Blog I La cultura es la clave para la supervivencia de España: http://gaceta.es/pio-moa/cultura-clave-supervivencia-espana-27012016-1228
**Lengua, cultura y violencia en el separatismo catalán: https://www.youtube.com/watch?v=DJyPNlbDo7c
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La democracia no es poder, sino consentimiento del pueblo
1. La idea corriente de democracia se apoya en la falsa “evidencia” de que todos los hombres nacen iguales, cuando la evidencia es exactamente la contraria: los hombres nacen muy distintos, no solo en posición familiar y social, sino en dones o capacidades intelectuales y físicas, incluso en ese concepto etéreo que llamamos suerte; desigualdades que permanecen siempre. La igualdad ante la ley, la igualdad en derechos a que se refiere en realidad, tampoco es evidente, ya que en la mayor parte de la historia no se ha dado, y tampoco en la democracia ocurre del todo: por ejemplo, quien disponga de mucho dinero podrá contratar a los abogados más expertos y a veces comprar a jueces, lo que no está al alcance de la mayoría.
2. Tampoco es cierta la supuesta evidencia de que los hombres nacen libres. No solo ocurre lo contrario, ya que hasta cierta edad el individuo es muy dependiente, sino que la propia idea de la libertad no la crea él, pues está construida y le viene dada fundamentalmente por su entorno cultural. El concepto o sentimiento de libertad, presente en todas las culturas de un modo u otro, se concreta en interpretaciones de ella que varían considerablemente según pensadores, escuelas y partidos. Lo que llamaban libertad los comunistas, los católicos, los anarquistas y los liberales, coincidía poco.
3. En realidad, el concepto de democracia como poder del pueblo es un oxímoron. El poder es la capacidad de alguien para gobernar a otros. El pueblo, como conjunto de la población, no puede ejercer el poder ya que no tiene sobre quién hacerlo. Y si consideramos pueblo a aquella parte de la población muy mayoritaria por oposición a la oligarquía, carece de sentido pensar en una inmensa mayoría gobernando a una pequeña minoría, una masa de población mandando a unos pocos.
4. Una segunda razón que impide algo parecido a un “poder del pueblo” es la ya mencionada ausencia en él de intereses uniformes o unánimes. Un pueblo se caracteriza por una comunidad de creencias –generalmente religiosas o similares– , de cultura y de historia. Este viene a ser su marco y su definición. Obviamente el poder, el gobierno, se ejerce siempre sobre él, y lo contrario es tanto más imposible cuanto que en el pueblo, como en la propia oligarquía, no existe una voluntad, interés, sentimiento o aspiración unánime, o al menos “general”, como pretendían Rousseau y otros ideólogos, y suele presuponer la izquierda. Por el contrario, en el pueblo, al igual que en la oligarquía, bullen voluntades con frecuencia opuestas, impulsos disgregadores e integradores que tienden a mantener o a romper el marco popular. De ahí su división en grupos afines, partidos o asociaciones, con frecuentes conflictos entre ellos, expuestos a degenerar en violencia general, como no rara vez ha ocurrido en la historia. La única “voluntad general”, apreciable en los pueblos, es la de no someterse a poderes extranjeros. Y que no suele ser del todo unánime, según demuestra en la guerra civil la existencia de partidos agentes de la URSS. O colaboracionistas de la Alemania nazi en otros países de Europa.
5. Una tercera razón deriva del la atracción del poder. Este seduce, no pocas veces con violencia y obsesión, a cierto número de personas, pero no así a la masa de la población, que generalmente se limita a esperar del estado la garantía de un orden y paz razonables, que con las menores molestias o coerciones posibles le permita dedicar sus energías a sus ocupaciones o aficiones. Además, los problemas políticos son complejos y el ejercicio del poder trae consigo responsabilidades y riesgos considerables. A la gran mayoría de la gente le disgusta asumir esas responsabilidades y por lo demás sabe poco de los problemas políticos y no desea saber más, dando por supuesto que tal o cual personaje o grupo oligárquico sabe mejor qué hacer al respecto. Solo en momentos revolucionarios o de fuerte tensión social se movilizan activamente las masas, pero inevitablemente lo hacen detrás de personajes y grupos oligárquicos que las espolean o las contienen.
6. Entre las tendencias o tomas de partido populares suele haber alguna mayoritaria o al menos más fuerte que las demás. Sin embargo, incluso una mayoría varía con el tiempo en función de numerosas circunstancias, pues en ella cambian con el tiempo, a veces de forma casi repentina, los intereses y aspiraciones, por influjo de experiencias frustrantes o por la sugestión de líderes o partidos con sus maquinarias para crear opinión. Así, por ejemplo, durante la guerra el Partido Comunista, que empezó muy minoritario, se hizo pronto hegemónico; o la Falange, en el lado contrario, pasó de grupo mínimo a integrar a cientos de miles de personas; o, en la transición, el PSOE salió de la nada para convertirse rápidamente en un partido de masas, mientras que la UCD, mayoritaria al principio, se desintegró literalmente en cinco años. Lo cual vuelve a demostrar el carácter oligárquico del poder, pues son las oligarquías o partidos quienes crean o dan forma –dentro de ciertos límites—a la opinión pública.
7. Se podrá objetar a lo anterior con el caso contrario de la democracia asamblearia e imperialista de Atenas. Pero también en ella eran unos pocos los que hablaban y dirigían, y la participación en las asambleas nunca interesaba a la totalidad de los ciudadanos reconocidos. El pueblo votaba a los (inevitablemente) pocos que realmente gobernaban y que con mejores o peores razonamientos formaban la opinión pública sobre los asuntos políticos.
8. En realidad, la propia noción de un “pueblo” con intereses y voluntad uniformes, tan extendida en la izquierda, conduce al poder totalitario de quienes se consideren intérpretes o representantes de dichos intereses o voluntad. Máxima igualdad implica máximo poder, que por naturaleza será el de unos pocos, iluminados por un pretendido interés general. De ahí los violentos choques entre partidos que durante la guerra compartían la idea de un pueblo con interés único… coincidente con el que cada partido se atribuía. En un orden de cosas más profundo, la idea entraña el anhelo utópico de retroceder del mundo moral, difícil e incierto, pero humano, a la certidumbre estrecha del instinto animal.
9. De todo lo anterior se deduce que en ninguna sociedad existe poder sino consentimiento del pueblo hacia la oligarquía realmente gobernante. El consentimiento puede manifestarse de muchas formas, activas o pasivas, y requiere algunas matizaciones.