gusto el desplante, en realidad se le notaba bastante cabreado, aunque sereno, y fue subiendo de tono sus palabras, denunciando “intereses bastardos” de comunistas y similares. Con lo cual, sintiéndonos a nuestra vez ofendidos, volvimos a levantarnos con decisión de marcharnos, quisieran o no los policías. Pero esta vez no nos cortaron el paso, sino que se distribuyeron formando un cordón a lo largo de la pared de la ancha escalera, fijándose en nuestras caras y conduciéndonos hacia abajo.

Si mal no recuerdo, el salón de la conferencia estaba en el segundo piso del edificio. La planta baja tiene dos niveles, ambos con mesas de cafetería: el nivel inferior, amplio, da a la calle del Príncipe, lugar tradicional de paseo y de comercios; el superior, más estrecho y conectado al otro por una corta escalinata, sale a la calle Velázquez Moreno, más discreta y en cuesta, donde esperaban unas furgonetas de la Policía Armada (los “grises”), para trasladarnos a comisaría.

Según llegábamos a la planta baja, yo iba buscando el modo de escapar al cerco policial, pues no tenía la menor gana de que me ficharan, me multaran o, quizá, me golpearan. Vi que el policía que impedía bajar al nivel inferior miraba en un momento hacia la calle, y me separé disimuladamente del grupo para sentarme a una mesa, en el rincón de la izquierda, donde tomaban alguna consumición una señora de mediana edad y una chica, probablemente su hija. Me miraron con sorpresa y un comienzo de indignación. Empecé a farfullar alguna historia improvisada, de ésas que no acaban de salir coherentemente.

Todo podía salir bien si las ocupantes de la mesa no se alteraban demasiado y me daban tiempo a contarles cualquier cosa mientras concluía el desfile hacia las furgonetas. Pero entonces observé una pequeña puerta entreabierta en el rincón. Pensé que daría a algún cuchitril, y, con un “perdonen, perdonen”, me levanté y entré por ella, dejando algo boquiabiertas a la señora y a la joven, que no entendían lo que pasaba ni distinguían a los “sociales” de los demás. Me pareció más seguro esconderme allí, por si algún “social” me reconocía en la mesa.

Temí por un momento que algún policía hubiera observado mi maniobra y vinieran a buscarme, pero, para mi alegría, no me encontré en un chiscón, sino ante una escalera interior de caracol, paralela a aquélla por donde habíamos bajado de la conferencia. Era seguramente la escalera por donde los camareros subían las consumiciones a los pisos de arriba.

En ese momento cometí una pequeña torpeza: pude haber bajado al nivel inferior de la planta baja y salir tranquilamente a la calle del Príncipe, pero opté por subir de nuevo rápidamente, hasta la planta superior a la de la conferencia, y volví a bajar por la escalera principal. Supuse que la operación policial habría terminado y ya no habría ningún riesgo.

Y había terminado, en efecto, pero, para mi sorpresa, al llegar al primer piso tropecé con varios “sociales”, que subían de nuevo al piso del conferenciante, quizá por si surgía algún nuevo incidente. Seguí mi camino sin mirar a nadie, pero dos de ellos se pararon, y oí que uno decía a otro, fijando la vista en mí con desconcierto: “¡Pero este tipo…!”.

Sin duda me habían reconocido del anterior descenso, y creí que me detendrían de nuevo, pero el hecho incomprensible de que, después de haber entrado, presuntamente, en las furgonetas, volviera a bajar como si tal cosa les impidió reaccionar. Yo seguí bajando como si no me hubiera percatado de nada, procurando mantenerme tranquilo. Llegué a la planta baja, y las furgonetas ya se habían ido. Salí por la calle del Príncipe. Me sentí realmente contento, con esa euforia que produce salir de una situación comprometida.

No recuerdo si la prensa habló del acontecimiento, me parece que sí. Los detenidos fueron puestos en libertad enseguida, con una multa cuyo monto tampoco recuerdo. Supongo que podría recurrirse, pues, incluso en una dictadura, uno tiene derecho a irse de una conferencia si no le gusta. Pero los jefes locales del PCE tuvieron una idea mejor: hicieron agitación en las fábricas mediante panfletos denunciando la falta de libertades y organizaron una colecta para pagar las multas. De este modo se ampliaba considerablemente el eco del suceso y se movilizaba, aunque suavemente, a “las masas”, una técnica que el PCE dominaba. Puede decirse que la operación salió redonda.

(Añadiré que Iniesta Cano estuvo muy cerca de causar una involución con motivo del asesinato de Carrero Blanco, lo que demuestra hasta qué punto el atentado fue una provocación suyas consecuencias nadie habría podido prever.  Las drásticas medidas del general fueron frenadas  por Torcuato Fernández Miranda. Cualquier día dicen que este fue un agente de la CIA, autora real  del asesinato, según algunos)

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