Guernica, Badajoz y la técnica de la falsedad profesionalizada (y III)

 

   Por no seguir, podemos considerar otro modo típico de manipular con apariencia de objetividad. El artículo sobre la matanza de Badajoz en la wikipedia (la wiki en español sobre temas de estos suele ser un verdadero desastre) se dedica a poner juntas versiones diversas, con apariencia de objetividad:  “El escritor Pío Moa niega los fusilamientos en la plaza de toros (lo que niego es la matanza famosa. Hubo algunos fusilamientos allí, como en otros lugares) y   propone una cifra entre 500 y 1.500 represaliados”. En cuanto a Francisco Pilo, “pone en duda tanto la presencia de Jay Allen en Badajoz como el número de ejecuciones que éste refiere, en contra de la opinión mayoritaria defendida, entre otros, por Paul Preston, que considera a Allen un referente del periodismo de guerra”.  Pilo no pone en duda, sino que demuestra la ausencia de Allen en Badajoz,  ausencia que ya a mí me pareció extremadamente probable. Y la opinión de Preston vale tanto como el propio relato de Allen. Nos contrapone como “escritores” a una serie de “historiadores”, y casi todo el resto del artículo son citas de los creyentes en la matanza, mezclando la plaza de toros con los fusilamientos sumarios, a quienes el deshonesto articulista procura dar mayor veracidad simplemente  por el número. … aunque no puede evitar las continuas contradicciones entre ellos, desde 1.200 a 8.000, aunque “cree” la cifra de 4.000 la más aproximada. Matanzas perpetradas, según unos, por los falangistas, según otros por guardias civiles, o por los moros, o por los legionarios… No cita el testimonio irrebatible del izquierdista Neves sobre el estado de la plaza de toros, que excluye la posibilidad de la célebre matanza-espectáculo, y en cambio cita que el hombre estaba horrorizado y quería marchar de Badajoz y no volver nunca… En fin, lo por degracia demasiado habitual.

    El manipulador  articulista de la wiki  “explica” además que la supuesta matanza “tuvo una gran influencia en el desarrollo de la guerra. La publicación en la prensa extranjera de estos sucesos ocasionó que Franco a partir de entonces ordenase el cese de matanzas que pudieran tener gran trascendencia mediática y perjudicase la imagen de los sublevados, y por otro lado, la propaganda republicana publicitó enormemente este hecho, convirtiéndolo en justificante de otros sucesos posteriores, como las matanzas de Paracuellos”.  Nueva manipulación: da por “hecho” una invención propagandística, cuando la  matanza famosa de Badajoz  no existió, mientras que la de Paracuellos sí. Y que esta última no se justificó por la imaginaria de Badajoz, sino por otras razones más “prácticas”. Además, Franco no ordenó “a partir de entonces” el cese de tales sucesos, sino que  la orden al comienzo de las operaciones señalaba: “La reducción de focos rebeldes se efectuará con energía, excluyendo la  crueldad, respetando en absoluto a mujeres y niños y excluyendo toda clase de racias”.  las instrucciones de Yagüe, días antes de Badajoz (el 11), advertían que los enconos propios de una guerra civil llegan a provocar actos  “que pueden debilitar la virtud básica de la disciplina y desprestigiar”, por lo cual “los actos de crueldad serán severamente castigados”, sin permitir racias ni pillajes, haciendo responsables de ellos a los jefes y oficiales. Y al día siguiente, Franco insistirá  “En el paso y estancia en los pueblos es indispensable mantener el soldado en la mano, sin permitir que se desperdigue ni cometa desmanes ni pillajes, bajo severas penas”.  Seguramente no era siempre la conducta observada, pero era la orientación bien clara. Nunca hubo orientaciones semejantes entre los autores de Paracuellos y otras muchas masacres, y cabe recordar que los rojos se jactaban en sus partes de sus bombardeos sobre población civil, cosa que Franco prohibió aunque en contadas ocasiones fuera desobedecido.

