La ridícula heroicidad de Companys y los separatistas catalanes en octubre del 34. https://www.youtube.com/watch?v=aYczf_Ojg-g
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V. O. 8: Franco, el mediocre favorito de los hados.
Varela no tiene más remedio que constatar que Franco fue, efectivamente, uno de los militares y políticos más victoriosos del siglo XX en Europa o América, quizá el más notable teniendo en cuenta las dificultades, los enemigos, las hostilidades que por un tiempo parecieron casi universales, que hubo de superar. ¿Cómo explicarlo, si al mismo tiempo resulta ser, según los anglómanos, un ser mediocre, bruto, sanguinario y hasta cursi? Obviamente, esta interpretación destruye cualquier explicación racional, y si algo demuestra es la mediocridad intelectual y espíritu cutre de tales análisis. El único mérito que adjudican al Caudillo, una inteligencia primaria, propiamente astucia mezquina, aldeana o gallega, solo útil para asegurar su poder a toda costa, no le habría hecho llegar muy lejos.
Es precisa otra explicación, y la encuentran: ¡la suerte! Franco habría sido un personaje esencialmente pasivo y opaco, a quien, misteriosamente, la suerte le sonreía una y otra vez sin que él realizara acción alguna digna de recordarse (aparte de sus torpezas y crímenes, se sobrentiende). En la guerra civil, tuvo la fortuna de que sus enemigos al parecer no valían nada y él pudo haber acortado la lucha todo lo que quiso, pero la prolongó por gusto de hacer sufrir al país. Luego quiso meter a España en la guerra mundial, pero de un modo u otro el propio Hitler se lo impidió. Su momento más crítico fue al terminar dicha contienda, cuando los vencedores habrían podido barrerle con un soplo… ¡Ah, pero entonces vuelve a intervenir la baraka!: los vencedores empiezan pronto a enemistarse entre sí y gracias a eso Franco sobrevive. Naturalmente, sobrevive condenando al pueblo a una miseria espantosa debido a sus ideas económicas infantiles. No obstante, la guerra fría vuelve a sacarle del apuro: cede unas bases militares a Usa, que no solo le concede algunos préstamos sino que, más importante aún, va empujando al régimen a liberalizar la economía, de modo que Usa vuelve a salvar a Franco, pero de manera muy positiva, “civilizando” por así decir, su régimen, modernizándolo económicamente (una versión parecida la sostiene el franquismo servil de, por ejemplo, Luis Suárez). Y así, Franco puede morir en la cama pero con su régimen en trance de pasar a la democracia. Y colorín colorado.
Esta es en suma la versión de Varela y de tantos otros historiadores de ese nivel, muy útiles para los políticos de tres al cuarto que venimos sufriendo tantos años, y que han precisado de una ley totalitaria para intentar garantizar la “veracidad” del cuento. Ya volveré sobre la iniciativa y el protagonismo, realmente intenso, de Franco en los sucesos que le dieron tanta “suerte” pese a ser tan anodino y vulgar.
Pero cambiando a medias de tema, y en relación con Churchill, he leído en Revista de libros un interesante artículo de Luis M. Linde, “La traición de Churchill, España, Cataluña”. Se trata de una amplia reseña de Meditacions en el desert. 1946-1953, de Gaziel (el periodista Agustín Calvet, director de La Vanguardia durante unos años). Las citas extraídas por Linde muestran la semidemencia del catalanismo, incluso moderado como era el de Calvet, que no llegaba al separatismo, aunque en parte lo suponía, y que merecerá comentario aparte. El caso es que Calvet, que, como Cambó, había apoyado a Franco durante la guerra, le cobraría luego un odio apasionado, así como a España misma, en la que ve una anomalía de Europa frente a una Cataluña definida como parte de la tradición europea según él la entiende. Pero ahora viene al caso por sus comentarios sobre Churchill y Usa a quienes ve como autores de una “gran traición”… ¿A quienes? A los “demócratas españoles” y en especial, claro, a los catalanes, que en la práctica serían los únicos auténticos. Ya hablaremos de esos “demócratas”, a quienes me he referido también en Por qué el Frente Popular…
Se supone que la traición habría consistido en no invadir España al terminar la guerra mundial e imponer una democracia liberal bajo las orugas de los tanques y de los aviones useños e ingleses. La complacencia con el franquismo habría comenzado ya con el discurso de Churchill en el Parlamento inglés, el 24 de mayo de 1944, poco antes del desembarco en Normandía. En él, Churchill expresó su gratitud por la neutralidad de España, defendió a Franco contra ”quienes creen inteligente, incluso gracioso, insultar y ofender al gobierno español”, y se refirió a España como necesaria para conservar la paz y el equilibrio en el Mediterráneo al acabar la guerra (transcribo abajo los párrafos dedicados al asunto en Años de hierro) . Linde considera que el discurso adelantaba lo que sería la política de los Aliados hacia el régimen de Franco después de la guerra, pero en mi opinión no fue así. Roosevelt se mostró complaciente y respetuoso con Franco en vísperas de la Operación Torch por razones obvias, para cambiar poco después a una actitud ofensiva y chantajista; y lo mismo ocurriría con Inglaterra después del discurso de Churchill. Todo dependía de las conveniencias en las cambiantes situaciones de la guerra.
