Blog I. ¿Por qué no tuvo el franquismo oposición democrática? / Antes de la euforia separatista: http://www.intereconomia.com/blog/presente-y-pasado/por-que-no-hubo-oposicion-democratica-franquismo-euforia-separatista-20121208
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He dedicado uno de los capítulos de La transición de cristal al destino de sus principales protagonistas, Fraga, Torcuato, Suárez, González, Carrillo y el rey. Hablaré aquí de los cinco primeros, cuya llamativa carrera político-personal podría dar lugar a meditaciones sobre el poder, aunque sea difícil extraer de ahí conclusiones clarasResumiendo mucho, cabe decir que ninguno de los cinco ha tenido un final feliz.
Fraga Iribarne aparecía al comienzo como el principal impulsor de la evolución del franquismo a la democracia. Era de los poquísimos que se habían molestado en estudiar las dificultades del proceso y en trazarle una orientación viable. Además, en sus meses de ministro con Arias logró doblegar las presiones desestabilizadoras de la oposición rupturista. Su fracaso no vino de esa oposición, sino de más arriba, de Juan Carlos y de Torcuato Fernández-Miranda, quienes preferían una transición del rey y no de Fraga. Posteriormente, Fraga sacó conclusiones dudosas de su primer semifracaso electoral y optó por una línea cada vez más oportunista y similar a la de Suárez, para finalmente perder relevancia y quedar en mero político regional. Su centrismo en Galicia ha facilitado allí una dinámica, antes inexistente, de auge de los separatismos y de la izquierda, y de polarización social.
Peor le fue a Torcuato Fernández-Miranda. Este fue quien realmente diseñó la reforma del rey, utilizando como instrumento a Suárez (ni este ni Juan Carlos tenían conocimientos ni capacidad intelectual para planear un proceso de tal trascendencia). Torcuato, al revés que Fraga, prefirió quedar en segundo plano, intrigó contra Arias y contra Fraga, confundió a Areilza, sacó adelante a Suárez como jefe del gobierno, trazó un proyecto relativamente sencillo que llevaba a una Constitución e hizo la labor clave como presidente de las Cortes. Partía del concepto realista de que solo una oposición consciente de su debilidad aceptaría la democracia planteada. Su mayor triunfo, cuyos laureles cosechó Suárez, fue el referéndum de diciembre de 1976, que puso de relieve la debilidad tanto del búnker como de los rupturistas. Pero a partir de ahí todo se le fue de las manos. Suárez, que tanto le debía, prescindió de él, y pronto llegó la ruptura. Disconforme con la nueva política y la Constitución, murió relegado y lleno de pesadumbre, según algunos testimonios. Suárez ni siquiera se presentó a su funeral.
Suárez apareció ante la opinión como el verdadero autor de la reforma y, quizá por hacer olvidar su pasado, favoreció la demagogia antifranquista de la izquierda y las aspiraciones de los nacionalistas-separatistas. Ayuno de cultura histórica y de criterio político a medio plazo, su oportunismo le llevó a crear una situación muy grave en España, en medio de una crisis económica profunda y de un terrorismo salvaje. Se indispuso con todos los sectores sociales, de derecha y de izquierda, y con Usa, creó las condiciones para el golpe del 23-F y, “completamente desprestigiado”, en sus propias palabras, dimitió. Su errática orientación llevó a una crisis terminal a la UCD, a la cual remató para construir un nuevo partido, el CDS, de concepción un tanto cesarista, con incondicionales a su persona. Este partido fracasaría a su vez, y solo la experiencia del PSOE en el poder y una reacción popular sentimental por sus desgracias personales y familiares volvió a revalorizarle ante la opinión.
Felipe González recordaba a Suárez, por político ligero, poco culto, aunque simpático y buen regateador en corto. Saltó a la palestra con un discurso radical que nadie tomó en serio y con ayudas masivas, nacionales e internacionales, pues su partido era insignificante a la muerte de Franco. Marginó un tanto el marxismo y, en el poder, moderó su demagogia. Pero no sustituyó el marxismo por un pensamiento democrático, sino por una amalgama de demagogias inconsistentes. Aunque logró remontar en parte la crisis económica (siempre con un paro desmesurado), su gobierno vino signado por una corrupción galopante, la mezcla de negociaciones y terrorismo de gobierno en relación con la ETA, la expansión sin precedentes del estado y el desarrollo de los aspectos más peligrosos larvados en la Constitución. Tras un largo período de gobierno, al final rompió con su alter ego, Alfonso Guerra, perdió las elecciones y eludió por poco la cárcel, que sufrieron algunos de sus colaboradores próximos. Luego se dedicó a sus negocios privados en un entorno de poderosos capitalistas internacionales.
El destino de Carrillo no es menos revelador. La trayectoria del PCE como única oposición real y continuada al franquismo sirvió, irónicamente, para provocar un vuelco general en apoyo del PSOE, visto como valladar para los comunistas. Ante el peligro de no ser legalizado, Carrillo extremó su moderación y acatamiento a la reforma: sí a la bandera nacional, a la monarquía, a la economía de mercado, etc.; y exhibió un distanciamiento de la URSS. Fue legalizado a tiempo, pero cosechó menos votos de los esperados, y sus intentos de falsear su biografía –desde la transición se han prodigado, a derecha e izquierda, tales falsificaciones– naufragaron ante el famoso libro de Jorge Semprún. Ahí comenzó su crisis política, que no hizo sino profundizarse hasta terminar en su expulsión del partido al que había dedicado toda su vida. Quedó luego como una figura inocua, a la que daban proyección derechas e izquierdas, fue olvidando su moderación y en 2005 recibió un turbio homenaje mezclado con la retirada, con nocturnidad y alevosía, de una estatua de Franco. “No era la sentencia de muerte del Caudillo que el viejo comunista habría querido firmar, pero no dejaba de ser un premio de consolación”.
