Democracia (IV) ¿Qué es, en fin, la democracia?

Blog I: La unidad de España, problema político central: http://gaceta.es/pio-moa/unidad-espana-problema-politico-central-31012016-1957

**Cita con la Historia. Hoy hemos tratado las versiones moralistas-sentimentales de la guerra (García de Cortázar, Pedro J. Ramírez, Eslava Galán…)

Aquí, el legado del franquismo: https://www.youtube.com/watch?v=CH_q4cerFd4

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1. Una vez evitamos ciertas concepciones ilusorias sobre el poder, podemos plantear la cuestión de la democracia de modo más racional. En su acepción literal, el término democracia es un sinsentido, pues todo poder es necesariamente oligárquico, debiendo interpretarse  el concepto como consentimiento o apoyo popular más o menos amplio (nunca total) a una oligarquía. Por ello todos los regímenes con cierta estabilidad pueden considerarse democráticos en mayor o menor grado. En tal caso, ¿a qué llamamos hoy democracia y cómo la distinguimos de otros sistemas como las monarquías tradicionales, que no se presentan como tal? La diferencia consiste, de entrada, en que las democracias afirman representar la voluntad popular y depender de ella,  explicitada en votación universal en la que “el pueblo”  elige  a sus representantes, es decir, a la facción oligárquica o partido que ha de ejercer el poder. El consentimiento, es, en este sentido, más activo y periódicamente participativo que en los regímenes anteriores, sin alterar su carácter oligárquico.

2.   Siendo inadecuada y origen de mil equívocos la palabra “democracia”,  podría cambiarse por alguna otra, por ejemplo  sufragismo, si no se usara ya para las activistas del voto femenino. O también votacionismo o eleccionismo, aunque eso es ahora lo de menos. En adelante seguiremos empleando el término democracia, una vez aclarado el significado que le damos.

  3.  Importa tener en cuenta que  esta forma de gobierno es históricamente muy reciente. En Usa el sufragio universal fue aplicándose a lo largo del siglo XIX hasta generalizarse en 1868 (aunque no se aplicó a los indios hasta 1924, y en la práctica los negros no pudieron hacerlo plenamente hasta 1965). En Europa y la mayor parte de los  países de cultura occidental es cosa del siglo XX, salvo breves períodos en algunos países, o en Alemania desde 1867, en Francia desde 1875 (1890 en España, tras un breve período en 1869). El voto femenino ha ido extendiéndose también a lo largo del siglo XX, no teniéndolo Francia hasta 1944. La democracia liberal predominante sufrió en Europa una profunda crisis después de la I Guerra Mundial, agravada por la gran depresión económica desde 1929, y en la forma que hoy conocemos solo pudo restablecerse, con notables cambios, mediante la masiva intervención militar useña. Como fuere, hoy predomina el criterio de que la votación universal es el único criterio de legitimidad del poder, idea que dejaría  absurdamente privados de legitimidad a prácticamente todas las formas de  gobierno de la historia o a otras actuales que, sin basarse en votaciones periódicas, disfrutan de indudable apoyo popular,  mayor a veces que el de los gobiernos democráticos.

  4.  En el mundo occidental, desde temprano en el siglo XX  se vienen proclamando democráticas las más variadas formas de poder e ideologías, por lo que necesitan caracterizarse mediante adjetivos:  liberal, plebiscitaria, popular,  proletaria, orgánica… Obviamente, cada una de ellas niega legitimidad a las demás, calificándolas de  “burguesas”, “totalitarias”, “plutocráticas” “imperialistas”, “fascistas”, etc., en lo cual tienen todas razón si aceptamos el concepto de “poder del pueblo”, ya que ninguna responde ni puede responder a esa ilusión. Pero todas ellas pueden llamarse también democracias en la medida en que hayan alcanzado una aprobación popular muy amplia y más o menos prolongada mediante votos. De todos estos tipos,  el liberal ha demostrado hasta hoy ser el más duradero, pese a haber sufrido crisis muy profundas.