Por lo que respecta a Franco, sabía muy bien que aquellas promesas y respetos valían poco, como le señaló a un ingenuo Don Juan cuando este creía que los tanques anglosajones iban a llevarle en triunfo a Madrid: “No hagáis caso de lo que en el extranjero puedan insinuaros; las promesas a Polonia, al rey Pedro de Yugoslavia, al de Grecia, a Víctor Manuel, a Giraud y a tantos otros se esfumaron ante las realidades”. ”Las naciones se guían por su propio interés y no por sentimentalismos, pesan las realidades y no las ficciones”. Es cierto que Churchill simpatizó en cierta medida con Franco y su régimen, pero no sería esta ni mucho menos la actitud dominante entre los anglosajones.
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Con ruego de difusión:
Con motivo de la alarma social suscitada por el coronavirus, se aplaza la presentación de Por qué el Frente Popular perdió la guerra, hasta que la alarma cese. Parece mentira que un bichito “que si se cae se mata”, pueda paralizar gran parte de la vida social.
El libro va por la tercera edición a pesar del boicot que le han hecho los grandes medios, numerosas librerías y los caciques de la universidad. Es un libro concebido para acabar de una vez por todas con la “cultura” del embuste sobre nuestro pasado –por tanto sobre nuestro presente– instalada en España desde que, en 2002, el PP decidió criminalizar el alzamiento de julio del 36, escupiendo sobre las tumbas de sus propios padres y abuelos, y entregar la historia, por tanto la cultura y la universidad, en manos del nuevo frente popular de PSOE y separatistas.
No obstante su intención, el libro no es de ninguna manera un panfleto, ni en su análisis ni en su lenguaje. Se trata simplemente de rescatar la historia real y dar un golpe decisivo, al menos en el plano intelectual y espero que también en el político, a la infame ley de la cheka, llamada “de memoria histórica” o, más injuriosamente, “de memoria democrática”, y que amenaza muy seriamente la libertad de todos.
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Sobre las posturas anglosajonas en vísperas de Normandía, extracto aquí, aunque sea algo largo, los párrafos dedicados en Años de hierro, que creo que en lo esencial reflejan la situación:
”Franco, bien al tanto, en líneas generales, de las intenciones y preparativos aliados para invadir Francia, percibía cómo la atención de estos se desviaba de España, dándole un respiro. El 23 de marzo, Eden elogió ante la Cámara de los Comunes la actitud española cuando Inglaterra estaba luchando sola y afirmó que “no se ha pedido a España más que una neutralidad estricta y honrosa”. Lo que falseaba un tanto la realidad, pero venía muy bien a la propaganda del régimen.
“Con este nuevo clima comenzaron el 22 de marzo, en Madrid, las negociaciones para un acuerdo comercial que resolviese la crisis entre España y los anglosajones. El criterio británico, más flexible que el useño, buscaba evitarse un enemigo mientras preparaba Overlord (la invasión de Francia), y terminó por imponerse, introduciendo una fisura en el frente anglosajón. Ya el 2 de abril Churchill indicó a Roosevelt que era preciso suavizar el bloqueo y que, si no se hacía así, Inglaterra “concluiría un acuerdo con España proporcionándole petróleo, lo que revelaría al mundo la división entre los aliados de habla inglesa. El resultado fue la capitulación del Departamento de Estado”, señala Hayes. Roosevelt quería forzar una suspensión total del comercio de volframio hasta julio, por lo menos, y acababa de conseguir de otro neutral, Turquía, la interrupción de las ventas de cromo, un mineral también de gran valor en las aleaciones de acero, muy necesitado por la industria bélica alemana. Sin embargo, los ingleses preferían admitir las ventas, pero en cantidad muy baja.
” A su vez Franco, partidario de resistir al chantaje del volframio, hubo de ceder. El 2 de mayo se firmó un acuerdo “comercial” más que comercial en la práctica, entre España, Usa y Gran Bretaña. Las ventas de volframio quedaron restringidas a cuarenta toneladas mensuales, pero además sería cerrado el consulado alemán en Tánger, suprimida la agregación militar japonesa en Madrid, confirmado el retorno de los últimos voluntarios de Rusia y arbitrada una decisión sobre el número de barcos italianos, mercantes y de guerra, refugiados en puertos españoles.
“El acuerdo suponía un golpe moral y económico, pues España había ganado con el volframio la alta cantidad de 170 millones de dólares y aún más marcos; e imponía una neutralidad relativamente favorable a los aliados, admitida a regañadientes. Pero también traía ventajas al régimen, empezando por un reconocimiento implícito del mismo y un abandono, aun si provisional, de la causa monárquica, además de un trastorno para los exiliados. De paso facilitaba un mayor comercio con los anglosajones.