   Lo visto permite atisbar las técnicas con las que se manipula tan a menudo la realidad histórica, y como ello suele tener origen periodístico. Creo que tanto el libro Guernica como  La matanza de Badajoz… debieran ser textos de obligada lectura en las facultades de Periodismo, por su cuidadosa disección del modo como periodistas  llevados de la pasión ideológica o simplemente sinvergüenzas, pueden distorsionar la verdad. No es infrecuente que alguien invente algún suceso o frase, luego repetido incansablemente. Ni  Galileo dijo eppur si muove  ni Voltaire escribió  “Detesto lo que dice, pero daría mi vida por defender su derecho a decirlo” (se proponía aplastar a la Iglesia, consigna no muy tolerante), pero miles de otros autores las han repetido y millones las han creído. En el siglo XX, las técnicas de propaganda se han refinado mucho, pero permanece la esencial de repetir  ad nauseam una supuesta verdad. Subrayada por invectivas contra quienes la pongan en duda:  “fascista”  “facha”, “reaccionario”, etc., son hoy las más frecuentes. A.Koestler, que también contribuyó a estas leyendas,  cuenta cómo Münzenberg le gritaba, al leer sus escritos: ¡Demasiado flojo! ¡Demasiado objetivo! Pégales, pégales fuerte! ¡Di al mundo cómo arrollan a los prisioneros con sus tanques, cómo los bañan con petróleo y los queman vivos! ¡Haz que el mundo se estremezca de horror! ¡Machácales esto en la cabeza! Generalmente la verdad es defendida con menos apasionamiento y ello suele hacerle perder sugestión sobre las masas… y sobre muchos ilustrados.

    En España, la mentira ha cobrado mayor fuerza por cuanto apenas ha chocado con resistencia. Denuncias como las de Julián Marías contra la mentira profesionalizada, o la obra de francotiradores como Ricardo de la Cierva, han sido casi inútiles, debido a la política de la UCD primero y el PP después, de dar vía libre a las más gruesas falsedades antifranquistas, para terminar compartiéndolas. La lucha contra una desvirtuación del pasado, que “cierra el horizonte de España” se ha hecho así mucho más ardua y hasta peligrosa, por cuanto supone soportar una amplia  hostilidad y hasta ostracismo social.

    ¿A qué se debe la activísima  difusión de estas falsificaciones?  La causa más evidente es  el “furor ideológico”.  Una vez  demonizado el bando nacional como fascista,  opresor,  reaccionario, oscurantista, explotador,  enemigo del pueblo, de la libertad, etc., cuanto se diga contra él, incluso las invenciones más burdas, parecen meritorias contribuciones al progreso, la democracia y la ilustración. Bajo ese furor operan intereses más concretos. Los autodeclarados herederos del Frente Popular entendieron enseguida que atacar sin trabas al régimen anterior, aprovechando el vacío ideológico de la derecha, les proporcionaba un plus de legitimación y una posición de superioridad moral muy útil para ganar elecciones y el poder consiguiente.

    El efecto general ha sido la imposición en la sociedad española de una visión profundamente mendaz de la historia reciente y más en general de todo el pasado del país. Sería ingenuo o frívolo creer que tal fenómeno carece de importancia, pues salta a la vista que tales versiones fundamentan el espíritu y la práctica de las políticas que actualmente vuelven a poner en riesgo la subsistencia de España. Por esta razón, ningún esfuerzo por contrarrestar tan perniciosas derivas será superfluo.

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Guernica, Badajoz y la técnica de la falsedad profesionalizada (II)

 ** Cita con la Historia. Este domingo trataremos la evolución política de la guerra civil, después de haberlo hecho con la evolución militar (https://www.youtube.com/watch?v=VXACg934MrI) . Por qué un bando resolvió bien y con poca sangre sus problemas internos y el otro lo hizo mediante el terror. El tema del pasado domingo fue la expulsión de los judíos de España, sobre el que se han creado también muchas interpretaciones falsas. www.citaconlahistoria.es, y https://www.youtube.com/watch?v=BJBaAKDdqFE.

En la sección “canciones para la historia”, la “Lili Marleen” rusa: “V zemlianke” (en el refugio subterráneo).

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   Otro gran  mito, más bien seudomito típico,  es el de la matanza de la plaza de toros de Badajoz.  Así como  el bombardeo de Guernica existió, aunque su carácter haya sido desfigurado de modo bárbaro y sus efectos exagerados sin tasa, la matanza de Badajoz es una invención de cabo a rabo. Su autor fue el periodista useño Jay Allen, agente propagandístico del Frente Popular, que dijo haber estado en Badajoz  unos días después de la matanza, de la cual le habrían informado a fondo los propios oficiales franquistas: “Miles de milicianos y milicianas  fueron masacrados por defender la República contra la embestida de los generales y terratenientes”.  Habla de “fusilamiento ceremonial con banda de música”  y “matanza de prisioneros a los acordes de la Marcha Real y del himno falangista, con gran asistencia de público”.   “La sangre empapaba más de un palmo de arena en el lado más alejado del ruedo”. Etc. A continuación se desató una competencia entre Allen y la prensa del Frente Popular por imaginar detalles morbosos o macabros. Habrían sido fusilados indistintamente mujeres y niños, habrían sido toreados prisioneros (por cierto esto último lo hicieron los rojos en varias ocasiones).