  5.   El problema remite a la existencia de partidos, connaturales a las oligarquías aunque se presenten  con otro nombre (grupos de presión, tendencias,  camarillas, “familias”, etc.). En lo que hoy llamamos democracia, los partidos son pasablemente transparentes, mientras que otros regímenes son más o menos opacos a la opinión pública, y sus rivalidades se solventan de manera también opaca. En algunas situaciones  como una gran crisis nacional,  las facciones oligárquicas o partidos pueden actuar casi al unísono y conseguir una aprobación popular muy extensa;  pero una vez superada la crisis, o ante el fracaso en el intento de superarla, la unidad oligárquica y el consentimiento popular se relajan,  debido también a la incertidumbre propia de la política. Así, el gobierno de Negrín logró frenar las luchas de partidos en el Frente Popular por la necesidad de sostener la guerra, y solo cuando la derrota se hizo inminente las tendencias volvieron de forma explosiva. En el caso del franquismo, la guerra y luego la necesidad de afrontar graves peligros exteriores, mantuvieron unidas  –nunca perfectamente– a las familias del régimen. Posteriormente, sus importantes logros sociales y económicos permitieron mantener una unidad razonable hasta la muerte de Franco.

 6.  Aun en circunstancia no críticas puede ocurrir que las facciones o partidos traten de reducir al mínimo sus diferencias para  repartirse el poder,  lo que supone un aumento del despotismo, generalmente combinado con una propaganda obsesiva. Ello ha llegado al extremo en los sistemas comunistas, sostenidos por una mezcla de masiva propaganda centralizada y de terror también dentro de la oligarquía.  El nazismo consiguió  amplio éxito popular al superar la crisis alemana de los años 30, pero es improbable que pudiera mantenerse tal cual mucho tiempo después, ya que en circunstancias más normalizadas el fervor popular descendería y en el propio partido nazi se abrirían distintas corrientes. Fue la guerra lo que consiguió mantener la doble unidad del pueblo y del poder nazi, hasta la hecatombe final. Otro defecto de este tipo de regímenes, también del fascismo italiano, es la importancia decisiva otorgada al Führer o Duce — figuras propias de situaciones críticas–. Por su propio carácter, carecen de un mecanismo que asegure  una sucesión de “conductores”  al nivel del primero, y lo más probable es que la sucesión implique luchas abiertas entre los aspirantes a “Führer”. Por ello esas formas de democracia han terminado por hundirse de un modo u otro. El Frente Popular implosionó al perder la guerra, pero de haberla ganado  habrían rebrotado también  con plena fuerza las rivalidades entre sus partidos. El caso del franquismo ha sido distinto: nacido de una gran crisis nunca fue un régimen de partido único, ya que en él convivían mejor o peor cuatro “familias”, bajo un “Caudillo”, figura típica de crisis, según indicamos. Conforme la crisis se superó, en los años 50, el régimen se liberalizó paulatinamente, perdiendo de paso su soporte ideológico inicial (el catolicismo). 

7.    Lo anterior ayuda a entender por qué aquellos regímenes han durado poco. En cambio, la mayor duración de la democracia liberal ha sido y es en cierto sentido ilógica, porque admite en su seno a partidos antiliberales, capaces de conquistar un respaldo popular muy amplio, que les permita destruir el sistema de modo legal, como pasó con el fascismo y el nacionalsocialismo. O con partidos comunistas o similares, enemigos radicales del liberalismo y organizados para liquidarlo en nombre de una concepción  presuntamente científica de la sociedad y la historia. Evidentemente, si fuese justificada  la invocación a la ciencia, también en el nacionalsocialismo, tales regímenes habrían sido imbatibles.

 8.   Pese a tales problemas, dos causas de la fortaleza de la democracia liberal  en relación con otras formas, son sus mecanismos para facilitar los relevos o sucesiones  pacíficos en el gobierno, y la propia admisión de una pluralidad de partidos, que permite atenuar  el choque entre ellos con la perspectiva de que todos podrían acceder al gobierno. Incluso los partidos marxistas  o comunistoides han sido por así decir engullidos por el sistema demoliberal,  por más que sus amenazas  permanezcan y en los años 30 ocasionaran a este muy serias perturbaciones, y en países como España lo destruyeran.  

