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Descrédito de cierta historiografía universitaria (En I. L, diciembre de 2004)
No me refiero, claro está, a toda la historiografía universitaria, sino sólo a la referida a la república y la guerra civil, cuya muy mediocre calidad intelectual y deontológica he podido comprobar fehacientemente, y ahora, por enésima vez, en un artículo de Javier Tusell, en El País, sobre el revisionismo histórico.
Tusell arremete especialmente contra César Vidal, José María Marco y un servidor, e incluye, sin venir mucho a cuento, a Tamames. El problema para Tusell es éste: “En España ha aparecido un revisionismo histórico en los últimos tiempos que siempre ha movido a la duda acerca de si merecía la pena dedicarle alguna atención”. ¿Duda? Ninguna. Tusell y otros de su cuerda le vienen concediendo la máxima atención. No la atención que uno esperaría de personas intelectualmente agudas y de espíritu liberal, sino más bien la de grupillos de poder con aspiraciones a monopolizar el cotarro, asustados por la competencia.
En cuanto a mis libros –los otros aludidos hablarán de lo suyos, si lo estiman oportuno–, las réplicas de Tusell y compañía nunca han pasado de exhortaciones a la censura, a sepultarlos en el silencio. El prestigioso historiador Stanley G. Payne, libre de las conocidas servidumbres de la universidad española, lo ha expuesto con precisión: “Quienes discrepen de Moa necesitan enfrentarse a su obra seriamente y, si discrepan, demostrar su desacuerdo en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales que afronta en vez de dedicarse a eliminar su obra por medio de una suerte de censuras de silencio o de diatribas denunciatorias más propias de la Italia fascista o la Unión Soviética que de la España democrática”.
A juicio de Tusell, el nefando revisionista “no parte de preguntas, sino de seguridades o de presunciones. No acude a fuentes primarias, sino a las secundarias que pretende elaborar con originalidad. Lo hace, sin embargo, con extravagancia, acudiendo a interrogantes inapropiados (…) suele magnificar el dato irrelevante para sus propios fines o tomar la parte por el todo. Huye de matices porque lo suyo es el dualismo maniqueo, la simplificación o la parcialidad”. Espléndida descripción inicial, cuyo único defecto es que no la demuestra en ningún momento. Son acusaciones por las buenas, simplemente, y que muy bien podrían aplicarse a su autor.
Por descender de la retórica a los hechos, yo he basado lo fundamental de mi investigación en los archivos del PSOE guardados en la Fundación Pablo Iglesias, en especial el archivo de Largo Caballero, en el Archivo de Salamanca y otros, en el diario de sesiones de las Cortes, en las declaraciones de los políticos en la prensa de la época, en los testimonios de los procesos… Es decir, lo he basado en fuentes indiscutiblemente primarias, como sabe muy bien todo aquel que me haya leído, en especial el libro Los orígenes de la guerra civil, el cual considero la clave del resto de mi obra. Si Tusell lo ha leído miente al decir lo que dice; y si no lo ha leído parlotea, y en ello se retrata, no precisamente como el intelectual serio por que pretende pasar.
La duda sobre si ha leído aquello que critica se acrecienta cuando describe así mis trabajos: “Moa empieza, por ejemplo, por considerar que la CEDA no era nazi, para llegar a la conclusión de que la Guerra Civil empezó por culpa de la izquierda en octubre de 1934. Pero, además, presume una conspiración desde comienzos de siglo de izquierdistas y nacionalistas y dice descubrir su capacidad destructiva… ¡en una sociedad secreta!”. Evidentemente, Tusell puede aplicarse a sí mismo lo del “dualismo maniqueo, la simplificación y la parcialidad” que achaca a otros; por no decir sin más que miente. Si algo queda perfectamente nítido a partir de las fuentes primarias del PSOE, que Tusell ignoraba y quiere seguir ignorando, es que en 1934 (70 aniversario este año) dicho partido se propuso, textualmente, organizar la guerra civil para implantar una dictadura proletaria. Sobre ello no puede caber la menor duda a nadie que, simplemente, quiera abrir los ojos. Y no sólo se propuso el PSOE la guerra civil, sino que la llevó a cabo, aunque fracasara, dejando la broma de 1.400 muertos en dos semanas. Y fracasó porque los obreros no le siguieron, salvo en la cuenca minera asturiana, y porque la CEDA, que desde luego era un partido moderado, contra lo pretendido años y años por la propaganda contraria, defendió entonces la legalidad republicana y las libertades. Algo muy parecido a lo del PSOE puede decirse de los nacionalistas catalanes de la Esquerra. ¿Llamaría Tusell a esto “datos irrelevantes y magnificados interesadamente”?
Por otra parte yo no hablo de culpas, pues, sean cuales fueren, debemos darlas ya por zanjadas. Lo que he procurado ante todo es hacer inteligibles los procesos, ideologías y falsos razonamientos que llevaron a la guerra, pues comprenderlos puede ayudarnos a evitar derivas parecidas. En cambio las condenas arbitrarias tan abundantes en los últimos tiempos sólo reabren las viejas heridas y odios, labor en que está empeñada ahora tanta gente, con una desvergüenza e irresponsabilidad que no suscita crítica alguna en intelectuales tan supuestamente escrupulosos como Tusell.