   Otro periodista useño del  estilo de Allen, J. Whitaker,  dio testimonio del propio conquistador de la ciudad,  el  teniente coronel Yagüe, quien, con la misma amabilidad que los oficiales que habrían informado a Allen, hizo propaganda contra su propia causa: “Por supuesto que los matamos. ¿ Iba a llevar 4000 prisioneros rojos conmigo, teniendo mi columna que avanzar contrarreloj? ¿O iba a soltarlos en la retaguardia y dejar que Badajoz fuera roja otra vez?”. Las frases son absurdas. La alternativa no era soltar a los presos o llevarlos con las tropas, sino meterlos en la cárcel o un campo de concentración, que exige pocos guardianes como todo el mundo sabe. Por lo demás, lo de los 4.000 fusilados es la cifra dada por Allen y que se ha hecho “canónica”, aunque muchos la han elevado al doble y más.    

   ¿Por qué sabemos que no existió tal matanza? Por el testimonio del corresponsal portugués Mario Neves, presente cuando la conquista de la ciudad el 14 de agosto y los días siguientes. El día 15, fecha del supuesto espectáculo, escribe: “Fuimos enseguida a la plaza de toros, donde se concentran los camiones de las milicias populares. Muchos de ellos están destruidos. El lugar ha sido bombardeado varias veces. Sobre la arena aún se ven algunos cadáveres (…)  Hay, aquí y allá, algunas bombas que no han explotado, lo que hace difícil y peligrosa una visita más pormenorizada”. Volvió al día siguiente y encontró que “no tiene aspecto diferente del que observamos ayer, lo que nos lleva a suponer que el rumor (de los fusilamientos) es infundado”. Ni Neves ni los demás corresponsales presentes hablaron más de la masacre famosa. Sin embargo, la leyenda, como la de Guernica, dio la vuelta al mundo, repetida en mil versiones,  y sigue revoloteando por los libros de “historia” y relatos periodísticos en desafío a la evidencia.

     Los divulgadores del clarísimo embuste acostumbran embrollarlo con otros muertos en combate o fusilados sobre la marcha al tomar la ciudad, que a su vez había costado muchos muertos a los nacionales. Y ello requiere algunas explicaciones. Los nacionales no consideraban a los milicianos soldados regulares sujetos a las normas de la guerra, sino algo parecido a bandidos. Opinión reforzada porque, en su avance desde Andalucía, habían  comprobado atrocidades de los milicianos, de un salvajismo increíble, como  familias enteras quemadas vivas,  niños incluidos, crucifixiones y matanzas indiscriminadas. La respuesta a estos hechos, narrados y fotografiados, fue el fusilamiento sumario de muchos de los autores.

   Se ha divulgado una supuesta denuncia de un agregado militar alemán, llamado Von Funck, a Hitler, diciéndole que nunca había visto brutalidad y ferocidad como la de las tropas nacionales, por lo que no aconsejaba el envío de tropas alemanas a España.  Dada la suma ingente de falsedades propagandísticas, tendría interés la exhibición de tal carta, que no parece referirse a la ciudad de Badajoz, sino a la marcha desde Andalucía. Debe señalarse que  Alemania  mantuvo su embajada en Madrid hasta noviembre, por lo que  sorprende que su agregado militar anduviera  con los nacionales, aunque tampoco es imposible. Pero choca que, siendo alemán, le asombraran tales fusilamientos: así había obrado el gobierno socialdemócrata con la insurrección espartakista o con el soviet de Baviera. A su vez, Azaña consigna en sus diarios su orden de fusilar a los anarquistas capturados con armas en la insurrección del Alto Llobregat, en enero de 1932.