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Democracia (III) Consentimiento popular y democracia

**Por qué, contra lo que dice la izquierda, los años 40 fueron felices en España: https://www.youtube.com/watch?v=rVEX4UIpojM

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  Puesto que el poder se justifica como un beneficio para la sociedad en su conjunto, el consentimiento popular hacia la oligarquía constituye su legitimación última, la sustancia misma de la democracia y la legitimidad.

   Entre la oligarquía en general y el pueblo en general existe siempre una tensión  implícita. Aunque la oligarquía legitime su gobierno en función del orden, la paz o la libertad y el bienestar, su monopolio de la violencia y la tendencia a aumentar los gastos estatales –a veces radicalmente, por guerras, por ejemplo–  le empujan a expandir su dominio tiránicamente y a esquilmar  a la población. Estos impulsos no deben llegar a causar una ruina popular que empobrecería a los mismos oligarcas, ni provocar un descontento generalizado que engendre revueltas y derrocamientos; no obstante, los dos casos se han dado no raras veces. Así, el Frente Popular, desde las elecciones, causó un grave quebranto económico, y su despotismo e ilegalidad provocaron la rebelión de extensos sectores del pueblo.

   Por las razones antes expuestas, el consentimiento popular nunca es “de todo el pueblo”, sino de una fracción más o menos grande del mismo. Cuando más grande sea, mayor la legitimidad  de la oligarquía y en mayor medida podemos hablar de democracia. Y tampoco esa aprobación es perenne, ya que varía con el tiempo. Pero siempre, hasta en los regímenes de máxima aprobación popular, queda un resto de rebeldía o disidencia. Y a la inversa, incluso los regímenes más impopulares representan o cuentan con el apoyo de una parte de la población, aunque sea minoritaria. En ese sentido, todos los regímenes son democráticos en mayor o menor medida.

   Por otra parte, a la cabeza de las oligarquías  casi siempre encontramos una sola persona (a veces, poco frecuentes, hay dos, como en la Roma republicana, Cartago o Esparta, en un intento de evitar el despotismo). Por lo tanto, puede afirmarse que monarquía, oligarquía y democracia  nunca se presentan como formas separadas y más o menos puras, sino que todos los regímenes estables son a la vez las tres cosas o presentan rasgos de las tres. En breve: todo poder estable es en distintos grados o proporciones oligárquico, monárquico  y democrático es decir, consentido mayoritariamente. No obstante, es la oligarquía el elemento fundamental del poder, pues sin ella no puede sostenerse ninguna monarquía ni tampoco expresarse ningún consentimiento o representatividad popular.

    El consentimiento o aprobación popular  puede expresarse activamente,  por medio de votaciones, por lo común,  o pasivamente, como ausencia o gran escasez  de rebeldía. Dejamos aparte la sumisión, ganada simplemente por el miedo y la violencia, y que generalmente procede de la imposición de un pueblo sobre otro. Así, en la guerra civil, tanto los nacionales como sus contrarios  encontraron un alto apoyo activo –aunque no electoral– de amplios sectores populares. Después de la guerra, el apoyo al franquismo fue sobre todo pasivo, pero muy eficaz, como demuestran la derrota del maquis y del aislamiento internacional, así como el dato de que la emigración a otros países europeos no generase ninguna resistencia especial en el interior.

     No debe considerarse la aprobación popular como algo dado, como un movimiento exclusiva o fundamentalmente del pueblo a la oligarquía, sino en mayor medida al revés,  tanto por los intereses  de los oligarcas como porque estos son los que disponen de mayor  información e ideas sobre el conjunto de la sociedad. La oligarquía, o las facciones de ella, pugnan constantemente por ganar el consentimiento de las masas, y así ocurre en todos los regímenes,  mediante diversos métodos:  exposición de logros prácticos, económicos o de otro tipo, poderío frente a enemigos externos, exhibición de la majestad o potencia del propio poder, silenciamiento o persecución a los disidentes, etc.