Sobre la “conspiración” y la “sociedad secreta”, o bien Tusell, una vez más, no ha leído mis libros, o bien no ha entendido nada de ellos, pese a concordar todo el mundo en que escribo con claridad. Nunca he creído en las teorías conspiratorias de la historia, pero es evidente que las conspiraciones han existido siempre y han tenido un papel. La “sociedad secreta”, la masonería, supongo, tuvo influencia de sobra comprobada en algunos sucesos y momentos históricos (en las primeras Cortes republicanas, por ejemplo, había más masones que representantes de cualquier partido). Pero una cosa es señalar tales hechos indudables –y no disimularlos, como hacen algunos historiadores–, y otra explicar el desarrollo histórico a través de conspiraciones masónicas, cosa que yo no he hecho en ningún momento.
Tusell, por tanto, necesita falsificar mis tesis (como otros muchos) para atacarlas, probando así la inconsistencia y carácter fraudulento de su crítica. Y aún más fraudulento y contradictorio resulta el hombre cuando justifica su retirada ante un debate intelectual con el patético argumento de que los libros revisionistas “en nada facilitan la convivencia”. Si esto fuera así, y precisamente por su peligro para la convivencia, Tusell y compañía deberían esforzarse en polemizar hasta hacer añicos las tesis de esos libros, máxime cuando gozan de tal difusión. ¡Pero hacen justamente lo contrario! Rehúyen el debate amparándose en exigencias académicas que, como acabamos de comprobar, no cumplen ellos mismos en lo más mínimo. Para colmo, no se les ocurre otra cosa que despreciar a los lectores, a quienes tildan de “público poco propicio a sofisticaciones”. Payne, Seco, Cuenca Toribio y otros más han hecho grandes elogios de mis libros. ¿Serán poco propicios a sofisticaciones? En fin, con tales argumentos entramos en el terreno de la puerilidad, también muy reveladora del “nivel científico” de tales críticos. La convivencia entre los españoles, señor Tusell, debe basarse, entre otras cosas, en la búsqueda y el respeto a la verdad histórica, y no en el mantenimiento de mitos convenientes para algunos grupos de presión.
¿Por qué extiendo al conjunto de la historiografía universitaria el descrédito que, en rigor, sólo corresponde a gente como Tusell? Por dos razones: porque son estas gentes quienes han marcado la pauta, han pontificado y dominado en ese mundillo durante muchos años; y porque otra gente mucho más valiosa ha mantenido una postura acoquinada, asustadiza y hasta reverencial ante los más gritones y descalificadores. El desprestigio de una institución no lo labran sólo los charlatanes prepotentes, sino también, y no menos, las personas de mérito pero escasas de valor moral para enfrentarse a aquellos resueltamente, con la razón pero sin falsos respetos. Si estos últimos tienen en cuenta lo que está en juego, es de esperar que encuentren los bríos necesarios para no inhibirse y disimular ante la superchería.
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Aproximación a la masonería (VI) DEL TRIENIO LIBERAL A LA I REPÚBLICA
También en contraste con los siglos anteriores, la propia España entró, como Hispanoamérica, en un largo período de convulsiones, con tres guerras civiles (aunque solo la primera de gran intensidad) y decenas de pronunciamientos militares, en los cuales volvemos a encontrar a menudo a los hijos de la luz. Fernando VII, llamado El Deseado aunque muy poco deseable, prohibió y persiguió a la masonería, sin lograr erradicarla. Por el contrario, no hay duda de que la infiltración en el ejército aumentó, y en 1820 el pronunciamiento del masón Riego logró impedir la marcha del ejército preparado para sofocar las rebeliones en América. El golpe fue fruto de una amplia conspiración, centrada en Cádiz. En ella tomaron parte decisiva políticos masones, como el muy activo Istúriz, así como un muy probable agente de Londres, Mendizábal, suministrador del ejército y autor más tarde de una Desamortización que no fue expropiación sino expolio de bienes religiosos. Las guerras de independencia en América no se entienden sin el interés de Inglaterra, que ejercía su influencia a través sobre todo de las logias. Probablemente muchos de los conjurados no deseaban la separación de la América hispana, sino que creían ilusamente que con un golpe liberal los jefes independentistas se someterían, ya que también se proclamaban liberales. El pronunciamiento de Riego no tuvo éxito inmediato, pero al sumarse las guarniciones de Galicia, Barcelona y Madrid, el rey hubo de claudicar y aceptar la Constitución liberal de 1812, dando paso al Trienio liberal.