   ¿Cuántos milicianos fueron fusilados o cayeron en los combates de calles en Badajoz?  Un corresponsal contrario a los nacionales, J. Berthet, da la cifra de 1.200, aunque obviamente no los contó: se trata de un cálculo impresionado e impresionista. El historiador A. D. Martín Rubio ha utilizado el registro civil de Badajoz, encontrando que hasta 1945 hubo 1.080  muertes atribuibles a la represión, de los que 493 corresponden al verano-otoño de 1936. El investigador izquierdista F. Sánchez Marroyo, eleva especulativamente el número a 1.500 hasta finales de aquel año, incluyendo  caídos en combate. Las cifras de Martín Rubio, mejor documentadas, son seguramente las más próximas a la verdad.

   En Los mitos de la Guerra civil pude establecer los hechos más razonablemente creíbles, criticando las versiones de Jay Allen o inspiradas en este, y dudé mucho de que Allen hubiera estado siquiera en Badajoz. Y unos años después, la minuciosa investigación de F. Pilo, M. Domínguez  y F. de la Iglesia La matanza de Badajoz ante los muros de la propaganda, daba la razón de mis sospechas: Allen lo había inventado todo, empezando por su supuesta estancia en Badajoz, no digamos los relatos que le hacían “en susurros” unos oficiales franquistas al parecer tan interesados como él en crear el bulo. Tiene interés  saber que el periodista ya había prestado servicios delictivos al PSOE cuando en octubre de 1934  decidió lanzarse a la guerra civil para imponer una dictadura “del proletariado”.  El libro citado examina asimismo las manipulaciones de otro corresponsal que contribuyó al mito, J. Berthet, y sus relaciones con el NKVD soviético y con el aparato de propaganda de la Komintern dirigido por Willi Münzenberg, auténtico genio de la manipulación propagandística. Debe entenderse que para ellos  la verdad carecía de importancia frente a la conveniencia de  dañar al “enemigo de clase” suscitando indignación entre la opinión pública europea y americana,  para forzar a sus gobiernos a intervenir en España a favor de Frente Popular. Y así siguen muchos “derrotando” en la propaganda a los nacionales ochenta años después.

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Guernica, Badajoz y la técnica de la falsedad profesionalizada (I)

 

   El mito de Guernica, bombardeada el 26 de abril de 1937, incluye los siguientes apartados:

  1. Se bombardeó una villa abierta, de 7.000 habitantes, carente de interés militar
  2. Se eligió un día de mercado, con gran número de visitantes, de modo que el efecto sobre la población civil fuera mucho mayor.
  3. Guernica no constituía un objetivo táctico, por estar alejada del frente
  4. El ataque fue realizado en exclusiva por aviones alemanes, durante tres horas sin interrupción, con ametrallamiento de civiles a baja altura, dentro de la población.
  5. La destrucción de logró mediante una combinación especial de bombas explosivas e incendiarias, un nuevo sistema de bombardeo
  6. Los muertos fueron, según versiones, entre 850 y 3.000, siendo el número más citado 1.654.
  7. Los separatistas suelen añadir que se trató de destruir los símbolos de “las tradiciones vascas”.
  8. Finalmente, se viene insistiendo en que el bombardeo fue ordenado o permitido por Franco.

   Estos puntos han sido repetidos hasta el infinito a lo largo de casi ochenta años por los más variados periodistas, escritores y políticos, lo cual da a esas versiones  impresión de absoluta verosimilitud a los ojos del lector crédulo o ingenuo.  J. Salas Larrazábal, autor de un estudio prácticamente exhaustivo sobre aquel suceso (Guernica, 1987, que nadie interesado en el tema debiera dejar de leer), partió de un libro del H. Southworth, un polemista useño  apasionado del Frente Popular, que recoge cientos de noticias y comentarios de la prensa mundial sobre el bombardeo.  Sin embargo Salas se fijó en un dato: en la recopilación de Southworth  faltaba lo esencial, los relatos de la prensa de Bilbao, “numerosa entonces y,  hay que suponerlo, mejor informada”, y que prefirió no publicar datos que pudieran ser refutados fácilmente por los evacuados de  Guernica.