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En tuíter PioMoa1

**El drama de la política española se concreta en esto: no hay recambio para Rajoy. Los demás son iguales o incluso peores

**No consigo entender el odio de izquierda y separatistas a Rajoy ¡Si es uno de ellos!

**Es en verdad triste y repugnante ver a estas bandas de capullazos y capullazas disputándose el gobierno de España. ¡A lo que hemos llegado!

**No hay lugar más peligroso para la vida humana que los vientres de las feministas.

**Para los feministas, liquidar una vida humana en plena gestación es un derecho fundamental.

**”Por supuesto, porque las y los feministas no tenemos hijos, sólo queremos abortarlos para comérnoslos https://twitter.com/PioMoa1/status/692667587562508288 …” Los feministas no se comen los fetos: hacen negocio con ellos, como Planned parenhood.

**Los feministas no creen que un feto sea una vida humana, sino una especie de tumor.

** La raíz del abortismo es el feminismo. Y hay más hombres que mujeres partidarios del aborto.

 

 

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La democracia no es poder, sino consentimiento del pueblo

Blog I La cultura es la clave para la supervivencia de España: http://gaceta.es/pio-moa/cultura-clave-supervivencia-espana-27012016-1228 

**Lengua, cultura y violencia en el separatismo catalán: https://www.youtube.com/watch?v=DJyPNlbDo7c

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La democracia no es poder, sino consentimiento del pueblo 

    1. La idea corriente de democracia se apoya en la falsa “evidencia” de que todos los hombres nacen iguales, cuando la evidencia es exactamente la contraria: los hombres nacen muy distintos, no solo en posición familiar y social, sino en dones o capacidades intelectuales y físicas, incluso en ese concepto etéreo que llamamos suerte; desigualdades que permanecen siempre.  La igualdad ante la ley, la igualdad en derechos a que se refiere en realidad, tampoco es evidente, ya que en la mayor parte de la historia no se ha dado, y tampoco en la democracia ocurre del todo: por ejemplo, quien disponga de mucho dinero podrá contratar a los abogados más expertos y a veces comprar a jueces, lo que no está al alcance de la mayoría.

   2. Tampoco es cierta la supuesta evidencia de que los hombres nacen libres. No solo ocurre lo contrario, ya que hasta cierta edad el individuo es muy dependiente, sino que la propia idea de la libertad no la crea él, pues está construida y le viene dada  fundamentalmente  por su entorno cultural. El concepto o sentimiento de libertad, presente en todas las culturas de un modo u otro, se concreta en interpretaciones de ella que varían considerablemente según pensadores, escuelas y partidos. Lo que llamaban libertad los comunistas, los católicos, los anarquistas y los liberales, coincidía poco.

 3.  En realidad, el concepto de democracia como poder del pueblo es un oxímoron. El poder es la capacidad de alguien  para gobernar a otros. El pueblo, como conjunto de la población, no puede ejercer el poder ya que no tiene sobre quién hacerlo. Y si consideramos pueblo a aquella parte de la población muy mayoritaria por oposición a la oligarquía, carece de sentido pensar en una inmensa mayoría gobernando a una pequeña minoría, una masa de población mandando a unos pocos.

 4.   Una segunda razón que impide algo parecido a un “poder del pueblo” es la ya mencionada ausencia en él de intereses uniformes o unánimes. Un pueblo se caracteriza por una comunidad de creencias –generalmente religiosas o similares– , de cultura y de historia. Este viene a ser su marco y su definición. Obviamente el poder, el gobierno, se ejerce siempre sobre él, y lo contrario es tanto más imposible cuanto que  en el pueblo, como en la propia oligarquía, no existe una voluntad, interés, sentimiento o aspiración unánime, o al menos “general”, como pretendían Rousseau y otros ideólogos, y  suele presuponer la izquierda. Por el contrario, en el pueblo, al igual que en la  oligarquía, bullen voluntades  con frecuencia opuestas, impulsos disgregadores e integradores que tienden a mantener o a romper el marco popular. De ahí su división en grupos afines, partidos o asociaciones, con frecuentes conflictos entre ellos, expuestos a degenerar en violencia general, como no rara vez ha ocurrido en la historia. La única “voluntad general”, apreciable en los pueblos, es la de no someterse a poderes extranjeros. Y que no suele ser del todo unánime, según demuestra en la guerra civil la existencia de partidos agentes de la URSS. O colaboracionistas de la Alemania nazi en otros países de Europa.