El Trienio, comenzado lastimosamente con una traición al país, presenció una verdadera eclosión de círculos masónicos que Galdós caracteriza en El Grande Oriente como cuadrillas de una “hermandad utilitaria que miraba los destinos como una especie de religión y no se ocupaba más que de política a la menuda (…) de impulsar la desgobernación del reino (…) Un centro colosal de intrigas”. Como ocurría por lo demás en Hispanoamérica, desesperando al mismo Bolívar. Los liberales, parte de ellos hijos de la Viuda, empezaron a dividirse entre los moderados, defensores de una evolución tranquila y respetuosa con la Iglesia, y los exaltados, que tomaban la Revolución francesa por modelo y mostraban odio abierto a la Iglesia. Había masones en las dos ramas liberales. Los exaltados se escindieron a su vez en dos en tan corto período. El resultado recuerda al de América: alborotos y desórdenes, acabados a los tres años por la intervención de los llamados Cien mil hijos de San Luis, entre quienes no debían de faltar masones a su vez, y reclutados por las potencias europeas para poner fin al caos español. Ricardo de la Cierva considera el Trienio como el primer apogeo de la Masonería en España, siendo los otros dos el Sexenio Revolucionario desde 1868 y finalmente la II República de 1931 al 36. Se trata de una apreciación bien fundada, a mi juicio. En todos esos momentos la Masonería gozó de la máxima libertad para actuar y desarrollar sus planes, y se aplicó a ellos concienzudamente.
No hace falta extenderse aquí sobre los decenios posteriores a la muerte de Fernando VII en 1833 hasta la Restauración en 1875. Fue una época inestable, en la que la masonería, teóricamente prohibida pero no perseguida, desempeñó un papel relevante. Volvieron los numerosos políticos y militares masones exiliados por la persecución de Fernando VII después del Trienio, y engrosaron las filas liberales. Se produjo en el país una triple división: entre los tradicionalistas y los liberales por una parte, y dentro de los liberales entre los moderados y los exaltados. Una vez vencido el carlismo, habría otras dos guerras de ese tipo, pero mucho menores, por lo que serían las discordias entre unos liberales y otros las causantes de la convulsión y el estancamiento del país. En las direcciones de las dos ramas liberales operaban masones, más destacadamente entre los exaltados, más tarde llamados progresistas, demócratas o republicanos. Las dos facciones liberales se turnaron, pero no pacíficamente, sino mediante pronunciamientos que, si bien fallidos en su mayor parte, desestabilizaban el sistema. Fue el tiempo de los espadones, el primero de ellos Espartero, también muy probable masón, ante la extraordinaria ineptitud y demagogia de los políticos de entonces. Los cuales no diferían demasiado de aquellos republicanos del siglo XX, tan duramente caracterizados por Azaña, ni de otros más recientes. El liberalismo exaltado se apoyaba en las numerosas logias del ejército, de las cuales salieron muchas intentonas de golpe militar. De modo que, como ha estudiado el general Alonso Baquer en El método español del pronunciamiento, y contra una impresión muy popularizada, la gran mayoría de los pronunciamientos no tuvo carácter derechista sino extremista de izquierda.
El período desembocó en la Revolución de 1868, que se autodenominó Gloriosa a imitación de la inglesa de 1688, y acabó con el reinado de Isabel II. En realidad se trató del enésimo pronunciamiento posterior a una conspiración aún más amplia que la que llevó al Trienio. El director del complot fue Juan Prim, masón y uno de los políticos y militares más dotados de la época; y el coordinador Sagasta, asimismo hijo de la Viuda, que tendría un gran porvenir político. Como en el Trienio de cuarenta y ocho años antes, esta revolución, que duraría seis años, tomó un tinte fuertemente anticatólico. Los masones se dividieron en unos cuantos grandes orientes y grandes logias que reñían entre sí por dominar el poder, originando una verdadera epilepsia política. Para ponerle fin, Prim buscó un nuevo rey, lo que provocó indirectamente la guerra francoprusiana de 1870, al desear cada potencia un monarca favorable a ella en España. La elección recayó en el italiano Amadeo de Saboya, también masón, y poco después Prim fue asesinado en una conjura en la que participaron otros masones de espíritu fraternal debilitado. Amadeo sufrió a su turno un atentado, sin consecuencias graves y, rodeado de Hermanos, se desesperaba por las intrigas y odios: “Yo no entiendo nada. Estamos en una jaula de locos”, lamentaba. Y salió del país poco menos que a escape. La situación desembocó en 1873 en la I República, que elevó el caos al delirio en medio de tres guerras civiles, una carlista, otra provocada por los cantones que querían independizarse y disolver al país en unas nuevas taifas, y otra en Cuba; y nadie gobernaba propiamente hablando. Uno de los presidentes, Figueras, huyó a París sin avisar a nadie, después de advertir, en catalán, que estaba “hasta los cojones de todos nosotros”. En menos de un año hubo cuatro presidentes, según Ricardo de la Cieva todos masones menos Castelar (no está claro el caso de este último). Finalmente el general Pavía terminó con la alucinada farsa disolviendo las Cortes con un destacamento de guardias civiles.