    Así que Salas investigó a fondo y sin prejuicios todos los aspectos  de la leyenda y llegó a la conclusión sorprendente de que ni uno solo se ajusta a la realidad.  No voy a extenderme en los datos y la argumentación, que he resumido en un capítulo de Los mitos de la Guerra Civil. La realidad es simplemente la siguiente: Guernica, con algo más de 5.000 habitantes,  estaba próxima al frente, tenía gran interés militar  por su guarnición, posición y fábricas de armas, y se suspendió el mercado aquel día; no hubo ametrallamientos a baja altura dentro de la villa (sí algunos  en las vías de acceso) y el bombardeo se hizo en dos pasadas de corta duración, participando aviones italianos, no solo alemanes, con una combinación de bombas habitual, no especial;  los muertos no excedieron de 126 como máximo, probablemente algunos menos, con un número de heridos sorprendentemente pequeño (unos 30); los edificios simbólicos y elementos tradicionales (“cachivaches”, los llamaba Azaña) no fueron atacados, seguramente eran desconocidos para los alemanes;  ni Franco ni Mola lo autorizaron, sino que  la decisión partió del jefe de la Legión Cóndor sobre el terreno, Richthofen.

   El efecto  más espectacular del bombardeo fueron unos incendios que se extendieron rápidamente debido al viento y a  la abundancia de madera en la construcción; y a que los bomberos de la cercana Bilbao (36 kms.) tardaron horas en llegar y  marcharon sin haber apagado los fuegos. Varios testigos expresaron indignación por la actitud de los bomberos y la pasividad de los milicianos. Los nacionales afirmaron que los  propios rojos habían incendiado la población, una falsedad que se apoyaba, no obstante, en precedentes como los de Irún o Éibar, donde sí había ocurrido el hecho.

   Contra una versión extendidísima, el bombardeo no fue un experimento de bombardeo sobre población civil, sino que perseguía el objetivo militar de cortar la retirada a gran número de tropas enemigas,  lo que se habría logrado  si Mola hubiera dado orden de avanzar de inmediato sobre Guernica. A Mola no le agradaba Richthofen y mantuvo la orden previa de avanzar sobre Durango, con lo que el bombardeo perdía su sentido y se volvía tácticamente inútil. Las razones de Richthofen no son claras, aunque él escribe en sus diarios que Vigón le había prometido un avance sobre la villa; y alude, algo arrogantemente, a su propia  “falta de educación” al haber obrado así, al margen de los planes superiores.  Fue la última vez  que lo hizo.

   No obstante, aunque el objetivo inmediato no fuera conseguido, el bombardeo tuvo una repercusión militar de gran alcance. El PNV lo  invocó para llamar a una lucha a ultranza contra los nacionales…  pero bajo cuerda intensificó sus tratos con los fascistas italianos para rendirse por separado, traicionando así a sus aliados. El resultado último, gracias en gran medida a las intrigas peneuvistas,  fue la primera gran victoria de masas de Franco, en Santander, con un enorme botín de armamento. Y 22.000 miembros del “Ejército de Euzkadi” apresados pacíficamente, muchos de ellos incorporados a las tropas nacionales.

   El origen del mito se encuentra en la prensa  useña  e inglesa, que enseguida empezó a elevar los muertos a 600, a 800… pero lo fundamental fueron las crónicas de G. Steer, periodista inglés que llegó horas después del bombardeo e inventó cuantos “detalles” acudieron a su imaginación y que durante largo tiempo han disfrutado de crédito. Otro corresponsal inglés, N. Monks, hablaba de 800 personas, mujeres y niños, masacrados por las bombas. La prensa subiría rápidamente los muertos a 1.000 y 2.000, y un escritor peneuvista, P. Baldasúa, los aumentaría a 3.000 en un texto titulado “En defensa de la verdad”.  Un documental inglés reciente hablaba de 5.000.

   Creo que el PNV ha querido hermanar a Guernica nada menos que con Hiroshima. En este desmadre sentimental-ideológico nos seguimos moviendo.

 

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23-F. La larga vida de una versión falsa y el olvidado factor Suárez.

23-f El olvidado factor Suárez

** En “Cita con la Historia”. la expulsión de los judíos de España: https://www.youtube.com/watch?v=BJBaAKDdqFE

** En relación con los cambios de nombres de calles por los provocadores irreconciliables: La División Azul https://www.youtube.com/watch?v=_cMvr7_vWBU 

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     Puede decirse que los misterios del 23-f  no lo son desde hace tiempo.  Durante muchos años, sin embargo, permaneció la versión de un  intento de golpe dado por unos fachas chiflados y chapuceros, y parado oportunamente por Juan Carlos I. Todavía hay quienes lo siguen considerando así.  No obstante, la verdad, en lo esencial, se conoce hoy bastante bien. Uno de los que más han contribuido a aclararla ha sido el historiador Jesús Palacios en El Rey y su secreto  del que ha dicho uno de los comprometidos, Luis María Ansón, que acierta en un 80%, creo recordar. Ya Sabino Fernández Campo había advertido  irónicamente a quienes no se contentaban con la versión  oficial que si buscaban la verdad corrían el peligro de encontrarla. Es interesante la persistencia de la versión oficial, que recuerda la del golpe del 11-m de 2004, de consecuencias políticas tan extraordinarias. 