  5.  Una tercera razón deriva del la atracción del poder. Este seduce, no pocas veces con violencia y obsesión, a cierto número de personas, pero no así a la masa de la población, que generalmente se limita a esperar del estado la garantía de un orden y paz razonables, que con las menores molestias o coerciones posibles le permita dedicar sus energías a sus ocupaciones o aficiones. Además, los problemas políticos son complejos  y el ejercicio del poder trae consigo responsabilidades y riesgos  considerables. A la gran mayoría de la gente le disgusta asumir esas responsabilidades y por lo demás sabe poco de los problemas políticos y no desea  saber más, dando por supuesto que tal o cual personaje o grupo oligárquico sabe mejor qué hacer al respecto. Solo en momentos revolucionarios o  de fuerte tensión  social se movilizan activamente las masas, pero inevitablemente lo hacen detrás  de personajes y grupos oligárquicos que las espolean o las contienen.

 6.   Entre las tendencias o tomas de partido populares suele haber alguna mayoritaria o al menos más fuerte que las demás. Sin embargo, incluso una mayoría varía con el tiempo en función de numerosas circunstancias, pues en ella cambian con el tiempo, a veces de forma casi repentina, los intereses y aspiraciones, por influjo de experiencias frustrantes o por la sugestión de líderes o partidos con sus maquinarias para crear opinión. Así, por ejemplo, durante la guerra el Partido Comunista, que empezó muy minoritario, se hizo pronto hegemónico; o la Falange, en el lado contrario, pasó de grupo mínimo a integrar a  cientos de miles de personas; o, en la transición, el PSOE salió de la nada para convertirse rápidamente en un partido de masas, mientras que la UCD, mayoritaria al principio, se desintegró literalmente en cinco años. Lo cual vuelve a demostrar el carácter oligárquico del poder, pues son las oligarquías o partidos quienes crean o dan forma –dentro de ciertos límites—a la opinión pública.

 7.  Se podrá objetar a lo anterior con el caso contrario de la democracia asamblearia e imperialista de Atenas. Pero también en ella eran unos pocos los que hablaban y dirigían, y la participación en las asambleas nunca interesaba a la totalidad de los ciudadanos reconocidos. El pueblo votaba a los (inevitablemente) pocos que realmente gobernaban y que con mejores o peores razonamientos formaban la opinión pública sobre los asuntos políticos. 

  8.  En realidad, la propia noción de un “pueblo” con intereses y voluntad uniformes, tan extendida en la izquierda, conduce al poder totalitario de quienes se consideren intérpretes o representantes de dichos intereses o voluntad. Máxima igualdad implica máximo poder, que por naturaleza  será el de unos pocos,  iluminados por un pretendido interés general. De ahí los violentos choques entre partidos que durante la guerra compartían la idea de un  pueblo con interés único… coincidente con el que cada partido se atribuía. En un  orden de cosas más profundo, la idea entraña el anhelo utópico de retroceder del mundo moral, difícil e incierto, pero humano, a la certidumbre estrecha del instinto animal.    

 9.   De todo lo anterior se deduce que en ninguna sociedad existe poder sino consentimiento del pueblo hacia la oligarquía realmente gobernante. El  consentimiento puede manifestarse de muchas formas, activas o pasivas, y requiere algunas matizaciones.

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Democracia (I) El poder es connatural a la sociedad, y es siempre oligárquico.

