Épica, tragedia y burla
Tanto Sonaron gritos como Cuatro perros verdes son dos novelas que no pueden incluirse en las corrientes novelísticas españolas actuales. Como autor de aquellas, eso no me parece un defecto, pues no siento gran respeto por esas corrientes, aunque, desde luego, apartarse de ellas no garantiza por sí solo la calidad. Pero me he preguntado muchas veces si habría algún elemento objetivo, más allá de lo que suele llamarse “gustos”, para valorar una obra de este tipo. No voy a pretender haber encontrado ese o esos elementos, pero razonar sobre ellos puede ser útil, o al menos interesante. G. Steiner distingue dos grandes tradiciones literarias occidentales, la épica y la trágica, a la que pertenecerían respectivamente Tolstói y Dostoiefsky, los dos mayores novelistas de la historia, a su juicio. Las dos encuentran sus orígenes en Grecia, en La Ilíada y en Edipo Rey, pero creo que también en Grecia nace otra tradición, la humorística en Aristófanes; y en la Biblia puede encontrarse un origen de la novela filosófica o de la poesía mística. Aristófanes se burla de la tragedia y de la filosofía contraponiéndole la vulgaridad de la vida corriente. La obra cumbre de esta tradición sería el Quijote porque la lleva mucho más allá de sus orígenes: la burla, centrada en la épica, adquiere al mismo tiempo carácter trágico. Es realmente una novela cumbre por eso: la burla podría quedar en pura comicidad, como la Batracomiomaquia pero, al contrario, su humor, más allá de la comicidad, se eleva hasta la tragedia. Los frustrados anhelos épicos y sublimes de Don Quijote lo convierten en un personaje grandioso, protagonista de un infortunio que nos conmueve porque toca el fondo de la condición humana, la de todos nosotros, más allá de su envoltura burlesca o puramente cómica.
Pero volvamos al principio, renunciando por ahora a seguir el argumento, y sin pretender cualquier valoración: Sonaron gritos y golpes a la puerta entraría en la tradición épica, incluyendo en ella el destino desgraciado del protagonista, como solía ocurrir con los héroes aqueos. Alberto siente al final que sus esfuerzos y peligros, si tienen algún sentido, este se le escapa, por ello cambia de vida, o propiamente acepta renunciar a una vida heroica. Renuncia que se tiñe finalmente de decepción al comprobar que sus hijos entienden la vida de manera radicalmente distinta a como él la había entendido en su juventud, y como la habrá entendido luego. Para dos de ellos, sus violentas andanzas juveniles serían un sinsentido, y para el tercero propiamente un crimen. En Cuatro perros verdes interviene con cierta amplitud solo uno de sus hijos, el tercero, pero también podrían considerarse hijos suyos los cuatro protagonistas, en cuanto que nacen de una situación social que debe mucho a la juventud de Alberto. Son cuatro actitudes muy distintas ante la vida que empieza propiamente para ellos, y se podría decir que son actitudes que existen siempre, pero se debe precisar que existían en una época determinada, y determinada en gran medida por la anterior.


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Conforme se acercaba el fin de la guerra mundial crecía por todas partes la inquietud sobre el futuro del franquismo. El embajador inglés Hoare estaba furioso porque no conseguía impresionar a Franco con sus amenazas implícitas. Pero Franco tenía una visión del futuro que se revelaría mucho más acertada que las insolencias con que replicaba el gobierno inglés a sus análisis: 211 – Franco prevé el futuro | Cambios en el mundo en los últimos 20 años – YouTube
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Crónica. Comienzo del golpismo separatista
**Las críticas al del Máster por enfrentarse con Ayuso solo revelan a qué grados de obtusidad llega el análisis político. Ayuso representa un factor de disgregación interna del PP, cuya política, más allá de su fácil manipulación a sus incauto seguidores tradicionales, es el “arreglo” con PSOE y separatistas. Por eso el del Máster tiene razón
**Quien no entienda que para el PP el gran enemigo es VOX, y no el PSOE o los separatistas, simplemente no entiende nada de la política actual.
**Quien no entienda que las leyes chekistas de memoria atacan la raíz misma de la democracia y de la integridad nacional, no solo está en la inopia, sino que terminará colaborando en el proceso.
**Recuerden cómo explotó la izquierda el falso máster de la Cifuentes, pese a estar esta a su lado (el de la izquierda). ¿Por qué la derecha no denuncia sin cesar al Pollo Doctor por su falso título? Porque, tradicionalmente, a la derecha no le ha importado la cultura.