   En fin, todo indica que se trató de una provocación golpista instrumentada por los servicios secretos, y en la que estaban involucrados el rey, personalidades socialistas, de derecha y otros, probablemente la mayoría de los que aparecían como miembros del gobierno de concentración que debía presidir el general Armada. Como el “factor humano” (Tejero), hizo fracasar la operación, él, Armada y otros próximos a Juan Carlos sirvieron de chivo expiatorio de un interés de estado. Porque lo que se buscaba era frenar una deriva política del país cada vez más peligrosa: un terrorismo de niveles desestabilizadores y unos separatismos cada día más insolentes y osados; un ataque sistemático y a menudo furibundo en los medios a cuanto significase unidad nacional (la propia palabra España se hizo casi tabú, como en la república),  sin olvidar el rápido deterioro de la salud social, con expansión galopante de la droga y la delincuencia. Todo ello en medio de una  crisis económica a la que no se vislumbraba salida. Tarradellas, uno de los pocos exiliados que había aprendido las lecciones de la historia, había advertido de la necesidad de un golpe de timón para enderezar una coyuntura que se iba de las manos a todos. Y se conocen los contactos y maniobras de unos y otros para preparar el evento provocando un “supuesto inconstitucional máximo” — con Tejero como peón inconsciente–  inspirado en la operación que llevó al general De Gaulle al poder en Francia  en 1958. 

    En los análisis del suceso ha solido dejarse de lado a Adolfo Suárez, el principal responsable de la situación creada, y que suele aparecer como víctima. Suárez,  un político de vuelo corraleño, desvirtuó la transición planeada por Torcuato Fernández Miranda de la ley a la ley y aprobada abrumadoramente en el referéndum de diciembre del 76; ignorante de la historia trató de congraciarse con quienes salían a la luz  sintiéndose  herederos del Frente Popular, haciéndoles concesiones innecesarias;  quiso  “olvidar el pasado” impidiendo cualquier respuesta a la creciente demagogia  izquierdista y balcanizante;  promovió una Constitución con artículos contradictorios y peligrosos, elaborada de manera poco democrática;  jugó a superar al PSOE por la izquierda y bloqueó una posible  unidad de acción con la derecha de Fraga, dinamitando de paso a su propio partido, la UCD.  He tratado en La Transición de cristal estos hechos poco atendidos u olvidados en muchos análisis  en beneficio de declamaciones emotivo-demagógicas o dudosamente democráticas. 

    La extravagancia política de  Suárez  dejaba muy pocas posibilidades de un gobierno capaz de afrontar la crisis. La UCD estaba en ruinas y Alianza Popular carecía de fuerza suficiente, además de chocar con la oposición irreconciliable de izquierda y separatistas. Suárez fue forzado a dimitir entre denuestos de casi todo el mundo –dato olvidado convenientemente cuando falleció–, dejando una herencia casi inmanejable. De ahí la solución golpista.  No voy a repetir lo ya sabido y que otros comentarán. Pero vale la pena señalar el sarcasmo de que quienes estuvieron involucrados al más alto nivel salieran indemnes a costa de los chivos expiatorios “fachas”.  La UCD, con Calvo Sotelo, demostró su ruina en muy poco tiempo, y finalmente pasó a gobernar el partido de los “cien años de honradez”.

La verdad es que si en aquel momento se hubiera sabido la verdad, las instituciones habrían quedado tan por los suelos y el país tan en peligro de anarquía que, en definitiva, se hace difícil imaginar otra salida que la habida, por injusta que sea. La moraleja es que la democracia un tanto echada a perder por Suárez ha permanecido tan chapucera como entonces, manteniéndose gracias a una inercia histórica cimentada en una larga paz, prosperidad y reconciliación mayoritarias, herencia del régimen anterior y que nuevamente ponen en crisis los demagogos.