“A la hora de dar publicidad al acuerdo volvieron a surgir divergencias entre Londres y Washington. Los useños, malhumorados por sus cesiones, querían achacarlas a sus socios, y Hayes, para quien la larga crisis del volframio había sido “realmente agotadora”, protestó, alegando que se trataba de una victoria diplomática y no de una derrota, y que debía atribuirse a Usa, promotora del boicot del petróleo, y no a los ingleses. Cordell Hull le contestó: “Una transacción ahora con España no sería popular, ni la salvaría de la crítica el hecho de sernos favorable (…) Debo informar a nuestro pueblo de que, debido a la insistencia de los ingleses, llegamos a un acuerdo sobre bases inferiores a nuestros deseos”.

“Pese a sus considerables cesiones, Franco salió de la prueba como adalid de la independencia nacional frente a las abrumadoras presiones extranjeras, y su popularidad aumentó. Unas semanas más tarde, su presencia en Bilbao fue acogida con más calor popular aún de lo habitual.
“El acuerdo entrañaba una nueva estrategia franquista ante unas potencias mundiales incontrolables para España. El gobierno hizo concesiones mientras ganaba tiempo esperando que el peligro soviético cobraría total evidencia y forzase a las democracias a reconsiderar sus ideas sobre el franquismo, único régimen capaz, en su propia opinión, de sostener un país sólido en la retaguardia continental. Su diplomacia, siempre hábil, pasó a ponderar los beneficios, invalorables en momentos críticos, de su neutralidad para quienes por fin se iban alzando con el triunfo.
”Pese a su cambio estratégico, Franco evitó traicionar a los alemanes, aun si su simpatía hacia ellos se le estaba volviendo gravosa e incluso peligrosa. Siguió favoreciéndoles dentro de lo que entendía posible, retrasando las medidas acordadas con los Aliados, permitiéndoles mantener gran parte de sus redes de información y espionaje, y una preferencia en la prensa. El contrabando de volframio continuó, si bien ya poco llegaría a Alemania debido a la desarticulación de los ferrocarriles y carreteras franceses por los bombardeos. También aprovechó para obtener primero una sustancial rebaja en la deuda a Alemania, cuya valoración por parte de Berlín siempre le había parecido excesiva, y luego darla por cancelada unilateralmente.
“El 24 de mayo la rectificación franquista obtenía un resonante triunfo propagandístico cuando Churchill, ante la Cámara de los Comunes, expresó gratitud por la conducta española durante los años en que la suerte de Inglaterra había pendido de un hilo, defendió la no injerencia en los asuntos hispanos y fue más allá (…) No hablaba del régimen, pero sus palabras sonaban respetuosas hacia él, por lo que enfriaron el entusiasmo de la oposición antifranquista y ampliaron la brecha en el frente anglosajón con respecto a España, pues Usa seguía propugnando un duro hostigamiento. En Inglaterra las declaraciones levantaron una polvareda en la prensa y en las instituciones: “La sola evocación de los asuntos españoles tenía todavía capacidad de provocar violentos incidentes en el Parlamento”, señala Hoare. Roosevelt declaró no compartir los tiernos sentimientos de Churchill hacia España, y también su esposa, Eleanor, expresó su malestar. Churchill se vio en el caso de explicar a Roosevelt: “No me importa Franco, pero no quiero una península ibérica hostil a los británicos después de la guerra”.
“Si Hayes y el Departamento de Estado useño sintieron el acuerdo con Madrid como una parcial claudicación, dentro del franquismo la mayoría de los falangistas lo entendió como una cesión humillante, si bien Jordana y otros los vieron como una tabla de salvación. El disgusto de una parte del gobierno fue en aumento y el ministro del Ejército, Asensio, poco antes promotor de la unidad militar en torno al Caudillo, escribió a este una larga misiva protestando por la línea de Jordana. Las concesiones eran vejatorias y además inútiles, porque los anglosajones “se consideran incompatibles con nuestro régimen”. Sin embargo, de modo incoherente, concluía que había que entenderse con don Juan “para que no siga haciendo daño” y acelerar la vuelta del trono (…) La propuesta del general era sorprendente, porque ni los Aliados ni don Juan ni sus consejeros admitían una monarquía auspiciada por el régimen (…)
“Antes de contestar, Franco consultó con Carrero, para quien (…) “Don Juan es garantía para los americanos pero no para España. España no tiene por qué caer en una u otra influencia”. Franco, amablemente, indicó a Asensio: “Si puedo estar conforme en parte con las premisas, no lo estoy con la mayoría de las deducciones”. Para él, las expectavias de don Juan y las promesas de los Aliados valían muy poco: una monarquía contraria al Movimiento no se sostendría y abocaría probablemente a una guerra civil. Tampoco podía confiar en una restauración hecha por el Movimiento, pues las presiones externas hacían muy verosímil que el rey derrocase al Caudillo y hasta lo encarcelase, como había hecho Víctor Manuel con Mussolini (…) Y explicó a Dieckhoff (…) “España resistiría sin duda una agresión anglosajona, pero su ejército estaba mal armado y Alemania no estaba en condiciones de armarlo en grado suficiente, como tampoco podía suministrar petróleo o alimentos. Él quería hacer por Alemania todo lo posible, pero no había otra solución”.
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