Blog I.  Por qué no surge una alternativa a la cloaca política: http://gaceta.es/pio-moa/surge-alternativa-cloaca-politica-25012016-1923

***Cita con la Historia: Crítica del enfoque marxista de la Guerra Civil: www.citaconlahistoria.es

** Una versión bastante clara de lo que ocurre en Siria:  .https://www.youtube.com/watch?v=dPBf7UlUcXQ&app=desktop …

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  Dado que el término “democracia” ha sido utilizado y sigue siéndolo en sentidos muy distintos y hasta contrarios, y adjetivado de diversas formas, trataremos de precisarlo algo más. Ya la definición del término es problemática.  Literalmente significa “poder del pueblo”, y según la conocida clasificación aristotélica, sería una de las tres formas de gobierno, siendo las otras dos la monarquía (“poder de uno”) y la aristocracia (“poder de los mejores”). Cada uno de estos sistemas estaría expuesto a degenerar, el primero en tiranía, el segundo en oligarquía (poder de unos pocos) y el tercero en demagogia u oclocracia (poder de la multitud). Polibio expone la idea, probablemente común en su tiempo y basada en experiencias históricas, de que la degradación de cada sistema originar otro, en una rueda de sucesivas revoluciones: la monarquía pervertida en tiranía da lugar a la aristocracia, cuya corrupción en oligarquía causa  la democracia, y esta, una vez decaída en demagogia, da paso a la monarquía, etc.  

    La idea democrática queda recogida en frases célebres como la de Lincoln en su alocución en Gettysburg: “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, muy citada y aceptada como definición precisa, quizá oponiéndola al lema del despotismo ilustrado “todo por el pueblo, pero sin el pueblo”.  Por su misma formulación, es un concepto muy sugestivo, llegando a ser   la única legitimidad política reconocida después de la II Guerra Mundial, al menos en Occidente. Ello le da un contenido mesiánico, hasta el punto de descartarse como ilegítima cualquier forma de poder distinta e incluso anterior a ella. Así, la humanidad habría vivido bajo regímenes ilegítimos durante casi toda su existencia civilizada. Esto es un claro disparate, de modo que convendrá  esquematizar algunas objeciones al concepto.

  1. El poder es por naturaleza oligárquico, autoritario y se apoya en la violencia
  1. El poder es una exigencia natural en toda sociedad humana, aunque se ejerza de formas muy variadas. Se concreta tanto en los estados como en los equipos dirigentes en cualquier asociación, incluso festiva o deportiva. El poder deriva de un doble hecho evidente: por un lado, la necesidad de hacer hincapié en los elementos unitarios para afrontar como conjunto, como grupo, las cambiantes circunstancias internas y externas, las cuales exigen liderazgo. Y por otro lado, la desigualdad y a menudo oposición de los individuos y grupos en inclinaciones, fuerzas,  intereses, capacidades, sentimientos, aspiraciones, etc., obliga a imponer normas de conducta o leyes con capacidad de castigar a los infractores, a fin de que las diferencias no degeneren en colisiones. Toda sociedad humana es a un tiempo centrípeta y centrífuga, y de esa tensión deriva su supervivencia o su derrumbe. Estas claves dan a las sociedades humanas una peculiar inquietud, inestabilidad y violencia, pero también les permiten evolucionar de modo muy distinto a las sociedades animales, que reproducen las mismas conductas, generación tras generación. Las sociedades humanas tienen historia, las animales no.
  2. Puede definirse el poder como la capacidad de generar e imponer normas de conducta social, y de hacer política, y es ejercido siempre por una pequeña minoría, es decir, una oligarquía. El término oligarquía (también llamada élite o clase política) es preferible,  por más descriptivo y neutro, al de “aristocracia”. Propio del poder es un grado de coerción que lo hace más o menos penoso, y de ahí las tendencias ácratas. Pero, dada la naturaleza de la sociedad humana, al destruir un poder los anarquistas crean otro u otros, y basta constatar las luchas internas entre ellos –luchas por el poder dentro de las asociaciones anarquistas–  para comprobarlo. La ausencia de poder solo es concebible en sociedades igualitarias regidas por el instinto, como las hormigas o las abejas, no en sociedades fuertemente individualizadas y regidas por la moral. Estos rasgos resaltan claramente en la guerra civil que venimos tratando.
  3.  El poder descansa siempre en la violencia y pretende monopolizarla, pues siempre hay personas o grupos sociales que rechazan sus normas; y  aun entre quienes las aceptan en principios,  las tensiones propenden al choque abierto si no se percibe la amenaza de sufrir el peso de la ley. Sin embargo la violencia sola, el terror, muy rara vez se presenta como único pilar del poder, y en los casos en que ha sido así, el poder ha sido poco estable o duradero.  La violencia es necesaria también frente a otras sociedades externas consideradas peligrosas o antagónicas. Y se justifica siempre o casi siempre por la necesidad de asegurar mejor o peor el orden social, el progreso, el bienestar mayoritario, etc.
  4. Por otra parte, la oligarquía carece de intereses homogéneos, y en su seno las rivalidades entre personajes, facciones, partidos o camarillas pueden causar  disturbios, golpes de estado y  luchas civiles, excitando y dirigiendo unos u otros partidos  a tales o cuales sectores populares. En cuanto a las rebeliones, han solido crear la ilusión de una nueva sociedad de igualdad sin poder, y de ahí la decepción, un tanto pueril, cuando en la realidad una oligarquía viene a  sustituir a otra.
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Fernando el Católico, rey de España