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La persecución religiosa en España (y III) El catolicismo y la historia de España

Blog I. La matanza de Badajoz que asustó a los nazis: http://gaceta.es/pio-moa/matanza-badajoz-asusto-los-nazis-21022016-1621  

**Cita con la Historia, hoy: La expulsión de los judíos en 1492. www.citaconlahistoria.es

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(Estas consideraciones son parte de un capítulo del libro, de próxima publicación La guerra civil y los problemas de la democracia en España)

Desde luego, las acusaciones hechas a la Iglesia eran muy exageradas o puramente falsas pero, aun dándolas por reales, asombra la desproporción entre ellas y la saña del ataque. Es obvio que su causa auténtica no reside en tales pretextos. Creo que nos da una clave la excusa del diario azañista Política al describir los edificios religiosos como calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad. Naturalmente, cuanto se hiciera por extirpar aquellas instituciones enemigas de la razón, la justicia y la libertad, sería poco, y en todo caso no valía la pena afligirse por unas cuantas destrucciones y asesinatos más o menos.

    Ya Voltaire, en nombre de la razón, había dado la consigna Écrasez l´infâme (aplastad a la infame), compartida con más o menos pasión por las corrientes progresistas. La infame era ante todo la Iglesia católica, aunque podía ampliarse al calvinismo. Su aplastamiento sería una exigencia de la razón. Las ideologías, en cuanto a construcciones explicativas del mundo y de la sociedad  basadas intencionalmente en el culto a la Razón, venían a comportarse como religiones sustitutorias; y la religión a sustituir era, evidentemente, el cristianismo, considerado enemigo radical de la Razón.

   La fuente más profunda del empuje ideológico reside, a mi juicio, en su negación del pecado original, clave de la comprensión cristiana de la condición humana. Creo que ese mito describe, precisamente, el paso de la conducta instintiva e inocente del animal a la moral propiamente humana, al morder la fruta del árbol del bien y el mal. La acción se presenta como una desobediencia al mandato divino, en la cual queda implícita la idea de la libertad; y el hombre que se vuelve libre ha de aceptar no obstante las consecuencias, en gran medida penosas, de la pérdida de la inocencia instintiva. He citado otras veces los versos en que Walt Whitman expresa, inconscientemente, la misma idea: “Podría irme a vivir con los animales, tan plácidos y satisfechos de sí mismos (…) No sudan ni gimen por su condición, no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran sus pecados”.  El ideal propuesto por las ideologías es la negación del pecado original, la libertad sin culpa ni malas consecuencias, sin responsabilidad en definitiva. Aunque por una paradoja solo aparente, esa libertad se anula a sí misma. El mito griego de Prometeo puede interpretarse de modo semejante.

  Tal vez esta explicación suene demasiado intelectualizada, puesto que desde luego los perseguidores no razonaban así. Pero, con sus muchas variantes o disfraces, en la condición humana persiste la añoranza por una situación en que los deseos se cumplen  sin obstáculos ni castigos, con derechos y sin responsabilidad, una imposible vuelta a la seguridad del instinto:  “La tierra será un paraíso”, rezaba una versión de La Internacional. Se entiende entonces que, de manera casi siempre confusa, los perseguidores de la Iglesia se ensañasen de modo especial con el gran obstáculo que durante siglos habría impedido al “pueblo” acceder a cotas inimaginables de libertad y felicidad, al paraíso en la tierra, por emplear el término simbólico. La iglesia era la gran opresora, tanto más cuanto que no ejercía su opresión exteriormente,  como el poder del estado, sino en lo más íntimo de la personalidad humana, aherrojándola con cadenas espirituales. Las ideologías parecían demostrar mediante la razón, que tales cadenas eran pura fantasmagoría al servicio de intereses prácticos inconfesables. Incluso el más analfabeto percibía oscuramente el fondo de la cuestión, que le movía a rebelarse con furia. Aunque conviene señalar que el aparato y los dirigentes más enconados de la persecución tenían muy poco analfabetos o incultos.

   Por su parte,  el catolicismo no era una doctrina política aunque tenía proyección sobre la teoría de la sociedad y el estado. No aceptaba la idea liberal de un asocial  “estado de naturaleza” superado por un “contrato”, sino que consideraba la naturaleza humana propiamente social y en su conducta social subyacía un fundamento de verdad más allá de las variables convenciones y acuerdos entre humanos, acuerdos que podían ser malvados. Los derechos básicos serían naturales, con fundamento transcendente, no producto de simples convenciones, y el poder venía de Dios pero debía ejercerse sin tiranía. A su vez, mostraba discrepancias con la economía capitalista, cuestionando que los acuerdos salariales y de condiciones de trabajo se dieran con igualdad entre las partes, y prescribía un “precio justo” y un “salario justo” muy difíciles de concretar.  