** ¿Cómo empezó el golpismo en Cataluña? Con otro golpe de apariencia cultural: declarando la lengua regional como “la” propia de Cataluña. Idea por sí misma ya anticonstitucional. El español es tan propio de Cataluña como la lengua regional, si acaso con la diferencia de que es más hablado y tiene un trasfondo cultural mucho más rico.
**¿Por qué se toleró el cuento del “idioma propio” de Cataluña? Porque, para la derecha, el español tiene poca importancia: su ideal es el inglés.
**En gran medida, la política en democracia consiste en la creación de opinión pública y la lucha por ella. Sin una base cultural propia, esa lucha es imposible: “la derecha está condenada a alimentarse de los desechos intelectuales de la izquierda, porque carece de criterio histórico y político”
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Una historia de España imposible
Una pintoresca historiografía, autodeclarada científica para más chiste, se ha complacido en pintar un cuadro sumamente lúgubre de la España del siglo XVI. Se ha hecho tópica la descripción del siglo XVI español como época de ruina popular y bancarrotas del estado, tras la relativa prosperidad bajo los Reyes Católicos: hambre, pobreza, mendicidad, escaso comercio, una población despojada dominada por una oligarquía de grandes señores parásitos, cerriles, dueños de casi todo, y sobreabundancia de clérigos ignaros o corruptos y de hidalgos preocupados de su honor y de no trabajar. El mal habría nacido de la expulsión de los judíos, el sector supuestamente más culto y productivo, agravado en el siglo XVII por la expulsión de los moriscos, otro sector productivo, al revés que los cristianos viejos obsesionados por la limpieza de sangre y orgullosos de no saber leer ni conocer oficio práctico. Carlos I y Felipe II habrían desviado al país de su “natural” expansión por el norte de África, embarcándolo en aventuras internacionales que solo interesaban a ellos: Carlos, porque le atraía el Sacro Imperio y no España, a la cual habría usado como simple peón; y Felipe II por un tétrico fanatismo religioso. Así España, en particular Castilla, habría quedado pronto exhausta en guerras absurdas, mientras el resto de Europa se modernizaba y prosperaba.
Punto esencial del tópico es la Inquisición, que habría asfixiado la vida intelectual y hasta despoblado el país. “Un imperio amasado con oscurantismo y miseria”, vino a resumir Azaña. Para unos, España constituyó una rémora para Europa entera y habría sido deseable su derrota por potencias más progresistas; según otros, el país se desvió del camino correcto y se volvió “anormal”, “enfermo”, como indicaba Ortega. Según quiénes, el “desvío” habría salido de la derrota de los comuneros, de la reconquista contra los ilustradísimos y tolerantes musulmanes, o del mismo Recaredo.
Estas versiones no suelen sustentarlas hoy los historiadores (a veces se traspasan al siguiente siglo), pero han calado en gran parte de la población, los políticos y los medios de masas. Manía algo cómica de muchos intelectuales, sobre todo después del “desastre del 98”, es la de señalar los “errores” del pasado, la política que habían debido seguir Carlos y Felipe para satisfacer a sus acertados jueces, o acusar al siglo XVI de los males actuales. Manías indicativas de una decadencia intelectual cierta.
Para justificar tales juicios se han invocado indagaciones en archivos, testimonios de contemporáneos españoles y extranjeros, obras literarias como El Lazarillo, etc. Cualquier tendencia histórica general integra siempre factores de sentido contrario o dispersivo, y basta centrar la atención en estos para trazar un panorama de aspecto documentado, pero ilusorio. Con respecto a la España del siglo XVI, un imperio construido con miseria e ignorancia habría sido tan imposible que el historiador H. Kamen ha concluido que no existió un Imperio español, que fue solo una especie de manejo del naciente capitalismo europeo que utilizó a España como instrumento.
La evidencia, aquí muy someramente reseñada, es que España construyó un imperio gigantesco, en la mayor parte del cual se sigue hablando español, que exploró el océano Pacífico y puso en comunicación y comercio, por primera vez en la historia, a todos los continentes habitados, cuando las demás potencias europeas apenas iban más allá de la piratería. Y que afrontó el expansionismo otomano, el francés y el de la internacional protestante, cada uno de ellos superior materialmente a España; y si bien no alcanzó a derrotar por completo a ninguno de ellos, los venció una y otra vez, los contuvo y finalmente les marcó límites. Simultáneamente desplegó una cultura potente y original en literatura, pensamiento, arquitectura, música o pintura. Esta última recibió fuertes influencias de Flandes y de Italia, y contó con maestros como Juan de Juanes, Luis de Morales, Fernández Navarrete o Sánchez Coello, o Pacheco, que preludian a los grandes del siglo siguiente. El Greco, de origen griego y formado en Italia, pero españolizado, supo captar aspectos místicos y caballerescos del espíritu hispano del siglo.