Este domingo, en “Cita con la Historia”, trataremos los enfoques y análisis marxistas sobre la guerra de España, tan difundidos como sorprendentes. La sesión de la semana pasada versó sobre la toma de Granada, la Reconquista y Al Ándalus (Al Ándalus contra España): www.citaconlahistoria.es , o https://www.youtube.com/watch?v=gISsbhWHpMo

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Con motivo del V centenario de la muerte de Fernando el Católico,  apenas se ha conmemorado en España  su figura, una de las más relevantes de su historia y también de la historia europea. Como tantos otros hechos, ello indica la profunda degradación de la sociedad española, causada por varios decenios de embrutecedora falsificación de su pasado.

Todas las grandes figuras históricas son controvertidas y no hay obra humana que sea perfecta y al gusto de todos, pero para entender la importancia de Fernando el Católico basta atender a la situación  de España cuando se casó con Isabel de Castilla y la que dejó a su muerte. El balance puede resumirse muy brevemente: al comienzo de su reinado, Aragón y Castilla se encontraban en estado próximo a la descomposición entre guerras civiles y banderías, la Reconquista estancada y el país dividido en varios reinos poco amigos entre sí. Cuando muere, España está en paz, unificada –salvo Portugal—y convertida en una de las primeras potencias de Europa, si no la primera, descubriendo y conquistando América y con un verdadero esplendor cultural.  Esto, en el espacio de solo cuarenta años desde que se consumara la unión de Castilla y Aragón, en 1475. Toda su política, junto con la de Isabel, puede resumirse en el tenaz intento, conseguido en lo esencial, de reunificar España recuperando la herencia política y  cultural del reino hispanogodo. Precisamente por no haber concluido la unión con Portugal, los Reyes Católicos no se titularon reyes de España, aunque normalmente se les reconocía  por tales, y Fernando figura como Hispaniarum Rex en las inscripciones de Italia.

En todas las sociedades se dan tendencias centrífugas o disgregadoras y centrípetas o integradoras, y la tendencia principal durante los dos primeros tercios del siglo XV era a la disgregación. Es preciso entender el estado de cosas casi imposible del que partieron ambos monarcas: la Reconquista estaba muy próxima a concluir de modo desastroso dejando a la península en situación parecida a los Balcanes, con diversidad de estados impotentes y más o menos hostiles entre sí. Aunque  persistía la idea de recuperar el terreno perdido ante los musulmanes, la Reconquista había partido de núcleos dispersos y había dado lugar a reinos diversos, no pocas veces enfrentados entre ellos. La cuestión era si la idea político-cultural de España se impondría a esas divisiones o esas divisiones permanecerían ya indefinidamente, con una base cultural bastante homogénea, pero políticamente desintegrada. Previo a los Reyes Católicos, no solo la península se hallaba dispersa en cuatro reinos españoles y uno musulmán, sino que tres de ellos, Castilla, Aragón –sobre todo Cataluña—y Navarra sufrían graves disidencias y luchas internas. La excepción era Portugal, que había emprendido sus fructíferas navegaciones por el Atlántico y la costa africana. Es decir, existía en la península un asentamiento, que podía resultar definitivo, de diversos estados poco amigos entre sí, acompañados de un proceso de descomposición interna de varios de ellos.