    Como fuere, la Iglesia podía acomodarse a diversos gobiernos e ideologías, excepto las que propugnaban un  estado totalitario y abiertamente antirreligioso. En España había convivido bastante bien con el liberalismo de la Restauración, con la dictadura (muy suave) de Primo de Rivera, y se había mostrado conciliadora con la república, incluso después de la pira de conventos y demás. También convivía con las democracias  europeas, y razonablemente con el fascismo italiano, en bastante menor medida con el nazismo, cuyo totalitarismo había denunciado;  y, hasta el concilio Vaticano II se había opuesto radicalmente al comunismo, por su ateísmo militante y excluyente y las persecuciones a que había dado lugar. En el Vaticano II se había impuesto, en cambio, el “diálogo con el marxismo”, que causaría graves daños a la Iglesia. 

   Otro punto esencial en esta cuestión es el del papel fundamental del catolicismo en la historia y en la misma configuración de España.  La latinización y catolización han sido el contenido fundamental de la cultura hispana ya en tiempos del Imperio romano y hasta hoy.  Posteriormente el proceso culminó con la formación de un estado nacional con los visigodos desde Leovigildo y Recaredo[1]. La cultura cristiana y latina y el precedente de la nación latino-goda, permitieron una Reconquista frente a la conquista islámica, que poco a poco rehízo la nación originaria, con la excepción de Portugal.

    Posteriormente, España desempeñaría un papel decisivo, inigualado por cualquier otro país, en la defensa de Europa y la cristiandad frente a la superpotencia otomana, que amenazaba por el Mediterráneo, donde su flota prevalecía, y hacia el corazón de Europa por Hungría y Austria. En el frente mediterráneo, España fue decisiva en la contención de los turcos, y también desempeñó un papel importante en el primer asedio a Viena. Debe señalarse que los turcos contaron con el apoyo de potencias cristianas como Francia o Inglaterra, así como del expansivo protestantismo. España también fue el principal dique a la expansión inglesa y a la protestante en Países Bajos y en Francia  durante el siglo XVI y parte del XVII, al paso que realizaba la  mayor obra de evangelización de la historia en América y el Pacífico.

   Como ya vimos, de estos hechos han extraído algunos historiadores y comentaristas la conclusión de que España y el catolicismo van estrecha y necesariamente unidos, siendo inconcebible una sin el otro. La realidad histórica es más complicada, según también observamos  en el capítulo anterior. El liberal siglo XIX fue probablemente el de mayor  decadencia de España, pero sus dirigentes seguían considerándose católicos en su mayoría. Y por lo que respecta al siglo XX, la autoproclamación católica del régimen de Franco, con aquiescencia y buena voluntad de Roma, no impidió que esta lo traicionase, por así decir,  en los años 60.

   Desde luego, Europa y con ella España han evolucionado en un sentido distinto del integrismo. Ese sentido ha traído grandes crímenes, guerras e inestabilidad, pero la idea integrista de unir España y catolicismo carece hoy de base más allá del reconocimiento de esa religión como la más fuerte raíz cultural de la nación, de la exigencia de respeto  y libertad para ella, y del reconocimiento de los tremendos crímenes que ha traído el intento de erradicarla (crímenes por los que no parecen sentir el menor pesar sus autores o quienes se identifican hoy con ellos).  Porque, en fin, con sus bienes y sus males, dicha raíz seguía y sigue viva. La persecución trataba de aniquilarla  para sustituirla por algo supuestamente superior, pero la pretendida superioridad queda perfectamente reflejada, moral e intelectualmente, en las propias características de la persecución.

  


[1] El significado de “nación” ha dado lugar a incontables discusiones, en su mayoría bizantinas. Aquí entiendo por nación una comunidad cultural bastante homogénea, como fue la Hispania latino-cristiana, con un estado propio. Estos dos elementos, comunidad cultural y estado propio, constituyen una nación. Cuando un poder nacional se expande sobre otras comunidades culturales hablamos de imperio.  Creo que esta definición evita muchas discusiones inútiles. Ver Nueva historia de España

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