La visión de un país económicamente menesteroso, repleto de parásitos, falto de gente capacitada en casi cualquier terreno, cruel y fanático pero impotente, es absurda, como apuntaba el ya citado Julián Marías: habría quebrado muy pronto como una caña seca.
Otros datos descartan la lúgubre versión hoy tan popular. A falta de cifras precisas, suele aceptarse que la población pasó de cinco-seis millones a principios de siglo a siete-ocho millones al final. La población, por tanto, habría crecido considerablemente, cosa imposible en medio de la miseria e ineptitud técnica. Ponderar ese aumento exige contrastarlo con las epidemias y hambres que plagaban recurrentemente a toda Europa. No se repitió una peste como la del siglo XIV, pero Inglaterra sufrió en el XVI nueve episodios graves, y algo parecido Francia y los demás países. Por supuesto, también España, como las epidemias de 1507, 1557, 1580, y sobre todo la de 1596-1602. Estas plagas fueron las mayores causas de mortalidad masiva. Después vienen las hambrunas, que afectaban hasta a las regiones europeas más ricas, aunque posiblemente España las padeciera más, debido a su menor fertilidad general.
Las guerras, en cambio, dañaron poco a España, que se libró de las más mortíferas, las civiles de Alemania, Francia, Flandes o Inglaterra (si incluimos a Irlanda). Y las externas no parecen haber impuesto un grueso tributo de sangre: debieron de ser más despobladoras las incursiones islámicas por Levante y Andalucía. Tampoco pesaron los emigrantes a América, un máximo de 300.000, menos de 3.000 al año, y probablemente la cifra real sea la mitad. España recibió a su vez bastantes inmigrantes transpirenaicos.
Vale la pena señalar hasta qué punto los testimonios contemporáneos suelen ser impresionistas y parciales (como hoy: piénsese en las cifras de bajas de la guerra civil del 36 circuladas durante décadas). Los testimonios, necesarios, deben acogerse, no obstante, con espíritu crítico. Si tomásemos al pie de la letra una multitud de quejas e informes del siglo XVI, concluiríamos que España hubo de acabarlo con la mitad de población que al principio. En el siglo XVIII, el marqués de la Ensenada atribuirá la “despoblación” del país a las guerras y la emigración a América. Pero España tenía la población que podía tener, pues su suelo, debe insistirse, tiene en general peor calidad y menos lluvias que detrás del Pirineo, y su parte húmeda es muy abrupta, condiciones determinantes cuando la agricultura era en todas partes la base de la economía.
Felipe II ordenó medidas novedosas en Europa, como un recuento y descripción del país municipio por municipio. Por desgracia no se completó, pero abarcó a 700 pueblos que no ofrecen señales de estar arruinados. Otro indicio son las pinturas de ciudades españolas que el rey encomendó al flamenco Antoon van der Wijngaerde (Antón de Viñas): se aprecian unas concentraciones urbanas considerables, monumentales y de notable belleza. Muchas de esas ciudades tenían estudios superiores. En ese siglo se fundaron las universidades de Valencia, Sevilla, Santiago de Compostela, Granada, Zaragoza y Oviedo, y otras luego desaparecidas como la de Oñate (la de Barcelona se fundó a mediados del siglo XV, y la Complutense a finales). La proporción de titulados universitarios, una de las más altas de Europa, indica lo mismo. La mayoría de las ciudades creció, y Sevilla se convirtió en una de las mayores de Europa. Obviamente, aquellas ciudades, como las universidades, las armadas, la organización militar, etc., no eran obra de analfabetos y gente alérgica al trabajo, ni tampoco de judíos o mudéjares.
En este contexto general deben entenderse factores contradictorios como las crisis de subsistencias, las bancarrotas, la mendicidad, etc., que relativizan, pero no impiden la situación y tendencia global, esto es, el mayor esplendor político, bélico, de pensamiento, literario y artístico que haya vivido España en su dilatada existencia.
(En Nueva historia de España)