Por otra parte se mantenía el reino islámico de Granada, que después de una larga época de decadencia del poder árabe podía esperar la ayuda de la expansiva potencia turca, que ya había demostrado su extraordinario empuje destruyendo el Imperio bizantino y tomando  Constantinopla, solo veintidós años antes de la oficialización de la unidad castellano-aragonesa. Los turcos ya amenazaban seriamente a Italia y  la angustia por ese peligro había llevado al Papado a facilitar el matrimonio de Fernando e Isabel y la unión castellano-aragonesa, a fin de crear una potencia capaz enfrentarse a los otomanos. En ese contexto, la toma de Granada y en lo posible la expansión por el norte de África se convertían en una tarea urgente. La unión castellano-aragonesa era  en cambio muy indeseada por Francia, a quien convenía tener unos vecinos débiles al sur de los Pirineos e intentó invadir  España. Y, en fin, la nueva España a partir de los Reyes Católicos  consiguió vencer a los franceses en Italia y  convertirse en el principal freno a la expansión turca, al tiempo que descubría  América y el Pacífico, y comenzaba su conquista y colonización.

Aunque Castilla era, con gran diferencia, el reino más potente de la península y el de mayor impulso cultural, Fernando orientó su política internacional en la tradición catalanoaragonesa de enfrentamiento con Francia, contra la tradición castellana de entendimiento (y cierta subordinación) con dicho país. En esa línea entran las victorias del Gran Capitán en Italia, la recuperación del Rosellón y la Cerdaña y la de Navarra, que se había convertido en un protectorado francés, así como una política de enlaces matrimoniales con vistas a aislar al potente vecino.  Fue, en general, una política acertada, que sin obstaculizar la acción española en el Atlántico la facilitó en el Mediterráneo, también contra el poder musulmán.

La gran labor unificadora de Fernando estuvo a punto de naufragar por el matrimonio de su hija Juana con el borgoñón Felipe el Hermoso, para quien la idea de España apenas contaba. Felipe se apoyó en los nobles castellanos ansiosos de recobrar sus privilegios, que tanto habían desorganizado al país antes de los Reyes Católicos, y trató de volver a la política profrancesa, que amenazaba la unión de Aragón y Castilla y encrespaba los ánimos hasta la posibilidad de una nueva guerra civil. Fernando, expulsado de Castilla y viendo cómo hacía agua la obra de su vida, intentó contrarrestar el peligro casándose en 1505 con Germana de Foix sobrina del rey francés Luis XII, consiguiendo así aislar a Felipe. Los oligarcas castellanos, enfurecidos, entendieron que de este modo Felipe no gobernaría en Aragón, aunque no es claro que un eventual hijo de Fernando y Germana fuese a hacerlo. No obstante, el grave peligro de volver a una situación como la previa a la unidad  desapareció cuando Felipe tuvo el acierto de fallecer, en 1506. Seis años más tarde, dos y medio antes de su propia muerte, Fernando reincorporaba Navarra a España, y precisamente a Castilla, prueba de su verdadera estrategia unificadora. Finalmente ordenó ser enterrado al lado de su primera esposa, Isabel, en Granada. Entendía bien cuál había sido la tarea histórica común.

Como es sabido, los Reyes Católicos nunca se titularon reyes de España, debido a la exclusión de Portugal, que se esperaba pasajera.  Pero como esa exclusión ha permanecido, con un paréntesis no muy largo,  el nombre de España ha pasado a corresponder al resto de la península. Así, es perfectamente adecuado llamar a Fernando rey de España por encima de sus otros títulos. Más aún: es, junto con Isabel, el gran refundador de España. Es comprensible que ello irrite mucho a los balcanizadores y  entusiastas de la leyenda negra. Qué se le va a hacer.

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En twitter:

La política española solo puede interpretarse en clave de vodevil.

De no ser por la prosperidad y reconciliación legadas por Franco, estos politicastros ya habrían hundido al país

Es grotesco que españoles tan mediocres e ineptos como los actuales se permitan despreciar los grandes logros de sus antepasados.

Gregorio Ordóñez, asesinado dos veces: por la ETA y por el PP

 

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