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¿Pudo haberse hecho otra Constitución?
| La Constitución actual tiene fallos por así decir estructurales, que se han agravado hasta volverse críticos. He analizado algunos en La transición de cristal, y Alberto Recarte ha incidido sobre otros en su reciente informe. |
Pueden resumirse así: al incluir el término nacionalidades, o los derechos históricos, la Constitución deja en el aire la soberanía nacional; además, abre paso a un progresivo vaciamiento de las competencias del estado central, empeorado por la creación de un Tribunal Constitucional sometido a los partidos mayoritarios; y no asegura la independencia judicial, con lo que facilita la unificación de los tres poderes, algo propio de las tiranías, según Montesquieu. Ello aparte, perturba la elección directa de representantes en la mayoría de los casos, y da un papel desmesurado a los partidos y sindicatos; e incurre en despropósitos socialdemócratas como la pretensión de garantizar a los españoles un empleo bien remunerado y una casa “digna”, ideas estas últimas que por un lado no pasan de tonterías y por otro solo garantizan, en realidad, que todos los gobiernos sean inconstitucionales, ya que ninguno puede cumplir tales exigencias. Una Constitución, por tanto, deforme y peligrosa.
Por supuesto, no solo cuentan los rasgos negativos. En principio pesan más los positivos: libertades, elecciones, alternancia pacífica en el poder y otras normas generales, hasta un principio autonómico que, según se tratase, podía ser fructífero. Y ha sido la primera Constitución de la historia de España hecha por consenso y no por imposición de algún partido, lo que debía darle mucho más respaldo y solidez. Pero su articulado contenía demasiados vasos de ácido susceptibles de ser volcados y de corroer el sistema en manos de una clase política irresponsable. Que es lo que de hecho ha sucedido.
Unos amigos me argüían que, no obstante, fue la única Constitución entonces posible, precisamente porque fue producto del consenso: había que contentar a todas las fuerzas políticas del momento. Creo que esa tesis no repara en el modo peculiar como se elaboró, ni en la relación real de fuerzas. Suárez impuso a la Constitución, ilegalmente, los hechos consumados de las preautonomías, calculadas para potenciar a los partidos nacionalistas vasco y catalán, y luego creó el consejo gastronómico de Abril Martorell y Guerra –ambos más bien ajenos al derecho constitucional–, para decidir en comidas y cenas, al margen de las Cortes, artículos que luego votarían los congresistas por disciplina de partido. Lo cual daba cierto aire de farsa al proceso.
Tampoco la relación de fuerzas favorecía a la izquierda y a los nacionalistas, pues los partidos de Suárez y Fraga reunían la mayoría absoluta en las Cortes y en la ponencia constitucional. Además, aquellos apenas tenían peso, ya que la izquierda –salvo, hasta cierto punto, la comunista– y los separatismos –salvo la ETA, muy a última hora– habían casi desaparecido en el franquismo. Pero Suárez procuró distanciarse tanto de Fraga como de su propio pasado y del régimen anterior, del cual provenía en definitiva la reforma democrática; y dio el mayor protagonismo a la izquierda y a los nacionalismos regionales, ofreciéndoles más de lo que estos pedían y grandes sumas de dinero, al PNV y, según Calvo-Sotelo, al PSOE, que ya lo recibía de muchos orígenes.
Aparte de que renunciaba a la lucha por las ideas, que en cambio libraban intensamente el PSOE y los nacionalistas, esa política tenía mucho de intento de compra para asegurarse el voto positivo a la Constitución, contra la advertencia de Julián Marías: “No hay que querer contentar a quienes no se van a contentar”. Como he señalado en otro artículo, tuvo también su parte en todo ello el terrorismo de la ETA, que hizo creer a unos políticos mediocres que favoreciendo a los nacionalismos moderados quitarían a los etarras argumentos y apoyos.
Los beneficiarios de tal política –que nunca habían sido demócratas– percibieron la posición de debilidad en que se colocaba a sí mismo el gobierno de UCD y presionaron hasta extremos chantajistas: Peces-Barba, ponente por el PSOE, salió escandalosamente de la comisión en un momento dado, y su partido buscó romper lo que denominaba “mayoría mecánica” de UCD-AP, tarea bastante fácil, dada la política de Suárez. Tal fue el origen de los aspectos más negativos de la Constitución.
Entender el proceso exige considerar el referéndum de la reforma democrática de la ley a la ley, en diciembre de 1976. Contra ella, la oposición antifranquista y rupturista intentó primero la huelga general y después el boicot –al referéndum–, junto con intrigas de Felipe González ante la Europa comunitaria; y sufrió una estrepitosa derrota política. La inmensa mayoría del pueblo quería una reforma democrática sin ruptura, lo que obligó a los rupturistas a moderarse. Como advirtió Torcuato Fernández-Miranda, la oposición solo aceptaría la reforma democrática si se sentía débil. Fue Suárez el encargado de transformar esa debilidad en fortaleza, de negar el origen histórico de la democracia y de promover una Constitución cuyos defectos sufrimos ahora. Al revés que Torcuato, Suárez se caracterizaba por una incultura y desconocimiento de la historia más que notables. No le gustaba mirar al pasado para aprender de la experiencia, sino proyectar sus fáciles ilusiones hacia el futuro. Actitud pueril, no rara entre nuestros políticos.
Sin conocimiento del pasado no puede haber visión de futuro. La conclusión es que otra política menos oportunista y de más altos vuelos habría logrado sin demasiada dificultad dos cosas: moderar a la oposición y elaborar una Constitución más racional y menos problemática.
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****La “gracia” anticatólica: http://archipielagoduda.blogspot.com.es/
